Música: Por el tipo de trama de este anexo, necesité algo ruidoso, festivo, empalagoso. Así que estuve escuchando mucho a David Guetta, la canción Memories (Feat, Kid Cudi).

Notas: Este anexo se iba a ir a la basura, ya tenía gran parte escrita, pero no lograba redondearlo, así que estuvo guardado varias semanas. Finalmente estos días algo de inspiración llegó y creo que pudo salvarse. Espero les guste. Gracias a Melissia y a Kimiko Ivanov que leyeron de inmediato el anexo anterior, aquí hay uno nuevo, gracias por sus comentarios y por seguir al pendiente de mí, besitos, lindas.

Anexo VI

POV: Milo

Era de noche, la luna enorme frente a ti, las lunas gigantes de octubre iluminaban las calles más que la luz de las lámparas; esa impresión tenías desde el asiento de tu auto mientras manejabas.

Tenías ganas de decirle a Camus que ir a su departamento era como morir, ya era la tercera semana que recorrías esta nueva ruta: el camino hacia el departamento de Camus, un camino nuevo, glorioso. Desde el día uno habías conocido su departamento, y mientras más pasaban los días, más ocasiones venías hacia acá a verlo.

Tres semanas solamente de aquella parada de autobús, ese día había sido el más importante de tu vida, ojalá hubieras sabido con antelación que ese día conocerías a Camus, te hubieras vestido diferente, arreglado más, hubieras grabado en incógnito cada segundo para atesorarlo hasta el final del universo.

Los cinco días que duraba la semana escolar se te hacían eternos para volver a ver a Camus otra vez, ansiabas con desesperación que llegaran los fines de semana. ¿Para qué servían las horas y los minutos si no estaba él a tu lado? Te parecía un desperdicio mundano el pasar de los días sin verlo.

Hoy viernes estabas emocionado porque Camus te había invitado a una supuesta fiesta de Halloween, una fiesta del —Sótano—, lugar al que Camus iba cada viernes desde no sabías cuánto tiempo. En la semana se habían cruzado en el pasillo de la escuela y él te había preguntado si tenías planes para el fin, tu único plan era él, su presencia, tener el placer y dicha de verlo, así que por supuesto dijiste que no y te sentiste un campeón cuando te comentó lo de la fiesta, que él te considerara en sus actividades de fin de semana se sentía como un premio, como tener éxito en la vida, te volvías a sentir vivo.

Estabas ahogado en lo que sentías por Camus, aún vivías con el miedo de que todo esto que estaba sucediendo fuera un sueño, era demasiado bueno para ser verdad. Él era demasiado perfecto para ser de carne y hueso.

x-o-x

Al subir las escaleras que te llevarían a su departamento ya en el edificio de su casa, te preguntaste si tu disfraz no estaba muy exagerado para la ocasión. Cuando Camus te dijo que habría un Halloween, inmediatamente pensaste en un disfraz, aunque hasta ese preciso instante caíste en cuenta que nunca en realidad le preguntaste si la fiesta iba a ser de disfraces o no.

Te detuviste en seco en un escalón y miraste tu atuendo. ¿Y si no era de disfraces?

x-o-x

La puerta del departamento de Camus se abrió.

Unos ojos te recorrieron de arriba a abajo.

—¿Milo?

—Hola, Saga —Tu voz ahogada un poco en tu garganta, no sabías que ellos estarían aquí. Pensaste que sólo irían tú y Camus a la fiesta, pensaste que sería una especie de cita.

—Adelante. —Saga sonrió.

¿Por qué Camus no te dijo que estarían ellos aquí? ¿O ésta sólo era una reunión de amigos?

—Gracias. —Entraste al departamento.

—¡Una mariposa rockera! Estupendo. —Vino la otra voz desde dentro del departamento. Kanon dijo con entusiasmo e inmediatamente se acercó a ti y te extendió la mano para saludarte.

Saludaste a Kanon. Buscaste alguna ventana con la vista, la opción de aventarte por ella y salir huyendo parecía muy tentadora.

