Demonios, escribir este capítulo ha sido mucho más complicado de lo que esperaba xD Espero que por lo menos lo disfrutéis, ya que ¡madre mía! Describir a Kidd en nuestro mundo es complicadísimo. He tenido que repasar el capítulo 3 veces para asegurarme de no haber hecho que Kidd resulte un poco OOC, aunque hay alguna parte en la que sí, no he podido hacer más. De cualquier forma (y en mi modesta opinión) creo que no ha quedado del todo mal xD.
Hitomi Miko: ciertamente, pobre Lea, con una vida tan tranquila como ella llevaba… xD Pero nada dura para siempre :D Ya veremos cómo se las apaña… ¿qué tal al final el día de los muertos? ¡Gracias por tu comentario!
Robin D Kidd: aquí traigo algo que espero que te guste (aunque sin romanticismo ni nada, aún) xD. De cualquier modo, ¡gracias!
Sakuya217: Jajaja sí, al no ponerme de acuerdo con las ideas, según se me ocurren las apunto en mi perfil para escribirlas si a alguien le gusta alguna y me lo dice xD Y así no se me olvidan ^^ Sí, también decidí alargar la historia, creo que puede estar interesante (:3). En cuanto a Lea he logrado hacer que en este capítulo pierda la paciencia (pobre xD), pero ya se irán, digamos… comprendiendo. Por ahora sólo van a estar interesados en: Kidd en volver a casa y Lea en que Kidd se largue xD. Ay… mi príncipe rojo… vaya usted a saber por dónde cabalga… ya le encontraré supongo xD ¡Gracias por tu comentario!
Los personajes de OP no me pertenecen, sólo los que yo he creado.
- Diálogos.
"Pensamientos"
Memorias/Flash backs/Sueños
Canciones
Capítulo 3: Los primeros 10 problemas
- Lea… Despierta cielo, ya es de día.
Algo parecido a un suspiro se deslizó por entre los labios de la morena mientras se estiraba sobre su cama del mismo modo que lo haría un felino.
- Mmmnos días, papá… – murmuró.
Su padre la miró con una pequeña sonrisa.
- Vamos dormilona, el desayuno ya está listo, te estamos esperando.
- Voy.
¿Estamos? Lea bostezó frotándose los ojos, mientras trataba de espabilarse. Le habría oído mal. Abrió las cortinas con una sonrisa, hoy no tendría clase, era fiesta después de Halloween.
Se lavó la cara en el lavabo del pasillo y en camisón como estaba se bajó a desayunar. Había tenido suerte de levantarse a media noche, de lo contrario, no habría sido consciente de que aún llevaba puesto el disfraz cuando se metió en la cama… aunque no recordaba el momento en el que se había acostado. De cualquier modo, aprovechó para cambiarse de ropa y evitar así posteriores charlas paternas.
Los últimos escalones de madera crujieron bajo sus pies, pero aquel sonido le provocó otra sonrisa y tomando una taza se dirigió a la nevera en busca de leche. Hoy todo parecía perfec… to. Un momento. Con la puerta de la nevera abierta, todo su buen humor quedó congelado al ser consciente de que había alguien más sentado a la mesa, alguien de gran tamaño y que ella había creído fruto de una pesadilla de la noche anterior. Asomó la cabeza por detrás de la puerta de la nevera, mirando al pelirrojo.
- ¿Tú? – Él sonrió divertido al escuchar el temblor en la voz de ella – ¿Qué… qué diablos haces aquí?
Su padre apareció desde el salón a la cocina, con una taza de café en las manos.
- Lea, este joven es Eustass Kidd. Te trajo anoche cuando te encontró tumbada en el tobogán del parque. ¿Le recuerdas? Dice que ibas algo… bebida.
Las mejillas de la joven se sonrojaron mientras la mirada burlona del pelirrojo encontraba la suya, con una amplia sonrisa en el rostro.
- Yo… sí. ¡No! No lo sé… – se mordió los labios, insegura. ¿Qué hacía aquel hombre sentado a su mesa, desayunando como si no pasase nada? Un único pensamiento de alivio la recorrió de pies a cabeza: no les había matado, ni a ella ni a su padre. Así pues, ¿qué pretendía?
- No esperaba que no te acordases, al fin y al cabo, me golpeé por tu culpa – comentó Kidd, aguantando claramente una carcajada al ponerla en aquella situación.
