Anexo V
POV: Laureta
Un día de clases. El primer día de clases, de hecho. Y el destino volando en el aire, porque no tenía otra manera de explicarse. Laureta no encontraba otra razón lógica para explicar el por qué de las cosas: el primer día de clases, un salón, ella sentada en una banca y, de pronto, un pequeño niño sentándose a su lado.
Y así había sido como lo había conocido. El día en que Laureta y Milo se conocieron. No fue nada especial, al contrario, fue una cuestión de mera coincidencia, pero esa coincidencia se convirtió en una unión entrañable, que para Laureta se sentía eterna.
Creció a lado de Milo, ambos huérfanos, rebeldes, intrépidos… dos almas muy parecidas, cobijándose la una a la otra, fusionando historias, regaños, experiencias.
Milo se convirtió en su hermano, su amigo, su compañero.
Cuando fueron adolescentes, a sus 16 años para ser exactos, Laureta empezó a ver a su hermano, amigo y compañero con otros ojos; por supuesto, cómo no hacerlo, si el niño de su infancia se estaba convirtiendo en un joven sumamente apuesto, ya era bello por dentro, pero ahora lo era más por fuera.
—¿Y ese vestido? —Milo preguntó un día.
Laureta estaba dispuesta a decírselo ya, a dejarlo salir por su boca con cada letra para que éstas entraran a los oídos de Milo una por una. Iban al baile de primavera de la escuela, como cada año, ambos juntos, como cada año también. Laureta no le daba importancia a esos estúpidos bailes, pero ésta era la noche. Sí, ya no podría aguantar un milisegundo más sin que Milo supiera lo que ella sentía, así que había comprado un vestido lindo (nunca usaba vestidos, ni en navidad) y se había maquillado para que él la viera diferente.
La sorpresa en los ojos de Milo era absoluta cuando la vio salir por la puerta de esa manera.
Laureta se sintió apenada por primera vez ante él, esperó que él la viera bonita, atractiva.
—Lo compré el fin de semana —contestó ella.
—Es muy lindo —comentó Milo.
Laureta sonrió, así que haber pasado varias horas en las tiendas el sábado había valido la pena.
—Gracias.
—Voy a tener que protegerte de todos los hombres que te van a estar asechando hoy. Me hubieras dicho para traer un rifle o algo —dijo Milo, juguetón.
Laureta rió, no podía enamorarse más de este chico, ya era imposible quererlo más.
—Milo, no me importan otros chicos.
Y sí, con eso dicho, Laureta se acercó y lo besó. Sí, sin preámbulo, sin permiso, sin contexto romántico, sin violines de fondo. Para su sorpresa, Milo respondió el beso después de unos segundos. Laureta estaba segura que era el primer beso de ambos, y se sentía bien, muy bien.
Ese año no fueron al baile de primavera, ese beso los obligó a entrar de nuevo al departamento de Laureta y dejar que sus cuerpos hablaran.
Sí, Milo había sido el primer hombre al que Laureta se había entregado, al que le había dado su primera vez, así como ella había sido la primera vez de Milo. Había sido extraño, raro, había muchos nervios de parte de los dos, pero cuando sintió a Milo dentro, los ojos de Laureta se llenaron de lágrimas por un instante, ella realmente amaba a este chico, y se sentía completa al fin.
Al terminar, los dos se quedaron recostados en el sillón, la cabeza de Laureta recargada en el pecho de Milo, ya empezaba a anochecer. Estuvieron en silencio un buen rato.
—¿Te gustó? —Laureta preguntó, quería romper el silencio a como diera lugar y realmente quería saber si había sido tan especial para él como lo fue para ella.
—Laureta —Milo dijo en un tono tan bajo que Laureta casi no lo escucha. Milo sujetó el cuerpo de Laureta de pronto, casi como si quisiera abrazarla o protegerla—. ¿Puedo decirte algo?
Laureta levantó su cabeza del pecho de Milo para mirarlo a los ojos.
