Con cuidado, el bedel del hospital empujó la silla de ruedas de Bella por la rampa en dirección a la limusina que la esperaba. Dos mujeres subieron al coche detrás de ella, una enfermera con uniforme de mediana edad, la otra más joven que ella y de rostro alegre. Le sonrieron a Bella y se presentaron, pero ella apenas prestó atención.
El corazón le martilleaba en el pecho y la adrenalina combinaba el temor con una esperanza desesperada. Tenía la boca seca y un nudo en la garganta. Sobre el regazo, las uñas se le clavaban en la palma.
«Tony, Tony, Tony...».
Como una letanía, el nombre de su hijo reverberaba en su cabeza.
La limusina arrancó.
No supo cuánto duró el trayecto. Tenía las manos enlazadas, y las retorcía con la vista perdida en el parabrisas. El día estaba feo y la primavera parecía hallarse a un millón de kilómetros de allí.
El coche se detuvo ante un edificio anterior a la guerra, con un sendero de cemento que conducía a la entrada. La enfermera y la niñera bajaron. Bella adelantó el torso para tratar de ver la casa a través de la puerta de la limusina.
No vio el coche con chofer que se detuvo detrás de la limusina, ni a la alta figura enfundada en un traje oscuro salir del vehículo y observar esa estructura vieja con el rostro serio. La puerta de entrada se abrió y por ella salió una mujer.
Edward contempló la escena en silencio. Reconoció a la asistente social aún con el pequeño a la cadera. Hablaba con una mujer que tenía al lado, no la enfermera ni la niñera, que aún seguían en el porche de la casa. La otra mujer asintió con la cara tensa, alargó la mano con gesto perentorio y comenzó a caminar por el sendero. Edward sintió un nudo en el estómago al darse cuenta de que conducía a una figura diminuta cuyo andar encorvado y cabeza gacha le creó un nudo en la garganta. En la otra mano la mujer llevaba una maleta. La enfermera y la niñera la siguieron. El instinto lo llevó a dirigirse hacia la figura diminuta.
Pero de pronto se oyó un grito que lo hizo girar la cabeza.
—¡Tony!
El grito fue un sollozo a medias. Al oírlo, la figura encorvada alzó la cabeza, con unos ojos enormes en una carita pequeña, y entonces, como un tornado instantáneo, emprendió la carrera por el sendero de cemento y se metió en el coche.
—¡Mami! ¡Mami! ¡Mami! ¡Mami!
La vocecilla sonó aguda e histérica. Bella se inclinó y lo subió a su regazo, abrazándolo, ajena al dolor físico en el pecho, perdida en el júbilo que la abrumó. Las lágrimas cayeron por su rostro.
—¡Oh, Tony... Tony! —lo aplastó contra su seno, con lágrimas en los ojos y éxtasis en el corazón—. ¡Oh, cariño, cariño! ¡El pequeño de mamá!
Pensó que podía morir de felicidad mientras abrazaba a su hijo, ya que había pensado que nunca más volvería a verlo a salvo en sus brazos.
En la acera, Edward observaba inmóvil.
Su rostro parecía tallado en piedra.
El coche volvió a ponerse en marcha. Bella fue ajena a él... ajena a todo salvo a la manita que le aferraba la suya con tanta fuerza que le partía el corazón.
—¿Has sido un buen niño, cariño? —le preguntó a Tony, acariciándole la mejilla.
Él asintió con los ojos enormes.
—No estabas allí —dijo.
—Tu mami ha estado enferma, pequeño —intervino la niñera.
Estaba sentada junto a Tony, mientras la enfermera ocupaba un asiento plegable frente a ellos.
—Pero ya me estoy recuperando —añadió Bella con celeridad.
—¿Nos vamos a casa ahora? —preguntó el pequeño.
Fue a contestarle, pero la enfermera se adelantó.
—Tu madre no está lo bastante bien como para cuidar de ti ella sola, jovencito —anunció con voz firme—. Así que va a disfrutar de una pequeñas vacaciones... sí, contigo. ¡No te preocupes! El señor Cullen lo ha arreglado todo.
Tony abrió mucho los ojos.
—¿Unas vacaciones? ¡Mami! ¿Sí? ¿Dónde?
Había una corriente de ansiedad debajo del entusiasmo.
