¡Hola otra vez! ¿Dije que dividiría el episodio en dos actos? ¡Quería decir en tres! Con este acto podemos decir que inauguramos la sesión de Spamano y Gerita, al fin. Y en el tercer acto ya empezamos con el nudo y nos dejamos de presentaciones~ El pasado de Romano lo iré contando en Flashbacks. Ah, y una última cosa: los tókens de amor son mi debilidad. Así que esperaos que los personajes tengan objetos preciados de sus parejas~ ¡Adelante con el segundo acto!

¡ANUNCIO IMPORTANTE! Muchos me han preguntado por qué Romano es el seme en el primer episodio, si he puesto que el fic es Spamano. La respuesta es fácil: ROMANO ES SUKE. Lo que quiere decir que este fic alterna entre Spamano y RomaEspa. Quedáis avisados.

(Y a partir de ahora, mis respuestas a las reviews "anónimas" irán al final del episodio, así que echad un vistazo si no tenéis cuenta y me habéis comentado~)

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GUÍA DE PERSONAJES – Si no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.

(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)

BANDA DE LOS VARGAS

Lovino "Romano" Vargas, 22 (9 en el recuerdo), Don Sur de Italia/Sicilia

Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 32, Consigliere Francia

Arthur "Sly" Kirkland, 26, Caporegime Inglaterra

Bella "Gatta Bianca", 27, Soldado Bélgica

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BANDA DE IL RUSSO

"Il Russo", Don Rusia

Berwald "Scarface" Oxenstierna, 39, Capodecime Suecia

Gilbert "Red Eye" Beilschmidt, 26, Soldado Prusia

"Il Spettro", Soldado ?

Alfred J. Jones, 20, Asociado América

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PERSONAJES NEUTROS

Katerina Vargas (en el recuerdo tiene 27) Antigua Grecia

Adriano "Roma" Vargas (en el recuerdo tiene 29) Imperio Romano

Feliciano "Veneziano" Vargas, 18 (5 en el recuerdo) Norte de Italia

Ludwig Beilschmidt, 21 Alemania

Antonio Fernández Carriedo, 25 España

Roderich Edelstein, 31, gobernador de Porto Speranza Austria

Tino Väinamöinen, 23 Finlandia

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Capítulo 2.

ACTO 2 . Muerte y Belleza.

/Lovino lo sabía. Sabía que ella se estaba muriendo.

Lo sabía por la mirada triste de papá. Por los cuchicheos tras las puertas cuidadosamente cerradas. Por la manera en que el tío Francis le prohibía acercarse a su dormitorio, frecuentado por el médico, y del que papá Roma apenas salía.

Sabía que mamá se estaba muriendo.

Feliciano jugaba en el patio, ajeno a todo ello. Lovino no le culpaba. Sólo tenía cinco años, y no podía entender lo que pasaba. Casi le tenía envidia. Siempre tan inocente, sin nada por lo que preocuparse… Sin ningún pensamiento sobre la muerte. Sin noches en vela, llorando de terror e impotencia ante la idea de morir y evaporarse del mundo, de dejar de existir y ser olvidado. Sin pensar que su madre iba a dejar de estar allí para tranquilizarle, para contarle cosas sobre Dios, y la vida después de la muerte, y el reencuentro con los seres queridos, darle un beso, y cantarle hasta que consiguiera dormir.

El tío Francis se asomó por la puerta de la cocina con un delantal rosa sobre su pecho y preguntó que si alguien quería ayudarle a hacer la pizza. En realidad era un amigo de su madre, pero insistía en que le llamasen "tío". A Lovino no le caía muy bien. Era raro, vestía raro y hablaba con un acento raro y feo, arrastrando todas las erres. Pero había estado cuidando de ellos desde que papá y mamá se habían empezado a encerrar en la habitación con el médico. Y su comida estaba rica. Y le dejaba beber un poquito de vino si prometía no decírselo a papá. A Feliciano no le dejaba. Eso le hacía sentirse mayor.

Felizmente, Feliciano dejó los juguetes tirados por el suelo y se fue a la cocina con Francis para hacer la pizza. Lovino gruñó y comenzó a recoger los abandonados juguetes. Agh, Feli. Sabes que te riñen si los dejas por medio. Cargó los juguetes por el pasillo hasta llegar al dormitorio que compartía con su hermano, y los metió en su caja. Ya está. Ahora su hermano estaba a salvo de la bronca. El pequeño italiano sonrió, sintiéndose un poco mejor por dentro.

El chirrido de una puerta y unos pasos que se acercaban sobresaltaron a Lovino. Nervioso, se escondió bajo la cama instintivamente. Oyó la voz de su padre discutir seriamente con la del médico, casi en un murmullo, mientras caminaban por el pasillo.

"… Pero, ¿está seguro? ¿No se puede hacer nada? Tengo muchas influencias, podría darle lo que quisiera, usted lo sabe. Por favor, ayúdela, se lo ruego."

"Lo siento, señor Vargas. Ya se lo he dicho. No se conoce remedio para la gripe siciliana. Ya ha luchado mucho, y su cuerpo va a rendirse pronto. Yo que usted aprovecharía estos momentos de consciencia."

"Shh… los niños están en el patio."

Las voces se alejaron por el pasillo, y una sensación de vacío invadió a Lovino. Sabía lo que pasaba, pero hasta ahora, la idea sólo había flotado en su mente, como si estuviera envuelto en un sueño del que despertaría en cualquier momento. Y entonces vería a mamá a su lado, con su pelo moreno, largo y rizado, y sus ojos oliva, melodiosos y tranquilizadores, y su sonrisa, y ella le preguntaría qué tal había dormido y que si quería tostadas para desayunar. Pero ahora las palabras de papá resonaban en sus oídos, haciéndolo todo real, casi tangible. Terrorífico. Salió de la cama y, lentamente, recorrió el pasillo, siguiendo el rastro de la Muerte hasta la habitación de su madre. Realmente, no sabía qué encontraría al otro lado de la puerta. Con algo de miedo, agarró el picaporte, inseguro, y lo giró, entreabriéndola.

"¿A… Adriano?"

Lovino se quedó paralizado. La voz de mamá sonaba resquebrajada, exhausta, débil. Tomó aire, nervioso, y entró en el dormitorio.

Mamá yacía en la cama, pálida y ojerosa, despeinada, con los labios secos y los ojos llorosos y nublados. Lovino pensó que, aun así, su madre era preciosa.

"Lo…vino… ¿qué haces… aquí?"

Subía y bajaba el pecho con dificultad, y hablaba casi en susurros. Lovino se acercó, atemorizado y fascinado al mismo tiempo. Cuando llegó donde estaba ella, se inclinó y la besó en la mejilla. Estaba ardiendo. Una débil sonrisa apareció en sus brisados labios. "Lovino… mi niño… escucha… mamá está… muy enferma… y quiere… pedirte un favor…"

Lovino se sentó en el colchón, sin decir una palabra. Ella cubrió la pequeña mano de Lovino con la suya propia. Estaba helada. Lovino la apretó entre sus deditos, intentando devolverles algo de calor.

