¡Hola otra vez! ¡Y gracias por vuestras amables reviews!
Entre los exámenes de julio, que he estado todo el verano fuera (¡en Berlín y Mallorca!), y que he tenido un lío horrible yéndome de Erasmus (¡estoy estudiando en Birmingham!) y apenas me ha dado tiempo para encontrar inspiración, os he dejado un poco tirados este verano ^^; Lo siento mucho ;_; En fin, que espero que no os hayáis olvidado de mí, y aquí os dejo el comienzo de un episodio nuevo, cortito, pero, ¡eh! Algo es algo… Y contiene escena "sersi". Oh, y en el siguiente acto tendréis Gerita monoso y meloso, que lo sepáis. Y alguien me pidió Spamano monoso también. Apuntado, que lo sepas o3o
Por cierto, buscad en FF una autora llamada Tomato Mermaid y leed al menos una historia suya al azar. Lo mejor que haréis en todo el día, ¡os lo aseguro!
¡A leer se ha dicho!
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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.
(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)
BANDA DE LOS VARGAS
Lovino "Romano" Vargas, 22, Don, Sur de Italia/Sicilia
Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 32, Consigliere, Francia
Bella "Gatta Bianca", 27, Soldado, Bélgica
Antonio Fernández Carriedo, 25, Soldado, España
Vash "Leone" Zwingli, ¿?, Soldado, Suiza
Lili "Piccola" Zwingli, ¿?, Soldado-Enfermera, Liechtenstein
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BANDA DE IL RUSSO
"Il Russo", Don, Rusia
Matthew "Il Spettro" Williams, ¿?, Soldado, Canadá
Alfred F. Jones, 20, Asociado, América
Pareja de Soldados
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Capítulo 4.
ACTO 2. Plumas negras.
El joven italiano intentaba contener el corazón en el pecho mientras correteaba por las estrechas callejuelas del centro de Porto Esperanza. Paso a paso, la distancia que le separaba de su amado juguetero se reducía, y las ganas de verle aumentaban más y más, haciendo que sus labios temblaran de impaciencia, intentando ocultar al mundo una sonrisa delatora. Un pequeño golpe de viento amenazó con arrancar la pamela que cubría su pelo caoba, la cual se apresuró a aferrar firmemente entre sus finos dedos.
Después de tres días, al fin tenía la oportunidad de volver a verle, y no iba a esperar ni un segundo más; había estado soñando con el feliz rencuentro desde el momento en que tuvo que regresar a su solitaria jaula de ladrillo. Los dos días siguientes, su hermano había estado en la casa haciendo guardia, lo que le había impedido intentar realizar otra escapada. Feliciano había intentado ahogar con el piano el estruendo de los tiroteos y de los gritos aterrorizados que se filtraban entre las tiras de las persianas cuando Lovino las separaba para ver lo que ocurría en el exterior. A Feliciano se le había negado ese derecho, y no podía imaginarse siquiera el peligro que corría cuando, una vez su hermano tuvo que irse urgentemente por algún motivo que nunca le sería desvelado, decidió salir a buscar a su amado.
Era casi como si un aura de feliz ignorancia envolviera protectoramente a Feliciano. A su alrededor, la ciudad se extendía negra y muerta. En un par de ocasiones casi resbaló al pisar los casquillos de balas esparcidos sobre el adoquinado, pero siguió adelante sin vacilar, centrado en su objetivo. Si hubiera desviado la mirada, sólo por unos instantes, hubiera visto la sangre cruelmente salpicada en los muros, los destrozos en coches y ventanas, los restos calcinados de los disturbios de los últimos días; pero Feliciano no tenía tiempo para el mundo. Los tiroteos habían cesado, cierto; a costa de la vida de cientos de ciudadanos, y de otros cientos que, aterrorizados, habían decidido aislarse entre los muros de sus edificios para no perder la suya. Los que se atrevían a salir hacían distancias cortas, buscando refugio en viviendas de conocidos, sin cruzar miradas o palabras con extraños. A fin de cuentas, ¿quién podía asegurarles que bajo el abrigo de un supuesto inocente no se escondía un arma enemiga?
