Episodio 7: Un nada que se convirtió en todo
Cambiamos constantemente de papeles para continuar con la linealidad sin respuesta
POV: Milo
—¡Mira lo que encontré en el cereal, hermosura del cielo hermoso! —dijiste en voz alta con una gran y descarada sonrisa.
—Dioses, ¿quién eres?, ¿una abejita feliz que succionó el cerebro de mi novio? —Camus te respondió desde el sofá donde se encontraba leyendo una revista de comics o un libro clásico, no estabas seguro.
Eras una abejita feliz que había fumado mucha marihuana en las últimas dos horas. Llevaste una mano a tu corazón y abriste la boca en forma de una gran O.
—Houston, tenemos un problemón. Repito, problemón. Camus acaba de decir mi novio. Repito otra vez de nuevo, me acaba de llamar su novio.
Te levantaste de la silla y caminaste hacia él con pasos tontos y juguetones. Te sentaste sobre sus piernas y rodeaste su cuello con tu brazo.
Camus entrecerró los ojos y, de inmediato, lo viste más guapo que de costumbre.
—No más drogas para ti —te advirtió con su voz guapa y sus labios guapos y sus ojos azules más guapos aún.
Mordiste tu labio.
—Prometo no consumir más drogas si tú me prometes… que vas a bailar conmigo todas las canciones que vienen en este CD que encontré, gracias a las hadas de la felicidad, en la caja de cereal.
Camus rió por un momento, su risa de burla, su risa de Mi-Abejita-Feliz (para no decir novio de nuevo) Está-En-Pleno-Viaje.
—Hay dos cosas muy importantes que tenemos que tomar en cuenta, Milo. La primera es: odio bailar. Y la segunda es: en verdad, odio bailar.
Te acercaste y dejaste un beso sonoro en su mejilla.
—Apuesto que ese besote de tu novio va a hacer que cambies de parecer. ¿Mencioné que era de tu novio?
—Milo, estás muy drogado —te dijo divertido.
—No es mi culpa que la marihuana se introduzca en mi sangre y organice fiestas e invite a todos a bailar. Ves, todos están bailando. ¿Por qué no bailas tú también? Baila conmigo —dijiste rápidamente y con desmedido entusiasmo.
Camus negó con la cabeza y no pudo evitar reír de nuevo.
—La próxima vez que Kanon te vuelva a ofrecer uno de sus cigarros especiales, no le creas cuando te diga que si fumas, vas a conocer a unos duendes que tienen una sorpresita para ti.
Reíste con sus palabras, sabías que Kanon no te estaba ofreciendo un cigarro normal, pero no pensaste que te haría sentir así. Ya era muy tarde de todas formas.
Miraste el rostro de Camus fijamente, lo contemplaste.
—¿Por qué eres tan hermoso, Camus? En serio. ¿Te robaste el agua de la fuente de la belleza y te la inyectaste en las venas?
—Es la fuente de la juventud, Milo —te corrigió.
—¿También de ésa tomaste? Con razón estás tan… así. Dioses benditos de los abdómenes planos con ojos azules súper hermosos.
Camus rió de nuevo. Si consumir marihuana lograba que lo hicieras reír tanto, entonces te ibas a convertir en drogadicto.
—Creo que necesitas dormir. —Empujó con suavidad tu cuerpo hacia adelante para que te levantaras y él se levantó también.
Cuando estaban de pie, tomaste el borde de su camisa negra entre tus dedos y dijiste tímidamente—: No quisiste bailar conmigo.
—Eso que estoy viendo en tu cara es un… ¿puchero? —te preguntó con una sonrisa.
—No, éste es un puchero triste, no es nada más un puchero normal —contestaste e hiciste la mueca de nuevo.
Y ahí estaba de nuevo la risa con sonido de música angelical.
—Odio correr y odio bailar —te recordó por enésima vez.
—Y también odias los noviazgos y, mira, ya tienes novio —le respondiste triunfante.