"Cuando mamá se vaya… tienes que… ser fuerte… cuidar de tu hermano… y de papá… y rezar por mí… acordarte de mí… aunque yo no esté…"

El dolor se apoderó del pecho de Lovino, y lágrimas desconsoladas comenzaron a rodar por sus mejillas. Abrazó a su madre, aferrándose a ella.

"¡Mamá! ¡No! ¡No quiero que te vayas! ¡No quiero que te mueras! ¡No nos dejes solos!"

"Lovi… no llores…" Ella levantó una temblorosa mano, y acarició la roja mejilla de su pequeño con ternura. Cada vez le costaba más respirar. "Recuerda… te estaré esperando… en el cielo… si te portas bien… si rezas… y haces lo que… Dios dice… volveremos… a vernos…"

Lovino se ahogaba con sus lágrimas. "Pero es muy difícil… ¿y si no puedo? ¿Y si no puedo verte de nuevo? Tengo… tengo miedo, mamá…"

"Lovi…" Ella se quitó la cruz de plata que llevaba siembre colgada sobre su pecho, y rodeó el cuello de su hijo con ella. "Te la regalo… Cada vez que… tengas miedo… agárrala fuerte… y pide ayuda… y Dios… te dará fuerza… Te quiero, Lovino…"

"¡Mamá…!" Sollozando desconsoladamente, Lovino abrazó a su madre, aferrándola para que la muerte no la llevara de su lado. "¡T-Te q-quiero!" La angustia se adueñó de él una vez más, haciéndolo temblar contra el cansado cuerpo de su madre, su cabeza enterrada en su pecho, buscando consuelo. Y como solía hacer aquellas noches de dolor, su madre lo rodeó con los brazos y lo estrechó, besando su pelo con ternura. Con las fuerzas que le quedaban, cogió aire y comenzó a murmurar la melodía de una suave nana mientras mecía a su hijo suavemente. Lovino cerró los ojos, y poco a poco, dejó de temblar. La puerta de la habitación crujió, y sintió los pasos de papá Roma acercarse.

"Katerina… Kati…"

El colchón se hundió a su lado. Lovino se preguntaba por qué no hablaban. Por qué no se despedían. Por qué no se decían cuánto se querían. No podía entender que no era necesario, que podían comprenderse con una sola mirada.

La voz de su madre fue tornándose en un roto suspiro, hasta que su pecho dejó de moverse. Sus manos resbalaron poco a poco de la espalda de su hijo, posándose inertes sobre las sábanas. Lovino no podía sentir sus latidos.

Cuando las cálidas manos de su padre le sujetaron, Lovino se encogió un poco y se aferró fuertemente al camisón de su madre.

"Shhh… Lovino…" Su voz era suave y tranquilizadora, aunque temblaba ligeramente. "Ya pasó… Tranquilo. Ven aquí."

Lovino dejó ir a su madre poco a poco, y pronto se encontró entre los protectores brazos de su padre, que intentaban apartarle de la dura realidad. Volvió la cabeza para mirar a su madre. Su cara estaba pálida, y sus ojos miraban el infinito, hundidos y vacíos. La imagen hizo que un gemido de dolor escapara entre sus labios. Su padre lo hundió en su pecho y acarició su pelo, nervioso, sin saber cómo consolarle.

"No debiste haber entrado, Lovino. No debiste haber visto esto."

El cuerpo de Lovino se convulsionaba con violentos sollozos contra el pecho de su padre. Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de la cruz de plata, presionándola desesperadamente.

Casi podría jurar haber vuelto a oír el murmullo de una nana./

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Oh, Jesús, perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno y guía todas las almas al Cielo, especialmente aquellas que necesitan más de tu misericordia.

Lovino terminó de rezar la Jaculatoria, y giró el rosario entre sus manos, presionando las cuentas bajo las yemas de sus dedos. Le gustaba la tranquilidad que reinaba siempre en aquella iglesia. La luz provenía de unas exquisitas cristaleras de colores, tenue, relajante, y un suave olor a incienso flotaba en el aire. Y de alguna manera, se sentía protegido entre los sagrados muros. Respiró hondo, cerró los ojos, y comenzó a murmurar el Salve. Estaba sólo, sentado en el primer banco, inclinado en posición sumisa, con la cruz del rosario presionada contra su frente. La imagen del Cristo crucificado clavaba su mirada en él, juzgándole.

Unos pasos rompieron el silencio, acercándose. La madera crujió junto al italiano.

"Sabía que te encontraría aquí."

Lovino no se movió. Reconocería ese acento en cualquier parte.

"Hola, Asso. ¿Crees que tres rosarios serán suficientes para expiarme?" Sonrió amargamente.

"¿Tres rosarios…? Lovino… ¿qué has hecho?" Su voz sonaba algo intranquila. Francis siempre le llamaba por su nombre real cuando estaba preocupado.

Lovino hizo la señal de la cruz, besó el rosario y lo guardó en su bolsillo. Miró al francés de reojo. "He… vuelto a hacerlo."

Francis le miró, inquieto por el bienestar emocional de su sobrino. Lovino siempre había sido un chico muy encerrado en sí mismo, sobre todo desde aquel incidente en el monasterio… Incidente que prefería no recordar en ese momento. Suspiró y le dio una palmada alentadora en la espalda. "No creo que un rosario te ayude con eso, Lovino. Eres lo que eres, y no lo puedes cambiar. Acéptalo y serás feliz."

Lovino gruñó, visiblemente molesto. "No acepto consejos de gente como tú. El simple hecho de que hayas entrado en la Iglesia es una gran blasfemia."

El francés se rió. Sabía de sobra que no iba a convencer a Lovino. Lo mejor era cambiar de tema para distraer su mente. "He conocido a alguien interesado en unirse a nuestra banda. La verdad, nos hace falta algo de apoyo, y dice que tiene información interesante. Nos espera en la base."

Lovino arqueó una ceja, incrédulo. "Información interesante, ¿no? Eso habrá que verlo."

Francis se levantó y se sacudió el traje. "Seguro que no has comido nada. Vamos fuera, te invito a unos espaguetis."

El italiano le siguió, poniéndose su fedora y sus gafas de sol al salir. La calle estaba alegre y transitada, y un apetecible olor a comida flotaba en el ambiente. Lovino se dio cuenta del hambre que tenía; no había desayunado nada, y lo poco que tenía en el estómago se había quedado en el lavabo de aquel motel, con lo que quedaba de su autoestima. Los recuerdos le asaltaron, y volvió a sentirse asqueado.

Francis notó el decaimiento de su sobrino, y rápidamente intentó llamar su atención. Levantó la bolsa que sujetaba en una de sus manos a la altura de los ojos de Lovino. "Mira, Romano. Le he comprado más novelas a tu hermano; creo que le gustarán."

Lovino cogió la bolsa y echó un vistazo a los libros. Novelas de amor con títulos cursis y personajes aun más pastelosos. Sí, seguro que le gustarían. Lo que Lovino no comprendía era el por qué. Esas novelas eran estúpidas. La literatura de amor en sí era estúpida. Con todos sus personajes irreales, los sentimientos idealizados, y la ridícula idea de que— espera un momento. Lovino se paró de golpe.

"Asso, ¿qué es esto?"

