EDICIÓN: Este episodio me molestaba, así que lo he editado muchísimo (una releída no le vendría mal). He madurado en mi manera de escribir, y creo que se reflejará mucho en el nuevo texto. ¡Disfrutad!

AVISO: Este capítulo contiene descripciones de violación y maltrato que pueden herir la sensibilidad de ciertas personas.

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GUÍA DE PERSONAJES – Esta vez está permitido consultarla libremente~

(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)

PASADO

Lovino Vargas, 14 - Sur de Italia/Sicilia

Feliciano Vargas, 10 - Norte de Italia

Katerina Vargas (Fallecida) - Antigua Grecia

Adriano "Roma" Vargas , 34 - Imperio Romano

Francis "Asso di Cuore" Bonnefoy, 24, Capodecime - Francia

Mikel, 15 - Dinamarca

"Él", 16

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PRESENTE

Lovino "Romano" Vargas, 22, Don Sur de Italia/Sicilia

Antonio Fernández Carriedo, 25, Soldado España

Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 32, Consigliere Francia

Bella "Gatta Bianca", 27, Soldado Bélgica

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Capítulo 3. Palomas y Cuervos.

Un torbellino de risas y voces infantiles reverberaban contra las desgastadas piedras que formaban las paredes del refectorio del monasterio de Santa Catalina. En él, niños de todas las edades comían y charlaban animadamente sentados ante las viejas mesas de madera, aprovechando que los monjes oraban en la capilla y no podían echarles la bronca.

Todos menos uno.

Lovino fijaba su miraba sobre la comida de su plato, removiéndola con la tosca cuchara de madera. Comer parecía una tarea imposible; sentía como si las mariposas que aleteaban en su estómago no fueran a dejar pasar el alimento.

Era domingo, y eso sólo significaba una cosa para ese joven de apenas catorce años.

Hoy iba a verle.

Una sonrisa nerviosa e ilusionada cruzó su rostro, y sus mejillas se encendieron con un inocente rubor.

Iba a verle. Iba a verle, iba a verle, oh Dios por favor hazquevengaavermepronto, ¡por favor, por favor, por favor!

"¡Hermano! ¡Qué contento se te ve hoy!"

La voz de su hermano pequeño hizo que Lovino volviera a la realidad. Feliciano, con sus diez añitos, se había sentado a su lado y le observaba con una sonrisa tierna e ingenua. Como todos los niños internados en el monasterio, vestía el uniforme reglamentario de los de primer año: una camisa ancha y marrón que caía libremente hasta la mitad del muslo, unos calzones anchos y blancos que se ceñían a la rodilla, unas calzas negras y unos botines de cuero, y sobre sus hombros, una pieza de tela blanca y vaporosa cogida a su cuello con un lazo negro. Los de los otros años no llevaban esa tela blanca, sino un alzacuello negro. Lovino no sabía cómo era el uniforme de las niñas, porque residían en otro edificio y no les estaba permitido visitarlas, "para evitar pensamientos impuros, porque ya estaban en la edad de la tentación", había oído a algún monje. Eso no refrenaba a algunos de los chavales, que se sabían todos los trucos para escapar durante unos minutos sin ser vistos. Lovino no era uno de ellos, aunque más de una vez le habían tentado.

"¿Por qué no debería estar contento? Me han dejado comer arroz en vez de patatas asquerosas". Mintió Lovino, mordiéndose la lengua ligeramente. Tendría que confesarse más tarde por aquella mentirijilla; ni su hermano ni nadie podían saber que venían a verle aquella noche.

"Lovi, ¡eres feliz con tan poco!" Feliciano soltó una risilla musical. Su hermano arqueó las cejas, pensando que él no era el más apropiado para decirle eso. "¿Jugarás conmigo después de comer?"

Lovino negó. "¡Feli! ¡Es domingo, hoy toca misa de tarde!"

Su hermano pequeño hizo un puchero. "Oh… ¡Yo no quiero ir, es aburrido!"

"Pero Feli, ¿qué dices? Tienes que rezar para contarle a mamá lo que has hecho hoy. Seguro que le gusta oírte." Feliciano no parecía muy convencido. Lovino se desesperaba con él; nunca había demostrado mucha devoción, ni parecía dispuesto a corregir ese defecto suyo. Bueno, no importaba. Lovino rezaría por él también. "Y después de rezar, te prometo que jugaré contigo a lo que quieras, ¿vale?"

"¡Síiiiiii~!"

Lovino disimuló una sonrisita. Le gustaba ver a su hermano feliz al fin… Al pequeño no le había hecho gracia tener que irse a vivir al internado una vez hubo crecido lo suficiente, pero no había otra opción. El trabajo de su padre era peligroso, y cuanto menos estuvieran alrededor más seguros estarían; el internado era solo una manera de mantenerlos vigilados tras sus muros de piedra.

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Un suave olor a incienso inundaba la capilla, y el agradable murmullo de los monjes orando en la habitación contigua cosquilleaba los oídos de Lovino. Arrodillado en la primera fila de bancos, el pequeño italiano apoyaba los brazos en el soporte de madera, y con los dedos entrelazados y los ojos cerrados, se sumía en la oración. Solía quedarse un poco más después de la misa del domingo; así podía disfrutar de la soledad y el silencio que quedaban cuando los niños salían al patio en estampida, y aprovechar para rezar con tranquilidad.

Siempre empezaba la oración dando las gracias a Dios y a la Virgen por cuidar de él y de su familia. Luego les pedía, por favor, que siguieran cuidando de su padre y del tío Francis, que siempre estaban haciendo cosas peligrosas para proteger a la gente; que cuidaran de su hermanito Feli, que era pequeño e inocente y aún no sabía nada sobre la maldad, y que se merecía lo mejor del mundo; que se aseguraran de que su madre estuviera cómoda en el cielo, y que le dejaran por favor hablar con ella un rato, si no era mucha molestia.

Luego buscaba la cruz de plata de su madre, que siempre colgaba de su cuello, y la sostenía entre sus manos entrelazadas. Necesitaba hablar con ella; ese día era muy importante para él.

Con los ojos cerrados, Lovino no podía darse cuenta de que no estaba solo. Desde hacía tres meses, alguien le observaba rezar todos los domingos desde una de las sillas cercanas al altar, con ojos admiradores. El aura de devoción y bondad del pequeño italiano uniformado le atraían de manera irresistible. Mordiéndose el labio inferior, intentaba resistir la urgencia de acercarse a él y acariciarle el sedoso pelo. Era su pequeño italiano. Sólo suyo, para admirarlo, aunque fuera en la distancia. Para acompañarle en sus sueños más íntimos. Nadie más podía tocarle, salvo él. Era una lástima tener que esperar órdenes para poder jugar con él… pero eso aumentaba todavía más su atractivo.

Ajeno a la pasión que despertaba, Lovino alzó la barbilla y suspiró.

Mamá, ¿qué tal estás? ¿Se está bien ahí arriba? Aquí abajo estamos todos bien. Me gusta este colegio. Está muy lejos de casa y nos tenemos que quedar a dormir aquí, pero tengo muchos amigos y la comida no está mal. Además, me gusta la capilla, y las clases de religión son muy interesantes. No me importaría ser monje de mayor, ¿sabes? Me lo estoy pensando. Seguro que el cielo es parecido a este lugar. A Feli no le gusta tanto, porque cree que rezar es aburrido. Él prefiere las clases de pintura y de piano. Pero no te preocupes, mamá; yo rezo por su alma, para que nos pueda acompañar cuando nos llegue el momento. Además, Feli es un ángel, y los ángeles no tienen por qué rezar, ¿cierto?

Lovino hizo una pausa mental, indeciso. Había ido dispuesto a contarle a su madre lo que iba a pasar esa noche, pero de repente le daba un poco de corte. Se armó de valor y respiró profundamente.

Mamá, por favor, no te rías, pero… me gusta alguien. Ya te he contado cómo nos conocimos... Al principio no me caía bien, pero la verdad es que ahora no puedo pensar en más que en estar a su lado. Es tonto, ¿verdad?

Lovino se ruborizó un poco. Se imaginó a su madre riéndose con esa dulce risita suya, y acariciándole el pelo. 'Qué ingenuo eres, Lovi. Igual de ingenuo que tu padre… Solo sabéis ver el bien en todo'.

