Gruñidos, gritos y desgarros. Dientes que se cierran en un final tan cruel como una verdad.

Grauj trató de levantarse del sitio donde había caído, no lo logró. Un pelaje acudió en su ayuda y la apoyó en un costado. El olor trajo la identidad de su muleta viviente.

"Te he echado de menos, hermano."

A su alrededor seguía la lucha. Grauj no podía verla, todo su mundo era una confusión de sombras y grises, pero el espíritu de batalla de la manada invernal encendía su alma. No era solo batalla, era mucho más, era un odio profundo y arraigado. Matar, matar, matar... ¡Odio!

Grauj se dejó guiar hasta terreno seguro y entonces permitió que sus patas volviesen a plegarse bajo ella. Se concentró en respirar lentamente, llamando al espíritu del viento, como le había enseñado su madre. El aire entraba y salía de ella, insuflado vida de nuevo, con cada gruñido, con cada ronroneo. La lucha a su alrededor fue desplazándose a un círculo cada vez más grande, y luego se dividió en pequeñas luchas individuales que después se convirtieron en una persecución.

Hemos ganado, pensó Grauj.

Y todo dolía dentro de ella.

Hubo silencio, hubo varios aullidos suaves. La manada se reunía. Los exploradores recorrieron el perímetro en pequeños grupos para asegurarlo. Sintió a su madre caminar hacia ella y Grauj se esforzó por enfocar.

Vio a Wish y Ivy, a pocos metros, abrazándose, mientras la gran loba blanca avanzaba, flanqueada por varios cazadores de la manada. Grauj se puso en pie tambaleante y caminó hasta los dos aterrorizados ponis. Los lobos se detuvieron ante ellos. Grauj miró a los ojos a la líder de los lobos, con la cola gacha del parlamento, pero la mirada resuelta de quien tiene un motivo por el que luchar.

"Pelean a mi lado. Son mi manada poni."

La gran loba asintió y en su gesto pareció adivinarse una sonrisa.

Grauj volvió su hocico hacia la cabaña, donde el tenue olor de Follhardy marcaba su existencia.

"También es mía. Se está recuperando."

La gran loba emitió un suave gruñido, que podría haber sido una risa.

"No has tenido problemas en formar tu propia manada, hija mía, estoy orgullosa de ti."

"Gracias, mamá."

"Tratemos vuestras heridas."

Wish abrió los ojos como platos y señaló a la loba blanca.

– Sí, es mi madre –respondió Grauj.

Los pelajes de los lobos invernales existían para sumergirse en el viento, sus ojos para horadar la oscuridad; no eran amigos de los techos ni los espacios cerrados. Por eso se reunieron en el claro frente a la cabaña.

Los cadáveres de los ponis muertos fueron arrastrados lejos del círculo que habían reclamado para sus heridos. Foolhardy fue sacada de la cabaña. Una enorme loba gris, a la que le faltaba parte de una oreja, la trajo colgando de sus fauces, como un trapo y la tendió en el centro del círculo de lobos, junto a otros dos lobos que yacían en el suelo. Al igual que ella, tenían la mirada fija y vacía, pero la respiración presente. Entonces el círculo de lobos empezó a gruñir, al unísono. Ivy aferró a Grauj.

– ¿Qué hacen?

– Curarlos.

– ¿Cómo pueden curar así?

– Llaman al espíritu del viento. Es lo que nos llena y da aliento.

La gran loba blanca se alzó de entre el círculo y caminó hacia Grauj. Los dos ponis que la flanqueaban se estremecieron cuando la tremenda depredadora llenó todo su campo visual, como una montaña. Aquella mole de pelo y dientes fijó su atención en Grauj.

"Esta noche debe acabarse, pero no puedo ser yo quien lidere."

"¿Por qué?"

"Mis sentimientos me traicionarán cuando deba dar la dentellada final."

La loba se volvió para que Grauj la siguiese.

– Esperad aquí –indicó a Wish y Ivy antes de caminar tras la loba.

– Grauj –gritó Ivy nerviosa–. No nos dejes solos.

– No estáis solos, ellos os protegerán.