Francis le miró, un poco alterado. Lovino sujetaba en alto una novela, en cuya portada se veían los torsos desnudos de dos hombres. Amante prohibido, rezaba el título. Ups. Se le había olvidado que había puesto ese libro en el montón. "Uh… es… una novela de amor. Er, gay."

Lovino temblaba de furia. "Te dije la última vez que no volvieras a llevarle estas… cosas… a Veneziano. Ya tenemos suficiente con un desviado en la familia."

Francis se cruzó de brazos, con la mirada seria. "Tú no eres un desviado, Romano. Y tu hermano tiene derecho a— ¡Eh! ¡No hagas eso! ¡¿Sabes el trabajo que me ha costado conseguir esa novela?"

Pero Lovino ya la había tirado a la basura. Se giró hacia Francis, lanzándole una mirada glacial por encima de las gafas.

"Espero por tu bien que esos espaguetis sean los mejores que he probado en toda mi puta vida."

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Ludwig engullía todas y cada una de las líneas del libro abierto sobre su regazo con la mayor admiración. Era verdaderamente una obra maestra. No le extrañaba que el autor fuera canónico; jugaba con el lenguaje como quería, extrayendo toda la belleza posible de cada palabra con gracia e ingenio. Simplemente increíble. Sus labios se tensaron en una mueca de derrota. Él no había nacido con tal don, e intentara lo que intentara, nunca alcanzaría tal grado de perfección. Bueno. Nadie dijo que la vida fuera justa. A lo mejor su misión en la vida no era crear belleza, sino admirarla.

Cerró los ojos y se relajó contra el respaldo del banco de piedra. Le gustaba aquel lugar; siempre le ayudaba a inspirarse. El viento movía las hojas de los árboles a sus espaldas, creando un suave murmullo, y delante de él, gente de lo más variopinta subía y bajaba la calle, se paraba a charlar o a tomar un café en la terraza del bar. Toda esa normalidad le permitía alejar su mente de su situación, de la soledad, de las armas del garaje y del peligro que corrían él y su hermano todos los días. Se sentía como uno más de la multitud, sin ningún problema que afrontar ni ninguna preocupación. Sabía que era una ilusión. Pero era lo único que podía hacer para evadirse.

El chico de los periódicos comenzó a gritar los últimos titulares, devolviéndole a la cruda realidad. Peleas de bandas, corrupción política, guerras, robos, asesinatos a sangre fría. Allí en Porto Speranza, ese era el día a día. Las bandas controlaban completamente el lugar y mantenían a raya a la policía. Era el enclave perfecto para el tráfico y el vandalismo. Y encima, esa maldita gripe, la gripe siciliana, se extendía cada vez más por la población más débil; niños, enfermos, ancianos y gente de complexión débil sucumbían ante la mortal enfermedad, para la que no había cura conocida. El trabajo escaseaba, y el hambre y la pobreza se veían claramente en los callejones de la ciudad, donde se mataba por un par de liras. El malestar de la población era cada vez mayor, y un observador atento podía ver cómo saltaban las chispas del caos, el miedo y el odio en los ojos de los aparentemente despreocupados transeúntes. Sólo una provocación más, y todo ese resentimiento y terror estallaría en una ola de violencia. Y entonces la única ley sería la de la supervivencia del más fuerte. Las bandas lo sabían. Y se preparaban para ese momento.

El dulce sonido de un violín le arrancó de sus nefastos pensamientos. Abrió los ojos. Una joven tocaba el violín ante él, dándole la espalda. Llevaba un vestido blanco, largo y vaporoso, y lo que parecía una pamela, cubierta por un pañuelo que caía por los hombros, seguramente anudado en su pecho. Su indumentaria era un tanto extraña, pero el sonido que arrancaba de aquel violín era lo que de verdad le había llamado la atención. Tocaba una melodía muy familiar. El violín principal del Canon, si no se equivocaba.

¡Y cómo lo tocaba!

Era una delicia. Cada una de las notas era como la voz de un ángel. Simplemente increíble. Con una leve sonrisa en los labios, Ludwig volvió a su lectura, en compañía de tan agradable música. Dos obras maestras fusionadas bajo el agradable sol siciliano, junto al relajante murmullo de las hojas. Era un momento perfecto.

Un escalofrío de deleite recorrió su espalda cuando sonaron las últimas notas. Levantó su mirada del libro, para encontrarse a la violinista, que se había girado hacia él. Unas grandes gafas de sol cubrían su cara, y su pelo estaba recogido en el interior de la pamela, totalmente oculto. Ella le dedicó una reverencia y una gran sonrisa. Ludwig miró a sus espaldas. Oh. ¿Era a él? Arqueó las cejas, confuso. Ella simplemente se dedicó a sonreírle unos segundos, antes de volver a apoyar el violín bajo su barbilla, y comenzar a acariciar las cuerdas con el arco.

"Invierno", de Vivaldi. Dios mío. Que habilidad, qué agilidad en los dedos, qué placer escuchar la melodía tan perfectamente interpretada. Los movimientos enérgicos ejecutados en su momento justo, derramando sentimiento con cada estocada. Ludwig estaba verdaderamente impresionado. Ni siquiera apartó su mirada de la violinista cuando ésta comenzó a acercarse, violín en mano, sus dedos deslizándose habilidosamente por el mástil, haciendo llorar de placer al instrumento. El alemán aguantó la respiración cuando ella se inclinó un poco hacia él, con aire coqueto, alargando la última nota hasta convertirla en un desgarrador y melancólico gemido.

Luego se hizo el silencio.

A Ludwig no le salían las palabras. Simplemente se había quedado allí, helado en el sitio, intentando mirar a través de las gafas de sol de la misteriosa violinista. Ésta dirigió su mirada hacia el libro que aun yacía abierto sobre su regazo.

"¡Ah! ¡Romeo y Julieta! ¡Qué hermosa historia de amor, de mis favoritas!"

Ludwig se sobresaltó cuando la violinista se sentó bruscamente a su lado y, con toda la confianza del mundo, se dejó caer sobre su hombro para echar un vistazo al libro.

"Aunque es muy muy triste, porque al final mueren y… ¡Ay, lo siento! ¡Te he destripado el final, disculpa!"

La chica parecía bastante azorada. El alemán, aun algo confuso, logró al fin articular unas frases. "Um, no te preocupes, todo el mundo sabe que mueren al final. Es un clásico."

Ella respiró aliviada, y luego le sonrió ampliamente, entrelazando los dedos en señal de alegría. "¡Vaya, qué bien! Pensaba que tendrías una voz ronca y gruñona, porque tienes pinta de cascarrabias, ¡pero resulta que tienes una voz muy suave y profunda!"

Ludwig no sabía si sentirse ofendido o halagado. Optó por lo segundo. "Eh… gracias, supongo. Bueno, me tengo que ir. Espero que me disculpes, pero no llevo dinero encima."

La sonrisa de la violinista se convirtió en un infantil puchero. "¿Eh? ¡No te vayas! ¡Quédate un ratito, que necesito compañía! ¡Te tocaré más canciones!"

"No puedo, tengo que volver a la tienda a esperar a alguien." Uff, ¿por qué tenía que darle explicaciones a una desconocida? El alemán dudó unos instantes. En realidad, le había caído bien la extraña violinista, y no tenía nada que hacer hasta que llegara su hermano, así que… "¿Te gustan los juguetes?"

