¡Hola otra vez! ¡Y gracias por vuestras amables reviews!

Quinto episodio, de un único acto. Eso significa que es importante, extremadamente importante. Y tanto que lo es; toda la historia gira alrededor de lo que se cuenta en estas páginas. Preparaos para ser testigos de la noche en que comenzó todo.

Y, ay, siento de verdad haceros leer cosas tristes. Por cierto, a partir de ahora los episodios serán algo más cortos, para poder actualizar más seguido y que me dé tiempo a pensar las cositas. Es un win-win~

(Por cierto, voy a corregir alguna que otra errata en los episodios anteriores. Más que nada la edad de Francis, que he tenido que modificar para que encaje. Lo iré haciendo más adelante, así que si veis notificaciones, ya sabéis el motivo~)

¡A leer se ha dicho!

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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este ACTO. Si no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.

(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)

RECUERDO :

Adriano "Roma" Vargas , 40 - Imperio Romano

Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 36 - Consigliere Francia

Arthur "Sly" Kirkland, 24, Soldado - Inglaterra

Lovino Vargas, 20 - Sur de Italia/Sicilia

Feliciano Vargas, 16 - Norte de Italia

Iván "Il Russo" Braginski, Don - Rusia

Natalia "Donna di Ghiaccio" Arlovskaya, Consigliere - Bielorrusia

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PRESENTE

Lovino "Romano" Vargas, 22, Don - Sur de Italia/Sicilia

Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 38 - Consigliere Francia

Arthur "Sly" Kirkland, 26, Caporégime; fallecido - Inglaterra

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Capítulo 5. Familia.

Lovino no lo sabía, pero siempre recordaría esa noche como la noche en que todo comenzó.

Desde la puerta de la cocina, contemplaba en silencio a los comensales reunidos alrededor de la mesa, donde el opíparo banquete había finalizado para dar paso al alcohol. Aquella era una cena muy importante: al fin, tras años de rivalidad, la banda de los Vargas y la de Il Russo se habían reunido en la casa de verano de su padre, en un pequeño pueblo de Sicilia, para establecer relaciones y firmar un acuerdo de colaboración. Con ello, según había entendido, unirían sus fuerzas para establecer un monopolio en la ciudad de Roma y los pueblos colindantes, dándoles un poder político y económico casi completo, al dejar su rivalidad a parte para convertirse en aliados.

A la mesa, su padre, rebosante del entusiasmo que le caracterizaba y celebrando el evento como una gran victoria, apuraba hasta el fondo su enésima copa de vino. Siempre lo recordaría así: fuerte, esbelto, con una alegría de vivir y un orgullo que podían poner una sonrisa en la cara de cualquiera. Ni siquiera se había permitido el luto tras la muerte de su madre, y con una voluntad de hierro, había levantado la familia y había cargado con los problemas sin una queja, incluso en las situaciones más difíciles. Había cuidado de Lovino lo mejor posible desde los sucesos del monasterio, seis años atrás, hasta que su primogénito fue capaz de seguir adelante y olvidar las terribles pesadillas que no le daban descanso. Lovino lo admiraba; "Roma" Adriano siempre sería un héroe salvador al que aferrarse, un pilar fuerte al que agarrarse cuando su mundo se desmoronaba.

A su lado bebía también, de manera mucho más moderada, su tío Francis. Desde que su madre había muerto (¿Cuántos años hacía ya de eso? ¿Diez? Algo nervioso, apretó la cruz de plata en su puño), Francis se había convertido en el consegliere de Adriano. El francés había sido el mejor amigo de su padre desde el instituto, y tras ingresar en la banda de los Vargas, demostró su habilidad para el mando y su buen juicio hasta llegar a ser la mano derecha del Don Roma. Tras el incidente en el monasterio, alguien tenía que hacerse cargo de los niños cuando Adriano estaba fuera, y Francis no tuvo problemas en quedarse en la casa para encargarse de la educación y el cuidado de Lovino y Feliciano. Por su fidelidad a la familia y la ayuda que le había prestado en esos momentos de necesidad, Lovino lo tenía en gran estima, y para él era símbolo de confianza, sensatez y seguridad. Aunque su faceta mujeriega no era algo que le entusiasmara demasiado.

