SEASTONE—

Parecía ensimismada, con la mirada perdida dirigiendo sus ojos hacia el profundo mar, pero no viendo nada. Ni un atisbo de emoción se reflejaba en ellos, y en su cabeza sólo había lugar para un pensamiento: Kairouseki. Todo su mundo giraba alrededor de ese material, toda su vida. Incluso no podría comprender su niñez o sus vivencias sin ese elemento. Dejó a un lado todo aquello agitando levemente la cabeza. Ya había sentido una especie de alivio que la reconfortaba: había recuperado su preciada esfera. No podía parar de observarla y maravillarse una y otra vez con la presencia del ya conocido destello azul.
Pronto comenzó a inquietarse; normalmente Seastone solía contener la calma, pero notar otra Kairouseki pura la alteraba. Cerca de donde se encontraban sentía la potente presencia de otra esfera, una oportunidad única que la sobresaltó. Era imposible luchar contra su naturaleza: debía partir inmediatamente hacia aquel lugar cercano y poseer esa Kairouseki, sentirla y tenerla entre sus manos. Más que una necesidad, una obsesión.
Silver permanecía manejando el timón cuando vio que la muchacha se le acercaba apresuradamente:
-Capitán, necesito abandonar el Caledonia durante un breve tiempo.
-¿Ahora que nos encontramos tan cerca de la tumba de Barbarossa?
-Tardaré muy poco, ¡lo prometo! –insistió con énfasis. Silver observaba preocupado cómo a la joven le temblaban las manos –No iré lejos de aquí, no me costará alcanzar al Caledonia. Por favor…
Para que Seastone suplicase de esa manera algo importante debía solucionar, y sabía cual era su preocupación preferente.
-Seastone, sabes perfectamente que tienes mi permiso, no retengo a ningún nakama contra su voluntad. Sólo podría advertirte de un asunto: no permitas que tu propio poder te engulla.
Seastone le dirigió una sonrisa de complicidad y sólo alcanzo a decir un dulce "gracias", que salió de sus labios como un leve murmullo. Se giró, y llena de ímpetu y de vitalidad, corrió hacia la borda. Animada por la euforia, saltó, y tirándose de cabeza hacia el mar saboreó la libertad y despertó todos sus instintos. Sus esferas se zambulleron también; ensanchó una dejando espacio en su interior, se introdujo en ella y comenzó a desplazarse. ¿Era aquello felicidad? Esa emoción que la inundaba parecía más una fantasía, una ansiedad. Tiempo después, llegó a la tan esperada isla. Era más bien pequeña, pero agradable y casi hasta hogareña. Ni siquiera se fijó en lo que tenía a su alrededor, la admirable y bella naturaleza. Se limitaba a correr desesperadamente hacia donde sus esferas le señalaban, avivándose así la intensidad del color de estas. Cada vez se encontraba más nerviosa, temblaba más y estaba impaciente.
-¡Dónde! –comenzó a gritar como una fiera salvaje. Casi sin darse cuenta se topó de bruces con una especie de templo derruido. Sin esperar un segundo se adentró en él bajando unos escalones irregulares. Todo se iba oscureciendo a su alrededor y sólo permanecía el destello azul. Sentía que se sumía en las tinieblas, y esa sensación le resultaba familiar: unas imágenes galopaban furiosas por su cabeza, difuminados recuerdos se agolpaban en su mente aturdiéndola todavía más. Quería huir de ellos, olvidar el horror y marcharse de allí; su determinación, en cambio, la empujaba a seguir. Se dejó llevar hasta encontrar una pared. La examinó y encontró las siguientes palabras inscritas en ella: "Renuncia a la búsqueda del Caos". Esa frase volvía a traerle recuerdos desagradables. El pánico se apoderó de ella y sólo encontraba fuerzas para lamentarse. Recuperó la calma al comprobar asombrada que aquella frase que acababa de leer estaba escrita en una antigua lengua. Harta de todo aquello, y sin detenerse a recapacitar, lanzó sus esferas hacia la pared, destruyéndola con furia. Con pasos firmes avanzó hasta la siguiente sala. Aún siendo rústica, mantenía una majestuosidad que era capaz de maravillar. Una luz débil y natural mostraba como las paredes contenían numerosos grabados y adornos. La sala era redonda, y en el centro se encontraba una escultura parecida a una fuente desde la que se conectaban varios canales por el suelo. Seastone se acercó intrigada hacia allí tocando con suavidad, casi rozando su mano, aquel extraño tótem. De pronto, su propia energía afloro fluyendo a través de la figura y pasando por los canales, iluminando prácticamente toda la sala. Los grabados de las paredes parecían moverse mostrando una secuencia, pero a Seastone poco le importaba aquello, pues ya sabía de que podría tratarse. Su mirada se centró en el techo, del que una esfera pura de Kairouseki cayó y se posó directamente sobre su mano. Emocionada, no pudo impedir que una lágrima resbalase por su mejilla. Notaba como su poder aumentaba y se sentía viva, plena. Al menos eso creía.
Salió apresuradamente de aquel tenebroso lugar para por fin poder respirar aire puro. Se percató entonces del olor de humo de una pequeña fogata cercana. Era extraño que hubiese alguien en una isla que aparentemente tenía poca importancia. Un terreno tan reducido no podría interesarle a nadie. ¿Serían perseguidores de la tumba de Barbarossa? Después de todo, la isla no estaba muy lejos de allí. Se acercó algo más para poder distinguir algo y para su asombro, Seastone sólo vio a un solo hombre. A pesar de estar de espaldas, se veía algo desmejorado. Sin saber por qué, no pudo evitar seguir hacia delante para comprobar su identidad.

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