Ella asintió entusiastamente. "¡Sí! ¡Sí, me encantan!"

Él no pudo evitar una ligera sonrisa. "Entonces acompáñame, te enseñaré mi juguetería."

Se levantaron y comenzaron a caminar calle abajo. La violinista no paró de lanzarle sonrisas nerviosas todo el camino, turbando la tranquilidad del alemán y haciendo que aumentara su curiosidad por descubrir que había bajo las enormes y oscuras gafas.

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Los dedos de Sly manejaban la aguja hábilmente, dando los últimos retoques al nuevo vestido de La Gatta. Lovino tenía que admitir que estaba haciendo un trabajo estupendo; era una réplica perfecta de los trajes que usaban las azafatas del gobernador en los actos oficiales. Pero por eso precisamente se había convertido en su caporegime; sus habilidades eran muy variadas y útiles, y él era un hombre de honor, que prefería morir antes de traicionar la confianza de la banda. Hijo de unos famosos ladrones ingleses, había aprendido con facilidad y maestría las habilidades que sus padres habían tardado años en perfeccionar. Desde confeccionar los más variados disfraces hasta abrir cajas fuertes, pasando por el manejo del rifle de francotirador, Sly era un verdadero virtuoso del sigilo, y realizaba su labor con dedicación y exactitud. Lovino agradecía que Francis le hubiera convencido para que se uniera a la banda. Lo hacía todo mucho más fácil. Lo que nunca había comprendido, es el por qué había aceptado unirse a ellos. El peligro era grande, y la recompensa, casi inexistente. Pero Sly esquivaba las preguntas sobre sus motivaciones con discreción y habilidad, y al final había desistido de averiguarlo.

Sly cortó el hilo, pinchó la aguja en su esponja y se levantó, sujetando la prenda en alto.

"Gatta Bianca. Pruébatelo."

Ella estaba sentada en el sofá de terciopelo, acariciando la gata siamesa que le había dado el apodo. Lovino no soportaba los gatos; siempre había creído que había algo sobrenatural en su mirada, y eso le ponía los pelos de punta. Observó desde un sillón apartado como La Gatta se levantaba del sofá y, sin ningún pudor, empezaba a desvestirse. El italiano examinó cada retazo de su cuerpo con atención. Piernas largas y bien construidas, figura delgada y esbelta, brazos y hombros fuertes, acostumbrados a portar armas. Una liga rodeaba su muslo, sujetando un machete contra su blanca piel, al alcance inmediato de la mano. Lovino asintió ligeramente para sí mismo, en un gesto aprobador. Era bueno ser precavido en esa ciudad, sobre todo si eras mujer y tenías que moverte por los ámbitos que Gatta Bianca solía frecuentar. Ella era la que corría más riesgo de toda la banda, después de Feliciano: era la espía, la infiltrada. Un solo fallo, un solo error de interpretación de su papel, podía levantar sospechas y costarle la vida. Pero Lovino la había elegido por un claro motivo: al igual que Sly, era la mejor en lo suyo. Con cada disfraz, su personalidad cambiaba completamente. Construía y deconstruía personajes, gestos, acentos y recuerdos a su voluntad, con suma facilidad. En un abrir y cerrar de ojos, te hallabas ante María, la tímida y discreta criada novata; la provocadora pero fría Stella, enviada a las filas de los Serpenti d'Argento como secretaria para sonsacar información; la misteriosa y coqueta Gatta Bianca, de la que nadie sabía nada, ni su nombre real ni su pasado. Tampoco conocía su motivación para estar allí. Pero la necesitaban, y nunca les había fallado, así que a Lovino no le quedaba otro remedio que confiar en ella.

La Gatta recogió su rubio pelo en un moño bajo, apartándolo de su espalda y descubriendo su marca de identificación: un solo ala de mariposa, perfectamente detallada en naranja, dorado y negro, sobre la mitad izquierda de su espalda, desde el omóplato hasta el comienzo de su muslo. A veces, esa era la única manera de saber si en realidad estabas hablando con ella o con una completa desconocida, sobre todo si el disfraz era especialmente bueno.

El vestido le iba como la seda, y la peluca pelirroja le daba un aire aun más extranjero. Satisfecho, Sly asintió y le indicó que se sentara para proceder con el maquillaje. En ese momento, la puerta del sótano se abrió, y Francis se asomó.

"El sujeto está en la sala de iniciación, Romano".

Romano se levantó, sin decir nada, y salió de la habitación. Siguió un estrecho pasillo, iluminado por titilantes luces de neón, para finalmente parar ante una puerta de metal. "Dice tener información crucial sobre un ataque planeado por la banda de Il Russo para la ceremonia de esta tarde. Lo que sea que nos cuente nos puede venir muy bien, así que pórtate lo mejor posible con él, ¿vale?"

Romano bufó. "No te preocupes, no le morderé ni nada."

Francis giró las llaves en la cerradura con una sonrisa y se apartó, quedándose vigilando en el pasillo, mano sobre su arma. Lovino entró, cerrando la puerta a sus espaldas, y deseando acabar con todo eso cuanto antes.

El alma se le cayó a los pies cuando se giró para mirar al novato.

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"¡Ah! ¡Increíble! ¡Increíble!"

Ludwig miraba desde el otro lado del mostrador cómo la violinista correteaba de una estantería a otra alegremente, examinando los juguetes con una gran sonrisa, disfrutando cada pequeño detalle.

"¡Wow! ¿Los has hecho tú todos?" Ludwig asintió. "¡Son perfectos! ¡Cuánto detalle! ¡Eres un genio!"

El alemán se llenó de orgullo con sus halagos. Trabajaba duro en los diseños de los juguetes, y nadie solía reconocer su esfuerzo. Pero que le llamaran "genio" era pasarse un poco… Bueno, por esta vez lo aceptaría. "Puedes cogerlos si quieres. Son juguetes, están hechos para jugar."

"¿En serio? ¿Puedo? ¡Qué bien!" La violinista alargó las manos hasta una muñeca de porcelana elegantemente ataviada con un vestido de seda, pero antes de cogerla, se detuvo. "Uh, no puedo ver bien los juguetes con las gafas y el gorro encima."

Se quedó parada, como pensativa. Ludwig no veía que la solución fuera difícil, y empezaba a impacientarse. Debía admitir que le picaba la curiosidad. "Y… ¿por qué no te quitas las gafas… y la pamela?"

Ella golpeó la palma de su mano con el puño. "¡Claro! ¡No creo que haya ningún problema, ¿verdad?"

"Eh, no. A menos que seas medusa y me conviertas en piedra con la mirada."

Ella se rió y empezó a quitarse el pañuelo, dejando al descubierto un largo cuello de porcelana. Tenía una risa cantarina y melodiosa. Ludwig se apoyó en el mostrador, intrigado. ¿Cómo podía ser alguien que tocara el violín de esa manera? Seguramente sería mayor de lo que su baja estatura y su voz aniñada le hacían parecer. Se quitó la pamela, y brillantes mechones de caoba se deslizaron hacia su cuello, enmarcando su oculta cara. Un gracioso ricillo sobresalía entre ellos, añadiendo al peinado un toque grácil y alegre.

Se quitó las gafas.

