Capítulo 2

Bella había estado desesperada. Llena de una agitación febril que la había impulsado a hacer lo que había hecho.

Pero no había tenido alternativa.

La sirena de la ambulancia reverberó en su memoria... cinco años atrás, llevando a su padre al hospital. Había sufrido un ataque al corazón y todo había sido por su culpa, por contarle lo que acababa de enterarse acerca de Maunder Marine Limited. Que los habían comprado y que su programa de inversión corporativa tendría que esperar hasta que los nuevos propietarios, Cullen International, le hubieran dado luz verde. Le habían advertido de que eso podía tardar meses.

Durante los cuales Swan Yatch Design no tendría idea de si la adquisición salvadora de MML llegaría a seguir adelante.

Y sin esa certeza, la empresa de su padre sucumbiría a las deudas a medida que los acreedores ejecutaran los bienes de que disponía. Sería el fin de la compañía... y de su padre. Éste vivía para la empresa creada por él, vivía para diseñar yates. Era una vocación. Una obsesión. Que le ocupaba toda la vida y le daba el único significado que tenía.

Y ella, su hija, no le serviría de consuelo. A menos que pudiera salvar la empresa.

Había abandonado la unidad de cuidados intensivos, a su padre conectado a cables y monitores, para regresar a la oficina.

Y hacer una llamada.

Debía haber una manera de conseguir la aprobación para la adquisición por parte de MML. Ella había sido la primera en abordarlos con la propuesta, en convencer a la empresa más grande de que Swan Yatch Design era una compra rentable. Tenía la agenda de pedidos al máximo y la reputación técnica de la compañía era sobresaliente, pero la descapitalización crónica y la creciente carga de los intereses de la deuda, sumados a la cancelación de un pedido ya acabado de un cliente importante, los había empujado al borde del abismo.

¡Debía conseguir la adquisición por parte de MML!

Pero ya no dependía de ellos. El visto bueno debía darlo Cullen International.

Tenía que convencerlos de que invertir en Swan Yatch Design daría buenos dividendos, tal como había convencido a la gente de MML.

Pero se había topado con un muro de piedra. Le habían informado de que era un procedimiento corporativo estándar frenar todas las inversiones importantes de las compañías adquiridas hasta haberlas estudiado. Había llegado lo más arriba que había podido en el escalafón ejecutivo, y la respuesta siempre había sido la misma.

De modo que en un último intento desesperado, había apuntado a la cima.

Edward Cullen, presidente de Cullen International.

Sólo necesitaría quince minutos. Pero su secretaria personal había fulminado todas las esperanzas concebidas.

Sí, el señor Cullen se hallaba en ese momento en Londres, pero tenía la agenda completa, incluidas las noches, y en tres días regresaría a Grecia. Quizá el mes siguiente...

Pero entonces sería demasiado tarde.

Sin embargo, su secretaria le había dejado un atisbo de esperanza, ya que había mencionado que en su última noche en el Reino Unido, Edward Cullen asistiría a una cena de negocios en uno de los mejores hoteles del West End.

Había sido su última, última oportunidad...

Recordó cómo la habían atenazado las garras de la ansiedad al pensar, sentada a la mesa del banquete, que no aparecería...

Que todo había sido en vano. Que se había dejado una pequeña fortuna para conseguir una entrada para la cena, en un vestido nuevo y en una sesión en el salón de belleza, con un dinero que apenas podía permitirse pagar, y por nada.

Incluso había alterado la distribución de los asientos expuesta en el salón de cócteles, para poder estar sentada junto a él. Pero aunque había logrado ocupar el asiento sin que nadie se lo cuestionara, el asiento que había junto al suyo, destinado a Edward Cullen, permanecía vacío.

Apenas había logrado mantener a raya la preocupación.

Y cuando los camareros se habían acercado para colocar con destreza el primer plato delante de cada invitado, una figura más alta, con un esmoquin negro, de pronto había ocupado el asiento... justo al lado del suyo.

—Por favor, discúlpenme... me he visto retrasado —se excusó brevemente ante la mesa, con un inglés fluido pero de acento marcado. Asintió en dirección a varios invitados a los que saludó por el nombre, y luego se volvió hacia su derecha—. Edward Cullen —dijo, extendiendo la mano.