Siempre me pasa… siempre que viene, siempre que aparece en mis pensamientos… es como si se me retorciera el estómago, y me tiemblan las manos. Y… um… a veces, cuando jugamos… y, y me toca… me entra mucho calor por todo el cuerpo, y… um…

¡No podía contarle esas cosas a su madre! ¿En qué estaba pensando?

¡P-pero no te preocupes por eso! Ya se lo conté a tío Francis en una carta… ¡Y él me dijo que mi problema es que estaba enamorado! Al principio me reía porque… porque no era posible… porque, mamá… ¡Esa persona ES UN CHICO! ¿Cómo iba a enamorarme de un chico? ¡Eso no… no es lógico! … Así que le mandé una carta a tío Francis diciéndole que era un idiota. Pero tío Francis me dijo que no pasaba nada, que eso también le había pasado a él y sabía de lo que hablaba. Como papá no sabe de estas cosas porque a él solo le gustas tú, le pedí consejo a Francis, y él me dijo que hablara con él y se lo dijera. Así que…

Así que se lo voy a decir esta noche, mamá. Estoy muy nervioso… es mayor que yo, dos años o tres, y no sé si querrá volver a ser mi amigo después de esto… Por favor, mamá… si puedes, ¿le dirías a Dios que me ayude? A mí me da vergüenza pedírselo.

"¡Psssst! Looooooooovi, ¡vamos! ¡Me dijiste que iríamos a jugar!"

"Ya voy, Feli. Vete al patio, enseguida voy contigo."

Bueno, mamá, tengo que irme. Ya hablaremos la semana que viene. No te preocupes, estoy cuidando bien de papá y de Feli, como te prometí. Te quiero. ¡Deséame suerte!

Se santiguó, besó la cruz de plata y abrió los ojos.

En ese momento vio al monje que le observaba atentamente desde el altar. Era nuevo en el monasterio; había llegado hacía unos tres meses, y se decía que era el sobrino del abad.

A Lovino le dio un poco de mal rollo la manera tan fija en la que lo miraba, pero se forzó en dedicarle una sonrisa nerviosa. El monje se la devolvió, deleitado, y observó al italianito mientras éste salía de la capilla a paso ligero.

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"¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!"

"¡No ha valido! ¡Trampa! ¡Trampa! ¡No ha entrado!"

Lovino se cruzó de brazos, enfadado. "¡El balón ha entrado de pleno! ¿Estás ciego o qué te pasa?"

Con el balón se refería a la maltrecha botella de latón que usaban para jugar, siendo la portería dos de las camisas marrones del uniforme, cuidadosamente colocadas en el suelo para simular los postes de la susodicha.

"¡Ni hablar! ¡Ha pasado por encima de la portería!"

"¿Por encima de qué, si no hay larguero? ¡Tramposo, perdedor!"

Feliciano se metió entre medio. "¡No os peleéis! Va, Lovi, por favor…"

Lovino suspiró. No podía pelearse si Feli estaba por medio, podría darle un golpe sin querer. "Está bien. Es un juego estúpido de todos modos. Peor para ti, Feli, porque el gol era para nuestro equipo."

"Yo soy feliz si no os peleáis~"

Lovino acarició la cabeza a su hermano como si de un perrito se tratase. "Feli, tontorrón. Si sigues siendo así de conformista te van a comer vivo."

La sonrisa bobalicona de su hermano se hizo aún más amplia y adorable. "¡No me van a comer, porque tú estarás allí para defenderme! ¡Prométemelo, Lovi!"

Lovino puso los ojos en blanco y le pasó el brazo por encima de los hombros. "Te lo prometo, alcachofo".

El tierno momento fue interrumpido por unos gritos que venían de la galería porticada que separaba el claustro del resto del edificio.

"¡NO! ¡POR FAVOR! ¡SUELTE!"

Una de las monjas del edificio de las chicas llevaba a uno de los chicos del monasterio a rastras. Un monje salió a su encuentro.

"¿Cuál es el problema, hermana?"

"He pillado a este niño en el edificio femenino, intentando echar una ojeada".

El monje miró al niño severamente. "¡Pequeño gamberro! Ya te lo advertimos la última vez". Luego se dirigió a la monja en tono de disculpa. "Siento el desafortunado evento. No volverá a ocurrir."

"¡Ja! ¡Idiota! Seguro que le atizan con la caña."

Lovino y Feliciano se giraron hacia el niño que había hablado. Por supuesto, tenía que ser Mikel; siempre que había algún cotilleo o alguna situación de la que se pudiera burlar alguien, allí estaba él. Era un año mayor que Lovino, rubio, de ojos azules y oscuros, y hablaba con un marcado acento extranjero a pesar de llevar ya años en Italia. Feliciano parecía nervioso.

"¿Eh? ¿Os atizan con cañas?"

Lovino se rió. Era el primer año de su hermano en el colegio, y aún no sabía mucho de la vida del estudiante. "No te preocupes, Feli. Si eres bueno y obedeces las normas no te castigarán."

Mikel puso un semblante melodramáticamente macabro. "Pero hay cosas peores que golpearte con la caña… ¡te pueden encerrar en el cuarto oscuro durante horas, como a Stefano, esta mañana!"

Lovino arqueó las cejas, interesado. Mikel era el mejor consiguiendo cotilleos. "¿Stefano? ¿El chico de tercero? ¿Qué es lo que ha hecho?"

El chico extranjero se rio. "Pues se ha levantado demasiado alegre esta mañana, ¡y el encargado de dormitorio le ha pillado tocándose y se lo ha dicho a uno de los monjes!"

Lovino enrojeció de pies a cabeza. "¿T-Tocándose? ¡Pero eso es pecado!"

Feliciano se aturulló. "¡¿Qué? ¡¿Tocarse es pecado? ¡Pero si yo me toco todo el tiempo!"

En ese momento, Lovino deseó que la tierra se lo tragara. Pero… ¡pero si tenía diez años! ¡Su propio hermano!

"¿Q-QUÉ? ¿Es eso cierto, Feli?"

Feliciano asintió enérgicamente. "¡Sí! Como cuando estornudo." Hizo como si estornudara, y se cubrió la boca con las manos. "O cuando me rasco. ¡¿Ves? ¡Me toco todo el tiempo!"

Lovino abofeteó la nuca de su hermano firmemente. "Idiota. Eso no cuenta como 'tocarse'."

Feli se frotó la nuca, aliviado. "¿Y qué es 'tocarse', entonces?"

El hermano mayor hizo como si no lo hubiera escuchado.

Mikel abrió la boca para responder al pequeño italiano, pero la cerró inmediatamente, con expresión nerviosa.

"¿De qué habláis, niños?"

Lovino se giró para descubrir al monje de la capilla detrás de ellos. El monje lo miraba fijamente con una sonrisa inquietante que le puso los pelos de punta.

"¡Señor! ¡Comentábamos lo de de Stefano, señor!"

El italiano podría haber jurado que los ojos del monje emitían un brillo escalofriante.

"Bien, bien. Así me gusta, que aprendáis de los errores de los demás." Posó una mano sobre el hombro de Lovino. "Porque soy el nuevo encargado de los castigos, y sería una pena tener que castigaros, ¿verdad?"

Lovino tragó saliva, sintiendo la gélida mano del monje sobre su hombro, y su mirada perturbadora clavada en él.

Tras unos segundos de tensión, el monje dio una cariñosa palmadita en la mejilla del italiano con su mano rugosa, mientras soltaba una risilla. "Es broma, hombre. Anda, seguid jugando." Y diciendo eso, se alejó.

Cuando estaba lo suficientemente lejos, Mikel se acercó a Lovino. "¡Guau, tío! ¿Te ha hecho daño? ¡Te miraba como si quisiera comerte los sesos o algo!"

Feliciano ahogó un gritillo. "¡No! ¡No quiero que le coman los sesos a mi hermano!"

Lovino frunció el ceño. "No seáis tontos. Es sólo un monje, no hace daño a nadie. Solo… solo es un poco diferente porque es nuevo. Ya nos acostumbraremos a él, como nos acostumbramos a la cocinera que olía a queso sudado."

Mikel negó enérgicamente. "¡No, tío! He oído por ahí que ese hombre no es un monje, que está aquí porque es sobrino del abad y quiere esconderse de la poli en su monasterio".

