Este fic está relacionado con dos fics más:

Hermanas de la tormenta, de Volgrand. Donde se narran los sucesos de Mountain Peak muchos años atrás.

Los peligros de la civilización, mío. Donde se narra el comienzo de las pesquisas de Sweetie Grauj y cómo se hizo amiga de Foolhardy y Ivy.

Si os gusta la historia, ahí tendréis más.

Una carrera a través de la nieve. No había bastante aire en el mundo para alimentar sus pequeños pulmones. Su madre levantó el farol y la luz brilló en sus crines doradas.

– ¡Corre hacia la tormenta, Sweetie! ¡Ve con los lobos!

– Mami...

Su voz era tan aguda y suplicante... Iba a perder a su madre, y lo sabía. Entonces vio a la oscuridad avanzar hacia ellas desde el camino. Sus tentáculos se extendían hacia las dos últimas supervivientes de Mountain Peak. Estaba formada por miles de criaturas negras... y detrás venía su reina.

– ¡Vete!

Su madre se volvió hacia la oscuridad, con el farol sirviendo de señal para atraerla hacia ella.

– ¡Mamá!

Grauj se despertó de un respingo al oir su propia voz pronunciando esa palabra en poni. Volvía a tener lágrimas en las mejillas.

Cerca de ella, sobre el suelo que les servía de lecho, Foolhardy dormía patas arriba roncando ruidosamente. Grauj se puso en pie y permaneció varios minutos quieta haciendo remitir la ola de miedo y tristeza que todavía la llenaba. Tomó aire varias veces antes de salir al exterior.

Creyó que era la primera en despertarse esa mañana pero, allí fuera, Lightfull Wish, el poni mimo, ya estaba saludando al amanecer.

Se sostenía sobre las patas delanteras y alzaba las traseras, con los ojos cerrados. El sol estaba apareciendo por detrás del horizonte proyectando su larga sombra, que tomaba la forma de un pino. Grauj lo observó.

Wish levantó lentamente una pata y a su sombra le salió una rama quebrada. Tras unos largos instantes, levantó la extremidad que le quedaba en el suelo y su sombra fluctuó hasta mostrar el contorno de una nube esponjada. Él permaneció suspendido en aire, con las patas traseras apuntando al cielo, y los ojos cerrandos, mientras el sol se alzaba frente a él.

Grauj no tardó en entender lo que hacía. Si no podía tener el control absoluto sobre sí mismo, mucho menos podría influir en lo que le rodeaba con su magia.

Lightfull Wish bajó las patas al suelo, recuperando la posición habitual de un poni de tierra, concluyendo así sus ejercicios, y realizó una reverencia a un público imaginario... Un aplauso sonó en el aire.

El unicornio se volvió hacia Grauj y la saludó con una inclinación de cabeza. Ella le devolvió el gesto.

– Tu sombra decía cosas diferentes a ti.

Wish sonrió orgulloso.

–¿Cómo puedes ser algo que no eres? preguntó Grauj.

Wish alzó la pata y realizó amplio arco señalando lo que le rodeaba. Grauj entendió.

– El mundo te cree y lo hace por ti.

El unicornio asintió. Grauj miró hacia el prado, reflexiva.

– Pero yo debo convencerme a mí misma.

Un ansia por comer bayas se estaba apoderando de ella, y eso la aterrorizaba más que toda la oscuridad de Mountain Peak junta.

Lightfull Wish la observó alejarse hacia el prado, trotó hasta la casa y entró.

En el interior, las ponis ya se habían despertado y la sala principal era un hervidero de actividad. Foolhardy estaba recogiendo los sacos de dormir del suelo mientras Ivy y Mandarin se encargaban del desayuno. Mandarin volteaba en el aire tortitas con gran habilidad. Ivy las servía en un plato y les añadía mermelada. Wish fue hacia la pegaso y le tocó el lomo para llamar su atención. Ivy se volvió hacia él y Wish le hizo un gesto para que le siguiese. La llevó hasta la ventana y señaló el exterior. Fuera, en el prado, Grauj caminaba con el hocico pegado al suelo. Parecía buscar algo.

Foolhardy se acercó hasta ellos y miró a su vez.

– ¿Qué miráis? ¿Qué hacéis? ¿Hay algo interesante ahí fuera?

– Es Grauj. Está tratando de cazar algo para desayunar.