Lovino se sobresaltó cuando un par de brazos le rodearon por detrás.

"Lovi~ ¿En qué piensas?"

Sin duda, era Feliciano. Nunca quemaba el contacto con su hermano, y siendo el único chico que su cuerpo dejaba que tocara en todo momento, nunca le impedía las muestras de afecto como aquella, aunque estuvieran fuera de lugar.

"Pienso que papá se está pasando con la bebida. Debería guardar un poco la compostura delante de unos invitados tan importantes".

Feliciano se asomó por encima de su hombro, y echó una risita. "Bueno, ya conoces a papá… Menos mal que tío Francis está ahí para dar imagen de seriedad, o nadie nos tomaría en serio". Luego susurró un poco más bajo. "Oye, Lovi, ¿quiénes son esos?"

El hermano mayor volvió a echar una ojeada a la mesa. Sus invitados eran, ni más ni menos, Il Russo, Don de una de las bandas mafiosas más influyentes del sur de Italia, y su consegliere, conocida como la Donna di Ghiaccio ―nada más y nada menos que la Mujer de Hielo. Él era un tipo alto y de gran envergadura, pero de aspecto amable y pacífico, lo cual contrastaba con las actividades de su banda: extorsión, asesinato a sueldo, control de gran parte del mercado negro de armas y protección de algunos peces gordos corruptos que contribuían a que su poder se extendiera cada vez más. A Lovino le parecía inquietante su calma eterna, que encerraba a un asesino habilidoso y frío. Poco se sabía del origen de Il Russo: se rumoreaba que había ingresado en una prisión de alta seguridad en Rusia, y que después de hacerse con el favor de numerosos presos, había liderado un motín. Al escapar, ataviados con los uniformes y las armas de los guardias, habían atravesado kilómetros de páramos helados, teniendo que devorar los cadáveres de los que iban pereciendo por el frío. Finalmente, formaron una banda que creció rápidamente, y por conveniencia, acabó establecida en Roma. Claro que cabía la posibilidad de que todo aquello fueran sólo rumores, destinados a engrandecer la figura de Il Russo y crear temor ante su mención.

Su consegliere, Donna, era una bella y altiva muchacha de aire distante y frío. Con el pelo largo y tan platino como el de Il Russo, y sus rasgos fuertes y marcados, exhibía una belleza agresiva y dominante. De ella y su relación con el Don se sabía aún menos: algunos decían que eran hermanos, otros, amantes. Unos terceros mezclaban ambas teorías. Lo único que se conocía con certeza es que nunca iban el uno sin el otro, formando una pareja inseparable, en lo cotidiano y en el crimen.

Antes de que le diera tiempo a responder, vio la mirada de Il Russo clavada en ellos, y un escalofrío le recorrió la espalda. No pudo evitar echar un brazo hacia atrás, como protegiendo a su hermano. El Don sonrió levemente, sin dejar de clavar su mirada en ellos.

"Dígame, Roma, ¿son esos sus hijos?" preguntó en perfecto italiano. "Qué grandes están ya".

El pecho de Adriano se hinchió se orgullo. "¡Ah! ¡Mis hijos, mis hombres ya! ¡Venid, os presentaré a nuestros futuros socios!"

Aun a regañadientes, Lovino fue al lado de su padre obedientemente, seguido por Feliciano. Ambos se mantuvieron en silencio; el mayor algo cohibido y desconfiado, el menor encantador y curioso. Adriano procedió a exhibirlos como si fueran caballos de raza.

"Mi pequeño Feliciano, talentoso como nadie, un virtuoso de las artes. Deberíais verlo danzar, tocar, dibujar. Exquisito, a su joven edad. Dieciséis añitos, fíjense, y ya todo un artista". El aludido hizo una pequeña reverencia a los invitados; ya estaba acostumbrado a que su padre lo abochornara de aquella manera. Adriano continuó, poniendo una mano cuidadosamente sobre el hombro de su hijo mayor, que apenas se inmutó ante el contacto. "Y este hombretón de aquí es Lovino, trabajador como nadie, con una determinación de hierro, os lo aseguro. Lo que ha superado este chico le ha hecho fuerte como un toro. Dadle unos años y estará tan grande como su padre, ¿eh?" Le dio una palmada en el hombro, y a Lovino se le escapó media sonrisa fugaz, orgulloso por la comparación.

