¡Hola otra vez! ¡Y gracias por vuestras amables reviews!
Ahí va, ¿hay gente que aún me recuerda, tras este largo hiato? En fin, para los que aún siguen aquí, haré un resumen poco importante de mi falta de actualizaciones: Erasmus en RU, un curso de traducción muy exigente y una necesidad imperiosa de rehacer y planear el resto del fic para mejorarlo, seguido de una típica falta de motivación por "no ser lo suficientemente buena para que lean mi bazofia, buaa". Pero aquí estoy de nuevo, y tras inspirarme leyendo Cien años de soledad (bendito García Márquez), he reunido fuerzas para seguir escribiendo.
Este capítulo está dedicado a Ludwig y su familia.
Esta vez haré una especie de respuesta gigante a todos mis reviewers (o críticos, como se dice en cristiano) al final del capítulo.
¡A leer se ha dicho!
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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.
(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)
BANDA DE IL RUSSO
"Il Russo", Don, Rusia
Sadik "Il Turco" Adnan, 34, Caporégime Turquía
Gilbert "Red Eye" Beilschmidt, 26, Soldado Prusia
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PERSONAJES NEUTROS
Ludwig Beilschmidt, 21 Alemania
Elizabeta Héderváry, 27 Hungría
Roderich Edelstein, 31, gobernador de Porto Speranza Austria
Feliciano "Veneziano" Vargas, 18 (5 en el recuerdo) Norte de Italia
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Capítulo 4.
ACTO 2. Infierno.
Ludwig Beilschmidt siempre había sido un hombre de pocas palabras, sesudo y con nervios de acero, cualidades que le habían salvado de meterse en muchos líos desde que era pequeño y vivía con sus padres y su hermanastro en aquel pueblo remoto, cerca de la frontera de Alemania. En eso se diferenciaba enormemente de Gilbert, que había sido desde siempre un muchacho apasionado, impetuoso e inconsciente. Cuando sus respectivos padres decidieron que era hora de vivir juntos, temieron que las personalidades opuestas de sus hijos hicieran difícil la convivencia, así que pactaron que si eso sucedía, no dudarían en separarse y seguir cada uno con su vida.
Sin embargo, eso no fue necesario; de algún modo, las personalidades de los muchachos se complementaban de tal manera, que no sólo se hicieron amigos, sino que en poco tiempo surgió entre ellos un lazo de complicidad, confianza y afecto tal que era imposible imaginar que alguna vez pudieran haber vivido el uno sin el otro. Eran una sinopsis perfecta, donde Ludwig aportaba la serenidad, el raciocinio y el equilibrio emocional, y Gilbert a cambio le ayudaba a salir de su timidez y le ofrecía un punto de atrevimiento, valentía y un sentido de la aventura y el descubrimiento que sacaría al hermano de su cascarón de timidez para que saboreara plenamente la vida. Ni siquiera Elizabeta, amiga de la infancia de Gilbert que más tarde se convertiría en su novia, había roto su unión, y en multitud de ocasiones había bromeado, planteándole a Gilbert que algún día la dejaría para casarse con su hermanastro. Gilbert, por su parte, le aseguraba que lo haría, porque hasta él tenía más pechos que ella. Por supuesto, aquello terminaba siempre en desastre, y en una mella nueva en la sartén de la indignada húngara.
El estallido de la guerra no pilló a nadie por sorpresa: ya llevaban años de tensiones internacionales, y la fuerte propaganda militar había llegado incluso a su pueblecito pacífico, que era considerado más un asentamiento de la frontera, donde había que ir a recoger el correo al pueblo vecino, y en el que sus habitantes ni siquiera figuraban en el censo. El padre de Gilbert, que siempre había tenido un gran sentido del honor y la patria, tuvo que ir personalmente a incluir a su familia en el censo para poder alistarse al ejército aún a su avanzada edad. Tres meses después desapareció en el campo de batalla y no volvieron a saber de él.
La noche en la que Gilbert fue llamado a filas, un cuervo negro entró por la ventana y, agonizante, cayó muerto ante él justo cuando terminó de leer la misiva de guerra. Tras tan mal presagio, la casa se sumió en una atmósfera agobiante de irrealidad y tristeza. Gilbert intentó animar a su madrastra y su hermanastro, diciéndoles que para él era un honor servir a la patria, y si tenía que morir protegiéndoles, como su padre, estaría orgulloso de hacerlo. Pero era difícil convencerlos, sobre todo cuando él mismo temblaba como una hoja cuando pensaba que tendría que apretar el gatillo contra otro ser humano.
