Capítulo 8

No dejaría que la ayudara. No dejaría que la guiara de vuelta a la silla. No dejaría que la tocara.

Se apartó de él, aferrándose a la puerta en colapso físico y emocional.

—¡No me toques! —gritó, sacudida por un llanto tremendo.

Le apartó las manos y trató de abrir la puerta. Pero no veía nada, y las manos y las extremidades le temblaban. Incapaz de abrir, giró y, mareada, se apoyó contra el panel de madera.

Los sollozos se ahogaban en su garganta mientras adelantaba las manos para mantenerlo apartado de ella.

—¡No te acerques a mí! ¡No te acerques a mí!

No podía aguantar más... no podía. Golpeaba a ciegas para mantenerlo apartado.

Él permanecía absolutamente quieto. La emoción lo atravesaba y no sabía qué era. No disponía de tiempo para pensar en ello. Podía ver que Bella perdía el control y se desmoronaba delante de sus ojos. Giró en redondo y alzó el auricular del teléfono interno de la casa, y soltó una orden en griego. Luego se dio otra vez la vuelta.

—La enfermera Cope va a venir. Ella cuidará de ti. Si te apartas de la puerta, podrá pasar. Yo... no te tocaré —pudo ver que respiraba de forma entrecortada y dificultosa. En ese momento sonó una llamada seca a la puerta—. Es la enfermera Cope. Si te apartas, podrá pasar.

Hizo lo que le dijo y se apoyó en la pared. La enfermera Cope abrió con cuidado y se ocupó de inmediato de la situación. Con movimientos enérgicos se llevó a la figura angustiada al exterior, sin prestarle atención al hombre que había allí de pie con rigidez, testigo de la escena.

Cuando se marchó, cerró la puerta detrás de ella. Regresó con andar pesado a su sillón detrás del escritorio y se dejó caer en él. Sobre la superficie de la mesa, estaban el documento y el cheque rotos, despreciados y rechazados. Permaneció quieto, contemplando los fragmentos. Luego, despacio, metódicamente, los recogió y los echó a la papelera.

No volverían a ser necesarios.

—¿Dónde está Tony?

La voz de Bella sonó débil, pero temerosa y urgente. La enfermera Cope respondió con calma.

—Kate le está leyendo un cuento. Ahora descanse.

Descansar. Era lo único que podía hacer. Parecía que una locomotora le hubiera pasado por encima. Pero eso era Edward Cullen. Una locomotora salvaje que aplastaba todo a su paso.

El miedo se retorció en su interior. Más que miedo. Repulsión.

Por un hombre que podía caer tan bajo como para pensar que un niño estaba en venta...

¡Tenía que escapar de allí! ¡Tenía que hacerlo!

La puerta del dormitorio se abrió. Bella desvió la vista hacia allí y la robusta figura de la enfermera Cope también giró en esa dirección.

Edward Cullen se perfiló en el umbral. Parecía más lóbrego, más alto, y, al mismo tiempo, era como si algo hubiera cambiado. Bella no sabía qué podía ser. Ni le importaba.

—Enfermera, me gustaría un momento a solas con su paciente, si es tan amable.

Podría haber sido planteado como una petición, pero la enfermera Cope lo oyó como una orden. Durante un instante, miró a los ojos a su empleador.

—La señorita Swan no debe padecer más tensiones —le informó a uno de los hombres más ricos de Grecia.

Con gesto grave, Edward inclinó la cabeza.

—Así será —repuso.

Brevemente, la enfermera asintió y salió de la habitación. Cuando la puerta se cerró, Edward avanzó. De forma automática, Bella buscó la almohada que le servía de respaldo.

Desde el pie de la cama, él la miró. Durante lo que pareció un largo, atemporal momento, él no dijo nada, simplemente permaneció allí, inescrutable. Luego, de repente, habló.

—Da la impresión de que me he equivocado contigo —manifestó con voz tensa.

Ella guardó silencio, y sólo cerró los dedos con fuerza sobre la colcha.

Algo se movió en los ojos de él. Pero no supo qué. La tensión que la dominaba no le permitía realizar ningún análisis.

—No en todo —continuó—. Pero en un campo esencial —su voz se tornó tensa—. Después de todo, sí quieres a Tony.

