Nombre: Lightfull Wish
Tipo de poni: Unicornio
Color: Blanco
Crines: Negras
Cuttie mark: Una máscara de teatro cruzada con una varita mágica
Característica: Siempre lleva maquillaje negro en los ojos y un jersey a rayas, el uniforme de los unicornios que usan la magia mímica. Aspira a entrar en el Cirque du Poney
La cabaña permanecía en silencio. Las cenizas del último fuego apelmazadas por el tiempo de varios años. El frío y el polvo habían tomado el lugar. Un estático rayo de luna se filtraba entre los postigos de la ventana y teñía de azul la quietud absoluta. Tan solo una vieja manta raída quedaba en un rincón, petrificada bajo el gris del polvo. Ni siquiera las arañas habían osado cambiar la decoración, todo había sido inmovilizado bajo una pátina de gris.
Hubo una imperceptible brisa. Dos volutas de polvo alzaron el vuelo y trazaron lánguidos giros a la contraluz de la luna. A esas dos volutas se unieron varios resueltos copos más. El tronar de unos cascos en plena carrera llegó desde el exterior.
La puerta se abrió con violencia. El sonido, movimiento y la luz de la luna irrumpieron en la cabaña. Las dos ponis se lanzaron al interior en mitad de su huída. Foolhardy cayó hacia adelante, lánguida, y quedó tendida. Ivy tropezó con ella y rodó hasta el fondo.
—Grauj —chilló dirigiendo su mirada al exterior.
Hubo un instante, después hubo una poni gris saltando resuelta a través de la puerta. Cayó con poca soltura cuando su pata herida le falló y se deslizó por el suelo hasta al lado de Ivy. La pegaso ya se había puesto en pie. Dejando atrás a Grauj, corrió hacia la puerta y, apoyando sus cascos delanteros en ella, la cerró. Ivy sintió la oscuridad llegar desde el otro lado, deslizándose. La criatura lamió lentamente la madera, se restregó por ella y susurró a la poni que le impedía el paso. La pegaso sintió que sus patas y su voluntad perdían la resolución. Su apoyo menguó y la puerta se deslizó unos centímetros. Pero entonces, algo la golpeó, sacándola de su estupor y la barra de seguridad fue colocada en sus agarres.
Ivy soltó la hoja de la puerta, temblorosa, y se volvió hacia Grauj, que estaba acabando de asegurarla. Luego volvió su mirada hacia Foolhardy. La poni seguía inerte en el suelo y sus largas crines pelirrojas formaban una caótica aureola a su alrededor.
Ivy se tendió junto a ella y le pasó un ala por encima para darle calor. Foolhardy abrió unos ojos vacíos de toda mirada y Ivy puso la cabeza sobre su lomo.
—Foolhardy ya no está con nosotras —susurró.
Grauj cojeó hasta ellas y las observó, adusta. La mirada vacía de Foolhardy, la serena aceptación de Ivy.
—A lo que hay fuera no le gustan la luz ni el fuego —gruñó Grauj.
La pegaso alzó la cabeza hacia ella. Se mantuvieron la mirada durante un largo momento. Después, sin decir nada, Ivy se puso en pie y se dirigió hacia la chimenea.
Wish recordaba muchas cosas de su vida mientras la horda avanzaba hacia él. Recordaba el despertar de su magia, la escuela de magia mímica, las increíbles notas que logró en ella... Pero, sobre todo recordaba a su madre y recordaba cómo cuadraba al orden a él y a sus ocho hermanos con solo un gesto.
La horda avanzó hacia él. Wish se alzó sobre las patas traseras y puso sus patas delanteras en jarras. Frunció el cejo, y el maquillaje de sus ojos amplificó el efecto. Hubo un momento de duda en la horda, pero no se detuvieron... Pero, Wish no estaba vencido.
Alzó una pata y aferró el astil de la herramienta, símbolo de poder y superioridad moral en tantos hogares, lo retorció dentro del recipiente y, con su otra pata libre, señaló el suelo. Su cejo se frunció más todavía... Y ahora sí, la horda se detuvo.
Wish, acabó de escurrir la imaginaria fregona, la sacó del cubo invisible, y siguió fregando el suelo ante él. El enjambre se mantuvo quieto, esperando que el suelo secase. Ojalá no se fijasen en que era de hierba.