Y Ludwig se olvidó de respirar.

Allí estaba, ante sus ojos, lo que había estado buscando durante tanto tiempo.

Belleza en estado puro.

La tez fina, pálida, sin ninguna imperfección, cubriendo unas mejillas rosadas y suaves. Los rasgos aniñados, casi andróginos, de proporciones perfectas, como los de un ángel. La boca pequeña y sonriente, rodeada por unos labios rojos, finos y carnosos.

Y sus ojos.

Sus ojos grandes y expresivos, rodeados por largas y tupidas pestañas. Sus ojos brillantes, hechos de miel dorada. Sus ojos, que ahora le miraban con inocente preocupación.

"¡Oh! No mataré de verdad con la mirada, ¿no?"

Ludwig se dio cuenta de que tenía la boca ligeramente abierta, y la cerró rápidamente, recuperando la compostura. ¡Tanto tiempo persiguiendo la belleza, y ahora ella se burlaba de él, apareciendo de repente en estado natural, sin ningún tipo de esfuerzo, sobre aquella misteriosa joven! ¡Allí, a su alcance, pero a la vez tan intocable!

Ella cogía ahora los juguetes y los curioseaba por todos los ángulos. El alemán estaba muy nervioso. Con ese vestido blanco y vaporoso… si alguien le hubiera dicho que era un ángel, se lo habría creído. Tamborileó nervioso los dedos sobre la madera. La belleza natural admirando su trabajo, que en sus gráciles dedos parecía tosco e imperfecto. Si hubiera tenido que ponerle nombre a aquel cuadro, sin duda habría escrito 'Ironía' en letras doradas. De repente, la cara de la violinista se iluminó, al ver su firma en la base de uno de los trenes de madera.

"¡Ludwig! ¿Es tu nombre?" Ludwig volvió a asentir. "Ludwig… ¿eres inglés?"

"Alemán."

"¡Oh, Alemán! Exótico~"

Ludwig no entendía qué había de exótico en ser alemán, pero no le quiso discutir.

"Um… Y, ¿cuál es tu nombre?"

Ella le sonrió, y Ludwig sintió un nudo en su garganta.

"Feli~"

Ludwig logró tragar.

"Feli… ¿Felicia?"

Ella se rió.

"Feli… ¡Feliciano!"

Ah.

Oh.

¡¿Eh? ¡¿"Ella" era "él"? Ludwig no se había sentido más confuso en toda su vida, y se tuvo que reflejar en su cara, porque ella– no, ¡él! no paraba de reírse. El alemán hizo entonces la pregunta que cualquiera habría hecho en su situación. "¿Por qué… vas vestido de mujer?"

Feliciano miró alrededor, como comprobando que no había nadie, y luego le respondió casi en un susurro. "Voy de incógnito~"

"… Ah."

Aun no le veía mucho sentido, pero la verdad es que no se esperaba una respuesta más esclarecedora de alguien a quien acababa de conocer. De todas las personas que habían entrado en su tienda, aquella era la más intrigante que Ludwig había conocido nunca.

Feliciano. Se llamaba Feliciano. Su nombre reverberaba en su mente, y su sonrisa se había grabado en lo más profundo de su pecho. No podía parar de contemplarlo, como si fuera una obra maestra, un cuadro o escultura, o incluso una aparición angelical. Ludwig encontraba fascinante a aquel bello italiano que había entrado de repente en su vida, de manera tan fortuita, dejando una honda huella en su inquieta alma.

No; no podía haber sido algo fortuito.

Él le había elegido, estaba seguro de ello. Le había tocado el violín exclusivamente a él. Pero, ¿por qué a él, precisamente? ¿Qué había visto en él? No podía dejar que se escapara hasta averiguarlo.

Feliciano.

Se llamaba Feliciano.

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Oh, no. No era posible. Se negaba a creerlo. El que estaba sentado ante la mesa de metal que ocupaba el centro de la pequeña habitación, con los ojos vendados, no podía ser él.

Ignorando todo protocolo de seguridad, Lovino cruzó la habitación a zancadas y arrancó la venda de sus ojos, con un gesto brusco.

"¡TÚ!"

Antonio le dirigió una mirada confusa, que pronto se llenó de alegría.

"¡Lovino! ¿Tú eres mi jefe? ¡El mundo es un pañuelo!"

Lovino sintió como su pulso se aceleraba cuando los ojos verdes se clavaron en él. Las nauseas amenazaron con volver, pero pudo mantener la compostura. De todas las personas del mundo, de todas las bandas de Italia, el español había tenido que acabar en la suya. No, no y no. Se negaba a iniciarlo en la banda.

Pero Francis decía que era útil.

Con un suspiro de cansancio y resignación, Lovino se sentó sobre la mesa, y se forzó a mantenerle la mirada autoritativamente. No iba a dejar que lo que había ocurrido en un jodido bar de striptease afectara su trabajo.

"Cállate, imbécil. Está oficialmente prohibido usar nombres propios en esta banda, por motivos de seguridad. Cuanto menos gente sepa tu nombre mejor."

"Oh, lástima. Tu nombre es demasiado bonito para—" Lovino golpeó la mesa con fuerza, haciendo que el metal resonara contra las paredes.

"¡He dicho que cierres el pico, ¿es que eres sordo o sólo gilipollas?"

Antonio se calló inmediatamente y puso una mueca sorprendida y sumisa. Lovino se sintió victorioso. Si era bueno en algo, eso era la intimidación. Y parecía que no iba a tener problemas manteniendo a raya al españolito.

"A partir de ahora, te dirigirás a mí de usted, por mi título, Don, o por mi apodo, Romano. El incumplimiento de esa norma está castigado con la muerte. ¿Entendido?"

El español asintió, más serio. Lovino se dio por satisfecho.

"Supongo que Asso te ha puesto al corriente del resto de las normas y sus respectivos castigos, y estás de acuerdo." Asintió de nuevo. "Bien. Pues empecemos con la iniciación."

A continuación se sucedieron los ritos de iniciación, consistentes en la escritura de los votos de fidelidad en un pedazo de papel con la propia sangre del firmante, su colocación en el interior de una talla de madera de la virgen, y la quema de dicha talla, para simbolizar el castigo mortal si se traicionaba a la banda. A Lovino le parecía todo una jodida estupidez, pero por alguna razón el rito solía inspirar respeto, e incluso temor, a los nuevos reclutas. Antonio observaba cómo las llamas consumían la estatuilla de un modo reverencial. Lovino miraba cómo las llamas se reflejaban en sus ojos, totalmente absorto. Salió de su ensueño de golpe, y volvió a abofetearse mentalmente, esta vez dos veces. Maldita sea.

"Bien." Su propia voz casi le sorprendió. Aclaró su mente antes de seguir hablando. Necesitaba salir de esa habitación y alejarse de aquel idiota lo antes posible. "Vas a necesitar un tatuaje de identificación. Piensa en las alas de cualquier animal, el que prefieras. Te tatuarás una de sus alas en la parte izquierda de tu espalda." Lovino se levantó de la mesa y fue hacia la salida. "Cuando te decidas, se lo comunicas a Sly. Es el inglés de cejas gigantescas que suele andar cosiendo por la base."