—¿Nunca vas a dejar de recordarme que sin querer dije la palabra novio, verdad?
—Dijiste mi novio. Y te referías a mí. Lo aclaro por si quedó duda para alguien.
Negó con la cabeza y suspiró en frustración, aunque en sus labios aún permanecía la sonrisa.
—Hagamos un trato, Milo. ¿Si bailo contigo, juras que dejarás de molestarme con eso?
Afirmaste con la cabeza.
—Trato hecho.
o-x-o
La música del CD era horrenda. Se suponía que eran remixes de los temas del momento, pero las mezclas eran una cosa salida del infierno que, bueno, nunca debió de haber abandonado el infierno para empezar. Saltaste varias canciones hasta dejar la menos horrible.
—Alguien debería de matar a balazos a quien mezcló esas canciones —dijiste aún en el mismo estado drogadesco. Te alejaste del estéreo reproductor en el cual habías puesto el CD.
—Deberían de meterle las canciones por el trasero, demandarlo y después matarlo a balazos —agregó Camus.
No era lo más gracioso que hubieras escuchado en tu vida, pero reíste mucho los siguientes tres o cuatro minutos. Te dolía el estómago y las mejillas de tanto reír. Te acercaste a Camus y acabaste recargando tu frente en su hombro y sonriendo como si te hubieran dicho que Kanon y Saga eran gemelos. Reíste un poco más cuando te diste cuenta que ésa era la realidad, ellos en verdad eran gemelos. Te sentías tan estúpido y tan… feliz y enamorado y drogado.
Abrazaste el cuerpo de Camus, tu barbilla descansó en su hombro y tus brazos fueron alrededor de sus hombros. En algún momento, Camus también rodeó tu cuerpo en sus brazos.
Pasaron algunos minutos en la misma posición.
De pronto, el ambiente cambió en la habitación. Camus empezó a moverse un poco, meciendo su cuerpo suavemente de un lado a otro, tú seguiste sus movimientos, empezaron a bailar como si hubiera una balada o una canción lenta en el estéreo en lugar de un remix mal hecho de la última canción de Madonna. No sabías por qué Camus odiaba bailar, no lo hacía nada mal, se movía con mucha gracia, muy elegante, no tenía por qué preocuparse.
—¿Camus?
Tardó unos minutos en responderte, tal vez porque se estaba ajustando a la tranquilidad repentina que había surgido entre ambos.
—¿Uhm?
—¿Crees que tú y yo estemos juntos para siempre? —le preguntaste en voz baja, suavemente.
Siguieron moviéndose al ritmo de una música imaginaria por veinte segundos.
—¿Para ti cuánto dura el siempre? —te preguntó en un volumen bajo también.
Te despegaste de su cuerpo por unos centímetros y miraste sus ojos, tú estabas sonriendo porque a veces sus respuestas que no decían nada parecían decir todo. A lo mejor ya estabas aprendiendo su idioma de silencio o de respuestas encriptadas y cuando él te decía cosas así no podías más que sonreír porque su respuesta era tan Camusesca que te hacía sentir mariposas en el estómago.
Te acercaste a su rostro y comenzaste a besarlo.
Tal vez fue el efecto de las drogas, ese poder invisible de sentir que nada era real y que todo era parte de una ilusión, lo que te hizo devorar su boca y empujar su cuerpo hacia atrás con los pasos que tú dabas al frente hasta el punto de llevarlo por todo el departamento hacia la recámara y recostarlo en la cama con tu cuerpo encima de él.
Probablemente también fue el efecto de la marihuana lo que te permitió quitarle la ropa y besarlo y tocarlo y besarlo y tocarlo más y… decirle:
—Quiero estar dentro de ti.
Para tu sorpresa, en ese momento Camus no dijo nada a tu petición, sólo miró tus ojos por un instante y asintió suavemente con la cabeza. Después se dejó hacer todo lo que tú tenías en mente. No puso ninguna resistencia cuando le quitaste la ropa lentamente para después quitarte la tuya, y tampoco se opuso cuando tu cuerpo entró en el suyo o cuando empezaste a moverte dentro de él con un ritmo lento.