Durante los siguientes días, cada uno se centró en sus propios asuntos, creando un angustiante vacío de comunicación que más tarde lamentarían. Gilbert intentaba salir de casa todo lo posible, intentando librarse de la atmósfera envenenada por el miedo, y cuando no estaba con Eliza, se dedicaba a practicar el tiro con la escopeta de caza de su padre. Ludwig lidió con el estrés de la única manera que sabía: concentrándose sobre la mesa de trabajo. Su padrastro, juguetero de profesión, le había enseñado los gajes del oficio antes de morir en filas; pero a Ludwig lo que más le fascinaba era la mejora de artefactos de todo tipo. Había mejorado la antena de la radio, había hecho ajustes al reloj para que sonara la melodía favorita de su madre cada hora, incluso había plasmado en un plano un rediseño de una de las escopetas de caza que poseían, añadiéndole un cargador con espacio para seis cartuchos. Su padre había encontrado esta última mejora sumamente interesante y útil, y además de ayudarle a hacer realidad su proyecto, le había animado a seguir investigando y mejorando armas, y le proporcionó libros y materiales que encargaba especialmente por correo, alimentando la que sería su futura profesión.
Ninguno de los dos advirtió las salidas clandestinas de su madre durante esos días, hasta que ambos hermanos coincidieron en la cocina a la hora de la cena, encontrando una mesa vacía y la casa desierta a excepción de ellos. Se sentaron a esperar, en silencio, una hora, dos, sin moverse, permitiéndose sólo intercambiar miradas de preocupación. Gilbert había perdido ya la paciencia y se disponía a salir a buscar a su madre, cuando la puerta se abrió y esta entró cubierta en su capa de viaje y con la mirada triunfal. Había conseguido contactar con su familia y algunos buenos amigos de su marido en el ejército, y tenían un plan para huir y tres billetes para una embarcación a un pequeño pueblo en Sicilia, donde se rumoreaba que nunca llegaba la policía y el ejército, por lo que no podrían acusarles de deserción. Gilbert vio el plan como una salvación, y no opuso resistencia, aún a sabiendas de que si escapaba, nunca más podría volver. Todo el plan estaba trazado minuciosamente, y aunque sabían que necesitarían la suerte de su parte para tener éxito, estaban convencidos de que merecía la pena intentarlo y morir siendo libres que perecer bajo fuego enemigo.
Pero algo salió mal: la noche anterior a su partida, cuando Eliza, Gilbert y Ludwig volvían a casa tras pasar la tarde en el bosque para despedirse, encontraron el pueblo invadido de tropas de soldados enemigos irrumpiendo en las casas, liquidando a disparos a todo aquel que se encontraban, y reduciéndolas a cenizas tras saquearlas. El instinto de supervivencia fue más fuerte que el shock y la desesperación, y los tres iniciaron una huida frenética y constante por el bosque, sin volver la vista atrás, cargados sólo con un par de escopetas, algo de pan sobrante de la merienda, y los tres billetes de barco, que Ludwig llevaba siempre consigo.
El viaje fue duro y penoso, aun ayudados por algunos familiares y amigos, y cuando al fin llegaron a su destino, Porto Speranza distaba mucho de ser aquel paraíso de paz que les habían prometido.
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Años más tarde, Ludwig volvía a su juguetería, preguntándose dónde se habría metido su hermano. Hacía tiempo que no sabía nada de él, y aunque sabía que podía cuidar de sí mismo, no podía evitar sentir angustia por su repentina desaparición, sobre todo cuando reinaba el caos en la ciudad. A fin de cuentas, sólo se tenían el uno al otro, y era ese lazo que los unía lo único que les quedaba de su pasado, ahora que Eliza había decidido dejar el sufrimiento atrás y seguir su vida de manera más digna. Por una parte, le daba rabia que se hubiera ido y hubiera dejado a su hermano tan desolado; por otra, no la culpaba de querer deshacerse del dolor y comenzar de nuevo, lejos de la violencia a la que finalmente se habían visto forzados. Después de todo, ella era la única que podía escapar de aquel lugar de mala muerte sin que la apresaran por deserción, y bajo el amparo de un político como Roderich estaría a salvo.