Lea abrió los ojos cada vez más nerviosa y centró su mirada en la venda que el joven llevaba en el lugar que la noche anterior habían estado sus gafas.
- Yo, esto…
Estaba en blanco. ¿Qué decir cuando tienes a un asesino ante tus ojos, sentado a tu mesa con una taza de café en las manos? Ni siquiera Lea, con todo su carácter era capaz de hacer algo más útil que crujirse los nudillos. Él era Kidd, Eustass Capitán Kidd, y había llegado a su vida tras una estúpida noche de espiritismo con Sara, María y las demás. ¿Cómo era posible? Aún no estaba segura, pero de cualquier modo, no podía arriesgar por una cuestión de orgullo la vida de su padre… ni la suya propia. De modo que cerró los ojos y respirando fuerte se tragó todos los insultos y las maldiciones que se agolpaban dolorosamente en su garganta para volver a mirarle, con la sonrisa más dulce que fue capaz de dibujar.
- Lo siento mucho, Eustass, realmente no sé dónde tengo la cabeza. Supongo que me acordaré de ti cuando se me pase la resaca, ahora mismo me duele un poco la cabeza. Pero gracias de todas formas – se acercó y le besó en la mejilla, cuidando las apariencias ante su padre, quien terminaba de lavar los platos en aquel momento.
- Lea – dijo él, impidiéndola disfrutar al máximo de la expresión de sorpresa que se le había quedado al pelirrojo en el rostro –, espero que no bebieras demasiado, ya sabes que no me gusta eso.
La muchacha negó con la cabeza, pasando como pudo de los gruñidos que salieron de la garganta del pirata.
- No papá, no te preocupes.
Su padre suspiró.
- Está bien. Lea, yo me tengo que ir ahora a trabajar. Tu amigo ha dormido aquí hoy por su herida, de modo que creo que estaría bien que se duchase y ya os vais a dar una vuelta por el pueblo y así se lo enseñas, ya me ha dicho que no es de por aquí.
- Eeh… claro – sonrió la morena, nerviosa.
Kidd se volteó y dirigió su mirada al padre, quien, ya de espaldas a ellos, tomó sus llaves y salió del edificio, cerrando tras de sí y abandonando a su hija en una situación tan peligrosa como absurda. O eso pensaría él si le dijesen que aquel joven provenía de una serie de televisión. Pero claro, el agente Yonde no era consciente de aquello, ya que de haberlo sabido… no la habría dejado sola. Arrancó su viejo coche y desapareció por la calle en dirección a la comisaría.
Mientras, en el interior del edificio, Lea se había encerrado en su habitación a toda velocidad, sin querer saber nada del pelirrojo que golpeaba su puerta con una sonrisa.
- ¡Lárgate!
- ¿Esa es la forma en que piensas agradecerme el haberte ayudado, mocosa?
Lea tembló, acurrucada como estaba sobre su cama, con la mirada perdida en el suelo de su habitación. ¿Por qué a ella? ¿Había sido por algo que había dicho, algo que hubiese hecho? ¿Quizás por algo de alguna vida anterior? Apretó las manos en dos puños hasta que se hizo daño. ¿Qué demonios hacía un pirata de otro mundo golpeando la puerta de su dormitorio? "Joder, joder, joder" pensó.
De pronto, la puerta de su cuarto saltó por los aires, completamente astillada e irreconocible, causando que un grito saliese de su garganta, tapándose el rostro con las manos. "Es solo un sueño, sólo un mal sueño. Ahora respira profundamente y cuenta hasta diez. Uno, dos…" su pensamiento fue interrumpido cuando el pelirrojo la agarró por el cuello del camisón, levantándola sin esfuerzo aparente del suelo, sosteniéndola por encima de su cabeza.
Lea abrió los ojos y pataleó furiosa.
- ¡Suéltame!
- No te gusta que te toquen, no te gusta que te cojan… ¿hay algo que te guste en esta vida, mocosa?
Ella le dirigió una mirada cargada de odio.
- Mi nombre es Lea, no "mocosa". Y sí, ahora mismo me gustaría poder patearte el culo sin miedo a que pudieses devolvérmelo.
