Música para este fic: All I Need de Radiohead.

Anexo IV

POV: Camus

No era igual.

Era la misma habitación, la misma cama, el mismo cuerpo, pero todo se sentía diferente. Los besos, las caricias no eran las mismas, la intención era distinta.

No sabía a Milo, sabía a algún extraño, como las decenas de extraños con los que estuviste antes de conocerlo. Había pasado más de un año sin que tuvieras la sensación de estar con un desconocido, ya estabas familiarizado con el olor, movimientos, ruidos de Milo, incluso la rutina que seguían para llegar a ese momento te era familiar y cómoda.

Pero ahora todo era diferente.

Este Milo que te besaba, acariciaba y estaba debajo de tu cuerpo se sentía como alguien completamente foráneo.

Te despegaste un poco para mirar sus ojos. Sí, su semblante tenía una capa de sudor, pero sus ojos estaban vacíos, ausentes.

Dejaste de moverte, el deseo de seguir entrando en su cuerpo se apagó en automático. Saliste de su cuerpo en un movimiento y te moviste hacia tu lado de la cama, mirando el techo.

—¿Qué pasa? —El reclamo vino de inmediato de sus labios.

Estabas enfadado de pronto, por la incapacidad de ambos de superar esta situación, por sus ojos muertos, por convertirse en un extraño, por haberle fallado, por aquella maldita noche en que él fue al Callejón y tú fuiste a refugiarte con alguien más. Y todo lo que eso desató para ambos.

—No tiene caso —dijiste.

—¿Qué no tiene caso? —Se levantó sobre sus codos para verte.

Te quedaste callado.

—Habla, por favor. —Su voz cargada de tensión también—.¿Qué está pasando? —repitió.

No tenías ganas de seguir esta conversación. Estaba claro que no iban a poder superar lo que había pasado, los errores, las traiciones. Querías incluso bañarte, desvanecer los fluidos, todo. En las últimas semanas te sentías sucio la mayoría del tiempo.

—Voy a bañarme. —Moviste las sábanas que te cubrían y te sentaste en la cama para levantarte.

—Camus. —La súplica en su voz te hizo quedarte quieto un instante. No sabías qué podría decir él para apaciguar el dolor en tu pecho. Prosiguió—: ¿Qué pasa, Camus? Dime qué está mal.

—Eres otro —contestaste de inmediato, fastidiado—. No estás aquí, tu cabeza está en otro lado, ni siquiera estás consciente de que estoy en ti.

Milo se dejó de nuevo caer sobre la cama con un suspiro. Él estaba cansado, igual que tú, sabías que le afectaba de la misma manera que a ti.

—No puedo dejar de pensar… —Guardó silencio, interrumpiendo él mismo sus pensamientos—. ¿Por qué no pudiste perdonarme y ya?

Lo miraste. Tu cuerpo tenía tantas ganas de tomarlo de nuevo y hacerlo tuyo, sólo tuyo, ansiabas poseerlo, borrar las manchas eternas que dejaron otras manos y otros labios.

Después de lo que sucedió, quisiste acostarte con él casi diario, te urgía entrar en su cuerpo al instante de verlo, fusionarte, reclamar y cerciorarte que él era tuyo. Te venías dentro de su cuerpo una y otra vez porque, de alguna forma, querías llenarlo de ti.

Se habían acabado las citas en restaurantes, en cines, en parques, en un lago… las pláticas diarias, las confesiones, la cercanía… estas últimas semanas se la habían pasado teniendo encuentros sexuales más que cualquier otra cosa, en tu departamento, su departamento, la escuela, algún baño, donde fuera posible. Te urgía verlo para entrar en él y confirmar que era absoluta y completamente tuyo, y de nadie más.

Lo triste es que cada vez que lo hacían, más se alejaba él de ti.

—¿Por qué tuviste que ir con alguien más? —te cuestionó, su mente ausente, su voz rasposa.

Su pregunta ardió en tus oídos. Te levantaste de la cama, no podías soportar un segundo más.

Fuiste al baño, con las ganas incluso de lavar tu corazón.

o-x-o

A los cinco minutos de estar en la ducha, se escuchó que tocaron la puerta del baño.

No fue mucha la sorpresa cuando la puerta se abrió y Milo apareció de entre el vapor formado en el pequeño cuarto. Abrió la puerta de cristal que separaba la ducha del resto del baño, metiéndose al lugar donde tú estabas.

