Condujeron a Ino a presencia de Itachi en el momento en el que llegó al último piso del edificio de Uchiha Industries. Pasaban quince minutos de las once. —Llegas tarde —dijo él.

—Estoy aquí. No seas exagerado —replicó Ino—. Y creo que te encantará que yo me haya esforzado tanto por mantener la cita que tenía a primera hora de la mañana. Ha sido en beneficio tuyo.

Itachi observó en silencio cómo ella sacaba las fotografías de la propiedad en la pantalla de su portátil. El frunció el ceño en cuanto reconoció el edificio.

—¿Cómo lo has sabido?

—¿Que te gustaba mucho esta casa? Gracias a Irina. Me lo contó, me sugirió un precio y me sugirió la táctica. Me ayudó mucho.

Itachi se quedó muy impresionado por la sinceridad y por la actitud de Ino. Sabía cómo relacionarse y estaba dispuesta a compartir los halagos y las recompensas de un resultado positivo.

—Si quieres esa casa, es tuya —anunció Ino—. Si quieres, estás invitado a ir a verla esta misma tarde.

—Claro que iré, pero ya sé que quiero esa casa. Estuve en una fiesta que se celebró allí en una ocasión. La celebró el anterior dueño después de haber llevado a cabo una profunda renovación de la mansión.

Ino le explicó el número de habitaciones que tenía, el enorme garaje y la piscina cubierta que había en el sótano.

—Lo has hecho muy bien —afirmó Itachi .

Tomó las manos de Ino entre las suyas y tiró de ella para estrecharla entre sus brazos—. Estoy muy contento.

Ino le miró a los ojos y se estremeció. De repente, hasta el hecho de respirar con normalidad le resultaba un desafío. La sexualidad de alto voltaje que emanaba de él la asaltaba. Habían pasado unas pocas horas desde que ella compartiera unas intimidades con Itachi que jamás habría imaginado que podría compartir con ningún hombre. El rubor le cubrió las mejillas y sintió una oleada de calor en el bajo vientre. Las piernas le temblaban.

—Tú me deseas, lubimaya…

Ino apartó la mirada y dio un paso atrás.

—Prefiero que mantengamos nuestra relación fuera de este despacho —dijo—. Me hace sentir incómoda.

—A mí no me gustan ni las reglas ni las restricciones —replicó él, frunciendo el ceño.

—Sí, pero hay un modo correcto y otro incorrecto de hacer las cosas y a mí me gustaría ser sensata.

—La pasión ha de cuidarse…

—En privado. Este es un lugar demasiado público. Bueno, háblame de la fiesta de mañana por la noche.

—Irina ha hecho una lista de invitados —dijo Itachi entregándole un pequeño dossier—. Creo que también te ha concertado algunas citas.

Mientras Itachi utilizaba el teléfono, Ino sentía ganas de hacer rechinar los dientes de pura frustración. El hecho de obedecer los requerimientos de Itachi estaba empezando a suponer un trabajo de veinticuatro horas al día. La información de utilidad sobre varios importantes invitados se complementaba con un listado para realizarse tratamientos de belleza que amenazaban con robarle gran parte del día siguiente.

Ino dejó el dossier sobre el escritorio de Itachi con un golpe seco.

—No puedo hacer todo lo que tú quieres que haga y seguir trabajando al mismo tiempo. ¡No hay suficientes horas en el día! Eres un hombre muy poco razonable. Me niego en redondo a que me hagas sentir como si fuera una mantenida. Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que pasarme el día dejando que me acicalen como si fuera un caniche antes de que se me pueda ver a tu lado en público.

—¿Por qué estás tan enfadada?

Ella lo miró llena de frustración.

—¡Te estás adueñando de toda mi vida!

—¿De verdad? Pero si te marchaste de mi cama esta mañana a las seis y media y ni siquiera te quedaste a desayunar…

—Y sigues enfadado por ello aunque iba a reunirme con el dueño de la casa que quieres comprar —afirmó ella, acaloradamente—. ¿Te parece eso a ti un comportamiento razonable?

Itachi agarró una de las manos de Ino y utilizó su fuerza para tirar de ella.

—Te deseo a mi lado, milaya moya. ¿Qué tiene eso de malo?

—Nada, pero…

—En cuanto a las citas en los salones de belleza y la ropa, es porque no quiero que te sientas inadecuada al lado de mis elegantes invitados. Hasta la fecha, ni siquiera has estado en tu casa el tiempo suficiente como para que te puedan entregar tu nuevo vestuario —le recordó Itachi —. Te exiges demasiado a ti misma. Dales las llaves de tu casa a Irina y ella lo organizará todo en tu nombre.