Tan pronto como vio la mirada del pelirrojo supo que había vuelto a irse de la lengua. Él la arrojó contra la pared donde habían caído los restos de la puerta, que se clavaron dolorosamente en su piel. Se golpeó la cabeza contra el escritorio, pero no tuvo tiempo ni de quejarse cuando Kidd volvió a cogerla y la lanzó sobre la cama con brusquedad, volviendo a colocarse sobre ella, inmovilizándola del mismo modo que la noche anterior. Un temblor recorrió el cuerpo de ella, quien gimió a causa de todo el dolor que estaba sufriendo en aquel instante. Sus ojos grises se cruzaron con los dorados de él.
- Suéltame – susurró, aunque su orden sonó mucho más débil de lo que le habría gustado.
- No me des órdenes, mocosa. No tengo ni paciencia ni ganas para aguantarte ahora.
- ¡¿Aguantarme? – Estalló Lea, bajo su mano – ¡¿Acaso soy yo la que te está molestando? ¡¿Puedes mirar a tu alrededor y decirme lo que ves? ¡¿Realmente piensas que de los dos YO soy la molesta? ¡¿Qué eres tú entonces, un genio del desierto que ha tenido un mal día y se niega a satisfacer mi deseo de sacar su asqueroso culo de mi vida? ¡Arrogante de m…! – Respiró profundamente antes de perder completamente la cabeza, cosa que sin duda pasaría literalmente si continuaba por ese camino.
Al no ver ninguna reacción en el cuerpo del pelirrojo se asustó, temiendo lo peor. Se estremeció al verle sacar un revólver de sus pantalones, ¿cómo era posible que su padre no se lo hubiese visto? El miedo se apoderó de ella completamente cuando, inclinándose más aún sobre su cuerpo, Kidd la apuntó con el cañón a la cabeza.
- ¿Ya no sueltas tantas bravuconadas? ¿Acaso tienes miedo de morir, Lea?
Ella no contestó, ahora sí estaba helada. Iba a morir, lo sabía. Sentía el aliento de su asesino sobre su rostro y sus narices alcanzaban a rozarse, al igual que el resto de sus cuerpos. El frío metal del cañón del revólver contra su cráneo la hizo cerrar los ojos.
- Ahora pienso cerrarte la boca, mocosa. Eso te enseñará a no volver a faltarme al respeto – sonrió él, con voz siniestra.
La muchacha temblaba bajo su cuerpo, dándole sin pretenderlo en absoluto el gusto de saber que estaba asustada, que le temía. Un nuevo estremecimiento recorrió su cuerpo al escuchar el seguro del gatillo ser retirado. "Mierda, no puede…" el dedo de Kidd apretó el gatillo, cortando por completo su pensamiento.
"¡¿Pero qué…?"
Los ojos de Lea se abrieron de golpe, con la confusión brillando por encima de la humedad que había causado en ellos su miedo a morir. El cañón continuaba contra su frente, pero a pesar de que su gatillo había sido presionado, ninguna bala había acabado con su vida.
Lo único que podía estar matándola en aquel momento era el dolor que subía desde sus labios hasta su cerebro, debido a la posición del pelirrojo. Una de las manos de él se colocó bajo su cuello, inclinando su rostro y separando sus labios de los de ella, que sangraban a causa del brusco beso que él la había dado. No fue capaz de decir nada, tal vez por la confusión que sufría, o quizás porque de nuevo él atacó su boca, volviendo a morder sus labios y saboreando su miedo.
Ella no respondió en ningún momento, pero el flujo de adrenalina generado por aquellas acciones llegó con brusquedad hasta sus brazos, que actuaron por propio instinto, apartando de un golpe al pelirrojo de encima suyo. Le escuchó reír mientras trataba de incorporarse, temblorosa, apoyándose en la pared de su cuarto.
- Bien, ya tienes lo que querías y yo también, ahora vayamos a lo importante.
Lea no contestó. Sus piernas temblaban, ya no sabía si a causa del miedo que aún la recorría, de la confusión ante sus palabras y gestos, o de la adrenalina que aún permanecía fluyendo por sus venas. Trató de hablar, pero su voz fue a penas un susurro.
- ¿Por qué? – Fue todo lo que llegó a los oídos del pelirrojo, que se acercó a ella y la incorporó de golpe, ignorando el intento que hizo por apartarse de él.
- Tú misma me lo pediste anoche, ¿recuerdas? Me dijiste "bésame". Y te he besado. Y yo por fin te veo asustada. De modo que ahora vas a ayudarme si no quieres que la próxima vez que coloque un revólver contra tu cabeza éste esté cargado y listo para matar.
