La luna brillaba sobre el agua y un viento fresco jugaba sobre su cara. Edward contemplaba el mar con las manos cerradas sobre la balaustrada.
En ese momento se sentía sereno. De nuevo bajo control.
Pero había estado muy cerca de perderlo completamente.
Había sido la negativa de ella a reconocer la verdad acerca de aquella noche de cinco años atrás, en insistir sobre su inocencia.
Soltó una risa áspera.
Había sido una noche extraordinaria, única. Bella no se había parecido a ninguna mujer que hubiera conocido. Ardiente, entregada...
Y él había estado en la playa de un mar, listo para lanzarse a sus profundidades desconocidas y descubrir...
Algo que jamás había existido para él.
Pero, a cambio, por la mañana había descubierto que había sido un necio.
Al que una mujer había manipulado para sus propios fines.
Los recuerdos resucitaron en su memoria.
Lo vio renovado. Lo oyó, con tanta claridad como si no hubieran transcurrido décadas. La mano de su padre cruzar el rostro de su madre.
Oyó la palabra que acompañó a la bofetada. Con cinco años no había sabido qué significaba. Sí en ese momento.
«¡Zorra!».
Lo único que había sentido entonces había sido miedo. Terror. Y la furia... que lo había impulsado a correr hacia su padre para golpearle las piernas.
—¡No le pegues a mami! ¡No le pegues!
Su padre lo había apartado. Su madre ni siquiera lo había mirado. Simplemente, había alzado el mentón y abierto el bolso con sus manos delicadas y bien cuidadas y metido en el interior el papel que le había dado su padre. Luego había esbozado una leve sonrisa. No dedicada a él. Sino a su padre.
—Adiós, Edward. Disfruta del niño. Después de todo, has pagado bastante por él. Aunque no sea tuyo.
La había observado marcharse. No lo había entendido.
Luego se había vuelto hacia su padre.
—¿Cuándo va a volver mami?
Su padre no había respondido de inmediato. Su rostro había sido como cincelado en roca. De pronto, bajó la vista para mirarlo.
La expresión había estado llena de odio.
—Nunca —y se marchó.
Su hijo de cinco años se había quedado allí quieto un rato.
Luego, una criada había ido para recogerlo.
Pero su padre había dicho la verdad. Nunca más había vuelto a ver a su madre. Era extraño cómo tres décadas después, el dolor podía vivir en el recuerdo, con igual intensidad.
El dolor era suyo... pero nunca, nunca, sería de su hijo.
Continuó mirando el mar.
Y llegó a la conclusión de que tenía que saber si Bella Swan amaba a su hijo.
Sólo había una manera de averiguar la verdad.
Bella desayunaba con Tony en la soleada terraza. Se sentía vacía y cansada después de la escena tan desagradable de la noche anterior. Otra escena. Otro intercambio de veneno y odio.
Felizmente, Tony pasaba ajeno a todo ello.
Lo observó echarle migas a los gorriones, que se lanzaron de la balaustrada al suelo a recogerlas. Le contaba entusiasmado a Kate que esa mañana había visto aterrizar el helicóptero. Bella asentía y respondía lo preciso, pero su corazón estaba atribulado.
Se acercaron unas pisadas y desvió la vista de su hijo.
Edward apareció en la terraza.
La cara de Tony se iluminó.
—¿Podemos jugar? —preguntó de inmediato, comenzando a bajar de su silla—. He terminado de desayunar, mami.
Edward se acercó a él. No le prestó atención a ella.
Le sonrió a su hijo.
—¿A qué te gustaría jugar primero?
—¡A nadar! ¡Al fútbol! ¡A los castillos de arena! —respondió Tony en el acto, luego se acordó de añadir—: Por favor.
Bella vio que Edward reía y se le iluminaba la cara.
Volvía a ser una persona diferente. La que veía Tony... pero nunca ella.
«¿Querrías? ¿Por qué? Edward Cullen no es nada para ti... nada salvo tu enemigo. No anheles sonrisas de él».
Tampoco iba a recibirlas. A ella sólo le dedicaba condena.
—Podemos hacerlo todo... —le decía a su hijo—, pero primero tienes que ponerte el bañador y que Kate te aplique protección para el sol.
El pequeño salió disparado.
—No te olvides de cepillarte los dientes —instó ella a su espalda.
—¡Bah! —gritó el pequeño antes de entrar en busca de su niñera.