Justo al llegar a la calle donde residía, antes de doblar la esquina, unos gritos le devolvieron a la realidad.
"¡No! ¡Soltadme! ¡Ngh!"
"¡Cogedla! ¡Se escapa!"
Alertado, Ludwig pegó la espalda a la pared de ladrillo y escuchó atentamente, sin intentar intervenir para salvar a quienquiera que fuese. No le convenía meterse en problemas; no como estaba la situación en ese momento ―mantenerse con vida era ya suficientemente difícil como para arriesgarla por una desconocida. El alemán apretó los puños, sintiéndose impotente. Fuera quien fuera, muy a su pesar, tendría que apañárselas sola…
El ruido de pasos de varias personas que corrían hacia su posición se apagó de repente, para dar paso a gruñidos y grititos desesperados.
"¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡LUDWIG!"
Al juguetero se le paró el corazón cuando reconoció la fina voz de Feliciano.
"¡¿Qué hacías espiando, eh, niña?!"
Rápidamente giró la esquina, para ver al italiano forcejear con quienes reconoció como miembros de la banda de Il Russo, que le agarraban por las muñecas y la cintura. Si no los paraba, lo matarían, no había duda.
"¡DEJADLA!" gritó sin pensar, sufriendo al contemplar el terror en el rostro de Feliciano.
Los matones se giraron hacia el alemán, y Feliciano aprovechó su descuido para escabullirse y correr hacia él, abrazándole. "¡Ludwig, Ludwig!" El alemán le devolvió el abrazo instintivamente, con la mirada fija en los dos hombres, que les examinaban con desconfianza. Uno de ellos - el de mayor rango, reconoció el alemán - se adelantó un poco.
"¿La conoces, Ludwig?"
"Por supuesto."
"¿Y qué hacía en tu garaje?"
Intuyendo el peligro, el cuerpo del alemán se tensó un poco. Feliciano temblaba ligeramente entre sus brazos, aún en shock, y Ludwig sabía que una palabra en falso sería suficiente para que se lo llevaran, sin que él pudiera hacer nada. ¿Qué hacía en su garaje? Había ido a verle, sin duda… justo en el momento y en el lugar donde le habían citado aquellos mafiosos para darle un mensaje importante. Ya era muy mala suerte… ¿Y qué les diría? Sabían que no tenía más familia que su hermano Gilbert, así que no podía decir que era su hermana… Y las amistades de nula influencia no eran de confianza…
"Es mi novia." Sintió cómo el italiano soltaba un jadeo de sorpresa, pero evitó apartar la mirada del interrogador. "Nos habíamos citado en mi casa hoy, y se me olvidó decirle que tenía visita."
Los matones se miraron entre sí unos instantes. No sólo la familia era importante para las mafias, sino también las esposas, y que creyeran que Feliciano era su novia le daba cierta inmunidad, al menos por el momento. Ludwig se irguió en toda su corpulencia, lo que impuso un poco de respeto entre los mafiosos.
"Será mejor que la escolte hasta casa; las calles no son muy seguras. Luego podremos hablar."
Tras aceptar el acuerdo, se encontraron caminando calle arriba, Ludwig y Feliciano uno al lado del otro, y los dos mafiosos siguiéndoles, algo apartados, pero vigilando cada uno de sus gestos. El alemán era consciente de ello; no se fiaban de esa "chica" que parecía haber salido de la nada, y la tensión se palpaba en el ambiente. El único que parecía relajado era Feliciano, que paseaba felizmente a su lado con una gran sonrisa. Las gafas de sol se habían caído durante el forcejeo, y sus ojos dorados brillaban.
Con todo lo que estaba ocurriendo, Ludwig se había temido que no iba a volver a verlo. Que a lo peor, habría sido uno de los centenares de ciudadanos acribillados a balazos esos últimos días. Y no sólo había temido por él… también por su hermano, del que hacía ya tiempo que no sabía nada. Confiaba en que sabía cuidarse solo, pero aun así…
"Ludwig, ¿qué tal el trabajo hoy?"
La pregunta del italiano le pilló por sorpresa. Sobre todo, porque la había dicho en un tono de voz tan alto como para que se enterara toda la calle.
"¿Eh?"
"Digo, que si has hecho algún juguete nuevo."
Feliciano le miraba significativamente. Ludwig comprendió que el italiano era inocente, pero no tonto, y se había percatado de la desconfianza de sus escoltas. Decidió seguirle el juego.
