—No sabía que yo hubiera dado nada por sentado, así que tu ataque es algo prematuro y excesivo —replicó Itachi secamente.
—Accedí a cenar contigo esta noche —le recordó ella, agitando un dedo delante de su rostro—. ¡Eso es todo! Tal vez creas que tienes derecho a más por haber hecho una donación de medio millón de libras, pero este trato jamás incluía mi cuerpo.
—¿De dónde has sacado la impresión de que tengo que comprar a las mujeres para llevármelas a la cama?
—¡Me amenazaste con tu donación a Futures! Me dijiste que eres capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir lo que quieres, ¿no es así?
—Pero no pago por el sexo —le dijo Itachi, con voz tan fría como el hielo—. No pago nunca, bajo ninguna circunstancia, por el sexo.
Ino palideció. La convicción que él demostraba en la voz le cayó encima como un jarro de agua fría, aplacando su ira y dejándola completamente insegura.
—¿Y el vestido, los zapatos y las joyas?
—Soy un hombre generoso. Las mujeres con la que suelo salir disfrutan y esperan de mí esa clase de gestos.
—En ese caso, sales con el tipo equivocado de mujeres.
—Tal vez, pero resulta ofensivo que sugieras que necesito utilizar mi dinero para persuadir a una mujer de que se meta en mi cama.
—¡No nos dejemos llevar por lo irrelevante! —le interrumpió Ino —. He oído cómo le decías a tu chófer que se marchara.
—Tal vez había pensado llevarte yo mismo a tu casa más tarde —murmuró Itachi, a pesar de que Ino tenía razón en lo que le había dicho. Había dado por sentado que ella compartiría su cama aquella noche.
Sin embargo, le sorprendía la falta de tacto y sofisticación por parte de Ino . Jamás en su vida había tenido que soportar una conversación tan incómoda con una mujer. Igualmente, nunca se le había negado el sexo. Le pareció que Ino era muy ingenua para haber sido una mujer casada que en teoría, sabía manejar los asuntos sexuales con un poco más de diplomacia, sin aquel regusto de histeria y de mojigatería.
Ino se sonrojó al oír aquella sencilla explicación.
—Es que yo… Apenas te conozco….
A Itachi le divertía tanta vergüenza por parte de Ino . De repente, ella le pareció mucho más joven que los veinticinco años que tenía, casi como si fuera una adolescente. Su ira se evaporó rápidamente. Extendió la mano.
—Vamos a cenar, milaya…
Ino se prometió que después de aquella noche, jamás volvería a verlo. No le gustaba la clase de mujer en la que él la convertía. Aún recordaba la primera vez que vio a Sai a la edad de quince años. Su padre lo invitó a cenar una noche y ella se quedó tan hipnotizada por su físico que casi no probó bocado. Se enamoró perdidamente del guapo abogado del bufete de su padre, impresionada por su físico y su prometedora carrera de juez. Además, ese mismo año. Jasper se prometió con Alice, hermana a su vez de Sai y se casaron, por lo que sus padres y él pasaron a formar parte de todos los acontecimientos familiares.
Sin embargo, tuvo que consolarse con amarlo en la distancia. Sai se mostraba cortés y agradable con ella hasta que un día de repente, la invitó a cenar. Tuvieron que pasar muchas semanas hasta que él por fin le dio un beso de buenas noches. No podía haber comparación alguna entre los dos hombres: Sai que la había amado y respetado de verdad y Itachi Uchiha, para quien ella era simplemente otra potencial conquista sexual. ¿Cómo podía haber reaccionado ante un hombre así? ¿Dónde estaban su orgullo y el respeto hacia sí misma?
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Itachi en el comedor mientras les servían la cena.
Ino enrojeció y se frotó la alianza con un gesto nervioso.
—En nada importante.
Sin embargo, el gesto que Ino acababa de realizar no le pasó desapercibido a Itachi. Sentía que estaba compitiendo con los recuerdos que ella tenía sobre un hombre muy especial, el que había sido su esposo. El hecho de pensar que no dejaba de pensar en su marido muerto ni siquiera cuando estaba con él lo enfureció. Era la primera vez que le había importado o que hubiera considerado lo que una mujer pudiera estar pensando mientras estaba con él.
—¿Qué edad tenías cuando te casaste?
—Diecinueve años.
—Eras muy joven.
—Tenía la edad suficiente para saber qué estaba haciendo.
—¿Y qué edad tenía tu esposo?
Ino se tensó. No sentía deseo alguno de proporcionarle aquella respuesta.
—Treinta y nueve.
—¡Pero si tenía edad suficiente para ser tu padre!