Era la primera vez, de todas las veces que habían estado juntos, que tú estabas a cargo de la situación, que tú no eras quien recibía sino quien daba, que en el momento del clímax, tú no terminabas diciendo su nombre sino él pronunciaba el tuyo en un susurro.
o-x-o
—Estabas bastante drogado ayer.
Asomaste tu cabeza por la puerta del baño mientras lavabas tus dientes, con el cepillo aún en la boca, le dijiste a Camus:
—Eso explica el maldito dolor de cabeza que tengo.
Camus estaba sentado en la cama y se estaba poniendo los calcetines. Te miró por un instante y preguntó:
—¿Recuerdas algo de lo que pasó ayer?
Te quedaste pensando, negaste con la cabeza y entrecerraste los ojos.
—Recuerdo… que Kanon me dijo que iba a ver a unos duendes o algo así si fumaba de su cigarro especial.
Camus te miró de nuevo, no sabías qué había en su mirada, pero sus ojos se veían extraños.
—¿Algo más? —Camus inquirió.
Te quedaste pensando de nuevo, pero no, no podías recordar lo que había pasado después de haber fumado el cigarro entero. No recordabas cómo habías llegado a la cama, ni a qué hora se habían ido los iguales del departamento para empezar.
—En realidad no. ¿Por? —respondiste.
Camus siguió poniéndose los calcetines.
—Por nada.
o-x-o
Esa noche los cuatro decidieron salir y fueron al club más famoso de la ciudad: era grande, había mucha gente, las bebidas eran carísimas y la música estaba a cargo del DJ más renombrado de la zona.
Camus no te había dirigido la palabra desde que le habías dicho que no recordabas nada. Con una bebida en tu mano, trataste de recordar los eventos de la noche anterior, pero nada llegaba a tu cabeza. ¿Qué habías hecho que lo había molestado?, ¿por qué estaba enojado?, como si él no fumara de vez en cuando con Kanon.
—¿Y Camus? —Saga se sentó a lado de ti en la barra.
Tomaste un trago a tu bebida y dijiste:
—¿Por qué habría de saber dónde está?
Saga hizo una mueca y te dijo:
—Porque es tu novio.
La palabra novio resonó en tu cabeza, por alguna extraña razón sentiste que la habías dicho ayer mientras buscabas a los duendecillos verdes. Miraste a Saga.
—Ha estado ignorándome todo el día. Supongo que está enojado
—¿Ahora qué tontería hiciste? —dijo Saga, fastidiado.
Alzaste una ceja.
—¿Qué te hace pensar que yo hice algo?
Saga resopló con incredulidad.
—Alguno de los dos siempre hace una estupidez para enojar al otro, así que si él está enojado, es porque tú fuiste el que hizo una tontería que los hará pelear esta noche para que terminen reconciliándose en tres días aproximadamente.
Abriste la boca para reclamarle, pero de repente los brazos de Kanon rodearon tu cuello por detrás.
—Hola, princesita —te dijo y te quitó la copa que tenías entre las manos, después le dio un trago a tu bebida.
—Camus está enojado —Saga le informó.
Kanon dejó el trago sobre la barra
—Sí, lo noté extraño desde hace rato. ¿Ahora qué tontería hiciste, Milo?
Milo quitó los brazos de Kanon de alrededor de su cuerpo y preguntó divertido, aunque intentó sonar molesto:
—¿Por qué todos piensan que yo le hice algo malo? Estaba muy drogado ayer como para hacerle algo malo. —Giraste y recargaste tu dedo índice en el pecho de Kanon. —Estaba drogado por tu culpa.
Kanon hizo una mueca de desapruebo.
—Saga, ¿te das cuenta que Milo está insultando a la marihuana? No me importa el insulto implícito hacia mi persona, está metiéndose con seres superiores.
