Episodio 8: No sé cómo dejarte ir

¿Escuchas el sonido de mi corazón cuando late?

POV: Camus

La primera vez que despertaste, tus párpados se sentían muy pesados y tu cuerpo se sentía como una masa de plomo cansado. Bostezaste en la obscuridad del cuarto, eran alrededor de las cuatro de la mañana, tal vez más tarde. Giraste en tu cama para dejar de ver la pared color hueso y fue entonces cuando tu mirada aterrizó en una silueta misteriosa.

Tuvieron que pasar al menos diez segundos para que identificaras la figura frente a ti, recordaste cómo habías notado a un chico de cabello azul y ojos turquesa en la biblioteca, después en la cafetería y, sorpresivamente, lo encontraste de nuevo en la parada del autobús. Le habías preguntado entonces si te había estado siguiendo. El chico había sonreído y por ese simple motivo habías decidido que lo llevarías a tu cama ese día.

Y así fue.

El chico, que te dijo que se llamaba Milo, había dormido esa noche contigo. Ahí estaba, de hecho, recostado frente a ti.

Te quedaste observando su rostro por unos instantes, muchos otros chicos habían dormido en tu cama con anterioridad, y a todos les habías dicho con increíble amabilidad después del sexo pasional y veloz, 'es hora de que te largues.' Sin embargo, no le habías dicho esas palabras a este chico Milo, es más, incluso le habías dicho cómo te llamabas.

Nadie jamás obtenía tu nombre. ¿Para qué querían saber tu nombre si a ti no te importaba saber el de ellos?, así como no te importaba saber nada de sus vidas. Odiabas correr, odiabas bailar, odiabas cuando la gente se disculpaba y odiabas cuando, después de acostarte con un desconocido, éste quisiera saber tu nombre.

Sin embargo, este nuevo chico Milo sabía que te llamabas Camus, porque tú se lo habías dicho.

La segunda vez que despertaste esa noche tus párpados ya no se sentían tan pesados, y sentías tu cuerpo un poco más ligero. Eran las siete de la mañana y el día era nublado, parecía más temprano, aún de madrugada, pero el sol ya se asomaba tímidamente por las ventanas.

No se te hizo extraño que el chico, Milo, ya no estuviera en tu cama. Milo había decidido marcharse por su cuenta, lo cual agradeciste en silencio porque, de esa manera, les ahorraba a ambos una escena incómoda y extraña de a-la-mañana-siguiente-de-tener-sexo.

Lo que sí se te hizo extraño fue que el chico de ojos turquesa había dejado una nota sobre el televisor de la sala: una pequeña nota con su nombre y su número telefónico. Tal vez dos o tres veces en el pasado, alguien te había dado su teléfono en un bar o algún lugar público y, claro, sonreías un poco al recibir el papel que te daban, pero cuando se alejaban, ni siquiera mirabas la nota, simplemente la rompías y la dejabas en el primer bote de basura que encontrabas.

Esa mañana nublada, tomaste la nota de Milo entre tus dedos y tres veces pasaste los ojos por los números y el nombre. Sin pensarlo mucho o pensándolo intensamente (aún no te decides por alguna de las dos), caminaste de nuevo hacia la recámara y guardaste la nota en una pequeña caja en donde guardabas cosas valiosas que no querías que se perdieran o terminaran en botes de basura.

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A la semana siguiente te topaste con él en un bar. Nunca creíste en las coincidencias, sabías que las cosas pasaban por algo y que no llegaban ni un momento antes ni un momento después del que tenían que aparecer, así que más que una sorpresa para ti, ese encuentro fue un hecho que ya estabas medio esperando.

Le invitaste un trago y él te rechazó. Estaba molesto porque no le habías hablado y en ese pequeño detalle de no haberle hablado, le revelabas mucho de tu forma de ser. Tú no eras el tipo de persona que hablaba por teléfono para hacer plática sin sentido o para preguntar 'qué estás haciendo' o para simplemente 'escuchar tu voz'. Se te revolvía el estómago de sólo pensarlo. Siempre estuviste en contra de los estereotipos y de las cosas estúpidas de la vida como ésas.