Wish tragó saliva y se encogió un poco más mientras observaba el círculo de lobos gruñendo y a los vigilantes que patrullaban sin descanso el claro.

A poca distancia, un gran lobo gris los vigilaba. Ante la mirada de Wish, el lobo bostezó ostensiblemente en su dirección. Wish sabía de la importancia de las señales gestuales. El mensaje que le dedicaba era más obvio que si lo hubiese lanzado con palabras: "Tranquilo, no tengo interés en ti, pero fíjate en mis colmillos. Tú sabrás si te interesa tener problemas conmigo". Wish le dedicó el gesto de "Tampoco me interesa tener problemas contigo, pero no sabes qué ases tengo escondidos en la manga" que consistió en sentarse y pestañear con pereza mientras esperaba que acabasen de recuperar a los heridos.

La gran loba blanca caminó hacia el precipicio, hacia la noche estrellada que se extendía más allá. Se detuvo cerca de su borde y se sentó. Grauj mantuvo la distancia de respeto que se le debía a la vidente de la manada y guardó el silencio de los que ansían saber más y no tienen potestad para exigir respuestas. El vacío fue pesando cada vez más, pidiendo ser llenado.

"Mi hija poni... Llegué a tiempo esta vez", fue el significado del gruñido que lo rompió.

"Madre...", había amor y confusión en la garganta de Grauj.

"Hace muchos años, yo venía cada año para encontrarme en esa cabaña con mi hermana poni. Ella fue la primera poni que se convirtió en loba", explicó la loba.

Parecía hablar para las estrellas, para la noche frente a ella, para un recuerdo que quedaba muy lejos.

"¿Por qué no me lo dijiste?"

"Porque no estabas lista para enfrentarte a tus dos naturalezas, hija mía, y yo no debería haber intervenido."

"No lo entiendo."

"Este era un camino que debías recorrer sola. Tuya es la decisión de caminar como una loba o como una poni y nadie debería influirte en ello."

Hubo un silencio, el tiempo en que la información se asienta en las mentes y surgen nuevas preguntas.

"Sé que nunca intervienes en territorios que son tuyos, madre, ¿por qué esta vez sí?"

"Cuando mandaste tu mensaje de socorro, me percaté de que yo no estaba dispuesta a perder a otro miembro de mi manada de la misma manera."

"¿Las fatas negras?"

Hubo un silencio, muy breve, donde no debería haberlo habido. La gran loba encajó una punzada de dolor en su alma.

"Ver al depredador que devoró a mi hermana caminando con su cara y su olor... ¡No de nuevo! ¡No con mi hija!"

Grauj rememoró a la poni que había visto en el camino hacía unas horas y cómo habían trastabillado sus recuerdos, su mente y sus sentimientos.

"¿Mi madre poni era gris, con las crines doradas?"

"Sí."

"Vi al depredador que lleva su cara."

La gran loba blanca volvió la mirada hacia su hija poni y asintió, orgullosa, porque no había pretensión en sus palabras.

"¿Pudiste enfrentarte a él?"

"Por un momento no, mis recuerdos llegaron de repente. Mi mente se confundió. Después sí."

"Entonces ya puedes saber el nombre de tu madre poni. Su nombre era...", la loba frunció los belfos en una extraña mueca y su garganta realizó un sobreesfuerzo para poder pronunciar el nombre poni. "Star Whistle."

Grauj susurró, a su vez, el nombre. Sonó como una caricia en el aire cuando lo ponunció en un perfecto poni. Rememorarlo la llenó de paz, de un recuerdo sobre el cariño y el hogar. Su madre poni ya se había ido, pero su esencia la había impregnado y viajaba en el alma de Grauj. "Star Whistle", volvió a susurrar.

La loba volvió su mirada de nuevo hacia el cielo nocturno. Había reproche contra sí misma en su voz.

"No puedo subir a Mountain Peak a acabar con algo que lleva su rostro y su olor."

Grauj vio una vulnerabilidad en la gran loba por primera vez. La líder de los lobos invernales, depredadora, guerrera, guía de la manada y una hermana de la tormenta, en ese momento, no era capaz de destruir algo con el olor y el rostro de su manada. Y jamás podría hacerlo. Los lobos jamás abandonan a los suyos. Pero Grauj no era solamente un lobo...

