Autor: Framba
Titulo: Rompecabezas – Episodio 1
Tipo: romance y drama
Resumen: Camus y Milo en la vida diaria, con una relación de por medio, enfrascados en un amor difícil e intenso.
Advertencias: AU
Pareja: Camus x Milo
Dedicatoria: a mi pasado, dado que los Episodios los escribí hace muchísimos años.
Comentarios adicionales: esta historia no tiene un orden cronológico, es decir, es una historia revuelta que forma un todo al final.
Estado: completo
o-x-o
Episodio 1: Ciclos eternos
Creo en ti y en mí así que juega conmigo un rato más
POV: Milo
—Está bien, ¿qué demonios quieres?
Su voz era rasposa y fría y descendió sobre tu piel como una cascada de acero líquido. De repente él se había detenido y había girado para decirte esas palabras cargadas de hierro.
Tú miraste alrededor, buscaste a alguien más para ver si las palabras fueron dirigidas a otra persona, pero no, sólo estabas tú. No había duda de que él te está hablando a ti; sin embargo, tu voz se deslizó por un canal de piedras y espinas cuando contestaste:
—¿Me hablas a mí?
Tu pregunta se desvió por un barranco y cayó al precipicio, no fue tomada en cuenta por sus oídos o registrada por su cerebro. Con la mirada aguda, lista para despedazar átomos y moléculas, te dijo:
—Estás siguiéndome. —Era una aseveración, era una afirmación.
Y fue como si él te hubiera informado de algo que no sabías, como si te hubiera estado avisando que lo habías estado siguiendo porque tú eras tan torpe para no darte cuenta por ti mismo.
Claro que era algo que sabías, claro que sabías que lo habías estado siguiendo desde días atrás, pero una cosa es que lo supieras y otra cosa es que lo autorizaras. Todo este asunto de seguirlo había pasado sin tu consentimiento, eran tus pies los que, por alguna extraña razón, seguían sus pasos, eran tus ojos los que no lo perdían de vista, eran tus manos las que se convertían en puños cuando él estaba cerca, pero eso nada tenía que ver contigo. Tú eras sólo el pasajero de eso que se llama "cuerpo" y que te transportaba, como si fuera un automóvil, detrás de él.
No eras un acosador. Él mejor que nadie debería de haber sabido eso, él mejor que nadie debería de haber sabido que muchas veces tu cuerpo hace cosas que tú no le mandas hacer, como por ejemplo, tú no le mandaste a tu corazón que, hacía unos meses ya, se enamorará de él.
—No tendría por qué seguirte —Le reclamaste, le aseguraste, le explicaste y le contestaste severamente en tu mente, porque la verdad es que tu voz fue emitida con un tono suave, casi de disculpa.
La respuesta fue inmediata, definitiva, sin rodeos, cruda:
—Quiero que dejes de hacerlo. Me molesta. —Su postura se enderezó un poco más... su postura siempre había sido tan elegante, tan fuerte, tan refinada, y con ese pequeño movimiento, su figura se volvió la figura de un dios cruel, una silueta que estaba dibujada en la oscuridad de la noche, a la mitad del callejón en el que se encontraban.
Bajaste la mirada. Su voz se había filtrado en cada vena de tu cuerpo y había rasgado las paredes de tu interior. ¿Cuántas veces más ibas a aceptar que te rechazara? ¿Cuántas veces más soportarías que el recuerdo de lo que fueron te diera un puñetazo en la quijada?
—No era mi intención molestarte, no quiero que me odies…
Te interrumpió:
—Milo. —El llamado fue tajante y logró desvanecer tus pensamientos por la frialdad con que fue pronunciado—. No seas estúpido. Nunca podría odiarte. —Las palabras seguían siendo descaradas y empapadas de color negro y plateado, como si brillaran y se encajaran en lo más profundo de tus heridas—. Entiéndelo —Hubo una pausa y, de pronto, el tono de voz cambió radicalmente, su voz se suavizó al continuar—: Hace frío, es de madrugada, deberías de estar dormido.
Es casi como si se hubiera preocupado que estuvieras ahí a la mitad de la noche en lugar de estar en tu departamento, o más bien, su departamento, o el departamento que alguna vez compartieron.
—No puedo dormir si no estás ahí porque…—Y callaste tus palabras, las asesinaste cuando iban a abandonar tus labios. Él no necesitaba escuchar eso, no necesitaba saber lo mucho que te había afectado no formar más un mismo ser con su alma y la tuya.
Él contestó con respuestas que no tenían nada que ver de nuevo con lo que tú habías dicho o fue, tal vez, que tenían todo que ver:
—Tengo que irme.
Sentencia. Silencio. Desconexión.
¿Qué podías contestar a eso? ¿Qué le respondías a su desinterés? ¿Qué podías decirle para que dejara de enterrarte esa espada en la nuca?
Él te miró por un segundo y giró su cabeza para el otro lado de la calle, para el camino que lo alejaría por enésima vez de ti. Después de unos segundos, regresó de nuevo su mirada hacia ti y, justo cuando pensaste que iba a marcharse, empezó a acercarse a ti.
Dio cinco pasos largos y estaba de pronto frente a ti, sus ojos estaban a sólo treinta centímetros de tu mirada. Te observó fijamente y sentiste escalofríos cuando notaste el delineador negro descansando en el contorno de sus ojos: tan espectacularmente majestuoso, infinitamente inmaculado y hermoso.
—Lo siento —dijiste. Le pediste perdón a su belleza, a él, al amor que compartieron hacía no mucho tiempo—. No puedo evitar quererte…
Uno de sus dedos sobre tus labios enmudecen el resto de las palabras que tu corazón estaba escupiendo.
Su voz fue foránea, horrible, suave, sincera, nostálgica y ácida cuando dijo en voz baja:
—La próxima vez que me sigas, no voy a golpearte o mandar a policías a que te arresten, es más, no voy a decir nada. Si vuelves a seguirme, lo que haré será olvidarte.
Y no hubo palabras, sólo vacío recubierto por una capa gruesa de dolor.
