—¡Papi... ven a ver!
—¡Papi... mírame, mírame!
—¡Papi, escucha!
Las peticiones eran constantes, interminables. Bella las oyó toda la tarde. Estaba tendida en la tumbona en la terraza, fresca bajo la sombra, apoyada en cojines, inmóvil. Pero a pesar de su inercia física, mental y emocionalmente era un caos. Las lágrimas no dejaban de anegarle los ojos cada vez que miraba a su hijo enfrascado en alguna de sus actividades playeras.
Siempre en torno a su papá.
Edward Cullen.
El hombre que más motivos tenía en el mundo para despreciar.
Y, sin embargo...
¿Cómo odiarlo en ese momento? ¿Cómo poder odiarlo en el momento en que Tony sabía que era su padre? Porque si lo hiciera, se notaría. Tony lo descubriría. Sentiría el odio y eso representaría un veneno para él...
Pero ¿podía dejar de odiarlo? Lo había odiado durante cinco largos y difíciles años, hasta que el peso de tanto sufrimiento la había derrumbado...
Y en ese instante su vida había cambiado por completo.
Debido a Edward Cullen.
«¿Qué voy a hacer?», pensó. Sentía las emociones maltrechas, sacudidas en un mar tempestuoso. Pero ¿hacia qué costa serían arrojadas?
La invadió el agotamiento. Estaba demasiado cansada para pensar, para sentir. Todo era demasiado complicado, confuso.
Seguiría allí tumbada, bajo el cálido sol, acostumbrándose al hecho de que su hijo en ese momento sabía que tenía un padre... que quería ser parte permanente de su vida. Y por cuyo bien incluso estaba preparado para mostrarse educado y cortés.
Experimentó una peculiar sensación de vacío en el estómago. Apareció de golpe, haciendo que contuviera el aliento.
Cerró los ojos.
Edward Cullen sólo existía como padre de Tony. Nada más.
Nada más.
Tenía que recordarlo.
—Hoy —anunció Edward—, vamos a salir a navegar. A una playa secreta en la isla.
Los ojos de Tony brillaron como estrellas al levantar la cabeza del plato del desayuno.
—¿A navegar? —repitió entusiasmado.
Edward miró a Bella, que se había puesto pálida.
—Es muy seguro, y todos llevaremos chalecos salvavidas.
—¡Mami! ¡Por favor!
Respiró hondo con expresión vacilante.
—Bueno... yo...
—¡Sí, sí, sí! —Tony dio botes en su asiento.
—Me sorprende que te ponga tan nerviosa el mar —comentó Edward—. Teniendo en cuenta que tu padre construía yates. ¿Nunca saliste a navegar con él de pequeña?
—No vi mucho de mi padre de pequeña —repuso concisa—. Mi madre se divorció cuando yo no era mucho mayor que Tony. Ella vivía en Washington, que está bastante alejado del mar.
No quería hablar de su infancia.
No podía afrontar que Edward exhibiera, según sus propias palabras, «urbanidad» con ella. Que le hablara como si fuera un ser humano normal.
Podía ver que para él representaba un esfuerzo. Que la hacía partícipe de su conversación con Tony de forma deliberada.
«Pero no quiero tener nada que ver con él».
Pero a pesar de lo que le desagradaba reconocerlo, sabía que él tenía razón. Por el bien de Tony, debían tratar de apartar a un lado la hostilidad... tal como hacía él.
Edward mostró un leve fruncimiento de ceño.
—¿A tu madre no le gustaba que pasaras tiempo con tu padre?
—Al revés —respondió a la defensiva, sin gustarle oír una crítica velada hacia su madre—. Mi padre no tenía mucho tiempo para mí. O para ella. En realidad, para nada salvo sus barcos. Así que no, no navegué de pequeña. Hice un curso básico de estudiante, porque pensé que ello satisfaría a mi padre, pero...
Calló. ¿Por qué demonios le contaba a Edward Cullen sus patéticos intentos de lograr el interés de su padre?
—¿Pero? —instó él.
Ella se encogió de hombros.
—No respondió a la carta que le envié diciéndole que había conseguido mi certificado de Nivel Uno de navegación en bote. De modo que no continué los cursos.
—¿Y qué estudiaste en la universidad?
—Contabilidad. Muy aburrido. Pero sabía que nunca me faltaría trabajo. Mi madre jamás tuvo mucho dinero... Mi padre siempre se retrasaba con la pensión... así que...