"Yo acabaré con nuestro enemigo, madre. Estoy preparada. No soy solamente un lobo."

La gran loba blanca se volvió hacia ella sorprendida. Grauj la había enlazado en un abrazo poni, saltándose el protocolo de la manada. La gran loba blanca sonrió y la enlazó en un torpe abrazo poni a su vez.

Un chillido aterrorizado cruzó el aire en ese momento. Foolhardy acababa de recuperar la conciencia.

Foolhardy se puso en pie para echar a correr, pero se quedó en la intención. Solo logró desmadejar sus patas en una extraña danza de torpeza. Su cuerpo todavía no había acabado de recuperarse. Wish se abrió paso hasta ella y la agarró para evitar que se hiciese daño en su intento de huida.

– Lobos... Lobos blancos... invernales...

Wish asintió sin soltarla.

– Nooosssss rodeeeaaaaan... –susurró Foolhardy, los ojos desorbitados por la impresión y la conciencia a caballo entre la alucinación y la realidad.

Wish le indicó que se mantuviese en silencio y, de puntillas, salió del cículo de curación que estaban manteniendo con sus gruñidos. Foolhardy tragó saliva al tener que caminar frente a las fauces abieras de dos enormes depredadores en el suelo.

Fuera del círculo les esperaba Ivy... y había más lobos que les vigilaban.

– Ivy... ¿Qué está pasando? ¿Esto es real? ¿Dónde está el potrillo? Me arrancó algo, estaba muy frío. ¿Dónde está Grauj?

Ivy puso su pezuña en el hocico de Foolhardy.

– Caiste frente al potrillo. No son ponis, son fatas negras. Huimos. Estuvimos a punto de morir. Grauj llamó a los lobos invernales. Han venido. Grauj está con su líder.

Foolhardy abrió los ojos como platos mirando a Ivy y apartó la peñuza que mantenía a raya sus preguntas.

– ¡Cielos! ¿Qué le ha pasado a su crin? ¿¡Dónde está su geranio!?

Un movimiento, les hizo volverse. Grauj caminaba hacia ellos. Tras ella, una gran loba blanca, regia, poderosa, magnífica. Foolhardy entendió de inmediato que era alguien importante entre los lobos invernales, y parecía escoltar a Grauj. La mirada de la poni gris era dura, y distante, como siempre. Se detuvo ante ellos.

Foolhardy tragó saliva y las lágrimas temblaron en sus ojos. En su mente asomaba la imagen de la catapulta lanzaredes. Los lobos invernales habían venido a vengarse de ella. Grauj les había contado lo que había hecho y ahora la devorarían. Habló.

– Has despertado –dijo.

Foolhardy asintió y las lágrimas cayeron por su cara. Grauj ladeó la cabeza y frunció el cejo.

– ¿Te duele algo?

– ... ll.. siento... –susurró en un hilo de voz.

Grauj pestañeó desconcertada.

– No te entiendo.

La voz de Ivy se alzó.

– Cree que has traído a tu manada de lobos para vengarte de ella por lo sucedido con los ponis salvajes.

Grauj se volvió hacia Ivy con gesto escandalizado.

– ¡No!

– Es un genio con las máquinas, pero muchas veces le cuesta entender a la gente.

Wish se apresuró a darle palmaditas a Foolhardy para calmarla. Grauj se acercó a la poni pelirroja.

– Ningún lobo te va a hacer daño –dijo Grauj–. Estoy en deuda con vosotros.

Foolhardy sorbió las lágrimas entre sollozos.

– Creía que me odiabas.

Grauj la enlazó en un abrazo poni.

– Eres tonta –sentenció–. Me siento feliz de que hayas vuelto.

– ¿No te enfadarás si fabrico otro lanzaredes?

Grauj la miró recelosa.

– ¿Para qué lo quieres?

– ¡Para atrapar a una reina de las hadas y darle la paliza que se merece por lo que me han hecho sus secuaces!