Estabas exhausto, destrozado, habían sido tantos días de estar así, de vivir en esta agonía, tenías ganas de gritar, de golpearlo, de borrar el pasado. Tenías una fatiga sofocadora en la mente.

¿Cómo iban a sanar su relación?

Milo se acercó a tu cuerpo húmedo y sus manos se dirigieron debajo de tu cintura, tomándote con una de sus manos. Empezó la cadencia de arriba a abajo, sus movimientos seguros y con cierta velocidad.

No retrocediste, ni te quitaste, ni impediste que te tocara. Te dolía mucho el pecho, te costaba trabajo pasar saliva. El agua de la regadera no permitió que él viera tus ojos poniéndose rojos, no era por la humedad del agua caliente, estabas al borde de desmoronarte.

Un desconsuelo mayor te inundó cuando tu cuerpo reaccionó al continuo estímulo de Milo.

Te desgarraba saber que él también necesitaba de ti para sentir que seguían unidos, aunque sólo fuera físicamente.

Giraste su cuerpo para que te diera la espalda… y entraste en él. La cadencia de tu cadera era rápida a pesar del agotamiento físico, como todas estas últimas veces que habían estado juntos, era un ciclo interminable: querías ya terminar en él para volver a estar dentro de él al siguiente instante.

o-x-o

Estabas en tu departamento, sentado en el comedor, pocas veces te sentabas a la mesa, casi siempre estabas en el sillón, en la cama o en el piso. Rara vez en la mesa, sentado como gente decente.

Enfrente de ti estaban los iguales, sentados también en el comedor. Había muchas botellas de cerveza sobre la mesa, te habías tomado unas tres o cuatro desde que ellos habían llegado, no estabas seguro.

Dijeron que querían hablar contigo en la escuela.

—Vas a tener dos opciones para esta conversación —Kanon comenzó—, vas a hablar por voluntad propia y ser sincero —Sacó un cigarro de marihuana de su pantalón y un encendedor—, o fumarte esto y ser sincero.

—¿De qué quieren hablar? —preguntaste, cruzando tus brazos, un poco mareado por el alcohol.

—De tu relación obsesiva-compulsiva con Milo —Saga te informó.

Lo que te faltaba. Le extendiste la mano a Kanon para que te pasara el cigarro y el encendedor. Ya cuando los iguales se ponían en esta actitud de seriedad y privacía, no te ibas a librar, así que lo mejor iba a ser estar drogado para que la explicación fluyera mejor de tu interior, aunque de hecho ya estabas un poco intoxicado con las cervezas. Kanon te pasó el cigarro.

—No pasa nada. —Encendiste el cigarro y le diste el primer toque.

—¿No? —dijo Saga con sarcasmo—. Te encontramos teniendo relaciones con Milo en la mañana en el baño de la escuela y después como a la una de la tarde otra vez, da gracias que éramos nosotros los que entramos, no tuvieron ni la precaución de cerrar bien la puerta del baño en el que estaban.

—Por lo que vemos no tienes ningún problema de disfunción eréctil o de precocidad, estás muy sano para aguantar tantos encuentros —Kanon intervino con humor.

Saga continuó—: Lo que nos preocupa es que nunca te habíamos visto a ti y a él tan mal, tan en depresión, tan…

—Infelices —Kanon interrumpió.

Fumaste otra vez del cigarro.

—Queremos saber qué pasa —Saga concluyó.

Miraste la mesa por varios segundos. La droga empezaba a darte esa sensación de tranquilidad que necesitabas.

—En realidad no sé lo que está pasando —les confesaste. Sí, iba a ser más fácil que hablaras en este estado, sin tanta consciencia. Ellos sabían que cuando aceptabas fumar era porque necesitabas desahogarte—. Él y yo… —Y eran tantas cosas, que no supiste cómo seguir, por dónde empezar siquiera.

Kanon extendió la mano y tomó tu mano en apoyo, la que no tenía el cigarro. Agradeciste el contacto de tu amigo, te reconfortó. Era raro sentir otra piel que no fuera la de Milo, sentir otra piel sin ningún tipo de tinte sexual. Tomaste su mano y suspiraste, no ibas a soltarlo hasta que terminara esta conversación. Fumaste de nuevo.

Saga se inclinó hacia adelante sobre la silla.

—Nunca te habíamos visto tan enamorado de alguien, Camus, ¿no crees que vale la pena arreglar las cosas?