Milo pensó que ibas a marcarle y pedirle una cita después de haber dormido con él, y una parte de ti quería decirle que eso era para lesbianas, pero cuando viste las lagunas de enojo en el color de sus ojos, optaste por otra táctica: lo invitaste de nuevo a tu departamento.

Nunca antes habías invitado dos veces al mismo chico a tu departamento. No cabe duda que con Milo se empezaron a desvanecer muchos nuncas que había en tu vida.

El camino hacia tu departamento fue silencioso, tú ibas manejando y Milo iba observando por la ventanilla del coche las distintas calles de la ciudad. Los iguales, es decir, Saga y Kanon, te habían mirado con extrañeza cuando les dijiste que tenías que irte del bar, con Milo detrás de tu hombro cuando pronunciaste las palabras.

Consideraste por una milésima de segundo encender el radio para matar el silencio que se expandía por las cavidades del coche, pero si eras sincero, estar en silencio con él no te molestaba en lo absoluto. En ese instante cruzó por tu mente, con la velocidad de la luz, la idea de que Milo a lo mejor estaba esperando que tú iniciaras la plática; sin embargo, él no dijo nada en todo el trayecto y tú tampoco lo hiciste.

Esa noche volvieron a acostarse juntos por segunda vez (no que tú estuvieras contando; de hecho, eras malo con los números, por algo estabas estudiando arte), y después de que los dos recuperaron el aliento y tus ojos empezaban a cerrarse, la voz de Milo te trajo de nuevo al mundo de los despiertos.

—¿Puedo quedarme a dormir aquí esta noche? —te preguntó.

En medio de la oscuridad, mordiste tu labio inferior y dejaste que el tiempo pasara por unos instantes. La verdad era que no sabías qué contestar. Nunca nadie te hacía preguntas porque no permitías siquiera que se entablara alguna especie de comunicación con los chicos que de vez en cuando llevabas a tu departamento, entonces era muy extraño que tuvieras que responder una pregunta a la mitad de la noche. Los iguales ya te conocían muy bien y tampoco te hacían preguntas porque ya sabían de antemano las respuestas, así que habías perdido la costumbre de dar una respuesta a una cuestión dirigida a tu persona.

Si tan sólo hubieras sabido en aquel momento que Milo estaba lleno de preguntas que te iba a lanzar como bombas en los momentos menos inesperados, tal vez las cosas hubieran sido muy diferentes: a lo mejor debiste de haber luchado más para quedarte callado aquel instante y, de esta manera, darle a entender que querías que se fuera de tu departamento en la madrugada.

Dejaste de ver el techo y lo miraste. Hubiera sido tan fácil negar la cabeza y no darle una respuesta con palabras a su pregunta, o hubiera sido tan sencillo murmurar un simple no, pero te encontraste en la cama de tu departamento, atado a las sábanas y con neuronas inquietas que sólo te dejaron contestar:

—Éste es un país libre. Puedes hacer lo que quieras.

Varias horas más tarde, despertaste al sonido de un agudo bip (un sonido del infierno), y también despertaste con una cabeza de cabello azul recargada en tu hombro y un cuerpo delgado descansando sobre tu costado, y nunca antes habías deseado tanto que los despertadores no se hubieran inventado.

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—Sabes que te lo tengo que decir —dijo Kanon un día que hacía mucho frío, pero no tanto —. Sabes que tengo que decirte que Milo y tú parecen algo más que amigos.

Saga intervino inmediatamente:

—Y no digas que no sabes de qué estamos hablando.

Kanon continuó:

—¿Ya son novios?

Saga intervino de nuevo:

—Y no digas que los noviazgos son para lesbianas o alguna de tus ridiculeces.

De pronto, sentías que las paredes de la cafetería se hacían chiquitas y querían aplastarte. Viste la puerta del lugar porque marcharte parecía una excelente idea en ese momento. Regresaste la mirada a los iguales, quienes estaban sentados del otro lado de la mesa y quienes te dirigían miradas que exigían respuestas de algún tipo.

El problema era que no tenías ninguna respuesta todavía. En tu mente todo era confusión para ser sinceros, últimamente tú mismo te habías estado haciendo esa pregunta: ¿qué era Milo para ti?, ¿qué significaba que ya pasaban todos los días juntos y, por alguna extrañísima razón, querías pasar más y más tiempo con él?