Lea observó la mirada de él. Se burlaba de ella, se divertía haciéndola sufrir. Respiró profundamente tratando de lograr lo imposible: calmarse en aquella situación. Estúpido Eustass Kidd… cuando le dijo que la besase sólo fue una distracción para liberarse, no esperaba que se lo tomase en serio. Aunque, por supuesto… él lo sabía y simplemente se había aprovechado de la situación para imponer su autoridad, pensó. Su autoridad. En SU casa. En SU cuarto. En SU vida.
Una vez más, la furia se apoderó de su mente, pero esta vez trató por todos los medios de tragársela, no estaba dispuesta a pasar otra vez por lo mismo. Sintió como poco a poco los latidos de su corazón se iban recuperando, pero la adrenalina iba desapareciendo y el cansancio se apoderó de sus rodillas, que volvieron a fallarle y acabó sentada en el suelo, ante el pelirrojo, que permanecía con los brazos cruzados frente a ella.
Le miró, sin demasiado entusiasmo.
- ¿Qué es lo que quieres? – murmuró.
- Volver a mi barco. Tú me encontraste, por lo que supongo que conocerás a Kuma y podrás hacerme volver.
- ¿A quién? – Ella abrió los ojos sorprendida, ¿qué clase de nombre era Kuma?
Se levantó y se sentó frente a su ordenador.
- ¿Qué haces? – Exigió Kidd.
- Buscar en internet. Si no encontramos lo que buscas aquí, entonces ten por seguro que no lo encontrarás en ningún lado.
Kidd la miró mientras se sentaba en la cama. Aún le temblaba el pulso, pero parecía haber accedido a ayudarle, aunque sólo fuese para librarse de él. Sonrió. ¿Qué coño sería internet?
- ¿Cómo que no funciona?
Lea suspiró.
- Eso he dicho, papá, que no me funciona la conexión a internet, el cable de mi cuarto está partido – lanzó una mirada asesina al pelirrojo, que no se dio por aludido.
Su padre murmuró algo inteligible al otro lado del teléfono.
- Está bien, escúchame Lea, ahora estoy trabajando y no puedo ayudarte, lo miraré cuando vuelva esta noche, ¿de acuerdo?
- Claro. Ten cuidado.
Se quedó mirando el teléfono mudo de su mano, con la mente en blanco.
- ¿Y bien? – Preguntó Kidd.
- Esta tarde lo arreglará. Hasta entonces, déjame darme una ducha y ver si puedo ir al ebanista a comprar otra puerta – suspiró.
- Iré contigo.
Ella se sonrojó, horrorizada.
- ¡¿A la ducha?
- ¡No, estúpida! ¡Al ebanista ese!
Suspiró, aliviada. Al final, aquel día que en un principio le había parecido tan idílico estaba resultando el peor de toda su vida. Trató de alargar la ducha todo lo posible, apartando con el agua y el jabón el miedo que aquel estúpido la había metido en el cuerpo. Gimió levemente al sentir el agua escurrir sobre sus labios. Se miró en el espejo. Los dientes del pelirrojo habían quedado marcados en su labio inferior, ahora hinchado a causa del dolor. Suspiró, tratando de apartar el sabor de la boca de él de la suya propia.
Salió de la ducha, se envolvió en la toalla y poniéndose las zapatillas salió del baño aún empapada hasta su cuarto, donde se encontró de nuevo con Kidd.
- ¡¿Qué…? ¿No te dije que me esperases abajo?
- No me gusta que me den órdenes, soy pirata ¿recuerdas? – Contestó, con su habitual sonrisa.
Ella puso los ojos en blanco y tomó del armario su ropa interior junto con unas deportivas negras, unos vaqueros grises y un jersey blanco. Sin soltar la toalla en ningún momento y con las mejillas encendidas, se encerró de nuevo en el baño, donde se cambió de ropa, murmurando maldiciones en voz baja. Una vez que terminó de secarse el pelo, notó el chichón que le estaba saliendo en la nuca a causa del golpe contra el escritorio. Se colocó una diadema ancha de color gris, dejando caer su melena lisa hacia atrás, ocultándolo, y el flequillo recto permaneció en su sitio. Limpió las heridas causadas en sus brazos por las astillas de la puerta y al cabo de media hora, ya había limpiado por completo el destrozo de su habitación mientras que el pelirrojo únicamente la observaba trabajar en silencio. Bueno, no todo estaba arreglado.
