Ramsus
Luna de Sangre
Ramsus despertó de golpe y se incorporó con un
brusco movimiento. Respiraba de forma entrecortada, tenía el cuerpo
empapado en sudor y una sensación inmensa de angustia que le oprimía
el pecho. No había tenido ninguna pesadilla, estaba seguro, pero
sabía que algo extraño estaba ocurriendo. Era como si su instinto
lo hubiese arrancado del mundo de los sueños para estamparlo contra
la realidad.
Miró por la ventana que tenía al lado de la cama y
pudo ver la luz de la luna reflejada en las aguas tranquilas del mar,
mientras se ubicaba en el tiempo y el espacio. Debía hacer como unas
cinco horas que el Saint Andrews partió de Serafia tras terminar las
reparaciones en las que él mismo había tomado parte y ahora se
encontraban en alta mar, avanzando lentamente. Podía sentir el
sonido del mar, la tranquilidad de su cuarto, el rápido latir de su
corazón… Ningún ruido extraño. Todo parecía en orden. ¿O no?
Rápidamente saltó de su cama y salió al pasillo sin tan
siquiera cambiarse de ropa, cerrando de un portazo. Para cuando el
Den Den Mushi sonó en su oscuro y vacío despacho ya era demasiado
tarde.
Un ruido característico sacó a la Almirante Alira de
su profundo sueño. Dio un par de vueltas medio dormida en su mullida
cama hasta que con una mano alcanzó el auricular de un Den Den
Mushi.
- Hmmm.. siii? –dijo con una profunda voz de sueño.
-
Capitana! Digo… Almirante! ALIRA!! –la voz de Nico se oía muy
alterada.
- ¿Qué… qué ocurre? –La almirante despertó de
golpe al oír la voz de su amiga.
- No está!! Lo estamos
buscando por todo el Acadios, pero no esta!! Ha desaparecido!!
-
¿No está? ¿Ha desaparecido? ¿Qué? ¿Quién?
- KID!!
Ramsus
avanzaba a grandes pasos por el pasillo. Iba descalzo, vestido con un
sencillo pantalón azul recortado bajo las rodillas, una camiseta
verde sin mangas empapada en sudor y llevaba su brillante espada en
la mano. Subió por las escaleras a toda velocidad, giró un par de
recovecos y se encaminó hacia la puerta que daba a la cubierta.
Ahora lo entendía todo, su instinto no le había traicionado. No era
un ruido extraño lo que había notado. Era el silencio. ¿Por qué
no se oía ni el más leve murmullo en la cubierta a pesar de la
decena de marines que hacían guardia en ella?
Abrió de golpe la
puerta y por fin pudo comprobar con sus propios ojos lo que su
corazón llevaba notando desde que había despertado. Una escena que
le heló la sangre.
Decenas de cuerpos de marines reposaban
sobre el suelo, ocupando toda la cubierta. Todos ellos estaban
cubiertos de sangre; algunos incluso gravemente mutilados, bañados
por un color rojo intenso, profundo y desagradable. La luna asomaba
por entre unas discretas nubes negras, produciendo la luz justa como
para poder ver con claridad, y un extraño y tenue brillo azulado
bañaba toda la cubierta, dándole un aspecto retorcidamente mágico
y misterioso; casi dantesco.
- Humpf... –un leve gruñido captó
la atención de Ramsus, que hasta ese momento no se había percatado
de la presencia de alguien que se encontraba también allí, a pesar
de tenerlo justo en frente. El Vicealmirante reconoció la figura del
traidor Kid entre las sombras, sentado sobre algo y lleno de
manchas de sangre-. Has tardado mucho en llegar. Mucho...
–repitió con sorna.
- ¡¿Kid?! –exclamó un atónito Ramsus
sin comprender cómo había podido escapar de la celda en la que lo
tenían confinado; y por las palabras que su enemigo dijo a
continuación, esa sorpresa debía reflejarse claramente en su
rostro.
- ¿Os pensabais que ya había acabado todo? Vosotros los
marines sois una panda de imbéciles que os creéis mejores que los
demás sólo por llevar un uniforme y servir al Gobierno – Ramsus
dio varios pasos al frente al percatarse de que Kid estaba sentado
sobre el cuerpo de alguien. Un pésimo presentimiento le recorrió el
pensamiento-. Pero no sois mejores que el resto: no sois mejores que
yo. Y éste te lo puede asegurar.
- ¡¿Kitakaze?! –exclamó el
marine con un grito entrecortado, reconociendo el rostro de su
subordinado; de su amigo. Sus ojos mostraban una mirada lejana y
vacía-. ¡¡Kitakaze, ¿estás bien?!, ¡¡responde!! –Kid alzó
una ceja y dijo:
- Oh, ¿aún no lo has entendido? –el corazón
de Ramsus se aceleró, bombeando con tanta fuerza como si estuviese a
punto de explotar. Kid, que hasta entonces se había mantenido
completamente frío e impasible, mostró una mirada de desprecio,
odio y una infinita satisfacción, mientras una sonrisa de
superioridad se dibujaba en su rostro-. Está muerto –declaró
lentamente, saboreando cada una de las letras-.