– ¡Aj! ¡No me digas que va a volver a comerse un conejo muerto! ¡Es repugnante! ¡Voy a tener pesadillas mucho tiempo con eso!

Wish se volvió hacia Foollhardy con los ojos como platos.

– Sí, se comió un conejo delante nuestro.

Ivy, dejó la ventana y se dirigió a la puerta.

–Voy a hablar con ella.

– Oye, puede que no sea buena idea –le advirtió Foolhardy–, ¿y si te come a ti? ¡Es una loba hambrienta!

– Pero también es mi amiga.

Grauj podía oler las tortitas desde el prado y el hambre le estaba dando punzadas en el estómago, pero había otra punzadas que le golpeaban más fuerte. Movió una piedra esperando ver, al menos, el agujero de un topo, pero el terreno llano le negó toda presencia animal.

– Hola.

Grauj levantó la mirada hacia Ivy.

– Que el día sea luminoso para ti –respondió.

– Estás asustada.

Grauj dejó escapar un pequeño resoplido.

– Necesito cazar algo para comer.

– Hay mucha comida dentro de casa.

Grauj se volvió hacia ella, y su voz cascada sonó más alta de lo que ella quiso.

– ¡No lo entiendes! Necesito cazar para comer. ¡Necesito sentir que me he ganado la comida cazándola! ¡No soy un poni!

Ivy no se inmutó, pero Grauj dio un paso atrás y agachó la cola de inmediato.

– Lo siento, no quería gritarte a ti. No es a ti a quien quiero gritar.

– ¿A quién quieres gritar?

Grauj bajó la mirada.

– Siempre he sido especial. Mis hermanos siempre lo han sabido. La loba sin garras...

Grauj levantó su pezuña.

–Pero ahora es peor. No son solo mis garras. Ahora quiero comer comida poni, empiezo a oler como una poni y tengo miedo de ser... de en realidad ser...

Grauj se interrumpió.

– Tengo que encontrar algo que comer.

La poni gris se alejó hacia el prado de nuevo ante la mirada de Ivy. La pegaso permaneció un largo rato mirándola deambular, mientras buscaba insectos y otros animales pequeños que llevarse a la boca. Finalmente, la pegaso desplegó sus alas y se alejó volando hacia el pueblo.

Una hora más tarde, el desayuno en casa de Mandarin Bloom había concluido y los ponis aspirantes a desenmascarar el secreto de Mountain Peak se reunían en la puerta de la casa con los bultos listos. Todos menos Ivy.

Foolhardy miró alrededor impaciente.

– ¿Dónde se ha metido? Hace ya un buen rato que se fue. Espero que no haya decidido ir sola. La verdad es que me extrañaría viniendo de ella. Eso sería más típico de mí, que soy más atrevida, pero Ivy parece más prudente.

– Me preocupa la posibilidad de haberla ofendido –raspó la voz de Grauj.

Mandarin señaló entre dos casas.

– Ahí viene.

La pegaso caminaba hacia ellos con una pequeña alforja entre los dientes.

– Pero, ¿qué es lo que trae? ¿Más comida? – preguntó Foolhardy.

Sin decir una palabra, Ivy llegó hasta delante de Grauj y arrojó la bolsa frente a ella.

Grauj la observó sorprendida.

– Son tuyas, cógelas.

Grauj obedeció. Abrió la bolsa y del interior sacó dos cuchillos. Levantó la mirada hacia Ivy.

– Esto.. es...

– Son tus nuevas garras, Grauj.

La sorpresa y la sonrisa pugnaron por adueñarse del rostro de Grauj. Venció la sonrisa mientras se colgaba el pequeño saco con los cuchillos en bandolera.

– Gracias.

– Los ponis no tenemos garras, Grauj, pero sabemos fabricarlas. Creo que es hora de que recuerdes tu herencia poni para que seas mejor loba de lo que has sido nunca.

Grauj cerró los ojos, emocionada, y asintió.

...

Se despidieron de Mandarin Bloom, dándole las gracias por todo y ella se mostró esperanzada y preocupada a partes iguales por su marcha. "Tened cuidado" y "Si averiguáis algo que ayude a mi hermano, por favor venid a decírmelo" fueron las frases que más repitió.