El inocente italiano se detuvo finalmente ante su destino. La juguetería brillaba con luz propia, colorida frente a la gris realidad de su alrededor. La pared exterior estaba cubierta por paneles de madera pintados de azul intenso sobre un friso con molduras simples pero elegantes. Junto al escaparate colgaba un macetero flotante del que caían unos geranios naranjas perfectamente cuidados, lo que indicaba el tacto y dedicación del dueño.
Pero lo que a Feliciano le había llamado más la atención en aquella primera – y, ¡ah!, deliciosa – visita había sido el escaparate. Y no precisamente por los maravillosos juguetes artesanales que se exponían en él, sino por la extraña elección de la ventana. Y es que, al ver a un hombre tan serio y grandote - ¡y alemán además!, se recordaba Feliciano a sí mismo, - uno pensaría que elegiría algo práctico; quizás un cristal grande y despejado, que dejara entrar la luz y ver la mercancía, pero que a su vez fuera grueso y resistente. Sin embargo, la ventana del escaparate que había elegido el juguetero estaba atravesada por numerosos montantes y travesaños de madera que dividían el cristal en cuadrados e impedían la visión clara del interior, y el cristal tenía aspecto frágil y quebradizo. Además, parecía recién instalada. A Feliciano le encantaba aquel escaparate – era bellísimo. Poco ortodoxo, pero quizás eso era lo que lo hacía más especial.
El italiano tomó aire y lo expulsó lentamente, intentando calmar sus nervios mientras su mano se dirigía al pomo de la puerta. Intentó girarlo, sin resultado; al parecer, la tienda estaba cerrada. Pero… ¡no podía ser! ¡No era fin de semana, y a esa hora las tiendas aún seguían abiertas! Feliciano llamó a la puerta. Dejó caer el peso de un pie a otro, esperando. Miró a través del escaparate a ver si se veía algún rastro de vida, pero sólo encontró un interior vacío y oscuro. Al parecer, Ludwig había salido.
Algo decepcionado, Feliciano se giró y comenzó a caminar de vuelta a casa lentamente, casi arrastrando los pies. Bueno… sólo quedaba volver otro día y esperar que el juguetero estuviera en la casa.
Con aire desilusionado y perezoso, alzó el brazo hacia el lado, rozando levemente con la punta de los dedos cada una de las tablas de la vaya que separaba el patio interior del bloque de pisos y la calle. Una parte de la vaya pareció ceder unos centímetros ante la presión, y Feliciano se detuvo para contemplarla: una puerta se recortaba sobre la madera, y parecía abierta. Quizás Ludwig sí que estuviera, pero no le había oído… Merecía la pena echar un vistazo. Con cuidado, el italiano se asomó al patio interior, escudriñándolo. Reconoció de inmediato la azul puerta del garaje de la juguetería, y su corazón dio un vuelco de alegría cuando se dio cuenta de que estaba abierta, y lo que es más, se oían pasos en el interior.
Abandonando toda cautela y enloquecido por el entusiasmo, Feliciano irrumpió en el patio correteando con una sonrisa de oreja a oreja.
"¡Ludwig! ¡Ludwig! ¡He vuelto~!"
En un par de brincos se detuvo frente al taller del juguetero.
Su sonrisa se convirtió en una mueca de terror.
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El americano se despertó tremendamente dolorido en una habitación desconocida. Su cabeza palpitaba; no recordaba lo que había pasado ni sabía dónde se encontraba, y le era imposible enfocar la mirada – todo a su alrededor eran manchas difusas que se oscurecían con cada punzada de dolor en su cabeza. Intentó moverse, pero algo parecía retenerle; grilletes, helados alrededor de sus muñecas y sus tobillos, que le ataban a la pared. La dura superficie sobre la que se sentaba era, sin duda, el hormigón que constituía el suelo de la habitación. El aire olía a humedad y a polvo. ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente? Le dolía todo el cuerpo…
"Vedo che sei sveglio ora."
La voz, de fuerte acento francés, provenía de algún punto ante él. El americano se esforzó por enfocar su mirada, ignorando el pálpito incesante de sus sienes y el dolor de sus muñecas, que habían estado aguantando su peso, colgando de los grilletes. Finalmente pudo distinguir lo que había ante él: un sótano lúgubre y vacío, salvo por una mesa justo en medio y un par de sillas. Lo más parecido a una ventana era un pequeño respiradero oxidado en la pared de su izquierda, con la tapa colgando de un solo tornillo. De pie delante de él, un tipo con pinta de francés creído le observaba atentamente. Tenía el pelo rubio, ojos azules, y una pequeña barbita que le pareció totalmente estúpida.