Giró la cabeza y descubrió que Edward la miraba.
Su expresión se tornó impasible. Iba a decirle algo vil, lo sabía, pero ¿qué le había dicho alguna vez que no fuera bajo y vil?
—Si también has terminado de desayunar, me gustaría hablar contigo.
Bella lo miró sin decir una palabra.
—En mi despacho —indicó Edward.
Se preparó para lo peor. Su única opción era luchar... cada centímetro del camino.
Con cuidado, se puso de pie. El dolor en sus pulmones se iba reduciendo cada día, pero sus músculos se habían tensado.
La condujo a un cuarto en el que jamás había estado. Comprendió que era su espacio. Un ordenador dominaba un escritorio grande. Él ya estaba detrás de la mesa. Sobre la superficie había una carpeta marrón de piel.
Empezó a experimentar una mala sensación.
Se sentó del otro lado del escritorio.
—Tengo una proposición para ti —comenzó.
La voz y el rostro eran inexpresivos. Los ojos estaban velados.
Abrió la carpeta. En el interior había un documento, y encima un papel más pequeño.
Bella pudo ver que se trataba de un cheque.
—Estoy preparado —comenzó él con voz carente de emoción— para entregarte la suma de veinte millones de libras. A cambio, tú me cederás los derechos completos de custodia de mi hijo... a perpetuidad. Ello te convertirá en una mujer muy rica —una pausa fugaz—. Como parte de ese intercambio, estarás disponible para Tony durante el tiempo que él te quiera a su lado. Sin embargo, habrá ciertas restricciones sobre tu libertad de acción. No se te permitirá ponerte en contacto con la prensa, no se te permitirá conducir una vida que le cause bochorno o angustia a mi hijo y todo tu contacto con él será bajo supervisión... bien por mí mismo o bien por alguien que yo designe.
»La suma de veinte millones será mantenida en tu nombre, en una cartera de alto rendimiento, cuyos intereses podrás gastar como te plazca, y la suma capital, incrementada a lo largo de los años, pasará a ti a la mayoría de edad de Tony. Con este acuerdo, conseguirás un estilo de vida de lujo, con la expectativa de disponer de una fortuna muy generosa en catorce años, aunque Tony tendrá garantizada la presencia continuada de su madre en su vida mientras él así lo quiera.
Una pausa breve antes de continuar con voz de ejecutivo muy profesional.
—Este documento, que he hecho que trajeran aquí esta mañana, detalla la disposición financiera que he acabado de perfilar. Siéntete libre de estudiarlo con detenimiento. Además, estoy preparado para entregarte este cheque, a cobrar de inmediato, como gesto de buena fe por mi parte, por tu cooperación en el acuerdo. Es de dos millones de libras esterlinas y tuyo en el acto. Ahora mismo.
Los ojos de esmeralda se posaron en ella. En ellos no se veía nada.
Durante un instante, Bella calló. Luego, con voz serena, habló:
—¿Puedo verlo?
En silencio, él empujó la carpeta hacia ella.
Alzó el cheque, de una cuenta personal de Edward en un histórico banco inglés. Lo miró, después lo apartó a un lado. Se puso a hojear el documento.
Al terminar, lo depositó sobre la mesa. Puso el cheque encima. Volvió a recoger ambos documentos y, con movimientos violentos, los rompió en fragmentos, tirándolos sobre la superficie brillante de la mesa.
Se puso de pie.
Despacio, con brevedad, y controlando cualquier signo de emoción, habló:
—Te voy a decir esto con suma claridad. Para que incluso alguien tan vil como tú pueda entenderlo. Mi hijo no está en venta. Y si alguna vez repites semejante intento, haré...
Calló, dominada por la emoción. Imparable. Abrumadora. De ella emanó el odio como una marea negra. Se obligó a respirar hondo y el aire le atravesó los pulmones.
—Eres un monstruo —musitó—. Un monstruo enfermo, degenerado, asqueroso. No hay profundidades a las que no descenderías. Me enferma respirar el mismo aire que tú.
A duras penas fue a la puerta y sin ver alargó la mano hacia el pomo, y al cerrar la mano sobre el metal, no fue capaz de girarlo. No pudo moverse. Sólo sintió que la emoción la ahogaba, le estrujaba los pulmones, la garganta.
Se apoyó contra la puerta, sacudida por la debilidad.
El primer sollozo escapó de ella al tiempo que Edward echaba para atrás su silla y corría hacia ella.