—¿Eres contable?
Había sorpresa en su voz. Lo miró.
—Sí. A la muerte de mi madre, busqué a mi padre y me fui a trabajar para él, a ayudarlo con la empresa. Me di cuenta de lo mal que estaba la situación, financieramente hablando, y de que el único modo de salvarla era encontrando un inversor o comprador. Por eso me puse en contacto con MML. Ya te lo dije.
—Jamás me contaste que eras contable.
Había acusación en su voz. La expresión de ella se endureció.
—¿Qué diferencia hay en saber cuál es mi capacitación profesional? —replicó.
—¿Necesitas preguntarlo?
La miraba de forma extraña.
La perturbó.
Se puso de pie y alargó la mano hacia Tony.
—Es hora de lavarse los dientes.
A regañadientes, fue con ella.
El trayecto en la embarcación entusiasmó a Tony. Situado entre las piernas abiertas de su padre, radiante llevaba el timón. Sentada en la popa, Bella aguantaba los embates de las olas.
Pero el júbilo y la felicidad de Tony hacían que valiera la pena.
Igual que su destino.
Realmente era una playa secreta. Desde el mar, apenas resultaba visible entre dos puntas de tierra pequeñas. Pero su arena era de un blanco que deslumbraba y de unas exquisitas aguas turquesa poco profundas.
—¡Vamos a bucear con esnórquel! —le informó Tony excitado—. ¡Papá y yo!
Edward echó el ancla y saltó ágilmente por la borda hasta meterse en las aguas que le llegaban hasta las rodillas. Alzó a Tony en brazos y lo depositó en la playa. Luego regresó y extendió los brazos hacia ella.
—Puedo yo —repuso en el acto. Pero al ponerse precariamente de pie, la embarcación osciló. De forma instintiva, se aferró al objeto sólido más próximo.
Era Edward.
Quien con movimiento fluido, la alzó en brazos con la misma facilidad que a Tony. Durante un instante, ella sintió la fuerza protectora de sus brazos.
Y luego se quedó paralizada.
Mientras vadeaba las aguas someras hacia la pequeña playa, Edward recordó cómo la había llevado a la cama. Cómo había sido como miel en sus brazos, suave y dócil, entregándose a él como terciopelo delicado...
No tenía sentido pensar en eso. Recordar eso. Era lo último que quería albergar en la mente.
Y Bella Swan era la última mujer en el planeta con quien quería tener algún sentimiento sexual.
Pero a pesar de ello, no había motivo para que se asustara cada vez que la tocaba.
Como si fuera veneno.
La dejó sobre la arena y vio que se apartaba de inmediato.
Se ocupó llevando a tierra lo que necesitaban y estableciendo el campamento a la sombra del risco. Tony daba vueltas alrededor, encantado.
—¡Vamos, papá! —empezó a hurgar en el bolso que contenía el equipo de esnórquel.
—Tranquilo —indicó Edward—. Eso es... las aletas primero.
Bella los observó desde su posición sobre una estera suave en la arena. Se había quitado el chaleco salvavidas, pero Edward y Tony retenían los suyos.
Sintió que ese antiguo temblor renacía.
Durante un segundo, experimentó el eco de sus brazos protectores mientras la llevaba a la playa.
Cerró los ojos.
La recorrió una extraña, vasta e ilógica sensación de pérdida. Como si de su vida se hubiera marchado algo precioso.
Pero eso era una estupidez. Jamás había tenido a Edward Cullen.
Sólo él la había tenido... la había disfrutado y descartado. Para él nunca había significado algo más que la aventura de una noche.
No debía olvidar eso.
Después de un agotador ejercicio físico, Edward había depositado a un extenuado Tony sobre la estera, donde no había tardado en quedarse dormido.
—Cuéntame cómo era de bebé. ¿Tienes alguna foto?
Bella alzó la vista. Había una expresión curiosa en la cara de él. Comprendió que era necesidad. Y sintió un aguijonazo que no tardó en reconocer.
Culpa.
Porque él no hubiera visto jamás a su bebé de pequeño. Porque nunca pudiera recuperar esos años perdidos.
La invadió un vacío, seguido de un dolor agudo.
Pérdida.
—Algunas —repuso, sintiéndose incómoda. Ya de por sí le costaba hablarle cuando Tony se hallaba presente. Pero en ese momento, con el niño dormido en su regazo, siendo sólo Edward y ella, costaba aún más.
