¡Hola otra vez! Gracias por seguir la historia, y por las reviews. Me animáis muchísimo a continuar, y tengo muchas ganas de empezar el drama, jeje. En fin. En este episodio, Lovino lo pasa realmente mal. Espero que podáis perdonarme por la caña que le meto al pobre. He decidido dividir este episodio en dos actos, porque completo es muuuuuuy largo. Además, así no tenéis que esperar tanto entre updates. ¡A leer se ha dicho!
(A Ale81: ¡Muchas gracias por tu review! Es cierto que tengo la costumbre de iniciar las historias siendo demasiado detallista, pero tengo una buena razón: me ayuda a meterme en la historia y así me entra la inspiración. Intentaré no recrearme demasiado hasta el punto de resultar tediosa. Gracias por el consejo, y me alegro de que te esté gustando la trama. Además, a mí tampoco me gusta el título de "Rose e Croci", es temporal. A ver si se me ocurre uno mejor. ¡Acepto sugerencias e ideas!)
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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este he organizado en bandas y por rango. Si no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.
(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)
BANDA DE LOS VARGAS
Lovino "Romano" Vargas, 22, Don - Sur de Italia/Sicilia
Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 32, Consigliere - Francia
Heracles "Pensatore" Karpusi, 29, Soldado - Grecia
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BANDA DE IL RUSSO
"Il Russo", Don - Rusia
Gilbert "Red Eye" Beilschmidt, 26, Soldado - Prusia
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PERSONAJES NEUTROS
Feliciano "Veneziano" Vargas, 18 - Norte de Italia
Antonio Fernández Carriedo, 25 - España
Elizabeta Héderváry, 27 - Hungría
Roderich Edelstein, 31 - Austria
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Capítulo 2.
ACTO 1 . Amor y Pecado.
Lovino abrió los ojos, solo para volverlos a cerrar cuando la luz quemó sus retinas. Dejó escapar un quejido mientras intentaba hacer reaccionar su cuerpo dolorido.
¿Dónde estaba?
Un dolor agudo martilleaba su cabeza con fuerza. Nunca se había sentido tan desorientado. Intentó relajarse y orientarse con sus otros sentidos. Debía ser bastante tarde, porque era domingo y fuera se oían las estruendosas bocinas de los coches. Puede que las once o las doce. Lovino paladeó, y soltó un gruñido asqueado. La boca le sabía desagradablemente a alcohol. No ayudaba que el aire de la jodida habitación estuviera cargado con un penetrante olor a sudor, probablemente proveniente de las húmedas sábanas. Lovino inspiró pausadamente, y se llevó una mano al pegajoso pelo, apartándolo de su frente. Mio Dio. Le dolía cada músculo, como si hubiera dormido en tensión toda la noche. Apartó las repugnantes sábanas de su cuerpo, y un frío desagradable erizó su piel. Estaba… ¿Estaba desnudo?
De repente los recuerdos estallaron en su mente, difusos y entremezclados.
Se incorporó como un resorte, sentándose en el borde de la cama, mareado. Se cubrió los ojos con una mano, incapaz de abrirlos. El aire era plomo en sus pulmones. Oh, Dios, no. No. Con la otra mano, tanteó torpemente el estrecho colchón a sus espaldas. Estaba sólo. Nadie durmiendo a su lado. Bien. Habría sido una pesadilla. Sólo una maldita pesadilla.
Logró entreabrir los ojos, y examinó la sección de habitación que se veía entre sus dedos. El florido y monótono papel de pared estaba descolorido y despegado, haciendo juego con la desgastada moqueta marrón, húmeda bajo sus pies, no se atrevía a adivinar por qué.
Ese no era su dormitorio.
Lovino levantó la temblorosa mano del colchón, y la cerró alrededor de la cruz de plata que colgaba de su cuello.
Oh, Dios. Ayúdame.
Tragó saliva trabajosamente, empezando a sentir náuseas. Bueno, se había quedado a dormir en el motel. Eso no probaba nada. Sólo tenía que salir de allí y todo estaría bien.
