Capítulo 5

Bella se movió aturdida. Sentía la cabeza pesada; el cuerpo le dolía. Debían haberle dado un sedante y aún estaba embotada. Se preguntó cuánto tiempo habría estado dormida y alargó la mano hacia el reloj. Al hacerlo, vio que llevaba puesto el camisón. La enfermera Cope debía de haberla cambiado, aunque no lo recordaba.

El reloj indicaba las diez y media de la mañana. Había dormido toda la noche.

Al mismo tiempo, recordó por qué la enfermera Cope debía de haberla sedado.

Sintió pánico.

—¡Tony!

Su voz sonó angustiada.

Un momento más tarde, la enfermera entró en el dormitorio.

—Vamos, vamos —dijo con calma—. No quiero que vuelva a perturbarse...

—¿Dónde está Tony? —demandó desesperada.

—Nadando en la piscina con el señor Cullen —respondió con serenidad.

De inmediato trató de apartarse el cobertor. La enfermera se lo impidió.

—No —indicó con firmeza—. Tony se encuentra perfectamente bien y feliz. Podrá verlo dentro de un rato, cuando haya desayunado. No se va a ir a ninguna parte.

—Usted no lo entiende... —comenzó con ojos angustiados.

La enfermera Cope le ahuecó las almohadas.

—Lo que entiendo es que si quiere ponerse bien lo más pronto posible, no debe perturbarse de esta manera. Ayer podría haberse hecho mucho daño al caer de esos escalones, ¿sabe? Ahora desayune y luego la ayudaré a levantarse.

No pudo hacer otra cosa que ceder.

Pero mientras comía, intentó forzar su cerebro para que funcionara. Edward Cullen no podía quitarle a Tony. Los padres de hijos ilegítimos carecían de derechos automáticos ante la ley. Podía negarle acceso, mantener a Tony a salvo de él, conseguir una orden del tribunal para mantenerlo alejado...

Pero había una pregunta que aún seguía sin respuesta.

¿Por qué quería Edward a Tony? ¿El único motivo para que lo hubiera sacado de los cuidados del estado y los hubiera llevado allí era únicamente para evitar el escándalo?

Pero ¿por qué estaba tan enfadado porque le hubiera ocultado su existencia?

Por qué un hombre como ése, capaz de usar a las mujeres como la había usado a ella, podía hacerle lo mismo a su hijo. Su hijo.

Pareció una eternidad hasta que la enfermera Cope quedó satisfecha con lo que había comido y la ayudó a vestirse. Luego pasó otra eternidad hasta que la sacó a la terraza.

—Quiero estar cerca de la piscina —indicó con sequedad. Podía oír chapoteos y los gritos infantiles de Tony respondidos por una voz más profunda desde el otro lado de la villa, donde se hallaba la piscina.

La llevó ayudada por Eleazar, el marido de Carmen, quien la situó de modo que pudiera ver la piscina en la terraza inferior. Allí estaba Tony, con unos flotadores en los brazos, esforzándose en hacer un ancho. Edward se encontraba de pie en la piscina, justo delante de él, con las manos extendidas y animándolo.

La recorrió una oleada de emoción.

Se juró que nadie volvería jamás a quitarle a Tony. Nadie la separaría nunca de su hijo.

«A partir de ahora, mi hijo pasará a ser una parte permanente de mi vida».

Una vez más, la incredulidad la atravesó como un cuchillo. ¿Por qué Edward Cullen quería a Tony?

Contempló la escena de la piscina.

—¡Mueve las piernas! —lo oyó animar—. ¡Patea con fuerza!

Tony respondió pateando todavía con más fuerza, impulsándose hacia delante en el agua.

¡Kala! ¡Bien!

Asentía para darle ánimos, instándolo en todo momento a continuar. Sólo tenía ojos para el niño. Toda su concentración y atención.

No tenía sentido. Ningún sentido.

Cuando Tony al fin llegó hasta donde estaba su padre, éste permitió que le tomara las manos.

—¡Excelente! —anunció.

Tony le dedicó una expresión radiante. Luego vio que su madre los miraba desde la terraza superior.

—¿Lo has visto, mami? ¿Lo has visto? ¡Estoy nadando! ¡Estoy nadando!

La carita era el reflejo de la alegría y el orgullo.

Otro par de ojos se posó en ella. Oscuros, como los de su hijo. Pero la mirada que le dedicó estaba llena de desprecio.

