Episodio 6: El libro roto de mi vida

La eternidad en paredes ya no es tan larga como solía ser

POV: Milo

—El sabor del café depende del tostado y del molido. El café turco y el expreso se hacen de café molido fino. El americano, de molido medio. El buen café de olla se hace del modo anterior, pero se le añade canela y piloncillo. Y el café vienés se hace agregando crema dulce batida al servir —terminaste de decir con un suspiro.

—Milo, llevas horas repitiendo lo mismo: el maldito sabor del estúpido café depende del endemoniado molido y del desgraciado tostado —dijo Saga mientras pintaba sus uñas de color negro con un barniz que había encontrado tirado en la calle.

Con el paso de los días, Saga y Kanon se volvieron buenos amigos tuyos. Los conociste el primer día en que habías visto a Camus en el bar y le habías reclamado por qué no te había llamado. Es más, si recordabas bien, uno de ellos, Saga, te había dicho aquella noche que los dejaras en paz o algo similar. Y eso hiciste, después de apuntar tu teléfono en el brazo de Camus. Recordabas también que esa noche, terminaste en el departamento de Camus haciendo cosas que tu mamá no estaría muy orgullosa de saber que estabas haciendo. Con un chico.

Después de ese día, seguiste viendo a Camus, seguiste buscándolo, y la mayoría de las veces que lo buscabas, lo encontrabas con Saga o con Kanon. Los iguales, como Camus los llamaba, eran los mejores amigos de tu novio, o lo que fuera que Camus era de ti. Agradeciste a los dioses, que poco a poco, también se estaban haciendo buenos amigos tuyos.

—Si quiero que me den trabajo en la cafetería, tengo que aprenderme estas reglas que me dio mi futuro jefe —contestaste mientras leías en la computadora el reglamento que tu jefe, Aldebarán, había mandado a tu correo para que lo aprendieras.

—El café turco y el expreso se hacen con polvitos mágicos que caen de las hadas cuando vuelan por el mundo —Kanon aseguró mientras salía de la recámara del departamento. Acto seguido, tomó su mochila, llena de diccionarios ya que tenía una extraña obsesión con las palabras, y le dijo a su hermano—: Es hora de irnos.

Saga sopló sobre sus uñas, cerró el barniz y se levantó de la mesa. También tomó su mochila, que probablemente sólo tenía cigarros o algo igual de dañino, y dijo con una sonrisa maligna—: Si no tengo éxito como narcotraficante, voy a dedicarme a pintar uñas.

Los dos caminaron hacia ti y se despidieron dándote un apretón de manos y unos suaves golpes en la espalda; después caminaron hacia Camus y le dieron un beso en la mejilla y un abrazo para despedirse.

Con el tiempo aprendiste que los iguales y Camus eran mejores amigos y algo más, como hermanos pero sin los lazos sanguíneos, como cómplices pero sin compromisos, como chocolates mezclados pero sin leche. O algo así. Incluso, el departamento en el que Camus vivía era un regalo que los iguales le habían dado en su cumpleaños pasado. Los iguales tenían mucho dinero, su padre era presidente de una compañía de teléfonos celulares muy importante.

Los iguales finalmente salieron por la puerta, dejándote a ti y a Camus solos.

—¿Qué haces? —dijiste súbitamente, sorprendido.

—Nada.

—¿Por qué me recargas contra la pared? —Efectivamente, Camus había tomado tu brazo, te había jalado de la computadora en la cual habías estado leyendo el reglamento del nuevo trabajo y, de pronto, había colocado tu espalda contra la pared.

—No te muevas —dijo en un susurro mientras sacaba algo de su pantalón.

—¿Qué haces? —repetiste.

—¿Qué parece que hago? Estoy sacando… esto. —El esto que te mostró consistía en un plumón indeleble color negro.

—¿Para qué quieres un plumón? —Entrecerraste los ojos al preguntar. ¿Qué demonios estaba planeando?

—Eres un niño muy preguntón —dijo mientras le quitaba la tapa al dichoso plumón y la colocaba en la bolsa trasera de su pantalón.

Sonreíste.

—Estoy trabajando en la computadora y, de repente, dejas de leer tu libro y me tomas del brazo y me arrastras hasta acá. ¿No crees que tengo el derecho de preguntar qué está sucediendo?