Lovino bufó mientras ponía la botella de latón en el suelo, y dio unos pasos hacia atrás para cogr carrerilla. A veces se preguntaba de dónde obtenía Mikel una información tan absurda. "¡Tonterías! ¡Deja ya de asustar a Feli y vamos a jugar!".

"¡No son tonterías, me lo dijo mi madre!".

"¿Tu madre, la cotilla?".

El improvisado balón voló por los aires con una potente patada, estampándose con fuerza contra la cara de Lovino.

En menos de un segundo habían llegado a las manos, y Feliciano daba grititos de auxilio para que los monjes acudieran a separarlos.

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Lovino bajó su copia de los Evangelios, fastidiado. Delante de él, su hermano lo miraba con una sonrisita burlona.

"¿Qué? Tengo que estudiarme esto para mañana, así que o me dices lo que quieres o vete a tu cama".

"Te queda bonito el maquillaje".

Feliciano esquivó el librazo por los pelos, bajando de un salto de la cama de su hermano y escondiéndose en la suya. Sabía perfectamente el modo de poner al mayor de los nervios, y como no era difícil hacerlo lo trataba como un juego. Lovino gruñó, dejando el libro en la mesita de noche que compartían. No le hacía gracia tener el ojo amoratado justo ese día, aunque tampoco era demasiado, solo un pequeño semicírculo en la parte exterior, por la zona de la mejilla y la sien. Le hacía sentir importante. Y no parecía para nada maquillaje, refunfuñó para sí.

"¿Sabes? Deberías leer tú también tus deberes o te darán con la caña".

Aquello logró asustar al pequeño. "¡Y-Ya me los he leído!". Se tapó con la manta. "Son un rollo, prefiero las novelas…".

"Las novelas no te enseñan nada".

"¡Sí que lo hacen!". La cara del pequeño se iluminó de nuevo, emocionado. "Te enseñan sobre viajes, y aventuras, y amistad, y de qué pasa cuando te enamoras".

Lovino pensó que Feliciano era aún demasiado joven para estar pensando en el amor. Aún ni tenía cuerpo de adolescente, por amor del cielo… Tendría que escribirle a su padre que tuviera cuidado con las novelas que le enviaba, y que el chico consumía fervientemente.

El pequeño interrumpió sus pensamientos. "Lovi. Cuando sea mayor quiero ver mundo. Quiero vivir una aventura, ser un artista famoso y encontrar a mi amor verdadero. Quiero vivir cien años con ella y tener muchos perros".

"Eres alérgico al pelo de perro".

"Pues muchos gatos".

Lovino se rio, apagó la lámpara de la mesita, y se acurrucó entre las mantas. "Ambicioso. Buena suerte con eso, solo te quedan noventa años".

"Oh, estoy en ello, me estoy documentando~".

"Buenas noches, Feli".

"¡Te quiero!"

"Y yo a ti."

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Cuando la respiración de su hermano se volvió lenta y acompasada, Lovino se levantó de la cama como un resorte, se puso el uniforme y salió de la habitación. En plena oscuridad, se deslizó silenciosamente por el pasillo, bajó las escaleras de piedra y salió al claustro.

Las estrellas brillaban como nunca, y Lovino correteaba pletórico de alegría, atravesando el patio. Cuando llegó al muro que rodeaba todo el recinto del monasterio, se puso a cuatro patas y empujó una de las grandes piedras de la base, que se desprendió fácilmente. Pasó por el hueco a gatas, colocó la piedra en su sitio y se levantó.

Se dio la vuelta y comenzó a corretear colina abajo, dirigiéndose hacia el punto de encuentro planeado.

Lo que no esperaba era que alguien se le tirara encima por la espalda, haciéndole perder el equilibrio.

"¡Te pillé!"

Lovino rió y forcejeó con él mientras bajaban rodando por la colina. El chico de mayor edad logró aprisionarle al fin – no sin una buena lucha, por supuesto – y, sujetando sus muñecas, se quedó de rodillas sobre el italiano. Jadeando, se miraron exultantes, los ojos brillando de ilusión.

"¡Ja! ¡Te falta mucho aún para vencerme!"

"No te emociones, te he dejado ganar."

Él puso una sonrisa divertida. "¡Qué piadoso es Lovi! ¡Me deja ganarle siempre!"

"¡Quita de encima o te llevarás el cabezazo de tu vida!"

El chico le sacó la lengua, burlón. "¡No vas a darme un cabezazo! ¡Eres demasiado mono para eso~!"

Lovino le asestó un cabezazo en mitad de la frente y se deshizo de su agarre.

"¡Yo no soy 'mono', que te enteres!"

Aunque en el fondo le gustaba que le lanzara cumplidos.

Su amigo se frotó la frente, sonriendo, y se sentó a su lado. Habían llegado a la falda de la colina, y delante de ellos corría un riachuelo límpido de apenas un metro de profundidad.

El chico se quitó los zapatos e introdujo las piernas en el riachuelo hasta la rodilla. Luego miró a Lovino, invitándole a participar. El menor pareció reticente a hacerlo.

"Me voy a mojar el uniforme…"

Su amigo introdujo la mano en el riachuelo y le salpicó repetidamente.

"¡Hale! ¡Ya está mojado! ¿Qué importa ahora que se moje un pelín más?"

Lovino frunció el ceño unos instantes, pero acabó quitándose los zapatos. Se remangó las calzas por encima de las rodillas e introdujo las piernas en el agua.

Se quedaron en silencio unos instantes. Lovino miraba sus piernas mecerse suavemente bajo el agua con el corazón en un puño. Tenía que decírselo, pero… la idea de perder esos momentos si no salía bien le aterraba. Decidió hacer un poco más de tiempo antes del momento de la verdad.

"Mira, tengo que enseñarte algo."

El italiano se llevó la mano al bolsillo y comenzó a rebuscar, ante la mirada curiosa de su amigo. De él sacó una caja de cerillas. No pudo evitar sonreír ampliamente cuando la expresión de su compañero se iluminó por completo.

"¡Lovi! ¿Vas a hacer uno de tus trucos? ¡Qué guay!"

Qué fácil era hacerle feliz. Siempre se emocionaba ante sus trucos de magia.

Lovino sacó dos cerillas de la caja, ceremoniosamente.

"No hay nada en mis manos. ¿Ves?"

Su amigo asintió. Entonces, Lovino procedió a coger una cerilla con la mano izquierda y otra con la derecha, explicando cada paso. Luego sopló sobre sus manos, y cuando las abrió, la cerilla de la mano izquierda había aparecido en su mano derecha, para asombro y deleite de su espectador.

"¡Increíble! ¿Cómo lo haces?"

El italiano soltó una risilla, complacido. ¡Qué fácil era engañarle! ¡Siempre picaba!

"Es un secreto."

Él le dirigió una sonrisa tierna, y le cogió de las manos, mirándole intensamente.

Y Lovino sintió que su cuerpo se estremecía ante su mirada.

Eran sus ojos.

La luna hacía destellar las aguas del riachuelo, y el plateado brillo se reflejaba en sus intensos, profundos, increíbles ojos esmeralda.

Nunca se cansaría de admirar esos ojos vivos que parecían emanar alegría dondequiera que se posaran.

"Seguro que tus manos son mágicas, Lovi~ Igual de mágicas que tu sonrisa."

Lovino no quería sonrojarse de ese modo ante su amigo, y mucho menos después de que le soltara semejante cursilada, pero no era una cosa que pudiera controlar. No mientras esos ojos esmeralda aprisionaran ardientemente su mirada.

Las manos del italiano temblaban entre las de su amigo, y la temperatura de su cuerpo subía sin que pudiera remediarlo. Nervioso, Lovino consideró tirarse a las congeladas aguas del riachuelo para que su amigo no notara su rubor y el calor que desprendía.

Sin embargo, no fue necesario tomar ninguna medida desesperada, ya que la sonrisa de su compañero se volvió burlona de repente.

"¿Tienes el ojo morado? ¿Qué te ha pasado, te has caído?".

Lovino henchió el pecho, orgulloso. "Me he peleado".

"¿Contra una niña? ¿Has perdido?".

El chico mayor recibió una colleja. "Calla, idiota. Ha sido contra un chico, y si no nos llegan a separar…"

"…Te habría puesto el otro ojo morado también", completó.