Edward salió del agua y se irguió. Había necesitado nadar unos cuantos largos después de practicar con Tony para quitarse la furia que lo consumía.

Ella seguía sentada en la terraza superior. El personal había tenido el sentido común de marcharse. Recogió una toalla de playa de una tumbona y comenzó a secarse con vigor. Luego, con la toalla al hombro, subió los escalones.

Al pasar a su lado, su voz siseó como si de una serpiente venenosa se tratara.

—No vas a conseguir a Tony. No vas a conseguirlo.

Se detuvo en seco.

Con el rostro como cincelado en mármol, habló despacio.

—Permite que te deje algo muy, muy claro. Cualquier idea que albergues acerca de poder amenazarme con una batalla por la custodia de Tony que termine con tu victoria y una elevada pensión de manutención, puedes quitártela de la cabeza. ¡Ningún tribunal en Europa devolvería al pequeño a una mujer como tú!

El rostro de ella se retorció.

—Ningún tribunal en Europa entregaría al pequeño a un hombre como tú. ¡Sólo he hecho una cosa, una sola, que siempre he lamentado, y fue ser tan increíblemente estúpida como para acostarme contigo aquella noche! —soltó con veneno, pero tenía que defenderse.

La boca de él exhibió una mueca.

—Sí, estúpida, desde luego. Por tomarme por el estúpido que creías que era.

—Yo no...

La cortó.

—Y estúpida ahora si piensas que dejaría a mi hijo al cuidado de una drogadicta.

—¿Qué has dicho?

El rostro de él mostraba una frialdad de ultratumba.

—¿Vas a negarlo? —espetó—. Ni siquiera lo intentes. La asistente social que me informó de que tenía un hijo de cuatro años, me habló de tu hábito. Descubrió la prueba la mañana que se presentó en tu apartamento y te encontró casi inconsciente, con drogas en la mesilla y mi hijo desatendido, ¡dispuesto a abrirle la puerta a cualquiera que llamara! ¡Y luego llevarte contigo a un niño a la calle, cuando aún estabas colgada y a punto de provocar que os mataran! —entrecerró los ojos—. Podría estrangularte con mis propias manos, irresponsable...

Bella sintió que le castañeteaban los dientes.

—¡No eran drogas! ¡Se trataba de una medicación para la gripe! —cortó.

Él soslayó la protesta.

—Y encima la amenazaste con usar la violencia.

—Era un cuchillo de verduras... ¡estaba pelando zanahorias! Y no paraba de insistir en que le dijera quién era el padre de Tony... como si alguna vez fuera a hacerlo.

—No, querías planear el momento de la revelación, ¿verdad? Para poder conseguir de mí la mayor cantidad posible de dinero. Y al cuerno con la vida a la que estabas sometiendo a mi hijo.

—Estás loco. Completamente loco. Jamás pensaba permitir que te acercaras a Tony.

—Entonces, ¿fue por eso que te aseguraste de que mi nombre y mis detalles de contacto se adjuntaran a su partida de nacimiento? —se mofó con desdén.

Bella cerró los ojos y volvió a abrirlos.

—¡Era para una emergencia! En caso de que algo... cualquier cosa, me pasara a mí —sintió un sudor frío por la espalda al pensar que a punto había estado de pasarle algo—. Incorporé tu nombre porque sabía que al menos tenías dinero, que el estado podía obligarte a pagar por él, un hogar de acogida decente... garantizarle un futuro...

—Ahora sí que mi hijo tiene un futuro. Y no con una débil y drogada...

Bella se puso de pie, sin prestar atención al dolor que la recorrió de arriba abajo.

—¡No me hables de esa manera! ¿Cómo te atreves? ¡No soy una drogadicta!

Él frunció el ceño.

—Llámalo como quieras... consumo recreativo, cualquier eufemismo obsceno que decidas. Pero te diré que en lo que te quede de vida jamás volverás a tocar las drogas. ¡Mi hijo no tendrá una drogadicta por madre!

¡No tomo drogas! —chilló—. ¡Jamás he tomado drogas!

La miró fríamente.

—Contrólate. No voy a tolerar tu histeria. Ni permitiré que me influya. Te conozco por lo que eres, así que no me hables de virtudes que no posees. Y ahora siéntate antes de que te caigas. Y que ni se te pase por la cabeza querer jugar la baza de la simpatía. Tu condición física es de tu entera responsabilidad. ¡Mi única preocupación es mi hijo! De no ser por él... —sus ojos centellearon con desprecio—... podrías caerte muerta ahora mismo que no movería un dedo para salvarte. Pero un niño de cuatro años necesita a su madre... incluso a una como tú. Así que por su bien toleraré tu presencia en su vida, pero según mis condiciones, ¿me oyes? A partir de ahora, vivirás bajo mi discreción y dirección, supervisada por mi personal. No te moverás, hablarás o actuarás a menos que sea en beneficio de mi hijo.