"Sí. Terminé de pintar uno esta misma mañana. Te lo enseñaré cuando se seque."
"Es una pena que no me dejes verte trabajar… Me gustaría tanto~"
Ah. Conque ahí es donde quería ir a parar.
"Sabes que no me gusta que vean mis juguetes sin terminar. La verdad, no me esperaba lo que acaba de pasar; sabes que no debes entrar al taller."
"Ay, es que vi la puerta abierta, y creí que lo habías hecho a propósito… Lo siento, no lo haré más." Feliciano se aferró al brazo de Ludwig, dejando caer la cabeza en él. El alemán se sobresaltó un poco ante su proximidad, pero mantuvo la compostura.
"No te preocupes."
El pequeño teatrillo debió funcionar para levantar un poco las sospechas, porque pronto los matones se relajaron y comenzaron a charlar por lo bajito. Ludwig se relajó un poco, y miró al italiano, que parecía extremadamente feliz. Demasiado feliz, para haber estado a punto de morir.
"Feliciano," dijo bajito, casi en un susurro, "no deberías salir de casa solo. Es peligroso ahora."
El italiano le miró, aferrándose un poco más a su brazo. "Pero, te prometí que volvería a verte… por eso he vuelto. Y sabía que me salvarías si me pasaba algo~"
Ludwig arqueó una ceja, extrañado. "¿Cómo sabías eso?"
Feliciano esbozó una sonrisa, desviando la mirada, nervioso. "Porque los héroes siempre acuden a la llamada de su amada."
Su primera reacción fue creer que era una broma. Pero Feliciano le lanzaba unas miradas tan tímidas, y sus mejillas se habían sonrojado tanto, que Ludwig comprendió que se había tomado la mentira de que era su novia como una declaración. Aun así, no dijo nada para sacarle de su error; no era el momento, y él mismo se sentía algo confuso. Desde que conoció al italiano, no había podido sacarlo de su mente, y se sorprendía a cada momento recordando su fina voz, su piel de porcelana, la belleza de cada uno de sus gestos; le resultaba extraño y confuso pensar de esa manera de un hombre, pero de algún modo, sentía que todo encajaba, que todo aquello tenía sentido, que de algún modo les había unido el destino… Puso una mano sobre la del italiano, afirmando su agarre. No se veía capaz de romper las ilusiones de algo tan bello y puro, hasta que no estuviera seguro de lo que él mismo sentía.
Feliciano se acurrucó un poco más en el brazo del juguetero, eufórico. ¡Todo estaba funcionando, justo como en las novelas! El príncipe que acudía en la ayuda de la dama en apuros, y luego se enamoraba y la tomaba como esposa… bueno, casi. Quizás eso sólo funcionara para príncipes, y los jugueteros se tenían que conformar con tener una novia. Todo se andaría. Sólo que Feliciano había esperado ser el novio, no la novia… Pero bueno, era él el que llevaba el vestido a fin de cuentas.
Pronto, Feliciano se dio cuenta de que se acercaban peligrosamente a su casa, y no convenía que los mafiosos que les acompañaban supieran dónde vivía. Se paró, deteniendo al alemán.
"Ludwig, ya puedo ir yo solo."
"¿Estás seguro? Debería acompañarte hasta la puerta…"
"No, no, estoy bien." La preocupación del juguetero hacía que su corazón diera saltitos de entusiasmo. "Está cerca… puedo ir solo."
Ludwig le abrazó inesperadamente, y Feliciano se encontró cubierto por sus fuertes brazos, que abarcaban por completo su delgado torso. Abrumado por la repentina – ¡y atrevida, a su parecer! – muestra de afecto, enterró su rostro en el pecho del alemán y aferró su camisa con las manos, sintiendo su corazón latir desbocado.
Pero el motivo del abrazo no había sido precisamente amoroso. Los matones se habían acercado ya peligrosamente, y hablar en voz alta no era seguro, así que la única manera de hablar con Feliciano sin que le oyeran era susurrarle al oído, lo que podía resultar muy sospechoso. Con la excusa del abrazo, Ludwig podía hablarle sin levantar sospecha.
Aunque… la sensación de proteger algo tan hermoso y delicado hizo que un hormigueo le recorriera el cuerpo.
"Feliciano," susurró, hundiendo un poco su boca en su pelo, para disimular el movimiento de sus labios, "escúchame bien."
