Capítulo 12

—Espero que no te moleste, pero les he dicho a la enfermera Cope y a Kate que se tomaran el día libre. Han estado trabajando sin parar, y Kate echa de menos a su novio en Inglaterra y la enfermera Cope me ha dicho que le gustaría ver algo de Atenas durante su estancia aquí.

Dejó la taza de café y la miró. Se había puesto uno de los vestidos que le había regalado, de color crema y que hacía juego con su pelo al tiempo que le resaltaba la piel bronceada.

Pudo ver que se encontraba levemente tensa.

Pero también él.

Le costaba desterrar de la mente aquel incidente junto a la piscina.

Pero era esencial que ambos lo dejaran atrás.

El tiempo pasaba. Que la enfermera y la niñera se hubieran ido de la isla, significaba que al día siguiente podría entrar en acción.

Necesitaba que Bella estuviera completamente desprevenida.

Que no tuviera tiempo de montar una resistencia.

Que no tuviera tiempo para nada salvo para proporcionarle la prueba que necesitaba.

La villa parecía muy vacía sin la enfermera Cope y Kate. Aunque Carmen y Eleazar seguían allí, se hallaban ocupados con sus deberes, como de costumbre, y era como si sólo estuvieran Tony, Edward y ella en la isla.

Era raro.

Hacía que se sintiera más consciente que nunca de él.

¿O sólo era porque la escena junto a la piscina no dejaba de obsesionarla, repitiéndose una y otra vez en su mente, dándole esa percepción de Edward?

Deseaba que no fuera así. Deseaba poder aceptarlo simplemente por lo que era... el padre de su hijo.

Un niño que necesitaba que ambos padres lo quisieran, para lograr que su mundo fuera un lugar seguro y feliz.

«Y lo estamos consiguiendo», pensó. «Tony es feliz... y está sano y salvo».

Seguía sin poder ver el futuro, pero sin duda, una vez que Edward ya no tenía motivos para pensar mal de ella, y con el tiempo, conseguirían que funcionara. Quería creer que era posible.

Pero desconocía cómo podía llegar a ser ese futuro. Los separaban tantas cosas... nacionalidad, riqueza, entorno.

Súbitamente, pensó en la noche en la que había planteado preguntas acerca del futuro de Tony.

«Nos casamos», había dicho él.

Sólo había sido una prueba, una última demostración de la desconfianza que ella le inspiraba.

Lo sabía. Él mismo lo había reconocido.

Pero ¿y si no había sido así? ¿Y si había sido sincero diciendo que se casarían...?

No. Era una locura. Imposible.

El matrimonio era más que darle un hogar a un niño.

Mucho más.

Revivió la escena junto a la piscina. Edward retirándose. Alejándose. Rechazándola. Sintió el calor en la cara, luego frío. No. Sea lo que fuere lo que establecieran para el futuro de Tony, no incluiría matrimonio.

Edward estaba sentado en la terraza con una cerveza fría en la mano. Dentro, Bella acostaba a Tony.

Sentía crecer su tensión. Había llegado el momento. Era la noche en la que obtendría la prueba necesaria.

Oyó una pisada a su espalda. Se levantó.

Contuvo el aliento.

Se la veía deslumbrante...

Llevaba uno de los trajes que le había comprado. Era de un color turquesa intenso, con un top holgado y de manga larga y unos pantalones largos a juego. El cabello suelto le enmarcaba la delicada mandíbula. No lucía maquillaje ni lo necesitaba. Su personal belleza natural no requería adorno alguno.

El deseo que sintió fue instantáneo. Abrumador.

Pero iba a tener que refrenarlo.

Sólo durante un breve tiempo más.

Ella se sentó. Notó que parecía tensa. Le costaba mirarlo a los ojos. Aunque había estado así todo el día. «Es mejor», pensó. Quería que estuviera consciente de él.

Vulnerable a él.

Volvió a sentarse, y en ese instante Eleazar apareció con el champán.

Depositó la bandeja en la mesa.

Bella abrió mucho los ojos.

—¿Champán? ¿Por qué?

—Para celebrar —respondió Edward.

—¿Celebrar qué?

No le contestó. Sólo esbozó una leve sonrisa antes de centrar su atención en Eleazar e intercambiar unas palabras en griego con él. El otro asintió y se dedicó a abrir la botella. El corcho voló sobre la playa con un sonoro pop y luego Eleazar llenó las copas. Una vez que terminó, volvió a decir algo en griego y se marchó.

