Una resaca negra retrocedía ante Grauj. Encogida, diezmada, temerosa, suplicante... El viento bailaba alrededor de la loba invernal notas de ira y batalla. Sobre su cabeza, la tormenta retumbaba furiosa. Grauj avanzó sin piedad, sus pezuñas marcando el terreno que dejaba atrás la marea de oscuridad, recuperándolo en nombre de todos los ponis de Mountain Peak caídos.
Ella era Grauj, de los lobos invernales.
Ella era Sweetie, de los ponis de Mountain Peak.
En sus cascos caminaban la venganza de su madre poni y el espíritu del primer lobo invernal que llamó a la tormenta para luchar contra las fatas negras.
La criatura alzó su cabeza; el dolor, la rabia y la furia entremezclándose dentro de ella. La tormenta tomó sus ojos, que se cubrieron de un azul eléctrico. El viento la enlazó en un abrazo de aullidos. Sus crines se elevaron hacia las nubes, brillando con las chispas de minúsculos relámpagos. Y Sweetie Grauj gritó. No fue un aullido lo que surgió de ella, fue un grito poni, visceral, dolido, rabioso y feroz. La tormenta respondió con una cacofonía de truenos y se lanzó contra el enjambre. Sus garras de relámpago se clavaron en el suelo, apuñalándolo una y otra vez.
Hubo chillidos agónicos, hubo una cacofonía de truenos, hubo un brillo cegador... Luego solo hubo una poni gris ante un campo sembrado de cráteres y arbustos en combustión. No había rastro del enjambre. Ante ella, los fuegos que había despertado la tormenta bailaban en los arbustos.
Hubo un último trueno que centelleó en la nubes, el bufido despectivo de un vencedor. Las crines de Grauj volvieron a caer lángidamente a lo largo de su cuello, sus ojos retomaron su tono normal y sus patas se tambalean cuando el último rastro de poder se desgajó de ella.
En la montaña solo quedó una tambaleante poni gris, varios arbustos ardiendo y un vacío donde debería haber hebido una ola de negrura.
Pequeñas luces titilaron en el camino. Grauj se volvió hacia allí. Antorchas y fuego. Avanzaban hacia ella. Eran los ponis de Mountain Peak. Grauj se volvió hacia ellos y los contó en la lejanía. Uno, dos, tres, cuatro... demasiados para una poni agotada.
Se apresuró hacia la cabaña y sus patas apenas lograron llevarla hasta allí. No era un refugio seguro, echarían la puerta abajo, pero nada más podía interponer ante ellos.
Por la puerta salió una poni con las crines arrasadas por un mal corte, una lanza entre sus patas, los ojos fijos, tensos por el miedo. Era una poni desconocida de la que había partido de Flower Ville, pero con el mismo olor y la misma esencia.
– Ivy...
Ella se volvió hacia el camino con las pupilas achicadas por el miedo.
– Traen fuego con ellos. La cabaña no es segura. Peleemos fuera.
Grauj dirigió sumirada a los ponis que se acercaban. Traían antorchas. la imagen se enturbió ante ella y se esforzó en enfocarla.
– ¿Qué será de Foolhardy?
Ivy se colocó a su lado y enarboló la lanza.
– Podremos planteárnoslo cuando sepamos qué será de nosotras.
Grauj asintió y sacó las garras que le había regalado.
El repicar de los cascos en el camino, acercándose, graves y sordos. Las luces de las antorchas silueteando a sus portadores. Los ponis de Mountain Peak comparecieron ante sus futuras victimas. Al frente, el pequeño potrillo celeste. Tras él muchos adultos. Todos ellos hambrientos, sus ojos negros, sin pupila, vacíos y fríos. La loba invernal bajó la cabeza y enseñó los dientes. Ivy los señaló con la punta de la lanza. Su voz infantil, cruel y obvia, les dedicó unas palabras.
– No podéis hacer nada. Aceptadlo, igual que lo hizo vuestra amiga Foolhardy. Es un fin sin dolor, lo sabéis. El ansia de lucha contra lo inevitable solo os causa dolor. Ya no podéis ganar, ¿por qué insistís en haceros daño a vosotras mismas?
Pero en esa ocasión, Ivy ya no era presa fácil.
– El que avance me acompañará a la muerte. Elegid quién es.
La punta de metal de la lanza lo señaló, sin temblor ni duda. El potrillo dejó escapar un resoplido y caminó para dejar paso a uno de los ponis que iba con ellos. Avanzó. Los colores fueron apareciendo en su pelaje a medida que abandonaba las sombras. Era blanco, sus crines negras, llevaba un chaleco a rayas. Sus ojos eran completamente negros, su expresión vacía de toda emoción salvo el hambre.
– ¡Wish, no! –gimió Ivy.
Habría podido herir a ponis desconocidos, pero no podía herir a Wish. Grauj a su lado resoplaba, incapaz de hacer mucho más que sostenerse en pie.
– Por favor, por favor... Wish...
Una sonrisa hambrienta cruzaba la expresión del unicornio, sus ojos fijos completamente negros. El resto de ponis, parodias de los antiguos habitantes, le abrieron un interesado pasillo. No necesitarían pelear si el recién llegado tumbaba las ansias de luchar de Ivy y su lanza. Ninguno de ellos necesitaría morir para que el resto se alimentase.
– Wish, por favor, por favor...
Ivy dio un paso atrás. El poni mimo avanzó delante justo de Ivy, se levantó sobre las patas traseras, cogió un bate invisible y... se giró para batear al potrillo celeste.
Todos miraron alucinados la parábola que trazó el poni hasta perderse entre las copas de los árboles.