- ¿Señor Evans?
- Sí, soy yo. ¿Qué desea?
- Hola, soy Lea Yonde, llamaba para ver si podía encargarle una puerta…
- ¡Claro! ¿Por algo soy ebanista, no? Tráeme las medidas apuntadas en una hoja y veremos si tengo ya alguna que te valga o te toca esperar unos días.
- De acuerdo, estaré allí en media hora, más o menos. ¡Gracias! – Colgó el teléfono y buscó en el bolso de la noche anterior.
Por suerte su móvil al final no estaba en casa de Laura, sino cargándose en la cocina. Se lo metió en un bolsillo mientras que sacaba de su cartera algo de dinero y se lo guardaba en el otro bolsillo del vaquero.
- Bien, esto ya está.
- Has tardado mucho – murmuró Kidd.
- Habría tardado menos si alguien no hubiese destrozado mi habitación por nosequé estúpido motivo. ¡Ah, sí! Por orgullo – le fulminó con la mirada, y él le devolvió una mirada molesta.
- No tientes a la suerte, niña. En cuanto dejes de serme útil podrías acabar del mismo modo que tu puerta.
Ella tragó saliva y no dijo nada más, llevando claramente las de perder contra él. Cerró la puerta con llave y comenzó a caminar en dirección al centro del pueblo.
- Lo primero que tenemos que hacer es conseguirte algo de ropa.
Kidd puso los ojos en blanco.
- Ni hablar.
- ¡No puedes ir con eso por la calle! ¡Todo el mundo se te quedará mirando!
- Entonces les mataré.
- ¡Pero… no puedes! Este no es tu mundo, ¿no? Aquí las cosas son distintas, ¡no puedes matar a quien quieras cuando tú quieras sólo porque se te queda mirando!
Él detuvo su marcha, con una siniestra sonrisa.
- ¿Sabes lo que significa ser pirata? Significa libertad, hacer lo que te viene en gana, precisamente porque te da la gana. Vivir sin preocupaciones. Ese es mi estilo de vida.
Ella frunció el ceño y puso los brazos en jarra.
- Sí, una vida envidiable, pero en TU mundo. Si realmente quieres volver a tu hogar tendrás que averiguar cómo has venido a parar aquí, y algo me dice que eso va a llevarnos algo de tiempo, de modo que tendrás que aparentar normalidad ante los demás.
- No.
Lea suspiró, completamente agotada.
- Haz lo que te salga de los… – una vez más, tuvo que morderse la lengua a tiempo.
El resto del camino no fue más tranquilo, ni mucho menos. Por mucho que Eustass Kidd reconociese algunos objetos comunes en ambos mundos, como las cocinas, las farolas o los teléfonos (comparados con los Den Den Mushi), también había muchos otros que desconocía en lo absoluto, como los coches o los aviones. En todo el trayecto, Lea se dedicó a explicarle con todo lujo de detalles el tipo de vida que se llevaba a cabo en su mundo. La joven no pudo menos que sonreír al ver la mirada de horror del pelirrojo al saberse en un lugar completamente diferente, pero los papeles se cambiaron cuando él sentenció que se quedaría con ella hasta que lograse volver a su mundo.
- ¿Pero por qué? ¿No hay más personas a las que quieras torturar? ¡Yo no puedo quedarme contigo! Tengo colegio, deberes, un trabajo a tiempo parcial en la cafetería del centro comercial…
- Asúmelo y aguántate. Eso te pasa por resultarme entretenida.
- ¿Entrete… nida?
- Sí. Pocos días me cruzo con alguien capaz de levantarme la voz, recibir una lección y volver a actuar después como si nada. Digamos que además, no creo que muchas más personas se creyesen mi historia, y como tú misma has dicho… no queremos que muera nadie, ¿verdad?
¿Cómo si nada? ¡Si le temblaban hasta los dedos de los pies! Lea suplicó y trató de negociar aquello durante el resto del camino. Le propuso amigas, conocidos, todo tipo de tratos, pero nada pareció ser del agrado del pirata, quién se reía cada vez que la joven suspiraba mientras caminaba mirando al suelo y maldiciendo su suerte.
Cuando llegaron al ebanista, por suerte, el hombre tenía una puerta disponible con las medidas exactas.
- Ten, llévala tú – se la pasó al pelirrojo.
- Ni hablar – gruñó él, cruzándose de brazos.