¿…Y su ropa?
Los fatigados ojos del italiano buscaron entre sus dedos. Su camisa colgaba de la mesita de noche. Sus pantalones no habían tenido tanta suerte, y yacían arrugados en el suelo, al lado de sus pies. Algo sobresalía del bolsillo. Extenuado, su cabeza a punto de estallar, intentó enfocar la vista. Era una caja de cerillas que rezaba "Angeli di Piacere, club de variedades." Faltaban algunas cerillas.
/ "¡Increíble! ¡Hazlo otra vez!"
Lovino sacó otras dos cerillas, complacido ante la fascinación del español. Las puso sobre la mesa con cara de interesante.
"No hay nada en mis manos. ¿Ves?" Mostró sus manos, y Antonio asintió. "Ahora pongo esta cerilla en mi mano izquierda…" fingió que ponía la cerilla en su mano izquierda, y cerró el puño rápidamente, mientras se quedaba la cerilla en la mano derecha. "Y ahora cojo la otra con mi derecha. Ahora soplo y…" Abrió las manos. "¡Ya está! ¡La cerilla de la izquierda apareció en la derecha!"
Casi se le escapó una sonrisa al ver la cara de sorpresa y admiración de Antonio. Sus chispeantes ojos verdes le hacían sentirse seguro, ajeno al peligro; el efecto hipnótico que ejercían sobre él era irresistible.
De repente, la expresión infantil del español se tornó en una mirada seductora, y sus manos se posaron sobre las de Lovino, acariciándolas firme pero lascivamente. Su voz sonó suave y sugerente.
"Tienes unas manos mágicas. Me pregunto qué más pueden hacer para complacerme."
Lovino tragó saliva, sintiendo su corazón golpear su pecho con fuerza./
Lo siguiente que recordaba era el colchón del motel hundirse bajo sus encendidos cuerpos, sus manos ansiosas arrancando su ropa, el sabor de su tostada piel en sus labios.
El estómago de Lovino se revolvió violentamente, y una arcada convulsionó su dolorido cuerpo. Se puso de pie y, tambaleándose, consiguió llegar al maloliente cuarto de baño. Dejó caer su peso en el lavabo, accionó el interruptor de la luz, que parpadeaba de forma mareante, respiró hondamente y abrió el grifo. Hundió las manos en el agua helada y se enjuagó el pálido rostro. Luego se miró al espejo.
Su reflejo le devolvió una mirada angustiada y ansiosa. Un sudor frío brillaba sobre su cuerpo desnudo, y varios arañazos candentes cruzaban su pecho. En el lateral de su cuello se había acumulado la sangre, formando una pequeña pero visible hinchazón morada.
Su vista se nubló.
Otra vez. Otra vez había fallado. Había fallado a su madre. Había fallado a Dios. Se había fallado a él mismo. Era sólo un maldito pecador, un desviado, un monstruo contaminado por el Diablo.
Contempló su reflejo, y una oleada de ira y repulsión se apoderó de él.
El espejo se hizo pedazos bajo sus puños, salpicándolo todo de carmesí; aferró la cruz de plata con la mano ensangrentada y la arrancó de su cuello violentamente, quemándolo al romper la cadena. La tiró al suelo con rabia, e inclinándose sobre el lavabo, sucumbió a las arcadas, vaciando el ácido contenido de su estómago en él. Sus sienes palpitaban, apuñaladas por el agudo dolor, y su cuerpo temblaba violentamente, apoyando el peso en el lavabo. La angustia se apoderó de su pecho, subió por su garganta y se liberó en un gemido agónico y prolongado. Las lágrimas se negaban a brotar y aliviar su dolor.
Pronto, su cuerpo se rindió y se derrumbó poco a poco hasta el suelo, encogiéndose sobre sí mismo. Sus manos entumecidas tantearon la fría superficie hasta cerrarse sobre el anhelado objeto.
Con la cruz ensangrentada apretada sobre el pecho, Lovino cerró los ojos y dejó de sentir.
