—Buenas noches, cariño —acarició una última vez el pelo de su hijo dormido y la embargó un amor inmenso. Nada volvería a separarlo de ella.
Ni Edward Cullen.
Se puso de pie.
Edward Cullen no le importaba, sólo lo veía como una amenaza para su hijo y para ella.
Irguió los hombros y entró en su dormitorio.
La enfermera Cope estaba allí.
—¿Tony está dormido? Bien. Tengo entendido que esta noche cenará en el comedor.
La miró fijamente. Por lo general, cenaba con la enfermera Cope y con Kate, charlando amigablemente de cualquier cosa que no tuviera que ver con el motivo por el que Bella se encontraba en una isla privada con un niño que se parecía al dueño de la propiedad. Después veían algo de televisión en los canales vía satélite de habla inglesa. Resultaba relajante, agradable y familiar.
Al avanzar por el vestíbulo central, pensó que tal vez a Edward no le gustaba que entablara una relación cordial con quienes él había contratado para supervisar el contacto con su hijo. Quizá en ese momento se suponía que debía empezar a comer sola, aislada.
O tal vez no. Porque la esperaba, de pie junto al aparador, sirviéndose un whisky.
Se volvió para marcharse.
—¿Qué haces?
La voz sonó severa.
—Ir a mi habitación.
Él soltó un suspiro exasperado.
—Eleazar va a servir la cena.
—No me apetece.
La voz se tornó más lóbrega.
—Tenemos cosas de que hablar.
Giró en redondo con la agilidad que le permitieron sus piernas.
—No, no tenemos nada de que hablar. Después de lo que me has dicho, lo único que hablaré contigo es a través de un abogado. Tony es mi hijo. Yo tengo su custodia. Y tú, como bien ya has reconocido, careces de derechos legales sobre él. ¡De modo que ni se te pase por la cabeza aprovechar tu riqueza y poder para arrebatármelo! —había alzado la voz. Su hijo estaba en juego... tenía que luchar por él—. Entiende esto, y no lo olvides. Tony es mi vida. Lo mantendré a salvo hasta que me muera. No permitiré que me lo arrebates, que lo separes de mí. No permitiré que seas la causa de una sola lágrima, de un sólo momento de dolor o pérdida, de un sólo momento de miedo para él. ¡Porque si es así, te veré arder en el infierno, Edward Cullen! ¡Pongo a Dios por testigo de que arderás en el infierno!
Tenía la respiración entrecortada.
Pero Edward simplemente la miraba. Como si alguien nuevo hubiera aparecido para vejarlo.
Una madre que luchaba con uñas y dientes por su hijo.
«Puede ser una farsa», le dijo la voz fría y cínica de su interior. «Oyó lo que dijiste sobre las mujeres que no eran maternales, de modo que te ofrece el numerito de lo entregada que es».
Pero ¿y si era verdad?
¿Era Bella Swan una madre entregada? ¿O le había estado ocultando a Tony para aprovechar el momento y sacarle dinero?
Pero ¿por qué esperar tanto y vivir en la pobreza antes de exhibir a su hijo?
¿Y por qué vivía en semejante pobreza? Había dado por hecho que se trataba por su adicción a las drogas... pero no era una adicta, nunca lo había sido. Su padre había sido propietario de una empresa; había llevado un vestido lujoso y de marca la noche en que lo había seleccionado de blanco.
Nada de eso tenía sentido.
Quería respuestas.
Por eso había organizado esa cena.
Ella abría la puerta para marcharse. Con celeridad cruzó la habitación y la cerró con la palma de la mano. Apoyó la otra en su brazo. Ella se soltó con movimiento brusco.
—¡No me toques! —espetó.
Apretó los labios, pero la soltó.
—Siéntate antes de que te caigas. Tengo preguntas que hacerte y quiero respuestas.
Ella se dejó caer en una silla. Gritarle la había extenuado.
Él se sentó frente a ella, bebió un trago de whisky y la miró con expresión sombría.
Luego dejó la copa en la mesa.
—Parece —comenzó con voz muy seca— que me han informado mal sobre ti. Tu historial médico demuestra que, después de todo, no eres drogadicta.
Bella lo miró fijamente.
—Has sido muy exhaustivo —ironizó.