Los invitados se limitaron a saludar con un gesto dela cabeza y un "encantado" cuando Adriano los presentó. Il Russo aún mantenía la mirada clavada en Lovino, con sumo interés. "Es un placer conocerte al fin, Lovino. He oído hablar de ti. ¿No estudiabas en el monasterio de Santa Catalina?"

Un escalofrío recorrió la espalda del italiano. Hacía demasiado que no oía ese nombre; que apareciera tan de golpe, de los labios de aquel hombre, le hizo perder la compostura, y palideció.

Fue su padre el que lo sacó del estupor, aumentando la presión que su mano ejercía sobre su hombro. "Preferimos no mencionar ese lugar en esta casa". Lovino le miró, inquieto. Tanto sus palabras como su mirada reflejaban una ira ardiente que nunca había visto antes en él.

Il Russo, por su parte, sonrió amablemente. "Mis disculpas. No pretendía ofenderle, y mucho menos justo antes de firmar un acuerdo tan importante".

La disculpa no hizo que Adriano cambiara su actitud; más bien aumentó la tensión con la que sus dedos se clavaban en el hombro de su hijo. Lovino aguantó el dolor sin moverse, notando cómo los dedos ―como garras― se clavaban en su piel ―quédate ahí quieto y no tendré que romperte las piernas―. Jadeó, su cara tiñéndose de un blanco mortecino; las cicatrices de su espalda quemaban como tizones encendidos, y el ardor subía por su garganta hasta su mente, oscureciendo su vista con una punzada de dolor, como el golpe de un látigo sobre sus párpados y frente. Quiso gritar, pero las palabras no salían de su cuerpo paralizado, asfixiándole poco a poco ―no me toque, se lo ruego, no quiero, déjeme

"¡Lovino!"

El aire llenó sus pulmones de golpe, disipando la neblina que le impedía ver. Confuso, sus ojos se encontraron con los de su padre, que estaba arrodillado ante él, aún sujetando sus hombros firmemente. Ligeramente mareado, miró alrededor. Ya no se encontraba en el salón, sino que estaba sentado en una de las sillas decorativas del pasillo. ¿Cómo…? ¿Cuánto tiempo había pasado?

Adriano lo estrechó entre sus brazos, interrumpiendo sus pensamientos. El gesto repentino dejó a Lovino sin aire de nuevo.

"Mi chico… Menos mal… No me des estos sustos, por favor".

Lovino comprendió que había tenido otro ataque. Vaya… cuánto tiempo hacía del último… Pensaba que ya se había recuperado del todo, pero al parecer aún quedaba algún rastro. "¿He estado… ido mucho tiempo?"

"Apenas un par de minutos, muchacho". Adriano se separó y le dedicó una sonrisa entusiasta, que le hizo sentirse cálido. "Vas genial. Sigue así y pronto estarás curado". Le revolvió un poco el pelo. "Estoy orgulloso de ti, Lovino. Eres fuerte, como tu padre. Y me han dicho que tu padre es un fiera, y muy atractivo".

Lovino puso los ojos en blanco y soltó una risita. "Claro, papá". Fuerte… si fuera fuerte no se habría quedado en blanco de aquel modo. Esperaba al menos no haber hecho mucho el ridículo ante los invitados.

Su padre puso un semblante extremadamente serio de repente. "Ahora debo pedirte un favor muy importante, chico". Lovino, acostumbrado a aquellos cambios de humor, se concentró en sus palabras. "Lleva a tu hermano arriba, y pase lo que pase, protégelo con tu vida", le ordenó en voz baja, a la vez que le ofrecía algo a la altura del vientre. Lovino bajó la mirada para encontrarse con el frío metal que sujetaba ahora en sus manos.

Una colt.

El vello de su cuello se erizó con una violenta sensación de peligro.

"¿Puedo confiar en ti, Lovino?"

Sus miradas volvieron a cruzarse tensamente, pero compartiendo una complicidad íntima. El orgullo y felicidad de Lovino ante el gesto de confianza de su padre era indescriptible.

"Pase lo que pase, papá. No dejaré que le hagan daño".