Esta vez pudo esquivar la colleja, tirándose a la hierba y riéndose. Se quedaron en silencio unos minutos, mirando las estrellas y disfrutando del momento.

"Dime, Lovi, ¿cuál es tu ave favorita?"

Lovino le dirigió una mirada curiosa. ¿Y esa pregunta tan rara?

"Um… la paloma blanca", respondió por responder.

"¿Por qué?".

"¿Y eso qué más da?".

"No, no vale, yo he preguntado antes".

"Pues no lo sé. Son bonitas. Mi nos llevaba a Feli y a mí a darles de comer después de la misa". Ahora tenía curiosidad. "¿Y a ti? ¿Qué ave te gusta?"

"El cuervo."

Lovino frunció el ceño, extrañado. Vale, sí, sabía que no le daban miedo, pero de ahí a ser su pájaro favorito…

"¿Los cuervos…?"

"Sí. De lejos son feos y negros, pero si te tomas la molestia de acercarte lo suficiente…" abrió mucho los ojos, poniendo una mueca de misterio con la que apenas podía disimular su sonrisa "… te das cuenta de que el sol se refleja en sus alas, y sus plumas se vuelven violeta y púrpura, y entonces se convierten en el ave más bella del mundo."

"Ah…"

Lovino intentó imaginarse a un cuervo brillar a la l—

"Lovi, te quiero."

Las mejillas de Lovino ardieron, incandescentes.

Eso había sido… totalmente inesperado. Al pequeño italiano no le salían las palabras, y su corazón latía salvajemente contra su pecho. El mayor interpretó el silencio como una mala señal.

"Oh… L-Lovi, lo siento… ¡soy un idiota! Yo… no podía guardármelo más… Lo siento, de veras… No me paré a pensar que quizás no te gustaban los chicos… uh…"

Lovino le propinó un pequeño puñetazo en el hombro.

"¡Sí! ¡Eres un idiota!" Lovino hinchó los carrillos, azorado. "Además… y-yo… t-también te quiero. Idiota, más que idiota."

La cara del mayor se iluminó con una sonrisa ilusionada, mientras que la del italiano se quemaba, apartando la mirada tímidamente.

Sus manos se posaron sobre las cálidas mejillas de Lovino, y él se fue acercando lentamente. Lovino tembló, nervioso. ¿Iba a besarle? Oh Dios, ¡iba a besarle! ¡Sí! ¡No! ¡Espera! ¡No estaba listo! ¡No estaba seguro de aquello…! ¡Ay, qué cerca estaba! ¡Cómo le latía el corazón!

Cuando estaba ya a escasa distancia, él despegó las manos de sus mejillas y les pegó un cachete, aplastándolas.

"¡JAJAJA! ¡Qué lindo te ves así! ¡Boquita de pez!"

Lovino frunció el ceño, furioso, y luego se lanzó a darle un cabezazo.

"¡NO SOY LINDO!"

Forcejearon y lucharon unos instantes, hasta que Lovino consiguió reducir a su compañero. Sentado sobre su estómago, observó cómo reía, jadeando ligeramente por el esfuerzo.

"¡Vale… vale! ¡Me… me has ganado… esta vez!"

Lovino sólo podía contemplarle. Cómo subía y bajaba su pecho bajo él. Cómo su cabello se esparcía desordenado sobre la hierba. Cómo sus preciosos ojos verdes le miraban con cariño, hipnóticos.

"¿… Lovi?"

Lovino se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el pecho del mayor, y clavó su mirada en él profundamente. Ahora le tocó el turno a él de sonrojarse, y sus manos se levantaron para volver a sujetar las mejillas del pequeño italiano.

Ambos cerraron el beso, uniendo sus labios suavemente.

Se separaron brevemente, mirándose el uno al otro, y volvieron a unir sus labios, esta vez de manera más ansiosa. Lovino deslizó las manos hasta sus hombros y rodeó su cuello con los brazos. Las manos de él viajaron desde sus mejillas a sus brazos, y luego dejaron un rastro de llamas en su espalda, quemando la piel bajo las yemas de sus dedos. Sus labios… su roce… sentaban tan bien… Lovino se derretía ante el intenso calor que invadía su cuerpo—

Oh-oh.

Lovino se separó, totalmente avergonzado. Su amigo se incorporó, preocupado, dejando al italiano sentado sobre su regazo.

"Lovi, ¿estás bien? ¿Qué te pas— Oh."

Lovino no sabía qué hacer; se sentía completamente avergonzado. Intentó separarse de su amigo, pero éste le agarró antes de que pudiera huir. Tras un pequeño forcejeo, Lovino se encontró hundido en su pecho, rodeado por sus protectores brazos, sumido en un abrazo reconfortante y cariñoso.

Incapaz de huir, el italiano escondió la cara en su pecho, avergonzado. Él se rio.

"Eh, no te preocupes por eso. Es normal, ¿vale?" Acarició el pelo del italiano y apretó el confortador abrazo. "Pero quizás sea mejor que lo dejemos aquí, ¿sí?"

Lovino asintió, aunque su cuerpo no parecía estar de acuerdo con su decisión.

Se quedó quieto entre sus brazos, sintiéndose protegido y en paz. Era como un maravilloso sueño, estar ahí con él, en su lugar favorito, sintiendo cómo sus manos le acariciaban el pelo...

"Oye, Lovi."

"¿…Um?"

"¿Cómo se dice "te quiero" en italiano, pero de modo que suene más fuerte y más bonito?"

Lovino ladeó la cabeza, extrañado. Ese tipo de cosas eran las primeras que aprendían los extranjeros cuando iban a Italia.

"Ti amo."

"Yo también ti amo~"

Lovino se separó y le miró con las mejillas hinchadas, haciendo un mohín.

"Tramposo…"

Él sólo se rio y lo volvió a besar. Lovino sucumbió ante sus labios, exultante de felicidad.

No oyeron los pasos que se acercaban.

"¡EH! ¡VOSOTROS DOS!"

El italiano sintió cómo tiraban de él violentamente, separándolo de su amigo y forzándolo a levantarse.

Cuando miró arriba a ver quién era el agresor, identificó aterrado al monje de la capilla, el sobrino del abad, con cara de pocos amigos y un bastón de castigo macizo en su otra mano. Intentó atizar a su amigo con el bastón, pero él fue más rápido y rodó por el suelo, zambulléndose en el riachuelo y salpicándolos a los dos. Un par de segundos más tarde estaba subiéndose al otro borde del riachuelo. Lovino gritó a pleno pulmón.

"¡HUYE! ¡HUYE RÁPIDO, NO TE PREOCUPES POR MÍ! ¡TE AMO!"

Él le obedeció, no sin mirar atrás con preocupación. "¡Te amo, Lovi!"

El monje comenzó a subir por la colina, arrastrando al joven italiano tras él. Lovino estaba algo asustado; la furia con la que el monje apretaba su brazo era desmedida, y el brillo de locura en sus ojos helaba la sangre. No se atrevió a quejarse del dolor de su brazo, por miedo a que aquello pudiera incrementar el castigo.

En silencio, atravesaron a zancadas la puerta de la iglesia del monasterio, salieron al claustro y se dirigieron a la cilla. El monje usó sus llaves para abrir la puerta, la aseguró desde el otro lado, y arrastró a Lovino hasta una de las esquinas de la habitación, donde se encontraban unas escaleras de caracol interminables que descendían hasta una especie de sótano. Lovino nunca había estado allí, y no sabía qué era ese lugar, pero tenía la sospecha de que no le iba a gustar en absoluto.

Tras el descenso, atravesaron un corto pasillo y llegaron a una habitación de piedra, ataviada solamente con un par de arcones de madera y una mesa pequeña pero de aspecto pesado. Allí, el monje soltó bruscamente al niño y, tras cerrar la puerta con llave, se guardó ésta en la sotana. Luego se volvió hacia Lovino.

"Levanta los nudillos."

Lovino alzó las manos cerradas, exponiendo sus blancos nudillos.

"¡Escapándote del convento en plena noche!"

Le atizó en los nudillos con el bastón, y Lovino soltó un gemido de dolor.

"¡Robando cerillas de la cocina!"

Otro golpe, y los nudillos de Lovino enrojecieron a rabiar.

"¡Y compartiendo saliva con otro chico!"

