SEASTONE—

Las débiles gotas de lluvia apenas rozaban su rostro. Aquellas nubes amenazadoras y la fatídica brisa habían desaparecido tras ellos, como si de cobardes traidores se tratasen. Quizá fuese lo único a lo que Seastone guardase verdadero temor: la salvaje e incontrolable naturaleza, perfecta y con una furia ineludible. Absorta en esos pensamientos, seguía dirigiendo al mismo tiempo la cola de pez que había creado para impulsar al grandioso Caledonia. Llevaba alguna hora concentrando la energía hacia la cola para mantenerla en movimiento y se encontraba exhausta. Pronto notaba como se le nublaba la vista y se sentía desfallecer.
Abrió lentamente sus cansados ojos y logró distinguir como Ur colocaba las pequeñas esferas de Kairouseki a su alrededor. Pronto, un conocido destello azul la envolvió. Tiempo después, sentía un bienestar que la confortaba y se percató de la presencia de Silver:
-¿Te encuentras mejor, Seastone? No deberías excederte tanto en tus labores.
-La situación lo ha exigido, pero aun así… tendría que poder aguantar aún más -se lamentó.
-Vieja amiga, no hace falta que te exijas tanto -aconsejó mientras le tendía la mano para ayudarla a incorporarse.
-Capitán, se cómo podría lograr más potencia, dominio y aguante en mis técnicas. Para ello tengo que reunir las esferas de Kairouseki restantes. Esas seastones puras aumentan mi poder considerablemente.
-¿Seguro que quieres reunirlas? Sabes que es peligroso tenerlas todas. Semejante poder puede volverte loca.
-Creo que el esfuerzo merece la pena, capitán. Sospecho que a partir de ahora nuestro viaje no será sencillo. Además, pase lo que pase, confío en esta tripulación –y esbozando una frágil sonrisa se incorporó completamente para proseguir con el viaje.
Ya en su camarote, mientras descansaba recostada en su cama, Seastone reflexionó sobre la cantidad de perseguidores que tenían de pronto. Tener semejante jauría tras ellos la convencía sobre la necesidad de ampliar las posibilidades de sus poderes y se planteaba el buscar algún apoyo temporal para sortear las dificultades. Al fin, y sin poder aclarar más sus ideas, salió a cubierta ya de noche. Se sentó placidamente sobre la trabajada madera del Caledonia y comenzó a dirigir sus esferas a gran velocidad hacia diferentes puntos para entrenar su precisión. Al menos, seguía teniendo como compañeras a las incansables estrellas.