El italiano, echo un manojo de nervios, no pudo mas que asentir, deseando poder quedarse entre sus brazos para siempre.
"Quiero verte de nuevo. Pero es peligroso que vengas a la juguetería, así que tenemos que buscar otro sitio para encontrarnos."
Feliciano se quedó pensativo por unos instantes. "El banco donde nos conocimos. Espérame allí cuando quieras verme; si puedo salir, te haré una señal."
"De acuerdo." No sabía a qué señal se refería, pero el abrazo estaba ya durando demasiado, y sus acompañantes empezaban a impacientarse. Ya lo averiguaría en su momento. Para disgusto de ambos, Ludwig dio fin al abrazo, separándose.
"¿Vendrás a verme pronto?" preguntó el italiano en un ruego.
El juguetero cogió sus manos, que aún seguían posadas en su pecho, y las estrechó entre las suyas, enternecido. "Sí. Te lo prometo."
La cara de Feliciano se iluminó, y se puso de puntillas, balanceándose un poco para intentar alcanzarle, pero la diferencia de altura era demasiado grande, así que acabó rindiéndose con un quejido lastimero. Ludwig no pudo evitar sonreír, y se inclinó un poco hacia el italiano, igualando sus alturas y besando su mejilla. Feliciano, nervioso como un pajarillo, le devolvió el beso, y pronto se encontró correteando hacia casa, despidiéndose del alemán agitando la mano en la distancia.
Ludwig le devolvió un saludo breve, conteniendo la emoción en su pecho. Pero no tuvo mucho tiempo para asimilar sus sentimientos, porque de pronto recordó a qué había venido.
Se volvió, encarando a los dos mafiosos con semblante serio. "¿Y bien?"
"Il Turco desea verte."
Les miró, incrédulo. Él ni siquiera pertenecía a la banda de Il Russo. ¿Por qué querría Il Turco hablar con él?
"Es sobre Red Eye. Tu hermano."
El terror más frío recorrió su espalda.
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"Hemos llegado."
Soltaron las esposas que apretaban sus muñecas, y Ludwig fue libre al fin de la venda que había cubierto sus ojos durante todo el trayecto. Masajeando la piel dolorida por el acero, echó un ligero vistazo alrededor. Se encontraba en un vestíbulo de pequeñas dimensiones, sin ventanas, iluminado sólo por una lámpara de neón vieja que emitía un ligero parpadeo mareante. Ante él, una puerta metálica y un guardia; tras él, los dos gánsteres que le habían llevado hasta allí, apuntándole con sendos revólveres. El mensaje era claro: un movimiento en falso, y no dudarían en pintar las paredes de carmesí.
"Levanta las manos."
Siguió la orden y el guardia lo cacheó exhaustivamente. No falló en encontrar la pistola que escondía en el interior del abrigo, por supuesto, y le despojó de ella. Ya no la volvería a ver, aunque eso no era motivo de lamento; tenía muchas más en el taller.
Tras la puerta le esperaba un pasillo angosto, por el que cabían como mucho dos personas. Sus pasos resonaban en el suelo de mármol, reverberando en las paredes y amplificándose enormemente. Ludwig se imaginó que sería muy fácil detectar desde fuera que había alguien en aquel pasillo… Y que un disparo allí dentro podría dejar a cualquiera sordo. Fuera el ruido que fuera, alertaría sin duda a toda la base, y no pasarían dos segundos sin que el guardia de la entrada estuviera listo para disparar a bocajarro a cualquiera que saliese. Al llegar al final, sin que nadie llamara, una mirilla corrediza que había en la puerta se abrió, y tras un cristal blindado, un par de ojos atentos les escudriñaron. La mirilla se cerró y la pesada puerta se abrió con un ligero chirrido de los goznes.
La diferencia entre la iluminación del pasillo y la penumbra repentina reinante en la habitación le hicieron entornar los ojos para poder distinguir la puerta del final. Sintió el frío acero clavado en su espalda, y comprendió que no debía demorarse más; con paso cauteloso pero firme penetró en la penumbra del nuevo pasillo. Extrañamente, parecía vacío, aunque tenía la sensación de estar siendo observado. Un estruendo metálico a su espalda le hizo girarse, llevando su mano instintivamente donde solía reposar su arma; la puerta se había cerrado de golpe tras él, dejándolo solo en la penumbra. Tomó una bocanada de aire, y manteniéndose erguido y atravesó la pequeña sala. Antes de llegar a la puerta comprendió por qué se sentía observado: unos ojos se asomaban por una estrecha mirilla en la puerta, que se abrió cuando se acercó, dejándolo pasar.
