Anexo III

POV: Camus

Se te había hecho extraño que Milo no fuera a clases, o al menos no lo habías visto en todo el día. Pensaste que lo hizo deliberadamente, por eso te había mandando un mensaje la noche anterior diciéndote que se veían en tu departamento después de clases, se te hizo extraño no verlo en la escuela.

Estabas pensando en eso cuando tocaron la puerta. Ya eran las cuatro de la tarde.

Abriste la puerta.

Sentiste cómo la sangre descendió de tu cabeza rápidamente, te sentiste un poco mal, nauseabundo por el repentino cambio sanguíneo. Jamás habías visto a Milo así: su cabello estaba sujetado en una coleta, traía puesta una camisa negra con las mangas dobladas hasta los codos, corbata negra, un pantalón de vestir color negro también y una mochila de piel color vino cruzada al frente y descansando a lado de su cadera. Era la primera vez desde que lo conocías que se vestía tan formal y elegante.

—Hola. —Su voz segura, suave—. Traje esto para ti —te dijo.

No había pasado desapercibido para ti lo que había en sus manos cuando lo viste, aunque ciertamente reparaste en ese detalle en segundo instante porque su imagen fue un impacto total que te cegó en primera instancia. Te ofreció una flor.

—Hola… ¿me trajiste flores? —preguntaste en desconcierto absoluto.

Estiró la flor hacia ti.

—Heliconia es su nombre.

Tomaste la flor. Pestañeaste varias veces. No sabías qué hacer con ella. Era muy extraña, muy exótica, no era una flor común y corriente, ésta tenía picos y era de un color rojo intenso. Miraste a Milo. ¿Qué pretendía que hicieras con ella? Nadie te había dado flores antes, menos un hombre.

—¿La pongo en agua? —Eso se hacía con las flores, ¿cierto? No supiste qué más decir.

—Sí. Ponle un poco todas las mañanas.

Afirmaste con la cabeza y te hiciste a un lado para dejar entrar a Milo.

Él pasó y tú cerraste la puerta.

¿Dónde ibas a poner la flor? No tenías ni un florero ni nada que se le pareciera. Caminaste hacia la cocina para sacar una taza y ponerle un poco de agua, y le depositaste la flor.

Si eras sincero, estabas confundido. Sabías que hoy era San Valentín porque todos en la escuela estaban de melosos, los iguales hasta te habían abrazado y llenado de besos en la mañana, pero Milo no te había comentado nada así que no le diste mucha importancia al asunto, para ti era un día común y corriente, un día normal.

Normal hasta que llegó Milo vestido de esa manera. No que te molestara, al contrario, pero sí te sentías raro con la cuestión de la rosa, flor, lo que fuera que esa cosa de la flora fuera.

Saliste de la cocina con la taza y la flor entre tus manos. Milo ya estaba sentado en el sillón. Dioses, qué bien se veía, casi ficticio.

—Milo.—Volteó a verte a tu llamado—. No tenías que comprar nada.

—Lo sé —te contestó—. ¿Listo para irnos?

Dejaste la taza con la flor en el centro de la mesa del comedor.

—Pensé que nos quedaríamos en casa.

Caminaste hacia él.

—No, tenemos que ir a un lugar.

—¿A dónde? —preguntaste.

—A un lugar.

Entrecerraste los ojos. Tanto misterio te ponía nervioso.

—¿No vas a decirme a dónde vamos?

—No.

Una pausa. ¿Qué demonios estaba planeando?

—¿Quieres que me cambie de ropa? Tú estás muy formal —comentaste, mirando tu propio atuendo.

—No es necesario. ¿Listo para irnos? — Milo repitió y se levantó del sillón, poniéndose su mochila sobre el hombro.

No estabas acostumbrado a un Milo con palabras encriptadas y actitudes secretas, te invadió un sentimiento de ansiedad. ¿Por qué no te decía de una vez?

—Necesito que me digas, ¿qué tal si esto es un secuestro y nadie me vuelve a ver?

Milo sonrió.

—Ni que tuvieras tanta suerte para tener un secuestrador tan sexy como yo. —Se volteó y empezó a caminar hacia la puerta.

Tomaste su muñeca para detenerlo cuando pasó frente ti, lo jalaste hacia tu cuerpo y tomaste su cintura entre tus manos. Contemplaste su rostro en silencio por minuto y medio. ¿Qué tenía este chico que te ponía de esta manera? Tenías unas ganas inmensas de quitarle la ropa, de devorarlo. ¿Se daba cuenta lo excelentemente bien que se veía? ¿Notaba cómo alteraba tu espíritu? ¿Sabía que ningún otro ser humano en la faz del globo terráqueo te gustaba tanto como él? Te encantaba, como nadie más lo hacía, era absurda la manera en que te atraía. Alguna divinidad tuvo que haberlo diseñado justo a tu medida, justo para ti.