—Los noviazgos son para gente patética —finalmente contestaste, con un tono de fastidio, por supuesto. El típico noviazgo de salir al cine, regalar rosas, cenar juntos, todo eso se te hacía una completa y absoluta basura, además de una gran pérdida de tiempo y dinero. No entendías por qué la gente necesitaba a otra persona para ser feliz, para sentirse realizada, o por qué el ser humano siempre estaba en busca de esa otra mitad cuando se suponía que uno era un ser completo y autosuficiente. Tú eras autosuficiente Agregaste—: Gente patética que, por lo general, son lesbianas.

La puerta de la cafetería se abrió y Milo entró por ella, miró alrededor y los localizó en medio de la gente. Caminó con pasos largos hacia ustedes, dijo un 'hola' general para saludarte a ti y a los iguales, y se sentó a lado de ti.

Empezó a decirte con palabras rápidas y el ceño fruncido:

—Te había estado buscando, qué bueno que te encuentro aquí. ¿Qué crees? No voy a poder ir a tu departamento hoy porque tengo que acompañar a Laureta a una exhibición que se está realizando en el museo central. De hecho, ya se me hizo tarde y tengo que irme. ¿Nos vemos entonces mañana?

Digeriste la información que te había dado y te diste cuenta de tres cosas: uno, no sabías quién era Laureta, pero empezaste a odiarla desde ese momento; dos, se te había ido el apetito, y tres, te estabas convirtiendo en una lesbiana patética.

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Un día en que estabas sentado en el piso del baño con la mejilla recargada en la tasa del excusado fue cuando en verdad te diste cuenta que Milo se había robado tu maldito corazón y lo había guardado en alguno de sus bolsillos.

Te diste cuenta porque acababas de regresar todo el alimento que habías tomado en el desayuno. Estabas ahí, inocentemente comiendo tu plato de cereal cuando miraste que Milo había olvidado su suéter rojo en uno de los sillones de tu departamento. Tomaste el último bocado del cereal y fuiste al sillón para recoger el suéter.

Tomaste la prenda entre tus manos y decidiste ponerte el suéter porque la verdad era que la mañana era fría y nublada.

Poco sabías que al momento de ponerte el suéter, ibas a quedar inmóvil de repente. De la tela se desprendió un olor especial que te envolvió con rapidez: el olor de Milo. Era como tener la esencia de Milo entrando salvajemente a cada uno de tus poros y dirigiéndose al centro de tu estómago.

Tu pobre estómago no supo cómo digerir esa cosa que sentiste, ese sentimiento de estúpida alegría y tonta confusión que te hizo correr al baño y volver el estómago para poder sacar toda esa nueva sensación tan intensa que habías tenido y que no sabías cómo controlar.

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—Si pudieras escoger entre varios trabajos, ¿cuál sería el que nunca escogerías?

Estaban en un parque abandonado, uno que estaba en las orillas de la ciudad y que olía a soledad seca, había un carrusel en el centro, unos aros en la orilla y unos columpios oxidados como juegos de entretenimiento. El parque estaba rodeado de fábricas viejas y el paisaje era tan café y metálico que sentías acero líquido inundar el ambiente. Tú estabas sentado en uno de los columpios, viendo hacia el frente, con las manos recargadas sobre tus piernas.

—¿Por qué siempre me preguntas cosas sin sentido? —dijiste con fastidio, pero era un fastidio lindo, no un fastidio grosero.

Milo estaba sentado en el columpio a lado de ti, con sus manos sujetando las cadenas y con sus pies raspando la tierra debajo de ellos, trataba de no columpiarse, pero de vez en cuando se hacía unos centímetros para atrás para impulsarse hacia delante. Sonrió un poco.

—Porque sé que te molesta. Y también porque quiero saber, no hay nada de malo en hacer preguntas, Camus, así se han descubierto los más grandes misterios del universo.