—Eso es muy grave— Saga añadió.
—Muy, pero muy grave —Kanon aseveró—, los duendes se van a enojar contigo.
Negaste con la cabeza y tenías una sonrisa en los labios. Era imposible hablar en serio con ellos.
—Voy a buscar a Camus.
o-x-o
El club tenía tres desniveles, en uno de ellos había solamente mesas, en otro estaba el bar y en el más elevado había unos vaqueros que bailaban sin camisa y con jeans plateados. Había colores por todas partes, las luces se estrellaban en las paredes y escurrían sus sombras iluminadas por los muros. Cada media hora soltaban papelitos brillantes del techo que descendían discretamente en forma de espirales, y cada veinte minutos el lugar se llenaba de humo blanco. La música se pegaba a la piel y le hacía cosas indecentes a tus poros; mientras más descendías hacia la pista de baile, las vibraciones de los bajos se introducían con más descaro a tus oídos.
Llegaste a la pista de baile porque ya habías buscado a Camus en el bar y en la sección de mesas, y no habías tenido suerte en encontrarlo. No creías que él hubiera sido capaz de marcharse sin avisarte, así que tenía que estar en algún lugar.
Caminaste entre varios cuerpos y esperaste no pisar a nadie mientras avanzabas lentamente por donde había espacio libre. Miraste alrededor tratando de enfocar las caras a tu alrededor, pero constantemente se difuminaban en tu visión porque las luces se prendían y se apagaban constantemente, se movían por todas las caras del lugar.
Desgraciadamente, en el momento en que giraste a la izquierda, tus ojos apreciaron con claridad la silueta de Camus. Antes de dar un paso, esperaste que alguna luz iluminara su rostro para cerciorarte que ese cuerpo correspondía a la persona que habías estado buscando. Cuando la luz llegó, quisiste dar un paso, pero la sorpresa tenía tus pies anclados en el piso.
Camus estaba bailando con alguien más. Y no sólo estaba bailando, tenía sus manos en la cintura del alguien más y su frente recargada en la frente del alguien más.
No te diste cuenta que habías estado mordiendo tu labio hasta que sentiste el sabor de la sangre en tu boca. Tus pies tomaron vida y te moviste entre más cuerpos para llegar a unos pasos de Camus y su acompañante.
Cuando estabas a tres pasos de distancia, te detuviste, sacaste un cigarro de tu bolsillo y lo encendiste. Los cuerpos que bailaban a tu alrededor impidieron que pudieras sujetar el encendedor con precisión, así que el cigarro prendió hasta el segundo intento. Aspiraste el humo y miraste fijamente la escena frente a ti.
Cruzaste los brazos. Esperaste. No dejabas de mirar.
Sentías que lava descendía por tu cuello, tu pecho y tus brazos. Sentías hormigas enterrando sus patas en la parte de atrás de tu cabeza. Sentías que tus ojos eran sumergidos en fuego incandescente.
Cuando el cigarro llegó a tus labios por tercera ocasión, fue cuando Camus finalmente te vio. Se quedó inmóvil y sus ojos estaban abiertos en rudeza.
El tiempo se detuvo para ambos, sentiste que nadie se movió, que la música se detuvo, que el planeta dejó de rotar en su eje.
Quitaste el cigarro de tus labios y te acercaste hacia Camus mientras por la boca expulsabas el humo.
—Te traje un cigarro —dijiste con la voz rasposa cuando estabas a sólo unos centímetros de su cara. Pusiste el cigarro entre sus dedos y le diste un beso en la mejilla—. Compártelo con tu amigo —le dijiste a sus ojos desgarradoramente azules.
Te escabulliste entre las personas y saliste del lugar.
o-x-o
Cinco minutos después te encontraste en la entrada de El Callejón de la Izquierda, que era un simple callejón del lado izquierdo del club en el que todas las personas que querían tener sexo podían acudir y hacer justo eso. Todo mundo conocía El Callejón de la Izquierda y lo que pasaba ahí si decidías entrar.
