Episodio 5: ¿Puedo dejarte?

No sé hasta donde llega mi deseo de autodestrucción, es decir, amor por ti

POV: Milo

Si tan sólo pudieras dejar de sentir esta manta gris sobre tu piel, si tan sólo tuviera sentido despertar en las mañanas, si tan sólo tuvieras un motivo para respirar, desgraciadamente no había ninguna meta a futuro o alguna luz de color naranja intenso que te llamara la atención como para levantarte del universo espeso y lento en el que vivías sentado.

Todo era automático: levantarse, estudiar, trabajar, dormir. El mismo itinerario una y otra vez y después quince veces más. No principio, no final. Un infinito hecho túnel. Los minutos se escurrían por tus dedos como una desagradable miel morada.

Nada que hacer, nada que ver, nada que escuchar, sólo estar presente soportando el paso de la vida por cada poro, sólo estar viendo cada día transcurrir mientras estabas sentado en un rincón con piso, paredes y techo color ataúd.

Pensar en morir ya ni siquiera era divertido. Estabas harto de pensar lo mal que te sentías, te cansaba analizar la situación en la que te encontrabas, ya hasta eso era asqueroso.

El teléfono sonó.

Descolgaste sin decir nada.

—¿Milo? —Se escuchó del otro lado de la línea. Después de dos meses sin escuchar esa voz, ahí estaba de nuevo. Dos largos meses de no escuchar ese timbre tan peculiar, tan suave pero tan masculino, tan melódico pero tan tajante, tan tuyo pero tan doloroso. Una voz que nunca esperaba una respuesta para hablar—. ¿Podrías venir a mi departamento?

Cerraste los ojos. Dos meses separados y de nuevo tenías ante ti un boleto gratis para regresar a la porquería que era su relación

—No puedo. Tengo que trabajar —contestaste, ¿podía él escuchar lo muerta que sonaba tu voz?

Hubo una pausa.

—Tu turno termina a las seis. ¿Paso por ti? —preguntó.

Te sorprendió que él supiera tu horario, te sorprendió que él quisiera pasar por ti, nunca había ido por ti al trabajo, a ningún lado, de hecho.

Una larga y angustiante pausa de tu parte.

—Está bien. —Un boleto gratis para regresar a la porquería que era su relación, pero que, a la vez, era lo más intenso y agudo que había circulado por tus venas. El único amor verdadero que conocías era una absoluta basura.

o-x-o

En el trabajo no dejabas de mirar el reloj. Faltaba poco para que fueran las seis y no sabías si querías adelantar el tiempo o detenerlo por siempre. Serviste dos café mal, y Aldebarán, tu jefe, te regañó por estar tan distraído, pero no podías evitarlo, tenías la cabeza llena de cuestiones, dudas, signos de interrogación con picos de metal en las orillas.

¿Realmente querías regresar con Camus? La respuesta siempre había sido sí, pero ahora ese sí estaba acompañado de un 'sí, pero para qué'. ¿Para qué regresar a la misma tontería? ¿Para qué regresar a ese ciclo de sufrimiento inútil?

¿Para qué regresar a esos ojos azules llenos de silencio?

Si tan sólo sus ojos no fueran tan bellos, a lo mejor podrías negarle algo, pero eras adicto a ese azul sucio que tenía a veces las miradas más intensas y suaves que habías visto jamás; unos ojos que eran atractivos por el abismo lleno de colores invisibles y de burbujas de ácido que los conformaban.

Cuando terminó tu turno, saliste de la cafetería por la puerta trasera.

Y ahí estaba él. Recargado en un automóvil, que no era suyo, y con los brazos cruzados sobre su pecho. Hacía mucho viento, tanto, que inmediatamente guardaste las manos en tu chamarra.

Eran las 6:17. Te preguntaste si él te reclamaría por haberte demorado en salir.

—¿Tuviste un día pesado? —Ésa fue la respuesta que salió de sus labios, y su voz fue delicada y de bajo volumen, con tintes de preocupación, como si realmente quisiera saber la respuesta y no fuera una pregunta de rutina o un saludo forzado.

Caminaste dos pasos hacia él. Miraste a un lado de la calle, después al otro.

—¿Qué es lo que quieres, Camus? —dijiste mientras veías a una mujer atravesar la calle con un niño sujetándola de la mano.

Una pausa de tres segundos.

—Mi coche está en la entrada principal. ¿Me acompañas? —Se separó del auto en el que estaba recargado y te extendió la mano.