El volumen de su voz aumentó, al igual que la fuerza con la que la madera maciza machacaba la frágil zona. Las lágrimas luchaban por escapar de los ojos de Lovino mientras éste aguantaba su castigo. Otro azote, otro más, cada vez con más rabia. ¡¿Cómo se había atrevido? ¡El italianito era suyo, sólo suyo! ¡¿Cómo le había podido ENGAÑAR con otro hombre? Sabía

La piel irritada comenzaba a ceder, y la sangre resbalaba por los nudillos del italiano, que gritaba con cada golpe, resistiendo su penitencia a duras penas. Sus huesos se resentían, y el punzante dolor comenzaba a extenderse por sus brazos.

"¡Por favor, señor! ¡M-Me duele!"

El monje cruzó la cara del italiano con el bastón, haciendo que éste cayera al suelo con un fuerte golpe. Lovino, aturdido, se llevó las doloridas manos a la cara, que se hinchaba rápidamente. La boca le sabía a sangre.

No podía comprender por qué le castigaban así, qué había hecho que era tan malo como para que se le tratara sin piedad alguna.

"¡Señor…! ¡No volveré a salir del convento! ¡Por favor, no me golpee más!"

El monje se rio por lo bajo con un toque amargo y avanzó hacia él intimidantemente. Lovino se encogió en el sitio, tapándose la nuca con las manos, esperando un nuevo golpe del agresor. En su lugar, éste le agarró fuertemente del brazo y lo forzó a ponerse de pie. Con la otra mano agarró la mandíbula de Lovino, clavando sus dedos en las maltrechas mejillas como si fueran garras, y lo sujetó a centímetros de su cara, forzándolo a mirarle.

"No finjas ignorancia, niño insolente. ¿Cómo te has atrevido a manchar tu maravillosa pureza? ¿Quién te ha dado permiso para traicionarme?".

Lovino so entendía nada, solo quería que le dejase ir, que dejara de hacerle daño. Sus dedos ásperos se clavaban en la coyuntura de su mandíbula, y provocaban un dolor insoportable que empezaba a extenderse; sentía que su cabeza iba a estallar en cualquier momento y estaba demasiado mareado para pensar claramente.

Finalmente, el monje le soltó, arrojándolo hacia la mesa. Lovino chocó contra ella y se aferró a la superficie de madera para no caer. Si se hubiera quedado en su cama podría haberlo raptado tranquilamente para entregárselo al jefe… Pero ahora no lo iba a entregar sin jugar con él un poco antes.

"Quítate el uniforme".

"¿Q-Qué? ¡No!".

"HAZ LO QUE TE DIGO".

Tras un fuerte bastonazo en el costado con el bastón ensangrentado, Lovino decidió que lo mejor era obedecerlo. Después de todo, era un monje, ¿no? No podía estar haciéndole daño sin motivo… Sólo le castigaba porque había hecho algo malo, se merecía el castigo, aunque no sabía bien la razón.

Bajo la atenta mirada del adulto, el joven italiano se despojó de su camisa y de sus calzones blancos. Las botas se habían quedado al lado del río, y tenía las plantas de los pies magulladas por el suelo de piedra. Se quedó quieto, indeciso, pero al ver que el monje seguía mirándole severamente, comenzó a despojarse también de las calzas negras.

¡Ah, qué cuerpecillo enjuto, con ese toque de rosada carne en los sitios adecuados! ¡Qué piernecillas delgadas pero fuertes! ¡Qué blanca y perfecta piel! Se mordió el labio inferior, intentando contener su lujuria. No debía meterse en problemas… No en ese momento, no le convenía enfadar al jefe. Si paraba en ese instante quizás podría dejarlo inconsciente y llamar para que se lo llevaran.

Lovino le miró con la cabeza gacha, sumiso, mientras se autoabrazaba inconscientemente para intentar proteger su cuerpecillo desnudo de la mirada del agresor.

Qué imagen más hermosa.

¿Por qué se lo ponía tan difícil?

"Los calzoncillos. Fuera".

"¡P-Pero…!".

"Fuera he dicho".

El monje observó cómo su italianito introducía los dedos por el elástico de los calzoncillos y tiraba de ellos hacia abajo, atravesando sus hermosas piernas de porcelana hasta sus lindos pies, cubiertos de barro y polvo. Luego lo examinó detenidamente. Aún comenzando su pubertad, el cuerpo del italiano no se había desarrollado por completo, siendo una mezcla extraña entre niño y hombre. Un vello más grueso y oscuro había brotado ya alrededor de su pene, que aún tenía cierta pinta infantil.

Su italianito era perfecto. Era justo como a él le gustaba; tan puro, tan ingenuo, tan devoto, tan corruptible. Estaba hecho para él. Estaban hechos el uno para el otro.

¿Por qué? ¡Ah! ¿Por qué había tenido que traicionarle, que dejar una mancha en su imagen? Ahora no era tan puro como antes; sus labios habían sido manchados, su piel surcada por manos impuras, y ya no era merecedor de su admiración.

Él le enseñaría, sí. Él le castigaría por haber cometido semejante atrocidad. Su pequeño ángel caído debía recibir su merecido.

"Pequeño pecador." Lovino se estremeció ante el tono amenazador y oscuro del monje. "Que dos hombres estén juntos es uno de los peores pecados."

Lovino ahogó un jadeo de sorpresa. "Pero… pero yo le quiero…"

"¡Le quieres! ¡LE QUIERES!" El monje levantó el bastón al aire, y Lovino se encogió, temeroso. Pero el golpe no llegó; el agresor bajó el bastón y sonrió. Lovino habría preferido que lo golpeara. La sonrisa ponía los pelos de punta. "Bien, pues te enseñaré… te enseñaré lo enfermo que estás… te enseñaré lo que se siente cuando intentas pecar con un hombre."

Acto seguido, el monje aprisionó su cuerpo desnudo contra la mesa, y comenzó a pasar las manos por su tersa piel. Lovino intentó resistirse, pero lo único que logró fue que el monje sujetara sus muñecas sobre la mesa, impidiendo su huida.

"¡No me toque!"

El monje presionó el abdomen del joven con la lengua, y la dirigió hacia el pecho del niño, barriendo ampliamente su piel.

"¡NO ME TOQUE!"

Lovino intentó revolverse, pero era inútil; no tenía la fuerza suficiente para desasirse de su agarre. La mesa se clavaba en su espalda, que se doblaba dolorosamente en un ángulo extraño. La lengua del monje llegó al cuello del italiano, y se dedicó a succionar y a morder a gusto deleitándose con su piel irritada, que comenzaba a hincharse y amoratarse. Lovino soltó un sollozo de desesperación.

"¡NO ME TOQUE! ¡SUÉLTEME! ¡NO! ¡POR FAVOR, NO ME TOQUE!"

"Mira lo que tenemos aquí… parece que te está gustando, ¿eh?"

Las mejillas de Lovino se encendieron, y las lágrimas empañaron sus ojos. ¡No! ¡No le gustaba! ¡Quería irse de ahí! ¡No quería que le tocase!

"Quédate ahí quieto y no tendré que romperte las piernas."

El monje le liberó y fue hacia uno de los arcones. Lovino, en plena desesperación, escapó corriendo hacia la puerta y empezó a embestirla con todas sus fuerzas, intentando inútilmente echarla abajo y huir. Un dolor sordo estalló contra sus muslos cuando el bastón de madera le golpeó la parte posterior de las piernas, inutilizándolas por momentos. Lovino cayó al suelo, lágrimas de terror empapando sus maltrechas mejillas.

"Ya veo que vamos a tener que hacer esto por las malas. Bien."

El monje le obligó a levantarse y lo arrojó contra la mesa, esta vez bocabajo. Con unas cuerdas que había cogido del arcón, ató las muñecas del niño a las patas delanteras de la mesa, y las piernas a las traseras, forzándolas a permanecer separadas. El peso de la tosca mesa de madera prohibía la huida del italiano, que comenzó a llorar desconsoladamente.

"¡AYUDA! ¡AUXILIO! ¡POR FAVOR!"

"No te esfuerces, mi niño, nadie puede oírte."

En lugar del bastón, el agresor portaba ahora un cinturón de cuero cuya hebilla se hundía en la espalda de Lovino, paseando burlonamente por ella de arriba abajo.

"Ayuda… por favor… mamá… Dios… ayudadme…".

Una risa cínica hizo eco en las pareces de la oscura cámara.