Y todos tus sentimientos, quizá por la droga y el alcohol, se acumularon en tu garganta y cuerdas vocales y empezaron a brotar sin remedio.

—Él estuvo con alguien más. Yo no pude con la idea de que me engañara y fui con otra persona a hacer lo mismo. Milo dijo que lo que él había hecho no había sido tan grave como lo que yo hice, él sólo tuvo sexo oral y yo sí me acosté con alguien, entonces volvió a ir con alguien más a hacer lo mismo. Yo volví a engañarlo entonces. Y así sucedió unas dos o tres veces más, no lo sé. —Tu tono fue tristísimo, casi sonabas desahuciado—. No podemos arreglar las cosas ya.

—¿Quién engañó primero a quién? —Kanon estaba confundido.

—Ese día que fuimos al club —explicaste, tenías una cerveza cerca, tomaste todo lo que había en el envase, fumaste un poco más antes de seguir—, me encontré a Afrodita. Platicamos. Me pidió que bailáramos. Milo nos encontró en la pista de baile. Fui un estúpido y estaba bailando con él de forma íntima, su frente sobre la mía, Milo pensó que era algo más.

—Fue cuando subiste a preguntarnos dónde estaba Milo, que estabas desesperado por encontrarlo —Kanon dijo, embonando las piezas de la historia.

Afirmaste con la cabeza.

—Él como venganza fue al Callejón de la Izquierda. Me lo confesó al día siguiente que fui a verlo para disculparme por lo que había pasado con Afrodita. Nunca me dijo que había sido sólo sexo oral. Entonces yo fui al bar y acabé en casa de alguien, haciendo lo que pensé que él había hecho.

—¿Sí tuviste relaciones con alguien más? —Saga preguntó.

Afirmaste de nuevo con la cabeza. Fumaste de nuevo.

—Entonces él acabó yendo también con alguien más para estar igual. Hasta ese momento me confesó que la primera vez en el Callejón no había tenido relaciones, pero ya era muy tarde. Yo fui con alguien más de nuevo y él también, y así pasó de nuevo.

Ellos te miraban atentos, preocupados.

—¿Y por qué no dejan de engañarse? —Kanon preguntó.

—Dejamos de hacerlo, ya no estamos con otras personas, o al menos yo ya no he estado con nadie más y casi estoy seguro que él tampoco. —De hecho, ya tenía dos semanas más o menos que habían parado de engañarse el uno al otro. Se había terminado esa etapa de cobrarse los engaños, de ajustar cuentas. Volvieron a estar solamente el uno con el otro de forma exclusiva—. Pero se ha vuelto enfermizo. Cada vez que estamos juntos, es como estar con alguien más, ya no siento que es Milo.

—¿Aún lo amas, Camus? —La pregunta de Saga fue directa, quizá ésa era la única respuesta que seguía importando dentro de todo este embrollo.

Los miraste a ambos, no podías ocultar ya el dolor y desesperación en ti, no trataste de ocultar que tus ojos se llenaron de lágrimas un momento. No ibas a fingir ni detener tus sentimientos ante ellos, ya no podías más. En pláticas como ésta, hablabas con el corazón en la mano. Lo alterado de tu sistema, te dejaba al fin hablar:

—Claro que lo amo. Milo es… absolutamente todo en mi vida. —Era la primera vez que lo decías en voz alta y con todas sus letras enfrente de ellos—. No he dejado de hacerlo —repetiste para ellos y para tus propios oídos.

—Con eso es más que suficiente para salvar su relación —Saga aseguró.

—Tienes que sentarte a hablar con él y decirle que tienen que volver a empezar. Alguno de los dos tiene que poner un alto.

Sentiste que Kanon apretó tu mano, dándote apoyo, fuerza.

—Además, tienes un anillo en tu mano.

Cierto. Kanon tenía sujetada tu mano donde tenías el anillo que Milo te había dado hacía más o menos mes y medio en el cine. Estabas comprometido con Milo.

Te sentiste más mareado, asqueado, con ganas de morir, literal. Depositaste el cigarro en una de las botellas de cerveza, ya no querías más. Recargaste tu cabeza en tu mano, estabas exhausto. Necesitabas que ellos entendieran.

—Quiero que sea mío una y otra vez, sólo mío, por eso todo el tiempo estamos así, por eso nos vieron en el baño —confesaste.