Todavía no había amanecido cuando la comitiva se formó, pero la aurora ya amenazaba por detrás de las montañas.

Wish no portaba más que lo esencial: comida y algo de agua. Ivy rehusaba a separarse de su lanza. Foolhardy, fiel a su naturaleza, había pasado las siguientes horas ideando algo que ahora acarreaba sobre su lomo en un irregular bulto. En la estructura de impreciso funcionamiento era reconocible la cuerda entretejida, varias maderas dobladas en extrañas tensiones y uno de los farolillos.

Tres de los lobos invernales, hermanos de camada de Grauj, aguardaban junto a los ponis. Aliados en aquella marcha.

Junto con Grauj, serían siete los que subirían ese día a Mountain Peak. Aquella lucha no era cuestión de números.

Grauj volvió la mirada para asegurarse de que estaban todos los que debían estar.

En nombre de los ponis de Mountain Peak, primeros habitantes de aquella montaña, de los lobos invernales, que habían combatido por generaciones a las fatas negras y de los ponis de Ecuestria, que habían acudido a la llamada, era el momento de reclamar Mountain Peak. Grauj echó a caminar hacia el pueblo de la cima y todos los demás caminaron con ella. Debían acabar con la reina de las fatas negras antes de que el siguiente anochecer les devolviese las fuerzas.

El ascenso fue lento. Las últimas penumbras de la madrugada dieron paso al amanecer y el sol fue ascendiendo con ellos. Tras las reciente lucha, con las fuerzas en recuperación, se detenían cada vez que amenazaba el cansancio, sin agotarse, sin prisa. Grauj cojeaba todavía, y no iba a imprimirle a su marcha más velocidad. Salvaban las fuerzas y los ánimos para lo que les esperase allí arriba.

A media mañana atravesaron los puentes que salvaban los riscos. Habían sido reparados pero no tenían barandilla. Al otro lado, el sonido del agua estrellándose contra las rocas llegó hasta ellos. Poco después, desembocaron en la cascada. Los arbustos crecían cargados de bayas alrededor de ella pero nadie las había recogido y ni siquiera los pájaros les habían sacado partido. Un poco más allá, punteaban los tejados del pueblo. Caminaron directos hacia ellos.

Las casas de Mountain Peak brillaron al sol de la mañana. Pequeñas cabañitas, limpias, impolutas, entre los huertecitos y los senderos. Pero nada crecía en los surcos arados y nada se movía en las viviendas. Era como si hubiesen olvidado algo esencial en aquella ilusión. No era más que un escenario sin vida. Los lobos alzaron los hocicos, olfatearon e intercambiaron un par de gruñidos. Grauj tradujo para los ponis.

– Fatas escondidas en las casas.

– Creo que no les gusta el sol –dijo Ivy.

– Atentos.

Grauj avanzó hacia el pueblo, dejándose llevar por el recuerdo y el resto formó un perímetro de ojos a su alrededor.

Caminaron entre las casas, frente a las ventanas y puertas cerradas. Y Grauj supo que les observaban. Ellos eran lo único que se movía en Mountain Peak, y el centro de atención de todas las conciencias del lugar. Uno de los lobos gruñó hacia una ventana.

"No cruces la mirada con ellos, hermano. Vamos a por su reina."

Las fatas habían sido diezmadas y heridas, pero todavía podían ser peligrosas.

– ¿Qué le has dicho? –preguntó Foolhardy– Eso era lenguaje lobo, ¿verdad?

– No habléis con nadie, no les devolváis la mirada, no les retéis. Voy al encuentro de su reina. Preparaos.

Foolhardy tragó saliva y Grauj pudo notar perfectamente como las conciencias de Mountain Peak se cerraban a su espalda a medida que caminaba.

Los recuerdos y la antigua costumbre la llevaron hasta una casa en concreto. Era una cabaña muy simple, sólida, de una sola planta. Le dio la sensación de que debería haber sido más grande. Grauj se situó delante de la entrada y aguardó.

"Ya estoy en casa", estuvo a punto de gritar. Esperó unos instantes, entonces, la puerta se abrió.