Ino se sentía incómoda, como si el suelo que una vez ella había pisado tan firmemente bajo los pies hubiera desaparecido, dejándola tambaleándose al borde de un abismo. Itachi no estaba permitiendo que ella reforzara su independencia. No le estaba dando espacio.

Suavemente, le estaba masajeando con los pulgares la parte interna de las muñecas. Su cuerpo estaba despertando y los latidos del corazón se le habían ido acelerando poco a poco. Su cerebro le decía que diera un paso atrás y que se alejara de él como había hecho antes, pero sus respuestas físicas eran más fuertes. Se sentía tan hipnotizada como un conejo que se queda cegado por los faros de un coche. Colocó una mano contra el duro torso de Itachi y se apoyó en él.

El evocador aroma de su piel la golpeó como si fuera una descarga de adrenalina e hizo que el deseo se despertara dentro de ella con la velocidad de un cohete. Quería acercarse a él, sentir la boca sobre la suya, su peso sobre el cuerpo…

Itachi la estaba observando con una profunda satisfacción. Se preguntó por qué tenía que resistirse de aquella manera cuando otras mujeres se peleaban entre sí por acercarse a él.

—Deja de oponerte…

—Tengo que hacerlo. Debo tener mi propia vida, mi propio espacio…

Itachi le enredó los dedos en el cabello. Ino sintió que el aliento se le ahogaba en la garganta y que el deseo se apoderaba de ella salvajemente. El le cubrió la boca con la suya, dejando que la lengua penetrara ávidamente en el húmedo interior.

—Aquí no… —protestó ella.

Itachi levantó su arrogante cabeza. La deseaba. No podía dejar de tocarla ni de pensar en ella. Con el fuego reflejado en los ojos, la tomó en brazos y se acercó a su butaca. Una vez allí, se sentó con ella encima.

— Itachi …

—No soy de piedra… —susurró él, tras colocarle un dedo en los labios para que guardara silencio.

Plenamente consciente del estado de excitación sexual de Itachi , Ino se dejó llevar por un beso que le encendió cada célula de la piel con pura pasión. Comenzó a acariciarle la mandíbula muy suavemente… El aroma que emanaba de su piel y el sensual tacto le aceleró el pulso. Mientras él iba desabrochándole la camisa, Ino recordaba la noche que habían pasado juntos. Él la había despertado en un par de ocasiones. Entonces, como en el presente, su desbocada masculinidad la había vuelto completamente loca.

Itachi la obligó a reclinarse para tener mejor acceso al pezón rosado que había dejado al descubierto. Al verse, Ino sintió que la vergüenza se apoderaba de ella. Se levantó inmediatamente de su regazo y comenzó a colocarse la ropa con una serie de desesperados movimientos.

—¡He dicho que no durante las horas de trabajo! —exclamó.

—¿Dónde está tu sentido de la aventura? —replicó él—. ¿Qué hace falta para empujarte a que rompas las reglas?

Ino podría haberle respondido que el amor y el compromiso, pero sabía muy bien que Itachi no le estaba ofreciendo ninguna de las dos cosas. Aquello limitaba el deseo por su parte de romper las reglas.

—Tengo que volver a mi despacho.

—Podrías reunirte conmigo para almorzar y, después, podríamos ir a visitar esa casa —susurró él, aunque ya preveía una respuesta negativa por parte de Ino.

Ella estaba segura de que el almuerzo concluiría con un arrebato sexual en alguna parte. Se enfadó consigo misma cuando sintió un ligero hormigueo en la entrepierna.

—¿Quieres que te acompañe a ver esa casa?

—Por supuesto.

—Dame el tiempo suficiente y me reuniré allí contigo.

Itachi no ocultó su enojo cuando ella se marchó después de una breve charla con Irina. Sabía que lo había desilusionado profundamente. Su insistencia en mantener una apariencia profesional durante las horas de trabajo le disgustaba profundamente. Ella estaba empezando a comprender muy bien lo que Itachi esperaba de ella. No le gustaba en absoluto el rechazo. Esperaba ser lo más importante de su vida en todos los aspectos y situaciones. Todo lo que pudiera interferir con su vida sexual era algo muy mal recibido.

De camino de vuelta a su despacho, Ino recibió una llamada urgente de su asistente. Le decía que había un hombre esperando para verla y que él insistía en que era de suma importancia que hablara con ella en vez de con su hermano. Los nuevos clientes a veces iban con las ideas muy fijas y había que tratarlos con mucho cuidado. Con un suspiro, Ino tomó los mensajes que había sobre la mesa de su asistente cuando llegó a su despacho e invitó a pasar al elegante caballero que la estaba esperando.