—Y al parecer —continuó—, no te comportaste imprudentemente con la vida de mi hijo el día que sufriste el accidente. Además, has estado padeciendo una infección de pecho seria y peligrosa durante un tiempo, a lo que sin duda el fallecimiento de tu padre, otra cosa de la que no se me informó, contribuyó.
Hacía que sonara como si su falta de información fuera culpa de Bella.
Alargó la mano para beber otro trago de whisky.
—Dime, ¿por qué vives en un apartamento subsidiado por el ayuntamiento?
—¿Lo preguntas en serio? —inquirió con desdén.
Un destello de irritación se asomó en el rostro de él.
—Contéstame.
—Porque no tengo otro medio de mantenimiento.
—¿Por qué no? ¿Estás separada de tu familia?
—Sólo tenía a mi padre. Él tampoco tenía medio de mantenimiento.
Edward se reclinó en la silla.
—Era propietario de una empresa constructora de yates. Lo recuerdo con claridad. Después de todo, fue el motivo por el que te presentaste ante mí. De modo que debía haber dinero —fue su turno de proyectar un acentuado sarcasmo.
Ella se puso blanca.
—¡Canalla!
—¿Qué? —frunció el ceño.
—¡Mi padre perdió su empresa y todas sus posesiones! No tenía nada. Vivíamos de mi pensión de madre soltera en mi apartamento para madre soltera...
—¿Es eso verdad?
Bella estalló.
—¿Qué demonios quieres decir con si eso es verdad? ¡Claro que es la verdad! Quedó en bancarrota cuando MML se echó para atrás en la adquisición... ¡por orden tuya! No le quedó nada. ¡Todo avalaba a la empresa y se fue con ésta! Incluso su casa. Tuvo que venir a vivir conmigo. ¡No tenía otro sitio al que ir!
—¿Tu padre vivía contigo?
—¡No, vivía en el Palacio de Buckingham!
Soslayó la ironía amarga.
—No lo sabía.
Los recuerdos resultaban agónicos.
Para su alivio, la puerta que daba a la cocina se abrió y entró Eleazar con una bandeja en la que portaba una sopera y una cesta con pan. Cuando terminó de servirles, Bella había recuperado la compostura.
Empezó a comer. Se dio cuenta de que tenía hambre. La sopa de pollo con un delicado sabor a limón estaba deliciosa y bajó bien por su garganta tensa. Igual que el pescado, asado con hierbas y acompañado de arroz.
No hablaron, algo que ella agradeció.
Continuó comiendo.
«La última vez que compartiste una cena con Edward, luego te llevó a la cama».
Lo miró y experimentó un temblor por todo el cuerpo.
Surtía sobre ella el mismo efecto que cinco años atrás.
Intentó dejar de mirarlo, pero no pudo.
¿Cómo había esperado resistir? Durante cinco años se había machacado por la vergonzosa y humillante debilidad mostrada de aquella noche, deleitándose con lo que le había hecho en la cama, ardiendo como una llama en su abrazo.
Pero en ese momento, sentada ahí, viéndolo otra vez, supo exactamente por qué había resultado tan fácil para su seducción.
Sin embargo, nunca podría perdonarse por lo que había hecho. Por lo que le había dejado hacer.
Y todo por una barata y disparatada aventura de una noche.
La culpa y la vergüenza la quemaron.
«Bueno», pensó con amarga satisfacción, «ahora estoy a salvo de él. No necesito un espejo para ver lo que él ve cada vez que me mira».
Podía verlo en sus ojos.
Repulsión.
Edward comió el pescado en silencio.
De modo que Swan Yatch Design había estado al borde del colapso total cuando Bella Swan lo había utilizado. No había dado la impresión de que se hallaran tan desesperados de inversión, pero supo que si hubiera mostrado eso, habría debilitado sus posibilidades.
Pero si MML había estado dispuesta a comprar Swan Yatch Design, debía tener potencial, tal como ella había afirmado, de recuperar la inversión. De no haber sido por su política estándar de congelar los planes de inversión de cualquier compañía recién adquirida por Cullen International, MML probablemente habría seguido adelante con la compra.
—Después de que la adquisición se paralizara, ¿por qué tu padre no buscó otro comprador... o la situación no era tan prometedora como indicaste tú?
Alzó la cabeza con brusquedad.