En la sombra del dintel, una poni gris les sonrió. Tenía las crines doradas, los ojos verdes... Era Star Whistle.

– Hija mía, sí que has tardado. Bienvenida –dijo.

Sweetie Grauj no varió su expresión.

– Vete de Mountain Peak y no vuelvas nunca –ordenó.

La poni gris dio un paso al frente. El sol relució en sus crines doradas. Un silencio opresivo se hizo en Mountain Peak. El silencio de todas las conciencias presentes centrando su atención en el grupo que venía a reclamarlo. Eran el embudo por el que que caían todas las acciones.

– Fuiste tú quien se marchó de casa. Yo siempre he estado aquí, esperándote.

– ¡Mentira! Soy Sweetie Grauj, legítima habitante de Mountain Peak y tú no eres más que una invasora.

– Así que estas tenemos...

Los susurros y siseos se alzaron alrededor de ellos. Lobos y ponis se volvieron inquietos, sin poder percibir dónde estaba lo que les amenazaba. Star Whistle dio otro paso hacia Grauj.

– Esa no es manera de hablar a tu madre, Sweetie.

Las palabras de Star Whistle parecieron lamer el aire y fueron como una sentencia. Sus ojos se volvieron completamente negros y las sombras empezaron a vibrar por el límite de la visión. Una riada de recuerdos inundó la mente de Grauj. Star Whistle acunándola, cantando para ella, preparando comida, regañándola, abrazándola protectora...

– ¡No! –dijo Grauj – ¡Tú no eres ninguna de mis madres!

Pero la realidad del momento se solapó con la otra realidad que trataba de abrirse paso en su mente y las sombras treparon por sus patas. Grauj sintió frío.

El círculo de susurros se cerró alrededor de lobos y ponis. Los lobos se volvieron, gruñendo, preparados para atacar a un enemigo que todavía no veían. Y los susurros les hablaban de lo erróneo de su empresa.

Ivy se volvió enarbolando la lanza y en su movimiento casi rozó a Wish que ya se había alzado sobre las patas traseras para llamar a la magia mímica. El poni mimo volvió a posar sus cascos en el suelo, temeroso de ser herido por la locura de sus propios compañeros. Se sentía mareado e inseguro... y había demasiado frío en el aire.

– Lo siento...

Foolhardy le arrebató la lanza a Ivy y, con una resulta coz, la partió en dos. La presa mental se cerró sobre la inventora. La poni no peleó contra ella y la imagen del potrillo celeste volvió a su mente. "Ayúdame", le había dicho el pequeño... Hasta que ella había visto dentro de él el vacío y la negrura que habían dejado en su lugar las fatas negras tras devorarlo. Y aquel horrible y repugnante vacío la había absorbido hasta arrebatarle todo. Con lágrimas cayendo por sus mejillas, Foolhardy lanzó al suelo su petate y empezó a trastear con sus aparejos.

Star Whistle, la reina de las fatas negras, sonrió y un torbellino de confusas sombras se formó alrededor de sus víctimas.

– Abandonaste a tu madre, Sweetie Grauj, la dejaste para que muriese. ¿Por qué te crees mejor que ella?

Grauj alzó la mirada hacia la poni gris y cuando iba a dar un resuelto paso hacia ella sonó un chasquido.

Todas las sombras chillaron al unísono y la presa de hielo negro que los aferraba desapareció de repente. El día recuperó sus colores. Ante ellos, Star Whistle dirigió la mirada al ástil que asomaba de su flanco. De los bordes empezó a brotar sangre.

Ivy se volvió hacia Foolhardy con los ojos desorbitados. Había disparado el lanzaredes pero, en lugar de una red, había usado el fragmento de lanza.

– ¡Esto es por el potrillo celeste, bruja! –le espetó con el rostro lleno de lágrimas y los ojos desencajados por la locura.

Star Whistle dirigió una incrédula mirada hacia Foolhardy. El tono de sus ojos fluctuó y un chillido surgió de la criatura. La oscuridad fluyó de sus ojos y boca, abandonándola. Alrededor de ellos, los susurros se apagaron, las voces desaparecieron... Las fatas negras se marchaban ante la muerte de su reina. Y a la puertas de la cabaña que fuese mucho tiempo atrás el hogar de Sweetie Grauj, solo quedó una poni gris herida de muerte. Murmuró un quejido y se derrumbó lánguidamente en el suelo.