—¡Lejos! ¡Es una aventura! Iremos en un avión.
La incredulidad lo dejó boquiabierto.
—¿Un avión? —repitió con voz asombrada.
—Sí —confirmó, aliviada de que no le extrañara que no regresaran a su antiguo hogar—. Un avión.
Le apretó la mano y sintió que los ojos se le humedecían con lágrimas de júbilo.
Había recuperado a Tony. Su atesorado hijo.
Nunca más volvería a dejarlo. Sin importar el precio que eso representara para ella.
Siete horas más tarde, Bella se sentía como si un coche hubiera vuelto a atropellada. Parecía que le dolía cada hueso del cuerpo. Incluso en un viaje de lujo en un jet privado ejecutivo desde el aeropuerto local, un helicóptero desde Atenas hasta la isla de Edward Cullen en el Egeo, una camilla para trasladarla a un dormitorio en la villa... se sentía extenuada.
Hizo que comprendiera lo imposible que habría sido cuidar de Tony en su hogar.
Conducidos por una mujer grande vestida de negro, quien hablaba inglés con un fuerte acento griego y que se presentó como Carmen, Kate, la niñera, se llevó a Tony al dormitorio de éste, situado entre el de ella y Bella, mientras la enfermera Cope acostaba a la paciente.
Lo último que vio antes de entregarse a la maravillosa cama fue a Tony entrando en el dormitorio enfundado en su pijama viejo, aferrado a su leal peluche, y a Kate alzándolo con cuidado para que pudiera darle un beso de despedida a su madre.
—Duerme bien, mami —le rodeó el cuello con los bracitos y le dio un beso—. Nunca vuelvas a irte.
Ella experimentó una oleada de felicidad.
—Cariño... nunca más —murmuró, y se sumió en un sueño de ángeles.
Edward le dio una semana.
Eran siete días más que los que él hubiera querido, ya que anhelaba estar con su hijo con todos los instintos de su cuerpo. Para empezar a recuperar los cuatro años perdidos.
Pero la relación que iba a iniciar en ese momento, iba a durar una vida entera. Tenía que hacerlo bien. Sabía lo que pasaba cuando un padre se equivocaba...
Con la vista clavada en el vacío desde su despacho en el cuartel general de su empresa en Atenas, pensó en lo que extraño que era que pudiera amar tanto a su hijo... y odiar a la madre.
Se obligó a relajar los músculos tensos de la espalda y los hombros. Bella Swan ya sólo existía con un único propósito, estar ahí si su hijo la necesitaba. Iba a tolerar la existencia de esa mujer sólo por el bien de su hijo.
Frunció el ceño. Pero lo que no pensaba tolerar eran las drogas. Sin importar el tiempo que tardara en desterrarlas de su vida, iban a desaparecer. Dios sabía que no esperaba gran cosa de una mujer de su calaña, amoral y corrompible, pero sin duda el espejo debía haberle revelado lo que las drogas le estaban haciendo. Le habían arrebatado la belleza y la salud.
Desterró la imagen y alargó la mano hacia el teléfono. En una semana había despejado su apretada agenda empresarial. Cuando llegara a la villa, no quería que nada lo obligara a marcharse en al menos un mes. Su piloto podía llevarle cualquier documento que pudiera necesitar, y el estudio que tenía allí estaba conectado con el resto de su imperio.
Toda su concentración iba a estar en Tony... el hijo que ni siquiera sabía aún que él era su padre.
Bella se reclinó en la tumbona y contempló la escena que se extendía ante ella. Experimentó una profunda oleada de felicidad y gratitud. Estaba rodeada por la suave primavera del Mediterráneo, y el sol radiante y dorado en el cielo de la tarde caía sobre el centelleante mar en la pequeña bahía. Desde la terraza de piedra y con las sombras que proyectaban las vides, por encima de la balaustrada podía ver la playa a sólo dos metros y medio más abajo. Tony, con una camiseta, bermudas y sombrero para el sol, cavaba en la arena, vigilado por Kate.
A salvo y seguro una vez más con su madre, y toda la felicidad que un niño puede tener junto al mar, parecía haber superado el trauma de haber estado separado de ella. En cuanto a Bella, también ya se sentía mucho mejor. Desaparecida la ansiedad, su cuerpo disponía de libertad para continuar con la tarea de sanar... algo mucho más fácil en esa villa de lujo, con los cuidados de la enfermera Cope y la completa ausencia de tareas domésticas y cuidados infantiles que ejecutar.