Miraste su mano como si nunca hubieras visto una mano antes. ¿Quería que tomaras su mano?, ¿en verdad quería que las manos de ambos se sujetaran? Nunca, ni en tus fantasías más alocadas, pensaste que lo verías realizar dicha acción, mucho menos querer hacerla.

Su mano dejó de esperar y simplemente tomó la tuya. Inmediatamente entrelazó sus dedos con los tuyos y empezaron a caminar hacia el auto, su auto, que estaba en la entrada principal.

Si hubieras sabido que ésa iba a ser la única vez en toda su relación que iban a tomarse de las manos, tal vez te hubieras puesto pegamento para que nunca soltara la tuya cuando llegaron al coche y cada quien tuvo que caminar para su lado correspondiente del auto. Caminar con su mano en la tuya fue uno de los primeros orgasmos que tuviste en los que no explotabas de placer, sino de pura y exquisita ternura.

—¿A dónde vamos? —preguntaste después de veinte minutos en el camino. Veías por la ventanilla del automóvil cómo las hojas de los grandes árboles se agitaban con el paso del furioso aire.

—¿Por qué siempre tienes tantas preguntas? —te dijo con calma y algo de humor mientras sus manos tomaban el volante y los conducían por la autopista que los sacaba de la ciudad. Una de esas manos había sujetado la tuya hace veinte minutos, te habías sentido en el paraíso, habías sentido las diminutas mariposas volando en el espacio reducido de tu estómago, igual que la primera vez que lo habías visto en aquella parada de autobús; sin embargo, el movimiento de las mariposas y el movimiento continuo del coche te habían dado nauseas.

—¿Cómo puedo no tener preguntas si después de dos meses de descomunicación recibo una llamada tuya en la que me pides que nos veamos?

Dejó de ver el camino y te miró a los ojos por un instante.

—Hiciste otra pregunta de nuevo… y se dice incomunicación.

—Camus. —Negaste con la cabeza, incrédulo—. Y tú volviste a evadirme otra vez. —Suspiraste con cansancio. ¿A dónde iba todo esto?, ¿por qué te corregía?, ¿por qué se fijaba en los pequeños detalles si eran los grandes detalles, es decir, toda su relación, la que era un error? Dirigiste la mirada hacia la ventanilla porque supiste que él ya no iba a contestar nada más.

Tus preguntas fueron contestadas, sin embargo, cuando él estacionó el coche enfrente de una palmera. Habían llegado a una playa, sin turistas ni aguas tranquilas ni colores azules; esta playa, en su lugar, estaba vacía, y el agua era revoltosa, ruidosa, obscura.

Salieron del automóvil y cuando se encontraron al frente, él te indicó que te sentarás en el cofre. Lo hiciste y él se sentó a un lado de ti.

Pasaron eternos minutos en que nadie dijo nada, tal vez fueron horas.

Él limpió su garganta y el paisaje majestuoso ante ustedes, es decir, el sol ocultándose en el horizonte, de pronto se vio opacado, pasó a segundo plano. Todo se detenía en tu galaxia cuando Camus hacía algo, cualquier cosa. Miraste su perfil un segundo y después miraste tus manos. Pensaste que él iba a decirte algo, como la razón por la cual estaban ahí por ejemplo, pero al parecer Camus no tenía ninguna intención de explicar nada.

—Milo —dijo tu nombre suavemente, o tal vez sí tenía algo que decir después de todo—. Si mueres primero que yo, sé que voy a llorar los minutos que perdimos en estar peleando.

Boom.

Cada letra se introdujo con lentitud en tu mente, poco a poco fuiste formando la oración. El cosmos se congeló mientras en tu cabeza se registraban esas palabras. Sentiste escalofríos.

Tu corazón fue apuñalado con varitas de luz, varitas de luz intensa, que quemaban, que eran de una textura dulce, de un color inexistente pero sutil.

Recordaste que tenías que seguir respirando, y no sólo respirando, viviendo también. Alguien le puso play de nuevo a tu existencia, pero te sentiste desubicado, como si esa pausa hubiera durado siglos.

Tardaste al menos cinco segundos más en sentirte de nuevo en tu piel, en darte cuenta de dónde estabas y qué estaba pasando y con quién estabas sobre todo: con tu chico silencioso de ojos ahogadamente azules, que no te había hablado en dos meses, pero que había tomado tu mano y te había traído hasta aquí para decirte cosas que tal vez no estabas listo para escuchar.