Grauj caminó hasta ella, se tumbó y apoyó la cabeza de la poni en sus patas delanteras. El charco de sangre, bajo ella, cada vez era mayor. La poni abrió débilmente los ojos para mirarla.

– ¿Sweetie?

– Sí.

– ¡Qué grande y qué fuerte estás! –susurró débilmente.

Grauj asintió y acarició su cabeza.

– Estoy bien. Soy feliz.

Star Whistle sonrió.

– Dile a mi hermana que la quiero y gracias. Sweetie ve... a...

Y esas fueron las últimas palabras en vida de Star Whistle. Grauj la acunó largo rato, sin ser capaz de llorar, ni tampoco de alegrarse de aquel final.

En uno de los huertos se cavaron las tumbas y los ponis de Mountain Peak fueron enterrados en ellas. Ninguno de los lobos trató de alimentarse de sus cuerpos, era tabú comerse a un hermano. Al atardecer, con el último poni enterrado, Grauj permaneció un largo rato contemplando los pequeños cúmulos. Fue cuando Ivy llegó corriendo hasta ella, con su pequeño trotecillo utrarrápido que indicaba una urgencia o algo digno de ser atendido rápidamente.

– Hay un mensaje.

El mensaje había sido escrito en la cabaña, en la más pequeña de las habitaciones. Allí estaba la camita del tamaño para acoger a una potrilla. Ivy señaló el techo. En él, alguien había trazado dibujos... palabras atrapadas en dibujos. Ivy lo leyó para Sweetie Grauj.

"Ve a cazar topos".

Los ojos de Grauj se dilataron mientras los recuerdos entraban en tromba en su mente. Cazar topos. Una tarde fue a cazar topos con... con alguien; pero solo cazó una patata. Recordaba dónde había sido. Grauj salió de la casa y echó a correr hacia el árbol viejo. Sus hermanos lobos corrieron a su lado y Ivy los sobrevoló. Dejaron atrás las casas y llegaron hasta los límites del pueblo.

El árbol seguía donde había estado, pero algo lo había derribado. Un vendaval, probablemente. Grauj se detuvo deslizándose sobre la hierba y empezó a olfatear el suelo. Los lobos la observaron unos instantes y procedieron a imitarla. Tenían mucho mejor olfato que ella. Tras unos minutos, sus garras empezaron a retirar con resolución la tierra en un punto concreto. Grauj se unió a ellos.

Al poco tiempo, extrajeron de la tierra un objeto y lo depositaron en el suelo. Grauj retiró la suciedad de su superficie.

– Es una caja –dijo Ivy–, ábrela.

– ¿Cómo?

Grauj se hizo a un lado. Ivy trasteó unos instantes con el objeto hasta que dio con el mecanismo. La tapa fue levantada. A ellos llegó el olor a tierra, humedad y cera. El interior había sido forrado con una tela impermeabilizada con cera. Dentro, envuelto en otra tela más, había un libro.

– Más palabras atrapadas en dibujos –dijo Grauj...

La pegaso lo abrió y pasó las hojas resecadas por el tiempo deteniéndose en varios fragmentos.

– Es un diario, Grauj, de tu madre poni. Hay un mensaje para ti en la contraportada.

– ¿Qué me dice?

–"Mi querida Sweetie, sé que llegarás hasta aquí. Puede que para cuando lo hagas yo ya haya dejado de existir. Cada vez me resulta más difícil mantener a la otra bajo control. Me va devorando lentamente. Quiero que le des las gracias a mi hermana por ayudarte tanto. Quiero que sepas que te quiero y que me hubiese gustado pasar más tiempo contigo. Y, sobre todo, quiero que vayas al risco norte de Mountain Peak y busques a tu padre. Si todavía sigue vivo, allí estará. Buena suerte mi Sweetie. Tengo que irme, ya viene la otra"– leyó Ivy–. Firma "Star Whistle".