—Al... algún día me gustaría verlas.
—Están... en mi apartamento. Aunque no tengo tantas. Fue... un niño muy bueno. Eso suena terrible. Por lo general, significa plácido... que no causó problemas. Me sentí muy... —tragó saliva—... agradecida. Mi padre... No se hallaba bien... hice concesiones. No me quedó más remedio —se encogió de hombros.
—¿Le molestó Tony?
—Sí —respondió sucintamente, y no oyó el toque de amargura en su voz al hablar—. A mi padre le molestaba cualquiera y cualquier cosa que se interpusiera entre su trabajo y él.
—¿Lo echas de menos?
Apretó los labios.
—No. Es terrible decir algo así, pero no lo echo de menos. Él no quiso ni a mi madre, ni a mí ni a su nieto. ¿Por qué alguien iba a quererlo? Yo... me esforcé al máximo por él. Era todo lo que podía hacer. Pero nunca fue suficiente. Nunca pude devolverle lo único que de verdad quería... su empresa. Y así, pasado un tiempo, dejó de importarme que no me importara. Tenía a Tony y eso bastaba. Era más que suficiente —bajó la voz—. Él lo era todo... todo para mí. Y aún lo es. Y siempre lo será —apretó la mandíbula y en sus ojos hubo desafío—. La felicidad de Tony es el único, único motivo por el que ahora estoy aquí. Has hecho feliz a Tony...
Calló y reinó un momento de silencio tenso hasta que Edward habló:
—¿Por qué lloraste cuando le dije que era su padre?
—Estaba feliz por él. Tú... tú... —respiró hondo—. Tú le has hecho bien. Me... me sorprendió. Realmente pareces... quererlo, y parece importarte.
—¿Por qué pensaste que no sería así? —preguntó despacio, sin mirarla—. ¿Creíste... —de repente clavó la vista en ella—... que sería como tu padre?
Sintió la garganta seca. Tragó saliva.
—Yo... —cerró los ojos—. Sí.
Durante largo rato, él guardó silencio.
—Querré a Tony con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser, hasta el día que muera. Cuando lo vi por primera vez y supe que era mi hijo, supe que jamás, jamás lo rechazaría. Como... como mi propio padre me rechazó a mí.
Lo miró fijamente. Edward no rehuyó su mirada.
—Verás, igual que tú —explicó con voz firme y queda—, yo pasé mi infancia, mi adolescencia, queriendo que mi padre me quisiera. Pero nunca lo hizo —respiró hondo y la voz le cambió—. Nunca lo hizo.
Dominada por el instinto, sin un pensamiento premeditado, alargó la mano y le tocó la suya levemente. La retiró de inmediato, pero ya estaba hecho.
Durante un instante, entre ellos fluyó algo que los unió.
Y de pronto, inesperadamente, con una certeza que le llenó todo su ser, Bella supo que Tony se encontraba a salvo con el hombre que lo había concebido, quien jamás traicionaría el amor de un niño.
Sintió que se le humedecían los ojos.
—Podemos hacer esto. Podemos, Bella —dijo Edward en voz baja—. Podemos ser buenos padres para Tony... el tipo de padres que necesita un niño. Padres cariñosos. Los dos lo adoramos y por su bien podemos lograrlo.
No dijo que era «esto», pero no era necesario. Ella lo sabía.
Con mucha cautela, le respondió, y sintió que el pecho se le contraía.
—Lo... lo intentaré.
Él asintió.
—Gracias —musitó.
Cuando llegaron a última hora de la tarde, Tony corrió a reunirse con Kate, Edward fue a ducharse y luego a su despacho y Bella se entregó a los cuidados de la enfermera Cope.
Tomó las medicinas y realizó los ejercicios con docilidad, pero estaba distraída. Tanto, que mientras se sentaba ante el tocador después del baño, la enfermera Cope se dedicó a secarle el pelo recién lavado, y cuando el secador se apagó, se mostró asombrada por el reflejo que la miró desde el espejo.
—¡Santo cielo! —exclamó.
La enfermera Cope se lo había secado con suma destreza, como si fuera una peluquera profesional, un lujo que Bella no había podido permitirse en cinco años; aunque tampoco era algo que hubiera necesitado, dado la ausencia de vida social que tenía.