Desde luego, era un modo maravilloso de vivir.
Un ruido creciente la distrajo. En la playa, Kate y Tony miraban al cielo. Un momento más tarde, se dio cuenta de lo que era. Un helicóptero que comenzaba a descender con un sonido ensordecedor.
Se preguntó quién podía ser.
No tuvo que esperar mucho para averiguarlo.
Edward salió a la terraza. La sorpresa siempre era un elemento fiable de ataque. Pero al desviar la mirada a la playa, se quedó quieto.
Su hijo chapoteaba en el mar, riendo y saltando alborozado sobre las pequeñas olas.
Sintió que el corazón se le encogía.
Era un niño completamente diferente al que había visto con la asistente social, retraído y traumatizado.
Al recordar esto se sintió dominado por una abrumadora sensación de protección.
—¿Qué haces aquí?
La voz aguda atravesó su emoción.
Giró la cabeza y sus ojos adquirieron una intensa frialdad. Se clavaron en la mujer que había dado a luz a su hijo y que luego se lo había mantenido oculto durante cuatro años.
La palidez de ella resaltaba las mejilla chupadas y las ojeras.
—¿Qué haces aquí? —exigió saber una vez más.
Edward se sentó en una de las sillas de bambú. Durante un momento, simplemente la estudió. Como si fuera una especie de cucaracha.
—Tenemos asuntos que discutir.
Entonces Bella supo por qué había ido. No podía haber ninguna otra razón.
—Quieres que firme unos papeles, ¿verdad? Algo que me impida legalmente presentarme alguna vez ante los medios con la historia de Tony.
Los ojos oscuros y condenatorios de Edward se endurecieron. De modo que ése iba a ser su plan... ¡amenazarlo con exponer a su hijo a la prensa rosa para que todo el mundo pudiera devorarlo!
—Jamás —le informó con lentitud deliberada— hablarás ante la prensa sobre mi hijo. Con o sin impedimento legal. ¿Por qué crees que te traje aquí? ¿Para que recobraras la salud? —preguntó con hiriente mordacidad.
—¿Y cuándo me lleve a Tony a Inglaterra? —replicó. Seguro que querría algún documento que legalmente la silenciara. Pero no le importaba. Le firmaría lo que quisiera para deshacerse de él lo más rápidamente posible. Y si era factible, en ese mismo instante.
—No vas a regresar a Inglaterra... ni tampoco mi hijo.
Fue como si la atravesara una lanza de frío acero.
—A partir de ahora —continuó él con el mismo tono—, viviréis aquí. Más adelante, cuando tenga edad escolar y fluidez con el griego, se arreglará otra cosa.
—¿Edad escolar? ¿Fluidez con el griego? ¿De qué diablos estás hablando?
—Hablo del modo en que vivirá mi hijo a partir de ahora.
—¡Dame los papeles que quieres que te firme! ¡Es mucho más sencillo que la idiotez que planteas como alternativa!
—No tienes elección. Mi hijo se queda en Grecia. Y mientras, siendo un niño, tenga alguna necesidad de ti, tú también te quedas. No es negociable.
Lo miró fijamente... fue lo único que pudo hacer.
—Estás loco. ¿De verdad te imaginas que voy a permanecer encarcelada aquí porque tú lo quieras?
—¡Lo que de verdad imagino, es que a partir de ahora harás exactamente lo que te diga! ¡Entiende eso y entiéndelo bien! ¡Careces de poder de negociación!
Se incorporó en la tumbona. Le dolieron las costillas, pero no le importó. La incredulidad y la furia bullían en su interior.
—¡No negociaría contigo ni aunque en ello me fuera la vida!
—Eso está bien. Al fin empiezas a entender la situación.