Hasta ese momento viste salir a Camus de su habitación. Aún se te entrecortaba el aliento al verlo, no podías explicar lo mucho que te gustaba Camus, no exagerabas al decir que jamás habías visto un ser humano tan exquisito como él. Era como verlo en una película, moverse en cámara lenta con gracia y belleza inmaculada, a un paso de ser etéreo. Si el amanecer se hiciera humano, se convertiría en Camus: iluminaba, radiaba, brillaba.

Y no, no estaba disfrazado, como tampoco ninguno de los iguales.

Maldición.

—¿Milo? —dijo Camus, extrañado, caminando hacia ustedes.

—Pensé que la fiesta era de disfraces. —Morías de vergüenza. Te iba a dar un infarto por la falta de sangre en las venas, se te había ido a los pies.

Camus llegó hasta ti y te dio un pequeño beso en la mejilla de recibimiento, enfrente de sus amigos, bueno, con eso bombeó de nuevo sangre por tus venas y arterias, ya no te desmayarías al menos.

—Está fantástico tu disfraz de hada —mencionó Saga.

Ya los tenías a los tres rodeándote en un círculo.

—Soy un elfo —lo corregiste, apenado aún.

Laureta te había ayudado a disfrazarte: ella te había alaciado el cabello con una plancha; con cera y silicón y no sabes qué otros materiales, te había puesto orejas picudas y una nariz dos milímetros más puntiaguda que la tuya, había emparejado con maquillaje las orejas y nariz con el color de tu piel; te había pintado los ojos con sombras moradas obscuras, casi negras, y sobre la parte superior de tus mejillas tenías una leve capa de brillantina blanca; tus labios los pintó de color piel, dijo que sólo quería resaltar tus ojos. El atuendo había sido sencillo: jeans ajustados negros, una playera negra, y una capa negra, que te llegaba a la cadera, que Laureta tenía entre sus curiosidades.

—No sabía que tenías el cabello tan largo. —Kanon tomó un mechón de tu cabello entre sus dedos.

Y sí, con el alaciado, tu cabello pareció crecer unos centímetros más, casi te llegaba a la cintura. Te sentiste intimidado por la confianza con la que los iguales te trataban, como si llevaras años de conocerlos.

—Creo que voy a cambiarme y regreso —sugeriste. Te reprochaste mentalmente por no preguntarle nunca a Camus sobre los disfraces, sólo lo diste por hecho, y ahora estabas bajo el escrutinio de los amigos de tu novio, bueno, Camus todavía no era tu novio, pero estabas en intenciones de que así fuera.

—No seas absurdo —Saga dijo—. Es más, vámonos ya, la fiesta seguro ya comenzó.

Kanon asintió con la cabeza y añadió:

—Estás magnífico, vamos.

Kanon y Saga fueron a tomar sus cosas.

—Voy a cambiarme y los alcanzo allá —le dijiste a Camus cuando los iguales ya no estuvieron cerca.

Camus negó con la cabeza.

—Ni lo pienses.

x-o-x

El Sótano era justamente eso, un espacio subterráneo de una casa lleno en su mayoría de utilería; sin embargo, este sótano era bastante amplio, podrían entrar unas 40 personas aproximadamente.

Por ser el festejo de Halloween el lugar estaba decorado con calacas, arañas y calabazas de plástico, había velas en ciertas partes, incluso había dos focos con luz roja, y claro, música a alto volumen.

Después de descender por una escalera, caminaron entre la gente y se sentaron en un viejo sillón con espacio para tres personas, Kanon se sentó sobre las piernas de Saga para que pudieran entrar los tres: tú te sentaste en la orilla del sillón, de lado derecho; Camus en medio, y los iguales en la parte izquierda.

No conocías a ninguno de los presentes, reconocías a varios de la escuela, pero nunca habías hablado con ninguno de ellos.