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Un suspiro soñador se escapó entre los labios de Feliciano, tras leer la última línea de la novela, "Atardecer en Venecia". Cerró los ojos, rememorando sus escenas favoritas de la romántica historia. Las miradas apasionadas y los castos besos bajo las estrellas; las risas robadas y las confesiones de amor sobre las góndolas; los paseos de la mano por la playa al atardecer.
¡Qué no daría él por tener algo así!
Soltó una risilla amarga, al tiempo que su rostro se oscurecía. ¿Cómo podía ser tan iluso? Allí encerrado, ¿quién se iba a enamorar de él? ¿Cómo podía tener su propia historia de amor si ni siquiera podía conocer a la persona perfecta? Tamborileó los dedos sobre la cubierta de piel. Aquiles ronroneó, frotándose contra sus piernas, y el italiano lo levantó, lo sentó sobre su regazo y comenzó a acariciarlo.
"Aquiles, ¿tú sabes algo sobre el amor?"
El gato ronroneaba débilmente bajo las suaves caricias. Feliciano miraba a los amantes pintados en el techo, distraído.
"Lovi no quiere que salga, pero es que aquí me asfixio. A veces, cuando no puedo dormir, pienso…" su voz se volvió un susurro. "… pienso que preferiría estar muerto. Al menos así sería libre." En seguida levantó la voz, algo alterado. "¡Pero Lovi se pondría muy triste si me fuera, así que tengo que ser valiente y soportar todo esto!" Miró al gato con una mueca curiosa. "Y tú, Aquiles, ¿cómo aguantas el encierro?"
Como si hubiera sido una respuesta a su pregunta, un segundo maullido sonó en la habitación. Sobre el piano descansaba un segundo gato, siamés. Una sonrisa entusiasta iluminó la cara de Feliciano.
"¡Ahí va! ¡Pero si te has traído un amigo! Has salido por la ventanita del baño, ¿eh, pillín? ¡Qué suerte!" Feliciano acarició al nuevo felino. "¿Cómo le llamamos? A ver… ¡Anda, pero si es hembra! ¡Te has traído una novia! Entonces la llamaremos Briseida. Seguro que a Heracles le gusta."
El gato atigrado, advirtiendo la presencia de la gata, saltó de las piernas del italiano y se acurrucó junto a ella. Feliciano rió divertido, y balanceó las piernas adelante y atrás en un gesto infantil. "¡Ah! ¡Saliste a buscar una novia! Me gustaría hacer eso a mí también. Pero Lovino nunca me dejará, porque Il Russo puede encontrarme." Suspiró tristemente. "¿Qué puedo hacer, Aquiles?"
De manera totalmente arbitraria y fortuita, el gato atigrado saltó a la pequeña repisa que había ante la ventana. Feliciano lo tomó como una respuesta.
"¡Claro! ¡Ni siquiera Il Russo puede parar el amor! ¡Puedo, no, DEBO salir a encontrarme novia YA, ahora mismo! ¡Cualquier chica bastará!" Feliciano separó la cortinilla lo justo para mirar la calle. Como era domingo, y estaba justo al lado del parque, la calle estaba rebosante de vida. "¡Ay, cuantas chicas guapas! ¡No puedo elegir!"
Aquiles, ajeno a todo, se lamía la pata y limpiaba su pelaje. Feliciano, nervioso, repasaba a todas las chicas, ordenándolas por belleza, luego por gracia, luego por orden alfabético, inventando sus nombres sobre la marcha y haciéndose un lío él sólo. Decidió tranquilizarse y usar un método "más científico".
"¡Ya sé, Aquiles! Señalaré una al azar, y con esa saldré. ¡Y no vale echarse atrás!"
Como es de suponer, el gato no podía responderle. Pero dio la casualidad de que maulló, y Feliciano, perdido en el mundo de fantasía que había construido para no volverse loco en aquella jaula de ladrillo, lo interpretó como un "sí".
"¡Vale, vale! ¡Allá voy!" El joven italiano cerró los ojos, pegó el índice al cristal, describió un par de círculos y lo mantuvo fijo en un punto. Luego, entusiasmado, abrió los ojos y siguió la trayectoria de su dedo.