Bella abrió mucho los ojos. Estupefacta, miró al hombre de pie ante ella.

—Pensé que era un montaje... una exhibición de falsa emotividad para aumentar tu valor, para presentarte con buena luz ante mí. Subir tu precio. Pero rechazaste veintidós millones de libras por él. Eso... es muy convincente —respiró hondo—. Tanto, que estoy preparado para... reevaluar... lo que pienso sobre ti —una vez más la dureza entró en su voz—. Aunque nunca podré perdonarte por mantener alejado a mi hijo de mí, ni el modo en que fue concebido, ahora sí acepto que realmente lo quieres más que la riqueza que te promete mi paternidad. En consecuencia, deseo... establecer una reconciliación contigo. Por el bien de Tony, no puede tener unos padres en guerra entre ellos. Es demasiado angustiante para él, demasiado destructivo.

«Debemos hacernos un hueco el uno para el otro por el bien del pequeño. Presentar un frente que, así como no idílico, no dañe su infancia —unos ojos oscuros se clavaron en ella—. Aquí sólo hay una persona importante... y es Tony. Sean cuales sean los sentimientos que nos inspiremos, no deben envenenarlo a él. No lo permitiré. Por lo tanto, y con esta base, estoy preparado para avanzar. Por ahora, tu prioridad ha de ser recobrar la salud. La mía continuar conociendo a mi hijo. Eso también... —apretó los labios—... nos dará la oportunidad de... hacernos ese hueco.

Estudió la expresión hostil de ella.

—Agradecería si hubiera un esfuerzo conjunto. Lo único que se requiere es un poco de urbanidad común...

—¿Urbanidad? —cortó Bella, encontrando la voz después de la sorpresa—. ¿Esperas urbanidad de mí... después de lo que me has dicho, de lo que me has hecho? Amenazarme, abusar verbalmente de mí...

La expresión de él se puso rígida.

—Ahora acepto que mucho de lo que temía que fuera verdad sobre ti no lo es...

—¡Pues todo lo que yo temía que fuera verdad sobre ti se ha confirmado! —espetó con veneno en la voz mientras trataba de incorporarse—. Eres tan miserable como había pensado, lanzando tus sucias acusaciones contra mí una y otra vez.

Los ojos de Edward reflejaron una furia instantánea. Luego, visiblemente, la controló.

—Acabo de decir que acepto que me he equivocado...

—¡Y yo acabo de decir que yo no lo he hecho! Has tratado de comprar a mi hijo. ¿Qué clase de hombre hace eso?

La expresión de él se tensó. No podía decirle que había experimentado lo mismo, que había pasado por ese tormento.

—Tenía que asegurarme de que no perseguías mi dinero. Tenía que hacerte elegir entre Tony y el dinero...

Los ojos de ella se abrieron horrorizados.

—¿Adrede me ofreciste ese apestoso dinero para ver si te vendería a mi hijo? ¿Fue una especie de repugnante prueba?

La emoción la ahogó.

—Tenía que cerciorarme, Bella... Y ahora que lo estoy, podemos, como he venido para dejarte claro, avanzar. Tony nos necesita a los dos. Y, sin importar lo que ninguno de los dos desee aceptar ese hecho, debemos hacerlo —movió los pies—. Debemos.

»Ahora voy a dejarte para que lo medites. Y, por favor, prepárate para otra cosa. Es hora de que le diga a Tony que soy su padre. Pretendo hacerlo esta tarde —la miró intensamente—. Sería mejor si estuvieras presente. Quizá se sienta confundido, incluso angustiado. Pero creo que postergarlo sólo acarreará una confusión mayor. Su vida ha cambiado enormemente en estas últimas semanas, y sería mejor si este cambio definitivo, descubrir que tiene un padre, después de todo, lo asimila con los cambios generales de su vida.

La miró una última vez, viendo que ella era incapaz de hablar, y sin decir una palabra más, se marchó.

—Mami, por favor, ¿me podrías cortar un melocotón?

Tony eligió el más grande que había en el cuenco azul y se lo pasó a Bella.

Ella lo aceptó y comenzó a pelarlo con un cuchillo. A la cabecera de la mesa preparada en la amplia terraza que daba a la playa, Edward Cullen estaba sentado de forma relajada, con una copa de Chablis frío en la mano.