Entrecerraste los ojos y te preguntaste vagamente si alguien como Milo era real, es decir, ¿podía existir alguien tan… curioso? Negaste con la cabeza porque, desgraciadamente, sabías que él no iba a dejar de molestar hasta que le dieras una respuesta. Tomaste una gran bocanada de aire y pensaste en su pregunta.

—No sé, tal vez nunca aceptaría ser… médico forense.

—¿Por qué?

Lo miraste a los ojos haciéndole saber que te estabas hartando de las preguntas, claro, había una pequeña sonrisa en tus labios.

—Porque me gusta mucho el arte, pero ver un cuerpo abierto no es precisamente lo que considero arte sano y constructivo.

—La verdadera razón es que eres un maricón cobarde, Camus.

Si Milo no te hubiera dicho eso con ese tono de burla y afecto, probablemente le hubieras dado un puñetazo.

—Mis padres estarían orgullosos de mí, ¿no crees? —respondiste.

Él asintió con la cabeza y hubo un momento de silencio en el que la sonrisa de sus facciones fue desvaneciéndose.

—Yo probablemente nunca sería un astronauta. —Y ésa era una de las cosas que no comprendías de Milo: siempre contestaba aunque tú no le hicieras ninguna pregunta. Continuó con una especie de suspiro pensativo—: Tendría que ir al espacio y ver todos esos planetas y todas esas estrellas y todo ese paisaje tan increíble y luego regresar a la Tierra, y no podría compartir eso con nadie. Nadie realmente entendería y yo no sería capaz de poder explicarles lo que vi. Creo que viviría muy frustrado. —Mordió su labio y te miró —. A menos que tú decidieras ir conmigo al espacio.

No pudiste evitar sonreír abiertamente.

—Eres un tonto, ¿lo sabías? —Llevaste tu mano a la bolsa de tu pantalón y sacaste un cigarro. Era otra cosa que no comprendías de Milo: su continua necesidad de compartir—. Deberías de ser un astronauta, ¿por qué te importa tanto compartir tu descripción del espacio con alguien más? Basta con que tú la hayas vivido para que sea una experiencia magnífica. Además, si yo voy, lo único que haría sería quejarme y preguntar cuánto falta para regresar.

Su mandíbula se tensó y se quedó callado por algunos momentos.

—¿No lo entiendes, verdad? —respondió con cansancio, como muchas veces. Hubo otra pausa más larga, como de dos minutos—. Llévame a casa, Camus.

Te quedaste inmóvil con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto en tus facciones. Él se levantó del columpio y empezó a caminar hacia el coche. Llevaste el cigarro a tus labios y empezaste a caminar hacia el auto también.

No había sido una pelea, pero después de ese día no se hablaron por tres semanas.

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Eras un artista o, en otras palabras, una persona que siempre necesitaba vaciar lo que sentía en los límites de su interior.

Tenías un cuaderno de hojas negras donde apuntabas todas esas cosas que no le podías decir al mundo, un lugar de desahogo, la libertad para tu alma sobrecargada de tensión dañina y no purificada.

El cuaderno era de hojas negras y escribías con tinta negra, es más, si alguien abría el cuaderno, pensaba que estaba vacío porque las letras negras se perdían en el fondo del mismo color. Incluso, si tú tratabas de releer lo que habías escrito, terminabas con un desagradable dolor de cabeza al intentar descifrar las palabras.

Pero si pudieras releer tu cuaderno, te darías cuenta de que las siguientes frases habían sido escritas con tus manos temblorosas: ¿Te decepcioné o te defraudé? Vi el final antes de que empezáramos. He sido adicto a ti. Recuérdanos y todo lo que solíamos ser.

Eran sólo pequeñas frases pero tenían tras ellas largas horas de peleas, incomunicación entre ambos, sufrimiento constante, palpable incertidumbre. Escribirías muchas frases como ésas en esa libreta, todas similares, todas acompañadas de dolor, algunas con lágrimas, otras con enojo, unas tantas con frustración.

Antes de que conocieras a Milo, tu cuaderno negro casi no lo utilizabas, una vez que llegó Milo a tu vida, empezaste a utilizarlo con más frecuencia hasta terminar utilizándolo cada tercer día cuando Milo y tú sólo sabían estar juntos para agredirse.