Milo prosiguió, su voz suave todavía, le dijo a ella a los ojos:
—No hay nadie más importante en mi vida que tú, lo sabes. Te amo tanto que esto que acaba de pasar… tenía que pasar tarde o temprano, me alegra que hayas dado tú el primer paso. Ningún chico iba a cuidarte como te mereces y quería que tú fueras mi primera vez porque eres la persona en quien más confío y, sobre todo, la mujer de mi vida… —Milo suspiró antes de decir—: pero tengo que confesarte algo.
—Te escucho. —Laureta sentía su corazón latiendo a mil en su pecho.
—Me gustan los hombres.
Silencio.
Y así había sido, Laureta siempre recuerda ese momento con una sensación agridulce, jamás se arrepentirá de haberle otorgado un momento de su vida tan importante a Milo, como Milo le comentó: no había nadie más importante para ella que Milo, así que había sido lo correcto para ella, entregarse a su primer amor.
En aquel momento, Laureta sólo regresó su cabeza al pecho de Milo hasta que se quedó dormida por las lágrimas. Milo no dijo nada más, sólo la sujetó con cariño. Cuando Laureta despertó, Milo ya se había ido.
Laureta lloró muchísimo los siguientes días, se sintió devastada por la noticia e incluso hubo una separación entre ambos de semanas, pero al pasar algo de tiempo, vio las cosas de diferente manera y terminó por agradecer la sinceridad de Milo.
Tiempo después, Milo empezó a salir con chicos y Laureta también, al fin ella entendió que sus caminos estaban entrelazados hasta la muerte, pero no de esa manera.
o-x-o
Y de la nada, un día estando en un bar, Milo llegó a decirle que había conocido a alguien. Laureta pensó que era como los otros chicos con los que Milo había salido, pero no, en realidad este nuevo chico tenía algo especial, según palabras de Milo.
Y sí. Esta vez era distinto, Laureta se percató: cada día veía a Milo menos tiempo y, los pocos momentos que compartían, Milo se la pasaba hablando del famoso Camus.
Laureta lo odiaba, lo odiaba desde el primer momento que Milo se lo había mencionado. Claro que antes Milo había salido con otros chicos, pero jamás Milo había estado así de… enajenado con alguien, ni siquiera con los novios que tuvo más guapos. Nunca se lo mencionó a Milo, pero al principio, Laureta rezaba todas las noches para que el tal Camus tuviera un accidente o lo llamara el ejército o cualquier cosa para alejarlo de Milo… pero nunca pasó.
El día que finalmente Laureta aceptó lo que estaba sucediendo, fue un día saliendo de la escuela, ella y unas amigas decidieron ir al parque viejo de la ciudad, un parque rodeado de fábricas.
Al llegar, Laureta divisó dos figuras a lo lejos, se separó un poco de sus amigas para acercarse más a las siluetas porque una de ellas le parecía demasiado familiar.
Efectivamente, cuando estuvo a unos metros de distancia, escondida para que no la vieran, se quedó pasmada observando la escena frente a ella: Camus sentado en un columpio viejo con Milo sentado sobre sus piernas, platicaban de algo, Laureta no alcanzaba a escuchar, pero la mirada de Milo… lo decía absolutamente todo. Había devoción en esos ojos, había entrega, había algo que le calaba las entrañas a Laureta. Milo miraba a Camus como jamás la había visto a ella, ni a nadie más. Estaba totalmente absorto y perdido mirando a Camus. Y la mano de Camus sobre la espalda de Milo, descansando ahí, de alguna forma deteniéndolo para que no se cayera, mostrando su posesión, su unión… fue más que claro para Laureta.
Ella jamás había compartido un momento tan íntimo con Milo, ni en el pasado, ni en el presente. Jamás.
o-x-o
Y sí, Camus era un patán la mayoría de las veces, al principio de su relación hizo sufrir mucho a Milo; sin embargo, Laureta cambió de opinión cuando Camus fue a buscarla al bar y admitió que amaba a Milo. Eso era lo único que ella había querido escuchar desde que Milo le contó de él. Incluso ese día, Camus la había llevado a casa a pesar de que ella estaba en un estado no muy conveniente por el alcohol.