Ella soltó una risa dura e incrédula.

—¡Vete al infierno! ¡Ningún tribunal te permitirá salirte con la tuya!

Él sonrió.

—¿Y cómo te presentarás ante los tribunales? Estás en mi isla. El personal trabaja para mí, responde ante mí. Sólo ante mí. Dios mío, ¿te atreves a oponerte a mí? ¿Me ocultas a mi hijo durante cuatro años y crees que me mostraré benévolo cuando descubro su existencia? Me he perdido cuatro años de su vida... toda su vida él ha desconocido lo que es tener un padre. ¡Pero eso se ha acabado!

Ella osciló y el mundo se bamboleó a su alrededor.

—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué haces esto? No lo entiendo. ¿Qué posible interés tienes en Tony?

—Si alguna vez te condenaste con tu propia boca, lo acabas de hacer ahora —soltó entre dientes—. Has revelado exactamente lo que eres. Una mujer tan carente de humanidad, que eres incapaz de entender lo que significa tener un hijo —durante un momento, se sintió abrumado por sus propios recuerdos. Luego la miró con dureza—. Mantente fuera de mi vista. No quiero respirar el mismo aire que tú.

Se marchó.

Ella temió que la debilidad la dominara. Se aferró a la balaustrada de piedra y luchó por respirar. Se sintió enferma y mareada.

Pero no era el dolor de su cuerpo lo que la crucificaba.

—Tony —susurró.

Edward trabajaba en su estudio después de la cena, poniéndose al día en lo último acontecido en Cullen International. Había pasado la tarde con Tony, una vez que el pequeño se había levantado de la siesta habitual. Habían vuelto a nadar, construido un castillo de arena y jugado al fútbol.

Una llamada a la puerta lo interrumpió.

—¿Señor Cullen?

Era la enfermera, de pie en el umbral. Exhibía una expresión firme y decidida.

Edward se reclinó en su sillón.

—¿Sí?

Entró con su andar flemático y cerró la puerta del despacho a su espalda.

—Debo hablar con usted —anunció.

Él asintió.

—Muy bien.

La enfermera respiró hondo.

—Mi responsabilidad, como usted apreciará, es para con mi paciente —comenzó—. Y por ese motivo he de pedirle que no se vea sometida a... —titubeó un momento, luego continuó—... a la clase de agitación emocional que ha vivido estos dos últimos días. Esos episodios no la ayudan a recuperarse. Había estado realizando excelentes progresos, pero corre un serio peligro de recaer. He tenido que volver a sedarla, y eso no ayuda a su convalecencia.

El rostro de Edward era una máscara. Eligió sus palabras con cuidado para responder:

—Agradezco su preocupación, enfermera Cope. Sin embargo, la mejor manera de garantizar la... tranquilidad... de su paciente es manteniéndola alejada de mí —decidió tomar el timón de esa conversación—. Y ya que está aquí, enfermera, quiero entender con exactitud cuál es el estado médico de su paciente y qué tratamiento se le administra —manifestó con tono impasible—. Entenderá, desde luego, que un aspecto esencial del tratamiento es agilizar el abandono de la dependencia a las drogas.

La enfermera enarcó las cejas.

—Estamos reduciendo las dosis, por supuesto, pero no se le pueden quitar con mucha rapidez o podría recaer. Su cuerpo aún depende de los medicamentos.

El rostro de Edward se ensombreció.

—¿Tanta adicción padece? —demandó con tono lóbrego.

Las cejas de la enfermera se enarcaron todavía más.

—¿Adicción? No entiendo.

Algo en la voz de la mujer lo enfureció.

—¡Si se hubiera tomado la molestia de leer su historial médico, sabría de qué estoy hablando! —espetó con frialdad.

La enfermera se refrenó.

—¡No hay absolutamente nada en su historial médico que indique que es una drogadicta!

—¡Se hallaba bajo la influencia de las drogas cuando se plantó delante de ese coche!

La enfermera respiró hondo.

