—Voy a echar un vistazo por tu apartamento ahora —le informó Ino a Itachi . —Se trata simplemente de un espacio funcional, que adquirí porque su localización me resultaba conveniente.
Ino miró a su alrededor con interés. Sin embargo, lo que despertaba más curiosidad en ella era el dormitorio principal. Al ver la enorme cama, tuvo que contener la respiración. Itachi la observaba atentamente con una sonrisa en el rostro.
Ella se sentó en la cama y observó el espejo que había en techo.
—El cliché de todo playboy —comentó—. ¿Es ésa la razón de que te hayas esforzado tanto por hacerte tan rico? ¿Pensando en todas las mujeres hermosas que tu situación económica pondría a tu alcance?
Itachi se sonrojó ligeramente. Estaba tan hermosa con aquel vestido azul…
—No. Quería ser rico para que nadie pudiera volver a aprovecharse de mí.
Ino guardó silencio. Por lo que parecía, Itachi había contado con muy poco amor y afecto en su infancia. No era de extrañar que se hubiera convertido en un adulto tan duro y cruel, que creía que no tenía necesidad de vínculos que se basaran en sentimientos más profundos y que prefiriera ganar dinero para ser feliz.
Investigó los botones que había sobre la pared, encendiendo y apagando las luces y bajando su intensidad, abriendo y cerrando las cortinas y dejando al descubierto una enorme televisión u ocultarla de nuevo. Se echó a reír.
—Me estoy comportando como si fuera una niña a la que sientan por primera vez delante del teclado de un ordenador.
Itachi atravesó la estancia y se acercó a la cama.
—No es riendo como te he imaginado sobre este colchón.
—Te aseguro que no me volverás a dar vodka —predijo ella. Itachi se sentó en la cama al lado de ella—. Me gusta mirarte —comentó—, pero eso es sólo sexo, ¿verdad?
—A mí también me gusta mirarte a ti… —susurró él, apartándole suavemente el cabello de la frente.
Su voz tenía una entonación extraña. Ino lo miró fijamente y, de repente, lo deseó de un modo tan fuerte que casi le dolía.
—Bésame —le dijo.
—En ruso, mi respuesta tendrá que ser ttyet.
—¿No? —replicó Ino, traduciendo la negativa de Itachi —. ¿Por el contrato que hemos firmado?
—Que se vaya a tomar vientos el contrato —susurró él. Entonces, con la yema del dedo índice comenzó a acariciarle el labio inferior y a deslizárselo dentro de la boca cuando ella la abría.
Como castigo por torturarla de aquel modo, Ino se lo mordió. Entonces, él lo retiró rápidamente.
—Venga, déjate de tonterías y metámonos en la cama.
Itachi sonrió.
—¿Desde cuándo eres tan dominante?
—Lo aprendí de ti. Así consigo lo que quiero.
—Cuando estabas sobria, dijiste que no querías esto lubimaya.
—Me parece que lo que ocurre es que te estás vengando. Yo te rechacé y ahora tú me estás rechazando a mí porque ves que estoy desesperada —exclamó ella.
—¿Cómo es posible que no sepas lo equivocada que estás?
Itachi la tumbó sobre la cama y la miró fijamente. Entonces, le tomó la mano y se la llevó a la entrepierna para demostrárselo.
Ino parpadeó con fuerza ante una demostración de deseo tan gráfica. Acarició suavemente la erección a través de la suave tela de los pantalones.
—Oh… —susurró, con femenina satisfacción.
—Me estás torturando —gruñó Itachi .
—Quiero hacerte el amor —confesó Ino. Entonces se tumbó sobre él para desabrocharle el cinturón y bajarle la cremallera de los pantalones.
Itachi se levantó de la cama y comenzó a desnudarse. Ella lo observó sintiendo cómo el calor iba estimulando las partes más sensibles de su cuerpo al ver a un hombre tan excitado y tan atlético delante de ella. Entonces, cuando sintió que la impaciencia de él la hacía sentirse como la mujer más deseable del mundo, decidió que no había nada que no hubiera hecho por él. Aunque le faltaba experiencia, el entusiasmo lo compensaba todo. Besó y acarició el liso vientre de Itachi . Le encantaba tocarlo y le excitaba mucho que él gimiera de placer y se echara a temblar con sus caricias.
