Autor: Framba

Titulo: Rompecabezas – Anexos

Tipo: romance y drama

Resumen: Camus y Milo tienen una relación muy peculiar. El amor tiene muchos matices, sobre todo, matices obscuros.

Advertencias: AU

Pareja: Camus x Milo

Comentarios adicionales: Los "Anexos" son una serie de historias que complementan los "Episodios" de Rompecabezas, se podría decir que son la segunda parte. Esta historia no tiene un orden cronológico, por lo que los Anexos se pueden leer de forma aleatoria. Le tomé mucho cariño a la primera parte y por eso decidí completarla más a detalle, además creo que mi forma de escribir ha cambiado con los años (espero mejorado) y estos Anexos espero muestren una evolución en todos aspectos.

Estado: completo

o-x-o

Anexo I

POV: Camus

Los iguales.

Los iguales en un metro de la ciudad, acompañando a Camus.

Los dos iguales parados, tomados del tubo arriba de sus cabezas, mirando a Camus, quien estaba sentado en uno de los asientos del largo y metálico metro.

—Así que vas a volver a ver al muchachito de ojos turquesa —Saga le dijo a Camus, cambiando abruptamente de tema. Habían estado platicando de motocicletas, así que la pronta mención de Milo no tenía que ver con nada en esa conversación.

—¿De qué hablas? — Camus alzó una ceja, en interrogación y confusión.

Saga sonrió.

—Un pajarito me dijo que estuviste con él otra vez el viernes pasado cuando no quisiste ir a la fiesta con nosotros.

Kanon miró a Saga con ojos grandes.

—¿Se fue con el chico turquesa? —Kanon ahora se dirigió a Camus—. ¿Te fuiste a una cita y no me avisaste? ¿Entonces quién te hizo el manicure, el pedicure, el peinado de salón?

—Cálmate. No fue una cita —Camus contestó. Una cita involucraba cursilerías, ése más bien había sido un encuentro agradable de… expresión.

—¿Entonces quedarse de ver en algún lugar romántico y besuquearse sus bocas no es una cita? —Kanon preguntó.

—¿Tuvieron sexo otra vez, verdad? —Saga intervino—. Con más razón fue una cita, Camus. Ya decía yo que andabas muy contentito últimamente, jamás habías rechazado ir a una fiesta del sótano —Saga aseguró.

Camus negó con la cabeza y los miró a ambos.

—Viejas metiches.

—Exaaacto. Cuéntanos —Kanon respondió—. Aún falta mucho para llegar, quiero todos los sucios y asquerosos detalles.

Era la primera vez que los iguales veían a Camus salir en citas, y con salir se referían a que era la primera vez que veían a Camus quedarse de ver con un chico un viernes en horas decentes; pero lo más notable era que Camus había estado de buen humor a partir de entonces. Camus era muy activo, sexualmente, pero los iguales sabían que este chico Milo había sido diferente, Camus se veía diferente. Algo se estaba cocinando ahí, algo estaba sucediendo con su amigo.

—¿A dónde fueron? —Kanon prosiguió.

—¿Para qué quieres saber? —Camus le dijo un poco más serio.

¿Cómo podría él relatarles lo que pasó? ¿Cómo contarles la magia, la emoción, la expectativa? ¿Cómo decirles que sintió que lo sacaron de la misma tierra, que Milo escarbó y lo jaló de las profundidades? ¿Cómo empezar a decirles lo que sentía, cómo decirles que no podía ya detenerse, que iba en picada, que estaba cayendo sin freno en un abismo de… turquesa?

—Tengo derecho de saber por ser tu amigo desde que estabas en el vientre de tu madre, incluso en la concepción cuando fuiste un micro feto, ya era tu amigo —Kanon le respondió.

Camus rió. Iba a tener que decirles o no lo iban a dejar en paz. Le sorprendía que hubieran aguantado todo el fin de semana sin preguntarle. Suspiró.

—Milo ama las hamburguesas, fuimos a comer una.