El rostro de
Ramsus se tornó en un torbellino de emociones de tristeza,
desesperación, rabia, impotencia, culpabilidad y odio; nada propios
de lo que se suponía que debía ser un Vicealmirante del Cuartel
General de la Marina, que debía ser capaz de mantener la calma en
cualquier situación. Kid se levantó lentamente, y con una
despectiva expresión golpeó la cara del difunto Kitakaze con una
fuerte patada.
- ¿Ahora qué piensas hacer? –le dijo,
regodeándose en su sufrimiento, y con una arrogante mirada-,
¡¡pedazo de mierda...!!
Ramsus dejó escapar todas sus dolorosas emociones en un fuerte grito más propio de un animal que de un ser humano, y derramando una lágrima de pura rabia, se abalanzó contra su enemigo.
- AAAAAAAAAAAGHHHH!!!! –el
vicealmirante descargó toda su rabia, impotencia y tristeza en el
filo de su espada, lanzando un feroz ataque frontal contra su
enemigo, situado justo delante. Si embargo, Kid sacó de entre sus
ropas el ensangrentado cuchillo que tantas muertes había ocasionado
en ese día y detuvo el golpe con él casi sin esfuerzo. La demencial
fuerza que Ramsus había infundido a su ataque hizo que el capitán
Kid saliese impulsado hacia atrás sin variar su postura de defensa,
como si la cubierta del Saint Andrews se hubiese convertido en
resbaladizo hielo durante un instante. Cubierta que, por otro lado,
presentaba ahora una tremenda grieta que partía desde la posición
de Ramsus y acababa en la baranda de la borda.
- Oh! Mira esto.
Creí que no aguantabas que "hiriesen" a tus barcos. –volvió a
decir Kid con una sonrisa demoníaca en los labios- Si te sirve de
consuelo, tu capitán se defendió bastante bien. Lo vas a tener
difícil para encontrar un sustituto para él.
Pero a Ramsus esas
palabras ya no le hacían daño. Ya no podía oír nada. Apretando
los dientes, dejándose llevar por la locura que lo tenía preso,
atacaba sin piedad y sin descanso una y otra vez a Kid, que se
defendía a la perfección con su puñal de los terribles envites de
la espada de su oponente, aunque no podía evitar retroceder ante el
ímpetu y la furia de su avance.
Alira avanzó corriendo
hacia la cubierta. Había abandonado su habitación a toda velocidad,
sin tan siquiera colgar el Den Den Mushi, tras haber oído el grito
desgarrador de su amigo Ramsus. Y allí estaba él, poseído por una
especie de fuerza descontrolada, atacando sin piedad una y otra vez
al capitán Kid, que tan solo retrocedía defendiéndose con un
pequeño puñal de las estocadas de su oponente. A juzgar por la
expresión de su rostro, parecía estar disfrutando de la situación.
La almirante enmudeció de ira y avanzó decidida hacia la
contienda. No reparó en la decena de muertos que poblaban la
cubierta, ni en el grupo cada vez más numeroso de marines que,
alertados por los ruidos del combate, iban saliendo en tropel de sus
habitaciones para observar horrorizados la escena. Ni tan siquiera
reparó en el cadáver del honorable Kitakaze que yacía en el suelo
al lado de su inseparable martillo. No reparó en nada… y ese fue
su gran error.
Justo cuando preparaba en sus manos un gigantesco
torbellino de viento, fuego y rayos, éste se desvaneció de repente,
y Alira cayó al suelo de rodillas.
- K… K… -la almirante se
derrumbó inconsciente.
El vicealmirante cortaba el viento
con golpes frontales en forma de media luna que iban dirigidos hacia
el cuello de su rival. A Kid no le quedaba mas remedio que esquivar
lo mejor posible esos ahora imparables cortes y continuar
retrocediendo, hasta que, cuando se encontraba a tan solo un metro de
la baranda, efectuó un acrobático salto y se colocó de pie sobre
ella. El puñal había desaparecido de su mano y, de forma desafiante
se cruzó de brazos mientras soltaba una fuerte carcajada. Tras él,
la luna dibujaba perfectamente su silueta triunfal.
- Bueno, creo
que va siendo hora de despedirnos vicealmirante. Gracias por haberme
invitado a su barco y espero no haber causado excesivas molestias.
-
Hijo de puta… MUEEEEREEEEEEE!!! –Ramsus estiró todo su cuerpo
para lanzar un rápido ataque de fondo, tratando de hacer que la
punta de su espada atravesase el corazón de Kid. Sin embargo éste
tan solo se dejó caer de espaldas hacia atrás y desapareció. El
vicealmirante avanzó dos pasos y se estrelló contra la baranda,
buscando como un loco a su enemigo. Pudo ver las olas golpear contra
su barco y la luna reflejada sobre las oscuras y tranquilas aguas del
mar, pudo oír con fuerza a su corazón bombear en el pecho y su
agitada respiración, pudo sentir como las sienes le latían con
fuerza y el frío de la madera en sus pies descalzos. Pero no pudo
encontrar el más mínimo rastro de Kid. Daba igual, lo seguiría
hasta donde hiciese falta. No podía haber ido demasiado lejos, era
imposible que se hubiese esfumado. Ramsus puso un pie en la baranda y
se dispuso a saltar.