El almuerzo había sido extraño. Hacia fuera, había parecido completamente normal, con Tony hablando con ambos. Toda la conversación se había centrado en él; apenas había habido un intercambio directo entre ellos dos.

Bella se sentía envuelta en una sensación de absoluta extrañeza. Era como si todos los sentimientos, todos los pensamientos, hubieran quedado suspendidos. Como si hubiera pasado a un estado más allá de la emoción.

Experimentaba un agotamiento extremo y total del espíritu. Ya no podía asimilar nada más.

Y esa sensación seguía con ella mientras estaba sentada frente a Edward y pelaba el melocotón para su hijo.

—Toma, cariño —empujó la fruta preparada en dirección a Tony.

El pequeño comenzó a comerla con gusto, musitando un «gracias» mientras lo hacía. Luego, girando hacia el otro extremo de la mesa, dijo:

—¿Podemos nadar más después de comer? Por favor —añadió, luego frunció el ceño, desconcertado—. Por favor, señor... señor Cu... señor Cull...

Calló, sin saber cómo continuar.

Edward dejó la copa de vino.

—No tienes que llamarme señor Cullen, Tony —indicó.

Y de pronto, cada nervio en el cuerpo de Bella se tensó. Con desesperación, adelantó el torso, pero demasiado tarde, Edward hablaba otra vez, con voz cauta, casi inexpresiva, como si sopesara cada palabra con extremo cuidado.

—Tony, dime una cosa. ¿Alguna vez tu madre te habló de tu papá?

Bella contuvo el aliento. «Dios, se lo va a decir ahora...Y no he tenido tiempo de prepararme. De preparar a Tony».

—Tony... —dijo con voz débil.

Su hijo no la oyó. Mientras se acababa el melocotón, miró al hombre que había formulado la pregunta.

—Mami dice que no tengo. Dice que no todos los niños tienen papás.

—¿Te gustaría uno?

Había reserva en la voz de Edward. Sonaba muy neutral. Bella trató de captar su mirada, de detenerlo. Pero fue inútil.

Tony frunció el ceño.

—Sólo si es bueno. A veces, donde vivíamos, los papás no eran buenos. Gritaban y decían malas palabras. Cuando hacían eso, mami entraba en casa con rapidez y cerraba la puerta.

El rostro de Edward se ensombreció ante la descripción inocente de Tony sobre la clase de entorno en el que se había criado.

—Pero si hubiera un papá bueno para ti, que no gritara, ¿te gustaría?

—¿Estaría enfermo, como el abuelo?

Hubo una nota de temor en la voz del pequeño.

—No. Estaría bien. Podría jugar al fútbol contigo. Y nadar. Tirar piedras en el agua para que rebotaran.

Los ojos de Tony se abrieron mucho.

—¡Como puedes hacer tú!

—Sí, como yo puedo hacer —tensó la mandíbula—. De hecho... Quizá yo sería un buen papá.

El pequeño se quedó quieto. Muy quieto.

—¿Serviría yo, Tony, para ser tu papá? ¿Si tú lo quisieras?

Ante sus ojos, y sin quererlo, Bella sintió que la imagen de su hijo se tornaba borrosa.

—¿Sólo para las vacaciones? ¿Cómo ahora? —quiso saber, con cautela en la voz.

—Por el tiempo que tú quieras, Tony. Pero podríamos empezar ahora, ¿no?

Durante largo rato, Tony sólo lo miró. Luego, se puso de pie y corrió junto a su madre.

—¡Mami! ¿Podemos? ¿Podemos tener un papá?

Tenía el rostro encendido y expectante.

Lleno de esperanza.

Bella tragó saliva y cerró los ojos.

—Si eso es lo que quieres, cariño, por supuesto que puedes. Claro que... que puedes.

—¡Oh, mami! ¡Ahora tenemos un papá! —exclamó—. ¡Ahora tengo un papá! —se volvió hacia el hombre que le había hecho esa oferta maravillosa—. ¿Podemos empezar ahora? ¿Por favor?

Edward asintió.

—Sí, podemos empezar ahora.

La visión de Bella se hizo todavía más borrosa.