A partir de ese día, ella lo respetó y el intenso odio fue desvaneciéndose.
o-x-o
—Necesito hablar contigo.
Esas palabras había escuchado Laureta al contestar su teléfono. Milo se escuchaba al borde de las lágrimas del otro lado de la línea.
—¿Qué pasa? —Laureta preguntó, preocupada de inmediato. Ella estaba en el departamento de Milo, de hecho, habían quedado de estudiar juntos para el examen de psicología del viernes, Milo ya tenía una media hora de retraso, pero ella pensó que con lo distraído que había estado Milo últimamente era normal que no hubiera llegado puntual.
—Acabo de hablar con él —dijo Milo y pareció el anuncio de un hecho catastrófico.
Laureta dejó de respirar. Sí, sabía que ese 'él' se refería al maldito de Camus. Sí, maldito, porque a pesar de que ellos dos habían tenido sus altas y sus bajas, en toda su relación no había visto a Milo tan mal como en estas últimas semanas.
Laureta sabía que habían tenido una etapa enfermiza de sexo y no sabía qué otras cochinadas, pero que lo habían de alguna forma resuelto, es más, hasta Milo le dijo que se mudaría al departamento de Camus, pero habían vuelto a pelear y las dos últimas semanas, Milo había estado sumamente mal, parecía un pordiosero, un fantasma, un cadáver viviente.
Camus no quería hablar con Milo y Laureta había cachado varias veces a Milo siguiéndolo, acechando a Camus por los pasillos. Laureta odiaba verlo así, tan desolado, tan deprimido. Milo estaba hecho pedazos, literal.
—¿Qué te dijo? —Ella preguntó.
—Le pedí disculpas, él pensó que lo seguía, y le pedí disculpas por lo que nos hemos convertido, él se veía tan… y no me dejó hablar cuando quise decirle lo que sentía. Me preguntó si lo estaba siguiendo y no lo hago, Laureta, yo no… es que no es mi intención, no puedo evitarlo.
—Milo, no entiendo. —Laureta dejó a un lado el libro que leía para escuchar lo que Milo trataba de decirle.
Milo suspiró, su voz más angustiada todavía, pero siguió hablando con velocidad:
—Estaba caminando detrás de él, y volteó y me dijo que qué quería. Escuché su voz después de tantos días. Me habló Laureta —dijo Milo, su voz alterada, estaba sorprendido que Camus le hubiera dirigido la palabra.
Laureta sentía ganas de llorar, le dolía que Milo estuviera pasando por esto, incluso llegó a pensar que a lo mejor la relación de ellos había terminado después de todo lo que había sucedido entre ambos.
—¿Y qué le dijiste tú?
—Traté de pedir disculpas, él se veía tan… si lo hubieras visto, es un dios, mi dios. Y se acercó a mí, y estaba usando delineador en los ojos, y hoy es cinco, eso tiene que significar algo, ¿no crees?
Laureta luchaba por entender, por seguir el hilo de la conversación entre la agitación de Milo.
—¿Y después?
—Me dijo… me dijo que no quería que lo siguiera más, pero no lo hago, tengo que explicarle que no lo hago, es como un imán, me jala hacia él, no puedo evitarlo, tengo que decirle que no puedo separarme por voluntad. ¿Qué hago? Me dijo que va a olvidarme si esto sigue.
No pasó desapercibido para Laureta cómo se quebró la voz de Milo en las últimas palabras. Ella llevó su mano a su pecho. ¿Camus le había dicho eso? ¿Por qué? ¿Por qué decir algo tan doloroso?
—Milo, esto está fuera de control.
—No sé qué hacer. —Al fin Milo hablaba en velocidad normal, ahora se escuchaba cansado.
Laureta deseó poder meterse en el teléfono y viajar hasta donde Milo estaba, abrazarlo.
—¿En dónde estás?
—En la calle. Estoy caminando hacia el departamento de Camus.