"Allora?"
"No hablo italiano, puto francés de mierda."
El desconocido rio calmadamente, y caminó hacia la puerta de metal del otro lado de la habitación. La abrió y comentó algo en italiano con un joven que estaba fuera; el otro hombre, mucho más joven, salió corriendo. Cerrando la puerta de nuevo, el francés tomó una de las sillas, la arrastró delante del americano y se sentó en ella. Con mirada y sonrisa serenas – e incluso amistosas, – se dirigió a él en un perfecto, aunque fuertemente acentuado, inglés.
"¿Tengo el placer de hablar con Alfred F. Jones, guardaespaldas del afamado francotirador 'Il Spettro'?"
"El mismo," respondió el americano, hinchando su pecho de orgullo con una sonrisa engreída en el rostro. "Vaya manera de tratar a los invitados; atándolos con grilletes a la pared. Creía que aquí la gente era más hospitalaria…"
"Ah, pero tú no eres nuestro invitado, sino nuestro prisionero." El francés cruzó las piernas, dejándose caer en el respaldo del asiento. "Y comprenderás que la única razón por la que estás con vida es que necesitamos cierta información."
Alfred se puso de rodillas, con esfuerzo, intentando disimular el dolor que le producía cada pequeño movimiento. En su mente ya volvían a formarse los recuerdos… La fuga en el coche, la pelea… Y luego nada. Pero un accidente o una paliza explicarían el dolor que le carcomía cada músculo. Así que le habían cogido… Y la razón era clara. Lanzó al francés una mirada desafiante. "Perdéis el tiempo. No os diré nada sobre Il Spettro."
El francés se reclinó hacia él, apoyando la barbilla sobre el dorso de las manos. "Saltar a un coche enemigo en plena persecución es algo muy temerario. ¿Por qué arriesgaste tu vida para protegerle? Tengo entendido que no perteneces a la banda de Il Russo, que ni siquiera estás de acuerdo con la existencia de la mafia. Proteger de ese modo a un francotirador de una banda parece fuera de lugar."
Los mafiosos eran todos detestables. Alfred los odiaba con cada fibra de su ser; eran asesinos que sólo perseguían el dinero, con reglas de honor absurdas y vacías que luego no respetaban. Odiarse; eso era lo único que hacían – fingían ayudar, cuando en realidad lo que querían era oprimir y exprimir a la población. Por ese motivo él nunca se había asociado con ninguna mafia, y nunca lo haría, ni en América ni en Italia. Pero Il Spettro… él era diferente.
"Cuido de la gente que me necesita."
"Esa es una cualidad loable," alabó el francés, "pero no creo que un asesino necesite una niñera."
La sonrisa de Alfred desapareció, notando cómo su sangre empezaba a hervir. "No le llames así."
El francés arqueó las cejas, visiblemente interesado en la reacción del americano. "Pero eso es lo que es: un asesino, un francotirador que mata con ánimo de lucro."
La cara de Alfred se descompuso en una mueca de verdadera furia. "¡CALLA! ¡TÚ NO LE CONOCES! ¡NO SABES NADA!"
Ese jodido francés no tenía ni idea… No sabía el sacrificio que estaban haciendo para salvar a toda esa gente, no sabía por lo que habían tenido que pasar… No sabía la cantidad de vidas que dependían de ellos.
En ese momento, se oyó la puerta del pasillo cerrarse pesadamente. El francés suspiró, mirando a Alfred como si fuera un niño desobediente que debiera ser castigado, lo que aumentó la rabia del americano.
"Mira, como soy una persona razonable, te daré una última oportunidad de decirme lo que quiero saber."
"¿Y si me niego?" Preguntó Alfred, encarándole.
"Si te niegas," continuó el francés tranquilamente, "Romano vendrá personalmente a hacerse cargo de la situación."