Te acercaste y recargaste tus labios sobre su labio inferior.

El beso duró unos segundos, él se separó de ti.

—No sabía que las corbatas tenían este efecto en ti —Milo te dijo, pocas veces su voz había sonado así: juguetona, sensual.

Sacaste el aire de tus pulmones, te asfixiaban los sentimientos hacia él.

—No son las corbatas. —Buscaste de nuevo su boca para besarlo.

Él se dejo que lo volvieras a besar, y se separó de nuevo, con una sonrisa triunfante.

—Vámonos, Camus. ¿Podemos irnos en tu auto?

o-x-o

Al salir del edificio del departamento, Milo te pidió las llaves del coche, diciéndote que él iba a manejar al lugar al que iban. Nadie más había manejado tu automóvil antes, era algo sagrado, un auto no se le presta a cualquiera. Viste las llaves en tus manos por un momento y después se las diste a Milo, después de todo Milo ya te había preguntado que si querías ser su novio, así que prácticamente no le estabas dando las llaves a cualquiera, se las estabas dando a… tu novio.

o-x-o

No eras muy bueno iniciando conversaciones, pero que Milo estuviera en silencio era insoportable. Extrañabas su voz inundando el coche en el que viajaban. Él siempre te venía contando algo, pero hoy estaba en un silencio sepulcral que te incomodaba.

Llevaban ya casi cuarenta minutos de camino sin hablar, no ibas a aguantar otros cuarenta minutos sin plática, quién sabe cuánto tiempo les faltaba de camino, por cierto.

—¿No sé enojó Laureta porque viniste conmigo? —Tú preguntando por Laureta, quién lo diría. No la conocías, pero sí la odiabas sin remedio. Era San Valentín, quizá ella esperaba que Milo estuviera a su lado.

Milo dejó de ver un instante el camino y volteó a verte.

—Estuve con ella toda la mañana.

Sí, la odiabas. En demasía.

—¿Por eso no fuiste a la escuela?

—No fui porque tenía pendientes por hacer.

—¿Con ella? —preguntaste, quisiste que sonara inocente, pero sonó más bien como a reclamo.

Milo te miró de nuevo.

—¿Estás celoso?

Reíste. ¿De ella? No.

—Obvio no. No hay ni punto de comparación. Ella es tu amiga y… yo soy otra cosa.

Otra sonrisa triunfante de Milo.

—Qué bueno que está claro. —Un segundo de pausa—. Ya llegamos.

La pequeña charla te distrajo del camino y no notaste cómo habían llegado al fin a su destino. Enfrente de ustedes había un gran muelle de madera y un lago de dimensión pequeña, el cual era la primera vez que veías. No conocías este lugar, tampoco habías escuchado hablar de él.

Milo estacionó el coche.

—¿A dónde vamos? —preguntaste.

—¿Te gusta pescar?— Milo te contestó.

o-x-o

Bajaron del automóvil, Milo sacó su mochila del asiento trasero.

Te sentías completamente fuera de tu elemento. Estabas más que estupefacto con la idea de Milo de venir a este sitio. Ni en tus sueños más alocados pensaste que terminarían pescando el día de hoy. Te fascinaba la idea de pescar, del lago, del atardecer. Fantástico. Fantástico que Milo estuviera ahí para vivirlo a tu lado.

Milo empezó a caminar en dirección al muelle, en donde se veía instalada una cabaña vieja a unos cuantos metros de distancia. Lo seguiste.

Al llegar a la cabaña, un hombre mayor, que estaba sentado sobre una silla afuera de la puerta, se levantó y estrechó la mano de Milo. Tú te quedaste unos pasos más atrás y no escuchaste lo que se dijeron, pero acto seguido, el señor entró a la cabaña y regresó con dos cañas y una bolsa. Milo tomó la bolsa y la guardó en su mochila. Después tomó las cañas en una sola mano. Notaste que el señor le seguía diciendo cosas, incluso le señaló hacia uno de los tres botes que estaban a la orilla del lago.

Decir que te sentías como niño chiquito era poco. Esto era demasiado irreal.

Milo volvió a estrechar la mano del señor y se alejó de él.