Se acercó alguien a saludar a los iguales y en ese mismo instante una chica se acercó a ti, te preguntó si querías bailar, dijiste que no… te sorprendió que se acercara casi al momento de que te sentaste, aún te estabas acomodando cuando la chica te propuso bailar; te molestó la osadía de su invitación. La chica se fue y a los dos minutos, llegó otra más a pedirte lo mismo.

—Eres la sensación —Saga comentó cuando la segunda chica se fue.

—Los deslumbraste, hadita —dijo Kanon.

Te asombraba la familiaridad con la que te traban los iguales, sólo los habías visto dos o tres veces con anterioridad, siempre a lado de Camus, como guardianes.

—¿Quieren algo de tomar? —Camus intervino, alzando su voz para que los iguales lo escucharan. Después se dirigió a ti en voz más baja:

—¿Te traigo algo?

—Cerveza —dijo Kanon.

—A mí igual —respondió Saga.

Camus te miró esperando tu respuesta.

—Yo te acompaño —dijiste. Te levantaste del sillón junto con él.

Camus abría paso entre la gente y tú ibas detrás de él. Después de esquivar a algunas personas, Camus se detuvo en la caminata. Alguien lo estaba saludando de mano, después él volteó a verte y estiró su brazo para que te acabaras de acercar a él y escucharas la conversación.

—Te presento a Máscara de la Muerte —Camus te dijo cerca del oído para que pudieras escuchar, sí, un gran escalofrío recorrió tu espina por la cercanía.

Hasta ese momento enfocaste la cara del chico frente a ustedes. Estiraste tu mano para tomar la del chico.

—Mucho gusto, soy Milo. —Se te hizo curioso su nombre, ¿o sería que le decían así por ser Halloween?

—El gusto y placer es mío, querido. —Sostuvo tu mano más del tiempo requerido, no te soltaba—. Ésta es tu casa. —Quisiste soltar su mano, pero el agarre era fuerte—. Todos en la fiesta están hablando de ti, te ves muy bien. —Al fin te soltó.

—Pensé que era de disfraces —comentaste, aunque sonó más bien como una disculpa.

—Debí haberla hecho así porque eres un éxito con ese disfraz. En serio, parece que saliste de un cuento, varios me han preguntado quién eres, creo que vas a salir con varios números de teléfono esta noche.

Camus lo interrumpió:

—¿Y dónde está la barra?

Máscara de la Muerte miró a Camus, sus facciones indicando sospecha.

—¿Dije algo malo?

—No, es sólo que tengo sed —respondió Camus.

—Está por allá. —Máscara de la Muerta señaló hacia una de las esquinas del lugar.

—Bien. —Camus le dio una palmada en el hombro a Máscara de la Muerte, dio un paso para empezar a caminar hacia la barra, tú caminaste detrás de él.

x-o-x

Al fin llegaron a la barra, se acercaron con uno de los tres chicos que estaban detrás de la gran barra, que más bien era una hilera de dos mesas juntas y no tanto una barra.

—¿Qué te sirvo, guapo? —El chico de la barra se dirigió directamente a ti.

—Queremos cuatro cervezas —dijiste.

El chico de la barra te guiñó el ojo y fue hacia la pila de cajas detrás de él para servir el pedido.

—¿Qué voy a hacer contigo? —Camus te dijo de pronto, su tono de frustración, pero había una sonrisa en sus labios.

—¿A qué te refieres?

—Podrías tener al que quisieras esta noche —Camus comentó.

Te encogiste de hombros, no supiste cómo tomar su comentario, ¿te estaba retando? Te costaba leer al chico de la parada de autobús.

—Sí, hay muchas opciones, quizá sí me lleve algunos teléfonos —dijiste con un suspiro, como si realmente lo estuvieras considerando.

El chico regresó con las bebidas. Tú tomaste dos cervezas en tus manos y Camus tomó las dos restantes. Camus volteó a verte y dijo:

—Más te vale que no lo hagas.

Sonreíste.