—Soy Ino Yamanaka , señor… Bailey. ¿Es ése su apellido? —preguntó Ino en cuanto el hombre tomó asiento.

—Así es. Don Bailey. No la entretendré demasiado, señora Yamanaka . No sé lo que usted sabe sobre las deudas de su hermano, pero me temo que no podemos esperar eternamente a que se satisfaga esa cantidad.

Ino se quedó completamente asombrada por lo que acababa de escuchar.

—¿Deudas? ¿Que mi hermano tiene deudas? —preguntó atónita—. Aparte del hecho evidente de que no tengo libertad suficiente para hablar sobre nada que concierna a mi hermano, no puedo comprender por qué ha venido usted a verme.

—Su hermano nos está tomando el pelo y queremos nuestro dinero, señora Yamanaka . Es una buena cantidad, más de ciento veinte mil libras.

Ino tuvo que apoyarse contra el escritorio para poder seguir de pie. Casi no podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Ciento veinte mil libras?—preguntó. Sin saber qué hacer, tomó el teléfono—. Está bien, llamaré a mi hermano y le pediré que venga a hablar con usted…

Con un movimiento inesperado, Don Bailey le sujetó la mano para evitar que hiciera la llamada.

—No creo que eso sea buena idea, señora Yamanaka . Jasper se enojará por el hecho de que haya venido a verla, pero hemos tenido mucha paciencia. Desgraciadamente, no podemos ser tan comprensivos y la situación puede dar un giro muy desagradable si no se nos entrega el dinero muy pronto.

Ino sacó la mano de debajo de la repugnante mano del señor Bailey y se apartó de él. Tenía la piel humedecida por el miedo y la tensión nerviosa.

—¿Ha sido eso una amenaza, señor Bailey?

—Ha sido lo que usted quiera que sea —replicó él con una amenazadora mirada—.Jasper es un jugador y, como muchos otros, mientras le gusta mucho ganar, no le gusta tanto pagar sus deudas cuando pierde. Sin embargo, no se equivoque. Su hermano tendrá que pagar sus deudas hasta el último penique.

Ino tragó el nudo que se le había hecho en la garganta. ¿Que Jasper había estado jugando? ¿Por eso había vuelto tantas noches tarde a casa? ¿Era ésa la razón de que se sintiera tan estresado y tan nervioso? ¿Era posible que su hermano debiera una cantidad de dinero tan elevada? Si era así, ¿qué iban a hacer al respecto?

—No sabía si venir a verla a usted o ir a visitar a su esposa.

—No. Ha hecho bien en venir a hablar conmigo.

—Eso me había parecido a mí también. Usted es su socia en este negocio y, si no le importa que se lo mencione, según los periódicos, también tiene una profunda amistad con un multimillonario ruso. Ese hombre podría solucionar fácilmente todos los problemas de su hermano.

Ino no pudo ocultar su desagrado ante tan sugerencia.

—¡Le ruego que dejemos esa amistad al margen de todo esto!

—Lo que usted diga. Después de todo, sólo queremos lo que se nos debe. No nos importa quién sea el que pague ni cómo. Sin embargo, la deuda debe subsanarse muy pronto, antes de que perdamos la paciencia. ¿Comprendido, señorita Yamanaka ?

Ino estaba muy pálida y sentía ganas de vomitar.

—Sí.

Por la ventana trasera vio cómo Don Bailey se montaba en un Mercedes que estaba aparcado en la zona de empleados. Había otros dos hombres esperando en el vehículo y, aunque por la distancia resultaba difícil estar segura, sospechaba que eran los dos mismos hombres de aspecto sombrío que Ino había visto antes y que Jasper había fingido que eran posibles clientes. Ino observó al grupo una vez más antes de darse la vuelta y dirigirse al despacho de su hermano para hablarle de aquella visita. Como Don Bailey había predicho, su hermano se puso furioso.

—Mira, no importa que ese hombre haya venido a hablar conmigo —dijo—. Lo único que quiero saber es si es cierto y si le debes a ese tipo tan desagradable ciento veinte mil libras.

El rubor que la ira había dejado en el rostro de Jasper fue dejando paso a una palidez extrema.

—Sí… sí, es cierto.

Ino se quedó desolada ante la historia que su hermano le contó a continuación. Al principio, había ido al casino en el que Don Bailey trabajaba para jugar con un amigo. Como ganó dinero en aquella primera visita, regresó muy pronto después y, muy pronto, le resultó imposible mantenerse alejado.