Feliciano, apartado, observó cómo su padre se incorporaba y caminaba de vuelta al salón. Al llegar a su altura, se detuvo, mirándole con dulzura. Le acarició el pelo con cariño, esbozando una sonrisa melancólica. "Eres igual que tu madre".

Con estas palabras, siguió su camino.

Los hermanos se miraron, sus rostros teñidos de preocupación.

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En el dormitorio de Lovino reinaba el silencio.

Feliciano, abstraído junto a la ventana, miraba las nubes deslizarse suavemente por el cielo, cubriendo parcialmente la luna llena. En un murmullo, entonaba distraídamente la sonata Claro de Luna, cuyas notas casi se confundían con las voces apagadas que llegaban del piso inferior.

Lovino, sentado sobre el colchón, miraba reverencialmente la colt de su padre, que ahora descansaba sobre la mesa de escritorio. Su cuerpo, tenso, estaba totalmente inmóvil, y el latido de su corazón resonaba en sus sienes. Esperaba no tener que recurrir a ella, pero si había que hacerlo, estaba preparado. Su padre le había enseñado a usarla, ignorando los reproches de Francis; sabía cargarla, quitarle el seguro, y disparar a matar. Todo ello, según el Don, "en caso de que llegara el momento".

A qué momento se refería, nunca lo había dicho. Sin embargo, lo sabía muy en el fondo: el momento en que él ya no estuviera allí para protegerlos.

Una mezcla pastosa de incertidumbre y temor subió por su estómago, secando su boca y poniéndole los nervios a flor de piel.

"Me asustaste allí abajo, Lovi".

El mayor se sobresaltó ligeramente cuando el colchón se hundió a su lado. Feliciano apoyó la cabeza en su hombro. "Temblabas mucho, y no respondías. Creí que ibas a ponerte enfermo de nuevo".

La preocupación sincera de su hermano conmovió a Lovino. Pasó el brazo por sus hombros, y lo estrechó contra sí con ternura. "Eso no ocurrirá, Feli. Ya has cuidado mucho de mí, y no querría darte más problemas".

"Nunca fue un problema… Sólo quiero que estés bien". Feliciano se frotó las manos, nervioso, bajando la mirada para ocultar sus ojos acuosos.

"Ey, tranquilo. Estoy bien ahora", murmuró con voz suave. "Todo irá bien".

Se quedaron en silencio, ambos intentando creer sus palabras.

Las nubes taparon la luna unos instantes, oscureciendo la habitación.

Era difícil esperar cuando cada segundo que pasaba presionaba su estómago y aumentaba poco a poco sus nervios. Alargó la mano para coger la colt y le quitó el seguro con un chasquido metálico. Por el rabillo del ojo, pudo ver cómo su hermano la miraba, tintado de recelo. A Feliciano nunca le había gustado todo el asunto de la mafia desde que había tenido edad suficiente para comprender el peligro que suponía todo aquello para su familia. Pero Lovino no tenía otra opción; era el primogénito, el sucesor del Don Roma, y debía estar preparado por si algo sucedía. Y ahora que el peligro se palpaba en el aire, sentía la responsabilidad recaer sobre él, haciendo más pesado que nunca el acero entre sus manos.

La mano de Feliciano se posó en su brazo, y le dio un apretón confortador. El mayor se giró y dejó un beso tranquilizador en su pelo, sin decir nada.

Las voces del piso inferior se levantaron, alteradas, y un disparo reverberó en el edificio, deteniendo los latidos de los hermanos.

Casi seguido, un segundo disparo, acompañado de un grito de dolor, hizo que Lovino se levantara como un resorte, y dejara en la cama a un asustado Feliciano.

"¡NI SE TE OCURRA MOVERTE!"

Salió de la habitación como una exhalación, con la adrenalina golpeando sus tímpanos a cada latido y el arma apretada entre los puños. Bajando las escaleras, sonaron más disparos, y cuando llegó al comedor apenas le dio tiempo a ver el par de sombras que se escabullían por la puerta de entrada rápidamente.

Con el corazón en un puño, recorrió fugazmente el salón con los ojos, buscando a su padre. Cuando sus ojos se detuvieron en él, su cuerpo se quedó helado; Adriano yacía en el suelo sobre un charco de sangre, en los brazos de su tío, su cara descompuesta por el dolor. Sus miradas volvieron a cruzarse una última vez, y con un jadeo ronco, su padre le gritó:

"¡¿A qué esperas?!"

