Episodio 4: Una esperanza a mi locura

No era necesario hacerme sentir el cielo en medio de tu olvido

POV: Milo

—Definitivamente estás muy serio —dijo Laureta del otro lado de la mesa.

Laureta era tu mejor amiga, tu cómplice, tu compañera de fiestas y tu confidente. La conocías desde que tenías diez años: se empezaron a llevar bien a esa edad porque, por alguna extraña razón, era la única niña de todo tu salón que le gustaba jugar futbol. Nunca estaba rodeada de niñas, siempre jugaba con los niños. Es más, en lugar de comprar muñecas compraba soldaditos de plástico para atacar a los tuyos y ganarte en la batalla. En aquél entonces la conocías como Sahori, el cual era su nombre real y que dejó de serlo cuando decidió a sus quince años que su nombre era aburrido y decidió cambiarlo por Laureta.

—No estoy serio. Estoy bien —le respondiste y miraste alrededor, viendo a las demás personas sentadas en sus respectivas mesas. Te preguntaste si alguna de estas personas también había cambiado su nombre en algún momento de sus vidas.

Ella suspiró con descaro.

—No has tomado ni un trago a la cerveza. ¿Necesito decir más? Te conozco desde que tengo memoria, ¿crees que no sé cuando algo te pasa a estas alturas? No seas ridículo. —Laureta era directa por naturaleza. Todo mundo, a primera vista, veía a una chica ruda y un tanto cruel, lo cual no era incorrecto: con su cara siempre maquillada, sus labios pecadoramente rojos, su cabello siempre sin arreglar y la ropa siempre negra. Laureta era el tipo de persona que anda sin rodeos y es capaz de decirte la verdad aunque duela como los mil infiernos. Claro que esto le había creado la fama de no tener corazón y por lo tanto no tenía muchos amigos, los que tenía los contaba con los dedos de una sola mano.

No que tú tuvieras docenas de amigos tampoco, si eras sincero, Laureta era tu única verdadera amiga, era quien había permanecido a tu lado en las cosas buenas y en las malas, era quien siempre estaba ahí para escucharte.

—Conocí a alguien el viernes pasado.

Ella frunció el ceño y de inmediato preguntó:

—¿Quién?, ¿es guapo?, ¿lo conozco?, ¿por qué no lo me lo habías dicho? —dijo todas esas palabras en menos de dos segundos.

Tomaste un poco de cerveza, tu primer trago en toda la noche.

—Un chico que conocí mientras esperaba el autobús. Sí, es lo más hermoso que he visto en mi vida, lo juro. No, no lo conoces. Y no te había dicho porque… no tiene importancia.

—Estás diciendo que es lo más hermoso que has visto y después dices que no tiene importancia. Obviamente, necesitas algo de alcohol en tu sistema, porque no estás siendo coherente. —Te ofreció su botella de cerveza—. Necesitas tomar un poco más de esto.

Moviste su mano para que quitara la botella de tu cara.

—¿Podemos dejar el tema? Preguntaste qué tenía y ya te dije. Ahora hablemos de otra cosa. —La miraste severamente.

—¿Cómo se llama?

—Laureta —contestaste en tono de advertencia.

—¿Ya son novios? —preguntó como si fuera una niña: alzando su tono de voz y entrelazando sus dedos debajo de su barbilla.

Estuviste a punto de tirarla de su silla.

—Cada vez que hablas así se me revuelve el estómago.

Ella limpió su garganta y sonrió de nuevo.

—Sabes que no voy a dejar de molestarte hasta que me cuentes todos los sucios detalles.

Negaste con la cabeza porque sabías que era verdad, ella iba a seguir insistiendo hasta que le contaras cada detallito de lo que había sucedido. Preferiste acabar con la tortura de una vez por todas.

—Se llama Camus y me acosté con él ese mismo día.

Laureta abrió sus ojos en rudeza.

—¿Qué dijiste? Creí haber escuchado que te acostaste con él.

Suspiraste, si tan sólo pudieras cambiarte de mesa e ignorar las preguntas que sabías que vendrían de sus labios. Miraste alrededor para ver si había algún lugar vacío donde pudieras huir. Desgraciadamente, tus ojos aterrizaron en…

—No puede ser —dijiste.

—¿Qué? —Laureta notó inmediatamente tu rostro pálido—. ¿Qué sucede?

Tu corazón empezó a latir con rapidez dentro de tu pecho.

—Está aquí.

—¿Quién, quién está aquí? —Laureta no entendía nada.

Te levantaste de tu silla, sin responderle, y caminaste por el bar, te dirigiste hacia otra mesa que estaba en una de las esquinas.

—Hola —dijiste alzando un poco nada más el sonido de tu voz, tus palabras dirigidas al sujeto sentado en la mesa.

El murmullo de la gente del bar era más fuerte mientras más avanzaba la noche, quizá por el alcohol que se iba acumulando en sus sistemas.