—Milo — dijo Laureta con tristeza—. Es de madrugada, ten cuidado.
A Milo no parecía importarle la hora.
—¿Qué hago? Ayúdame. Moriré si me olvida.
Laureta suspiró, si él supiera que ése era su mayor terror también, que Milo la olvidara…
Aquí estaba de nuevo, el ciclo de siempre, Milo y Camus peleando, Milo pidiéndole consejo, ella queriendo decirle que lo mandara al diablo de una vez por todas y que empezara una relación sana con alguien más (incluso ella, para qué negarlo).
Esta vez la relación de ellos ya estaba más dañada, esta última pelea había sido fulminante y los había separado por demasiados días, como ninguna otra pelea, pero Laureta sabía lo que Milo sentía y ella sabía, muy dentro de su corazón, que Milo jamás amaría a nadie más así.
—Ve con él. ¿Tienes las llaves de su departamento todavía?
—Sí.
—No le des opción a que se vaya. Entra a su departamento, usa la llave. Habla con él, pregúntale sobre su relación, dile lo que sientes.
—No sé si podré soportar que me rechace —Milo te confesó, su voz exhausta.
Laureta mordió su labio inferior.
—¿Milo? Quiero hacerte una pregunta.
—Dime. —La voz de Milo del otro lado de la línea era débil.
—Alguna vez me dijiste que yo era la mujer más importante…
Milo la interrumpió:
—Lo eres.
—Lo sé, pero quiero preguntarte algo. ¿Camus es el hombre de tu vida?
La respuesta fue igual de inmediata:
—Sí.
—Entonces no dudes, ve. Habla con el amor de tu vida. Tú tienes la oportunidad de ser correspondido, así que aprovéchala.
Laureta no escuchó nada del otro lado de la línea. No supo si Milo había entendido lo que ella había querido decir, esperó que Milo no hubiera notado la tristeza en sus palabras.
Después de lo que parecieron años, Milo dijo:
—Lo siento tanto, Laureta. A veces quisiera que hubieras sido tú, no sabes cómo lo deseo a veces, hubiera sido increíble tú y yo… sin duda sería más feliz.
Él había entendido lo que ella había querido decir. El corazón de Laureta se sintió más desolado aún. Amaba tanto a Milo, pero no estaban destinados a estar juntos y ella tenía que vivir con eso por el resto de sus días.
—Si la próxima vida no eres mi pareja, no me importa, voy a secuestrarte en un sótano y violarte diario aunque no quieras, te lo aviso. —¿En qué momento había empezado ella a llorar? Dijo las palabras con humor, pero las lágrimas rodaban por sus mejillas al decirlas.
Milo también por fin rió un momento, o algo se escuchó como risa.
—Gracias, princesa, por quererme así —dijo Milo del otro lado de la línea.
Laureta al fin sonrió desde que la conversación había empezado, y más que nunca anheló haber nacido en otro cuerpo: un cuerpo masculino, de cabello y ojos azules, y deseó que la hubieran bautizado con el nombre de Camus.
—Ve. Platiquen. Después me cuentas qué sucedió.
Laureta imaginó a Milo asintiendo con la cabeza.
—Te amo —dijo él.
Aunque para ella ese te amo no significaba lo que ella deseaba con toda su alma que significara.
—Y yo a ti.
Milo cortó la llamada. Laureta lo imaginó apresurando el paso para llegar más rápido al departamento de él.
Ella se quedó con el teléfono en la mano por unos minutos más. Después colgó y se fue hacia la recámara de Milo, donde se recostó sobre su cama y lloró como tantas veces por algo que jamás tendría. Toda la noche se quedó esperando que Milo volviera, pero él no regresó, supuso que Camus lo había recibido, que habían hablado, que todo había mejorado. Ella les deseaba lo mejor, en verdad que sí, por Milo, pero eso no le disminuía el dolor interno.
Laureta siempre sería la mujer de su vida… título que sólo le sabía a amargura, que nunca sería suficiente para ella.