—Ven aquí —le dijo él con urgencia. La colocó contra él para poder reclamar los jugosos labios con una pasión que la volvía loca—. Eres la prueba viviente de que las fantasías se pueden hacer realidad.
—Me gustaría que no me dijeras esas cosas si no las sientes de verdad —le advirtió.
—Y tú no cambies otra vez cuando salgas de mi cama —la amonestó él.
—Sí, jefe —comentó ella, riendo, mientras dejaba que Itachi le desabrochara el vestido. Entonces, su rostro reflejó una cómica expresión de vergüenza.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Itachi .
—Me voy a acostar con un cliente —respondió ella, horrorizada.
—Aún no lo has hecho, pero me mantiene vivo esa esperanza…
Tiró suavemente de ella hacia su cuerpo y comenzó a desabrocharle el sujetador. Cuando soltó la prenda, subió las manos inmediatamente a los senos para agarrárselos con fuerza y emitir un primitivo gruñido de satisfacción. Entonces, apretó los labios contra el suave cuello sin dejar de estimular los pezones rosados con hábiles dedos.
—Creo que no te vas a sentir desilusionado —musitó ella, casi sin aliento. Sólo pensar en el placer que estaba a punto de experimentar le provocó un intenso calor.
Itachi la tumbó sobre las almohadas, como si se tratara de un artista colocando un tentador objeto de arte. La recorrió de arriba abajo con sus espectaculares ojos negros, haciendo que ella reconociera sin duda alguna la fuerza de su deseo.
—Me encantaría tenerte en la cama durante al menos una semana. Por lo tanto, el trato es… —susurró. Comenzó a acariciarle el cuerpo, dejándole un rastro de besos sobre la caldeada piel. Cuando llegó al ombligo, se lo estimuló con la lengua—. El trato es que, antes de que yo vaya más allá, tú accederás a estar aquí conmigo todas las noches…
—¿Toda la semana? —preguntó ella, sin dejar de acariciarle el cobrizo cabello.
—Sí, toda la semana y cada noche durante dos semanas —enfatizó él.
—¿Dos semanas? ¿Y si digo que no?
Itachi deslizó una mano sobre el muslo de Ino y comenzó a acariciar con un dedo la parte más sensible de todo su cuerpo, provocándole una respuesta inmediata.
—Si dices que no, tendrás que marcharte ahora mismo de esta cama…
Ella se echó a reír.
—¿Me estás chantajeando con el sexo? Itachi describió un erótico círculo de insoportables sensaciones. Ella meneó las caderas y lanzó un gemido de súplica que le resultó imposible contener.
—Sí. Es una novedad estar con una mujer a la que no se la puede comprar con diamantes. Bueno, ¿cuál es tu respuesta?
—Sí… Tiene que ser que sí—. Gritó su respuesta llena de frustración. No podía resistirse a él.
Itachi le separó los muslos y apretó la boca contra el vientre. Ino tembló al sentir el contacto de los labios y la lengua sobre la piel. Recordó que poco antes se había sentido una mujer traicionada y se maravilló de estar en la cama de Itachi , completamente feliz. A medida que la exploración de él fue alcanzando un espacio más íntimo, la sorpresa inicial dio paso a una completa excitación. Protestó, pero él la ignoró. Dejó de pensar. Dejó de discutir. Todos sus sentidos se habían centrado de repente en el sensible corazón de su feminidad. El exquisito tormento de sensaciones era casi insoportable… La excitación de Ino fue subiendo cada vez más hasta que las primeras oleadas del orgasmo empezaron a asaltarla y se convirtieron por fin en un huracán de dulce placer que la transportó hasta lo más alto y le hizo gritar el nombre de Itachi .
—Y ahora me toca a mí —susurró él. La levantó y le dio la vuelta, colocándola de rodillas delante de él.