Regresaron al sillón donde habían estado sentados, pero ya había otras personas ocupando los asientos. Los iguales estaban recargados en una pared, a unos metros del sillón, ustedes caminaron hacia allá. Entregaron las respectivas bebidas a los iguales.

Camus recargó su espalda sobre la pared y con su mano libre tomó tu cintura y te acercó a él, giraste un poco para recargar parte de tu brazo y espalda sobre su pecho. No ibas a moverte ni un milímetro para no romper la posición, no ibas siquiera a respirar si fuera necesario.

—Brindemos —Kanon comenzó—. Quiero brindar esta noche por otro Halloween juntos.

Kanon y Saga alzaron sus vasos llenos de cerveza.

—Brindo por el alcohol, la música, Halloween y la amistad —dijo Saga.

—Yo quiero proponer un brindis también —Camus agregó, alzando su vaso—, brindo por los elfos mágicos de esta noche.

¿Así que eras un elfo mágico? Te gustaba, quizá sí había valido la pena el tiempo invertido en el disfraz.

—¡Salud! —dijeron los cuatro.

x-o-x

Las horas habían pasado. La fiesta se encontraba en su mejor momento: todos platicando con mucho alcohol en su sistema, otra gente abandonándose al ritmo de la música.

Los iguales bailaban juntos casi al centro de la pista.

Tú seguías en la misma posición, recargado sobre el pecho de Camus, mirando al frente, viendo a la gente. Sin embargo, perdías la visión de las personas por enfocar tu atención al contacto de Camus con tu cuerpo, ardía tu piel con su toque, era enloquecedor sentirlo tan cerca de ti, la emoción de estar con él te daba ansiedad, ese hoyo en el estómago era inquietante.

Te moviste un poco para poder ver su rostro con claridad, arriesgaste tu posición, pero por fortuna Camus no se movió de tu lado. Camus hizo contacto con tus ojos y sostuvo tu mirada.

—Gracias por invitarme —le dijiste. No podías concebir algún otro lugar en ese preciso momento en el que quisieras estar.

—No me agradezcas, tenías que estar aquí.

—En serio, ha sido el mejor Halloween en mucho tiempo —confesaste. Y no era tanto la fiesta en sí, más bien él ahí contigo era lo que lo hacía lo máximo.

Camus sonrió levemente y dijo:

—Estoy de acuerdo.

Y si pasaba un segundo más y no lo besabas ibas a morir, sí, así de drástico y letal, ibas a fallecer en plena celebración en un sótano de una casa cualquiera. De tal modo que te acercaste a sus labios y los tomaste delicadamente entre los tuyos… cerraste tus ojos para concentrar toda tu atención en ese instante, sí, querías tener tus cinco sentidos sometidos al sentido del tacto.

Sentiste a Camus respondiendo a tu beso. Sus labios también tomando tu labio inferior con suavidad, como si tus labios fueran a quebrarse en cualquier momento. Esto no podía ser real, en verdad que no, sentir algo así de fuerte y poderoso en tu pecho era una ilusión.

Seguiste probando sus labios, Camus sabía a estrellas, a pequeñas estrellas con sabor a vainilla, querías impregnar cada centímetro de tu boca con ese sabor.

Camus te mordió tu labio inferior, sentiste una leve presión, pero con eso bastó para que buscaras sus labios con más urgencia, casi con necesidad. El beso se convirtió en más pasional, más instintivo, más gutural.

Jamás habías experimentado este sentimiento a tal grado: tenías a Camus clavado en el corazón, sí, así de simple, se enterró en la parte más honda, en el mismísimo espíritu.

De pronto, alguien a un lado de ustedes dijo:

—Vaya, hasta que volviste a aparecer. —El comentario obviamente fue dirigido a Camus, el beso entre ambos se rompió de inmediato.

Camus y tú voltearon a ver al sujeto: cabello lila, ojos verdes, piel blanca.

—No te recuerdo. —La voz de Camus fue tajante, fría, cambió ciento ochenta grados en medio segundo.