No tenías nada en la cabeza cuando empezaste a caminar por dicho callejón al que nunca habías entrado antes, o era tal vez que tenías una sola imagen en tu cabeza: Camus bailando con alguien más. Algo en tu pecho quemaba con la intensidad de una llama, no podías ni siquiera respirar. Te empezaste a sentir mareado y sentías una extraña picazón en la punta de las manos.
A tu alrededor veías siluetas de cuerpos desconocidos que emitían gemidos y sonidos de placer, siluetas que formaban posiciones demasiado vulgares para tus ojos, siluetas que se refugiaban en otras para descargar esa tensión sexual que las consumía.
Te detuviste un segundo para tomar una gran bocanada de aire y refrescar tu mente y tus pulmones, y fue sólo ese pequeño momento el que bastó para que, de pronto, un chico se acercara a ti y se arrodillara frente a tus ojos. Cuando menos te diste cuenta, el chico estaba desabrochando tus pantalones en medio de la obscuridad que les proporcionaba el callejón.
Cerraste los ojos y no pensaste en nada, o al menos lo intentaste.
Ésa sería la primera vez de muchas que uno de los dos engañaba al otro con alguien más.
o-x-o
Al día siguiente, la lluvia caía como proyectiles lanzados a la velocidad de la luz desde las nubes robustas y densas. Pocas veces al año llovía así: como si cayera una ráfaga de diminutos meteoritos repletos solamente de agua. Tenías más frío que aquella vez que fuiste al norte para ver la nieve caer; ése había sido otro acontecimiento importante que sólo sucedía una vez en cinco años: nevar era tan raro como ver un McDonalds vendiendo pizzas.
Dejaste de ver el paisaje desde la ventana de tu departamento y caminaste hacia la sala para tomar tu suéter color vino y ponértelo.
Consideraste por un momento buscar la sombrilla que estabas seguro que Laureta había dejado en algún lugar la última vez que había estado ahí, pero la verdad era que no tenías ganas de hacerlo y, más importante, llegarías tarde a la cafetería.
Saliste de tu departamento, que se encontraba en el primer piso, y saliste a la calle. Fue cuestión de estar tal vez doce segundos caminando por dicha calle para que estuvieras completamente empapado. Miraste el piso al caminar para evitar que te cayera más agua en la cara. Probablemente, Aldebarán, tu jefe, te regañaría cuando te viera tan mojado y desaliñado, pero realmente no te importaba.
Como tampoco te importaba lo que le pudiera pasar al mundo en ese momento, no te importaba la gente, la atmósfera, tu propio cuerpo… nada. Sólo querías deambular por la vida sin una meta fija, sin tener que darle explicaciones a nadie, sin tener que cumplir con ninguna obligación. Todos podían morirse si por ti fuera, todos menos Laureta, necesitabas alguien con quien compartir las cervezas.
—¡Milo!
Levantaste la mirada cuando alguien pronunció tu nombre del otro lado de la calle. Alguien a quien todos llamaban Camus. En el momento que lo reconociste, de entre la gran cortina de agua en medio de ambos, negaste con la cabeza y seguiste con tu camino.
Viste con el rabillo del ojo que él cruzaba la calle y se acercaba a ti.
—No quiero hablar contigo —le dijiste en voz alta antes de que se colocara a un lado tuyo.
Sin embargo, como siempre, ignoró tus palabras y empezó a caminar a un lado de ti.
—Escucha, lo que pasó ayer…
Detuviste tus pasos y lo interrumpiste:
—Guarda silencio, Camus. Ya te dije que no quiero hablar contigo. Es más, ¿cómo demonios conseguiste mi dirección? Ahora resulta que tienes interés por saber en donde vivo.
Te miró a los ojos y deseaste que el agua de la lluvia no hiciera que su rostro luciera tan aterradoramente hermoso, estaba empapado también.