El corazón de Bella empezó a latir con mucha fuerza, mientras Edward Cullen continuaba con voz acerada:
—Deja que te explique la situación... para que incluso tú puedas asimilarla. Sean cuales fueren los dulces sueños que hayas podido tener de que pensara mantenerte con lujo en Inglaterra, satisfecho de ver a mi hijo sólo como una visita, ya puedes desterrarlos de tu cabeza. A partir de ahora, mi hijo pasará a ser una parte permanente de mi vida. Tú vivirás aquí, bajo supervisión, mientras trato de rectificar el daño que le has causado a mi hijo al mantenerlo apartado de mí. He perdido cuatro años, cuatro años, de su vida, y te destruiré por eso. Pero tengo las manos atadas... mientras sea un niño, la felicidad de mi hijo depende de ti, y sólo por esa razón tolero tu presencia en su vida. Que no te quepa ninguna duda al respecto.
Ella no sintió nada... nada en absoluto. Sólo un horror incrédulo. ¡No podía haberlo escuchado decir lo que acababa de decir!
—Y ahora... —espetó con tono lóbrego y fuego en los ojos—... empezaré a recuperar los cuatro años en que mi hijo desconoció mi existencia.
Quiso chillar, gritar, pero no podía. Estaba paralizada por el horror.
Lo vio bajar por los escalones de piedra que conducían a la playa, moviéndose con la agilidad y elasticidad de un felino enfundado en su traje ligero.
No supo de dónde sacó las fuerzas, pero se apoyó en los reposabrazos de la tumbona y se levantó, sintiendo que el mundo daba vueltas a su alrededor. Trastabilló hacia los escalones, enferma y mareada. Se aferró a la balaustrada de piedra. Abrió la boca para gritar una advertencia, una negación de lo que sucedía, pero sintió que una bruma oscura la envolvía. Sus piernas cedieron y de repente se vio lanzada hacia una oscuridad total.
Edward oyó el ruido sordo del cuerpo al caer sobre la arena y giró en redondo. Al mismo tiempo, oyó un jadeo conmocionado procedente de la niñera sentada en una toalla que había empezado a ponerse de pie al ver que se acercaba. Miró más allá de él hacia la forma caída de Bella.
—¡Cuide de Tony! —soltó al regresar en dirección a la villa—. ¡No deje que se acerque!
Estaba sin sentido. Con voz autoritaria, llamó a la enfermera, luego alzó el cuerpo inerte. Apenas pesaba. Subió con celeridad los escalones y la llevó dentro.
La enfermera iba hacia él exclamando algo, pero la silenció.
—¿Qué habitación ocupa?
—Por aquí —repuso la mujer y abrió la puerta del dormitorio principal, que daba a una parte de la terraza.
Edward depositó el cuerpo sobre la cama.
—Intentó bajar los escalones y cayó sobre la arena —explicó con sequedad. Al menos la mujer parecía lo bastante competente como para no quedarse desconcertada. Se puso a comprobarle el pulso y el corazón, enderezando el cuerpo de su paciente.
—¿Necesita llamar a un médico? —demandó Edward.
La enfermera alzó brevemente la cabeza y negó con un gesto.
—Recuperará el sentido en unos momentos —predijo antes de centrarse otra vez en su paciente.
Él asintió. La dejó con la enfermera y salió otra vez al exterior. En la playa pudo ver a la niñera, en cuclillas junto a Tony, hablandole y evidentemente conteniéndolo de ir dentro. Furioso, se preguntó si Bella lo habría hecho adrede para asustar al pequeño. Frunció el ceño. ¿Qué quería, demostrar lo maternal que era?
«Como mi propia madre...».
No. Nada de recuerdos. No los permitiría.
Cerró la mente a ellos.
Bajó hasta la playa y fue hacia su hijo. Bella Swan no era nada para él. Su hijo lo era todo.
Al acercarse, vio que la única preocupación del pequeño era el estado de su madre. El miedo se reflejaba con toda desnudez en su carita.
Respiró hondo y se obligó a que su voz sonara tranquilizadora.
—No hay de qué preocuparse —dijo—. Tu madre se pondrá bien en unos momentos. La enfermera Cope está con ella. Sólo se ha mareado un poco.
La niñera aprovechó el momento.
—Se ha mareado... ¡eso es todo! Tu mami tiene que tomárselo con calma, ¿lo recuerdas? Ha estado enferma, pero ya está mejorando. Mira... ¡tienes una visita! ¿Señor Cullen?
Se incorporó y miró a Edward. Era muy profesional. No le importaba que hubiera adivinado la relación que tenía con su pupilo. Asintió fugazmente para despedirla y ella volvió a reaccionar con inteligencia.