Todo había empezado con un mensaje de texto el viernes en la tarde, Milo le preguntaba a Camus si estaba ocupado en la noche. Ese viernes Camus tenía una fiesta con los iguales, como cada viernes, de hecho, así que miró el mensaje por varios minutos pensando en qué contestar. Lo más seguro es que no iba a lograr nada yendo a esa fiesta, ya que antes las fiestas tenían un objetivo específico y muy claro: encontrar con quien acostarse. Fue desagradable darse cuenta que ese viernes no tenía ganas de estar de caza, no tenía caso, no se le antojaba. ¿Para qué buscar otros labios, otro cuerpo, otros ojos? Tenía más bien como ansiedad por ver los labios, cuerpo y ojos que ya había probado con anterioridad. Sí, si lo pensaba demasiado, se podría decir que estaba sediento de Milo.

Respondió el mensaje de Milo con un: No, ¿a qué hora vienes?

Milo llegó al departamento de Camus como a las cuatro de la tarde aunque Milo le había dicho en otro mensaje que iba a llegar a las cinco.

Camus apenas se estaba lavando los dientes. Abrió la puerta con el cepillo de dientes en la boca.

Y ahí estaba Milo. Le robó el alma a Camus: tan imponente, tan groseramente… bonito. Perfecto. Alto. Muy turquesa, turquesa combinado con luz celestial. Estaba todo vestido de negro: pantalones negros, playera negra, cabello largo, suelto, revuelto. Cínicamente masculino, esbelto, impactante. Cargado de turquesa.

Milo sonrió y dijo:

—Sé que es una idiotez, pero creo que mi reloj está unos minutos adelantado, por eso llegué antes.

¿Sesenta minutos adelantado? Mhn. Camus sonrió con el cepillo en la boca. Bendita idiotez.

—Pasa. —Camus se movió para dejar entrar a Milo.

Milo entró y caminó algunos pasos hacia dentro del departamento.

—No había tráfico, raro, y me tocaron todos los verdes.

Camus asintió con la cabeza y sacó el cepillo de su boca mientras cerraba la puerta. Él no necesitaba los pretextos de Milo. Él entendía, él sabía. Él también quería que Milo llegara lo antes posible, al fin y al cabo, Camus no estaba haciendo nada importante. Mejor ocuparse que estar sin hacer nada, ¿no?

Hubo un momento incómodo de silencio, hasta que Milo volvió a hablar:

—¿Te puedo decir algo?

—Dime.

Milo lo ponía nervioso, demasiado, todo era impredecible, nuevo, tajante.

—Moriré —Milo sentenció con nerviosismo.

Camus fruño el ceño, no entendía nada.

—¿Cómo?

Milo miró el piso, estaba pensando en lo que iba a decir con cautela:

—Venir aquí es muy intenso. El recorrido de mi casa a este lugar es… me quita el aire. No puedo dejar de verte después de que te veo, no sé si me explique. Mi sangre está alborotada —Hizo una pausa—, y ya no me importa, ¿sabes? Me está consumiendo y ya no me importa. Es como cuando tienes ganas de comer algo y no quieres nada más… te puedo hasta saborear en mi boca. Pienso en ti y me da hambre. —Milo movió sus manos alrededor, como si quisiera decir más cosas, pero no sabía cómo decirlas tampoco—. Siento que moriré —Milo concluyó.

Camus no supo qué decir, ¿por qué le decía esto tan abruptamente?, ¿por qué en ese momento? No entendía por qué había escogido ese preciso instante para decirlo, así sin preámbulo. Camus apenas acababa de abrirle la puerta hacía un minuto, por todos los dioses.

Sin embargo, Camus entendió cada letra, cada sentimiento, cada idea que Milo dijo porque él se sentía igual, porque él también estaba muriendo, porque estaba sediento, porque quería agarrar la cabeza de Milo y comerla a pedazos, integrarse con él, saborearlo.

La mala noticia es que estaba estupefacto, la confesión de Milo lo tomó por sorpresa, lo de ellos estaba pasando demasiado rápido y con mucha intensidad para su gusto. Camus se quedó callado, petrificado. Camus sería todas esas palabras guardadas, jamás dichas.

Hubo otro silencio largo, incómodo, extraño.

Milo tomó aire, su voz se escuchó apagada, seca:

—Tanto hablar de comer me dio más hambre —dijo para reconciliar el silencio, un poco apenado, incluso. No se había sentido correspondido.