—Señor Cullen, a la señorita Swan se le realizó un detallado examen médico cuando fue admitida en Urgencias del Hospital General de Forks. ¡La única sustancia que se encontró en su sangre fue la de un producto para la gripe! Demasiada cantidad, pero nada, absolutamente nada, ilícito. Como tampoco ninguno de sus subsiguientes análisis durante la hospitalización reveló el más mínimo rastro de que abusara de alguna sustancia. Y si no me cree a mí, consúltelo con su propio doctor Gerandy —finalizó con desdén.

—¡Debió de estar colgada con algo para plantarse ante ese coche!

La enfermera lo miró con incredulidad.

—La atropello un coche con exceso de velocidad. Hubo testigos del accidente y con posterioridad se arrestó al conductor por conducir superado el límite de alcohol en sangre. Todo está documentado, ¡y estoy segura de que la policía de Forks se lo confirmará si insiste en saberlo!

Edward la miró fijamente.

—¿Me está diciendo que no es drogadicta? —preguntó despacio.

—¡Por supuesto que no lo es! ¡Jamás en la vida había oído semejantes tonterías!

—Su asistente social...

La enfermera Cope bufó.

—Su asistente social —continuó Edward con sequedad—, dijo que había pruebas de uso de drogas y de violencia.

Otro bufido.

—Puedo asegurarle, señor Cullen, basándome en los considerables años que llevo dedicada a la enfermería, que mi paciente no es violenta ni drogadicta.

Edward soslayó su indignación.

—Entonces, ¿por qué parece un cadáver andante? —exigió.

La enfermera se inflamó.

—Probablemente, porque estuvo a punto de serlo —repuso—. Cuando la ingresaron en el hospital después de que ese conductor la atropellara y se diera a la fuga, se le descubrió que padecía una infección pulmonar severa, prolongada y no tratada, agudizada por un agotamiento crónico. Requirió una medicación urgente y continuada... medicación que aún recibe, aunque en dosis decrecientes, como ya he indicado. Dado el estado en el que se hallaba cuando la atropellaron, me extraña que pudiera tenerse de pie... y menos aún que fuera capaz de amenazar a alguien con un cuchillo. ¡Me sorprendería que tuviera la fuerza de levantarlo, y menos usarlo!

Durante largo rato, Edward no dijo nada. Observó a la enfermera que tenía delante. No parecía una mujer ingenua y crédula.

Pero ¿si decía la verdad...?

Giró y clavó la vista en la ventana, en la oscuridad de más allá.

Necesitaba reflexionar a solas.

—Gracias, enfermera Cope. Eso es todo.

Bella había estado diciendo la verdad. Era un descubrimiento perturbador.

—¡Mami!

—Hola, pastelito. ¿Has dormido bien?

Tony subió al regazo de su madre y se acurrucó un momento. Ella le acarició el pelo y no hizo caso de la presión de ese cuerpo pequeño sobre sus costillas delicadas. Había pasado la mañana igual que los demás días, en la cama... por insistencia de la enfermera Cope. Pero después de la comida le había permitido levantarse y en ese momento se encontraba instalada en la terraza.

—Sí, pero ahora quiero jugar. En la playa. Ven tú también.

—Oh, cariño, quizá mañana.

—No... ¡Ahora! —insistió amotinado.

—Tony, tu madre necesita descansar. Tú lo sabes. Descansar hará que se recupere antes.

La voz profunda fue firme, pero no reprobatoria. Bella giró la cabeza hacia donde Edward los observaba desde el umbral.

Exhibía una expresión extraña. Diferente de lo que había visto hasta el momento.

Parecía... reservado.

Evaluador.

—Siempre está descansando. Como el abuelo. Siempre estaba cansado y acostado. Y luego él... él...

La boquita del pequeño tembló.

Bella sintió que se le encogía el corazón. Lo abrazó con fuerza.

—Oh, cariño, yo no estoy enferma como lo estuvo el abuelo. Cada vez me pongo mejor... te lo prometo. Escucha, bajaré a la playa, ¿de acuerdo? Ve tú primero.

—Un momento.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Edward se había inclinado para alzar a Tony de su regazo. Aunque soltó a su hijo lo más rápidamente que pudo, no fue suficiente para evitar que el brazo desnudo de él le rozara la mano.

Cada músculo de su cuerpo se paralizó. Dejó a Tony en el suelo.

—Ve a decirle a Kate que vamos a bajar a la playa.

—¿Con mami?

Edward asintió. Tony salió corriendo, feliz.