—Santo cielo, ¡mira ese desorden! Es hora de que lo ordene todo —regresó al sitio donde estaban los juguetes.
Edward vio que su hijo miraba con incertidumbre primero a su niñera y luego a él.
Su niñera de una semana le resultaba más familiar que su propio padre.
«Para él no soy más que un extraño. Gracias a su madre».
Sintió amargura.
Y mucho más... un torrente de emoción intensa. Ésa sería la última vez en la vida en que sería un extraño para su propio hijo. A partir de ese momento.
Con cuidado, dio el primer paso en ese viaje crucial.
—Hola, Tony. ¿Te has divertido jugando en la playa?
La expresión del pequeño se animó.
—¡He estado en el mar! —anunció.
Con el corazón aún en un puño, se obligó a sonreír. De pronto se preguntó cuándo había sido la última vez que había sonreído. No desde que Sue Clearwater le había pasado aquella llamada de la asistente social, desde luego.
—¿De verdad? ¿Y qué hiciste en el mar?
Los ojos grandes brillaron.
—¡Salpicar!
—Muéstrame cómo.
No hubo ninguna vacilación. Su hijo llenó el cubo de plástico y luego echó el contenido hacia el mar.
—¿Lo ves? —giró la cabeza para mirar a Edward.
—Muy bien. ¿Qué crees que llega más lejos? ¿Un cubo de agua o una piedra? —observó a su hijo dejar el cubo y recoger un guijarro.
—¡Piedra! —gritó Tony, tirándola. Recogió otra y lo repitió.
—Conozco un truco con las piedras —indicó Edward. Avanzó casi hasta el borde del agua. Una rápida inspección en la arena le reveló un par de guijarros planos y redondeados. Se incorporó, miró hacia el agua, estudió el ángulo y la lanzó.
—¡Rebotó!
La voz de su hijo pareció asombrada. Miró a Edward con asombro y respeto en la cara.
—¡Otra vez!
Edward lo complació.
—¡Dos rebotes! —gritó Tony, saltando arriba y abajo.
El agua salpicó los pantalones de Edward. No le importó nada.
—¡Qué sean tres! —ordenó Tony.
—La próxima vez —sabía cuándo debía abandonar. De hecho, se sentía asombrado consigo mismo de poder hacer rebotar los guijarros en el agua.
Los recuerdos lo atravesaron. Él mismo se había enseñado a hacerlo siendo niño, con obstinación y paciencia durante los interminables veranos que había pasado en la enorme villa que los Cullen tenían en la costa de Ática. Nunca había tenido a nadie con quien jugar. Su padre siempre se había quedado en Atenas, trabajando.
Y en cuanto a su madre...
Cerró el acceso al pasado.
Su hijo recogía piedras y trataba de hacerlas rebotar, sin éxito.
—¡No puedo hacerlo! —exclamó frustrado.
—Es un truco. Te lo he dicho. Yo te enseñaré, pero cuando seas mayor.
—¿Cuando tenga cinco años? —quiso saber.
—Mayor. Yo lo aprendí cuando tenía más de cinco años.
—¿Cuántos tenías?
Edward rememoró. No quería hacerlo, pero no tuvo elección.
—Ocho —anunció.
Había sido el día de su cumpleaños. Su padre había estado en Nueva York por asuntos de negocios. Él había estado en la villa solo, aparte del personal de servicio. Había pasado el día en la playa, practicando con las piedras hasta conseguir hacerlas rebotar.
—Tendré ocho años en... —el niño contó con los dedos—. Uno, dos, tres, cuatro años.
Edward volvió al presente.
—Muy bien —lo felicitó—. Kala. Eso significa bien en griego —hizo una pausa—. Estamos en Grecia. Ésta es una de las islas griegas. Hay cientos de islas en Grecia. Si puedes contar en inglés —continuó—, puedes contar en griego. Ena, thio, tria. Eso es uno, dos, tres. ¿Puedes decirlo?
Titubeante, el pequeño repitió los números. Algo atravesó a Edward.
«Mi hijo. Hablándome en griego».
—Muy bien —alabó, y le sonrió a su hijo.
Esa segunda sonrisa pareció más fácil.
