Capítulo 11

—¿Lo ve? Le dije que el doctor Gerandy estaría complacido con su progreso. —La voz de la enfermera Cope era una mezcla de reafirmación y satisfacción.

Bella sonrió débilmente. Podía oír el sonido del helicóptero que se llevaba al médico de vuelta al continente.

Estaba recobrando las fuerzas, pero la invadía la depresión. Así había sido toda la noche y toda la mañana. Y sabía qué la había causado.

Tenía ganas de llorar.

—Y ahora, una buena taza de té y luego podremos vestirnos.

Asintió con desgana. Aún no se había levantado, ya que había esperado que el médico terminara de examinarla. Kate se había llevado a Tony y, al parecer, Edward se hallaba ocupado en su despacho desde primeras horas de la mañana. No lo había visto.

Aceptó la taza que le ofreció la enfermera. Mientras bebía, oyó pisadas y voces apagadas en el exterior. Y unas risitas. Luego, una llamada sonora a su puerta.

La enfermera Cope fue a abrir.

—¡Santo cielo! —exclamó—. ¡Unas flores andantes!

Detrás del ramo se escuchó una risa deleitada.

—¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclamó Tony, y bajó las flores lo suficiente como para que se le viera la cara—. Mami, mami... ¡son para ti! —se acercó a la cama y depositó el ramo de flores sobre su regazo—. ¿Te gustan, mami? ¡Vinieron en el helicóptero! ¡Desde la ciudad! ¡Lo ha dicho papá!

—Son preciosas —tenía las emociones confusas y enmarañadas—. Gracias —se adelantó y le dio un beso.

—Son mías y de papá —informó Tony.

—La tarjeta es mía.

La voz de Edward desde el umbral sonó baja, pero pareció hacerle algo a sus entrañas. Vio la tarjeta y la abrió.

Por favor, perdóname. Edward.

La miró incrédula. Luego lo miró a él.

Edward fue hacia ella sin dejar de mirarla. Se detuvo al pie de la cama y en ese momento Eleazar entró cargado con cajas.

La enfermera Cope lo ayudó a depositarlas sobre una silla.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Hay más regalos! ¿Te puedo ayudar a abrirlos? ¿Por favor, por favor?

Ella asintió y de inmediato el pequeño se lanzó sobre la caja superior.

—No es más que ropa —comentó desilusionado.

—A tu madre le gustarán —dijo Edward. Miró a Bella—. Al menos, eso espero.

—Iré a ponerlas en agua —anunció la enfermera Cope, saliendo en compañía de Eleazar y con el ramo en las manos.

Bella se quedó con Tony, su padre y un montón de ropa.

Ropa bonita. De playa de colores vibrantes y cara. El tipo de ropa que se ponían las mujeres que frecuentaban el mundo de Edward.

Divertida, miró a su hijo hurgar en las cajas al tiempo que lanzaba prendas al azar sobre la cama.

—¿Te gustan? —preguntó Edward—. Kate me dio tu talla e hice que una profesional las escogiera y las mandara. Pero si no son de tu gusto, se pueden cambiar por otras.

—No puedo aceptarlas.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—¿Por qué crees?

Una manita tiró de la suya.

—Mami, ¿no te gustan?

La voz de Tony sonaba ansiosa. Edward intervino con suavidad.

—Mmm... me pregunto... —de pronto se agachó y sacó dos cajas más del fondo, con motivos de animalitos—. Mira aquí —le indicó.

Tony arrancó la tapa.

—¡Son para mí! —anunció casi sin aliento, y sacó unos bermudas y una camiseta de su talla, los pantalones de un azul brillante y la camiseta a rayas azules y blancas, con un barco en la parte frontal. Luego inspeccionó el resto—. ¡Los dos tenemos ropa nueva! —le dijo a su madre.

—Ropa de vacaciones —explicó Edward.

Los ojos de Tony brillaron.