Marcharon durante todo el día a buen ritmo, en dirección a la montaña. Mountain Peak era una cima más en la cordillera junto al río, quizás un poco más escarpada y rocosa que las que la rodeaban. Pero nada resaltaba en ella. Foolhardy, una vez más, cargaba con los bultos más pesados: la tienda y aparejos varios. Ivy, Wish y Grauj llevaban alforjas con comida, y una manta de abrigo cada uno que había añadido Mandarin Bloom.

Al atardecer estaban ya cerca de la montaña y su larga sombra se extendía hacia ellos.

– Paremos aquí.

Todos se volvieron hacia grauj.

– ¿Qué ocurre, Grauj? Llegaremos a tiempo. ¿Por qué pretendes que paremos?

Grauj negó.

– Mi instinto me dice que no debemos pisar la sombra de Mountain Peak al anochecer.

Wish alzó las patas preguntando un por qué gestual.

– Antes de pisar Mountain Peak he de hablar de todo lo que he de hablar.

Foolhardy soltó el bulto que llevaba a la espalda.

– Eso significa que acampamos aquí, supongo.

–Volveré en un rato –dijo Grauj adentrándose entre los arbustos.

–¿A dónde vas?

– A mandar un mensaje.

Mientras Ivy, Foolhardy y Wish montaban la tienda, empezó el aullido. Ivy y Foolhardy no se inmutaron, pero Wish alzó las orejas alarmado buscando al lobo. Al ver la nula respuesta de sus compañeras agarró a Foolhardy y la sacudió instándola a correr.

– Eh, calma... ¿Por qué me zarandeas?

Ivy respondió.

– No tengas miedo, Wish, es Grauj la que aulla.

Él se volvió hacia la pegaso con gesto de sorpresa.

– Es una loba, Wish.

El poni mimo decidió que tenía que verlo por sí mismo y se adentró a su vez entre los arbustos. Caminó despacio, siguiendo el sonido. Bordeó varios setos y, en mitad de un pequeño prado que tenía una gran roca en su centro, de pie sobre ella, Sweetie Grauj aullaba al cielo del atardecer. Una larga nota sostenida llena de suaves matices. Wish la observó sorprendido... y después extasiado. Nunca había podido disfrutar de la canción de los lobos sin pensar en huir.

Grauj concluyó la última nota de su aullido y esperó. Entonces, de la lejanía, casi imperceptible por la distancia, llegó una respuesta. Otro aullido, más corto y más grave. Otro lobo...

Grauj escuchó con atención y saltó al suelo. Wish se preguntó si ella lo habría visto. La respuesta quedó resuelta cuando Grauj se detuvo junto a él para que caminase a su lado de regreso al campamento.

Cuando volvieron, Foolhardy y Ivy ya habían acabado de montar la tienda y estaban preparando cena.

– Hola, Grauj. Hacía tiempo que no te oía aullar. La vez que aullaste en Flower Ville fue increible. Creo que lo de los relámpagos fue total, pero no creo que sea muy práctico si cada vez que aulláis aparece una tormenta de esas. Debéis ser gente muy silenciosa. A mí me molestaría que hubiese tormenta cada vez que aullo.

Grauj se acomodó en la esterilla que habían puesto junto al fuego.

–¿Me pasáis algunas bayas de esas azules?

Foolhardy la miró sorprendida.

– ¿Vas a comer cosas normales?

– Se llaman arándanos –dijo Ivy mientras le ponía una rebanada con mermelada delante.

– Arán-danos –dijo Grauj antes de darle un primer mordisco.

A Foolhardy se le descolgó la mandíbula. Grauj masticó lentamente, analizando el sabor.

–¿Qué te parecen?

–Recuerdo su sabor. Debo haberlos probado antes.

Wish se acomodó a su vez y la comida fue repartida. Así tumbados, disfrutando de la comida compartida frente a la cocina de viaje que había ideado Foolhardy, parecía que la civilizaciuón les había seguido, pero Grauj tenía las orejas puestas en la oscuridad.

–Debo contaros todo lo que estoy recordando de Mountain Peak. Tal vez sería más prudente no ir. Todavía podemos dar la vuelta y no subir esa montaña.

– ¿No habrás cambiado de opinoion, verdad? –protestó Foolhardy–. Porque yo quiero ir a ver qué hay ahí arriba. Wish necesita una gran hazaña y me ha prometido que me dará entradas gratis para el Cirque du Poney si lo logramos. Y quiero ir al circo.