—Porque tuvo otro ataque al corazón el día después de que yo... después de que tú... —calló.
—¿Otro? —dejó el cuchillo y el tenedor en el plato.
Bella tragó saliva. No sabía por qué la hacía pasar por eso.
—Había tenido un ataque tres días antes... —volvió a callar.
—¿Tu padre acababa de tener un ataque al corazón cuando te acercaste a mí en aquella cena?
Ella apretó los dientes.
—Sí. Se hallaba en la UCI. No me quedó más alternativa que tratar de hablar contigo en aquella gala. Los bancos iban a ejecutar la hipoteca a la semana siguiente a menos que siguiera adelante la adquisición por parte de MML. De modo que compré una reserva y alteré la distribución de los asientos para cerciorarme de que iba a estar a tu mesa. Era mi última oportunidad. No tenía nada que perder.
Guardó silencio.
Había estado equivocada. Tenía mucho que perder... y lo había perdido todo.
Despacio, Edward digirió lo que le acababa de contar.
Su padre en la UCI con un ataque al corazón. Los bancos a punto de ejecutar las hipotecas.
Debía haber estado desesperada...
¿Por eso le había ofrecido lo último que tenía? El recurso tradicional y definitivo de una mujer. Su cuerpo.
—Y la idea de pedirme simplemente que analizara la adquisición por sus propios méritos jamás se te ocurrió, ¿verdad?
—¿Perdona? —dijo Bella con tono hueco.
—Si no hubieras asumido que podías emplear tu cuerpo para convencerme de aprobar la compra...
La furia estalló en el interior de ella.
—¿Cómo te atreves a realizar semejante acusación? ¡Jamás pensé algo así ni hice nada parecido!
Él soltó una risa desdeñosa.
—¡Pues no dejaste un truco sin emplear! Los ojos muy abiertos, la voz jadeante, el vestido de escote bajo y ceñido. Todo ese contacto visual durante la cena. Tú me pediste que habláramos en privado y subiste a mi suite sin parpadear. ¿Qué diablos pensaste qué ibas a hacer allí? ¿Presentar tu caso corporativo? ¿Plantearme el valor de la empresa y los ingresos estimados? No, sólo fuiste a presentarme tu cuerpo...
Ella cerró la mano sobre la copa de vino y le arrojó el contenido.
—¡Miserable mentiroso! ¡Fuiste tú! ¡Tú viniste a mí! ¡Tú...!
Edward no la dejó terminar, se puso de pie y se inclinó desde el otro lado de la mesa. Su expresión era salvaje. Igual que su voz y sus palabras.
—¡No intentes reescribir la verdad! —bramó—. Los dos conocemos la verdad. Tú me usaste. De forma calculada y deliberada. Para tus propios fines.
Ella apartó la silla y luchó por incorporarse. En su rostro se veían cinco años de furia.
El sonido de su mano sobre la mejilla de él fue como un pistoletazo. Los ojos de Edward ardieron con un fuego satánico.
—¡Me das asco! —siseó—. ¿Te atreves a distorsionar la verdad y a culparme a mí? El único, único, motivo por el que subí a tu suite fue para intentar exponerte mi caso. ¡No hubo ninguna otra causa! ¿Cómo te atreves a acusarme de otra cosa?
—¿Cómo me atrevo? Dime, si tú tienes tanta razón y yo estoy tan equivocado, ¿cómo es que caíste en mi cama del modo en que lo hiciste?
—Porque fui estúpida. Estúpida e ingenua y... y... —bajó la cabeza—. Porque fui estúpida —repitió con voz súbitamente apagada. Alzó otra vez la cabeza y lo miró con ojos llenos de desprecio—. No importa que me creas o no. A mí sólo me importa Tony. Es lo único que me importa en este mundo.
Con piernas trémulas, se alejó de la mesa. Cada vez que respiraba sentía como cuchillos en el pecho. No le prestó atención. Tenía que irse... eso era todo.
Él la observó irse dominado aún por la adrenalina.
Cuando al fin consiguió salir del comedor, dejando la puerta abierta, y pudo oírla avanzar a duras penas por el pasillo que conducía a los dormitorios, volvió a dejarse caer sobre la silla. Con expresión sombría e intensa, acercó la botella de vino.