Lovino reaccionó como un resorte ante su voz, y se echó a correr al exterior, donde unos metros más allá la pareja de criminales se internaba en el bosquecillo que llevaba a la carretera principal, huyendo del camino de tierra. Lovino levantó la pistola y disparó dos veces, pero ambas balas dieron en los troncos de los árboles.

"¡Reserva tus balas para cuando tengas un objetivo claro!"

El italiano miró a su lado; Arthur se había puesto a su altura y corría junto a él. El inglés, que había estado haciendo guardia, había sido testigo de la fuga y se había unido a la persecución.

"Escucha, Lovino; quiero que vayas por el camino y los embosques al otro lado, ¿entendido?"

Lovino asintió y se desvió hacia el camino despejado de tierra, corriendo lo más rápido posible. Arthur tenía mucha más experiencia que él, y confiaba en que sabía lo que hacía.

Con la cabeza palpitando, y sintiendo solamente el arma entre los dedos agarrotados, el italiano esprintaba como una flecha hacia la carretera, incapaz de sentir cansancio o de apartar la mirada de su objetivo. De vez en cuando llegaba a él el ruido del follaje, algún que otro disparo, unas palabras extranjeras que no llegaba a comprender y parecían quedarse cada vez más atrás, zigzagueando entre los árboles. Oyó un disparo seguido de un improperio en lengua inglesa, y apretó aún más el paso, sintiendo el esfuerzo quemar su pecho.

Al final del camino, en la carretera, el coche de Il Russo permanecía aparcado en el arcén. Forzó sus músculos a dar más de sí, notando temblar sus rodillas. A su lado, podía oír claramente el follaje crujiendo bajo unos pies ligeros, y vio por el rabillo del ojo una figura que pasaba entre los troncos con el mismo destino. Los metros se agotaban hasta la linde del bosque, y el aire comenzaba a faltarle; si no hacía algo llegarían antes que él, incluso habiendo cogido por el camino más despejado, maldita sea.

Los pasos eran cada vez más audibles, aproximándose a él; giró la cabeza, y por unos instantes que parecieron eternos, pudo ver el rostro fuerte de la norteña, vuelto hacia él y teñido de desconcierto.

El bosque terminó repentinamente, y Lovino se lanzó instintivamente sobre ella, que levantaba el arma demasiado tarde; el disparo hirió el vacío, y su nuca y espalda golpearon el suelo con tal fuerza que el arma salió disparada de sus dedos. Sus cuerpos rodaron por el suelo por la velocidad imprimida en el impulso, y ambos forcejearon por el control. Donna acabó sobre él, sujetando como pudo las muñecas de Lovino, pero éste, cargado de adrenalina, no dudó en asestar un cabezazo, notando la nariz femenina hundirse en su rostro con un crujido. Aquello hizo que ella aflojara su agarre, y pudo apuntar su arma. Ella dio un grito de terror, casi suplicante, al ser consciente de su destino, pero el italiano no dudó: apretó el gatillo, y una bala atravesó perpendicularmente su mandíbula, quemando la piel y destrozándole tráquea y cráneo para salir violentamente por su cuero cabelludo, salpicando sangre y sesos en la hierba seca. El cuerpo cayó inerte sobre él con un golpe sordo.

Lovino tomó una bocanada de aire fresco que acarició sus pulmones inflamados. Pero el descanso no duró mucho: unos tiros le hicieron girar la cabeza justo cuando la puerta del automóvil se cerraba. Un par de balas se incrustaron en la carrocería soltando chispas, y con un estruendoso rugido del motor, el coche aceleró y se alejó por la calzada. Arthur, que apenas había salido del bosquecillo, se quedó mirando al fugitivo con cara de impotencia, y luego fue a ayudar a Lovino a quitarse el cadáver de encima.

"Lo has hecho bien, Lovino, buen trabajo", murmuró, pero el italiano le hizo caso omiso y se incorporó rápidamente, casi tropezando, echándose a correr de nuevo por el camino de vuelta a la casa.

"¡Papá! ¡PAPÁ!"