Pero Bella no era capaz de responder. Lo único que hacía era mirarlo fijamente.

Ese no podía ser Edward Cullen. El presidente de una empresa internacional debería ser de mediana edad y corpulento, como tres cuartas partes de los empresarios que asistían aquella noche a la gala.

Pero el hombre que acababa de sentarse a la mesa era... devastador.

No podía tener más de treinta años, con un cuerpo esbelto y fibroso acentuado por el corte impecable del esmoquin... igual que la pálida piel del rostro y el pelo cobrizo combinaban con la blancura de la camisa.

Siguió mirando sin capacidad para remediarlo.

El rostro anguloso, los pómulos altos y marcados, la nariz recta, la línea bien definida de la mandíbula... Y la boca...

Móvil, sensual.

Alzó la vista.

Directamente a sus ojos.

Verdes como las esmeraldas... pero con motas doradas en sus profundidades.

Y la miraban con absoluta concentración.

Se sintió débil y sin aliento.

—¿Y usted es...?

La voz era profunda, con un acento que la enloqueció. Había una leve especulación en el tono.

—Isabella, Bella Swan —musitó algo jadeante, atravesada todavía por sus ojos.

Sin poder apartar los suyos.

Aturdida, posó la mano en la de él.

Era cálida y la presión del apretón firme. Pero al retirarla, le pareció que lo hacía con una leve y casi imperceptible renuencia.

El interior de Bella parecía una mezcladora de cemento.

Entonces, uno de los invitados de la mesa le dirigió una pregunta.

Durante un último y fugaz momento, los ojos de él mantuvieron los suyos, y luego los giró.

Ese era Edward Cullen.

Quería mirarlo y mirarlo...

Se obligó a empezar a comer. Por suerte, la conversación en la mesa la llevaron los otros invitados y Edward Cullen seguía charlando con el hombre que le había hablado. No le prestó atención a nada. Lo único que deseaba era seguir mirándolo.

Nunca, nunca, había posado los ojos en un hombre tan magnifico.

Había salido con algunos hombres atractivos. Y sabía que era afortunada de tener una belleza rubia que desde su adolescencia había atraído las miradas masculinas.

Pero su madre la había mantenido vigilada, temerosa de que hiciera lo mismo que había hecho ella, enamorarse desastrosamente del primer hombre equivocado que se le había presentado. De modo que casi siempre se había contentado con citas casuales y con mantener a sus admiradores a raya. Y desde el fallecimiento de su madre un año y medio antes en un accidente de coche, no había tenido la predisposición de buscar un romance.

Luego había vivido todo el trauma de buscar a su alejado padre y descubrir la situación desastrosa en que se hallaba la empresa que tenía, lo que no le permitió pensar mucho en los hombres.

De modo que era intrascendente que Edward Cullen fuera el hombre más deslumbrante que hubiera visto jamás. Su único objetivo era convencerlo de que diera luz verde a la adquisición por parte de MML. Pero no era un tema que pudiera sacar en plena cena oficial de negocios. El banquete representaba la oportunidad de solicitar unas palabras en privado con él cuando hubieran terminado.

Bebió un sorbo de champán. Estaba templado. Lo tenía en la copa desde hacía un buen rato.

—Permítame...

Edward Cullen había parado su conversación y sacaba el champán de la cubitera donde la había dejado el camarero. Después de comprobar la etiqueta, como para cerciorarse de que se hallaba a la altura de la ocasión, le llenó la copa.

—Gra... gracias —logró decir.

—Un placer —indicó él.

Notó que la observaba y Bella volvió a sentir ese vacío en el estómago.

—Isabella Swan —murmuró la voz honda, como si buscara en unos ficheros privados en su cabeza.

De pronto ella sintió que la recorría una calidez líquida y cobró conciencia de sí misma. Del vestido plateado con las tiras finas al hombro y algo de caída en el escote, el pelo fluyendo sobre la espalda desnuda, el collar de plata alrededor del cuello y los pendientes a juego.

—No me conoce —logró decirle.

—Aún no —fue su respuesta.