Los ojos de Alfred se abrieron como platos. Romano… ¡Romano! ¡El Don de la banda de los Vargas! El nombre de aquella familia aún se hacía eco, aunque el cabeza de familia más importante, el Don Roma, había sido asesinado hacía ya dos años, según había entendido; la manera obsesiva con la que Il Russo buscaba a sus descendientes ayudaba a mantener viva su imagen… Si se filtraba que Romano, su hijo, se encontraba allí mismo, en Porto Speranza, Il Russo se apresuraría a movilizar a toda su banda para exterminar lo que quedaba de la familia. Y aun así… Romano no parecía ser ninguna amenaza; no podía imaginarse por qué Il Russo quería ver muerto a alguien que sólo se escondía como una cucaracha, atacando cobardemente, evitando el enfrentamiento directo.
"Que venga. No le tengo miedo."
Como si fuera una respuesta a su reto, la puerta de metal se abrió con un chirrido agudo, y un italiano de facciones duras y mirada gélida entró a la habitación. Alfred le reconoció como el conductor del coche que les perseguía – había tenido oportunidad de observar su rostro muy de cerca…
"Como prefieras," murmuró el francés. Poniéndose en pie, se alejó para quedar a un segundo plano, observando la escena con cautela. Romano se aproximó tranquilamente pero con aire autoritario, y paró justo delante del americano. Su mano derecha estaba posada sobre una Colt semiescondida por la chaqueta de su traje.
"¿Dónde está Il Spettro?"
Alfred examinó al italiano, y pegó un bufido burlón. ¿En serio? ¿Ese era el Don de los Vargas? ¿El hijo del famoso Roma, respetado en todo el Sur de Italia? ¡Pero si apenas era mayor que él, por amor de Dios! "Tú debes ser el famoso Romano al que tanto odia Il Russo. Se dice que mataste a su hermana; ¿es eso cierto?"
"¿Dónde está Il Spettro?" repitió el italiano a modo de respuesta.
"Y ahora, para vengarse, Il Russo pide la sangre de tu hermano en su lugar," le ignoró el americano, añadiendo con una sonrisa teñida de crueldad; "Dime, ¿mereció la pena? ¿Cómo se siente el condenar a tu hermano a muerte?"
Romano le asestó una potente patada en la mandíbula, que le hizo chocar violentamente contra la pared, y con un fuerte golpe de la culata de su pistola, dejó a Alfred aturdido, sentado en el suelo. Agachado ante él, Romano tiró de los pelos del dolorido americano, alzando su rostro, y apuntó el negro cañón del arma a su frente. "¡Basta ya de idioteces!" dijo alzando la voz con rabia, "¡¿DÓNDE ESTÁ IL SPETTRO?!"
"¡NUNCA TE LO DIRÉ, SUCIO ASESINO!"
Romano apretó el gatillo, y una explosión hizo retumbar la cabeza del americano. Un dolor insoportable le atravesó, nublando su vista, y un zumbido agudo convirtió el resto del mundo en un torbellino de sonidos y colores indescifrables.
Francis se levantó de la silla, horrorizado.
"¡Romano! ¡¿Qué has hecho?!"
El italiano se puso de pie, se giró, y con un pañuelo que sacó del bolsillo, comenzó a limpiar la sangre del cañón de su arma. "Sólo fue un rasguño. Sobrevivirá." Caminó hacia la puerta y, con tranquilidad, le dijo al soldado que la vigilaba que fuera a buscar a la enfermera.
Francis se acercó al prisionero, que, casi inconsciente, dejaba caer débilmente gritos roncos de dolor. La bala le había reventado la oreja, dejando su cara y la pared salpicadas de sangre y pedazos de carne chamuscada. El líquido tibio se derramaba a borbotones de su herida, bañando su cuello y su camisa. Sus gafas, destrozadas, apenas colgaban de su oreja derecha, ya inservibles.
"Asso, ¿vienes?"
"… Sí."
El francés salió de la habitación tras Lovino, y comenzaron a recorrer el pasillo que llevaba a las escaleras del sótano. Su sobrino estaba tan callado que no pudo evitar temer de nuevo por él; Lovino no mataba o hería a nadie si no era por defensa propia, pero aquella vez había hecho el trabajo sucio con sus propias manos. Estaba claro que le ocurría algo, y lo que menos necesitaba la banda en ese momento tan crítico era una recaída de su Don, algo que no había ocurrido desde hacía dos años, aquel fatídico día en el que todo se había torcido… Mientras subían las escaleras, la puerta de salida se abrió, y comenzaron a descender a toda prisa el joven soldado centinela, acompañado por la enfermera.