Abrió la puerta y le hizo una señal a Francis para que entrara. El francés obedeció, y ambos se sentaron sobre la mesa, cada uno a un lado del español. Francis fue el que habló primero.

"Antes de continuar, ¿tienes alguna otra pregunta?"

"En realidad, sí. ¿Cómo me llamarán a mí?"

Francis se encogió de hombros. "Hasta que Romano elija un mote para ti, serás 'el nuevo' a secas."

Lovino le miró fríamente. "Yo te llamaré 'bastardo'."

Antonio puso una mueca de extrañeza. No podía comprender el por qué de tanto odio. A Lovino le importaba una mierda lo que opinara el español. Asqueroso bastardo gilipollas.

"¿Y bien? ¿Vas a danos la información o vas a tenernos esperando, bastardo?"

Francis miró reprobatoriamente a su sobrino. Lovino lo mandó a la mierda a él también.

Antonio carraspeó, y comenzó a contarlo todo.

"Como sabéis, todas las mafias y el pueblo mismo están pendientes del discurso del gobernador de esta tarde, en el que decidirá sobre la política de transacción comercial de armas." Sus superiores asintieron. "Bien, pues me he enterado casi por casualidad de una conversación entre dos miembros bien borrachos de la banda de Il Russo, en el club Angeli di Piacere. Estoy seguro de que lo conocéis." Miró directamente a Lovino, arqueando las cejas significativamente.

Eso… ¿había sido eso una declaración de guerra? Lovino apretó los puños, y sus mejillas pasaron en segundos de rojo intenso a blanco pálido de rabia. Bien, pues si el bastardo quería guerra, la iba a tener.

Francis no pasó por alto la reacción de su sobrino, y decidió cortar esa rama de la conversación por lo sano, aunque se muriera de curiosidad por saber qué pasaba. "Claro que lo conocemos, ese club tiene cierta fama en la ciudad. Pero ve al grano. ¿Qué es lo que oíste sobre su plan de ataque al gobernador?"

Antonio dejó de mirar a Lovino, y centró su atención en el francés.

"¿Habéis oído hablar de "Il Spettro"?"

Francis y Lovino se miraron, con gran preocupación plasmada en sus rostros.

.

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Llega tarde.

Berwald "Scarface" Oxenstierna cerró el reloj de plata, irritado, y lo ocultó en su puño mientras examinaba la entrada del callejón. Nadie aun. Sentado sobre un contenedor, balanceó su rifle entre las piernas, algo molesto por la tardanza de su contacto. El ligero sub-fusil del hermano de Red Eye era mucho más eficaz, pero su fiel rifle nunca fallaba a la hora de imponer respeto en sus citas de negocios. Nunca, nunca le había fallado.

Seguía sin aparecer nadie en el callejón, donde el único ruido eran las diminutas pisadas de las ratas, que roían los restos en descomposición de lo que fue alguna vez una persona viva y llena de sueños. Berwald observó con cierta tristeza el cadáver que yacía entre los cubos de basura. Otra víctima de la gripe siciliana, abandonada a su suerte en los callejones de los barrios bajos de Porto Speranza. Una víctima entre las muchas que le seguirían si no se encontraba una cura definitiva pronto.

Con un leve suspiro, abrió la mano y examinó el reloj que descansaba en la palma de su mano. Había mirado tantas veces aquel reloj de plata que podría dibujar de memoria el intrincado grabado de su cubierta. Era su posesión más valiosa. Aunque lo que había en su interior era aun más importante para él, lo bastante como para arriesgar su vida todos los días. Sin poder aguantarlo más, abrió el reloj por enésima vez, y volvió a acariciar con la mirada la fotografía pegada en el interior de la cubierta.

Un joven le devolvió una mirada dulce y cálida desde su mundo blanco y negro. Sus ojos claros y su sonrisa tímida iluminaban una expresión enfermiza y débil, sobre un cuerpo pequeño y delicado. En el pie de foto, la tinta garabateaba un esperanzado ruego. "Por favor, vuelve a casa a salvo."

Tino. Por él merecía la pena mancharse las manos de sangre. Por él moriría y volvería a morir.

Unos pasos alegres se acercaron desde la entrada del callejón. Berwald apuntó su rifle a la fuente del sonido, cerró el reloj, y miró al frente. Un joven rubio y jovial se acercaba con expresión divertida, silbando alegremente una pegadiza tonadilla, contrastando con el deprimente entorno. Casi parecía irreal. Cuando llevaba ya recorrida la mitad del callejón, dejó de silbar y ajustó sus gafas doradas, tras las cuales brillaban unos despreocupados ojos azules.

"¡Hey, Scarface! ¿Qué tal va la cosa?"

Berwald bajó el rifle, irritado por la actitud del americano. Conocía demasiado bien a ese insolente personaje como para dudar de su identidad. El americano llegó hasta él finalmente, haciendo una mueca de asco cuando pasó al lado del cadáver.

"Agh, tío, podrías haber elegido un sitio un poco menos maloliente." Hizo un gesto despreciativo con la mano, quitándole importancia al asunto. "En fin. ¿Lo de siempre?"

Berwald negó y le pasó un pedazo de papel. El americano lo leyó y sonrió.

"¡Ah, bien! ¡Lo que quieres es contactar con Il Spettro!"

Berwald se impacientaba por momentos, mientras el americano leía las instrucciones redactadas en el papel. Inconscientemente, volvió a abrir el reloj y a mirar la fotografía, mientras su mente vagaba en otra dirección. Estaba en presencia de Alfred F. Jones, la única persona en el mundo que podía contactar con Il Spettro, uno de los asesinos a sueldo más cotizados de Sicilia. Su sigilo y su capacidad de fundirse con la multitud y pasar desapercibido le habían ganado el mote, y se decía que olvidabas su apariencia en cuestión de segundos si alguna vez lo encontrabas. El alto precio de sus servicios se debía a su gran habilidad con el rifle de francotirador, con el que raramente erraba el tiro, teniendo el menor índice de fallos del que Berwald había oído nunca hablar. Y nunca había fallado una misión desde que Il Russo había contratado indefinidamente sus servicios, a cambio de una paga constante. Sin embargo, no siempre se podía contar con el asesino. A veces desaparecía por periodos de tiempo indefinidos, y Alfred se negaba a dar indicaciones sobre su paradero. Nadie sabía lo que hacía entonces, ni dónde podía estar.

"Entonces, ¿sólo hay que asesinar al gobernador si no acepta la ley de tráfico de armas? Tío, a ver cuándo nos mandas un trabajo complicado, que me aburren estas cosas." Berwald cerró su reloj e hizo un gesto de desaprobación ante la arrogancia del americano. Alfred continuó hablando como si nada. "Pues tienes suerte, Spettro tiene la tarde libre. ¡Ya puedes ir encargando una lápida para el infeliz!"

Una vez terminada su misión, Berwald se levantó y comenzó a caminar hacia la calle.

"¡Scarface!"

Miró al americano de soslayo, sin pararse.

"¿Qué tal se encuentra Tino? ¿Está mejor?"

Bewald se detuvo en seco, sintiendo una puñalada en el pecho.

Se giró y negó lentamente, el dolor reflejado en sus ojos.

Alfred puso una mueca de preocupación. "Lo siento. Sabes que hago lo que puedo."