Los iguales se quedaron en silencio, pensando, empezaron a entender que era una situación más profunda, de total dependencia, de inseguridad. Nunca habían visto a Camus tan dañado, tan depresivo, tan vacío. Milo se veía igual de mal. Habían llevado la venganza a una etapa extrema, estaban destruyendo su amor, lo que tenían. Era momento de recuperar, de sanar, o se iba a acabar todo entre ellos.

—Tienen que empezar desde cero otra vez, Camus. Conquístalo como al principio, regresen a lo de antes — dijo Saga.

—Me temo que ese Milo ya no existe —contestaste. Tu voz demasiado baja, casi un murmullo.

Hubo otro momento de silencio.

Kanon finalizó:

—No sabrás si sigue ahí si no lo intentas.

o-x-o

Esa noche, ya más en tus cinco sentidos y después de estar en tu cama pensando en lo que había pasado, en lo que te habían dicho tus amigos, quienes amablemente se quedaron contigo toda la tarde y parte de la noche, le enviaste un mensaje de texto a Milo que decía: '¿Mañana paso por ti al trabajo? Te invito al cine.'

Tenías que buscar a tu Milo, tenías que traerlo de vuelta a tu vida. Ibas a ir por él e iban a ir a un lugar lleno de gente para evitar seguir en el estado en el que estaban de abuso, de acoso. Te iba a costar trabajo luchar contra la ansiedad de estar dentro de él, pero tenías que ser fuerte, tenías que hacerlo tuyo de otra manera.

En la obscuridad de la noche, diez minutos después, tu teléfono se encendió para mostrar que habías recibido un mensaje: 'Sí. Pasa por mí a las seis.'

o-x-o

Al día siguiente, pasaste por él al trabajo y fueron al cine.

Fue muy duro estar de nuevo en el mismo lugar en donde te había dado él un anillo de compromiso, fue duro que en todo el camino ninguno de los dos dijo nada.

No supiste de qué trató la película, de hecho ni siquiera había mucha gente en la función, a lo mucho diez personas, lo que les dio privacidad en las butacas finales de la gran sala.

Te perdiste la película porque al momento que las luces se apagaron, volteaste a ver a Milo, querías ver cómo estaba anímicamente, ver su rostro, sus facciones, pero él también volteó a verte y estaba ahí… sí, con toda su fuerza, el deseo de tocarlo, de tenerlo otra vez.

Él se acercó a ti y empezaron a besarse con descaro, con urgencia, con agresividad, impacientes por devorar la boca del otro. Sostenías su nuca con tu mano para llegar más al fondo, para saborear cada milímetro de su boca. Él tenía una de sus manos sobre la parte trasera de tu cuello, también empujándote hacia él.

Tuviste miedo de no poder detenerte, querías seguir besándolo, querías levantarlo y recargarlo contra la butaca de enfrente y estar en él, morir en él, venirte en él una vez más. El deseo te estaba consumiendo.

Sin embargo, extrañabas con demencia a Milo, al antiguo Milo, tenías casi un mes sin verlo, la última vez fue aquel día que bailaste con él en tu departamento. Sentías un nudo en la garganta de recordar cómo reíste aquél día, de lo increíble que la pasaron. A partir de ahí, lo perdiste, y lo necesitabas, como a nada más en la vida, lo necesitabas.

Dejaste de besarlo de pronto, te separaste cinco centímetros de él, tu respiración agitada.

—No, espera —le dijiste.

Él te veía con ojos confusos, igual de vacíos que las últimas veces.

—¿Qué pasa? —La misma pregunta, acechándote.

Pasaste saliva, necesitabas recuperar el aliento, limpiaste tu garganta.

—No es esto lo que quiero. No te traje aquí para hacer esto. —Su mirada sostuvo la tuya por varios instantes. Querías desesperadamente que él entendiera, que quisiera darte a tu Milo de vuelta—. ¿Podemos dejarlo para más al rato? Quiero que veamos juntos una película, sólo eso.

Sus ojos te miraban con profundidad, buscando respuestas quizá también en tus ojos. Estaba sorprendido, dudoso, confundido, como tú, pero rezaste para que pudiera entender qué era lo que le pedías.

—Está bien —finalmente te dijo.