¿Cómo le había hecho Milo para planear esto?

Milo volteó a verte y te hizo un gesto con la cabeza que te acercaras. Así lo hiciste y le ayudaste a cargar las cañas.

—¿En serio vamos a pescar? —le dijiste mientras caminaban hacia el bote.

Milo asintió.

—Será divertido.

No tenías la menor duda.

o-x-o

Instalarse en el bote y empujarse de la orilla fue un reto. No sabían utilizar los remos, que estaban pegados a cada lado del bote, y les costó unos diez minutos estar flotando propiamente en el lago, Milo fue el encargado de remar. El bote medía a lo mucho unos ocho metros de largo, era pequeño, pero cabían bien los dos sentados, uno frente al otro.

Milo remó un poco más hasta estar más o menos en el centro de lago, el muelle se veía más pequeño a lo lejos. Había pocas nubes en el horizonte, el cielo estaba cambiando a tonos naranjas y rosas.

El escenario perfecto. La compañía perfecta.

Milo tomó una de las cañas y te la ofreció.

—No sé pescar —confesaste. Tomaste la caña.

—Yo tampoco —dijo, encogiéndose de hombros—. El señor dijo que insertáramos la carnada en el anzuelo y tiráramos la caña al agua. —Milo agarró su mochila y la abrió, sacando la bolsa que el señor le había ofrecido antes—. Me imagino que hay que ponerle estas cosas a la caña. —Sacó la carnada de la bolsa y se la colocó a uno de los anzuelos, se puso de pie y después tiró la caña al lago.

Estabas idiotizado con sus movimientos. Era perfecto. Cada acción de Milo era un espectáculo que no había que perderse: su gracia, su estilo, su fluir en la vida era muy atractivo. Su cuerpo se movía ligeramente, con sencillez absoluta. Divinidad en movimiento. Deseabas su esencia. Te dolía la cabeza de tanto desearlo.

—No sé si haya peces allá abajo —Milo dijo y te sacó del hechizo con sus palabras—. Vamos, inténtalo —te dijo.

—Pero, ¿qué es esto? —Tomaste la bolsa y sacaste alguna especie de filete.

—Creo que son sardinas —Milo te contestó.

Hiciste una pequeña mueca, el olor no era muy agradable. Insertaste la carnada al anzuelo.

—Espero que mi pez no sea vegetariano. —Copiaste su procedimiento, poniéndote de pie y tiraste tu caña al lago también.

—Espero pescar la cena —Milo comentó —. Una suculenta trucha asada.

—Con un buen vino —añadiste.

—Mmmh. —Frotó su estómago—. Tengo hambre.

Asentiste con la cabeza.

Los dos miraban el lago esperando que algo se moviera, pero nada pasó en varios minutos.

—¿Lo habremos hecho bien? —Milo te preguntó.

—Me imagino que hay que esperar.

Esperaron otros cinco minutos. No pasaba nada.

—Dejemos aquí las cañas, a ver si tenemos suerte —Milo te dijo, atorando la caña en el asiento de madera del bote.

—Bien. —Hiciste lo mismo.

Se sentaron frente a frente de nuevo.

Milo se agachó para tomar su mochila color vino, sacó por completo la bolsa con las sardinas y la puso en el piso del bote.

—Me falta darte algo—dijo.

¿Más? ¿Iba a darte más cosas?

—Milo. —Negaste con la cabeza.

Sacó una caja de chocolates de su mochila y una tarjeta.

—Ten. Feliz día de San Valentín, Camus. —Su sonrisa era amplia—. Sé que odias las cursilerías, pero creo que en este día están justificadas. Y tú eres muy importante para mí, así que pensé que estaba bien dártelas.

Tenías el pecho congestionado, te invadió una emoción extraña, sentías que no entraba más aire a tus pulmones, no estabas esperando nada de esto. Tomaste la caja y la tarjeta.

—¿Por qué no me dijiste nada? Hubiera comprado algo también.

Milo se encogió de hombros.

—Está bien, no te preocupes. Tampoco le compraste nada a los iguales, ¿o sí?

—No, pero sabes que es distinto.

—¿En qué forma?

—A ellos sólo los quiero como hermanos.

—¿Y a mí?—

Tu Milo de preguntas, ya se había tardado en aparecer.

—¿A ti qué? —dijiste, fingiendo demencia.

—Camus —te advirtió—, si no me dices nada, me estás dando a entender que a ellos los quieres como a tus hermanos, y a mí como algo más.

Te quedaste callado.