Claro, era la primera vez que él te decía algo tan… revelador. Nunca te había dicho te quiero o te amo o me gustas. Nada. Ninguna cosa que te mostrara lo que realmente sentía o creía de ti. Todas eran suposiciones tuyas: a veces estabas seguro que sabías descifrar todos sus códigos, pero había muchas otras en que no tenías ni la menor idea de qué demonios sucedía en su interior. Que él te dijera esto era un gran paso, era derribar un gran muro entre ambos, era tal vez el único te amo que ibas a recibir de su parte.

Sin sorpresa, para ti eso era suficiente.

Tus ojos se empezaron a llenar de lágrimas de pronto, tu voz estaba acorralada por paredes de acero frío en algún lugar de tu garganta, te costaba trabajo hacerla salir por tu boca.

—¿Por qué tienes que hacer esto tan difícil, Camus? —Fue casi doloroso tratar que tu voz no se quebrara al decir eso. Tenías tanto que decir pero, a la vez, lo que dijeras se escurriría en el aire que había entre tú y él.

Él. Recargado sobre el cofre del coche también, con los brazos cruzados y la mirada fija en las olas que llegaban a la orilla del mar.

Tú. A unos centímetros de distancia de él, sintiendo mil cosas a la vez y tratando de no sentir nada, observando su perfil.

Los dos. Exhaustos, recordando la pelea de hace dos meses, que había tenido insultos y horribles palabras que cortaron como un machete el amor que compartían. Una pelea que te hizo ver que sin la otra persona no eras nada. Era en momentos así que comprendías que eras algo insignificante en el universo sin tener a la persona que te rompía en mil pedazos y que no siempre se preocupaba por pegarlos, pero que había veces en que pasaba por ti al trabajo y te llevaba a la playa.

La vida era tan ridículamente estúpida, tan maravillosamente vacía.

Estabas ahí, frente a tanto amor, frente a la persona por la cual darías tu vida y te dabas cuenta por enésima vez que era muy difícil estar con ella, casi imposible. Eran tantas las cosas malas entre ambos, eran tantas cosas insignificantes las que ya les hacían daño, eran tantos los maltratos al sentimiento que compartían, que simplemente parecía que ya no había remedio. Tomaste una gran bocanada de aire.

—Tiene años que no nado en el mar —comentaste en un murmullo porque sabías que él no iba a responder nada a lo que tú habías dicho.

Y así, dejando el tema de 'nosotros' a un lado, tomaste un pedazo de la manga del suéter de Camus, te separaste del auto y comenzaste a caminar hacia la orilla de la playa, jalando a Camus contigo.

Caminar sobre la arena te recordó que aún no caminabas sobre tierra firme, pero ¿a quién diablos le importaba?, lo único que importaba era que el mar te estaba esperando y no ibas a faltar a la cita.

Cuando tus pies tuvieron contacto con las primeras olas, cuando éstas mojaron tus tobillos, Camus estaba un paso atrás. Por alguna extraña razón te sentiste más seguro al sentir a Camus detrás de ti, incluso te sentiste más fuerte, te dieron ganas de retar al mar. Caminaron un poco más, se introdujeron más en el agua, que iba mojando más y más la ropa de ambos, y hacía más lento cado paso mientras más se adentraban.

Se detuvieron cuando el agua les llegaba a la cintura. Soltaste la manga del suéter de Camus y miraste alrededor por un instante: de tu lado derecho estaba el horizonte, de tu lado izquierdo estaba la arena, el coche, las palmeras.

Después miraste tu ropa. Tus pantalones pesaban tres kilos más al estar en el agua y la tela se adhería a tu cuerpo como una segunda piel. Tus zapatos se sentían como si tuvieran esponjas por dentro, que se contraían cada vez que apoyabas peso en ellas. Bajaste la mirada al bolsillo de tu pantalón, te preguntaste si tu billetera seguía en su lugar.

Dioses, el agua está helada, eso es lo que estabas pensando cuando de pronto sentiste unos brazos alrededor de tu cuello. Los brazos de Camus... te encontrabas dentro de un abrazo... él te estaba abrazando.

¿Cómo no regresar con este abrazo en medio del mar que te decía a gritos no me dejes, sin ti no soy nada?, ¿cómo no abrazar de vuelta ese cuerpo que te abrazaba como si el mundo fuera a acabarse y no quisiera estar en ningún otro lado ni con nadie más?

¿Cuántas peleas más iban a terminar con un abrazo en el mar? Desgraciadamente habría muchas peleas más, cientos de ellas, pero ésta era la única en que la belleza que tú y él creaban al estar juntos te hacía querer ahogarte en el mar en el que se abrazaban.