Se volvió hacia ella.

—¿Qué es eso de que el abuelo de Tony estaba enfermo y, supongo, que no mejoró?

La pregunta surgió de repente.

—No, no mejoró —repuso con voz tensa. No quería pensar en su padre, en su difícil muerte. Y, desde luego, no quería hablarlo con Edward Cullen.

—¿Tony lo recuerda?

—Sí.

—¿Cuándo murió?

Sintió un nudo en la garganta.

—El mes pasado.

¡Qué!

Hubo conmoción en su voz. La captó. No tenía ni idea de por qué lo había preguntado.

—¿Perdiste a tu padre hace unas semanas?

El nudo en la garganta de Bella empeoró.

—Estaba muy enfermo. Se esperaba su fallecimiento.

—¿Cuánto tiempo estuvo enfermo?

«¿Qué diablos es esto? ¿La Inquisición?», se preguntó.

—Años.

—¿Años? ¿Qué padecía?

«De corazón roto». Y era verdad. Perder Swan Yatch Design le había partido el corazón. Los vivos jamás habían llegado a la altura de sus yates.

—Durante años sufrió del corazón.

Pudo sentir la mirada penetrante de Edward.

—Desconocía tu pérdida. O que fuera tan reciente.

—Más que nada, fue una liberación. El fin fue... difícil —bajó la vista al regazo.

—Siempre lo es.

En ese momento Tony regresó a la carrera.

—¡Vamos, mami!

Partió a toda velocidad a la playa.

Antes de darse cuenta de lo que pasaba, Bella sintió que un brazo le rodeaba la espalda y otro se situaba debajo de sus rodillas, y era alzada sin esfuerzo.

El asombro la paralizó. Luego, frenética, intentó liberarse.

—¡Bájame! ¡Por favor!

Edward la miró, súbitamente inmóvil. Había histeria en la voz de ella.

—Suéltame.

Despacio, la depositó en el suelo.

—¿Qué...?

Se apartó de él, apoyándose contra la balaustrada.

—¡No me toques! —susurró.

Bajó por sí sola a la playa, negándose con determinación a aceptar el brazo que Edward le ofreció en silencio. Fue un avance lento, pero lo logró, y agradecida se dejó caer en la arena, donde Tony ya había empezado a cavar.

Edward se puso en cuclillas junto a la pequeña figura. Igual que Tony, llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta.

Mientras los observaba cavar con suma concentración, le sucedió algo extraño. Se dio cuenta de que Edward Cullen era el padre de su hijo.

«Pero no quiero que lo sea. No quiero que sea el padre de Tony!», pensó con desesperación. Pero eso no haría que fuera menos verdad. Los genes de él estaban en Tony... testimonio de ello era el parecido que tenían, que iba más allá del cabello cobrizo y la tez pálida.

Apretó los labios. Edward Cullen jamás podría haber sido joven. Jamás habría podido ser como era Tony en ese momento, un niño cariñoso, afectuoso, vulnerable...

Sin embargo, en ese momento se lo veía distinto que de costumbre.

Parecía más joven, a pesar de ser cinco años mayor que cuando lo conoció...

«No, no pienses en eso. No recuerdes».

Pero los recuerdos entraron con paso furtivo.

No de la espantosa mañana del día siguiente, sino de la noche anterior.

Había estado tan increíblemente atractivo, que ni por un instante había podido apartar la vista de él. Y seguía sin poder hacerlo.

Algo se agitó en lo más hondo de su ser. Algo que había estado latente durante mucho, mucho tiempo. Durante cinco largos, duros y amargos años.

No quería sentirlo. No quería que despertara.

Apartó los ojos de él y los clavó en Tony.

Su hijo.

«Nuestro hijo».

Oh, Dios, Tony era hijo de los dos... entre ambos lo habían creado. Aquella noche en que se derritió como cera en sus brazos.

La noche había sido mágica, maravillosa, incandescente. Jamás había sabido, había soñado, que sería posible sentir de aquella manera.

Y, sin embargo, él jamás había pretendido que fuera más que una aventura de una noche... un apetito casual por una mujer que había saciado con facilidad.

Pero ¿y si aquella noche de cinco años atrás hubiera sido algo diferente?

Los vio a los dos. Edward y Tony.

El corazón se le puso en un puño. En su visión apareció un espejismo. Edward, su marido, y Tony, el hijo que juntos habían creado. Podrían haber sido una familia, cariñosa, cálida y feliz...