Edward alzó su copa.

Esperó expectante. Todavía desconcertada, Bella se llevó la suya a los labios. El frío líquido le hizo cosquillas en la lengua. Miró a Edward del otro lado de la mesa.

Y de pronto, como surgido de la nada, el recuerdo la atravesó.

Edward mirándola, esos ojos oscuros y magnéticos inmovilizándole los suyos mientras ella bebía champán.

Cinco largos años atrás, en la noche que le había cambiado la vida para siempre.

Y en ese momento otra vez bebía su champán.

La embargó un anhelo agónico que hizo que cerrara los dedos con fuerza en torno al pie de la copa. De pronto, se la llevó a los labios y por su garganta bajó una catarata de burbujas.

Debería haber mitigado el anhelo. Pero no fue así. Sólo pareció acentuarlo. No pudo evitar mirar a los ojos del hombre que tenía frente a ella.

Era tan devastadoramente atractivo. Quería mirarlo y mirarlo.

Algo se agitó en esos ojos profundos.

Y entonces, Eleazar volvió a hacer acto de presencia, en esa ocasión con una bandeja llena con cuencos pequeños. Bella los reconoció como mezes, exquisiteces tradicionales griegas... aceitunas rellenas de hojas de parra, pasteles fritos de queso...

Cuando terminó de distribuirlos todos, ya se había recuperado. Y mientras bebía champán y probaba los diferentes platos, se obligó a hablar. De las cosas que habían charlado en los últimos días: Tony, Grecia, asuntos mundiales, películas, música, libros, comida. Una conversación corriente y relajada.

Consumidos los mezes, Eleazar pasó a servir el primer plato: cordero al horno que se derretía en la boca, regado con vino tinto.

De algún modo, logró sobrevivir a la comida. Sonar normal.

En todo momento, el anhelo interior fue creciendo.

Eleazar salió una última vez para depositar delante de cada uno unos sorbetes y una bandeja con café. Luego escanció un coñac para Edward. Como siempre, Bella declinó todo licor.

Había bebido champán y vino. Pensó que deberían haberla embotado un poco. Pero parecían haberla hecho aún más consciente de Edward. Sabía que era una necedad, un pérdida de tiempo permitirse reaccionar a él de esa manera.

Era como si tuviera una percepción más vivida que nunca de él.

Salvo por aquella noche fatídica, tan lejana...

El anhelo la atravesó.

Bebió café. La conversación menguó hasta desaparecer. No tenía ánimos para iniciar un tema nuevo. Contempló a Edward jugar con su copa, hacer que el coñac remolineara.

Entonces, como si fuera consciente de que ella lo miraba, dejó la copa en la mesa.

—Bajemos hasta el borde del mar —dijo—. Las estrellas se ven con especial nitidez esta noche.

Se puso de pie y se volvió para ir a apagar la luz de la terraza. Bella parpadeó y dejó que sus ojos se adaptaran. Se puso de pie y lo siguió hasta el alto de los escalones que conducían a la playa.

—¿Te arreglas? —inquirió él.

Ella asintió.

—Sí, gracias —murmuró. Bajó la escalera a su lado. Los brazos casi se rozaban.

Volvió a sentir el anhelo, más agudo.

Al llegar al pie de los escalones, Bella se quitó los zapatos. Era más fácil caminar descalza. La arena estaba fresca bajo sus pies y más allá del abrigo de la terraza, sintió la brisa, pero no era fría. Alzó la vista al cielo mientras bajaba junto a Edward hacia el mar.

Era cierto que esa noche las estrellas se veían con una claridad excepcional. La luna aún no había salido y el cielo era una greca dorada y negra. A medida que se alejaban de la villa, la luminosidad de las estrellas aumentaba.

Al llegar al borde del mar, él se detuvo. Se quedó quieto, mirando hacia arriba.

Durante un momento, entre ellos reinó el silencio.

Luego las estrellas parecieron un tapiz confuso. Bella bajó la cabeza y sintió que el cuello se le ponía rígido.

Edward ya no miraba hacia el cielo.

La miraba a ella.

Y de pronto, la electricidad renació... recorriéndole todas las terminales nerviosas.

No pudo moverse.

Estaba paralizada como una ninfa bajo el escrutinio de un dios.

Alargó una mano hacia ella. La curvó alrededor de su nuca.

Bella dejó de respirar. Entreabrió los labios.

Edward la acercó a él y bajó la boca hacia la suya.

El beso fue lento, suave, y pudo probar el coñac en sus labios.