Y sus ojos volvieron a aflojarle las piernas, agradeciendo estar sentada.

Durante un momento, el tiempo dio la impresión de detenerse. Bella permaneció sentada, observada por ese hombre extraordinariamente magnético, dejándose observar.

Mientras ella hacía lo mismo.

Algo fluyó en su interior. Algo tan poderoso y abrumador que la dejó sin aliento.

El resto de la comida fue como un episodio borroso. Sólo era consciente del hombre que tenía al lado. A veces él le hablaba, pero en casi todo momento le resultaba imposible responderle.

La cena pareció prolongarse eternamente.

Pero cuando el orador bajó del improvisado estrado después de dar por finalizada la gala, la gente comenzó a ponerse de pie, bien para abandonar la sala o bien para mezclarse con invitados de otras mesas. Se dijo que no podía dejar que Edward Cullen se marchara. Debía retenerlo, hacer algo. Pero ¿cómo? No podía soltarle así como así: «Por favor, autorice que MML adquiera la empresa de mi padre».

Entonces, justo cuando empezaba a sentir que la aprensión le causaba un nudo en el estómago, él habló.

—¿Puedo ofrecerle una copa de oporto?

Giró la cabeza. Edward Cullen alargaba la mano hacia la frasca de oporto. Lo observó llenar dos copas.

Aceptó su copa y bebió un sorbo. El líquido cálido y denso fue como terciopelo en su garganta.

Él volvió a sentarse y de pronto ella pensó que tenía unas manos hermosas. Uñas blancas como el tono pálido de su piel. Dedos largos.

Le ofreció una sonrisa titubeante. Tenía los nervios a flor de piel. En cualquier momento él podría mirar la hora, musitar una disculpa y marcharse, o alguien de otra mesa acercarse para charlar con él... Debía preguntárselo ya. Y por el bien de su padre debía hacer que todo saliera bien.

—Señor Cullen... —la voz le sonó aguda. No supo de dónde le había salido. Se obligó a continuar—. Señor Cullen, me pregunto... me pregunto si podría tener unas palabras con usted —algo cambió en él. No supo qué. Pero surgió una súbita y leve tensión—. En... en privado —añadió.

Durante un momento, los ojos de él se tornaron reservados, inescrutables.

«Oh, Dios», pensó. «Va a decir que no...».

Luego, despacio, depositó la copa de oporto en la mesa.

—Por supuesto —respondió. Se puso de pie—. Estoy seguro —bajó la vista para mirarla— de que podremos encontrar algún lugar lo suficientemente privado.

Su voz sonó suave, pero era la suavidad de un mar en cuyo fondo acechan corrientes poderosas.

Con un nudo en la garganta, Bella se puso de pie.

Se inclinó para recoger el bolso. Luego, con el corazón desbocado, dejó que la guiara fuera del salón.

Mientras la conducía a la hilera de ascensores del vestíbulo, observó a ese hombre alto y casi irresistible. Además de los nervios que la dominaban, también se sentía aliviada. Lo había hecho... había conseguido que aceptara escucharla. Tenía una oportunidad, la última, de salvar la empresa de su padre.

Su padre... tendido en la cama del hospital, conectado a un montón de cables mientras luchaba por salvar la vida...

—Señor Cullen, muchas gracias por aceptar...

—Por aquí —cortó con un murmullo, y la instó a entrar en el ascensor.

Presumiblemente, irían a uno de los bares más tranquilos del hotel.

Pero cuando las puertas volvieron a abrirse, se hallaban en la planta del ático. Y la puerta que él había abierto con la tarjeta daba a una suite.

Durante un segundo, ella vaciló. Luego controló la sensación que la dominó. Necesitaba hablar con Edward Cullen, y si quería permitírselo en su suite del hotel, no pensaba oponerse.

Al entrar y mirar en torno al recibidor opulento de la suite, abrió mucho los ojos y se preguntó cuánto podría costar algo así por noche. ¿Miles de libras? ¡Sin duda! El pensamiento le proporcionó valor. Seguro que para un hombre tan rico como Edward Cullen, comprar una pequeña empresa de diseño de yates tenía que ser una nimiedad.