- Esta señorita no puede llevarla sola. No sería muy caballeroso por tu parte negarle ayuda.
- Yo no soy un caballero, soy… ¡oye! – Gruñó cuando Lea le piso con fuerza para cerrarle la boca.
La muchacha se volvió al hombre mayor con una sonrisa.
- ¿Podría ir usted a montarla a casa? No me gustaría que papá se la encontrase mal puesta o algo – le suplicó, con extremada dulzura.
El hombre sonrió.
- Está bien, iré ahora mismo.
Lea le dejó una copia de las llaves diciendo que se la dejase luego bajo la alfombrilla de la entrada y tirando de Kidd del brazo, atravesó la calle evitando como pudo las miradas curiosas de la gente al verla caminando al lado de un joven musculoso y sin camisa, con pantalones brillantes y un abrigo oscuro y gótico. Se dejó caer sobre uno de los bancos del parque central agotada, escuchando el sonido del agua de la fuente.
- Está bien. Si vas a quedarte conmigo simplemente para molestar, en ese caso comenzaremos cuanto antes – murmuró al pelirrojo.
- Bien, podías haber cooperado antes de que nada pasase.
Una vez más, le fulminó con la mirada.
- Cállate – siseó –. Bueno, veamos. Eustass Capitán Kidd, ¿no es así?
Asintió.
- ¿De dónde vienes?
Kidd suspiró. No le gustaba tratar con civiles y mucho menos con ella, pero no tenía más opción. Tampoco le agradaba la idea de necesitar de la ayuda de alguien, al igual que tampoco la idea de quedarse con ella, en eso era en lo único en lo que ambos personajes coincidían: no querían ni verse. Pero si no la forzaba, ella no le ayudaría, y él DEBÍA volver cuanto antes a Sabaody para zarpar al Nuevo Mundo y cumplir así su sueño de convertirse en el Rey de los Piratas.
A regañadientes y de bastante mal humor, se sentó junto a Lea y permanecieron hablando por el resto del día, haciendo una pausa únicamente para ir a comprar unos perritos calientes al puesto del parque (para Kidd Lea tuvo que comprar una docena). Tras la pausa, continuaron caminando por el pueblo mientras Kidd le contaba, con más o menos discusiones de por medio, acerca de su mundo y su barco, deteniéndose sobre todo en SU sueño, SU tripulación, SU poder y todos los SUS posibles.
- Ya es casi de noche – murmuró Lea, mirando hacia el cielo.
Suspiró. Vaya día. Y ella que hasta entonces había pensado que los exámenes de historia eran lo peor, ahora tenía claro que siempre había cosas peores. Observó de reojo a Kidd, quien no le quitaba la vista de encima.
- ¿Dónde vas a dormir?
- En tu casa.
- ¡¿Qué? No, no, ni hablar. Mi padre me mataría.
- Ese es tu problema – sonrió él.
- Eres un…
- ¿Un… qué? – La retó.
- Nada.
- ¿Seguro? Creí que ibas a…
- ¡No iba a nada, déjame en paz! – Gritó furiosa, caminando a grandes zancadas hacia su casa con la risa del pelirrojo a sus espaldas. "Lea, si sales de esta, es la última vez que aceptas algo de Sara. ¡Nunca más la harás caso!" se dijo a sí misma.
El sonido del despertador al día siguiente fue algo mortal, terrible, horroroso y sumamente deprimente. Aquel sonido murió de golpe cuando Kidd estrujó el reloj entre sus manos.
- ¡Qué cojones! ¿Quién demonios se levanta a estas horas y para qué? – Maldijo sobre todo lo existente una y otra vez mientras observaba a Lea entrar y salir del cuarto, con cara de sueño y de no haber dormido muy bien.
Él había dormido en el sofá, en la planta de abajo, el único lugar donde el padre de Lea, tras bastantes e inverosímiles explicaciones, había accedido a que pasase algunas noches allí.
Sin perder un detalle de los gestos de la muchacha, la siguió mientras salía de casa, con una bandolera colgada del hombro y llena de cuadernos y libros.
- ¿A dónde vas a estas horas? ¡Son las siete de la mañana! – Protestó con un gruñido.
- A clase – contestó ella, bostezando –. Tengo examen y no puedo llegar tarde.
A pesar de todas las protestas de la muchacha, Kidd la siguió a lo largo de todo el camino hasta su instituto, un edificio de aspecto no muy hogareño y barrotes en las ventanas.