"¿Pides ayuda a Dios? ¿Crees que va a ayudar a alguien que lo ha traicionado?".

Enfatizando la última palabra, atizó la espalda del niño la correa, haciendo que su tierna piel se abriera en dos. Un grito gutural se abrió paso por la garganta de Lovino, que se revolvió desesperado.

"¡Tu madre no volverá a hablarte; eres un degenerado!"

Una nueva herida cruzó la anterior, y a Lovino se le nubló la vista, lanzando un grito desgarrador.

"¡Dios te da la espalda! ¡Desviado! ¡Pecador! ¡Criatura pervertida, antinatural!"

Tres, cuatro latigazos le rompieron la piel, y Lovino sintió gotas de sangre caliente caer por sus costados y su nuca. Toda su espalda ardía, como consumiéndose en llamas, y había zonas que ya no sentía, como si le hubieran arrancado la piel de ellas. El dolor era insoportable. Temblando, con voz débil y asustada y la garganta dañada por los gritos, el italiano rogó piedad una vez más.

"Y-Yo no lo sabía… Perdóname… No quería pecar… No lo haré más… Por favor…"

Los latigazos cesaron.

"¿Perdonarte? ¡Ah, pequeño, ya no hay perdón! ¡El Diablo te ha tentado y tú has sucumbido a la tentación! ¡Estás manchado de por vida a ojos de Dios!"

Lovino sollozó con fuerza, destrozado por sus palabras, notando cómo las lágrimas caían como un torrente nublando su visión por completo.

"¡NO! ¡POR FAVOR! ¡PERDÓNAME! ¡ME ARREPIENTO! ¡NO VOLVERÉ A DESEAR A NINGÚN HOMBRE! ¡POR FAVOR, AYÚDAME!"

El monje sonrió, satisfecho, disfrutando con el sufrimiento de su angelito. ¡Sí! ¡Que llore, que grite, que sufra su penitencia por haberle traicionado! ¡Que sepa lo repulsivo que es ahora que su pureza se ha evaporado!

"¡Demasiado tarde! ¡Estás marcado por el Diablo! ¡No puedes evitar cometer pecado!"

"¡NO! ¡POR FAVOR! ¡N-NO VOLVERÉ A ESTAR CON OTRO HOMBRE! ¡LO PROMETO!"

Una sonrisa venenosa cruzó la cara del monje. Colocándose detrás de Lovino, puso las manos en la zona interior de sus muslos y comenzó a acariciarle lascivamente. Lovino ahogó un gemido nervioso ante el indeseado contacto, y sus músculos se tensaron conforme las grandes manos recorrían su piel hasta llegar a las ingles.

"N-No me toque… se lo ruego… no quiero… no q-quiero…"

"Tu cuerpo no dice lo mismo, pequeño desviado."

Los rugosos dedos del agresor se deslizaron por su miembro, para el horror del niño, y se cerraron en torno a él. Lovino ahogó un grito, aterrado, e intentó revolverse, pero lo único que consiguió fue un nuevo latigazo, esta vez en el muslo. Dejó de resistirse y gimió, sintiendo como la mano del agresor se movía a su alrededor, masturbándole. Sus piernas temblaron ante la extraña sensación, mientras la sangre se acumulaba bajo su vientre. Lovino jadeó, dolorido, cansado, aturdido por la falta de sangre en su cabeza. Un calor intenso comenzaba a acumularse en su vientre y sus mejillas, y sentía sus palpitaciones golpear rápidamente su pecho. Aquello era… era…

"Te gusta, ¿eh, pequeño bastardo? ¿Te gusta que te toque?"

Lovino recuperó la lucidez ante sus palabras, y se revolvió, tirando de las cuerdas con fuerza y apretando los nudos corredizos alrededor de sus muñecas y tobillos.

"¡NO! ¡NO QUIERO! ¡NO ME GUSTA! ¡DÉJAME!"

Su intento de rebelión fue recibido por la cruel fusta, que cortó sus muslos y pantorrillas repetidamente.

El niño perdió las fuerzas para resistirse y dejó caer su peso en la mesa, llorando. Nadie iba a ayudarle, nadie oía sus ruegos – Dios quería que le castigaran. Después de todo, si su cuerpo reaccionaba así era por su culpa. Estaba… manchado por el Diablo… era su penitencia… Antinatural… Degenerado… Bastardo… Desviado…

Las náuseas le invadieron cuando una oleada de placer se mezcló con su dolor. El italiano gritó entre jadeos, sintiéndose desfallecer. No quería… no quería que le gustara…

No me toques…

Era repulsivo… su cuerpo era repulsivo, que le gustara era repulsivo, el placer era repulsivo, sus manos frías, su risa de maníaco. Él mismo era repulsivo, endurecido bajo sus manos.

Desviado… Bastardo… Pecador…

Sus piernas temblaban y los músculos de sus caderas se contraían espasmódicamente.

Antinatural… manchado por el Diablo…

Las garras de su agresor se clavaban en las heridas de sus muslos, dolor y placer cogidos de la mano. Lovino empezó a gemir acompasadamente, abandonando su cuerpo y dejándolo completamente a merced del agresor. Ya no le quedaban fuerzas para resistir, y su visión comenzaba a oscurecerse debido a la falta de oxígeno.

Las sogas quemaron sus muñecas cuando el cuerpo de Lovino se arqueó y, con un grito de placer - ¿o era dolor?, descargó toda su humillación y su vergüenza sobre las manos del monje.

"Ah… Te ha gustado, ¿verdad? Vas a ir al infierno por esto." El monje laceró sus brazos a modo de castigo. Su voz temblaba ligeramente, como emocionada. Luego se inclinó sobre el maltrecho cuerpo de su italianito, que lloraba desconsolado, y le susurró amenazantemente al oído. "Y si le dices a alguien una palabra sobre esto te mataré, y después mataré a tu lindo hermanito." Luego se rió con voz ronca. "Me pregunto si el cuerpo de tu hermano es tan frágil como el tuyo…"

Lovino abrió los ojos de par en par, aterrorizado.

"¡No…! ¡NO! ¡A FELI NO! ¡A FELI NO! ¡Feli es bueno! ¡Es un ángel! ¡Yo soy el pecador! ¡Castígueme en su lugar! ¡P-Prometo obedecerle en todo!"

"¿En todo?"

Lo último que Lovino podía recordar de manera consciente eran las frías manos del monje desatándole, y la retorcida y cruel sonrisa que deformó su rostro cuando poco a poco, deleitándose con la cara de terror del niño, se subió los hábitos ante su cuerpecillo desnudo, dejando al descubierto su excitado órgano…

Algo en su mente se rompió.

.

.

Francis pisó el acelerador a fondo cuando divisó el monasterio de Santa Catalina en la cima de la colina, tras tres horas de viaje en coche.

Tenía que llegar lo antes posible. Había salido de casa con lo puesto en cuanto había recibido la llamada de Feliciano.

/"¡Tío Francis! ¡Tienes que venir! ¡Lovi está mal! ¡Le pasa algo, y hay mucha sangre, y no sé lo que hacer!"

"¿Feli? ¿Qué ha pasado?" ¿Estaba llorando?

"¡Tío Francis! ¿Qué hago? ¡Lov—!" Se oyó una voz alarmada de fondo, y luego unos pasos que se alejaban.

"¡Feli! ¿Qué ha pasado? ¡FELI!" Sus llamadas eran inútiles: Feliciano se había ido, dejando el teléfono descolgado. /

El francés aparcó el coche en la entrada y se bajó de él. Sin molestarse en cerrar la puerta, atravesó a zancadas la entrada de la iglesia y se topó de inmediato con uno de los monjes.

"Lo siento, la misa aún no ha empezado y no se permiten vis—"

Francis aferró el hábito del monje y tiró hacia él.

"¿Y MI SOBRINO? ¿QUÉ LE HA PASADO?".

"Tranquilícese, por favor".

Francis le soltó y recuperó la compostura. "Disculpe".

El monje asintió. "Debe ser el tío del pequeño Lovino. Sígame".

Francis caminó detrás del monje, con los nervios destrozados. Salieron al claustro, que estaba parcialmente iluminado por la luz del alba.