Camus asintió con la cabeza, perdido, sorprendido.

—Voy a terminar de lavarme los dientes. —Fue lo único que Camus pudo pronunciar. Tenía la piel eriza.

Huyó al baño.

Camus dejó el cepillo en su lugar y se mojó la cara, sentía su corazón pegando con fuerza sobre sus costillas, estaba mareado. Quería escupir palabras, sentimientos. Abrió la llave del agua y tomó un sorbo de agua y la escupió.

—Milo — Camus dijo en un susurro para sí mismo, con ternura, con desesperación. Lo dijo para nadie, sólo sus propios oídos habían escuchado el llamado. ¿Qué le estaba pasando?

Afuera estaba ese sujeto que le había revuelto todo por dentro. Sentía una opresión inmensa en las entrañas. Ganas de abalanzarse sobre Milo y golpearlo y, al mismo tiempo, ganas de abrazarlo hasta que el oxígeno del planeta desapareciera.

Dioses, no, ¿qué iba a hacer?, ¿cómo controlarse?

Volvió a bañar su rostro con agua fría. Iba a volver el estómago como aquella vez con el suéter de Milo. Las gotas de agua se deslizaban por su rostro, creando surcos escalofriantes.

Tenía que salir y enfrentar esta situación, expresarse. Tomó una gran bocanada de aire y buscó la toalla de manos para secar su rostro. Otra gran bocanada de aire y pasó sus dedos por su cabello para componerse un poco.

Abrió la puerta del baño y salió a la estancia principal. Milo ya estaba sentado en el sillón de la sala, mirando sus manos, perdido en sus pensamientos.

Camus limpió su garganta para hacerse presente y Milo volteó a verlo. Los dos se miraron un instante.

Camus quería sacar esas palabras ahogadas en su garganta, le quemaban, pero Milo fue el primero en hablar:

—¿Te gustan las hamburguesas?

Camus asintió con la cabeza, jamás en su vida se había sentido tan nervioso, tan frágil.

Milo se levantó del sillón y caminó hacia la puerta, dispuesto a salir. Camus caminó detrás de él. Los dos salieron del departamento.

Cuando Camus estaba cerrando la puerta con llave, se quedó inmóvil un segundo, sentía que no podía pasar otro segundo sin que dijera algo, por primera vez sentía la urgencia de hablar, de liberarse y soltar todo eso que había estado enfrascado desde que conoció a Milo. Sentía que era vital que Milo supiera lo que le estaba carcomiendo por dentro.

—Milo —Camus lo llamó en voz muy baja. Milo estaba a dos pasos de distancia, viendo el pasillo por el que bajarían las escaleras, así que volteó a ver a Camus. Era el momento. Camus tenía la quijada trabada, los dientes oprimiéndose unos a otros con gran fuerza—. ¿Puedo decirte algo?

La cara de Milo era de sorpresa. Asintió con la cabeza y también dijo en voz baja:

—Dime.

Camus batalló para separar sus labios y empezar a hablar, tragó saliva.

—Estoy… totalmente… —Su voz era ronca, cada palabra le raspaba la garganta, le estaba costando tanto trabajo decirlo—. Quiero que sepas que estoy totalmente… intoxicado. —Camus limpió su garganta de nuevo, no sabía cómo seguir. Nunca nadie le enseñó a sincerarse de esta manera tan vulnerable y real. Milo sonrió casi inmediatamente, y esa sonrisa disparó las últimas palabras que estaban clavadas en el alma de Camus—. Intoxicado de ti… de esto, de nosotros.

La sonrisa de Milo creció más, si eso fuera posible.

—Camus… —Milo dijo con suavidad, con tintes de alegría, esperanza, alivio, y más cosas en su voz, Camus quiso descifrarlos todos, ¿pero Milo sabía la magnitud en las palabras de Camus?, ¿entendía lo difícil que era y a la vez lo extraordinario de lo que sucedía entre ambos? Al parecer Milo tenía una vaga idea porque caminó los dos pasos que lo separaban de Camus y dejó un beso en la comisura de sus labios.

—¿Y a qué hamburguesas fueron? —Saga preguntó. Seguía subiendo más gente al vagón del metro y estaban ahora más apretados que antes.