Vieron la película en silencio, cada quien viendo enfrente hacia la pantalla. No supiste de qué trató la trama porque en varios momentos cerraste los ojos y te esforzaste por sentir su presencia a un lado de ti, querías sentir que Milo estaba a tu lado, querías reconocerlo cerca de ti. Como también luchaste todo el tiempo por calmar tu deseo de volverlo a besar.

o-x-o

Saliendo del cine le preguntaste si quería ir a tu departamento. Rogaste que dijera que sí. Él aceptó. Tenía mucho tiempo que no se quedaba toda la noche a dormir contigo, tomaste una gran bocanada de aire, sentiste que respiraste otra vez, como salir a la superficie después de estar mucho tiempo en el fondo del mar.

o-x-o

—¿Y esto? —te dijo sorprendido al entrar al departamento.

Ibas a hacer todo lo que estuviera en tus manos para traer a Milo de vuelta. Y si eso implicaba poner algunas velas pequeñas por tu departamento, pues que así fuera. Querías que se sintiera diferente a las últimas veces que él estuvo ahí.

—Me dio por redecorar. —Te encogiste de hombros. Acto seguido, empezaste a encender las velas con un encendedor que traías en la bolsa del pantalón—. ¿Quieres algo de cenar? Compré pizza, sodas, o algo más ligero como cereal… tengo leche deslactosada en la nevera. —Sabías que la pizza de pepperoni era su favorita. —Prendiste la última vela.

Sonrió levemente. Era la primera leve y diminuta sonrisa que veías en mucho tiempo, se sentían como siglos.

—La pizza está bien —respondió.

Querías evitar ir a la recámara a toda costa, no querías volver a perder el control.

o-x-o

Generalmente comían en la sala, si es que comían en tu departamento, pero esta ocasión pusiste dos platos en la mesa del comedor, dos vasos, dos sodas, servilletas. Después de calentarla, llevaste la pizza al centro de la mesa, te sentaste a lado de él.

Serviste en los vasos una soda para cada quien.

—Buen provecho — le dijiste. Querías ser lo más formal posible, querías que él notara una diferencia en ti.

—Gracias. Igual.

Cada quien tomó un pedazo de pizza y comenzaron a comer.

Estuvieron un buen rato en silencio.

—¿Te gustó la película? —preguntaste, necesitabas desesperadamente oír su voz, romper el hielo entre ambos.

—No puse mucha atención —dijo Milo—. ¿De qué trataba?

Maldición, tampoco sabías. Te alteró un poco que él también hubiera estado a tal grado sumergido en sus pensamientos que no había prestado atención.

—Un secuestro, agentes del FBI. Algo así.

—Tampoco pudiste verla —te dijo.

—No. —Dejaste la pizza sobre el plato, el hambre seguía sin aparecer en tu estómago, comías sólo porque tenías que hacerlo—. Tengo muchas cosas en la cabeza.

—Igual yo. —También dejó la pizza y limpió sus manos con una servilleta—. Me sorprendió mucho tu mensaje ayer en la noche y lo que me dijiste en el cine. Tengo muchas preguntas.

Giraste un poco sobre tu silla para estar viendo su perfil con mayor facilidad.

—Dímelas.

Milo volteó a verte con ojos incrédulos.

—¿Vas a contestar mis preguntas? —preguntó, estupefacto.

Si eso tenías que hacer para mejorar las cosas, ibas a hacer tu mayor esfuerzo. Afirmaste con la cabeza.

Hubo una larga pausa, Milo pensando por dónde empezar quizá. Finalmente, te dijo:

—¿Con cuántos más estuviste?

—Varios —no tenías la cifra exacta—, pero ya no ha habido nadie más. No importan los que hayan sido, no significaron nada a final de cuentas.

Milo miró la caja con la pizza por unos segundos. Quisiste poder entrar a su cerebro y ver todo lo que estaba sucediendo ahí. Su tono fue neutral todo el tiempo:

—¿Qué pensaste cuando me viste por primera vez en la parada de autobús?

Recordaste y contestaste con sinceridad:

—La verdad es que pensé que me estabas siguiendo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y por qué no te alejaste de mí, Camus?

—Porque sonreíste.

Una pausa. Milo pareció procesar la información adquirida. En todo el tiempo que llevaban juntos no habían hablado de aquel día cuando tu destino cambió para siempre.

—¿Te arrepientes de haberme hablado aquel día? — te preguntó.

—No, en lo más mínimo.

—¿Por qué estás conmigo, Camus?

Consideraste la respuesta y hablaste:

—Porque es mi decisión, porque no quiero ni me interesa estar con alguien más desde el día que te conocí en la parada del autobús.