—Eso es una grosería. Sai era guapo, con éxito profesional y social. Creo que muy pocas mujeres lo habrían considerado así.
Itachi se encogió de hombros. Sabía que algunos hombres preferían mujeres mucho más jóvenes. El sólo tenía treinta y tres años, pero la idea de acostarse con una adolescente que no tuviera experiencia alguna con los hombres le repugnaba. Sólo se le ocurría que Sai debía de ser inadecuado en algún sentido para elegir como esposa a una jovencita.
—¿Cuánto tiempo hace desde que enviudaste?
—Seis años…
—Es decir, que no estuviste casada demasiado tiempo…
Ino comprendió que él no sabía tanto sobre ella como había dado por sentado. Le habló del adolescente borracho que provocó el accidente mientras el cortejo nupcial se dirigía al banquete después de la ceremonia.
—Menuda tragedia… en particular porque tu cuñada resultó también gravemente herida.
—El hecho desgarró el corazón de las dos familias.
—¿Y tú aún sigues sufriendo?
—Sí. Una no olvida un amor así tan fácilmente.
—Pero si tu esposo y tú estuvisteis muy poco tiempo juntos…
—El tiempo no es relevante.
—Sin embargo, no te vas a quedar conmigo esta noche, a pesar de que es lo que los dos deseamos.
—Es diferente —susurró ella, sonrojándose.
—Lo sé —replicó él acariciándole suavemente el reverso de la mano—. No te estoy pidiendo que me ames.
—Ni yo necesito la advertencia.
Itachi la observó lleno de frustración.
—¿Significa eso que ya te has formado una opinión sobre mí?
—¿Sobre el hecho de que no encajamos? Sí —admitió ella.
—Pero compartimos una sorprendente pasión.
—Eso no es importante para mí.
—Para mí sí lo es.
—Pero, la semana que viene, encontrarás ese mismo tipo de pasión con otra persona.
—Te aseguro que si pensara eso no me habría tomado tantas molestias para persuadirte de que vinieras aquí.
Itachi efectivamente, se estaba tomando muchas molestias con ella. Mientras tomaban café. Ino consultó su reloj y se sorprendió mucho al ver cómo había pasado el tiempo. Era un hombre muy inteligente y su compañía era muy amena. Muy a su pesar. Ino se había divertido mucho.
—No quiero marcharme demasiado tarde porque mañana tengo que madrugar.
Se levantó de su silla y Itachi realizó un idéntico gesto. La estrechó contra su cuerpo.
—Podrías madrugar conmigo…
Mientras lo pensaba. Ino sintió un temblor que le recorría todo el cuerpo, una pasión sexual que se le centraba en la pelvis. El deseo que sentía era como un enemigo oscuro que poco a poco, iba destruyendo sus defensas. Se lo imaginó entre sábanas revueltas. Recordó cómo había perdido la cabeza con él en la limusina y supo que no podría resistirse. El inclinó su hermosa cabeza y le poseyó los labios con un apetito imposible de contener. Ino tembló contra él. El corazón le latía a toda velocidad, acicateado por una extraña combinación de excitación y anhelo. Turbada por la intensidad de lo que estaba sintiendo, se tensó.
—Me marcho a casa —susurró, cuando él volvió a levantar la cabeza.
Los paparazzi los estaban esperando en el exterior del edificio cuando salieron. Las cámaras siguieron disparando a pesar de que el equipo de seguridad de Itachi empezó a apartar a los fotógrafos, proporcionándoles un pasillo hasta el Ferrari negro que estaba aparcado frente a la entrada del edificio. Al escuchar que le preguntaban su nombre a gritos. Ino se sonrojó y se metió en el coche con la cabeza baja para tratar de no darle a nadie la oportunidad de tomar una foto de ella.
—Nos seguirán a tu apartamento para poder identificarte —predijo Itachi.
—Seguro que no —respondió ella pero, acababa de pronunciar estas palabras cuando vio que los periodistas se montaban en sus motocicletas y salían detrás de ellos—. ¿Es siempre así?
—Lo odio. Mañana, al menos un periódico te habrá ofrecido dinero para que les hables sobre mí.
—No lo haré nunca. Tus secretos están a salvo conmigo. El color del papel pintado de tu comedor se vendrá a la tumba conmigo —bromeó.
Itachi soltó una carcajada.
Efectivamente, los siguieron hasta el bloque de apartamentos en el que ella vivía. Ino no se opuso a que él la acompañara al interior, porque, incluso antes de bajar del coche, vio a varios hombres que corrían por la acera con la intención de interceptarlos. Uno de ellos levantó la cámara. Los guardaespaldas de Itachi se la arrebataron y se produjo un altercado, durante el cual él aprovechó para meterla en el edificio con un brazo protector sobre la espalda.