—Será mejor que sepas lo peor de todo. He sacado miles y miles de libras del negocio para financiar mi adicción al juego y lo he perdido todo. He hipotecado el hogar de mi familia y también lo he perdido. Desde el invierno pasado, he estado tratando de pagar las enormes pérdidas, pero no he vuelto a jugar ni una sola vez desde entonces —declaró Jasper—. Soy jugador compulsivo y ahora asisto a las reuniones de Ludópalas Anónimos todas las semanas para que me ayuden a controlar mi adicción. Desgraciadamente, lo hice demasiado tarde y os he llevado a todos a la ruina.

Ino se quedó destrozada al saber que su hermano mayor, en el que había confiado y al que tanto amaba, había sido capaz de hacer lo que acababa de relatarle. Sin embargo, la noticia de que al menos estaba tratando de luchar contra su adicción le hizo tener una mejor opinión de él. Aun así, se culpó a sí misma por no haber controlado más estrictamente las cuentas porque, si lo hubiera descubierto todo antes, podría haber impedido que siguiera jugando antes de que la situación llegara hasta el punto en el que estaba en aquellos momentos.

—¿Sabe Alice algo de esto?

—Me siento demasiado avergonzado como para decírselo. ¿Acaso no ha tenido ella que soportar más que suficiente hasta ahora sin saber que he arruinado su vida y la de nuestros hijos? —musitó Jasper—. También ando retrasado con los pagos de la hipoteca.

Ino trató de pensar de dónde podía sacar dinero para pagar tantas deudas, pero ella también estaba pagando la hipoteca de su apartamento. Además, en un momento en el que el mercado financiero era muy débil, las tasas de interés estaban muy altas y los precios de las casas estaban cayendo, no era buena idea ampliar la hipoteca con la esperanza de conseguir algo de dinero extra.

—No sé qué hacer ni qué decir…

—No hay nada que puedas hacer. He arruinado nuestras vidas.

—Se lo tendrás que decir a Alice. Ella lo va a descubrir tarde o temprano y sería mejor que se enterara por ti. Ya sabe lo de la hipoteca de la casa, ¿verdad? —le preguntó al Jasper, al ver que él apartaba la mirada.

Jasper bajó la cabeza y dejó escapar un suspiro.

—Falsifiqué su firma en la solicitud.

Ino no dijo nada. Ya no podía ni mostrar sorpresa ni enojo, y, además, estaba muy preocupada por la situación financiera en la que se encontraba la empresa. Regresó a su despacho con los libros de cuentas y, después de descubrir por fin las pruebas que demostraban que Jasper había retirado dinero sin autorización alguna, se quedó sentada, mirando al vacío. Alice se hundiría. ¿Y si terminaban perdiendo también la empresa? Al final, recordó que Itachi la estaba esperando para que lo acompañara a ver la casa que estaba planeando comprar, por lo que se marchó para reunirse con él.

Itachi notó que algo iba mal a los pocos minutos de la aparición de Ino. Ella tenía la mirada perdida y no se mostraba tan animada como era costumbre en ella. Aún seguía enojado con ella. Normalmente, las mujeres siempre estaban deseando agradarle y había empezado a dar por sentado aquella clase de tratamiento. Sin embargo, Ino no hacía esfuerzo alguno y Itachi sólo podía tomárselo como un insulto cuando comparaba su actitud con cómo se había comportado con su difunto esposo. Sabía que podía llamar a cualquier mujer y que ninguna dudaría en cumplir su más mínima petición o deseo. Si no hubiera ideado aquel plan con Ino para engañar a la prensa, la habría dejado ya. De eso estaba seguro.

El señor Bin Hashim los recibió y los dejó a solas para que exploraran la gran casa. Ino se limitó a seguir a Itachi con la energía de una persona que asiste a un funeral. Evidentemente, la casa era muy superior a nada de lo que ella le hubiera mostrado a principios de semana. La piscina que había en el sótano era sencillamente espectacular.

—Es perfecta para fiestas —afirmó Itachi .

El rostro de Ino reflejó una expresión gélida. Se estaba imaginando un montón de bellezas desnudas chapoteando en el agua y exhibiendo sus perfectos cuerpos en honor a Itachi . Había visto el modo en el que lo miraban otras mujeres y la había escandalizado. Era el blanco de las cazafortunas. Efectivamente, era joven, guapo y muy rico. Y ella, desgraciadamente, era una más, y mucho menos importante que alguna de esas mujeres. Su relación se basaba en la necesidad que Itachi tenía de engañar a la prensa. Nada más.