El espejismo se desvaneció y el corazón volvió a latirle de forma natural.

Edward Cullen la había usado y a la mañana siguiente la había echado de su lado con la condena más dura e injusta posible. Negándose a permitirle que se explicara, que se justificara.

No era digno de ser el padre de su hijo.

No obstante...

Los observó cavar juntos, como un equipo, relajados el uno en la compañía del otro.

Tuvo que reconocerlo, aunque fuera a regañadientes.

Podía despreciarlo, desear con todo su corazón que no fuera el padre de su hijo, pero a pesar de todo eso, no podía negar que era bueno con Tony. Podía ver que el pequeño respondía a él. No era nada manifiesto, nada emocional. Pero Tony lo había aceptado.

De pronto tuvo un pensamiento desolador.

—¡Quiero llenar el cubo con agua! —anunció Tony, corriendo hacia el borde del mar.

Antes de poder detenerse, y con Tony más allá del alcance de sus voces, soltó:

—No vas a reconocerlo, ¿verdad? No va a saber que eres su padre, ¿verdad?

Edward giró la cabeza hacia ella.

—Tony sabrá que soy su padre. Cuando juzgue que es el momento oportuno, se lo diré —respondió con tono sombrío.

—No podrás cambiar de parecer en cuanto lo sepa. Lo sabes, ¿verdad? Más tarde no podrás decidir que ya no quieres ser su padre.

Había miedo en su voz.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

Como la había mirado cuando salió a la terraza.

—No tengo ninguna intención de hacer eso. Tony es mi hijo para siempre —de pronto su voz se tornó sombría—. Todos los niños necesitan un padre. Algo que con crueldad tú decidiste soslayar. Lo principal son sus necesidades. Razón por la que te quedarás junto a Tony mientras él te necesite...

—Siempre me necesitará. ¡Soy su madre!

Él apretó la mandíbula.

—Mientras te necesite, te tendrá —en sus ojos ardió un fuego oscuro—. Yo jamás separaría a un niño de su madre... ¡aunque ella quisiera dejarlo!

Bella lo miró incrédula.

—¡Ninguna mujer deja a su hijo!

—Algunas sí. Algunas mujeres carecen del instinto maternal. Es una cualidad ausente en ellas.

Bella se mordió el labio.

—Entonces, no tienen hijos.

—¿No?

Algo tembló dentro de ella. Entonces, como un cable tenso al romperse, Tony fue hacia ellos con el cubo a rebosar de agua y Edward dejó de prestarle atención.

Volvió a centrarse en su hijo.

Aunque pasados unos momentos de verter agua en el agujero, la miró. Tenía el rostro reservado y tenso, sin dirigirle la vista. Seguía flaca, pero ya no era la calavera que había contemplado nada más llegar al hospital.

Frunció el ceño.

No habían sido las drogas las que la habían hecho parecer tan enferma.

Después de que la enfermera le refutara esa creencia, se había puesto en contacto con el doctor Gerandy y esa mañana le había confirmado que no había prueba ninguna de que Bella Swan abusara de las drogas, aparte de confirmarle todo lo demás.

Lo que significaba que no había sido culpa suya terminar en el hospital parecida a una calavera. Lo que significaba...

Se desvió del sendero al que lo conducía su mente. No, no pensaba sentir remordimiento. Ni pena por ella. Podía alegrarse por el bien de Tony de que al menos no fuera una drogadicta, pero eso bajo ningún concepto la exoneraba de sus otras acciones.

Volvió a mirarla a hurtadillas, viendo las arrugas que le circundaban los labios, los ojos.

El historial médico exponía agotamiento crónico, aparte de estar enferma y herida.

¿Por qué no le había mencionado que su padre había muerto hacía poco? O que había estado enferma durante tanto tiempo.

Sabía cuánta tensión podía crear tener a un padre enfermo durante años. Con su padre, habían sido dos años desde el primer ataque al corazón hasta el último y fatal, y el tiempo se había estirado interminablemente. Pero se había negado a reconocer la «debilidad» que lo aquejaba, según palabras propias, y había insistido en llevar las riendas del poder de Cullen International.

Tampoco había dejado que su hijo le quitara parte de la presión.

«¿Su hijo?». Hizo una mueca. Las últimas palabras amargas que le había dirigido su padre, tan breves, reverberaron en su mente.

Instintivamente, miró a Tony.

«Mi hijo», pensó. «Mi hijo».

Lo recorrió una emoción poderosa y protectora.