Wish, se llevó las patas a los ojos para apartarse la sobredosis de rimel. El gesto le dejó un largo surco de sombra, como la máscara de un mapache, y tras ella se abrieron los ojos azules de Lightfull Wish.
Los ponis de Mountain Peak fruncieron el cejo, desconcertados. ¿Cómo había podido engañarles con tan solo un poco de pintura negra sobre los párpados? Wish se alzó sobre las patas traseras y con gesto triunfal sacó su tarjeta de presentación.
"Lightfull Wish, aspirante al Cirque du Poney, en busca de su hazaña"
Un aplauso surgió de la nada ante su gesto y los ponis de Mountain Peak miraron a su alrededor desconcertados. Y sin que nadie osase interponerse, Lightfull Wish, el asombroso poni mimo, regresó de entre los muertos y caminó hasta sus aliadas. Los tres ponis se colocaron cola contra cola, y se prepararon para resistir tanto como fuese posible.
Los ponis de Mountain Peak volvieron sus miradas vacías hacia ellos y avanzaron.
Grauj aferró sus garras poni.
Wish alzó sus pezuñas.
Ivy levantó su lanza.
– A lucha, pues –dijo uno de los ponis.
Al instante siguiente se lanzaron sobre ellos.
El primero en llegar hasta ellos fue rajado sin piedad por las garras artificiales de Grauj. El segundo recibió una coz de Ivy. Un piano invisible cayó sobre el tercero. Grauj saltó sobre el tercero y estampó su cabeza contra el suelo. El siguiente fue apartado por la lanza de Ivy. Luego ya no se pudo seguir la lucha. Pelajes, cascos, garras, lanza y dientes se entremezclaron en una cacofonía visual...
Aquella noche, resonaron las risas sin alegría en Mountain Peak. Gritos, relinchos desafiantes y la tormenta, retumbando y lanzando sus relámpagos sobre el monte.
En River Hills, los habitantes salieron a las puertas de sus casas; los comerciantes se asomaron de sus tiendas de lona. Todos miraron hacia el monte.
La luz y la sombra pugnaban por tomarlo... La tormenta retumbaba sobre su cima, y hebras de oscuridad aleteaban a su alrededor.
Entonces, alguien gritó: "Lobos invernales!", y el pánico se adueñó de la localidad. Los blancos pelajes aparecieron por el sur, galopando hacia River Hills.
Los adultos corrieron a buscar a los potros. Las casas fueron cerradas y aseguradas con tablones. Algunos saltaron al río para cruzar al otro lado. Pero la masa de pelajes blancos cruzó River Hills sin siquiera dedicarle una mirada a sus habitantes. Su intención estaba lejos de ellos, sus hocicos apuntaban hacia Mountain Peak y sus patas los lanzaban en un galope hacia su objetivo. Pasaron entre ellos como un vendaval de nieve, suaves, imparables y letales como el invierno.
Milagrosamente, los tres ponis resistieron el primer embate y retrocedieron hasta la pared de la cabaña. Hubo un momento de tregua mientras los ponis de Mountain Peak se reagrupaban alrededor de ellos. Varios habían caido, yacían en el suelo inertes. Ivy y Grauj resoplaban, hombro contra hombro, mirando a aquellas criaturas de ojos negros, cerrarse alrededor de ellas. Varias heridas manchaban el pelaje de Grauj y en sus movimientos rígidos se adivinaban los golpes bajo la piel que no se veían. Ivy, con los ojos desorbitados por el horror se volvía de unos a otros empuñando su lanza. La sangre la había teñido hasta el mástil y salpicaba su blanco pelaje. No se podía saber a ciencia cierta a quien pertenecía el rojo.
Wish, en equilibrio sobre sus patas traseras, mantenía el muro invisible ante él. Uno de los ponis habló.
– Entregadnos a la loba invernal y os dejaremos marchar.
Ivy los observó. Wish negó.
– Cumplimos nuestra palabra. La loba invernal a cambio de vuestras vidas. Podréis marcharos si nos la entregáis. También podréis llevaros a Foolhardy, que está en la cabaña.
Wish volvió a negar pero Ivy supo que decían la verdad y se sintió horrible por plantearse que una muerte era mejor que cuatro.
– Lo siento mucho, Ivy, Wish... Lo siento... –murmuró Grauj y avanzó hacia los ponis de Mountain Peak.
No hubo más tregua.
Los ponis se lanzaron contra Grauj. Ella logró voltearse y darle una coz al primero que llegó hasta ella, pero el segundo la derribó y la golpeó con sus cascos. Estaba frío como el hielo. Alguien rió ante la victoria fácil. Entonces hubo un grito, que más bien fue un chillido. Un relámpago de determinación. La punta de la lanza de Ivy se clavó sin piedad en el poni que apresaba a Grauj. Ivy transformó el grito de horror que surgía de ella en uno de desafío. Despelechada, con los ojos desorbitados por el miedo y la mitad de su crin arrasada junto con el geranius itineris mataba conscientemente y con toda su crudeza. Las lágrimas caían por sus mejillas. Dos ponis más se lanzaron contra Grauj y la derribaron. Ella se revolvió, pero unos cascos la apresaron contra el suelo y el frío que emanaban devoró los restos de sus fruezas. Vio unos ojos negros, vacíos, enfocarla. El poni sonrió con crueldad.
– Ya sois nuestros, loba invernal.
Y entonces una sombra blanca, en el camino... Lo siguiente fueron unas fauces cerrándose cruelmente sobre el poni y sacudiéndolo como un pelele. Hubo un crack y cayó al suelo muerto. Tras la líder de los lobos invernales, el resto de la manada se lanzó al ataque.
Grauj sintió que sus fuerzas la abandonaban... Todo se volvió oscuro a su alrededor.