El chico insistió:

—Hace un mes. Aquí mismo.

—Ni idea de quién eres —Camus no tardó en contestar.

—Acuérdate. —El chico incluso dio un paso más, su tono más agresivo.

Camus se separó de la pared y con su movimiento, tú también tuviste que moverte, Camus te tomó de la cintura y te guió delante de él, alejándose los dos del chico insistente.

A los tres pasos, sentiste que Camus se separó de ti, el chico lo había tomado del brazo, deteniendo su huida.

—En serio, déjame tranquilo. —Escuchaste a Camus decir, soltó su brazo del agarre del muchacho.

—Te gusto, no finjas. —El chico volteó a agarrarlo del brazo.

Camus se soltó de nuevo de un movimiento y volvió a acercarse a ti para seguir caminando. Camus te dirigió hacia la pared del otro lado del lugar, caminaron de nuevo entre toda la gente, encontraron un lugar vacío y pararon ahí.

El chico apareció de entre los cuerpos bailantes.

—Piérdete —Camus le dijo, su voz fría, hasta a ti te caló los huesos.

—Te has acostado con la mitad de sujetos en esta fiesta, ¿ahora resulta que no lo recuerdas? —dijo el chico, estaba furioso, alterado.

Te sentiste mal por el chico, te recordaste a ti mismo en la misma situación. Recién cuando conociste a Camus, lo habías visto en el bar, habías ido a reclamarle por qué no te había llamado, lo acosaste de la misma manera, tenías tanto coraje por su desprecio e indiferencia ese día que habías tomado su brazo y escrito tu teléfono con rudeza sobre su piel. Esa noche él te invitó de nuevo a su departamento. ¿Cuántos más le hacían este tipo de dramas a Camus? ¿Cuántos más se llevaba él a su cama después de que lo asediaban?

—No tengo por qué darte ningún tipo de explicación —Camus dijo.

El chico se dirigió a ti por primera vez:

—Estuvo conmigo y no sabes cómo lo gozó, cada semana es uno nuevo… así que toma tu turno, imbécil.

Camus dio un paso al frente, interponiéndose entre el chico y tú, protegiéndote. Dijo con voz ronca y dura:

—Vamos a dejar las cosas claras. Uno: vuelves a hablarle así o dirigirte a él y te voy a romper todo lo que tienes por cara. Dos: dices que eres uno de los tantos con los que he estado, la verdad ni siquiera lo recuerdo, así que debes ser bastante malo; no dudo que yo haya sido el mejor para ti, pero ya supéralo. Tres: estoy en medio de una cita y es muy desagradable tu forma de rogar, así que hazte un favor, deja de dar lástima y déjanos tranquilos.

Los ojos del chico se veían rojos, lastimados, desesperados, incluso había tristeza ahí.

Pasaste saliva, tenías la boca seca.

El muchacho bajó la mirada y finalmente se marchó.

Suspiraste en alivio, sentías tu corazón latiendo a mil, tendrías una taquicardia en cualquier momento.

Camus giró a verte hasta que el chico se perdió entre la gente y era ya imposible verlo.

—Lo siento, no sé de donde…

Lo interrumpiste:

—¿Cuántas veces has pasado por esto? —No le estabas reclamando, sólo tenías curiosidad e inquietud. ¿Cuántos corazones había roto?, ¿cuántos más habían pasado por su cama y se habían creído importantes en la vida de Camus?, ¿cuántos más tenían la esperanza de conquistarlo?, ¿cuántos más se habían quedado esperando una llamada de él, alguna señal de interés de su parte?

—Milo, no tiene importancia.

—¿Cuántos más se van a acercar hoy? —Al llegar aquí te habías sentido un poco acosado, pero quizá Camus era más acosado que tú y no necesitaba ningún disfraz.

—No lo sé, como tampoco sé cuántos más te van a coquetear a ti esta noche —Camus contestó, pero no estaba enojado, al contrario, su voz era suave al responder—. Pero aclararé las cosas cada vez que sea necesario.