Las hojas negras eran los únicos testigos de cuánto Milo te lastimaba después de una pelea, de cómo podía destruirte, de cómo te destrozaba poco a poco, de cuánto te dolía y, algunas veces (aunque sólo lo admitieras por medio de una tinta de color negro), de cuánto lo querías.

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Milo había estado raro todo el trayecto hacia el cine mientras tú manejabas en silencio. Estaba inquieto, mordía sus uñas, tronaba sus dedos, abría un poco la ventanilla, la volvía a subir, rebotaba su pie en el piso, limpiaba su garganta, era un manojo de nervios. Pensaste en preguntarle qué le pasaba, pero seguramente te diría qué era lo que estaba sucediendo cuando estuviera listo para hacerlo.

Sin embargo, no dijo nada hasta que estuvieron sentados en las últimas butacas del cine con los pies sobre los asientos de adelante y las luces se acababan de apagar, y empezaban los primeros cortos.

—¿Camus?

Llevaste un puño de palomitas de maíz a tu boca.

—¿Sí?

—¿Podemos hablar? —Dejó de ver la pantalla y te miró.

También dejaste de mirar la gran pantalla frente a ustedes y viste su rostro iluminado por las luces provenientes de ésta. Masticaste un poco más las palomitas que aún permanecían en tu boca y después las pasaste.

—¿Justo ahora? La película está por empezar —le dijiste tranquilamente extrañado y con un tono normal de voz, no tenían nadie alrededor de ustedes, las demás personas estaban cinco o seis filas de butacas más abajo, así que no había necesidad de que bajaras el volumen de tu voz.

—Bueno, no quiero hablar hablar. Sólo quiero… darte esto. —Sacó una cajita negra de uno de los bolsillos de su pantalón y la extendió hacia ti.

Entrecerraste los ojos y pusiste el bote de palomitas entre tus piernas para poder tomar la pequeña caja.

—¿Es mi cumpleaños y nadie me dijo?

Milo rió y algo de su tensión pareció disminuir un poco, dijo divertido:

—No es tu cumpleaños, tonto. Hoy es cinco de enero, todavía faltan un par de meses para tu cumpleaños.

—Entonces, ¿qué es esto?, no me digas que gané el premio al más guapo de la escuela y me enviaron este obsequio.

—¿Podrías callarte y abrirlo ya? —Milo negó con la cabeza y en sus labios había una sonrisa.

Sonreíste levemente y abriste la pequeña caja.

La sangre que corría por tus venas se congeló al instante y tu respiración se quedó atorada en tu garganta.

—Milo…

Te interrumpió y empezó a decir:

—Sé que esto es probablemente una tontería para ti y que no debí de haberlo hecho, y que estoy loco, y que soy una lesbiana por comprarlo, pero… —Tomó una gran bocanada de aire y dijo más despacio—: quiero que lo tengas. Es algo que quiero darte. Es mi forma de… —Movió las manos alrededor, buscando las palabras adecuadas. Volvió a empezar la idea—. Sé que tú y yo nunca vamos a casarnos o algo así, de hecho, nunca quiero casarme, pero sí quiero que sepas que esto que tú y yo tenemos… es importante para mí.

Hubo un momento de silencio, el único sonido era el de los cortos que seguían emitiéndose por la pantalla blanca en el fondo de la sala de cine.

—Milo, esto es un anillo de compromiso. —Dejaste de ver la caja y el anillo que reposaban en ella y miraste sus ojos.

—Lo sé. —Mordió su labio—. No tienes que usarlo, sólo quiero que lo tengas.

Apretaste la quijada y limpiaste tu garganta. Toda tu vida habías escuchado que un anillo de compromiso, como la palabra lo indicaba, representaba eso, un compromiso. Un anillo así era entregado cuando estabas seguro de una relación y cuando planeabas ya un futuro en conjunto, era una forma de apartar a tu pareja del resto mundo y decir 'este es mío'.

Para muchas personas era un paso enorme dentro de una relación, era algo hermoso. Tú no estabas muy seguro si todo eso que decían era verdad porque, al mismo tiempo que escuchabas todas estas cosas y conceptos sobre el compromiso, también este anillo era el que habías visto muchas veces volar por los espacios de tu casa cuando tu madre, cuando estaba viva, se lo aventaba a tu padre cuando se enojaba con él y le decía cuánto lo odiaba.