"Hace unas tres horas, pillé a Feliciano entrando en el despacho del abad para usar el teléfono. Pude oír su conversación, así que cogí al chico y salí corriendo hacia el cuarto de Lovino tan rápido como me fue posible. Lo que me encontré… Dios mío". Se santiguó, lo que alteró aún más al francés, si era posible. "Estaba desplomado en el suelo, inconsciente, sobre un charco de su propia sangre y vómito."

Francis notó cómo la sangre dejaba su cabeza unos instantes, y tuvo que aferrarse a una de las columnas de la galería, mareado. El monje fue a socorrerlo rápidamente.

"¿E-Está muerto?".

"¡No, no! Está en la enfermería. Quédese aquí, le traeré un poco de agua…".

"No". Francis se incorporó, recuperando la calma. "Quiero verle, ahora. Me necesita".

El monje asintió y continuó su camino. "Le hemos tratado rápidamente. Se recuperará. Las heridas eran profundas, pero no mortales. Esto va a ser muy duro de oír, pero… creemos que ha sido víctima de violación".

Francis no dijo nada. No le salían las palabras. Eso no podía estar pasando, no a su sobrino, no a su pequeño Lovino…

"Pudimos curarlo mientras estaba inconsciente. El problema es que se despertó hace una hora… y no nos deja cambiarle los vendajes".

"¿Cómo?"

"No deja que nadie lo toque. Tampoco nos habla. Esperábamos que usted pudiera hacer algo al respecto".

Giraron la esquina que daba a la enfermería, y en ese momento una vocecilla se elevó en el aire.

"¡Tío Francis! ¡Tío Francis!".

Francis se agachó y extendió los brazos para estrechar entre ellos a Feliciano, que se acercaba corriendo.

"¡Tío Francis! ¡No me dejan ver a Lovino, y todos me dicen que debería estar en clase, pero yo no quiero estar en clase, yo quiero ver a mi hermano, y no sé qué le están haciendo pero no para de gritar y no quiero que le hagan daño y—!"

"Tranquilo, Feli. Ahora entramos los dos, ¿vale?".

Feliciano asintió. Su nariz estaba roja y sus ojos hinchados, como si hubiera estado llorando. Francis besó su frente, se incorporó y lo cogió de la mano. Los dos juntos, entraron en la enfermería.

La habitación no era gran cosa; estaba pensada para tres enfermos, como mucho. Era pequeña y blanca, adornada con maceteros que colgaban de las paredes, y el único mobiliario era un escritorio, un armario de medicinas, una pizarra vieja y tres camas individuales pegadas a la pared.

Y en una de ellas, tapado por la cintura y vestido con un camisón blanco, Lovino permanecía sentado con la mirada perdida en el infinito. Su mejilla izquierda estaba hinchada y amoratada; su labios, partidos; la piel visible, demacrada. En sus muñecas había quemaduras donde hacía unas horas había cuerdas, y sus ojos estaban vidriosos y empañados.

"¡Lovino!". Su sobrino no reaccionó a la llamada, así que Francis se acercó a la cama. Feli se quedó en la puerta, mirando a su hermano desde allí. "¡Lovino! ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho daño?".

Lovino palideció ante la pregunta, y un ligero temblor se apoderó de su cuerpo. Francis suspiró, algo aliviado. Al menos podía oírle; muchas personas no respondían en estado de shock. "Ya pasó todo, Lovi… tío Francis está aquí. Ven aquí conmigo…".

Cuando el francés se inclinó hacia él para abrazarle, Lovino reaccionó de repente. Con un violento manotazo impidió el acercamiento de su sorprendido tío, y comenzó a gritar desgarradoramente al tiempo que se jalaba de los pelos.

"¡NO ME TOQUES! ¡NO ME TOQUES, NADIE PUEDE TOCARME! ¡DEJADME, DEJADME, NO ME TOQUÉIS, NO ME HAGÁIS DAÑO!".

"¡Lovino! ¡Lovino, calma! ¡No voy a hacerte daño!" Francis intentó sujetarle las manos para que no se arrancara el cabello, pero eso sólo empeoró la situación. A Lovino le entró un ataque de ansiedad y se puso pálido, mientras se revolvía en la cama, intentando soltarse.

"¡NO! ¡NO! ¡SUÉLTAME! ¡NO ME TOQUES!".

Su cuerpo empezó a convulsionarse con fuertes arcadas, y Francis tuvo que soltarle muy a su pesar. De la boca del italiano resbalaba un reguero de bilis y sangre.

Francis no sabía lo que hacer. No se había sentido tan impotente en su vida.

Feliciano no debía ver a su hermano en ese estado; era tan sensible que la visión de alguien sufriendo o de la sangre le hacían temblar como una hoja. El francés se volvió hacia él, pero no lo encontró en la habitación. Debía haberse ido; Feliciano era demasiado sensible para presenciar una escena así.

Francis miró a Lovino. Parecía que se había calmado un poco, pero su mirada volvía a estar perdida de nuevo. ¡Maldita sea! ¡Quien le hubiera hecho eso a su sobrino lo iba a pagar caro, aunque tuvieran que movilizar a toda la mafia de los Vargas para encontrarle!

"Lovi… Lovi, ¿me oyes?".

Lovino no respondió. Francis puso una voz más dulce.

"Lovino, mi niño, escúchame. Esto es importante, ¿vale? Tienes que ser fuerte ahora".

El italiano tardó un poco, pero al final giró la cabeza hacia él y asintió levemente.

"¿Recuerdas quién fue, Lovi? ¿Recuerdas qué pasó?".

Lovino desvió la mirada sin cambiar de expresión. Estaba totalmente en blanco. Parecía que no iba a sacar nada en claro del pobre niño. Oh, Dios. Ojalá pudiera acariciarle el pelo aunque fuera, limpiar la sangre que resbalaba de su boca, pero todo acercamiento le hacía encogerse con una mueca de dolor. Parecía sufrir profundamente, sus ojos transmitían un dolor inmenso, pero era como si su cuerpo hubiera aceptado el dolor, lo hubiera hecho suyo y no lo dejara salir.

Derrotado, desesperado, Francis hundió la cara entre sus manos. Su sobrino… Lovino… Lo quería con locura, y aun así no podía hacer nada por él… ¿de qué le había servido ingresar en la mafia, de qué le servía todo el poder si no podía proteger a las personas a las que amaba? ¿De qué valía todo lo que hacía en la vida, si veía a sus seres queridos sufrir? Primero sus padres, luego su querida Katerina y su esposo, ahora el pequeño Lovino…

El ruido de las patas de una silla arrastrándose por el suelo sorprendió al francés. Cuando se giró, descubrió que Feliciano había arrastrado la silla del escritorio hasta la cama, y ahora se encontraba de rodillas sobre ella, portando un libro en sus manos. Francis reconoció el libro como su cuaderno de lecturas del colegio.

Feliciano abrió por una página y miró a Francis, inseguro. "Lovi me dijo que esta historia le gustaba". El francés no supo qué decirle. Él no era religioso, y no sabía si iba a ayudarlo, pero no haría daño intentarlo, así que asintió. Feliciano miró el libro, más sereno, y comenzó a leer.

"Uno de los Fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del Fariseo, se sentó a la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del Fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar Sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba Sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto el Fariseo que Lo había invitado, dijo para sí: "Si Este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que Lo está tocando, que es una pecadora."

Y Jesús le dijo: "Simón, tengo algo que decirte." "Di, Maestro," le contestó. "Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía 500 denarios y el otro cincuenta; "y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?" "Supongo que aquél a quien le perdonó más," respondió Simón. Y Jesús le dijo: "Has juzgado correctamente."

Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: "¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no Me diste agua para Mis pies, pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. "No Me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. "No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. "Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. "Entonces Jesús le dijo a la mujer: "Tus pecados han sido perdonados."

Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es Éste que hasta perdona pecados? "Pero Jesús dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado, vete en paz.""

Feliciano levantó la mirada hacia su hermano.

Por las mejillas de Lovino caían dos gruesos regueros de lágrimas, y sus ojos, vivos y brillantes, miraban a su hermano cargados de adoración y agradecimiento.

En ese momento, Francis se empezó a plantear seriamente si Dios existía. Era casi un milagro que aquel pequeño de diez años leyera el fragmento justo para hacer que su hermano volviera en sí.

Lovino se lanzó a los brazos de su hermano, abrazándole fuertemente. Feliciano le devolvió un abrazo cariñoso y aliviado.