—¿Vas a aclararles que fueron un acostón insignificante para ti? —preguntaste.

—No, voy a aclararles que ya estoy acompañado. —Dio un paso para quedar a sólo centímetros de distancia de ti—. Milo, la etapa de búsqueda terminó. —Se acercó y dejó un beso en tus labios, apenas un toque de sus labios sobre los tuyos, una caricia más que nada.

El toque de sus labios desató una ráfaga de deseo indescriptible en ti, te acercaste y besaste lentamente sus labios.

Era un mensaje para todos esos ojos de las personas de la fiesta que los miraban, Camus te había encontrado y, claramente, tú lo habías encontrado a él, todo lo demás sobraba.

x-o-x

Al llegar al departamento de Camus, apenas pudieron llegar a la puerta. Los iguales se habían quedado más tiempo en la fiesta, lo cual agradeciste porque así te habían dejado a solas con Camus.

Camus y tú se estaban devorando el uno al otro. Sí, devorando. Cuando por fin pasaron por la puerta y Camus la cerró detrás de ustedes, Camus inmediatamente empezó a quitarte la capa y tu playera, tú alzaste tu mano con la intención de despegar las orejas postizas que Laureta te había puesto, pero Camus detuvo tu mano con suavidad.

—No. —Su respiración era agitada—. Nunca lo he hecho con un ser mágico. Déjalas.

Sonreíste.

—No sabía que te excitaba tanto un elfo, Camus.

—Luces… —Se acercó de nuevo a ti y empezó a besar tu boca, tu barbilla, tu cuello—. No puedo más...

Te sorprendió escuchar su voz, sonaba grave, sobrecargada, llena de… urgencia.

—¿Te gusta cómo me veo? —Tu boca ya estaba seca para ese momento.

Tus manos fueron detrás de su cuello, querías besarlo de nuevo. Camus dejó que tus manos guiaran su rostro y se acercó de nuevo a besarte con hambre. Su mano subió por tu pecho hacia tu cuello también, en cualquier momento un pedazo de tus labios iba a romperse.

Él rompió el beso y terminó de quitarte los pantalones y ropa interior con las manos. Tú también quisiste empezar a quitarle la ropa, pero él te detuvo de nuevo.

—No. Se trata de ti —te dijo. Y ahora estabas completamente desnudo ante él—. Quiero verte. —Camus dio un pequeño paso hacia atrás, viendo todo tu cuerpo.

Su mirada despertó una sensación en tu vientre.

—Ven —murmuraste. Tomaste su muñeca y lo jalaste de nuevo a ti, querías seguir besándolo, no podías calmar tu deseo de besarlo, de sentir su boca, de probarlo. Él pareció entender porque dejó que lo besaras por varios minutos, te dejó disfrutar su sabor, que poco a poco se estaba impregnado en tus labios.

—Un humano y un elfo —dijo al romper el beso. Su tono incrédulo, como si en verdad tú fueras un elfo—. Tan bello…— Creíste escuchar que dijo en un susurro.

Mirándote a los ojos, se puso de rodillas frente a ti.

Cerraste los ojos con anticipación. Sí, Camus tomó tu erección en su boca.

La sensación fue abrumadora, estabas vibrando de deseo, por dentro quisiste que se detuviera, ibas a terminar demasiado pronto. Se separó de ti y dijo:

—Todos querían hacerte esto en la fiesta, pero… —Negó con la cabeza y volvió a tomarte en su boca. Sentías su lengua húmeda rodeándote por todos lados, era una delicia lo que estaba haciendo y si no se detenía ibas a estallar, en verdad.

—Camus… —El placer era muy intenso. No ibas a aguantar más.

Él siguió succionando sin detenerse y cuando empezaste a venirte, él sacó tu miembro de su boca y lo recargó en la comisura de su boca por lo que el resto del líquido quedó en sus labios y se deslizó por su barbilla.

