Episodio 3: Sé lo que no dices
Cuando tengo que encontrarte, busco en el vacío y ya
POV: Milo
Con el transcurso del tiempo te diste cuenta que Camus era un gran silencio de asquerosamente increíbles ojos azules. Un silencio delgado, de piel blanca, cabello largo, que medía un poco más de uno ochenta y dos centímetros.
Camus hablaba cuando le era dirigida una pregunta, decía algo cuando tenía que emitir un sarcasmo, cuando tenía que burlarse de alguien, pero nunca hablaba para llenar el vacío o para empezar una conversación.
Así era él y no sabías si él era consciente de que la mayor parte del tiempo estaba callado, no sabías si él se percataba que su día no tenía muchas oraciones.
A veces te quedabas esperando una respuesta, a veces lo veías fijamente mientras los dos estaban junto, lo veías y te preguntabas qué pasaba por su cabeza, querías entrar en su mente y mirar con una linterna todas las ideas que sabías estaban estampadas en los muros de su cerebro y que, por alguna extraña razón, se quedaban siempre ahí, no salían a la luz.
Él nunca fue de palabras ni de preguntas ni de respuestas.
—¿Quieres ser mi novio? —dijiste un día que los dos estaban sentados en el sillón. Bueno, sentados no era la palabra adecuada para describirlos: los dos tenían la espalda recargada en los asientos del sillón y los pies estirados sobre la pared, de cabeza prácticamente. Sus miradas estaban fijas en el techo y compartían un cigarro.
Hiciste la pregunta, de repente, sin ningún tipo de contexto, no habían estado platicando de noviazgos ni habían estado hablando de amor o basura como ésas; de hecho, habían permanecido callados desde que tú habías llegado al departamento y te habías colocado a un lado de él en el sillón.
En todo el día no habías sabido de él, no lo habías visto en la escuela ni en el café, incluso, miraste en la biblioteca cuando terminaron tus clases para ver si lo encontrabas leyendo algún libro de arte, pero no fue así, él no estaba por ningún lado. Miraste tu agenda más de dos veces para cerciorarte que no era un día importante, que él no te había mencionado alguna actividad que pensara realizar bajo esta fecha, cinco de enero, pero no, el día '5 de enero' de tu calendario estaba vacío.
Así que decidiste venir a verlo y habías hecho la pregunta. Llevabas más de un mes y medio viéndolo diario y pasando la mayor parte de tu tiempo con él, así que algo en tu interior sintió que tenías que preguntar.
Miraste su perfil en la obscuridad de la noche. Su departamento tenía algo que te encantaba y que te llamó la atención desde la primera noche que estuviste ahí: sólo había una lámpara de luz en todo el departamento. Sólo una. Era una lámpara larga, con un tubo plateado de casi tu tamaño, que terminaba en la parte de arriba con una especie de espiral de metal donde descansaba el foco. La luz que irradiaba de dicho foco era naranja suave, naranja tímidamente amarillo; a pesar de que sólo había una sola lámpara para todo el gran departamento, la poca luz que los iluminaba era ridículamente acogedora. El perfil de Camus se veía tierno alumbrado con sólo una diminuta cantidad de luz naranja.
Sacó el humo del cigarro que tenía en los pulmones y te miró.
Nunca deseaste más poder leer su mente. Nunca deseaste más poder despedazar su cabeza y examinar las partes para ver qué querían decir sus pensamientos.
—Nunca había usado delineador negro —te dijo y volvió a mirar el techo.
Al menos tuviste una respuesta esa noche, supiste por qué te habías sentido obligado a preguntarle si quería ser tu novio: habían sido sus ojos. Sí, había sido eso lo que te había hecho preguntarle tal cosa. Él había pintado el contorno de sus ojos con delineador negro, sólo una línea delgada alrededor de ellos que daban como resultado que el azul explotara en cientos de intensidades que antes habían permanecido ocultas. Se veía como si se le hubieran embarrado a la piel los más exigentes adjetivos que describen la belleza humana.
Llevó de nuevo el cigarro a sus labios y siguió fumando.
No hubo más intercambio de palabras esa noche. Te quedaste dormido en ese sillón viéndolo fumar.
Camus era un gran silencio de asquerosamente increíbles ojos azules. Su silencio de esa noche se transformó en todo un concepto enfrascado en palabras calladas y respuestas mudas ya que, a partir de esa vez, los días cinco de cada mes, él empezó a pintarse los ojos con delineador negro. Era el único día que utilizaba el delineador, ningún otro día, sólo el cinco.
Nunca había usado delineador negro fue su forma de responderte que sí y usarlo cada día cinco era su forma de festejar sin sonido cada mes que cumplían juntos.