Pero dejando a un lado los aspectos negativos y considerando cómo tu vida había cambiado, un anillo era un te amo de forma circular que uno se colocaba en el dedo anular.

Desgraciadamente, Milo no era para ti un te amo de forma circular, era algo más, algo diferente, algo más complejo, algo más eterno, lo que sentías por él iba más allá de un simple te amo.

Suspiraste y dijiste con una leve sonrisa aún cuando nunca habías hablado tan en serio:

—Eres un cuadrado para mí. —Sacaste el anillo de la caja y te lo pusiste.

A partir de ese día, nunca te lo quitaste, incluso cuando en las peleas más horribles tenías imágenes de tu madre aventando el anillo como símbolo de desprecio. Para tu madre, el anillo había sido un objeto más con el cual podía herir al bastardo de tu padre; para ti, el anillo era lo más sagrado que habías poseído en tu vida.

Te sentías orgulloso de no parecerte a ninguno de tus padres.

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En los intermedios entre estar bien con Milo y no estarlo lo que más detestabas era el maldito sentimiento de no saber qué pasaba, la estúpida incertidumbre de no saber cómo ir para adelante en la relación, pero tampoco saber cómo retroceder.

Lo veías en la escuela a lo lejos: cuando entraba a un salón de clases, cuando sacaba copias en la biblioteca, cuando se sentaba en uno de los escalones a leer. Parecía estar en todos lados: incluso cuando no lo veías, tus ojos lo buscaban entre la multitud, no podías evitarlo.

Una parte de ti no quería que tus ojos tuvieran contacto con su silueta, pero otra parte de ti respiraba con tranquilidad cuando al fin veías que ya estaba en la escuela, que estaba ahí, en el mismo espacio que tú.

Milo y su maldito efecto sobre ti.

Ya no recordabas cuál había sido el motivo de la última pelea, no tenías muy claro en tu cabeza por qué había surgido el distanciamiento entre ambos. No sabías si habías dicho o hecho algo malo, tal vez había sido él quien había decido apartarse por su cuenta, no sabrías decir cuál era la respuesta adecuada. El punto era que había una gran barrera de espinas entre ambos.

No sabías ya cómo acercarte y preguntarle qué estaba mal. Los primeros días del distanciamiento intentaste preguntarle qué sucedía, pero siempre que te acercabas, él tomaba sus cosas y se iba.

Una parte de ti quería mandarlo al diablo, una gran parte de ti quería caminar hacia él y decirle ¿sabes qué? Hasta aquí. No voy a tolerar más de tus estupideces. Sin embargo, otra gran parte de ti sabía que si hacías eso, perderías lo único que había sido capaz de mantenerte sano y vivo últimamente.

El problema era que nunca ninguno de los dos quería decir adiós. Todas las personas siempre decían que no les gustaban las despedidas. Tú las amabas, de hecho, eras feliz cortando lazos ineptos con personas ineptas que creían que con sus ideas podían tener algo en común contigo. Serías feliz diciéndole adiós a muchas personas que sólo te habían hecho daño a lo largo de los años, es más, disfrutarías el momento en que tuvieras que darles la espalda para seguir con tu camino. Sin embargo, con Milo era distinto.

No había un maldito adiós nunca. Siempre se decían adiós para volver a regresar a la semana, al mes, a los tres meses. Muchas despedidas pero ninguna era real, o tal vez todas eran tan reales que dejaban de ser verdaderas. Parecía imposible destruir lo que tenían, imposible acabar con algo que nunca empezó con certeza.

La desesperación era tan grande que querías desprenderte la piel de los brazos y partirla en pequeños pedazos con una navaja.

Milo y su maldita ignorancia de no saber cuánto podía matarte.

Tú y tu maldita inhabilidad de olvidarlo.

Si alguien te preguntara que definieras la relación con una palabra, tendrías que contestar que Milo y tú eran… espuma: nunca formando nada, siempre llenos de burbujas que se reventaban con la más mínima agresión, sin estabilidad, pero con intención de tenerla, agua y jabón mezclándose para formar algo efervescente pero nunca completamente fusionados.