- Casi parece una prisión – murmuró.
- En eso estamos de acuerdo. Está bien, son las ocho. Saldré de clase a las tres, espérame aquí sin armar ningún lío hasta entonces, ¿de acuerdo?
Al no recibir respuesta alguna por su parte y habiendo desaparecido por completo lo que quedaba de su paciencia, se armó de valor y entró en el edificio, con los pensamientos completamente desubicados y ajenos al examen. ¿Cómo había podido cambiar su vida de una forma tan brusca en tan sólo 48 horas?
1º: Ahora vivía con un pirata sanguinario sin ningún tipo de respeto por la vida ajena y con un ego más grande que el más grande de los trasatlánticos existentes.
2º: Debía ayudarle a volver a un mundo diferente al suyo completamente desconocido para ella.
3º: No podía decirle que ellas le habían invocado a partir de un personaje real porque las mataría.
4º: Su padre no se fiaba de él, y cada vez menos de ella.
5º: Kidd le daba miedo, aunque nunca se lo reconocería.
6º: Cada vez que rozaba su labio, el dolor le recordaba el beso y por algún motivo que la asqueaba, aquella noche había soñado que el momento se repetía.
7º: Tenía un examen que no se sabía.
8º: por un pelo llegó a casa antes que su padre la noche anterior y pudo recuperar la llave que le dejó al señor Evans y asegurarse de que su puerta estaba bien colocada.
Y así podría continuar hasta llegar al infinito. Dejó la mochila de golpe sobre la mesa, y se dejó caer sobre la silla, completamente deprimida.
- ¡Lea!
- Piérdete, Sara.
- ¿Ocurre algo? ¡Vaya cara! – Dijo cuando Lea alzó el rostro hacia ella – ¿Te encuentras bien?
- No mucho… oye… – se cayó de pronto, ya tenía el noveno problema.
9º: No podía contarle a sus amigas que la invocación había funcionado si no quería que la tomasen por loca.
- Dime – sonrió Sara, completamente ajena a sus problemas.
Trató de sonreírle, al fin y al cabo, nadie tenía la culpa por completo de aquella situación.
- Nada, ¿qué tal llevas el examen?
Kidd gruñó por enésima vez. No sabía qué hora era, pero ya no aguantaba más. Se disponía a entrar en el edificio escolar cuando una pregunta asaltó su mente: ¿podía usar sus poderes en aquel mundo? Aún no lo había intentado.
Trasladó su mirada por las ventanas del edificio y una siniestra idea cruzó su mente al reconocer a Lea a través de los barrotes de una de las ventanas. Parecía aburrida y él no estaba dispuesto a esperar por más tiempo. Sonrió, alzando la mano en su dirección.
Comenzó a escribir todas las respuestas que pudo, a sabiendas de que no sería capaz de aprobar el examen. Tendría que hacer uso de su imaginación para no entregar el folio en blanco.
Llevaban ya 15 minutos en examen cuando un sonido parecido al que causa el viento al chocar contra el cristal de la ventana resonó cerca suyo, en la ventana. Desvió su mirada sorprendida hacia los barrotes, que temblaban bruscamente. Y al otro lado del cristal, un piso por debajo, de pie en la acerca con una sonrisa estaba él, con una mano alzada hacia la ventana.
El bolígrafo cayó de sus manos al suelo. Él ya le había comentado algo sobre sus poderes, pero había mantenido la esperanza de que no le diesen resultado en aquel mundo.
- No – susurró, tan bajo que ni el cuello de su camisa hubiese sido capaz de escucharlo.
Con una sonrisa de triunfo, Kidd cerró los dedos en un puño, gestó que desencadenó el caos: los barrotes metálicos se soltaron de la pared del edificio, arrastrando tras de sí el cristal de la ventana.
10º: Los poderes de Kidd funcionaban en su mundo.
Lea mostró una mirada horrorizada, dándose cuenta de hasta qué punto estaba en problemas: aquel hombre no era humano, no podía serlo. Y si lo era, pensó mientras él saltaba hasta donde ella se encontraba, era su mayor perdición.
Le vio mover los labios, le estaba hablando, pero su cabeza había desconectado por completo del mundo. En aquel momento, el caos a su alrededor la consumió por completo, dejándola caer en la oscuridad del subconsciente… otra vez.
Continuará…