—Quieres que no hable y me haces una pregunta. —Sonrió levemente.
Tú imitaste su sonrisa con sarcasmo.
—Soy un estúpido, ya me conoces.
—¿Puedo responder entonces? —Metió las manos en su chamarra verde obscuro.
Te daba tanto asco su belleza y sus palabras en ese momento que sólo negaste con la cabeza y seguiste caminando.
—Prefiero que no lo hagas.
Él reanudó la caminata de nuevo y se colocó enfrente de ti mientras caminaba hacia atrás para poder verte de frente.
—Después del club, fui al bar porque sabía que Laureta tendría que estar ahí. Y así fue. Platiqué con ella y le pregunté tu dirección.
—¿Hablaste con ella? —preguntaste, no podías creerlo.
—Sí, ayer en la noche. Hubiera venido después de salir del bar a verte, pero resulta que tu amiga no sabe controlar su alcohol y tomó de más, y alguien tenía que cuidar de ella.
Dejaste de caminar de nuevo y él se detuvo también.
—¿Cuidaste a Laureta? —El tono escéptico en tu voz no pasó desapercibido para nadie.
—No sabía que alguien podía vomitar tantas veces en un periodo de menos de doce horas —te respondió.
Hubo una pausa.
—¿Viniste a buscarme para que te diera las gracias por cuidarla? —A estas alturas no esperarías menos. Él era capaz de hacer algo así o peor.
—Vine porque quería verte —dijo suavemente.
—Ya lo hiciste, así que será mejor que te vayas. —Le informaste y empezaste a caminar para alejarte de una vez por todas de él. Por fin, los papeles se habían cambiado. Eras tú quien le decía que se fuera, eras tú quién no soportaba su bella presencia.
—Lo que hice estuvo mal. —Escuchaste que él dijo cuando se quedó detrás de ti; sin embargo, tú seguiste caminando—. Discúlpame. —Esta vez tus pies se detuvieron al instante con esas palabras. ¿Habías escuchado bien? ¿El mismísimo Camus te estaba pidiendo una disculpa?—. Lo que viste no significó nada.
Giraste tu cuerpo para verlo a la cara. Dijiste con furia atrapada en un susurro:
—Ni siquiera tuviste el descaro de esconderte o tratar de que no te viera, estabas bailando en la maldita pista de baile cuando sabías que yo estaba en el club también.
Caminó cuatro pasos para llegar a estar cerca de ti.
—No debí de haberlo hecho.
¿Eso era todo lo que tenía que decir en su defensa? Empujaste su pecho con fuerza hacia atrás cuando estuvo al alcance de tus manos.
—¡Tú odias bailar, Camus! No me digas que no significó nada. ¿Crees que soy un idiota? Nunca has bailado conmigo ni una maldita vez.
Camus contestó de inmediato, la tranquilidad que había demostrado se había ido por la borda:
—Claro que he bailado contigo, si no hubieras estado tan drogado ayer, tal vez recordarías que bailamos juntos en la sala de mi departamento.
Entrecerraste los ojos.
—¿De qué estás hablando?
—Ayer, sí, bailamos juntos… —Parecía que iba a decir algo más, pero se quedó callado.
Miraste el piso y pasaste tu mano por tu frente para que el agua de tu cabello no cayera más por las líneas de tu cara.
—No lo recuerdo, pero aun si lo recordara, eso no justifica que bailes con alguien más, porque tú eres mi… —Miraste fijamente sus ojos, tratando de extraer de sus pupilas alguna respuesta que te hiciera sentir mejor, algo que borrara de tu pecho el sentimiento que había permanecido encerrado ahí desde ayer, una confirmación de que podías terminar la frase diciendo que él era tu novio—. ¿Qué somos, Camus?
Si no hubieras estado tan drogado el día anterior, a lo mejor hubieras recordado que él ya había admitido, lo cual era un paso importante, que tú eras su novio.