Abrió la boca para hablar, para iniciar la apología que justificara la adquisición, pero antes de poder hacer nada, oyó un suave «pop» a su espalda.

Se volvió.

Edward Cullen servía champán en dos copas que había en el bar.

Fue hacia ella.

Había algo muy controlado en el modo en que caminaba en su dirección. Y, extrañamente, pensó que no disponía de ninguna vía de escape. Movió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? No necesitaba ninguna vía de escape. Sólo necesitaba quince minutos del tiempo de Edward Cullen.

Desde luego, no quería champán. Pero parecería un gesto maleducado rechazarlo cuando había abierto la botella especialmente para ella, de modo que aceptó la copa y trató de no pensar en lo que podría cobrarle el hotel por el champán.

—Por favor... no debería haber...

Sonó tonta e inmadura.

Él ya se llevaba su copa a los labios.

Stin iya sas!

Ella le dedicó una mirada desconcertada.

—Es el equivalente de su «salud» —explicó.

Esbozó una sonrisa tímida.

—Yo... no hablo griego. Jamás he estado en Grecia.

—¿Nunca ha estado en Grecia? —él enarcó las cejas.

—No.

A su madre no le había gustado viajar por el extranjero. Le había gustado vivir en una casa pequeña en un pueblo pequeño de Washington. Tampoco le había gustado el mar. Bella sabía que jamás debería haberse casado con un hombre cuya obsesión era diseñar yates. No le extrañó que el matrimonio se rompiera poco después de que naciera ella... a pesar de que su madre siempre había culpado a su padre por abandonarlas.

—Debería. Es uno de los países más bonitos de la tierra —fue hacia el sofá—. ¿No quiere sentarse?

Vacilante, se sentó en un extremo y dejó el bolso con su preciado sumario financiero sobre la mesilla delante del sofá. Edward Cullen depositó la botella sobre la mesa, ocupó el otro extremo y extendió el brazo por el respaldo del sofá.

Turbadoramente cerca de Bella.

Pero todo en ese hombre resultaba turbador.

Turbador para su cuerpo, haciendo que fuera consciente de sí mismo y de él.

Turbador para su concentración, que necesitaba centrar en cómo exponerle el negocio de la adquisición para MML de la manera más persuasiva posible.

No necesitaba detenerse continuamente de querer mirarlo y mirarlo...

Trató de serenarse bebiendo un sorbo de champán.

Respiró hondo.

—Señor Cullen... —comenzó.

Una vez más, la voz le salió jadeante. Lo odió.

—Edward...

La voz de él sonó fluida. No supo cómo responderle. No se sentía cómoda dirigiéndose al presidente de un imperio financiero europeo por su nombre de pila. Aparte de que hizo que por su espalda bajara un escalofrío suave...

«¡Para ya! ¡Empieza a contarle aquello que has venido a decirle!».

Pero él había empezado a hablar otra vez.

—De verdad debería ir a Grecia. Hay muchos lugares privados que los turistas rara vez visitan. En esta época del año, comienzos de la primavera, la campiña se ve especialmente hermosa, llena de coloridas flores silvestres. Le encantaría.

Bella sintió un nudo en la garganta al ver la intensidad con que la observaba.

Bebió otro sorbo de champán para acallar sus nervios. Pudo sentir cómo el alcohol la sacudía. Incómoda, se preguntó cuánto había bebido aquella noche. Había tenido cuidado, ya que sabía lo que había en juego, pero las pequeñas cantidades se sumaban.

Y surtían impacto. Hacían que se sintiera ultra sensible a las cosas... ultra perceptiva.

De esa boca sensual...

Durante un momento, sintió que le clavaba la vista, incapaz de apartarla.

Tenía la boca más increíble y sensual.

Con un esfuerzo supremo, apartó los ojos. Sentía la boca seca, a pesar del champán que acababa de beber. Juntó los labios, como si quisiera humedecerlos.

Él entrecerró los ojos.

Con precipitación, Bella bebió otro sorbo de champán. Le causó un cosquilleo al bajar por la garganta y otra vez experimentó la sacudida del alcohol. Respiró hondo y, al hacerlo, sintió que sus pechos se elevaban.

—Señor Cullen...

—Edward —volvió a corregir él.