Tras agarrarle con fuerza las caderas, la penetró con una fuerza irresistible. Ella gimió ante aquella violenta entrada, pero empezó a gozar con cada uno de los movimientos. Itachi colocó las manos por debajo de ella para acariciarle los pechos y acrecentar así el placer. Las potentes embestidas resultaban tremendamente excitantes y ella estaba en un estado de estimulación extrema, completamente fuera de control. Itachi la condujo a un potente clímax que la hizo desmoronarse sobre la cama. Todo le daba vueltas a su alrededor por tanta excitación. Su cuerpo, exhausto por completo, se dejó llevar…
Itachi le dio la vuelta y le enmarcó el rostro con las manos. Entonces, la besó hasta dejarla sin sentido. Como aún le costaba volver a respirar con normalidad, ella respondió abrazándolo con fuerza y estrechándolo contra su cuerpo. Los sentimientos se estaban apoderando de ella de una manera tal, que no podía definirlos ni contenerlos. La pasión de Itachi la excitaba hasta lo más hondo de su ser, pero lo que la hacía aferrarse a él era que entre sus brazos se sentía especial y segura.
Itachi se tensó. No había esperado afecto por parte de Ino, pero ella se estaba acurrucando a él como si fuera una extensión de su propio cuerpo. El no tardaría en levantarse de la cama para ir a darse una ducha y refrescarse, pero, mientras tanto, dejaría que ella lo abrazara todo lo que quisiera. Estaba completamente seguro de que, mientras estuviera besándolo y abrazándolo a él, no pensaba en el mentiroso de Sai .
Ino gozaba con el contacto del cuerpo de Itachi . En el momento en el que un recuerdo de su difunto marido amenazaba con colarse dentro de ella, lo bloqueaba y se decía que iba a seguir adelante con su vida. Por fin. Suponía que embarcarse inmediatamente en una aventura con un playboy era una manera muy poco apropiada de hacerlo, pero ya no podía hacer nada. Cuando Itachi la miraba o la tocaba, no parecía tener opción alguna. De repente, algo por lo que se había preguntado antes regresó a su pensamiento. La curiosidad la empujó a aclarar la cuestión.
—Cuando me hablaste de tu padre y de tu abuelo, no mencionaste ni una sola vez a tu madre —comentó ella.
Itachi se tensó y se apartó de ella.
—No, no lo hice, pero no suelo hablar de mi pasado —gruñó.
—Yo tampoco quería hablar del amor de mi difunto marido por otra mujer —replicó ella, sin dudarlo—, pero nadie respetó mi intimidad.
Itachi le lanzó una mirada de censura. No estaba acostumbrado a responder preguntas incómodas.
—Voy a darme una ducha.
—Haz que Irina me prepare un listado de los temas que debo evitar. Si no, volveré a meter la pata —replicó ella, muy molesta por la actitud de él—. Te estás comportando como si fueras un miembro de la realeza al que se hubiera ofendido.
Itachi se dio una ducha. Muy enojado, recordó que había pensado que Ino lo acompañara en la ducha, pero ella lo había estropeado todo con sus indiscretas preguntas. ¿Cómo podía ser él un miembro de la realeza si en el pasado había sabido muy bien lo que era pasar hambre y frío? Sin embargo, ¿cómo iba a saber Ino que no debía preguntarle por aquello cuando no sabía nada de su pasado? El había hecho lo mismo con el pasado de ella sin pedir permiso.
Los ojos de Ino se llenaron de lágrimas. Sabía que se estaba siendo sensiblera, pero el día había sido largo y agotador. Lo único que le faltaba era saber que acababa de mantener relaciones íntimas con un hombre que la apartaba de su lado cada vez que infringía sus reglas.
Sin previo aviso, la puerta del cuarto de baño se abrió. Itachi apareció en el umbral. Tenía el cabello y el cuerpo empapados de agua.
—Vente conmigo a la ducha y te contaré lo que quieres saber, lubimaya moya…
Ino sonrió. Se preguntó si él pensaba que más sexo era la respuesta todos los problemas y admitió que probablemente así era. No le importó. Se levantó de la cama y, aunque a ella le suponía un desafío andar desnuda por la habitación delante de él, lo hizo con la cabeza bien alta.
—Me encanta tu cuerpo —susurró él antes de tomarla en brazos y llevarla a la ducha con él.