Berwald inspiró profundamente y asintió. Alfred caminó hacia él y le dio unas palmadas en la espalda.

"Haré todo lo posible para salvarle. Te lo juro. Tú deja al héroe hacer su trabajo."

El sueco sólo esperaba que esta vez el héroe no llegara tarde.

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.

Feliciano se estaba empezando a preocupar. Ya no estaba seguro de que todo eso hubiera sido una buena idea. Es decir, se había escapado de casa, se había presentado a un completo extraño, le había seguido sin pensar en el peligro que corría y, por si fuera poco, le había dicho su nombre sin pensárselo dos veces; su nombre, aquel nombre escrito en sangre sobre los filos de los cuchillos más diestros de toda la mafia – Dios mío, ¡Lovino se pondría furioso si lo supiera!

Y, por si fuera poco, su plan no estaba funcionando, y no estaba seguro de por qué. Es decir, había sido todo lo amable y encantador que podía llegar a ser, y se lo estaba poniendo muy fácil a aquel alemán, usando toda la información que había adquirido durante sus lecturas. Había llamado su atención de manera memorable – o al menos eso creía, su pelo estaba perfectamente peinado, y procuraba sonreírle todo el tiempo. Pero el alemán parecía totalmente inmune a sus encantos; simplemente le observaba desde el mostrador sin ninguna expresión en particular, y eso ponía algo nervioso al joven italiano. ¿Por qué le miraba tan fijamente? ¡Oh, no! ¿Es que sabía quién era? O quizás con los hombres no funcionaba aquello de sonreír. Quizás debería poner cara seria y gruñona. Miró la marioneta que sujetaba entre sus manos, y probó a poner una mueca de enfado. Pero no de mucho enfado, o la muñeca se asustaría, y Feliciano no quería eso.

"¿Qué pasa? ¿No te gusta la marioneta?"

El tono de Ludwig sonaba preocupado. Feliciano borró su infantil cara de enfado inmediatamente, y dejó la muñeca sobre el estante. "¡No, no es eso! Sí me gusta, pero pensaba en otra cosa. Um." ¡Ay, no! Estaba perdiendo su toque. Claro, después de llevarse dos años encerrado, era normal que sus habilidades seductoras se hubieran oxidado un poco. Quizás lo mejor sería irse de allí e intentarlo con otra persona menos complicada. Aunque le tendría que dar explicaciones a Aquiles… Cogió una cajita de madera que había en una de las baldas, distraído. Parecía un precioso joyero de caoba, y en su tapa había un grabado plateado representando una rosa en flor, rodeada de hojas y flanqueada por dos ángeles. Era verdaderamente bonito. Se sobresaltó cuando oyó la voz del alemán justo a su lado.

"Es uno de mis mejores trabajos. Adelante, ábrelo."

Feliciano lo miró. Parecía algo nervioso, así que debía haber puesto mucho esfuerzo en esa cajita. Con cuidado, el italiano abrió el plateado cierre y levantó la tapa. Enseguida comenzó a sonar una dulce melodía, que el italiano reconoció como "Claro de Luna", de Beethoven. Con admiración, observó el interior de la cajita de música. En ella, una bailarina de cristal diestramente tallada giraba lentamente en el centro de lo que parecía un campo de rosas azules en miniatura. Las rosas de tela despedían un suave aroma, que se mezclaba con las suaves notas. Un verdadero paraíso para los sentidos. Feliciano estaba encantado, y la admiración danzaba con entusiasmo en sus ojos.

"¡Qué bonito, Ludwig! ¡Debe ser lo más bello de toda la tienda!"

Los labios del alemán se curvaron en una ligera sonrisa, y sus ojos brillaron al mirarle. Parecía una persona totalmente diferente; sus facciones ya no eran estrictas y duras, y Feliciano sintió que Ludwig no era una mala persona, que no debía tenerle miedo. Quizás sí que había sido una buena idea ir hasta allá…

Feliciano ahogó un jadeo de sorpresa cuando la diáfana mirada de Ludwig se clavó en sus ojos, contemplándolos intensamente. La mano del juguetero comenzó a moverse, indecisa, hacia su cara, y el cuerpo del italiano se tensó, nervioso. Hasta ese momento, Ludwig no había hecho ningún esfuerzo por establecer contacto físico con él. Y ahora que iba a tocarle, Feliciano no estaba seguro de si quería dejarle. Pero eso es lo que pasaba en las novelas, ¿verdad? Chico y chica (o chico en este caso) se encuentran, se enamoran perdidamente a simple vista, y el chico besa a la chica en un momento como ese, silencioso, los dos solos, y nerviosos, y enamorados, y entonces todo es perfecto…

El ruido de una verja metálica al cerrarse violentamente resonó desde el patio, y la mano de Ludwig se detuvo a pocos centímetros de la cara del italiano, que aun temblaba ligeramente de excitación.

"Oh, debe ser mi hermano."

Feliciano tardó unos segundos en digerir sus palabras. Luego el pánico invadió su cuerpo, y se lanzó contra el pecho del juguetero.

"¡Ludwig! ¡Escóndeme, rápido! ¡Nadie más puede saber que estoy aquí!"

Ludwig, confuso, reaccionó rápidamente ante la urgencia del temeroso italiano, y sin pensárselo dos veces lo agarró de la muñeca y lo llevó detrás del mostrador. Abrió la puerta que daba al garaje, empujó a Feliciano dentro cuidadosamente y cerró la puerta tras él. En ese momento, un alterado Gilbert entraba en la tienda de un portazo.

Feliciano respiró agitadamente detrás de la puerta, con el corazón desbocado por el terror. No podía permitirse el lujo de que alguien más le viera sin su disfraz. Examinó sus alrededores, apoyado en la puerta. Parecía una especie de taller, y varios juguetes terminados o a medio hacer se esparcían aquí y allí en las estanterías. También había numerosas herramientas y pinceles, y, sobre la mesa, unas lonas cubrían unos misteriosos bultos de diferente tamaño. Aun se oían voces de fuera, así que tendría que esperar un rato.

Lanzó una mirada curiosa a las lonas. ¿En qué estaría trabajando Ludwig ahora que era tan secreto? Se moría por saberlo, así que, de puntillas, se acercó sigilosamente a la mesa de metal y posó sus dedos sobre el borde de una de las lonas. Cuando tiró de ella, su pecho se congeló.

Armas.

Armas de todo tipo, terminadas y sin terminar. Y sobre ellas, su firma.

¿Cómo podía estampar su firma por igual en algo tan bello como una caja de música, y en algo tan horrible y mortífero como un arma de fuego?

¡No, no, no! ¡Ya no quería estar allí! ¡Quería volver a casa, donde estaba a salvo de la violencia y de las armas! ¡Ya no quería escaparse más! La idea del encierro absoluto le parecía de lo más apetecible en esos instantes. ¡Ay! ¿Por qué no le había hecho caso a su hermano?

Volvió hacia la puerta, y pegó el oído a su superficie, para ver si ya había vía libre. Desde el otro lado le llegaban las voces serias de los dos hermanos.

"… y ya sabes lo que opino del ataque de esta tarde, Gilbert. Mucha gente inocente saldrá herida, y la población puede aprovechar esto para comenzar una revolución. La ciudad se sumirá en el caos."