Bella volvió a apretar los labios.

—Edward —se obligó a pronunciar su nombre. Salió como un suspiro.

—Bella —dijo él.

El modo en que pronunció su nombre fue mucho más evocador que lo que alguien lo hubiera pronunciado alguna vez. Él bebió champán.

—No es un nombre inglés que yo conozca.

—Es... es italiano —explicó.

No quería ponerse a hablar de su nombre. No cuando Edward Cullen tenía la mano tan cerca de su hombro desnudo a lo largo del respaldo del sofá, las piernas cruzadas y aire de suprema relajación...

Lo estudió furtivamente un momento.

Parecía relajado, pero había algo en el modo en que llevaba el cuerpo que la impulsaba a pensar que no lo estaba. Como si lo recorriera una ligera tensión.

Manteniéndolo a raya.

Sintió que su propio cuerpo se tensaba. Mirarlo había sido un error. Cada vez que lo había mirado durante la cena, había experimentado una renovada debilidad, el corazón desbocado...

Y no debía sentir eso.

Respiró hondo y realizó un tercer intento de sacar a colación el tema que tenía que tratar.

—Señor... mmm... Edward... —tartamudeó con su nombre, costándole todavía obviar un trato más formal.

—Bella... —repitió él.

Y una vez más su boca esbozó una leve sonrisa, como si le resultara divertido lo que ella acababa de decir.

—Yo... mmm... yo quería... —la voz volvió a sonarle jadeante, algo que odiaba, pero se hallaba demasiado tensa para lograr que sonara directa y profesional.

—¿Sí? —inquirió con cortesía. Pero en sus ojos la especulación no se había borrado.

Ella bebió otro sorbo de champán en busca de ayuda.

—Inclina la copa.

Bella parpadeó. Él había alargado la mano para recoger la botella de la mesa. Dócilmente, descubrió que obedecía.

«¡No necesitas más champán!».

De golpe, retiró la copa. Durante una fracción de segundo, el líquido dorado y burbujeante cayó sobre su regazo antes de que él enderezara la botella al tiempo que soltaba una exclamación en griego. El líquido frío le empapó de inmediato la fina tela del vestido y la hizo sobresaltarse y gritar, y entonces el champán cayó de su copa por todo el corpiño del vestido, igual de helado.

Soltó otro grito.

—¡Oh, no! —exclamó consternada, poniéndose de pie con mirada horrorizada. El champán manchaba, estaba segura... y lo que era peor, la tela empapada se ceñía a sus pechos sin sujetador, perfilándolos con suma claridad. Y sumado a eso, el líquido frío había surtido un efecto predecible en sus pezones, que de pronto sobresalían como guijarros.

Avergonzada, extendió lo que pudo la mano libre sobre el corpiño, deseando que se la tragara la tierra. De pronto, él, que mantenía una calma absoluta, le quitó la copa casi vacía de los dedos.

—¿Quizá quieras ir a cambiarte? —sugirió él.

Los ojos de Bella volaron hacia él. Se preguntó si estaría siendo sarcástico. Pero no se encontraba en posición de preocuparse. Y comprendió que debía tratar de mostrarse discreto en una situación bochornosa.

Él dejó la botella de champán y las dos copas y se puso de pie.

—Deja que te muestre dónde está el cuarto de baño.

—¡Gracias... lo... lo siento... tanto! —jadeó, muy avergonzada.

—No te preocupes —fue lo único que dijo él al tiempo que encendía la luz del interior.

Bella se lanzó al interior y cerró a su espalda. Se miró en el reflejo del espejo que había sobre el enorme lavabo y bajó los brazos.

Debía quitarse cuanto antes el champán o le dejaría una mancha. El vestido le había costado una fortuna y detestaba estropearlo la primera vez que se lo ponía.

Se llevó las manos a la espalda y se bajó la cremallera. Después de todo, ya estaba empapado; el agua no lo mojaría más. Se lo quitó y captó su reflejo.

Su cuerpo medio desnudo parecía... diferente.

Los pechos, aún duros por el efecto del champán frío, estaban más plenos, más redondos. La cintura, acentuada por los ligueros y el tanga, parecía más fina. Las piernas, enfundadas en las medias, más esbeltas. El cabello, que le caía como una cascada por la espalda desnuda, mucho más largo.