—A la calle 23 —Camus contestó.

Ésas eran las mejores hamburguesas de la ciudad, o al menos eso le había dicho Milo a Camus en el transcurso para llegar. El camino hacia el local fue silencioso. Los dos tomaron un autobús para trasladarse, Milo venía sentado junto a la ventana. No hablaron en el trayecto de nada en realidad, en algún momento Milo comentó algo sobre los autobuses y el paro que habían hecho los choferes la semana pasada. Camus realmente no estaba escuchándolo, se sentía como drogado. La gente dice que es sentirse como en las nubes, Camus decía que era como estar en sobredosis.

Llegaron y entraron al local. Camus jamás había estado ahí, pero de primera vista le gustó lo que tenía ante sus ojos: una larga barra con banquillos estilo años cincuenta, vasos para malteada apilados en una esquina de la barra, un pizarrón negro con el dibujo de un helado en una de las paredes, fotos de guitarras sobre otra pared, un logo de una hamburguesa grande casi pegado al techo, una vieja rocola en la otra orilla del lugar. Muy retro el asunto. Le gustó.

Milo lo guió hacia la gran barra y se sentaron en los banquillos redondos de color rojo carmesí, uno al lado del otro.

—No me digas que atiende Elvis —Camus comentó mientras seguía mirando alrededor. Maldición, tenía que confesar que le encantaba ese lugar.

Milo rió.

—Quizá alguno de sus nietos, pero lo podemos poner en la rocola para que esté presente.

Camus sonrió y en ese momento llegó una chica a entregarles los menús.

—¿Y qué pediste? —Kanón preguntó—. Según yo ese lugar es famoso porque venden la hamburguesa triple con champiñones.

Camus asintió. No iba a decirles que Milo justo había pedido esa hamburguesa y Camus no había podido evitar comentar sobre el gran trozo de carne que Milo se iba a comer, y la mirada de lujuria que Milo le había lanzado por el comentario.

Camus sólo se limitó a decirles a los iguales:

—Yo pedí una doble con queso, sin mayonesa y sin cebolla.

—Qué maricón eres —Milo le había dicho el viernes cuando Camus pidió su hamburguesa y la mesera ya no estaba cerca para escucharlos—. Comer hamburguesas y empezar a quitarle ingredientes es una jotería mayor.

—¿Y pedir malteada con leche deslactosada no lo es? Hablas de maricones y pides malteada de fresa, por favor —Camus le respondió divertido.

Milo sonrió y dijo:

—Soy intolerante a la lactosa.

Camus seguía sonriendo también, curiosamente.

—No me pareció que fueras intolerante a la lactosa la otra noche —Camus comentó.

Milo volvió a reír.

Camus no podía dejar de mirarlo, este chico que conoció en la parada de autobús tenía imanes, o algo.

—No te preocupes, con esa lactosa no tengo ningún problema. Dicen que es buena para el cutis —Milo le aseguró.

—Cuando gustes, tengo litros de lactosa para ti. —Los dos rieron. Maldición, Camus se la estaba pasando demasiado bien.

—Aunque la doble con queso estaba regular —Camus le dijo a Kanon en el metro—. Nada extraordinario. Vamos si quieren algún día —Camus dijo, aunque sabía que si iba con los iguales sería una experiencia totalmente distinta. A lo mejor hasta acabaría diciéndoles que mejor fueran a una pizzería después del primer bocado.

Camus no recordaba alguna otra comida que hubiera tenido con alguien en la que se la hubiera pasado así, platicando, sonriendo, jugando, coqueteando. Llegó incluso un momento que los dos ya no estaban sentados enfrentando la barra, estaban de lado viéndose de frente. Incluso hubo un instante muy descarado en que Milo mordió un pedazo de carne y lo miró con tanta lujuria que Camus dejó de respirar por seis segundos completos.

No iba a contarles a los iguales que en cierto momento, Milo se levantó al baño y Camus se quedó ahí sentado, pensando en qué hacer, si seguirlo o no. Jamás había hecho algo tan bajo como seguir a alguien al baño, pero de algún modo tenía que suavizarse lo duro de su cuerpo, y aunque él no estaba seguro si Milo lo había hecho intencionalmente, Camus se levantó y lo alcanzó en el baño.