"Romano…."
"No le des comida al prisionero hasta que decida confesar."
Una vez arriba, se dirigieron hacia la habitación subterránea que hacía de salón. Romano la cruzó hasta llegar a la puerta de su despacho, y sacó la llave que guardaba en su bolsillo.
"Romano."
Ignorándolo, el italiano abrió la puerta y la cruzó. Francis aceleró el paso, impidiendo con una mano que cerrara la puerta tras de sí.
"Lovino."
El italiano reaccionó finalmente, deteniéndose al instante.
"Asso. Sabes que no debes decir mi nombre en la base. Alguien podría oírte."
Francis ignoró sus palabras, alzando un poco su voz. "Lovino, ¿qué ha sido todo eso?"
"Tenía que hacerlo. No puedo dejar que se burlen de mí, debo mantener la credibilidad de la banda. Y se lo merecía." Su voz sonaba ronca, rasgando su garganta. "Se lo merecía, por hablar de ese modo de mí y de mi hermano–"
"¡Te estaba provocando, y has caído de lleno! ¡Tú no eres así!" Francis suspiró, y posó su mano en el hombro de Lovino confortadoramente. "¿Qué te ocurr–?"
Al contacto, el italiano apartó el hombro bruscamente, encarándole; su expresión era furiosa, aunque su voz tembló al alzarse. "ESTOY BIEN, ¿VALE?" Ante la mirada preocupada de su tío, se pasó la mano por el pelo y respiró hondo, intentando calmarse; su pulso se había acelerado por el contacto, y un sudor frío contrastaba con la sensación de quemazón que la mano del francés había dejado en su hombro. "Lo siento," suspiró, "estoy algo nervioso últimamente."
Francis sonrió. "No, soy yo el que lo siento. No debería haberte tocado en un momento tan tenso." Hizo un gesto con la cabeza, señalando el interior del despacho. "Vamos dentro y se lo cuentas todo a tu tío, ¿vale?"
Lovino miró a su alrededor, miró a Francis, se masajeó el ceño y volvió a suspirar. Finalmente, accedió y entró en su despacho, que también hacía de dormitorio. Las paredes estaban pintadas de un marrón neutro, salpicadas de manchas de húmedas en las esquinas, apenas cubiertas por un armario y una estantería de cedro. Un escritorio estilo inglés del mismo material se situaba entre ambos muebles, al fondo de la habitación, soportando apenas un reloj de mesa, un lapicero con un par de estilográficas, y un cuaderno lleno de anotaciones cuidadamente escritas. Una alfombra de color rojo apagado con un patrón de hilo dorado cubría el suelo de la habitación, y sobre ella, justo delante de la puerta, estaba su cama, de sábanas de seda blancas y cubierta por un edredón de plumas verde, fácilmente el mueble más lujoso de la habitación. Y, sobre ella, colgando de la pared, un crucifijo antiguo pero bien cuidado presidía la escena, dando una imagen sobria e imponente.
Francis se adelantó y se sentó en la cama. Lovino tomó asiento a su lado. "No duermo muy bien últimamente. Las pesadillas han vuelto."
El francés cruzó las piernas sobre la mesa. "¿Pesadillas? ¿De qué tipo?"
"Son… Hacía años que no tenía pesadillas así." Lovino titubeó. No estaba seguro de si quería comentar aquello. "Más que pesadillas, son recuerdos vagos que vienen a mi mente… Creo que son escenas de aquel día."
Francis arqueó las cejas, sorprendido, y algo preocupado. Su sobrino nunca hablaba de aquel día, ni siquiera lo mencionaba – en parte porque nunca había sido capaz de desbloquear sus recuerdos reprimidos. Que estuviera teniendo esas pesadillas significaba que el bloqueo se debilitaba, y no sabía si eso era bueno para el chico. ¿Qué había provocado que esos recuerdos volvieran? "… ¿Quieres hablar de ello?"
"Prefiero… Prefiero olvidar, sinceramente. Además, son escenas tan vagas que apenas las recuerdo al despertar."