Ahora se encontraba en un despacho enmoquetado de grandes dimensiones; ante él, al otro lado de la sala, un gran escritorio de roble oscuro de diseño suntuoso, y detrás del mueble, un hombre sentado en un sillón aterciopelado tapizado de rojo oscuro. Lo que primero llamaba la atención de él eran sus ropajes, exóticos y de tonos blancos y dorados, y su turbante, del que caía un velo que le cubría el pelo. Era imposible identificar sus rasgos, ya que un antifaz cubría su rostro desde la frente hasta bien pasados los pómulos, dejando visible solamente una pequeña parte de piel tostada y una fuerte mandíbula, donde crecía una ligera barba de pelo oscuro y bien recortada.
No había ninguna duda de que se encontraba ante Il Turco, el caporrégime de la banda de Il Russo en aquella ciudad de mala muerte.
"Podéis iros", ordenó a sus subordinados, que los observaban desde ambos lados de la puerta de entrada, y estos abandonaron la sala, cerrando la puerta tras ellos. Después se dirigió al alemán, haciendo un gesto invitador con la mano: "Tome asiento, por favor".
Sabiendo que un paso en falso podía costarle la vida y la de su hermano, decidió sentarse mansamente en una de las dos sillas de madera para visitantes y esperar a que fuera el sureño el que diera el primer paso. Calmadamente, Il Turco dejó oír su fuerte acento de nuevo:
"Espero que no le importe que vayamos al grano. Soy un hombre ocupado, y en esta profesión el tiempo es valioso".
Ludwig se mantuvo en silencio, esperando a que continuara.
"Recapitularé los sucesos: su hermano, Red Eye, contribuyó a la huida del recién elegido gobernador de Porto Speranza, Roderich Edelstein, durante su discurso. Esto se considera traición a la banda, lo que está castigado con la ejecución inmediata".
Permaneció en silencio unos segundos, observándole atentamente tras el antifaz, con los dedos entrelazados casualmente sobre el escritorio. Al ver que el corpulento alemán se dedicaba a esperar con fría tranquilidad, continuó sin más teatralidad, como si estuviera leyendo un contrato invisible que casi supiera de memoria.
"Como sabrá, si lo hubiéramos ejecutado no le habríamos llamado. Y lo hemos mantenido con vida sólo por un motivo: que usted se una a la banda y participe de forma exclusiva en nuestro negocio, a cambio del indulto y la vida de su hermano".
Ludwig ponderó las opciones durante unos instantes, y luego se inclinó ligeramente hacia delante. La respuesta fue seca y rotunda:
"No".
Ante la tajante negativa, Il Turco no pudo ocultar su sorpresa, que durante un segundo se vio claramente impresa en la manera en que se le tensaron los dedos. Con gesto decidido, Ludwig se mantuvo en silencio durante casi un minuto.
Il Turco era una persona calculadora, que sin duda había preparado aquella entrevista al más mínimo detalle. Además, era un perfeccionista: no le bastaba que el trabajo estuviera bien hecho ―tenía que sobresalir. Debía tener el punto justo de teatralidad para impresionar a su víctima, y debía salir todo como él había predispuesto. Toleraba bien poco los fallos y las fisuras en sus planes, y castigaba la desobediencia duramente, bajo el lema familiar de que las malas hierbas había que arrancarlas sin piedad para que el jardín luciera. Por eso le había costado mucha contención y un gran dominio de su ímpetu y su rabia no asesinar a Red Eye ―ese traidor― aquel día, y apresarlo para hacer aquel trueque. Pensaba obtener un beneficio de todo aquello, aunque tuviera que recurrir a métodos poco ortodoxos para ello.
Sí, había planeado aquella entrevista al más mínimo detalle, y se había armado ante una negativa. Lo que no había esperado es que se produjera tan pronto, sin explicaciones, sin negociación. Su invitado era, sin duda, inteligente, y sabía que no iba a salir de allí vivo. No entendía el motivo de semejante comportamiento: era como un suicidio voluntario, y aunque sabía que lo que debía hacer era matarle en ese mismo instante… lo cierto es que la curiosidad le pudo.