–Quiero contaros mis sueños. Creo que no son sueños, son recuerdos. Luego decidiréis por vosotros mismos. En mis sueños vi a mi madre poni. Era gris, sus crines doradas. En esos sueños corriamos tratando de salir de Mountain Peak y una oscuridad nos perseguía.

Wish frunció el ceño tratndo de entenderlo. Sacó una invisible linterna de su imaginario bolsillo y pulsó el interruptor. Una luz surgió de su pezuña. El poni puso gesto de terror y la agitó. La luz fue menguando hasta desaparecer. Grauj sacudió la cabeza negando.

– La oscuridad de Mountain Peak no es solo la ausencia de luz. La oscuridad de Mountain Peak tiene hambre. Nos perseguía para devorarnos. Mi madre poni y yo fuimos las últimas supervivientes de Mountain Peak.

Wish tragó saliva.

– ¿Soñaste cómo te salvaste?

– Mi madre poni me regaló tiempo para huir y me ordenó que corriese hacia la tormenta de los lobos invernales.

– ¿Por qué crees que quiso que corrieses hacia la tormenta? –preguntó Foolhardy.

– Creo que a la oscuridad de Mountain Peak no le gusta la tormenta.

– Si nos vemos en peligro, puedes invocar a una tormenta con tu aullido –sugirió Ivy.

– Creo que mi aullido solo no podrá atraer una tormenta lo bastante grande. La tormenta puede no ser lo bastante grande, o peude que no me oiga si soy la única que aúlla.

– Ya invocaste tú sola una tormenta en una ocasión, cuando te enfrentaste a Night Bloom. *– le señaló Ivy.

– Esa vez, ya habían llamado al frío y al invierno. En realidad no lo hice sola.

–Deberías avisar a tu manada, entonces.

–Ya lo he hecho. Estoy esperando la respuesta.

–Oye, ¿como funciona vuestro sistema de aullidos? –preguntó Foolhardy–. Parece muy práctico como sistema de comunicaciones.

– Tenemos repetidores de aullidos. Las manadas nos mantenenmos comunicadas gracias a ellos.

– Uau, parece muy útil. ¿Qué código usáis? ¿Cómo sabéis quien manda el primer mensaje? ¿habéis pensado en automatizarlo?

– De mayor voy a ser aulladora profesional –sentenció Grauj.

Justo en ese momento, como si lo hubiesen invocado, resonó un aullido en la lejanía y Grauj alzó las orejas.

– Oye qué...

Ivy puso una pata sobre la boca de Foolhardy mientras Grauj escuchaba atentamente. Cuando concluyó Ivy destapó la boca de Foolhardy.

– ¿Que ha dicho?

– Es un mensaje de mi madre. Dice que no debemos subir a Mountain Peak, que la esperemos.

– ¿Tu madre va a venir?

– Sí.

Grauj frunció el cejo.

– No movería a la manda si no fuese por algo importante. No vamos a subir a Mountain Peak.

Foolhardy puso cara de desilusion.

– Joooo...

En ese momento el sol se puso.

–Encendamos fuego –murmuró Ivy.

El sol todavía brilló unos instantes más sobre el pueblo de la cima.

La vida había continuado serena en Mountain Peak, con una serenidad continua y vacía.

Las casas habían sido reparadas esa primavera a pesar de que a nadie le hubiese importado que se cayesen a trozos.

Los recolectores habían recogido las bayas, que se habían podrido en el almacén sin nadie que las disfrutase.

El sol se ponía y las sombras se alargaban, estirándose bajo las casas y los parterres.

Todo el lugar se veía pulcro, cuidado y tranquilo. Era una cuestión de apariencias.

Un poni caminó con paso tranquilo y mirada perdida hasta una cabaña. Mirando la puerta pronunció la frase.

– Se han detenido.

Hubo un silencio y después respondió una voz desde el interior.

– Hacedlas avanzar, entonces.

– Sí, mi señora.

El poni se volvió y caminó hacia el sendero que llevaba a los pies de Mountain Peak. La oscuridad de las sombras se aremolinó alrededor de sus pasos y se alzó en suaves tentáculos de humo. Un potrillo, de apenas cuatro años de edad, salió de una de las casas, y se unió al poni en su marcha. Ninguno de los dos dijo nada... y las sombas bailaron alrededor de ellos.