Sus ojos se detuvieron en una anciana que tomaba un café en la terraza de un bar.
Feliciano miró al gato, algo alterado. "¡Esa era sólo de prueba! ¡En serio! ¡No te rías! Te prometo que la próxima es en serio. Me toque quien me toque, me la quedo." Decidido, volvió a cerrar los ojos y repitió el proceso. Y cuando los abrió…
"….. Oh."
Su dedo apuntaba directamente a un hombre sentado en un banco de piedra que clavaba su mirada en un libro. Feliciano se quedó inmóvil, con el dedo pegado al cristal.
Uh. Uh. Eso no es lo que él había planeado. Ni siquiera lo había pensado.
Pero le había prometido a Aquiles que no valía echarse atrás.
Se mordió el labio inferior, indeciso. Bueno, había leído novelas románticas de hombres que le pasaba su tío Francis. Pero… ¿él? ¿Con un hombre?
… Bueno, ¿por qué no? Sería divertido intentarlo. Sí. Decidido. Ese hombre sería su novia. Ahora sólo quedaba encontrar una manera de alcanzarle.
Un ronquido le sobresaltó.
Giró la cabeza hasta ver a Heracles allí, dormido en el sofá como un tronco. Heracles sólo vigilaba por las noches, y se dedicaba a dormir durante el día. Además, tenía un sueño muy pesado, y se decía que el único ruido que le podía despertar completamente era el chasquido del seguro de una pistola.
Y, de su cuello, justo sobre su pecho, colgaban las llaves de la puerta principal.
Feliciano se armó de valor, se acercó de puntillas a su primo y se arrodilló al lado del sofá donde dormía. Levantó la mano y la fue acercando a la llave lentamente, hasta posar suavemente sus dedos en ella. Cambió el peso de rodilla a rodilla, acomodándose. Con la otra mano sujetó la anilla que unía la llave a la cadena que colgaba de su cuello y, sin atreverse a respirar, comenzó a sacar la llave de la anilla, muy, muy despacio, con precisión quirúrgica. Ya casi está. Ya casi. Puso toda su concentración en los últimos milímetros…
Aquiles maulló a sus espaldas, y Feliciano se sobresaltó con un gritillo. Las llaves salieron volando y cayeron estrepitosamente sobre el teclado del piano. Briseida saltó sobre ellas, creyendo que eran un juguete, tocando acordes al azar conforme corría sobre el marfil. Feliciano se levantó, fue corriendo a parar al gato, y con las prisas, tropezó con la alfombra, chocó con la estantería, y quedó enterrado por una lluvia de escandalosos libros.
"Feliciano."
El italiano se levantó inmediatamente, temblando ante la bronca que le iba a caer encima.
"¡Porfa no se lo digas a Lovi porfa porfa porfa!"
"Haz menos ruido, ¿vale?"
Feliciano se giró, sorprendido, para ver cómo Heracles volvía a quedarse dormido enseguida. Pestañeó un par de veces, y luego atrapó a Briseida. Bien. Ya tenía las llaves. Pan comido.
Ahora a buscar algo más decente que ponerse. Seguro que el anterior propietario de la casa tenía algo elegante. Feliciano correteó hacia el dormitorio. Allí había un armario que nunca había usado, así que aún estaba lleno con la ropa del anterior propietario, que al parecer había desaparecido dejándolo todo allí, piano incluido. Feliciano nunca había preguntado sobre él, así que no sabía muy bien qué le había pasado. Abrió las puertas alegremente, sólo para llevarse otra sorpresa.
El armario estaba lleno de ropa de mujer.
Feliciano se rió. No se le había pasado por la cabeza que el anterior propietario fuera una propietaria. Bueno, pues tendría que ir con su ropa normal.
O no.
Una sonrisa traviesa e infantil se formó en sus labios.
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Gilbert golpeó el escritorio violentamente con el puño.