La mujer robusta parecía tan complacida con sus esfuerzos, que no pudo más que decirle:
—¡Se ve maravilloso!
Y era verdad.
Con una cierta tristeza, le recordó el aspecto que había tenido hacía muchos años.
La enfermera Cope sonrió satisfecha.
—Y ahora el maquillaje.
Como si hubiera estado esperando esa cuña, Kate apareció con un maletín de maquillaje.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Bella divertida.
—La enfermera Cope afirma que los pacientes se recuperan más deprisa cuando saben que tienen buen aspecto. Psico-lo-que-sea, pero funciona —comentó Kate con alegría.
—Exacto —confirmó la enfermera—. Y ahora, estése quieta. Considérelo como parte de su convalecencia.
Bella cedió. Dejó que Kate la maquillara, que le prestara un vestido veraniego de tonalidades amarillas, que le pusiera un collar de abalorios alrededor del cuello y que le enfundara un par de sandalias en los pies.
Al terminar, Kate se apartó.
—¡Vaya! —anunció—. ¡Se la ve fantástica!
Detrás, la enfermera Cope asintió con aprobación.
—Desde luego —convino—. ¡Nadie pensaría que alguna vez ha estado enferma!
Se miró. «No», pensó, «nadie diría que he estado enferma. Parezco... Quien solía ser».
Su cambio de aspecto no le pasó desapercibido a Tony. Al ir a darle un beso de buenas noches, la miró con los ojos muy abiertos.
—¡Mami! ¡Estás preciosa!
Le sonrió.
—Gracias, cariño.
Él le abrió los brazos.
—Necesito un beso —dijo.
Lo abrazó con fuerza.
—Sólo puedo soplártelo, o te mancharé con el carmín.
Tony le plantó dos sonoros besos en las mejillas.
—Papi ya ha dado las buenas noches —le informó—. Dijo que mañana podíamos salir con el barco. Dijo que podría volver a llevar el timón. Dijo... —la voz empezó a perderse.
Se sentó a su lado y le sostuvo la mano mientras se quedaba dormido. Luego apagó la luz de la mesilla, dejando la luz nocturna en la penumbra. Durante largo rato, permaneció allí, sintiendo un amor inagotable por su hijo. Al final, se inclinó y le dio un beso muy suave en la frente, se puso de pie y se dio la vuelta para irse.
Y se paralizó.
Edward se hallaba de pie en el umbral. La luz a su espalda hacía que pareciera más oscuro.
Entonces se apartó y le mantuvo la puerta abierta.
Mientras cenaban, con Bella frente a él a poca distancia, Edward pensaba que el pasado había renacido.
La sorpresa recorría todo su ser.
Cinco años más tarde, seguía siendo igual de deslumbrante.
El vestido incluso mostraba que aún tenía pechos...
Los ojos se posaron en esos dos frutos bien delineados. El escote podía ser recatado, pero la tela del corpiño se ceñía de forma maravillosa.
Y tentadora.
Un latir lento y prolongado comenzó a recorrerle las venas.
Bella tuvo que obligarse a quedarse quieta. Tenía ganas de ponerse de pie y salir corriendo. Huir.
Su mirada intensa era una tortura. No sabía hacia dónde mirar, qué hacer.
El recuerdo saltó en ella como una llama de un fuego muerto al que alguien le añade gasolina.
No pudo pararlo ni apagarlo.
Volvía a estar vivo... ese deseo abrumador, devastador, vergonzoso. Tal como había vivido aquella noche de cinco años atrás. Intentó desterrarlo, devolverlo a las profundidades de las que no podría escapar.
Pero ahí seguía. Informe, líquido, exuberante.
«No quiero sentir esto. ¡No quiero! ¡No quiero desearlo!».
Las palabras le quemaron la mente... venenosas, poderosas.
«Pero sí lo deseas. Lo deseas tanto ahora como lo deseaste entonces...».
La terrible verdad la atravesó.
«Jamás serás capaz de resistirte a él... Jamás».
La invadió la desesperación. Tenía que oponerse a lo que sentía... ¡debía hacerlo! No debía sucumbir a algo que le había hecho tanto daño, de forma irrevocable. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, por pura voluntad desterró esa debilidad que la embargaba.
Alzó el mentón y luchó por ser la persona que sabía que debía ser.
La madre de Tony. Nada más.
Del mismo modo que no era nada más para Edward Cullen.