- Vicealmirante!! –la voz de un soldado lo
llamó a gritos. Éste giró su cabeza y los marines que se
arremolinaban en el centro de la cubierta lo miraron con cara de
terror al ver el gesto de su rostro.- Venga aquí por favor!! La
almirante está muy mal!!
- Alira! –Ramsus volvió en sí y
salió corriendo hacia el grupo de marines que rodeaban su cuerpo
inerte en el suelo.
La almirante estaba pálida y su cuerpo
temblaba ligeramente. Nadie la había atacado ni tenía herida
alguna, por lo que ninguno de los presentes comprendía qué había
podido ocurrir. Ramsus se arrodilló y la cogió en brazos, y al
levantarla vio como sus ropas brillaban con un tenue brillo azulado,
al igual que lo hacía el resto de la cubierta.
- Kairouseki…
Es polvo de Kairouseki!! –dijo sorprendido el almirante- llevadla a
la enfermería, rápido. Que la enfermera le quite todas sus ropas y
la bañe cuanto antes. Está tan grave porque lo ha respirado!
Todos
los marines salieron corriendo, llevando en volandas a Alira. No
podían permitir que ella también cayese. En un instante, Ramsus se
quedó solo en la cubierta y miró a su alrededor con gesto cansado,
horrorizado por lo que sus ojos le mostraban. Arrastrando los pies,
llegó hasta donde se encontraba el cuerpo inerte de su amigo
Kitakaze, tumbado sobre un charco de sangre con su martillo en la
mano. El vicealmirante cayó de rodillas al suelo con lágrimas en
los ojos, dejándose caer hacia delante hasta casi tocar la cubierta
con la cara y comenzó a golpear con su puño los tablones que la
formaban.
- Lo siento… lo siento… lo siento… lo siento…
lo siento…
Los fuertes rayos del sol que alumbraban
su cara hicieron que Alira despertase. Se sentía muy débil,
tremendamente cansada y aturdida. Casi por inercia, se levantó y se
puso lentamente su traje de oficial. Cuando abrió la puerta de su
cuarto para salir, un soldado moreno de mediana edad se sorprendió
de verla y le hizo un saludo marcial mientras hacía señas a otro
marine.
- Ha despertado muy pronto Almirante. Todos le están
esperando en la cubierta.
- ¿A mí? –Alira seguía demasiado
aturdida y no terminaba de comprender qué estaba sucediendo.
-
Sígame, por favor.
Todo lo vivido durante la noche anterior
regresó a su mente como un fogonazo cuando puso un pie en la
cubierta, iluminada por el sol. Todo había sido real y no una
pesadilla, como ella se había empeñado en creer. Ante sus ojos,
todos los marines del Saint Andrews en formación le hicieron el
saludo militar. En el centro de la cubierta, en una amplia balsa de
madera se encontraban los cuerpos de los marines muertos,
perfectamente uniformados y con sus rifles en las manos. En el centro
de todos ellos descansaba el cuerpo de imponente capitán Kitakaze,
que sostenía su martillo con ambas manos.
Con una polea,
lentamente comenzó a elevarse y girar la balsa hasta posarse en el
agua, mientras era acompañada por salvas de rifles y cañones, que
emitían un poderoso estruendo que aumentaba la magnitud de semejante
acto. Alira, haciendo el saludo militar, pudo observar con lágrimas
en los ojos como poco a poco la balsa se iba llenando de agua hasta
que finalmente se hundió, llevándose los cuerpos de los aguerridos
marines hasta el oscuro fondo del mar para siempre.
Apenas unos
segundos después, un joven marine se acercó a la Almirante.
-
Se… señora. Esta nota la dejó el vicealmirante para usted. –dijo
tímidamente. Alira pegó un respingo al oír esas palabras y sintió
como una sensación de angustia se apoderaba de ella. Era cierto! En
ningún momento había podido ver a Ramsus en todo el funeral.
Apresuradamente desdobló la nota y la leyó.
Por favor,
cuida de mis hombres y de mi barco como yo no supe hacerlo. No puedo
dejar que esto acabe así. Se lo debo a todos ellos.
La próxima
vez que nos encontremos llevaré la cabeza de Kid en mi mano. Te lo
juro.
Hasta pronto. Ramsus.
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El sol pegaba con fuerza ahora que se encontraba en todo lo alto. Cortando el infinito mar, un pequeño bote empujado por una hélice navegaba en línea recta a gran velocidad. No llevaba rumbo fijo. No se dirigía hacia ninguna isla. Tan solo se dejaba guiar por la brújula del instinto.
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