—Me siento muy impresionado de que tú hayas conseguido esto para mí, milaya —le dijo Itachi , colocándole un brazo sobre la espalda y estrechándola contra él.

Ino se mantuvo firme.

—¿Me podrías dar algún consejo con respecto a la casa que quieres en el campo?

—¿Dejas alguna vez de pensar en el trabajo? Pareces muy cansada.

Los abogados se ocuparían de negociar y acordar la venta de aquella nueva casa. Cuando ya estaban en la limusina, Itachi se volvió para mirarla y le entregó una caja que parecía contener una joya.

—Un regalo para agradecer tu eficacia —murmuró.

Ino se quedó muy sorprendida.

—Ya me estás pagando muy bien por mis servicios. No es necesario nada más.

—Yo siempre recompenso la excelencia, lubimaya.

Ino abrió la tapa de la caja y vio un exquisito reloj de oro con diamantes que llevaba la firma de un famoso diseñador. Se preguntó si estaba recompensando su excelencia en la cama o en su trabajo. Aquella reflexión la hizo sentirse muy avergonzada.

—Es muy bonito. Gracias —dijo secamente. Sabía que Itachi no aceptaría que le devolviera el reloj y no quería ofenderlo una vez más.

Para agradarlo, se lo colocó en la muñeca, donde destelló bajo los rayos de sol que entraban por la ventana.

—La limusina volverá a recogerte a las siete. Saldremos a cenar fuera —anunció Itachi , cuando el vehículo se detuvo a la puerta del edificio de su apartamento.

Esperaba que su nuevo guardarropa hubiera llegado mientras ella estaba fuera. Irina le había enviado uno de los miembros del servicio doméstico de Itachi al apartamento para que se ocupara de desempaquetar las prendas cuando llegaran.

Al entrar en su apartamento, lo primero que notó fue el maullido de un gato. Estudió el transportín que había junto a la pared y vio que había una tarjeta pegada al asa. Se veía claramente la firma de Itachi en ella.

Llena de curiosidad, Ino se arrodilló y abrió la puerta. Un gatito siamés salió por la puerta y la miró con unos maravillosos ojos azules de color almendra. En aquel momento, Ino sintió que se le ablandaba el corazón. Sobre el transportín, también descansaba un sobre lleno de información y el certificado de pedigrí del vendedor. Ella acarició al juguetón gatito, preguntándose cómo podría haber adivinado Itachi que ella siempre había deseado tener un siamés. Había sido una maravillosa sorpresa al final de un día verdaderamente horrible.

Más tarde, después de instalar al gatito y de conseguir dejarlo en el suelo durante unos minutos, llamó a Itachi para darle las gracias.

—Es una gatita adorable… completamente adorable —susurró muy entusiasmada—. ¡No sé cómo darte las gracias!

Itachi estaba en la reunión, pero, al escuchar las palabras de Ino, esbozó una sonrisa de satisfacción. Le gustaba destacar en todos los campos y su espíritu competitivo se había sentido desafiado por la poco entusiasta respuesta de Ino ante todos sus regalos.

—¿Te gusta? —le preguntó—. Sus ojos son casi tan hermosos como los tuyos —añadió. Desde el otro lado de la mesa de reuniones, Irina lo observó completamente atónita. Al captar la mirada de su asistente, él se dio la vuelta—. ¿Cómo vas a llamarla?

—Lady… es tan elegante… No te importa si me la llevo a tu apartamento esta noche, ¿verdad? No puedo dejarla sola en su primera noche. ¿La escogiste tú personalmente?

—Sí. Cuando me bufó y trató de arañarme, supe que había encontrado la adecuada —comentó Itachi con una sonrisa. Esperaba que Ino no descubriera jamás cuánto le había costado la gatita, adquirida a uno de los criadores más importantes del país.

Ino escogió un vestido de cóctel con mucho vuelo de su amplio guardarropa. Las nuevas adquisiciones habían inundado la habitación de invitados. A continuación, se puso unas sandalias de tacón alto. Se preguntaba si debía ofrecer a Jasper las diez mil libras que tenía en su cuenta de ahorros. Podría ocurrir una emergencia aún mayor en el futuro y decidió que debía ser sensata. Decidió quedarse con sus ahorros por el momento y tratar de no pensar en las grandes cantidades de dinero que su hermano había desperdiciado por su adicción al juego. Ese dinero había desaparecido para siempre y no conseguiría recuperarlo ni con todas las oraciones del mundo.