"¡Me da igual tu posición en la política o los contactos que puedas tener como gobernador! Hicimos un trato: La banda de Il Russo mantendría a raya a los otros candidatos, siempre y cuando tú nos permitieras el tráfico de armas con total libertad. ¡O cumples tu parte, o sufres las consecuencias!"
Roderich Edelstein, recién elegido gobernador de Porto Speranza, mantuvo su característica calma, y cruzó las piernas, sentado al otro lado del escritorio.
"Me temo que no va a poder ser. Debido a la explosión que se produjo ayer por la mañana y a los últimos atentados brutales llevados a cabo por vuestra mafia, mis votantes están nerviosos. Si apruebo nada más ser elegido una política semejante, los ciudadanos de Porto Speranza se echarán sobre mí y reinará el caos." El refinado austriaco se ajustó las gafas con el índice. "Si me dais un poco más de tiempo…"
Gilbert barrió la superficie de madera con el brazo, arrojándolo todo contra el suelo y las paredes. "¡NO! ¡No te daremos más tiempo! Esta misma noche llegará un cargamento clandestino de armas, y si en el discurso de esta tarde no anuncias el cambio de política acordado, tomaremos medidas. Es todo lo que tengo que decir."
El prusiano se giró y cruzó a zancadas el despacho del político.
"Esto no lo haces por venganza personal, ¿verdad?"
Gilbert se paró en seco y echó una mirada furiosa a Roderich, que se había levantado.
"Por mucho que me gustaría volarte los sesos por haberme quitado a mi chica, no. Yo no mato indiscriminadamente, ni siquiera por amor. Son órdenes de Il Russo, no mi decisión."
Los ojos de Roderich brillaron con cierta tristeza. "Verdaderamente la amas, ¿verdad?"
Gilbert se enfureció. "Mucho más de lo que nadie la amará nunca."
Roderich miró a otro lado. "Lo siento. Pero yo también la amo."
"¡CÁLLATE! ¡Tú sólo eres un cretino, un politicucho corrupto! No sé lo que ha visto en ti. Es demasiado buena para darse cuenta de que estás podrido, como todos los de esta ciudad."
El prusiano abrió la puerta del despacho de golpe. Oyó un ruido sordo al otro lado, y al salir vio a Elizabeta sentada en el suelo, frotándose la nariz con una mueca de dolor. El enfado de Gilbert desapareció de golpe. Cerró la puerta, fingiendo que nada había pasado, y ofreció la mano a su amada, en silencio. Ella dudó unos segundos, y luego la cogió. Gilbert la impulsó hacia él, y por unos segundos se miraron a los ojos, como intentando ver sus almas a través de ellos.
Elizabeta apartó la mirada. Gilbert la soltó, y continuó su camino sin mirar atrás. Con el corazón encogido, cruzó la mansión lo más rápido que pudo y salió al jardín, deseando alejarse de allí con todas sus fuerzas sin parar ni un segundo. Pero no tuvo esa suerte.
"¡Gilbert! ¡Gilbert, espera! ¡Por favor!"
Paró en seco justo delante de la enorme fuente del jardín, y escuchó cómo los pasos de Elizabeta se acercaban rápidamente, hasta parar detrás de él.
"Gilbert… yo…"
"Lo has escuchado todo, ¿verdad?"
Hubo una pequeña pausa.
"Sí."
Otro silencio, roto solamente por el repiqueteo del agua sobre la piedra.
"¿Es cierto? ¿Roderich ha… hecho tratos con tu banda?"
"Con la banda de Il Russo. Sí. Incluso hemos asesinado a un candidato por él. La única manera de ser elegido gobernador en esta ciudad es con el apoyo de la mafia. Y me temo que la situación se extiende ya por todo el sur de Italia." Gilbert suspiró profundamente. Debía hacer que abriera los ojos de una vez. "Eliza… El mundo perfecto en el que quieres vivir ya no existe, y menos aquí. Todo está corrompido en esta ciudad. Es la maldita ciudad del pecado."
Hubo otro silencio, mientas Elizabeta procesaba sus dolorosas palabras. Cuando contestó, lo hizo con voz temblorosa.