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Una relación que parecía un ciclo, empezaba y terminaba constantemente, hasta el punto en que se desgastó tanto que terminó por convertirse en nada.

—La próxima vez que me sigas, no voy a golpearte o mandar a policías a que te arresten, es más, no voy a decir nada. Si vuelves a seguirme, lo que haré será olvidarte —dijiste intensamente sintiendo como las palabras quemaban desde que se formaban en tu corazón y transcurrían por tu garganta hasta abandonar tus labios.

No podías soportar más que Milo te estuviera siguiendo como una sombra, como un espíritu perdido deambulando detrás de ti. Odiabas verlo así, yendo a cada lugar que ibas, mirándote con absoluta nostalgia y culpa, no acercándose para hablar, pero siempre viéndote de lejos.

Poco a poco destruía la imagen que tú tenías en tu mente de él, de ustedes, de lo que habían sido. Deseabas con todas tus fuerzas que dejara de acosarte para que pudieras quedarte con un buen recuerdo de él, de su relación, pero, sobre todo, querías que dejara de perseguirte para que pudieras empezar el proceso de dejar de quererlo de una vez por todas.

Te alejaste de él con pasos largos y firmes, dejándolo a la mitad de la calle con el semblante desfigurado en confusión.

Cuando diste la vuelta a la esquina, tu rostro estaba lleno de lágrimas.

Esa misma noche, cuando ya estabas recostado en tu cama con las luces apagadas y los ojos ahogados en más lágrimas, alguien abrió la puerta de tu departamento.

No fue una sorpresa cuando reconociste la silueta de Milo en la puerta de tu recámara. No se tomó la molestia de encender la lámpara al entrar, la luz que entraba por una de las grandes ventanas era lo único que iluminaba el camino hacia el lugar donde descansaba tu cama.

Se recargó en el marco de la puerta, su postura era pesada y cansada, calculabas que eran alrededor de las tres y media de la mañana.

Levantaste un poco la cabeza de la almohada y sólo veías una parte de su rostro, porque lo demás estaba ahogado en la obscuridad, así como también sólo alcanzabas a apreciar una parte de su cuerpo porque lo demás también se escondía entre las sombras.

—Es tarde —Tu voz fue rasposa. No había sido una acusación, sólo una observación.

—Puedo irme si así lo quieres —dijo en un susurro.

Tu corazón latía con una rudeza inexplicable en la caja de seguridad de tu pecho, estabas tenso e incómodo. Su silueta en el marco de la puerta oprimía todas tus entrañas, pensaste que después de lo que le habías dicho en el callejón, él no iba a buscarte más, habían sido palabras que estaban destinadas a cortar el último lazo frágil que había entre ustedes: el lazo de la destrucción.

Y ahí estaba de nuevo, como siempre, la oportunidad de seguir con él y la oportunidad de decirle que se fuera. Gran parte de ti quería que se fuera, que al fin pudieran darle fin a la relación enfermiza y obsesiva, pero otra gran parte de ti no sabía ni siquiera cómo respirar sin su presencia cerca de tu vida, cómo existir sin saber que Milo era todavía algo tuyo.

—Quédate ahí —le indicaste con un murmullo también.

Y lo hizo, a pesar de que, a lo mejor, él también se estaba debatiendo entre quedarse o marcharse.

En medio de la obscuridad y el silencio, recargaste de nuevo tu cabeza en la almohada, pero mantuviste tus ojos en su rostro. Introdujiste tu mano derecha debajo de las cobijas mientras el azul de tu mirada no lo abandonaba.

Tu corazón giró dentro de tu pecho, se torció con un movimiento brusco porque empezaste a actuar por instinto, dejaste que el sentimiento que recorría todo tu cuerpo tomara el control, la razón y la lógica pasaron a un segundo plano.

Tu mano desapareció de tu vista y descendió por tu cuerpo, se detuvo en un punto… un punto debajo de tu cintura. Todo lo que habías sentido los últimos días con Milo siguiéndote ardía sobre la capa de tu piel, tenías tanto tiempo de no estar con él, habían sido muchos días de verlo en los rincones siguiéndote y tú tratando de aparentar que no lo notabas, que no te importaba.