—¿Qué crees que somos, Milo? —te dijo, su tono retador, sarcástico.
Suspiraste en frustración.
—¿Sabes qué? No voy a entrar a tu estúpido juego de preguntas y no respuestas.
—¿Qué es lo que quieres que diga? ¿Para ti significa tanto una estúpida palabra? —Sus palabras ya estaban cargadas de reclamo y algo de enojo.
—No es la palabra lo que importa, es lo que esa palabra quiere decir. —Encogiste los hombros y agregaste—: pero desgraciadamente le tienes miedo al compromiso.
—No le tengo miedo al compromiso.
—Entonces, ¿cuál es el problema de que los demás lo sepan? Es más, ni siquiera es necesario que los demás lo sepan, con que tú y yo lo sepamos, con que tú lo aceptes.
Camus guardó silencio por un momento. Su quijada estaba tensa.
—Yo no soy así, no iré por las calles tomando tu mano, no te llamaré todas las tardes, no voy a regalarte flores, Milo.
—En pocas palabras, no te interesa lo que tenga que ver conmigo.
—Nunca dije eso. Me interesas y mucho, pero definitivamente no voy a prometer cosas que no voy a cumplir, no haré esas tonterías para que creas que eres importante, no voy a dejar de ser yo, no voy a cambiar… ni por ti ni por nadie.
Cerraste una de tus manos en un puño y la volviste a abrir.
—Supongo que yo tampoco voy a cambiar, Camus. —No había nada más que hacer o decir, ¿cierto? Es una de esas situaciones que se cierran por más que uno quiera dejarlas abiertas. Abandonó de tus labios un suspiro largo y cansado—. Fui al Callejón de la Izquierda —confesaste, porque la verdad era que querías que él lo supiera, querías que él también se sintiera mal de alguna manera.
Sin embargo, nunca esperaste que él también hiciera una confesión.
—Milo, bailaba con un amigo de la infancia, el tipo con el que me viste ayer es un amigo mío que estuvo en los momentos más difíciles de mi vida, estuvo para apoyarme en las primeras borracheras de mi papá, en las primeras veces que llegué golpeado a la escuela. No significó nada ese baile. Y bailé con él porque él insistió, me rogó que lo hiciera. —Sus ojos siguieron a un automóvil que pasó a un lado de ustedes.
No sabías qué decir. No te ibas a disculpar, porque no estabas arrepentido, aún estabas dolido por lo que había pasado. Camus debió avisarte que iba a bailar con un amigo o no debió de haber bailado con el amigo para empezar, pero en todo caso, tú tampoco tuviste que haber salido y dirigirte al Callejón.
—Te vi bailando con él y salí del lugar. Iba a regresar a casa, pero el Callejón pareció una mejor opción. —Empezaste a decir como si estuvieras enunciando los hechos que habían sucedido, como si los estuvieras apuntando en una especie de diario.
—Sé lo que pasa en el Callejón —Camus te interrumpió.
Hubo una pausa. El tiempo se hizo lento, casi eterno.
—No voy a pedirte perdón.
—Y no te pido que lo hagas, Milo. Odio cuando la gente se disculpa —Ahora fue su turno de suspirar—. Si estás a mi lado es porque quieres estarlo, y si yo estoy a tu lado, es porque también quiero hacerlo. Nadie me está obligando. —Con eso dicho, se acercó más a ti, dejó un beso en tu mejilla y empezó a caminar hacia el otro lado de la calle, perdiéndose entre las gotas de agua que caían sin cesar del cielo, que había sido espectador de toda su plática.
A veces te preguntas si debiste de haber pedido perdón aquella vez.
Al siguiente día, cuando buscaste a Camus en su departamento, no lo encontraste, por lo que decidiste buscarlo en el bar. No fue mucha tu sorpresa cuando lo encontraste en uno de los baños besando a otro tipo y dejándose tocar por un tercero.
Tus visitas al Callejón de la Izquierda comenzaron a ser constantes.