El fuego ardía con fuerza, iluminando la vieja cabaña con su luz dorada. Había una leñera muy bien surtida, que había llegado a usarse. En una esquina, arrugada y gris por el polvo, había una vieja manta y, tras ella, una lanza se apoyaba en la pared.
Grauj se acercó al arma y la observó con curiosidad. Era un colmillo muy largo... Un poni se había fabricado un colmillo y lo había dejado allí.
—Grauj, hay algo fuera. Ha vuelto —gimió Ivy.
Las ponis escucharon, aguantando la respiración. Hubo un susurro en la puerta. Algo rozaba la hoja de madera. Un roce suave, débil, suplicante... Una pequeña pezuñita que acariciaba la madera.
—Por favor —les llegó la voz infantil—... Tengo miedo. Por favor...
Ivy avanzó hacia la puerta con la mirada fija.
—Un potrillo...
—Abridme, por favor.
Grauj entendió que ocurría cuando vio la mirada fija de Ivy. Se plantó ante ella barrándole el paso y trató de hacerla reaccionar.
—¡Es una trampa!
Ivy chocó con ella y trató de pasar hacia la puerta para abrir, con lágrimas en los ojos. Grauj la empujó sin ceder terreno. Su geranio, que amplificaba las ideas y pensamientos, jugaba en su contra cuando se trataba de un enemigo que derribaba las puertas de su mente para sembrar una nueva.
—Debo abrirle. El enjambre se lo comerá...
Los ojos de Ivy estaban fijos en una imagen que solo veía ella, su mente se estaba yendo muy lejos de allí. Solo abrir la puerta al pequeño en peligro le importaba ahora. Grauj sabía que tenía que hacer algo para que reaccionase. Se agachó y con un fuerte empujón a las patas de Ivy, derribó a la confundida pegaso. Ella se revolvió y aleteó contra el suelo. Ivy peleó sin orden ni intencionalidad, contra quien fuese que le impedía salvar al potrillo. Grauj, mucho más experta en la lucha cerrada, la mordió en el cuello y, aferrándola con las patas, logró inmovilizarla. No iba a permitir que se llevasen también a Ivy. Le habían arrebatado a Foolhardy, a Wish, pero a Ivy no. Si el enjambre estaba fuera, ese potrillo o bien ya estaba muerto y era uno de ellos, como su madre poni, o bien era un cebo. Pero Ivy era incapaz de ver más allá de su desesperación por salvar al pequeño. Grauj la abrazó con fuerza. Ivy era lo último que le quedaba en aquella montaña maldita.
—Ivy... Quédate conmigo por favor... Por favor, Ivy...
Y algo pareció colarse en la mente de la pegaso que, poco a poco, dejó de debatirse.
—Grauj —gimió—... No puedo hacer que se vaya la idea. Debo abrirle, es un potrillo indefenso.
—Lo sé, pero es una trampa.
Grauj la aferró con fuerza mientras los arañazos en la puerta se hacían más desesperados.
—Por favor... por favor... Ya viene la oscuridad —gritó la voz del pequeño.
Un chillido desgarrador sonó en el exterior y Ivy gritó al mismo tiempo en el interior de la cabaña. Luego, solo hubo silencio. Ivy pareció calmarse, pero Grauj siguió aferrándola.
—Se ha ido —susurró Ivy—... a por refuerzos, porque no hemos abierto la puerta.
Grauj soltó lentamente a Ivy y se puso pie. Tenía que hacer algo antes de que el potrillo volviese con más de los suyos. Pero, ¿qué podía hacer ella? Grauj buscó algo a su alrededor que pudiese ayudarla para cuando volviesen. Había una lanza, pero ninguno de sus compañeros estaba en condiciones de empuñarla. Ivy se encogía en el suelo con los ojos cerrados. No podía pelear contra aquellos asaltos a su mente. Foolhardy seguía tendida en la misma postura en la que había caído. Tan solo su respiración pausada demostraba que seguía viva. Lightfull Wish, el valeroso maestro de la magia mímica, ya no estaba con ellas. Grauj dirigió la mirada al fuego, tratando de pensar una salida que no veía.
"Mi manada ha caído, estoy sola", pensó para sí.
En ese momento hubo un temblor en el ire, en la lejanía. Grauj alzó las orejas. Lo había sentido más en el erizar del pelaje, en el olor de sus hermanos y en el recuerdo de su hogar. Había sido un trueno lejano. Una tormenta.