Y su cara...

Unos ojos brumosos le devolvieron la inspección. Se veían hondos y con pestañas largas; y la boca, pintada y entreabierta, parecía más sensual.

Se miró fijamente.

Parecía... erótica.

La palabra irrumpió en su mente, asombrándola. Intentó desterrarla, pero sin éxito.

Comprendió que todo parecía levemente borroso, con los bordes suavizados.

Hacía que se sintiera... diferente.

Y muy, muy consciente de su cuerpo, de su cuerpo medio desnudo y erótico. Y al contemplarse, empezó a experimentar un leve temblor, como si algo comenzara a agitarse, acabara de despertarse.

Se dijo que no era posible.

Con presteza devolvió su atención al vestido. Y en ese momento descubrió el secador de pelo cortesía del hotel. Con alivio, lo sacó del soporte, extendió el vestido con la mano libre y encendió el aparato.

La tela fina se secó con rapidez y sin una mancha. Al volver a ponerse el vestido, lo sintió cálido sobre la piel. Se subió la cremallera y se inspeccionó en el espejo.

De nuevo experimentó ese leve temblor en su interior, la languidez que se apoderaba de sus miembros.

«¿Qué me está pasando?».

Se sentía extraña... disociada. Como si se moviera en un sueño.

Lentamente, salió del cuarto de baño.

Y se detuvo en seco.

Edward Cullen se hallaba en el dormitorio.

Se había quitado la chaqueta del esmoquin, soltado la pajarita y desabrochado el botón superior de la camisa, y en ese momento se quitaba los gemelos de oro.

Cuando ella salió del baño, alzó la vista para mirarla.

Le recorrió el vestido con la vista y en sus ojos se manifestó una expresión burlona de sorpresa.

—Innecesario. Pero... —avanzó hacia ella—... tiene sus compensaciones.

Parecía un felino al acecho.

No pudo moverse. Paralizada, el corazón le martilleaba en el pecho y la sangre se aceleraba en sus venas.

Entreabrió los labios para respirar. Tenía que moverse... pero estaba completamente paralizada.

A la espera.

Impotente.

Se detuvo delante de ella. Pudo sentir que invadía su espacio, percibir la fragancia de la cara loción para después del afeitado.

La miraba desde arriba, con esos ojos de esmeralda, y ella no podía moverse... no podía. Sólo era capaz de mirarlo, desvalida.

Y absorberlo. Absorber el cabello cobrizo, los ángulos de su rostro, la nariz recta y firme, la leve sombra masculina a lo largo de la mandíbula, la piel bronceada.

«Oh, Dios», pensó. «Es tan hermoso...».

Alzó la mano a medias. Quería alargarla, pasarle los dedos por la mandíbula, por el arco elevado de los pómulos, acercar la boca a la suya, sentir su contacto. Introducir los dedos en ese pelo cobrizo y acercarlo a ella, abrir los labios...

Intentó detenerse.

Pero no pudo. Carecía de poder. Sintió que el cuerpo oscilaba... hacia él. Sintió que la mano se elevaba y...

Él la atrapó. Un movimiento veloz y súbito que la paralizó. Cerró los dedos en tomo a su muñeca y la atrajo hacia él con una fuerza lenta e inexorable.

Alzó la vista y se ahogó en su mirada.

—Compláceme —musitó él.

Las pupilas de Bella se dilataron. No pudo evitarlo. Sólo podía permanecer ahí, con los labios entreabiertos, las muñecas atrapadas y el cuerpo oscilando al de él.

—Compláceme —repitió, aún más suavemente.

Y entonces, con la otra mano, lenta, muy lentamente, deslizó un dedo por debajo de la fina tira del hombro y poco a poco la bajó por el brazo hasta que le dejó desnudo el pecho.

—Ah, sí —comentó con igual tono de voz.

Le soltó la muñeca y llevó esa mano a la otra tira. Repitió el movimiento y le bajó el corpiño del vestido.

Ella no podía mover ni un músculo.

Sólo podía quedarse quieta mientras Edward Cullen le desnudaba el torso.