Arthur cerró los ojos, apretando los puños cuando el grito desesperado del italiano desgarró el aire. No había podido detenerlo. Se había escapado, delante de sus narices.

Desvió la mirada, el fracaso atragantado en su garganta. Desde el suelo, el rostro desfigurado de Donna di Ghiaccio parecía observarlo fríamente.

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El portón de entrada dio un fuerte bandazo en la pared cuando Lovino llegó, sin aliento, a la casa. Avanzó a trompicones hasta el salón, deteniéndose en el marco de la puerta, con los ojos abiertos como platos y la cara desencajada del horror.

Su padre yacía en el sofá, inmóvil. Su rostro estaba cubierto por una de las servilletas de lino de la mesa. Un agujero de bala ocupaba el lugar donde antes se había encontrado su estómago, del que salía un reguero carmesí que se derramaba por su costado y empapaba el tapizado del sofá.

Fue un shock para Lovino. Se había imaginado que, si el momento llegaba, gritaría, lloraría, se desharía en rabia contra el mobiliario. Y ahora que su padre estaba ―muerto― ante él, no lograba sentir nada salvo una acidez en el estómago que le hacía salivar y le obligaba a tragar en exceso, atragantándolo.

Mareado, tuvo que agarrarse a una silla y sentarse con la cabeza gacha. Al mirar hacia abajo, fue consciente de que su ropa estaba empapada en sangre. Fue entonces cuando se dio cuenta de que acababa de matar a una persona, y de lo exhausto que se encontraba, tanto física como mentalmente. Un sentimiento repentino de desesperanza y miedo le inundó, y rodeó de nuevo la cruz de plata con la palma de su mano, sin saber siquiera si merecía el consuelo que rezar podía darle.

Fue Francis quien, cojeando por una herida en la pierna, se acercó para sacarle de su estupor; le agarró las mejillas firmemente e hizo que le mirara.

"No es momento para perder los nervios, Lovino. Ahora debemos irnos. Aquí no estamos seguros; Il Russo nunca deja algo a medias".

El italiano intentó hablar, pero las palabras no parecieron querer salir. Tragó y lo intentó de nuevo: "No lo entiendo… Pensé que era sólo una cena de negocios. ¿Cómo ha acabado así?"

Francis le soltó, bastante cabreado. "Tu padre, Lovino, siempre actúa sin pensar en las consecuencias. Le dije que tuviera cuidado, que no la fastidiara, y míralo ahora, ¡joder!", maldijo, golpeando la mesa con la mano estruendosamente. "Tuvo que cabrearse e intentar atacar a Il Russo. Siempre igual, sin ver que sois Feliciano y tú los que corréis peligro con sus temeridades".

Lovino se incorporó, un poco herido por sus palabras. "Vigila tus palabras, Francis. Es… Era mi padre".

El francés se mantuvo tenso unos instantes, intercambiando una mirada fiera con su protegido. Luego suspiró, conteniéndose. "Está bien. Discúlpame, era un buen amigo… y me he dejado llevar". Se llevó la mano a la boca, mordiendo la piel de sus nudillos en un tic nervioso. "Tenemos que irnos, o nos arriesgamos a que Il Russo vuelva con sus hombres. A partir de ahora me haré yo cargo de la situación, y ustedes os pondréis a salvo―"

"No", interrumpió Lovino decididamente. Francis le dirigió una mirada escrutadora. "Yo soy el hijo del Don, Francis. A partir de ahora yo estoy al mando, y no voy a delegar esa responsabilidad sobre nadie".

Se mantuvieron en silencio unos instantes.

Finalmente, Francis cedió. "Está bien. Pero permíteme ser tu consegliere. No encontrarás mejor tutor, ni nadie que conozca mejor los entresijos de este mundillo".

El italiano asintió. "Contaba contigo". Francis siempre había sido fiel a la familia durante años, y si podía confiar en alguien, ese era él.

"Bien. Si me permite la sugerencia, Don, sería conveniente que fuera a buscar a Sly y empezáramos cuanto antes a movernos de este lugar. No es seguro".

"Sí… Sí, hazlo".

El francés abandonó la habitación, y Lovino se quedó a solas en la casa silenciosa.