"¿Cómo puedes vivir sabiendo eso? ¿Por qué no has abandonado la ciudad, si tanto odias toda esta corrupción?"
Gilbert apretó los puños. "Porque te tengo a ti, Eliza. Eres lo que me mantiene cuerdo, en lo que pienso cuando todo parece derrumbarse a mi alrededor. Por ti merece la pena aguantar. Y sólo me iré de esta ciudad si tú vienes conmigo."
Más silencios. Notó como ella se acercaba por su espalda.
"Gilbert… Gilbert, mírame." El prusiano no reaccionó. Elizabeta agarró su muñeca suavemente, y tiró un poco hacia ella. "Gilbert. Mírame, por favor."
Él sucumbió ante su voz suplicante y se giró, para encontrar una mirada triste.
"Gilbert, yo… Ayer, Roderich me pidió matrimonio."
El corazón del prusiano se hundió hasta el fondo de su estómago. No sabía cómo reaccionar ante tan horrible noticia. Intentó tragar, pero tenía la boca seca. "… ¿Y bien?"
"Le dije… le dije que me diera algo de tiempo para pensarlo. Que aun no estaba preparada." Bajó la cabeza, avergonzada. "Es lo más horrible que he hecho nunca. Se quedó destrozado."
Gilbert se quedó mirándola, sorprendido, intentando comprender. "Eliza… ¿Por qué?"
"Por ti, Gilbert. Porque por mucho que lo intente, no puedo olvidarte."
Gilbert la abrazó intensamente, y lleno de dicha, comprobó que ella le correspondía, aferrándose a él con fuerza. Hacía tanto, tanto tiempo que no habían estado así, tan unidos… Recordó su niñez, cuando le tiraba de las coletas para llamar su atención. Su adolescencia, el primer beso robado bajo los árboles nevados, la primera noche que sus cuerpos se fundieron, al calor de la lumbre. Los viajes a la montaña, las risas, los juegos, las promesas de una vida juntos que la guerra rompió en pedazos. Él debía ir al frente; ella tenía miedo, quería huir, desaparecer de ese lugar de muerte. Él se convirtió en desertor y huyó, llevándola a ella y a su hermano lejos de allí, dejándolo todo atrás. Habían elegido Porto Speranza, porque habían oído que el ejército y la policía italianos no se atrevían a pisar el lugar, así que no podrían localizar a Gilbert y juzgarlo. Pero nadie quería ser cómplice de un desertor; Gilbert no encontraba trabajo, y lo habían pasado mal. La vida era dura, no había mucho que comer, y lo que ganaba su hermano no era suficiente para mantener a tres personas. Gilbert sufría al ver a su amada y a su hermano en tal situación, y la impotencia le mataba por dentro.
Y entonces encontró a Scarface. Y tras tatuarse la espalda, el dinero comenzó a fluir… a costa del sufrimiento ajeno. Al principio lo mantuvo oculto. Pero Elizabeta no era tonta. Averiguó lo que significaba el tatuaje, y comenzaron las peleas. Ella quería que lo dejara, era consciente del peligro que corría el prusiano. Pero ya era demasiado tarde. Era peligroso huir de Il Russo, y nadie contrataría a un desertor exmafioso. Gilbert no quería volver a la situación anterior. Las peleas se sucedieron, siendo cada vez más frecuentes y violentas, acabando en golpes, gritos y lágrimas.
Un día, él volvió con una bala en la pierna. No hablaron en toda la noche.
A la mañana siguiente, ella hizo las maletas y se fue bajo la protección de un amigo austriaco que había conocido en ausencia de Gilbert. Roderich Edelstein, candidato a gobernador.
Gilbert la abrazó agónicamente, intentando que sus cuerpos se fundieran para que ella no pudiera volver a irse. "Entonces, tú…"
"Sí, Gilbert. Nunca dejé de quererte, a pesar de todo. ¿Por qué crees que vivo delante de tu casa, y no en la mansión de Roderich?"