"Hermano… ¿dejarás que la enfermera te quite las vendas y te las cambie?".

Lovino apretó el abrazo, susurrando un débil "nadie me toca".

"¿Y dejarás que te las quite yo?".

Lovino tardó un poco en contestar, pero al final asintió y se separó de su hermano, dejándolo hacer.

Francis se quedó estupefacto al ver cómo Feliciano, aquel niño que se ponía histérico cuando veía que a alguien le sangraba la nariz, limpiaba cuidadosamente con su manga el rastro de sangre de la boca de Lovino y procedía, bajo la supervisión y las órdenes de la enfermera, a cambiar las vendas del machacado cuerpo de su hermano.

La piel de su espalda estaba molida y levantada, e incluso faltaba en muchas secciones.

Francis juró venganza ante quienquiera que le hubiera destrozado de ese modo a su sobrino.

.

.

Lovino tardó casi una semana en empezar a reponerse del shock, y sólo quería ver y hablar a su hermano. Nadie podía tocarlo excepto él, ni siquiera su propio padre. Su cuerpo iba cicatrizando lentamente, pero en su mente la herida seguía abierta e incandescente.

Tardó un mes en salir de la habitación para ir a comer a la cocina. Casi tres en empezar a hablar normalmente. Casi normalmente; sin la inclusión de algún insulto en sus frases parecía bloquearse. La psicóloga les aconsejó que lo dejaran hacerlo. Al parecer era su manera de combatir el estrés que le provocaba el trauma.

Dejaron de ir al monasterio, por supuesto. Santa Catalina era un lugar prohibido: ni siquiera se hacía mención a él delante de los niños. Feliciano iba al conservatorio de música, y Lovino se quedaba en casa y leía, incapaz de comunicarse con ninguna institutriz.

Al año siguiente dejó que su padre le acariciara la cabeza por su cumpleaños. A Adriano se le saltaron las lágrimas de alegría; su hijo se iba recuperando.

Cuando cumplió los dieciséis, Lovino comenzó a relacionarse normalmente con otras personas, siempre a una distancia prudencial. Pudo continuar con sus clases, y alcanzó rápidamente el nivel requerido gracias a su interés en el estudio. Las pesadillas seguían sucediéndose, pero con menor frecuencia.

A los diecisiete, Francis comprobó con alegría que podía tocarlo, aunque sólo si Lovino lo dejaba. Parecía que la fobia se había desviado: ahora sólo aborrecía el contacto masculino.

El único que seguía inmune a la norma era su hermano Feliciano, del cual obtenía todo el cariño que pudiera necesitar.

Y al cual admiraba como si de su salvador se tratara.

.

.

Ocho años más tarde…

Joder. Puta mierda de cadena.

En el sótano de la base, Lovino estaba sentado ante la mesa de trabajo y reparaba con cuidado el cierre de la cadena de su cruz de plata. Esos trabajos tan milimétricos solía hacerlos Arthur…

Por desgracia, ya no podían contar con el inglés.

El cierre volvió a resbalarse de sus dedos, y Lovino profirió una maldición en italiano, la peor en la que pudo pensar en ese momento. No ayudaba que, a sus espaldas, esos zopencos estuvieran armando tanto ruido innecesario. Gatta y Antonio brindaban con el vino francés por un trabajo bien hecho: tenían un rehén, y el gobernador había escapado sano y salvo. Si era listo, ya estaría de camino a Suiza. Francis… bueno, en realidad, Lovino no sabía dónde se había metido Francis. Había pasado un día desde la misión, y aún estaba taciturno y escurridizo.

Las risas fueron en aumento, y Lovino se giró, indignado.

"¡Más bajo, joder!"

Antonio alzó su copa hacia él. "¡Oh, vamos, Don! ¡Venga a celebrarlo!"

"Cállate la boca, bastardo de los huevos."

El español no insistió. Cuando el jefe estaba enfadado, lo mejor era no responderle. Lo había aprendido a las duras.

Gatta soltó una risilla. "¿Cuándo le vas a poner un mote al nuevo, Romanito? Estoy cansada de llamarle 'nuevo' todo el tiempo."

"Le pondré un mote cuando se merezca un maldito mote."

Lovino se giró hacia la mesa de nuevo, y los otros comprendieron que la discusión había terminado. Lovino se concentró mejor ahora que sus subordinados hablaban en susurros. Manejando las pinzas con cuidado, consiguió al fin introducir la cadena en el enganche y unir las piezas para que no se salieran. Al fin; la cadena pegada, y el enganche sujeto.

"¿No sería mejor comprar una cadena nueva?"

Lovino se sobresaltó cuando oyó la voz justo al lado de él.

Cuando se giró, se topó con sus preciosos ojos verdes.

Se quedó sin aliento.

¿Por qué tenían que ser verdes? ¿Por qué verde esmeralda, de entre todos los colores?

"No es asunto tuyo, bastardo."

Lovino colgó la cadena de su cuello, y sintiéndose seguro de nuevo, se levantó. Pasó por al lado de su subordinado, apartándole de un empujón brusco, y sin mirarlo, cruzó la habitación a zancadas, hasta llegar a una de las puertas colindantes. Sacó las llaves de su bolsillo (siempre cerraba esa puerta cuando se iba) y la giró en la cerradura. Tras entrar, cerró la puerta tras de sí de un portazo.

Antonio y Gatta Bianca se miraron sorprendidos.

El español hizo un ademán de seguirlo, con cara de preocupación. Gatta saltó del sofá y le agarró del brazo, deteniéndolo.

"¡Eh, nuevo! ¿Qué crees que estás haciendo? Sólo Asso di Cuore y Romano entran, no, se acercan a ese despacho. Mejor que lo recuerdes."

Antonio no opuso resistencia ni protestó ante la nueva norma, pero miró nervioso la puerta tras la que había desaparecido el italiano. "Sólo quería preguntarle qué he hecho para que me trate así…"

"Imposible; Romano nunca habla sobre él mismo. Relájate y lidia con ello un poco más. Se le pasará."

Gatta le dirigió una sonrisa tranquilizadora, que el español le devolvió alegremente.

En el despacho, Lovino apoyaba la espalda en la puerta con los ojos cerrados.

Intentaba recordar con todas sus fuerzas. Por primera vez en ocho años deseaba con todas sus fuerzas recordar su infancia en el monasterio.

Hurgaba entre recuerdos difusos, ocultos, borrados, prohibidos, escondidos en lo más profundo de su mente.

Poco recordaba ya de aquella época, y lo poco que recordaba sólo afloraba cuando su mente era frágil y vulnerable; durante un sueño, tras un contacto indeseado, en un momento de depresión.

Pero ahora, cuando miraba esos ojos verdes… no era dolor lo que sentía.

Lovino se concentró. Una imagen fantasmagórica comenzaba a formarse en su mente. Un chico joven, alegre, sentado junto a él en un riachuelo. No recordaba su rostro, ni su pelo, ni siquiera su cuerpo. Su nombre había desaparecido de su mente. Sólo recordaba aquel sitio ante el oriachuelo, alegría – ah, lejana y dulce alegría – su voz llamándole, el tacto de sus amables manos.

Y esos ojos verde esmeralda que le quemaban.

¿Cuándo lo había olvidado? ¿Cuándo había olvidado que había habido luz en su vida?

Su espalda resbaló por la madera, y dejó que las sombras de su despacho lo envolvieran.

No, aún había luz en su vida. Después de todo, su hermano Feliciano estaba vivo y a salvo en aquel piso. Mientras no saliera de allí todo estaría bien; mientras no le ocurriera nada todo tendría sentido.

Lo que no podía imaginarse era que, en ese momento, Feliciano se escabullía por la puerta de su jaula cubriéndose el pelo con una pamela de ala ancha.

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Fin del capítulo 3

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¿Qué os ha parecido? Estoy mucho más contenta con este episodio ahora.

Mi Tumblr es lorammadness, por si queréis contactar conmigo : )

¡Nos vemos!

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RESPUESTAS A REVIEWS "ANÓNIMAS":

(A Anaki-chan, Professor Layton y anakasuita: Os respondo a las tres a la vez porque todas me pedís lo mismo. SÍ, EN EL PRÓXIMO EPISODIO HAY GERITA MONOSO ;D Y quiero esos Picarats ;A; No usé ninguna pistaaaaa ;_;)