"Está bien, como quieras." Francis se acomodó, observando a su sobrino, que miraba fijamente al suelo con el ceño fruncido, y se masajeaba los nudillos nerviosamente. "¿Hay… algo más que te preocupe, Lovino?"
El italiano se mordió ligeramente el labio y cerró los ojos.
"El nuevo. Hay algo en él que… no me gusta."
"Explícate."
"No lo sé… Me pone de los nervios."
"Pero hasta ahora sólo ha sido amable contigo."
"Lo sé," suspiró el italiano, "pero aun así, me preocupa… Me hace sentir muy–"
La puerta del salón se abrió, interrumpiéndole, y por ella entraron la Gatta y Antonio, charlando animadamente. Cuando pasaron ante la puerta del despacho, pudieron ver cómo el español acariciaba a la gatita blanca de su compañera, antes de devolvérsela. Francis pudo observar cómo Lovino se tensaba, mirando fijamente al chico nuevo. Éste pareció percatarse de su mirada, porque sonrió ampliamente y agitó la mano en un saludo entusiasta. Lovino desvió la mirada con desaire, aunque eso no impidió que el español se despidiera de la Gatta y se acercara a ellos, quedándose apoyado en el marco de la puerta del despacho.
"¡Buenos días, Don! ¿Qué tal la cosa? ¿Habló el prisionero?"
"Eso es información confidencial, bastardo."
"¡Oh, vamos, que ya soy de la banda…! Ah, hola, Asso~ ¿Aún está en pie lo de esta noche?"
Francis asintió con una sonrisa, y Lovino bufó, irritado por la interrupción.
"Sólo eres un soldado, no pienses que vas a saber todo lo que ocurre aquí. ¿Quieres algo, o sólo has venido a interrumpir?"
Antonio pareció recordar algo, y golpeó la palma de su mano con el puño, sus labios formando una 'O' y sus ojos abiertos de par en par. "¡Oh, sí, quería enseñarle algo, Don!" Titubeó un poco. "… ¿Puedo entrar?"
Lovino puso los ojos en blanco, y finalmente hizo una señal para que entrara. "Que sea rápido, no tengo todo el día."
"Sí, enseguida~"
Ante la mirada incrédula de Lovino, Antonio comenzó a desabrocharse la camisa con aire distraído. Francis observó, curioso, como cada botón que desabrochaba hacía que el ceño fruncido de Lovino se transformase en una mueca de pudor y desconcierto, hasta que reaccionó poniéndose de pie de un salto justo cuando el español se disponía a quitarse la camisa desabrochada. "¡¿Pero qué haces, bastardo?! ¡No quiero verte desnudo, joder!"
Antonio parpadeó, desconcertado. "No iba a desnudarme… sólo quería enseñarle el tatuaje que había elegido, Gatta me dijo que debía verlo…"
Lovino abrió mucho los ojos, aturdido. "Oh…"
Tras unos segundos inmóviles, Antonio sonrió amablemente, uniendo su mirada afectuosa con la azorada del italiano, que quedó atrapada e indefensa de nuevo. "Entonces, ¿puedo enteñárselo, Don?"
Lovino tragó saliva, sin poder dejar de mirarle, sintiendo su interior cosquillear repentinamente de excitación y ansiedad. "S-Sí…"
"Pues, si me permite…"
"¿Eh…?" Lovino miró hacia abajo, y se dio cuenta para su horror de que había cogido las manos del español para que no abriera su camisa, y aún seguía sujetándolas. La sangre subió a sus mejillas de golpe, embotándole la cabeza con una mezcla caótica de confusión, azoramiento y desasosiego, y apartó las manos rápidamente, con el corazón palpitando en sus oídos. "¡Ah, yo…!" Por el rabillo del ojo, pudo ver a Francis salir de la habitación, con la puerta ya entrecerrada. "¡Eh…! ¡¿Dónde vas tú?!"
Francis le dirigió una sonrisa divertida. "Oh, no se preocupe, Don, no quiero molestar~ Siga usted con los asuntos oficiales~" Acto seguido cerró la puerta con una risilla disimulada.