Milo se te quedó mirando, su ceño ligeramente fruncido, prestando atención.

—¿Por qué no me dices lo que sientes?

Sus preguntas entraban por tus células y se incrustaban en tus venas, lastimando de alguna forma.

—Porque no necesito palabras, es más que obvio lo que siento por ti.

—¿Y si yo necesito escucharlas?

—Entonces no estás prestando atención a mis acciones, Milo.

Desde el momento que te levantabas hasta el momento que cerrabas los ojos en la noche, todo en tu día era Milo. Tratar de verlo en la escuela, estar con él después de clases, pasar tus tardes a su lado, desear que se quedara contigo en la noche. Tus pensamientos, tus palabras, aunque fueran pocas, tus decisiones, tu futuro, tu presente, tu pasado, todo era él, para él, debido a él, pensando en él.

—¿Es tan absurdo decir te amo para ti?

Si pudiera sólo él sentir lo que representaba para ti, si tuviera la oportunidad de estar en tu cuerpo y ver cuánto te importaba. Respondiste:

—Son sólo palabras, no quieren decir nada en realidad. Que estés aquí, que quiera estar contigo cada día es lo que realmente importa. No por decirlo va a aumentar lo que siento por ti.

Milo te miró por largos instantes, tratando de entenderte, tratando de creer en tus palabras. Afirmó con lentitud la cabeza.

—A veces me gustaría escucharlo, sólo para estar seguro.

—No tienes que tener duda al respecto, Milo —tu respuesta fue inmediata, y era cierto.

—¿Entonces por qué me engañaste?

Justo de esta manera se debía sentir que te encajaran un puñal en el pecho.

—Por estúpido. Me dejé llevar, al igual que tú al ir al Callejón.

Asintió una vez con la cabeza.

—¿Te arrepientes de haber estado con alguien más?

Consideraste su pregunta.

—Sucedieron una serie de hechos que no sé cómo explicar para llegar hasta aquí, no es culpa de nadie, pero si tan sólo uno de los dos se hubiera detenido a preguntar… —No supiste cómo acabar tu comentario. Si tan sólo él no hubiera huido esa noche al Callejón, si tan sólo se hubiera detenido a preguntarte quién era Afrodita y por qué estabas bailando con él.

—¿Y ahora qué sigue? —La misma pregunta que te había hecho hace un mes cuando fuiste a verlo después del primer engaño. Esa vez le dijiste que querías seguir a su lado y que se mudara contigo, pero las cosas no habían resultado bien.

—Quiero empezar desde cero —dijiste. Esta vez tenías una respuesta concreta a su pregunta porque sí querías seguir a su lado, a pesar de todas y cada una de las cosas que habían sucedido.

—¿Y cómo? —preguntó.

—Así. —Señalaste alrededor con tu mano, refiriéndote a ustedes dos estando juntos de nuevo en el mismo espacio, hablando, solamente estando—. Tú y yo, sólo tú y yo de nuevo. Sin el exceso, sin reclamos.

—¿Y crees que podamos olvidar?

—No lo sé —dijiste con miedo y tristeza, la pregunta crucial de su cuestionario y en verdad no tenías respuesta para esa pregunta es específico—. Solo sé que quiero recuperarte.

Milo ya no dijo nada más, su semblante en blanco. Tomó de nuevo la pizza y siguió comiendo.

o-x-o

Esa noche se fueron a acostar a tu recámara como a las nueve de la noche. No lo tocaste en ningún momento, cada quien durmió en su lado de la cama.

o-x-o

En la mañana al despertar, cuando abriste los ojos, Milo ya estaba despierto a tu lado. Agradeciste que se hubiera quedado toda la noche, como en los viejos tiempos. Sus ojos miraban en concentración el techo.

Necesitabas ver si estaba de regreso aquel niño de la parada de autobús, el que te había dado un anillo de compromiso, el que había robado tu corazón, el que te hacía reír y bailar, el que querías que se mudara contigo, el que te tenía hechizado, el que amabas con toda la fuerza de tu ser.

Te moviste para recargarte sobre tu costado izquierdo, enfrentando su cuerpo. Volteó a verte. Las pupilas de sus ojos turquesas se abrieron para captar algo de luz de la mañana.

Lo miraste con intensidad… pasaron segundos eternos… suspiraste, dijiste en voz baja:

—Dile a Milo que lo extraño y que lo seguiré buscando.