Para su deleite.

Durante un momento interminable, él simplemente la miró.

—Realmente eres exquisita.

Bajo su mirada, sintió que los pechos le cosquilleaban, que los pezones se endurecían, se compactaban.

De su garganta salió un sonido leve. No supo qué era. Algo inconcluso, inconsciente.

Pero la realidad se había detenido. En el preciso momento en que había salido del cuarto de baño y posado los ojos sobre él, quieta mientras se le acercaba. Con un único propósito, un único objetivo, en su andar.

En ese momento le sonrió.

—Sí —dijo, entornando los ojos oscuros—. Lo sé.

Alargó una mano para acariciarle el cabello. Ante ese contacto, Bella experimentó un temblor suave. De su garganta volvió a salir el sonido no formado.

Sus pechos, túrgidos, tensos, habían comenzado a palpitarle. Una palpitación que resonaba por todo su cuerpo.

Quería... Quería...

La mano de él se cerró en su pelo y apoyó la otra en su cabeza.

Lo miró con ojos enormes, dilatados, impotentes.

Algo ardió en los de él... algo que al instante, de forma implacable, controló.

Fue a su cama sin decir palabra, sin un murmullo. Emitiendo sólo unos gemidos suaves y palpitantes que él pudo cortar con un beso. Pero cuando abandonó su boca para cerrarla sobre los pezones tensos y ansiosos, volvió a emitirlos. Surgieron mientras le recorría el contorno del vientre, mientras le acariciaba los muslos. Y cuando le mordisqueó los delicados lóbulos de las orejas, los gemidos profundos y roncos se renovaron.

La realidad huyó a otro universo. Un universo en el que había dolor y problemas, donde la preocupación y la ansiedad la atenazaban, donde el temor la cercaba desde todas las direcciones.

Pero ahí... ahí sólo había felicidad. Un éxtasis como el que nunca había conocido ni sabido que existía.

¿Cómo podía sentir tanto un cuerpo humano y cómo podía desear más? ¿Y más, y más y más?

Hasta que su cuerpo fue una única e intensa llama que ardía cada vez con mayor calor.

El cuerpo de él se posó encima. Sintió su fuerza, su poder. Las manos se deleitaron en los músculos tensos y firmes de su espalda, enviándole llamas por los pechos, haciendo que le clavara las uñas en los hombros.

Se retorció contra él, con un deseo más creciente por momentos.

Él sonrió sobre su pecho y alzó la cabeza.

Los ojos verdes centellearon con motas doradas.

Bella sintió la presión viva de su exploradora masculinidad.

Volvió a experimentar un apetito voraz e insatisfecho.

Instintivamente, se frotó contra él y notó que la presión se incrementaba.

Quería...

Lo miró a los ojos, desvalida, anhelante.

—Sí —musitó él—. Lo sé.

El gemido brotó otra vez y los ojos se le dilataron.

Suplicantes...

Los rasgos de él se tensaron, como si de pronto ejerciera un control enorme y abrumador. Luego, con un descenso lento y deliberado, la penetró.

Bella se agitó. Sentía el cuerpo pesado, lánguido. No quería despertar. Quería permanecer en el sueño, cobijada en el círculo de unos brazos poderosos, pegada al cuerpo cálido y duro del hombre que la acunaba en su sueño.

Un abrazo que se había producido después de un éxtasis tan intenso que había gritado mientras el cuerpo se le retorcía como una llama ardiente de felicidad, sin parar, hasta que todo su ser fue una masa fundida de insoportable y exquisita sensación.

Sólo entonces, cuando el cuerpo encendido se había enfriado, él había rodado a un costado en un movimiento fluido y extenuado, arrastrándola consigo, plegándola contra su cuerpo y murmurándole algo que no había entendido.

La mano se había extendido con gesto posesivo sobre su estómago y la boca cálida se había posado sobre su hombro.

Había disfrutado de un sueño profundo en el círculo de sus brazos y los sueños habían capturado ese momento de felicidad perfecta.

Pero en ese momento el resplandor la llevó hasta un renuente estado de vigilia. Parpadeó y abrió los ojos.