"¿No?", cuestionó el turco. "Sabes que negarte a hacer el trato significa la muerte de ambos".
"Lo sé", se dedicó a responder su invitado, simplemente.
Durante otro silencio se miraron tensamente a los ojos. Ludwig estaba harto, harto de retrasar lo inevitable. Habían sufrido, habían huido, habían pasado hambre y frío, y esa ciudad les había consumido por dentro. Había convertido a Gilbert en el asesino que nunca había querido ser, y ahora también quería llevarse su alma, convertirle en otro matón del tres al cuarto.
No. Iba a acabar con todo eso. Creía que habían logrado huir de la muerte, pero lo cierto es que no hacían más que morir lentamente en aquella ciudad venenosa. Su hermano tendría que perdonarle por aquella decisión. Ya nada merecía la pena.
Por su mente pasó la sonrisa tierna de Feliciano como un flash.
Casi sonrió él un poco. Si hubiera llegado antes, podría haber sido su salvación. Ya era demasiado tarde.
Il Turco se levantó del sillón, interrumpiendo sus pensamientos.
"Lo entiendo. Nunca aceptaste nuestras propuestas de entrar en la banda, y puedo comprender que sigas sin estar interesado. Pero no puedo aceptar un no por respuesta".
Abrió un cajón del escritorio, del que sacó una caja de madera alargada que dejó sobre la superficie de madera. Ludwig dudó, mirando primero al caporrégime y luego a la caja. Finalmente se decidió a levantar la tapa, que giró sobre la bisagra para revelar su interior.
El corazón se le encogió cuando reconoció lo que escondía aquel cofre.
Dentro reposaba un brazo humano, roto en varias partes, sus dedos retorcidos hasta el extremo de ser irreconocibles, y sus uñas arrancadas. Los huesos, astillados, habían roto piel y músculo, y la sangre llenaba el fondo del recipiente. Parecía haber sido arrancado de cuajo desde el hombro, desgarrando los tendones, con la ayuda de un cuchillo de carnicero que había hecho tajos irregulares hasta desprender el hueso y el tejido del torso.
Y en el hombro había un tatuaje con forma de estrella, con tantos picos como víctimas importantes había asesinado su hermano.
Horrorizado ante semejante muestra de crueldad, Ludwig levantó una mirada cargada de furia, para encontrarse de nuevo apuntado por el cañón de un arma, tras el que Il Turco sonreía complacido.
"Hay cosas peores que la muerte. Y me encargaré de que ese traidor las experimente todas y cada una el resto de su larga vida, si no aceptas unirte a nosotros".
Ludwig apretó los puños, rezumando rabia.
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Feliciano tuvo un estremecimiento, sentado en el sofá de su casa. Tenía el presentimiento de que algo malo le había ocurrido a su juguetero.
Dejó el libro sobre su regazo, y preocupado, se asomó por la rendija de la persiana.
Desde su alta torre, la ciudad parecía el mismo infierno.
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Recuerdo que en este fic puede morir cualquiera, así que no os fiéis de mi benevolencia.
Benevolencia, qué bonita palabra de origen latín y apariencia italiana.
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RESPUESTAS A REVIEWS (general, que son muchas y no puedo contestarlas todas):
A todo el mundo desde que me fui, a saber; Silent Miut, Cintia Love, Rainie de Forest, KawaiiTsunderexX, MissWhok, "Guest", Ann Seera, , YAOISTACABREADA, xx-WhiteQueen-xx, AmazingTamales03, El Poderoso, y otros que a lo mejor me he saltado porque, Dios mío, soy persona y me he pasado mucho tiempo fuera:
Muchísimas gracias, en serio, por darme esta oportunidad y dedicar parte de vuestro tiempo a compartir esta historia conmigo. Significa mucho para mí que haya alguien que aprecie el trabajo que he puesto en esta historia, y que pueda encontrar disfrute en mi torpe escritura.
Gracias por todos vuestros comentarios, que siempre he leído con una sonrisa y con gran ternura, ya que siento que mis lectores se llevan un trocito de mí al pararse a contemplar algo que me resulta tan íntimo.
Y un agradecimiento especial a mi novia, que siempre está ahí para mí y que aprecia lo que escribo, aunque muchas veces los escritores nos desanimemos y lo tachemos todo de basura.
¡Intentaré responder a todas las reviews en privados durante los próximos días!
Hale, hasta la próxima~
