Capítulo 10

Durante un rato sólo pudo mirarlo fijamente. Era como si su cerebro se moviera a cámara lenta, incapaz de alcanzar lo que acababa de oír. Incluso se cuestionó la realidad de esas palabras.

Abrió la boca.

—¿Casarnos? —repitió aturdida.

Él inclinó la cabeza.

—Es el paso siguiente más obvio —expuso—. Tony necesita un padre y una madre. Dos padres normales. Estabilidad. Una familia. De modo que nos casamos.

Siguió mirándolo fijamente.

—Estás loco —afirmó.

Algo danzó en los ojos de él, pero no era furia.

—Piénsalo —pidió, bebiendo un sorbo de ouzo.

—¿Pensarlo? ¡No necesito pensarlo! —su voz se había alzado. Sentía la adrenalina por el cuerpo—. Es una especie de broma, ¿verdad? Una broma de mal gusto y ridícula que... que...

Las palabras le fallaron.

—Repito, es el paso siguiente más obvio —no parecía molesto por la reacción vehemente de ella—. Los dos queremos a Tony y Tony nos necesita a los dos... padres a tiempo completo, que vivan en el mismo lugar, que le den una familia, un hogar.

Bella apoyó las manos sobre la mesa.

—Para —dijo—. ¡Para! Santo cielo... ¡nunca he oído algo más demencial!

—¿Te importaría explicarme por qué?

—¿Por qué? ¿Preguntas por qué? ¿Después de todo lo que me has llamado? ¿De todo lo que me has hecho? Una y otra vez has intentado arrebatarme a Tony.

—Ya te lo he dicho... tenía que comprobar qué clase de mujer eras. Si ibas tras mi dinero y empleabas a mi hijo para conseguirlo. Cuando rechazaste los veinte millones por él, supe... supe que Tony se hallaba a salvo contigo. Bella... —su voz cambió de repente—. Esto no es necesario. He aceptado que no eres la clase de mujer que creía cuando descubrí la existencia de Tony. Hemos avanzado a partir de ahí. No tienes que demostrarme que no eres una cazafortunas.

Los ojos de ella se encendieron.

—¿Sólo alguien que creía que podía ablandarte para la adquisición de una empresa yéndose a la cama contigo? —soltó con palabras venenosas.

—También hemos avanzado desde ese punto —repuso con expresión tensa.

—¿De verdad? ¿Lo hemos hecho? —adelantó el torso.

—Sí. Hoy al regresar de navegar tenía la confirmación del Reino Unido tanto de tus estudios como de tu puesto de contable en la empresa de tu padre hace cinco años.

—¿Te dedicaste a comprobar eso? —preguntó despacio.

—Sí. Y conociendo ahora la presión a la que estabas sometida, puedo comprender que consideraras necesario acercarte a mí del modo en que lo hiciste en aquella cena y que no dudaras en subir a mi habitación. Aunque... —hubo un leve cambio en su voz—... semejante enfoque pudiera llevarme a malinterpretarlo.

Ella sintió que en su interior crecía la histeria. De modo que sólo había sido una malinterpretación.

Edward interrumpió sus pensamientos continuando con la explicación:

—De manera que sí, ahora podemos seguir adelante. Pensar en el futuro. En el futuro de Tony. Los dos aceptamos que lo único importante es que él sea feliz. Por eso para él sería mejor que nos casáramos. Darle seguridad, estabilidad, un hogar, una familia... eso es lo que necesita.

Y de pronto, como una ráfaga de viento salida de ninguna parte, Bella supo de qué iba todo eso.

—Dios mío —musitó—. Sé lo que estás haciendo. Te delataste al decir que tenías que comprobar qué clase de mujer era. Se trata de otra de tus pruebas... ¿verdad? ¿Verdad? Cuelgas ante mis propias narices la posibilidad del matrimonio. Y si me lanzo a ella, sabrás que soy una cazafortunas. ¡Que me encanta la idea de ser la esposa de un millonario! Una verdadera cazafortunas que no es digna de ser la madre de tu hijo —se quedó sin aire—. ¡Bueno, pues puedes irte al infierno!

Comenzó a apartar la silla para ponerse de pie.

—Bella... ¡no es por eso por lo que he dicho que deberíamos casarnos!

—¡Es exactamente el motivo por el que lo has dicho! Es otra de tus malditas pruebas. Pues no quiero saber nada de ello... ¿me oyes? Se acabó —afirmó—. Se acabó.

Algo cayó sobre ella como una ola imparable. Debería haber sido furia. Pero no lo era.

Era dolor.

Cerró los ojos. ¿Por qué, una vez que recibía la respuesta que había estado buscando, le provocaba dolor?

Había cometido el peor error de todos. Había bajado la guardia. Había creído en él. Confiado en él.

Pero Edward no había confiado en ella. No la había considerado digna de ser la madre de Tony.

Se dio la vuelta y abrió los ojos, avanzando por la terraza. Los tenía borrosos y le escocían y se odió por ello.

—Bella...

Oyó unas pisadas rápidas y sintió que le aferraba el brazo.

—¡Suéltame! No quiero que me toques. ¡No quiero tus manos en mí! —afirmó con vehemencia—. Nunca más. Nunca jamás.

Edward se preguntó cómo demonios había podido llevar tan mal la situación.

Sombrío, regresó a la mesa y se sentó, alargando la mano hacia la botella de ouzo.

El licor fuerte le quemó la garganta al tragarlo.

¿Cómo había podido cometer el error de soltarle una oferta de matrimonio de esa manera?

Nunca había pensado con claridad en su presencia.

¡Era tan hermosa!

Clavó la vista en la oscuridad. La noche era impenetrable. Sólo oía el sonido de las olas.

Y el lento batir de su pulso.

«La deseo otra vez. La he deseado desde el momento en que la vi. Y la deseo otra vez».

Sintió que su cuerpo se agitaba.

Bebió otro trago de ouzo.

Su cuerpo empezaba a arder por la mujer que deseaba. Pero que no lo deseaba a él.

Que le gritaba que nunca más volviera a tocarla.

Entrecerró los ojos y dejó la copa.

Eso no iba a detenerlo. Ya en una ocasión había hecho que Bella Swan palpitara de deseo por él. Que se derritiera en sus brazos.

Lo conseguiría otra vez.

Tendría éxito. Pero no podía permitirse el lujo de cometer el error de esa noche.

Había demasiado en juego.