—Es la mejor ropa que he tenido jamás —anunció—. ¿Te gusta, mamá?

—Mucho —confirmó—. ¿Por qué no vas a mostrarle todo a Kate? —cuando se marchó, se volvió hacia Edward—. ¿Qué es esto? —demandó—. ¿Otra prueba? Bueno, ya puedes llevarte la ropa y...

Él alzó una mano.

—¡No! —luego con tono más suave—: Te las compré porque... porque pensé que te gustarían.

—¡No quiero ropa de ti! ¡No quiero nada de ti!

Sin invitación, él se sentó en la cama. Era una cama doble enorme, pero pudo sentir el peso de su masa corporal hundiendo el colchón.

No supo por qué, pero le pareció un gesto muy íntimo.

—Por favor... no te alejes de mí. Bella, escúchame... sólo por unos momentos, eso es todo. Jamás debería haber dicho lo que dije anoche. Pero créeme, no pretendía ponerte a prueba otra vez. Tienes mi palabra. Pensaba en Tony, eso es todo. Nada más. Pero no hay prisa para tomar ningún tipo de decisión. Tony empieza a acostumbrarse a los cambios en su vida. Que lo haga a su propio ritmo. Y también.

Se puso de pie.

—Llamaré a la enfermera Cope. Por favor, acepta la ropa, Bella. Es un gesto... nada más. Además, creo que Tony se sentiría incómodo llevando él solo la que le he regalado. Y necesitaba ropa nueva, Bella... ¡incluso tú debes reconocerlo!

Se marchó y ella permaneció allí sentada, sumida en una profunda confusión. Intentó darle sentido a lo que acababa de suceder.

¿Edward Cullen amable con ella? ¿Disculpándose con ella? ¿Pidiéndole que creyera...?

Desconcertada, se reclinó en la almohada.

«¿Puedo confiar en él esta vez?».

La pregunta la atormentó.

Porque no logró dar con la respuesta.

Pero en los siguientes días dio la impresión de que él no dejaba de respondérsela.

Era tan agradable con ella... tan increíblemente agradable.

Parecía una persona diferente.

La persona que era con Tony.

Sonriente, abierto, espontáneo.

Y así, poco a poco, descubrió que hacía algo que nunca hubiera considerado posible. Empezaba a confiar en él. A sentirse... segura con él.

Pero incluso mientras sucumbía a ese nuevo y diferente Edward, sabía que había una cosa a la que no debía sucumbir.

El hombre.

El sol le calentaba la espalda. Sabía que debía trasladarse a la sombra, ya que el sol del mediodía en esas latitudes mediterráneas podía ser punitivo sobre la piel.

Pero resultaba tan agradable estar echaba en la tumbona, con los ojos cerrados, sumida en una placentera languidez, casi dormida, que moverse se tornaba difícil...

—Te vas a quemar.

La voz profunda la reprendió. Bella se movió un poco y se dio cuenta de que debía de haberse quedado un poco dormida. Pero se sentía tan somnolienta, que no terminaba de despertar.

Lo haría en un momento...

Entre los omóplatos sintió el contacto de un gel refrescante. Emitió un sonido leve cuando la crema contactó con su piel caliente.

—Quédate quieta —le dijo la misma voz profunda.

Y entonces le extendieron el gel por la espalda, los hombros, la columna vertebral, los costados, la parte superior de las caderas. Unas manos fuertes pero flexibles se lo extendían con movimientos rítmicos por cada centímetro de piel.

Era... exquisito.

Volvió a emitir ese sonido, y durante un instante tan breve que pensó que ni siquiera había tenido lugar, las manos se detuvieron. Luego continuaron... más ligeras, pero igual de exquisitas.

Permaneció quieta, dejando que le masajeara la piel con el gel. Sabía que debería detenerlo, pero no podía. Sólo podía permanecer allí, con el cuerpo casi ronroneando mientras las manos se movían por su espalda.