Prosiguió—: Si no me dices nada, quiere decir que a mí me quieres como novio y no como amigo.

Guardaste silencio.

Sonrió levemente.

—Quiere decir que me quieres como al hombre de tu vida —Milo agregó.

Sonreíste también, pero no pronunciaste palabra.

—Si no me dices nada, entonces significa que me quieres y te encanto y me amas y estás completamente enamorado de mí —Milo concluyó.

Reíste. Milo brillaba con la luz del atardecer. Te sentías contento de oír sus ocurrencias, de esta plática, de estar en su presencia. No agregaste nada a lo que él había dicho.

—Lo sabía —Milo dijo divertido al notar que no ibas a decir nada, aunque volvió a retomar la conversación—: Pero, ya en serio, no te preocupes, yo soy el cursi, yo soy el que necesito hacer esto, sólo espero que no haya sido demasiado. —Se sonrojó. Sus mejillas estaban tímidamente rosas.

Tu corazón estaba temblando entre tus costillas. En algo tenía razón, era demasiado, lo que había planeado, esta cita, las cañas, su corbata, los chocolates, él mismo, era demasiado. Demasiado para ti, demasiado inmenso, demasiado magnífico. Algo tuviste que haber hecho muy bien para que se cruzara en tu camino.

—¿Te digo la verdad? —Todas tus defensas estaban derrumbadas, nadie te había invertido antes tanto esfuerzo, dedicado tantos detalles. ¿Cómo podías corresponder? ¿Cómo agradecerle?—. Quiero congelar esta tarde. No quiero regresar a la realidad. —Si tuvieras poderes, te gustaría poder congelar este momento para toda la eternidad, a él y a ti en un ataúd de hielo eterno.

Milo sonrió de oreja a oreja. Ya no era una sonrisa triunfante, era más bien una sonrisa apabullante, arrolladora.

—Eres más cursi que yo —respondió.

Reíste una vez más. Esta tarde no se podía poner mejor.

—Si le dices algo a los iguales, serás hombre muerto.

Hizo la señal de cerrarse la boca con un cierre.

Acto seguido, Milo se levantó de su lugar y se sentó a un lado tuyo, agradeciste enormemente su intuición para acercarte a ti porque ya te estaba quemando por dentro la ansiedad de tenerlo cerca.

—¿Quieres un chocolate? —le preguntaste. Tenías entre tus manos aún la caja en forma de corazón y la tarjeta.

Asintió con la cabeza y tú abriste la caja. Los chocolates era groseramente cursis: eran unas bolitas de chocolate café con chispas de corazones rosas. Tomaste uno y se lo diste en la boca a Milo, después comiste uno tú. Estaban exquisitos: tenían relleno de chocolate líquido.

—Lee tu tarjeta —Milo te dijo aún masticando su chocolate.

Cerraste la caja y la pusiste en el piso, abriste la tarjeta que venía en un sobre rojo. Leíste:

—Si tú fueras la luna y yo fuera el sol, juntos formaríamos un eclipse de amor.

Milo rió.

—¿Estás a punto de volver el estómago? —Milo dijo riendo.

—A dos segundos —contestaste divertido—. Es lo más… artificial y vacío que he escuchado en mi vida.

—Sabía que te encantaría —Milo comentó, sarcástico.

Los dos rieron, apreciaste su detalle de burlarse de toda la situación. Eso no era amor, y era justo lo que tú pensabas respecto a este tipo de días. El amor no era eso, no era frases cursis, no se sentía como un eclipse, el amor era otra cosa diferente, más grande: era compartir un bote una tarde de febrero.

Sabías que Milo podía ver la diferencia. Milo había comprado la tarjeta y lo demás, pero había hecho todo esto para mostrarte que no era tan malo celebrar un catorce de febrero, si es que lo celebrabas con el significado correcto. Y sí, tenías que aceptar que estabas disfrutando el festejo más de que lo hubieras imaginado.

No pudiste soportar su perfección, sus ojos turquesa, su mirada celestial. Dejaste la tarjeta a un lado de tu pierna y giraste para abrazarlo sin titubear, sin pensarlo dos veces, sin esperar a que él diera el primer paso, rodeaste su cuerpo con tus brazos, recargaste tu barbilla sobre su hombro. Él te devolvió el abrazo, contento.

—Gracias, Milo —dijiste a su oído—. Feliz día de San Valentín. —Porque sí, estabas feliz. Feliz de tenerlo aquí a él, contigo.

Milo asintió con la cabeza, complacido.

Estuvieron un buen rato abrazados, en silencio.