El corazón de Grauj saltó en su pecho. Los lobos estaban muy lejos, pero venían, y enviaban la tormenta ante ellos. Solo necesitaba una señal. Grauj tomó una rama ardiendo de la chimenea y corrió hacia la puerta. Sacó la barra y abrió. Un haz de luz se extendió desde el fuego encendido hacia el exterior, hasta el borde del barranco.
—Grauj —Ivy se estaba poniendo en pie, temblorosa—, mantendré el fuego alto. No salgas de la luz.
Grauj asintió. Tomó la rama ardiendo en la boca y salió al exterior.
Otro trueno en la lejanía...
La poni gris cojeó tan rápido como pudo hasta el borde del desnivel. Clavó la rama ardiendo junto a ella y tomó aire.
Su aullido no fue solo un grito de socorro, de desesperación: era el faro que necesitaba la tormenta para encontrarla. Con el siguiente trueno, más nítido que los anteriores, el mensaje de respuesta llegó hasta ella.
"Jamás estarás sola, hija mía."
Las lágrimas cayeron por las mejillas de Grauj mientras gritaba desesperada a la tormenta.
Wish retrocedía lentamente, mientras fregaba el suelo delante suyo. La horda lo seguía ansiosa, pero sin atreverse a pisar. Entonces, llegó hasta ellos un aullido de lobo. El enjambre se inmovilizó, escuchando, y luego empezó a agitarse indeciso. Parecía pensar. Entonces, como si hubiese tomado una decisión, se lanzó hacia adelante a pesar del suelo fregado. Wish entendió que su carta ya no daba más de sí cuando la horda se lanzó hacia él.
Ivy, desde la cabaña, observó a Grauj aullando. Primero vio los relámpagos aparecer a lo lejos en el cielo y acercarse. Llegó el sonido de los truenos, luego llegó el viento. La primera ráfaga fue suave, pero la siguiente golpeó a Ivy con fuerza e inclinó el fuego de la chimenea, haciéndolo bailar loco. El viento huracanado y el aullido de Grauj se mezclaron en una sola nota.
"Hermana de la tormenta ", murmuró el geranius itineris.
Y Ivy vio como las nubes se lanzaban sobre Mountain Peak. Entonces, el Geranius Itineris dijo:
"¡Hambre!"
—¡Grauj! —chilló Ivy— el enjambre se acerca.
"Debes ser nuestra, Ivy..."
La pegaso retrocedió, pero no se atrevió a cerrar la puerta. Grauj necesitaba la escasa protección que le brindaba la luz. Ivy se llevó las pezuñas a la cabeza tratando de hacer salir las voces, pero había una puerta abierta para ellas en su mente. El viento que entró en la cabaña echó a volar la vieja manta, tiró al suelo la lanza y la hizo rodar.
"Déjate vencer... No habrá más miedo... Ni más dolor..." Y Ivy supo que era cierto.
—Lo siento —dijo Ivy.
Su pezuña se cerró alrededor de la lanza, agarró al geranius itineris con la otra y de un tajo cortó los tallos junto con la crin en la que se enredaban. Lanzó la planta lejos de ella y el viento estampó crines y hojas contra una pared.
Ivy resopló, desorientada. De repente, se notaba ciega. No sentía lo que se acercaba, no sabía qué había a su alrededor. Llevaba tanto tiempo siendo la portadora del geranius itineris que ya no recordaba lo que era depender de sus propios sentidos tan solo. Pero en su mente había silencio al fin.
El enjambre, cumpliendo las órdenes de su reina corría hacia la loba invernal para acabar con ella.
"¡Loba invernal!" chillaban las fatas asustadas.
"¡Acabad con ella! ¡Matadla! ¡Trae la tormenta!"
Pero el tiempo que le había regalado Lightfull Wish, el valeroso poni mimo, había sido fatal.
"¡Matadla!"
El enjambre se alzó desde el camino, como una ola de negrura y se lanzó hacia la loba invernal que las esperaba en el borde del barranco. Pero ya no estaba sola. Tras ella la tormenta bullía furiosa contra el cielo, con la ira de una manada entera, y la furia de una madre protegiendo a su hija. Para cuando quisieron dar media vuelta, los relámpagos cruzaron el cielo tras Grauj, silueteando su figura en negro contra el blanco cegador en que se había convertido la noche.
El enjambre chilló, y los relámpagos cayeron sobre él en una cacofonía de destrucción.