Él se hallaba inclinado sobre ella. Los ojos reflejaban un deseo intenso. Despacio, se inclinó para darle un beso con labios tiernos y cálidos.

—Buenos días —saludó con voz ronca—. Debería preguntarte si has dormido bien, pero da la casualidad de que sé que anoche dormiste muy poco —la observó detenidamente—. Se te ve incluso más hermosa que anoche. Ojalá... —calló.

Lo miró sin aliento mientras él se incorporaba.

Estaba arrebatador. Recién afeitado, el pelo un poco húmedo de la ducha... y vestido con un traje impecable.

Miraba la hora. Volvió a hablar, pero en ese momento con palabras precisas y voz seca.

—Por desgracia, esta mañana tengo una reunión de negocios que no puedo postergar. A pesar de lo mucho que lo siento, he de dejarte ahora.

Oyó las palabras, pero durante un momento de disociación, no entendió su significado.

Luego lo recibió como un golpe.

Se marchaba.

La había tomado por una aventura de una noche.

Eso era lo único que había sido.

Se sintió asqueada. Mareada. Y entonces, como de la nada, recibió el impacto de la ola principal.

MML.

El horror la galvanizó. Dios. No era un hombre cualquiera con el que se había acostado a las pocas horas de conocerlo. Se trataba de Edward Cullen... el único hombre en el mundo que podía evitar que la empresa de su padre se hundiera...

Y en vez de lograr que aprobara la adquisición por parte de MML, se había ido a la cama con él.

Se sintió espantada.

Él volvía a hablar mientras sacaba un teléfono móvil del bolsillo interior de la chaqueta.

—Sin embargo, estaré...

—¡No! Por favor... espera... no te vayas todavía.

Él calló en mitad de la frase.

—Bella, yo...

—¡No! Aguarda... por favor. Hay algo que debo... algo que quería...

Calló. Dios... tenía que hacerlo. Habría dado un millón de libras para no hacerlo, pero no le quedaba otra opción.

Se irguió, aferrando la sábana contra su cuerpo. El corazón le martilleaba.

—Antes de irte... había... había algo de lo que quería hablarte —respiró hondo—. MML —dijo.

Edward Cullen se había quedado quieto.

—Continúa —instó con voz muy controlada.

Ella tragó saliva y se obligó a hablar.

—Has paralizado todas las inversiones corporativas. Una de ellas es la empresa de mi padre... Swan Yatch Design. Anoche vine a la cena para conocerte. Para convencerte...

—¿Sí? —la voz cortó su discurso—. ¿Para convencerme de...?

Lo miró. Algo le ocurría a su cara. La expresión desaparecía de ella, volviéndose inescrutable.

—Sí —tenía un nudo en la garganta—. Para convencerte de... —calló, dominada por un escalofrío—. Para convencerte de... —lo miró con urgencia—. De seguir adelante con la adquisición. Sería buena para ti... de verdad. Lo prometo. Puedo mostrarte ahora mismo...

Calló. Había algo en su rostro que resultaba aterrador. Frío como el hielo.

Despacio, él volvió a guardar el móvil en el bolsillo.

—Hay algo que deberías saber. Has cometido un error —expuso él con una suavidad mortífera—. Un grave error. Verás... —la observó con frialdad—. Yo no hago negocios en la cama. Jamás. De modo que, aunque fuiste muy buena, en serio... —indicó con tono cortante—... me has usado inútilmente. Salvo, desde luego... que quisieras demostrar... tu destreza. Excepcional, de hecho. Eres muy hábil Bella, pero deberías haberte contentado con un pago en efectivo. Encantado habría pagado por ti. De hecho... —volvió a meter la mano en la chaqueta, aunque en esa ocasión para sacar una cartera fina de piel. La abrió. Soltó sobre la cama un puñado de billetes de cincuenta libras—. Puedes quedarte el cambio.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—Dispones de diez minutos para abandonar esta suite. La seguridad del hotel te escoltará a la salida —ante la entrada, se detuvo, pero no se volvió—. A partir de este momento, MML deja de tener interés en Swan Yatch Design.

Su voz sonó dura como una roca.

Se marchó sin mirar atrás.

En la cama, Bella comenzó a temblar.