Temblabas. Verlo con tu semen en el rostro te quitó el aliento. Acababas de venirte y sentiste que tu interior se contraía de nuevo sólo de verlo: manchado de ti, tatuado por ti.

Él se levantó del piso y te besó de nuevo, sentiste un poco del líquido cálido embarrarse en tu propia barbilla y un sabor salado llegó levemente a tu boca.

—Prueba la magia —Camus dijo.

De las pocas veces que habían estado juntos, ésta era la primera que Camus hablaba tanto, no sabías si era el alcohol que habían consumido en la fiesta o si realmente le había gustado tanto tu disfraz, pero estabas extasiado con lo que te decía y estabas más que feliz de participar en la fantasía.

—Quiero que tú termines también —le dijiste, tu respiración rápida aún, descendiendo de tu orgasmo.

Él asintió con la cabeza y tomó tu mano, te llevó hacia el área de la cocina, y te hizo sentarte sobre la barra del desayunador, tus pies colgaban de la barra. Él se sentó en uno de los banquillos y sin aviso o consentimiento volvió a tomarte en su boca, no esperabas que te volviera a hacer sexo oral.

En unos segundos tu erección estaba otra vez presente, no creías que tu cuerpo pudiera reaccionar con este acelere, pero con las habilidades de Camus, era casi imposible no responder de nuevo.

Esta vez él se tomó un largo tiempo, no supiste si fueron diez o quince minutos lo que llevaban, los movimientos de su lengua relajados, casi como caricias, como un niño jugando con una paleta .En algún momento te preguntaste si su mandíbula no le causaba dolor, pero no dijo nada, parecía estar disfrutando el momento al igual que tú.

Finalmente, el ritmo de sus acciones fueron incrementando y sólo sentir que estaba apresurando su cadencia fue necesario para sacarte del hechizo en el que estabas y volver a explotar en su boca. Esta vez todo tu semen se quedó en su boca y entre ojos a medio cerrar notaste cuando pasaba el líquido por su garganta.

No te dio mucha oportunidad de recuperarte porque al siguiente momento, él te estaba poniendo de pie y girando tu cuerpo para que le dieras la espalda. Acto seguido, escuchaste el cierre de su pantalón descender, no se tomó la molestia de quitarse el cinturón o quitarse por completo los pantalones, simplemente te inclinó un poco al frente con delicadeza y lo sentiste entrar en ti.

Después de cinco empujes continuos y certeros, Camus se vino dentro de ti.

Esperaste hasta que descendiera del estallido y él finalmente salió de tu cuerpo.

—Cama —balbuceó cuando volteaste a verlo.

Asentiste con la cabeza con una leve sonrisa dibujada en la boca.

x-o-x

Al llegar a la habitación de Camus, él fue inmediatamente a la cama, tú le preguntaste si podías utilizar su baño y él asintió con la cabeza. Te lavaste la cara para retirar el maquillaje y con ayuda de papel mojado retiraste las orejas y nariz postizas.

Al salir del baño, Camus ya estaba recostado en la cama con las cobijas hasta su cintura, su pecho desnudo, pero sus ojos ya casi cerrados al borde de quedarse dormido. El cuarto en penumbra, ya la luz estaba apagada.

Te acercaste y te metiste a la cama.

—Eso estuvo bien —le dijiste en voz baja.

Él giró en la cama para verte de frente. Te dijo en un murmullo, el sueño venciéndolo:

—Los elfos eran dioses de la fertilidad, tenía que aprovechar mi oportunidad con uno de ellos.

—No sabía que querías quedar embarazado tan pronto…—le respondiste.

Notaste sus labios levantándose en una pequeña sonrisa en la oscuridad. Ya no te respondió nada más.

Tú también cerraste los ojos, ibas a dormir en su departamento de nuevo, sentías mariposas en el estómago sólo de pensarlo, algo te decía que ibas a enamorarte asquerosamente de este sujeto frente a ti… un elfo y un humano, quizá estaban destinados a estar juntos.