Cuando se detuvo, se sintió abandonada.

—Ya. Creo que ha sido justo a tiempo. Pero basta de sol.

Había una ligera tensión en su voz.

Bella giró la cabeza para darle las gracias, pero los labios sólo se entreabrieron en silencio.

Se hallaba en cuclillas junto a la tumbona, el cuerpo húmedo, los hombros brillantes, el pelo echado hacia atrás al haber salido de la piscina.

Estaba tan cerca.

Tanto.

El corazón empezó a latirle con un palpitar lento y pesado.

El calor se disolvió en su interior.

Quería tocarlo. La cara, las mejillas, la mandíbula.

Los latidos de su corazón se acentuaron, sin permitirle escuchar el resto del mundo, que no existía... no existía...

Sólo ella, allí tumbada, bajo el sol, mirándole la cara, la boca, los ojos...

Y esos ojos oscuros, con motas doradas en los que podía ahogarse...

—Edward...

Fue un susurro. Una súplica.

Las pupilas de los ojos de Edward se dilataron. Bella alzó la cabeza de los brazos y se abrió a él.

Anhelaba su boca.

El tiempo se detuvo por completo. El mundo dejó de existir. Sólo estaba él, tan cerca de ella... tan cerca...

Y lo deseaba tanto...

Él empezó a bajar la cabeza hacia ella, las pestañas cubriendo esos ojos oscuros.

Bella cerró los ojos, esperando con palpitante anhelo el momento en que la boca tocara la suya.

Pero nunca llegó.

A cambio, oyó que se ponía de pie y la cubría con su sombra.

Sintió frío.

Como si el sol se hubiera desvanecido.

—Es la hora del almuerzo —indicó él con tono brusco—. Toma —la cubrió con un pareo tenue—. Me voy a dar una ducha.

Lo oyó alejarse.

Despacio, hundió la cabeza.

La dominó el abatimiento.

Edward tomó una ducha fría. Muy fría. Jamás debería haberse permitido ponerle el gel. Pero no había sido capaz de resistir. Había estado tan tentadora disfrutando del sol. Había visto que se había quedado dormida y no había querido que se quemara...

Ya no quería que nada se interpusiera en su objetivo.

Sólo quedaba un día más. Podía aguantar ese tiempo.

Tendría que hacerlo.

Mientras cerraba el grifo y se ajustaba una toalla alrededor de las caderas, pensó que estaba bien que hubiera tenido lugar ese incidente junto a la piscina. Le demostraba que ella estaba lista... muy, muy lista. No le preocupaba no poder hacer lo que pretendía con Bella... eso ya había quedado demostrado aquella noche, cinco años atrás.

Pero al lograr que emitiera ese gemido bajo y sensual, que lo mirara de esa manera, con los labios entreabiertos, esperando que la besara, había estado a punto de...

Si hubiera perdido su autocontrol y la hubiera besado...

No sabía si luego habría podido detenerse.

Cuando Bella se incorporó a la mesa, había recobrado la compostura.

No le había quedado otra alternativa.

Había recibido un mensaje, alto y claro. Era la madre de Tony. Nada más.

Tenía que aceptarlo.

Tal como hacía cinco años había aceptado que había sido la aventura de una noche.

No importaba lo que le estaba sucediendo en ese momento. No importaba que con cada día que pasaba, sus emociones se enmarañaran cada vez más.

No importaba que cuando Edward le sonreía, su corazón se le inflamara.

Desde el principio él le había dejado claro que todo era por el bien de Tony. Sólo por eso se había convencido de ser educado y cortés con ella, aunque hubiera creído que había utilizado su cuerpo para persuadirlo de aprobar la adquisición de la empresa de su padre.

«¿Y cómo puedo quejarme de que Tony sea la persona más importante en la vida de su padre, cuando lo es de la mía?

La única.

La única que me importa».

Pero en el mismo momento de pensarlo, supo que era mentira.