Lentamente, sintió que el cuerpo se le derretía.

Él le rodeó la cintura con el brazo libre y la acercó aún más a su cuerpo.

No dejó de besarla.

Sintió que el cuerpo le oscilaba, débil y sin huesos. Se aferró a él y le rodeó con los brazos la poderosa columna de su torso, sintiendo la fuerza dura y musculosa bajo las manos.

El beso continuó, interminable y dulce. La boca de Edward era como terciopelo y sintió que abría los labios para él.

El asombro y la incredulidad la embargaron.

Edward la estaba besando. Suave, dulce, lánguidamente. Pegándole el cuerpo al suyo, sosteniéndola contra la calidez de su amplio torso, sus caderas estrechas.

Pareció transcurrir una eternidad.

Cuando le soltó la boca, pero no el cuerpo, siguió acariciándole la nuca mientras la contemplaba. Ella le devolvió la mirada, con labios entreabiertos, ojos dilatados, débil y desconcertada.

—Edward... —musitó.

Era una pregunta, una confusión, una sorpresa.

Con suavidad, le dio un beso fugaz en los labios.

—Sshhh... nada de palabras, nada de palabras...

Le murmuró algo en griego. Bella sintió que caía en las profundidades de sus ojos en una curva lenta y que se ahogaba en ellos.

No le permitió hablar y la calló con un beso. Ni siquiera cuando la alzó en brazos y la llevó de vuelta a la villa para depositarla en la cama, entre las sombras del dormitorio de ella, que los cobijaban y encubrían.

—Sin palabras —dijo él, y volvió a encontrar su boca.

Fue una maravilla y el éxtasis. Una sensualidad lenta, suave. Le bajó las tiras finas del top de verano y deslizó la boca por la parte superior de sus pechos, regalándole una dulce sensación al tiempo que sentía que los pezones se encumbraban como flores maduras bajo los labios de Edward y esa lengua pausada y móvil.

El tiempo cesó de existir. Nada existía. Sólo el contacto de su boca sobre ella. Sólo las caricias lentas y delicadas de sus labios. Esas manos que acariciaban y desprendían ropa.

Sintió la fortaleza de los hombros desnudos de Edward, los costados compactos y musculosos, la larga y poderosa escultura de su espalda.

Sintió que su cuerpo se arqueaba y se movía hacia el de él, que su rostro se alzaba hacia el de él, que su boca anhelaba la de él. Lo oyó murmurar palabras desconocidas, pero con voz de caricia, de beso. Sintió las manos fuertes acariciarle los muslos, sintió que los movía con los suyos, y en todo momento el susurro de la voz, la boca de terciopelo. Lo rodeó con los brazos y lo pegó a ella. Se abría a él, se convertían en uno, se fusionaban con lenta e infinita dulzura.

Y entonces, mientras la penetraba, sintió que esa dulzura crecía y se intensificaba en su interior, transformándose en algo tan maravilloso y milagroso, que sus labios se abrieron con un sonido leve y alto, mientras cerraba los ojos. Las caderas se buscaron mutuamente, los muslos estaban tensos por la fusión de los cuerpos, las manos abiertas sobre la espalda de Edward mientras se entregaba a la consumación de su cuerpo.

Y del de Edward.

Sintió que tensaba el cuerpo y se contenía durante un momento interminable. Y luego la liberación... una liberación lenta, inexorable, que la llenó, la completó, de modo que la misma sangre fluyó por sus venas, el mismo corazón latió en sus pechos.

No dejó de aferrarse a él, con el cuello arqueado, los cuerpos aún fusionados.

Así hasta que sintió que ambos relajaban los cuerpos. La fusión menguó y también la dulzura de miel; se quedó quieta, extenuada, en la prisión de sus brazos, mirándolo a ciegas en la oscuridad.

Más allá de todo menos del asombro.

Sintió que se movía y que alargaba el brazo hacia la luz, que de inmediato reducía hasta un tenue resplandor. Pero sus ojos, al mirarla desde lo alto, eran puntos negros.

—Tengo la prueba —susurró él—. Absoluta, indiscutible. Al fin te has entregado a mí.

En su rostro resplandecía el triunfo.

Y de pronto Bella supo qué había pasado con exactitud. Sintió el corazón estrujado por una garra helada.

Acababa de tener sexo con Edward Cullen.

Y caído en la trampa que le había tendido. La prueba que le había puesto.

La prueba que acababa de fallar con estrépito.