"Ludwig, son órdenes de Il Russo. No puedo elegir, tengo que ir."

Feliciano se mareó. ¡Il Russo! ¡Los hermanos trabajaban para Il Russo! ¡Oh, no! ¡Todo era una trampa! ¡Ahora entrarían en el garaje y le matarían! ¡No! ¡Lovino, por favor, ayúdame! ¡No quiero morir aquí solo, lejos de ti! ¡Lo siento, Lovino, lo siento!

"Pero podemos irnos de la ciudad antes de que todo esto estalle—"

"¡No! Ya te lo dije, ¡no me iré sin Elizabeta! ¡Y menos ahora! ¡Ese imbécil de Roderich no puede protegerla del caos que se avecina, pero yo sí, y no dejaré que le pase nada, elija a quien elija! Tú puedes irte si quieres, Ludwig, pero yo me quedo hasta el final."

"Sabes que nunca te dejaría solo, Gilbert. Además, ¿quién te arreglará el lanzallamas si me voy?"

"Hermano… Gracias."

Un silencio.

"Voy arriba a darme una ducha y a dormir un poco. Llámame una hora antes del discurso, ¿vale?"

"De acuerdo."

Unos pasos se alejaron. Un breve silencio después, el suelo de madera crujió hacia la puerta del taller, que se abrió para descubrir a un preocupado Ludwig.

"¿… Estás bien?"

Feliciano temblaba, terror puro reflejándose en su mirada. Pensaba que, en cualquier momento, el alemán sacaría un arma y apretaría el gatillo. ¿Le dispararía en el estómago, como habían asesinado a papá Roma?

Como vio que el alemán no hacía nada, pensó que quizá aun no le había reconocido. Mejor no darle tiempo a pensar, escapar de allí y no volver a salir nunca de su jaula. "¿Y mi sombrero y mis gafas? ¿Dónde están?"

Ludwig fue hasta el mostrador y sacó las prendas, entregándolas a sus agitadas manos. Feliciano se recogió el pelo en la pamela, se envolvió en el pañuelo y, finalmente, se puso las gafas. Musitó un rápido "ciao", y se apresuró a salir, sin mirar atrás.

"¡No des un paso más!"

La mano del italiano se quedó paralizada antes de posarse en el pomo, y un escalofrío recorrió su cuerpo mientras oía los peligrosos pasos del alemán acercarse y pararse justo a su espalda.

"Feliciano, gírate."

Feliciano tenía tanto miedo que no sabía lo que hacer. Si huía, le atraparía enseguida. Si le hacía caso, quizás perdonara su vida. Optó por la segunda opción, y se dio la vuelta, temeroso.

"Toma, quiero que te la quedes."

El alemán ofreció algo al italiano, y éste lo cogió nerviosamente y lo examinó. Sus labios se separaron en un gesto de sorpresa cuando vio entre sus manos la pequeña cajita de música. Miró al alemán, con los ojos muy abiertos. Él le devolvía una mirada sincera y tierna. Las gafas resbalaron hasta la punta de su nariz, y sintió un nudo formándose en su garganta. Adelantó las manos, agarrando la caja de música por los lados, en gesto de devolución.

"Pero… no puedo aceptarla… ¡has puesto tanto esfuerzo en ella…!"

Las cálidas manos del juguetero cubrieron las del joven italiano, y una sonrisa afectuosa de sus labios hizo que su corazón diera un vuelco.

"Solo prométeme que volveremos a vernos, bello italiano."

Las mejillas de Feliciano se encendieron, y su cuerpo tembló ligeramente, invadido por un aleteo nervioso procedente de su estómago.

Ludwig.

Pronto se encontró bajando la calle, con la cajita de música abrazada fuertemente contra el pecho, que aun subía y bajaba rápidamente.

Ludwig, su dulce juguetero.

Ludwig, su enemigo mortal, el hombre que grababa su nombre en las armas que un día acabarían con su vida.

Ludwig, su Romeo particular, el héroe de su historia de amor peligrosa y excitante, que no había hecho más que empezar.

¡Ludwig! ¡Ludwig! ¡Ludwig!

¡Lo había encontrado! ¡El amor de su vida, allí mismo, a su alcance, y a la vez tan lejos!

Feliciano correteó por la acera, rebosante de dicha. Sólo quería que las horas pasaran pronto, para poder volver al lado de su amado y comenzar a escribir el próximo episodio de su novela de amor.

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(Música mencionada en el episodio. Está todo en Youtube:

Canon, de Johann Pachelbel - .com/watch?v=oDvtJlmIJgc

Invierno, de Vivaldi - .com/watch?v=nGdFHJXciAQ (los primeros 2 min)

Claro de Luna, de Beethoven - .com/watch?v=TVDREzBijRI)

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¡Muchas gracias por leer! Buff, este episodio es extremadamente largo, y aun falta un acto. Espero que os haya gustado~ A ver si puedo poner un poco más sobre el pasado de Lovino bien pronto. Jojojo, ya falta menos para ir matando personajes. Llamadme sádica, pero estoy deseando cargarme a un par~ ¡Gracias por vuestra opinión, me ayuda saber lo que os gusta u os deja de gustar!

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RESPUESTAS A REVIEWS "ANÓNIMAS":

(A Nayo: BWAHAHAHAHA, oh DIOS, Romano, normal que estés traumatizado, qué fuerte. Ya no volveré a mirarte de la misma manera. ¡Esa mente sucia, Nayooooo! ¡Me alegro que te esté gustando el fic! Y acerca del Spamano… lee el "anuncio importante" de arriba~)

( A Ale89: Me alegra que te guste el nuevo título, puesto que lo cambié gracias a tu comentario anterior. La verdad es que creo que el nuevo tiene mucho significado por lo que va a pasar más adelante… en fin, no te lo spoileo. Lovino siente mucha presión por el tema religioso, pero aun no puedes imaginarte la mitad de lo que ha pasado, el pobre. ¡Ya lo contaré en otro flashback! Con que eligirías a Gilbert, ¿eh? ¿Te arriesgarías a tener la tensión de perder a tu amado en cualquier momento y quedarte sola, sin trabajo y puede que con hijos? Ten en cuenta que las mujeres de esa época, si trabajaban, ganaban una mísera cantidad. En fin, me alegra que te esté gustando tanto la historia, y he de admitir que tus reviews iluminan mi día~ ¡Muchas gracias por todo!)

(A lala: ¡OMG cuánto entusiasmo! ¡Me siento muy halagada de que estés disfrutando tanto la lectura! Me parecía muy interesante añadir ese conflicto religioso como subtrama, la verdad; es una manera de explorar una dimensión nueva en el personaje, y le añade algo más de profundidad, por lo que es más entretenido escribirlo. Aws, qué pena que no te gusten esos dos. En realidad, a mí me gustan casi todas las parejas de Hetalia, hasta las más crack, como… ¿PrusiaxCuba? Nunca he leído nada de ellos dos xD Muchas gracias por leer~)

(A Anaki-chan: YA VOY, YA VOY xD Una fan de Gerita, ¿eh? ¡No te preocupes, que vas a tener Fluff de Gerita hasta que eches azúcar por las orejas!)

¡Nos vemos pronto!