Él se separó un poco, para contemplarla. Acarició su largo pelo castaño, y le sonrió cariñosamente, aunque su cara aun reflejaba cierto deje pícaro que a ella le encantaba.
"¿Ves? Te dije que eras mi chica."
Ella se rió y golpeó su pecho con el puño juguetonamente. "Ja. Parece que no puedo resistirme a tus increíbles encantos."
"Ni tu ni nadie, encanto."
Él le guiñó el ojo, y ella le abofeteó suavemente.
"Liz… ¿sigues teniendo mi anillo?"
"Está guardado en el joyero. Nunca lo perdería." Ella palpó su pecho. "Y veo que tú aun llevas el mío colgado del cuello."
"Nunca se movió de mi pecho."
El prusiano cubrió la mejilla de Elizabeta con la mano, acariciándola con cariño. Se sucedieron unas miradas nerviosas. Ambos sabían lo que iba a ocurrir a continuación. Gilbert se inclinó levemente, buscando sus labios. Pero ella giró la cabeza, denegándole el beso. Él se separó de nuevo, algo molesto.
"¿A qué viene eso, Eliza?"
Los ojos de ella reflejaban dolor e indecisión. "No sé si puedo volver contigo. ¡Roderich me ha tratado tan bien, me ha dado tanto…!"
Gilbert la soltó, verdaderamente frustrado. "¡Es un corrupto, Elizabeta! ¡No es una buena persona! ¡Y en realidad no le quieres!"
"¡Pero él me da seguridad! ¡Y no mata gente, ni se pavonea de lo que hace!" Ella golpeó secamente el hombro del prusiano, justo donde se encontraba el tatuaje de estrella. La piel aún estaba irritada por el nuevo pico que se había añadido esa mañana, y Gilbert hizo una mueca de dolor. "¡Eres tan corrupto como él, o puede que más!"
Gilbert notaba cómo la ira comenzaba a devorarle por dentro. "¡No me compares con ese… con ese…!"
"¡Ni se te ocurra seguir esa frase! ¡Ese hombre me acogió y me ofreció seguridad y tranquilidad cuando más lo necesitaba!"
"Pues, ¿sabes qué? Es hora de que decidas. Estoy harto de esperarte." La expresión de Gilbert era fría como el hielo. "Mañana, cuando me veas, deberás decidir si estás conmigo, o con él. Piénsalo, Eliza."
Gilbert se dio la vuelta y comenzó a cruzar el jardín, sin mirar atrás.
Parte de él quería mandarlo todo a la mierda y no volver nunca.
La otra parte deseaba que Eliza le detuviera; abrazarla, pedirle perdón por lo que había dicho, asegurarle que nunca dejaría de amarla, tomara la decisión que tomara.
Pero sus piernas no se detuvieron, y sólo pudo oír unos suaves sollozos, antes de atravesar la verja de salida.
Desde la ventana de su despacho, Roderich observaba la escena, melancólico.
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¡Wow! Parece que Gilbert se ha llevado el protagonismo, pero no os preocupéis, el Spamano empezará a tomar forma en el siguiente acto. Quiero que se desarrolle un poco más lento que las otras parejas, para resaltar el conflicto religioso y moral de Lovino. Además, Gilbert sólo es importante en el principio… después pasa ESO y Gilbert SPOILERS SPOILERS SPOILERS.
Y NO, LOVINO NO SE HA MUERTO xD Sólo está inconsciente.
Noto un gran contraste cuando escribo a Lovino y a Feliciano. Lovino es responsable, escéptico, amargado; Feliciano, por el contrario, es irresponsable, ingenuo, alegre, y está un poco ido de la cabeza el pobre. Yo también lo estaría si me encerraran en un cuarto sin internet ni tele por satélite, leyendo novelitas de amor el día entero, duh.
Tardaré un poco más en postear, porque ya empieza la universidad y tal. ¡Lo siento!
Y por si me comentáis, ¿cuál es vuestra pareja favorita de Hetalia? (O vuestras parejas favoritas). Estaría bien saberlo.
¡Nos vemos pronto!