Grauj permaneció perpleja, con los ojos desorbitados por la sorpresa.

– ¿Padre? –dijo.

Ascendieron al risco al atardecer, con el sol rozando las cimas de las montañas. Las rocas grises sobresalían de la hierba, como islas desoladas. La más alta de todas, como un dedo que señalase al cielo, se alzaba en el lado norte de la cima.

El lobo gruñó una advertencia. Grauj alzó la mirada. En lo alto de una de las rocas se recortaba una silueta. Era un poni y no estaba ahí un instante antes. Su túnica azafrán ondeaba en la brisa. Los observaba silencioso con gesto sereno y contemplativo.

Cruzaron la mirada durante un largo momento, hasta que Grauj gritó: "Soy Sweetie Grauj".

El poni pareció sopesar las palabras antes de desaparecer detrás de la roca.

Reapareció, tras unos minutos, caminando sobre la hierba desde detrás de mole rocosa y avanzó hacia ellos. Paso a paso, el rostro del poni fue encajando con un recuerdo en la mente de Grauj. Como una mano que lo sacase despacio del fondo del agua, fue desvelándose.

El corazón de Grauj se detuvo por un imperceptible instante. Todo se inmovilizó en ese momento y giró alrededor de aquel poni que caminaba hacia ella. Tenía la misma cara y el mismo olor que otro poni que ella había conocido. Una tarde de verano fue a cazar topos con aquel otro poni, pero solo cazó una patata... Al volver a casa su madre los mandó a los dos a darse un baño porque venían cubiertos de barro. Se rieron... Siempre la hacía reír, siempre jugaba con ella... Tallaba animales en madera para ella, le contaba cuentos... Pero aquel poni de sus recuerdos jamás había llevado una túnica azafrán, ni tenía esa expresión distante y había sido más joven.

A pesar de eso, cuando llegó hasta ella, Grauj susurró "¿Papá?", con la voz rota por la emoción.

El poni la miró largo y tendido y, de repente, la abrazó.

–¡Mi potrilla, mi niña! –dijo con una voz serena repleta de ternura. – ¡Qué grande estás!

Sweetie Grauj se puso a llorar, derramando todo el dolor que había guardado por él durante años. Sollozos silenciosos e intensos que la sacudieron.

– Papá, te eché tanto de menos que lo había olvidado.

Esta es la historia de Sweetie Grauj y los lobos invernales, de cómo sobrevivió a las fatas negras y se convirtió en loba. Esta también es la conclusión la historia de Star Whistle y de la líder de los lobos invernales. Del amor que las unió y de la hija que criaron juntas. Pero también forma parte de la historia de muchos otros.

También es parte de la leyenda de Mulberry, padre de Sweetie Grauj. El poni que sobrevivió a las fatas negras, solo, durante años, en la cima de Mountain Peak; y que regresó a River Hills para ayudar a uno de sus habitantes a vencer a la fata negra que lo albergaba. Llegó hasta River Hills un día, caminó directo hasta casa de Mandarin y cuando ella abrió la puerta, el poni forastero le dijo: "sé cómo ayudar a tu hermano." Y lo hizo.

Años más tarde, Sky, tras vencer a la fata negra que lo albergaba, inició una cruzada personal contra esas criaturas, pero su mayor logro fue convertirse en el mejor tío que los hijos de Mandarin pudieron tener jamás.

Lightfull Wish tendría su propia leyenda años más tarde en las tierras salvajes. El increíble poni mimo logró su hazaña y entró en el Cirque du Poney con todos los honores, pero lo abandonó un tiempo después para dedicarse a la vida aventurera. Sus correrías se narrarían en muchos fuegos de campamento.

También se contarían entre risas los desastres que varias máquinas dejadas por Foolhardy provocarían en tierras salvajes; y se contaría con admiración que una de sus creaciones fue lo que acabó con la reina de las fatas negras, pero eso es algo de lo que ella no se sintió nunca orgullosa.

También se cuenta que en la cima de Mountain Peak, desde entonces, los geranius itineris florecen por doquier. Pero es muy difícil hacer un censo de una planta que se mueve cuando no la miras.