La poderosa masculinidad que emanaba de su cuerpo excitaba a Ino más allá de lo soportable. Le rodeó el cuello con los brazos y se estiró. Entonces, se besaron de nuevo apasionadamente. Rápida y fácilmente, Itachi prendió de nuevo en ella el fuego de la pasión. La potente erección le golpeaba suavemente el vientre. Entonces, él la levantó un poco más y, tras agarrarla con fuerza por las caderas, la sostuvo contra él.
—Y eso que me habías prometido una ducha…
—No puedo dejar de desearte, Ino… una vez no me basta…
Ino se preguntó por qué se quejaba cuando le gustaba y mucho, cuando gozaba sabiendo que tenía ese poder sobre él. Itachi la estaba besando con pasión y, entonces, la tumbó sobre las toallas que había tirado sobre el suelo. Sin embargo, tras comprobar que ella estaba preparada, la soltó de nuevo con impaciencia y regresó al dormitorio.
—Necesito un preservativo…
A pesar de la espera que eso suponía, Ino agradeció que él no estuviera dispuesto a correr riesgo alguno. Cuando regresó, retomó las caricias donde las había dejado, ocupándose de pezones y de la húmeda entrepierna con boca y manos. Ino comenzó a ronronear de puro placer. Entonces, Itachi se tumbó sobre ella y le provocó un placer aún más exquisito. Después de que ambos quedaran saciados, la agarró con fuerza y ella cerró los ojos, tan casada y exhausta que podría haberse quedado dormida allí mismo.
—No sé quién es mi madre. Ni siquiera sé cómo se llama. No sé nada sobre ella —admitió él.
—Eso debe de haber sido muy duro para ti…
Itachi levantó la cabeza y la miró. Entonces, vio que los ojos de Ino se habían llenado de lágrimas. Le secó la mejilla con un dedo, sin poder comprender cómo ella podría estar sufriendo tanto por él.
—Soy un tipo duro. Estoy acostumbrado.
—¿Te abandonaron?
—No. Mi abuelo me acogió. Era diplomático y tuvo que ser bastante imaginativo para poder registrar mi nacimiento cuando me llevó de vuelta a la Unión Soviética. El nombre que había en mi certificado de nacimiento era falso y me dijo que me lo explicaría todo cuando yo fuera lo suficientemente mayor para entenderlo. Desgraciadamente para mí, murió repentinamente y se llevó mi secreto a la tumba.
—No importa quién te trajo a este mundo… eres tú quien importa.
—¡El pensamiento bueno del día! —se burló Itachi . Entonces, la miró y vio que estaba muy pálida y que tenía profundas ojeras en el rostro—. Estás agotada…
—Hmm… —musitó ella.
No recordaba nada más. Se despertó a la mañana siguiente con el sonido familiar de su teléfono móvil.
—No hagas caso —susurró Itachi , estrechándola con fuerza entre sus brazos.
Ino estaba muy cómoda. Habría querido hacer precisamente lo que él le pedía, pero su conciencia se lo impedía.
—No puedo. Seguramente será Alice. Estaba muy disgustada cuando me marché de su casa anoche —suspiró.
Se separó de Itachi y se levantó. Tenía el teléfono en el minúsculo bolsito que acompañaba al vestido. Efectivamente, la llamada era de Alice. Devolverla sólo le llevó un momento. Cómo eran sólo las seis y media de la mañana, se sorprendió mucho de que el tema de la conversación fuera el trabajo. El señor Bin Hashim, el banquero de Oriente Medio que era el dueño de la casa que estaba tratando de adquirir para Itachi , había tratado de ponerse en contacto con ella la noche anterior para concertar una cita con ella aquella mañana muy temprano. Era muy importante que no faltara a aquella cita. Si no, Bin Hashim se ofendería.
—¡Tengo una cita y ni siquiera tengo ropa que ponerme! —exclamó. Entonces, contempló horrorizada su aspecto en el espejo.
—Haré que te traigan ropa. Quiero que te quedes y que desayunes conmigo.
—No puedo. Es mi trabajo —respondió ella, sin dejar lugar a dudas de su urgencia por marcharse.
—Mañana por la noche voy a celebrar aquí una gran fiesta y tú vas a ser mi anfitriona. ¿No es eso también trabajo?
—La cita que tengo a primera hora es muy importante —insistió ella.