Había otro chico en el baño así que Camus se colocó a lado de Milo y los dos fingieron que se estaban lavando las manos. No hubo intercambio de palabras entre ellos.

Cuando al fin el otro chico salió, Milo buscó la mirada de Camus en el espejo enfrente de ellos.

—Pervertido —Milo dijo.

—Depravado —Camus le respondió.

—Degenerado —Milo volvió a decirle.

—Vulgar —Camus respondió igual de rápido.

Los dos sonrieron al espejo.

Acto seguido, los dos estaban besándose y moviéndose hacia uno de los baños con puerta. Dado que Milo era intolerante, Camus se arrodilló y fue él quien tomó la lactosa ese día. Después giró a Milo para ponerse atrás de él y hacer lo que era obvio; por los gemidos ahogados de Milo, Camus supo que había sido una buena elección haber ido al baño.

Camus se iba a saltar esa parte, no iba a decirles a los iguales que lo había hecho en un baño de un local de hamburguesas. La lluvia de comentarios no pararía por años, siglos. Había comido carne de todo tipo el viernes, claro está.

Salieron del baño veinte minutos después, regresaron a su lugar como si nada hubiera pasado. Milo terminó su malteada de fresa y Camus el último pedazo de su hamburguesa.

Camus pagó la cuenta a pesar de que Milo le insistió que podían dividir la cuenta. Ese pequeño detalle tampoco lo iba a mencionar con los iguales, era una insignificancia, el dinero viene y va.

El regreso al departamento de Camus fue más ameno, Milo compartió sus audífonos y cada quien venía escuchando un auricular, escucharon baladas románticas de los años cincuenta.

Al llegar al edificio donde estaba el departamento de Camus, los dos bajaron del autobús. Eran como las seis de la tarde probablemente, había un atardecer espectacular, de película. Camus tenía todavía tiempo de arreglarse e ir a la fiesta a la que lo habían invitado, pero seguía sin ganas de ir, era mejor opción quedarse en casa.

—Conozco un lugar donde venden la mejor pasta, podríamos ir después —Milo comentó cuando llegaron al portal del edificio.

¿Milo se estaba despidiendo?

—Espagueti con bolas de carne —Camus dijo—. Me encantan las bolas de carne.

Milo no pudo evitar reír a la referencia sexual.

—¿Todavía quieres más proteína?

—Nunca es suficiente —Camus respondió.

Milo negó con la cabeza aún con la sonrisa de oreja a oreja. Camus no podía soportar lo bien que se veía, estaba a dos segundos de golpearlo. Milo volvió a tomar la palabra:

—Gracias por la comida.

Sí, Milo se estaba despidiendo. Camus tenía otros planes.

—¿No dejaste nada arriba? —Milo lo miró desconcertado, no había llegado con nada. Camus sugirió—: Tus llaves o algo.

Y la expresión de Milo cambió, comprendió de pronto la insinuación. Camus jamás le diría las cosas directamente, triste pero cierto.

Milo lo miró unos instantes más y contestó:

—Sí, vayamos a revisar, probablemente sí olvidé las llaves.

—¿Estás enamorado? —Saga le soltó de pronto la pregunta.

Camus miró a los iguales, los miró a ambos a los ojos. Estos eran sus amigos desde que había sido un micro feto, tenía que contarles cierta parte de la verdad, de ese viernes, de lo que estaba sucediendo, ellos le habían confiado muchos secretos y él no podía ser tan egoísta. Además, si no lo decía a alguien, iba a explotar por dentro:

—Hechizado.

Kanon y Saga se miraron entre ellos y sonrieron. Awww, mi vida, qué divino, el amor, y quién sabe cuántas cosas empezaron a decir. Kanon frotó el cabello de Camus como si fuera un niño pequeño, Saga le quiso hacer cosquillas en el estómago.

Camus volteó los ojos, por eso luego se reservaba sus comentarios. Camus negó con la cabeza, sacó su ipod del bolsillo de su pantalón, se puso sus audífonos para ignorar lo que decían y empezó a escuchar a Elvis.