—¿Puedo ayudarte en algo?— Fue la respuesta inmediata de los labios que habían dejado diminutos besos por tu espalda el viernes pasado.

Tus labios guardaron silencio por un segundo, los tomaron por sorpresa con esa respuesta.

—Soy Milo —dijiste finalmente.

Hubo otra pausa de su parte.

—Te repito: ¿hay algo en lo que pueda ayudarte?

Entrecerraste los ojos. Tus palabras abandonaron tu boca matizadas de protesta y reclamo:

—No me has llamado. Dejé mi número sobre la televisión. —Tal vez él no se había dado cuenta que habías dejado una servilleta con tu nombre y tu número telefónico sobre la televisión de la sala justo antes de irte de su departamento el viernes pasado.

—Supongo que lo perdí —te contestó y miró hacia otro lado.

—Será mejor que te vayas, amigo —Fue hasta ese momento que te diste cuenta que había dos personas más sentadas en esa misma mesa, con él, dos chicos idénticos con cabelleras azul obscuro y rostros finos, una de estas dos personas era la que te había dicho que te marcharas.

Ignoraste el comentario que te habían hecho y miraste de nuevo a tu chico de la parada del autobús.

—Puedo darte de nuevo el número si lo perdiste —dijiste molesto. Quizá él no había mirado la televisión en toda la semana y por eso no había visto tu número, quizá la servilleta cayó al piso y él pensó que era basura y nunca se dio cuenta que habías escrito algo ahí, o quizá estuviste toda la semana pensando en esa noche e imaginaste que había sido especial cuando parecía que para él no lo había sido.

—De verdad, regresa a tu mesa. —Ahora era el segundo, de las dos personas antes mencionadas, quien te decía que los dejaras tranquilos.

Miraste alrededor y detuviste al mesero que iba pasando en ese momento a un lado tuyo. Le quitaste la pluma que utilizaba para anotar las órdenes y te inclinaste sobre la mesa para tomar la mano derecha de Camus, con la cual sujetaba una cerveza.

—Para que no lo vuelvas a olvidar. —Jalaste su brazo hacia ti y su cuerpo se inclinó un poco sobre la mesa también. Giraste hacia arriba la palma de su mano y escribiste sobre la parte interna de su brazo tu nombre y tu número telefónico. Soltaste su mano, lo miraste fijamente a los ojos por tres segundos y comenzaste a caminar hacia la barra.

Necesitabas un tequila o algo parecido, algo que rasgara más lo que ya te empezaba a quemar la garganta y el pecho.

Agradeciste que Laureta no estuviera a la vista cuando te sentaste en uno de los banquillos de la barra. A lo mejor estaba en el baño o ya se había marchado con alguien. No querías contestar sus preguntas o contarle lo que acababa de suceder, aún tus manos estaban temblando.

La música del bar era tan espesa que sentiste que tus oídos caminaban por un pantano.

El cantinero, un joven musculoso y alto, te ofreció una bebida color naranja que tomaste de un solo trago. No sabías qué era, pudo haber sido vodka mezclado con algo o cerveza mezclada con colorantes, pero te hizo sentir mejor.

—No deberías de tomar tan rápido —dijo una voz detrás de ti. El dueño de dicha voz era, por supuesto, Camus. Se sentó a dos banquillos de distancia de ti —. ¿No te parece que estás un poco lejos? —dijo alzando un poco su voz para que lo escucharas.

—¿Un poco lejos de qué? —respondiste con el mismo volumen alto de voz, tu tono era de fastidio.

—De mí. —Y ahí estaba de nuevo su tono confidente y lleno de seguridad atractiva.

Tú miraste su perfil por al menos un minuto mientras él buscaba al cantinero con la mirada

—¿Realmente perdiste el número? —preguntaste.

Él te miró y sus pupilas eran una combinación de azul, gris y unos discretos brochazos de violeta.

—¿Tú qué crees?

Negaste con la cabeza y en tus labios había una sonrisa de incredulidad.

—¿Generalmente eres un cretino con todos o sólo con los que conoces en paradas de autobuses?

Guardó silencio y miró sus manos que descansaban entrelazadas en la barra.

—¿Creíste que te llamaría para ver si habías llegado bien a casa? —te lo dijo como si realmente fuera algo imposible, como si fuera lo más ridículo y estúpido del mundo, pero al mismo tiempo, no había burla o sarcasmo en su voz.

—Entonces eres un cretino con todos —contestaste mirando tus manos también.

Aprendiste en ese momento muchas cosas de Camus, comprendiste que él no era como cualquier chico.

Pasaron algunos minutos de silencio hasta que él dijo:

—Te invito otro trago.

—No, gracias —respondiste y giraste un poco para ver si veías a Laureta.

—Entonces te invito a mi departamento.