—No te arrastré. —Llevó la mano libre, la que no tenía el plumón, a un costado de tu cintura.

—Bueno, me jalaste suavemente y con urgencia hasta aquí.

—Eso está mejor. —Sonrió—. Ahora no te muevas.

—¿Qué ha…? —Guardaste silencio cuando él levantó su mano con el plumón y la colocó encima de tu cabeza. Después la deslizó por un lado de tu rostro para continuar por tu hombro y tus brazos.

Entendiste entonces y le dijiste en un susurro lleno de sorpresa y picardía:

—Estás pintando mi silueta en la pared con un plumón negro. —Hiciste una pausa y sonreíste un milímetro más—. ¿Sabes que eso no se va a quitar nunca? Ni siquiera si Dios Padre baja de los cielos e intenta hacerlo.

—Si Dios Padre quiere quitarlo, primero tendrá que tener una charla conmigo, en la cual deberá pedirme permiso —dijo en tono completamente serio—. Además, ése es el punto: que nunca se borre. —Te miró fijamente a los ojos y, poco a poco, se acercó hasta llegar a rozar sus labios con los tuyos.

Entre besos y caricias, él terminó de dibujar toda tu silueta, de pies a cabeza, sobre la pared. En los siguientes quince minutos, tú lo obligaste a él a recargarse también en la pared y dibujaste su silueta a lado de la tuya.

Él finalmente tomó el plumón de tus manos y escribió en la pared, sobre las dos siluetas, más específicamente sobre el pecho de tu silueta y el de la suya, la siguiente palabra: nosotros.

o-x-o

—¿Me estás siguiendo?— dijo con furia mientras atravesaba la puerta del departamento.

Tú venías subiendo las escaleras dos pasos atrás de él, así que aventaste la puerta para entrar a su departamento también.

—No te estoy siguiendo, Camus —contestaste con un suspiro de cansancio—. Parece que lo hago, pero nunca no le he hecho.

Él detuvo sus pasos y giró para decirte:

—No te quiero aquí, lárgate.

Caminaste hasta él e intentaste llevar una mano a su mejilla, querías darle una especie de consuelo.

—No voy a irme y lo sabes.

Él volteó la cara para que tu caricia se deslizara por el espacio que los separaba.

—De verdad, no voy a volver a repetirlo. Quiero que te vayas —repitió con palabras severas.

—No fue tu culpa, Camus —le aseguraste y en tu voz no había reclamo, sólo intentabas hacerle ver con claridad lo que había sucedido. Nada había sido su culpa. Él te dio la espalda de inmediato y tomó una de las tantas botellas que descansaban en la mesa—. Si no hubiera sido hoy, hubiera sucedido otro día, y lo sabes. Dinand tuvo suerte que tu papá no lo hubiera golpeado antes, tuvo suerte que lo cuidaras por tanto tiempo y recibieras los golpes que a él le correspond…

—¿Qué parte no entiendes de lárgate? —te escupió esas palabras de hielo hirviendo.

Ignoraste su comentario, Dinand era su hermano pequeño, el cual había sufrido una golpiza por parte de su abusivo padre, tenías que seguir hablando, querías hacerlo sentir mejor:

—En todo caso fue mi culpa, porque estabas conmigo cuando lo estaban golpeando, cuando…

Camus arrojó con toda su fuerza la botella a las siluetas de la pared.

Su respiración era agitada cuando enfocaste tus ojos en él después de ver como el líquido de la botella dejaba manchas sobre las siluetas y de ver las decenas de vidrios rotos que se acumularon en el piso.

Muchas cosas se habían roto en ese instante, no sólo una botella de licor.

Su voz fue rasposa al decir:

—¿Por qué seguiste insistiendo después de que te conocí? ¿Por qué te acercaste a mi mesa esa noche? Seguiste insistiendo hasta que lograste que sintiera cosas por ti. Cosas que me hacen dejar de cuidar a Dinand. —Hizo una pausa en que las lágrimas en sus ojos no le permitieron seguir hablando. Inmediatamente pasó su mano por sus ojos para eliminar la humedad que hubiera podido formarse en el azul atormentado de sus pupilas—. Odio… lo que eres y lo que me haces sentir. En verdad te odio a veces.

Y tú odiaste no tener una botella en tus manos para poder aventarla contra las siluetas también.