Itachi ya había tomado el teléfono que tenía al lado de la cama para dictar a alguien una serie de instrucciones en ruso. Extendió una mano y dijo:
—Vuelve a la cama.
—No puedo…
—Me conformo tan sólo con abrazarte, lubimaya…
—¿Aunque no me pueda quedar a desayunar? —preguntó Ino, que ya se estaba peinando con furia el cabello en el cuarto de baño.
—Si no lo haces, me enfadaré.
En menos de media hora, llevaron un traje completamente nuevo al apartamento de Itachi . Ella se puso el traje pantalón negro y la camisa de seda azul rápidamente. Itachi , magnífico como siempre con un traje azul de raya diplomática, que llevaba con camisa oscura y corbata clara, la acompañó hasta el vestíbulo.
—Te veré en mi despacho a las once —le dijo muy secamente—. Si no te presentas, te despediré.
—Por el amor de Dios, Itachi . No seas tan poco razonable…
—Las peticiones corteses son una pérdida de tiempo contigo.
El mayordomo acababa de abrir la puerta del ático para que entrara Irina. La hermosa y elegante rubia entró con un maletín y los saludó a ambos. Ino se sentía muy avergonzada por el hecho de que la mujer la encontrara en el apartamento de Itachi a aquellas horas de la mañana, una sensación acentuada por la evidente tensión que había en el aire y que vio que la otra mujer captaba.
—Hasta luego —le dijo a Itachi . No quería despedirse de un modo más personal al tener una espectadora presente. Además, no le apetecía aclarar que cuando había dicho «luego», era mucho más tarde de lo que Itachi había imaginado.
Irina dijo algo en ruso y Itachi tradujo inmediatamente.
—Los paparazzi están esperando fuera.
El rostro de Ino enrojeció. El hecho de que todo el mundo se enterara de que había pasado la noche con Itachi le resultaba desolador. En el mundo de Itachi , la privacidad parecía ser algo completamente imposible.
El equipo de seguridad de Itachi se encargó de meterla sana y salva en el coche que la esperaba. Mientras se dirigía a su cita con el banquero se torturó despreciándose a sí misma. Siempre había sido una mujer a la que le había gustado controlar su propio destino y se había embarcado sin pensarlo bien en una aventura con un hombre que estaba demostrando poseer un turbador deseo por controlar cada minuto de su día. Se sentía furiosa con Itachi por ello y tenía intención de hacérselo saber. El señor Bin Hashim había decidido vender la casa, lo que mejoró el estado de ánimo de Ino, pero sólo hasta que llegó a Support Systems. Allí, su hermano le arrojó una revista encima de la mesa y le preguntó qué era lo que estaba pasando.
Ino apretó los labios al ver una foto suya con Itachi en la que resultaba evidente la desolación que había en su rostro. La instantánea había sido tomada en el exterior del edificio de su apartamento la noche anterior.
—No fue Itachi el que me disgustó…
—Sé que ya sabes que Sai era un canalla. Alice por fin me ha contado la verdad, pero, ¿no te parece que estás buscándote problemas yéndote de rebote con Itachi Uchiha ?
—Pensé que estarías encantado, dado que estarías convencido de que es estupendo para nuestro negocio.
—No quiero que vuelvan a hacerte daño.
Mientras abandonaba su despacho para reunirse con Itachi , Ino no pudo dejar de pensar en las palabras de su hermano. Aunque habían pasado ya seis años desde el fallecimiento de Sai , suponía que la frase de Jasper definía perfectamente su situación. Dolida y humillada por la verdad de su relación con Sai , se había vuelto loca cuando Itachi la había convertido en el centro de sus atenciones.
Sin embargo, el hecho de saber que no tenía ingenuas expectativas sobre Itachi Ino le sirvió de rápido consuelo. Sabía que no tenía futuro de ninguna clase con él. Era consciente de que a Itachi sólo le interesaba una breve relación con ella y que, luego, probablemente antes de finales de mes, sería historia. Seguramente no era coincidencia que él hubiera especificado que pasara las noches de dos semanas con él. ¿Era ése el tiempo que iba a durar su interés por ella? Había madurado mucho desde Sai . Bajo ningún concepto se enamoraría locamente de Itachi Uchiha .