"Cabrón…" murmuró el italiano, mordiéndose el labio - pero que el español se quitara la camiseta a su lado le hizo olvidar a Francis rápidamente, y entreabrir los labios con estupor ante las vistas. De nuevo, se encontraban los dos solos en un dormitorio; de nuevo el tostado cuerpo del español se descubría ante él, e imágenes de hacía noches volvían a nublar su mente de deseo; casi podía sentir de nuevo el roce de su piel, ligeramente húmeda por el sudor, mientras se deslizaba rítmicamente sobre él… Ahogando un jadeo, volvió a la realidad, notando cómo su vientre comenzaba a calentarse alarmantemente. Antonio acababa de arrojar la camisa a la cama, y ahora concentraba su atención en el italiano.
"Vale, lo enseño. Mi ave favorita."
Lovino asintió – ¿qué más podía hacer? –, y el español le dio la espalda para mostrarle su marca.
Un ala de tinta negra se extendía desde su omóplato, cruzando la parte izquierda de su espalda, para acabar en el nacimiento de su muslo. Lovino no pudo hacer más que mirar la brillante tinta, ligeramente violácea a la luz, y la piel aún enrojecida a su alrededor.
Un ala de cuervo.
Antonio se giró de nuevo, volviendo a clavar sus ojos verdes en él, y Lovino se sintió ligeramente mareado. De todas las aves del mundo…
"¿Y a ti? ¿Qué ave te gusta?"
"El cuervo."
La atmósfera se había enrarecido, cargada de tensión. Ambos lo sintieron, Lovino lo supo de inmediato cuando el español comenzó a examinarle atentamente. Un escalofrío recorrió el cuerpo del italiano, secando su garganta, y tuvo que sentarse en la cama para intentar recuperarse del shock, sin apartar la mirada de su acompañante.
"Entonces, ¿qué le parece?" Preguntó Antonio en tono jovial, aún estudiándole atentamente.
"¿Los cuervos…?"
"Sí. De lejos son feos y negros, pero si te tomas la molestia de acercarte lo suficiente se convierten en el ave más bella del mundo."
La mente de Lovino estaba extenuada; el chico de ojos verdes, el río…
"Lovi, te quiero."
La voz escapó de sus labios, apenas en un susurro lastimero.
"¿Por qué…? ¿Por qué un cuervo?"
La sonrisa del español se volvió amplia y divertida. "Buena pregunta~" Se acercó, paso a paso, hasta estar frente al italiano, y se inclinó sobre él, apoyándose en el colchón, dejando sus labios a pocos centímetros de su oreja.
"Porque los cuervos te sacan los ojos cuando menos te lo esperas," susurró, haciendo que Lovino se estremeciera con una mezcla de inquietud por sus palabras, y placer por la bocanada de aire caliente que había humedecido su piel. Posando la mano en el interior del muslo del italiano, la deslizó a la altura de su ingle, acariciando con lentitud mientras la punta de su lengua rozaba su lóbulo ligeramente, dejando un rastro ardiente que le robó la respiración.
Se separó lentamente, dejando a Lovino aturdido, jadeando acaloradamente, y con una sonrisa aviesa y una mirada igualmente siniestra, salió de la habitación con la camisa al hombro, las amenazantes plumas negras pareciendo mecerse con el movimiento de su musculatura cuando cerró la puerta.
Sintiéndose febril, Lovino se inclinó sobre sus piernas, abrazándose a sí mismo. Asqueado por la hinchazón que comenzaba a formarse en sus pantalones, ardiente de deseo por el español, de contacto prohibido, sintió con fuerza el crucifijo a su espalda, abrasando las profundas cicatrices que laceraban su piel.
Una lágrima confusa y desesperada resbaló por su mejilla, mientras su mano bajaba, temblorosa e imparable, para aliviar su impuro deseo.
Desviado… Bastardo… Pecador.
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D: Feli D: Lovi D: D: D:
Os echaba de menos a todos :) Ya he vuelto~
¡Hasta pronto!
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RESPUESTAS A REVIEWS "ANÓNIMAS":
(A Anaki-chan, Professor Layton y anakasuita: ¡Pero qué adorables que sois! xD Me pregunto si aún seguís por aquí después de tanto tiempo… Espero que sí, porque me alegrabais el día con vuestros divertidos comentarios~ )
(A ElPoderoso: Muchísimas gracias por tu comentario, me alegra que te guste tanto mi historia ^^ ¡Ya estoy de vuelta!)