—No tienes que subir conmigo —dijo ella cuando se abrieron las puertas del ascensor.
—Te prometo que no me quedaré más de lo que tú quieras.
Cuando llegaron a la planta correspondiente. Itachi le quitó las llaves y abrió la puerta. Ino entró en el apartamento y él la siguió.
—Una casa de muñecas.
—Sí. De pequeña, siempre quise tener una pero tuve que esperar hasta que crecí y pude permitirme comprar una propia.
El apartamento contaba con una decoración minimalista, por lo que le sorprendió el interior de la casa de muñecas. Una muñeca pelirroja con camisón de encaje estaba a punto de meterse en la cama, que tenía dosel y cortinas. Dos gatos siameses estaban acurrucados junto al fuego. Cada centímetro de la casita estaba ocupado por muebles de estilo antiguo, libros y objetos de artesanía. Aunque una de las habitaciones estaba ocupada por una hilera de camas y una cuna, lo que sugería la existencia allí de una gran familia, no se veía un hombre por ninguna parte. Itachi se preguntó si Ino se daba cuenta de lo que mucho que revelaba aquella casa sobre su verdadera naturaleza.
—Interesante —comentó.
Ino dudó. Quería que él volviera a besarla y se despreciaba por aquella debilidad. Se lamió el labio superior con la lengua. Vio que él se percataba de aquel gesto, por lo que aunque lo había hecho deliberadamente, se sorprendía profundamente del modo en el que se estaba comportando. Itachi susurró algo en su idioma y la estrechó contra él colocándole una mano sobre el trasero. Los expertos movimiento de su lengua entre los labios de Ino la encendieron, al igual del hecho de notar que él volvía a tener una erección. Se echó a temblar. Las rodillas parecían incapaces de sostenerla. Jamás se le había ocurrido que el deseo pudiera doler tanto o que ella pudiera sentir una pasión tan desmedida por un hombre.
Cuando por fin se apartó de ella, Itachi le pasó un dedo por los henchidos labios. No podía creer que ella le estuviera echando de su casa sin satisfacerlo. Evidentemente, lo deseaba tanto como él a ella.
—Me excitas mucho —le confesó—. ¿Cuándo puedo volver a verte?
—Esto ha sido un hecho aislado —le recordó ella.
—No puedes hablar en serio.
—Me temo que sí —dijo ella apartándose por completo de él, a pesar de que un deseo que era incapaz de comprender la abrasaba por dentro. Jamás había tenido problema alguno para controlarse ni hubiera creído nunca que el sexo pudiera ser tan importante para ella. Además, su propia ignorancia en el terreno sexual le aterrorizaba.
—Te aseguro que no te dejaré en paz…
—Debes hacerlo. No creo en el sexo por el sexo.
—Y eso es todo lo que yo te ofrezco, lubimaya. No tengo otra cosa que darte. —¿Y cuál es tu excusa?
—¿Excusa?
—No creo en el sexo por el sexo porque en lo que creo es en el amor y en el compromiso.
—Yo sólo me comprometo con el sexo —le susurró él a pocos centímetros del rostro—. Y se me da muy bien, te lo aseguro…
Ella lo contempló, completamente hipnotizada por su carisma sexual. Itachi volvió a besarla, saboreando lentamente cada centímetro de su piel. Enredó los dedos en el bajo del vestido y se lo subió lentamente, acariciándole al paso cada centímetro de su piel.
—No. Itachi…
—Da, Itachi… Eso es lo que quiero y necesito escuchar —murmuró él, torturándole los labios con los suyos y también con los dientes—. Takaya nezhnaya.
—¿Qué significa eso?
—Eres tan hermosa… No quiero apartarme de ti para tener que irme a casa…
Durante un instante de locura, ella consideró decirle que se podía quedar si prometía no tocarla. No quería que se marchara. No quería estar sola. La idea de tumbarse en la cama entre los brazos de un hombre le resultaba excitante. La idea de despertarse acompañada para variar le resultaba aún más seductora. Se sentía abrumada por su propia ingenuidad, temiendo la mofa que despertaría en él con una proposición tan estúpida. Itachi quería sexo. Quería tratarla como a sus muchas predecesoras en la cama, mujeres de las que había disfrutado unas pocas semanas sin amor ni ataduras de ninguna clase antes de pasar a la siguiente candidata. ¿De verdad sería ella capaz de unirse a aquel montón de mujeres sin nombres? ¿Podría ser alguien con la que Itachi satisficiera su deseo durante una noche o dos antes de que se aburriera y buscara el estímulo que podía proporcionarle un rostro y un cuerpo nuevos?