Era como si no hubiese sucedido nada. Su padre sólo estaba durmiendo en el sofá, tras la borrachera, y despertaría en cualquier momento. Alrededor, el mundo seguía, las manecillas se movían en las esferas de los relojes, las estrellas brillaban con toda su fuerza, y el viento seguía meciendo las hojas de los árboles.

Se quedó mirando la carcasa ensangrentada de piel y hueso que hacía unos minutos había sido su padre.

Deseó poder sentir algo por su muerte, algo más que vacío e impotencia. Algo más que incredulidad, que negación a que todo aquello hubiera pasado y que su padre no se fuera a volver a levantar, con una sonrisa grande y radiante, a revolverle el pelo; "muy bien, Lovino, eres un chico fuerte y estoy orgulloso de ti. Tu madre estaría muy feliz de ver cuánto has crecido. Todo saldrá bien. Confío en ti".

Cuando se dio cuenta, las lágrimas ya llevaban un tiempo empapando su rostro.

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Dos años después, el mismo chico, de facciones más severas, estaba sentado en la mesa de trabajo de Arthur, poniendo y quitando el seguro a su arma rítmicamente, con la mirada perdida en el infinito, sumido en los recuerdos.

Francis, sin decir palabra, retiraba los efectos personales del inglés, mirándolos atentamente con expresión sombría antes de introducirlos finalmente en un pequeño cofre en el que sólo rezaba el nombre del fallecido. Habían pospuesto la retirada de efectos personales hasta que encontraran el cuerpo de Arthur… pero los muy cabrones de Il Russo ni siquiera les habían dado la posibilidad de enterrar a su compañero caído, llevándose el cadáver para Dios sabía qué. Y aquello era algo que irritaba profundamente a Lovino, que por sus creencias, se veía en la obligación de enterrar su cuerpo para que pudiera descansar en paz.

Francis miró por última vez el contenido del cofre, y estuvo a punto de sucumbir a la tristeza. Ya no le volvería a ver trabajar con sus herramientas. No le vería colocarse sus gafas con cara de concentración. No tendrían discusiones tontas, ni se harían rabiar, ni compartirían una conversación profunda en la barra del bar. Nunca más tendría que fingir que no había visto la sonrisa furtiva del inglés después de asegurarle que sí que tenía una familia, y que para ellos era una persona importante.

Captó la mirada de Lovino, que le escrutaba de reojo. Había intentado permanecer tranquilo, pero la manera en que entrecerraba lo párpados esquivando el cofre con la mirada, y se mordía el labio para que no le temblara, dejaba bien claro que la muerte de Arthur había sido dura también para él. A fin de cuentas, habían estado años conviviendo, y aunque no hubiera mucha intimidad entre ellos, el agradecimiento y el cariño por su ayuda y dedicación eran inevitables.

Cerró el cofre, manteniendo los ojos cerrados. Durante un minuto, ambos guardaron silencio respetuosamente. Lovino acariciaba la cruz de plata, concentrado; rezando por su alma, comprendió el francés.

"Te invito a una copa, Don".

Lovino suspiró levemente. "En su honor".

Francis sonrió. "En su honor".

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:'(

Prometo Spamano calentito como compensación por este episodio tan tristón y por haber sido tan cabrona como para recordaros que Arthur se reventó contra el suelo :'D

Espero que os haya gustado : ) Ya me diréis vuestra opinión~

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RESPUESTAS A REVIEWS:

(BeautifulSora: Muchas gracias por tu review, Sora : ) Me alegra mucho que te guste la forma en la que llevo la historia; intento que la estructura mantenga el interés sin liar mucho a los personajes, ¡que son demasiados, uff! *abrazotes* Para escribir La Doncella y el Amo aún tardaré un poco, que si ya me cuesta llevar dos fics a la vez, ¡imagínate tres! Pero sí que tengo muchas ganas de escribirlo ;3)

(Nevra Vargas: ¡Ayyyy, qué ilu, muchas gracias! Jo, que me emociono :'3 Me alegra muchísimo que disfrutes tanto la historia, y que te haya ayudado a introducirte en el dulce, dulce Spamano~ Aunque, la verdad, hasta ahora hay más Gerita que Spamano en mi historia xD Eso lo arreglaré bien pronto~)

Hale, hasta la próxima~