Con lentitud, empezaste un movimiento de arriba hacia abajo mientras te tocabas, el movimiento era exquisitamente lento. Tu mirada recorrió su cuerpo recargado en el marco como si estuvieras contemplándolo, aprendiéndolo.

Mordiste tu labio.

Tu otra mano también cobró vida y viajó hacia tus labios mientras la otra seguía con el ciclo despacio debajo de capas de tela. Los dedos de la otra mano rozaron tus labios que se abrieron un centímetro al contacto, uno de los dedos recorrió tu labio inferior, jugando con él.

De repente, su voz temblorosa viajó por el espacio del cuarto.

—Camus, necesito… acercarme a ti.—Limpió su garganta para tratar de controlar la urgencia que se había escuchado salir de ésta.

Un suspiro tenso y pesado abandonó tus labios.

—No —dijiste con tu corazón quebrándose en distintos lugares.

—Necesito tocarte —dijo con angustia débil y sincera.

Cerraste los ojos un momento cuando una ola de placer recorrió tu ser. Tu mano derecha seguía subiendo y bajando, incrementando la velocidad poco a poco. Tu mano izquierda se deslizó de tus labios y recorrió tu cuello y tu pecho para descansar sobre tu abdomen. Volviste a abrir los ojos y volviste a enfocar a Milo.

—Necesito que me veas. —Necesitabas que él viera todo lo que provocaba en ti.

—Camus… —La forma en que dijo tu nombre te hizo darte cuenta que él había empezado a llorar—. Déjame acercarme —exigió con ternura suplicante.

No dijiste nada y sólo sentiste unas lágrimas rodar sorpresivamente por las partes laterales de tu rostro. Incrementaste la velocidad de tu mano derecha, querías explotar, querías estallar en pedazos y terminar con la sensación agonizante que no te dejaba existir. Cerraste tus ojos otra vez y te concentraste en darle a tu cuerpo lo que necesitaba, la libertad que añoraba.

Pero, de pronto, sentiste un cuerpo moviéndose como un gato por la cama, otro peso hundiendo el colchón mientras más se acercaba. De repente, unas manos movieron las cobijas sobre tu cuerpo y las apartaron hacia un lado, en un instante ya tenías un cuerpo sentado sobre tu estómago y unas manos tomando las tuyas.

Milo acomodó mejor su posición sobre ti: sus rodillas a cada lado de tu cadera, su cuerpo sentado sobre tu vientre, sus dedos entrelazados con los tuyos, sus labios a unos milímetros de distancia de los tuyos.

Tu cuerpo atrapado en el suyo.

Abriste tus ojos para ver cómo se agachaba un poco más para empezar a besarte y empezar a mover su cadera sobre la tuya. Él tenía toda la ropa puesta y la tela de sus pantalones raspaba tu piel, frotaba con ligera agudeza cada uno de tus poros. El movimiento de sus labios era todo un contraste a lo que su cuerpo hacía: sus labios tomaban los tuyos con precaución, con lentitud, con las ganas de cuidar de tus labios, de tranquilizarlos, de consolarlos.

...te perdiste en él.

La intensidad, el abandono en lo que te estaba haciendo era tan fuerte que sólo era cuestión de segundos para que tu cuerpo reventara en líquido blanco.

—¿Camus? —dijo, besando tus labios por última vez—. ¿Vamos a seguir juntos? —Miró el azul de tus ojos con esperanza, rechazo, dolor, alivio, todo al mismo tiempo.

Y era tu Milo con preguntas, como siempre lo había sido desde el momento que lo habías conocido. Estaba ahí ante ti, inexplicablemente hermoso, bellamente aterrador, desconsoladamente importante para ti.

Buscaste entre tu respiración rápida los restos de tu voz y contestaste por primera vez sin aprensión, sin miedo, sin tratar de darle vueltas, siendo solamente tú y tu alma hablando:

—Te amo más de lo que te odio.

FINAL DE LOS EPISODIOS

NOTA: Esta historia continúa con los Anexos.

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