Agradecida, alzó la copa de vino que le sirvió Eleazar. Bebió un sorbo y se sintió revitalizada. Esa noche lo necesitaba.
Como no podía huir, tenía que decir algo... cualquier cosa que pareciera normal.
—Gracias por llevar a Tony a navegar. Le ha encantado.
Durante un segundo, Edward no respondió. Luego, con un esfuerzo visible, dijo:
—Pero fue demasiado desapacible para ti. Mañana saldremos tú y yo y veremos cuánto recuerdas de tu curso de navegación.
—Casi nada —comentó.
—Ya lo veremos. Y con un viento suave, será mucho más delicado para ti —indicó Edward.
Agradeció que Eleazar llevara el primer plato, una selección de mariscos.
Mientras mantenían una conversación cortés e inocua, Bella sintió que él se concentraba sólo a medias en lo que decía. Lo rodeaba un aire sutil pero discernible de distracción.
La perturbó, pero no supo por qué.
Carecía de energía para cuestionárselo. Necesitaba toda la que tenía para mantener lo que parecía una conversación normal con Edward Cullen.
Ya no volvieron a hablar de Tony.
Y agradecida comprobó que también ya había dejado de mirarla fijamente.
Respiró hondo e hizo otra pregunta sobre navegación, para continuar con la charla superficial.
Cuando la cena alcanzó la fase del café, lo agradeció aún más. La tensión empezaba a notarse. Las emociones estaban desbocadas en su interior, por debajo de la superficie. No sabía qué eran, pero crecían. Había mantenido la promesa que le había hecho esa tarde a Edward, de que intentaría que la reconciliación funcionara.
Pero aunque en ese momento sabía que Tony se hallaba a salvo con él, que Edward le proporcionaría a su hijo los vínculos emocionales más fuertes, había una cosa que debía recordar... una pregunta que no podía contestar.
Esa urbanidad que le mostraba no era para ella, sino por Tony. Y aunque podía confiarle a su hijo, después de todas las incidencias desagradables acontecidas entre ellos, ¿podría estar ella a salvo alguna vez con él?
No tuvo que esperar mucho para averiguarlo.
Tomaron el café en la terraza. Era una noche hermosa, la más benigna hasta el momento. Eleazar había colocado una vela en la mesa, junto con la bandeja para el café, y más allá de su pequeño estanque de luz, la oscuridad parecía un telón de terciopelo, sólo suavizada por la tenue luz de la luna que jugaba sobre la arena plateada y el mar nocturno.
—¿Tienes frío? —le preguntó él.
Movió la cabeza.
—No. Gracias. Estoy bien. Es una noche hermosa.
Volvió a guardar silencio, dejando que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad. Del otro lado de la mesa, la masa oscura de Edward cobró forma, con la camisa blanca reflejando la iluminación de la luna, a pesar de que su rostro seguía en la oscuridad.
Bebió un sorbo de café, inhalando la fragancia deliciosa. Por el rabillo del ojo, pudo ver que Edward se reclinaba y estiraba las piernas largas debajo de la mesa, con la copa de ouzo en las manos y el café sin tocar. Como ella, parecía satisfecho de permanecer sentado en silencio.
Del resto de la villa no provenía sonido alguno. El alojamiento del personal se encontraba situado en el lado opuesto al de la playa y Tony estaba profundamente dormido.
El futuro se extendía ante ella como la noche sobre el mar. Un velo impenetrable.
¿Qué iba a suceder? No en ese momento, en esa apacible isla, sino cuando volviera a estar bien. ¿Qué iba a pasar con Tony y con ella?
Una vez solicitada la paz entre ellos, ¿confiaba Edward en ella? ¿La consideraba una madre apta para su hijo?
Volvió a mirarlo. Sabía que su expresión era atribulada. Reservada.
La de él... inescrutable.
Pero mientras le estudiaba el rostro, preguntó con voz queda:
—¿Qué sucede?
—¿Qué va a pasar? —manifestó Bella—. Has dicho que querías una reconciliación... paz entre nosotros para que Tony no saliera dañado. Pero ¿qué sucederá a continuación?
Durante un momento eterno, él la miró. En lo más hondo de su ser, Bella pudo percibir su tensión.
Luego habló.
—¿Qué sucederá a continuación? —repitió en voz baja—. Creo que sólo hay una respuesta a eso —la observó—. Nos casamos.
