Anuncio: el tango que sale en este episodio es la versión del tango Por una cabeza que sale en La lista de Schindler. Está en Youtube.

¡Hola otra vez! ¡Y gracias por vuestras amables reviews!

Bueno, ¿queríais Spamano? Pues os lo ofrezco en bandeja de plata~

Y ya de paso recomiendo dos buenos fics que he encontrado recientemente; uno en español, de Rainie de Forest, titulado El Príncipe de Medianoche (PruHunAus, de un toque muy victoriano), y otro en inglés de The Mourning of Desiree, titulado The Beaten and the Damned (Spamano, AU súper original). Seguro que os encantan~

¡A leer se ha dicho!

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GUÍA DE PERSONAJES – Personajes que salen en este Acto. Si no queréis spoilers, consultad la lista SÓLO SI ES NECESARIO.

(Nombre y apodo, edad, rango y país en Hetalia)

BANDA DE LOS VARGAS

Lovino "Romano" Vargas, 22, Don - Sur de Italia/Sicilia

Francis "Asso di Cuore"/"Ace" Bonnefoy, 38, Consigliere - Francia

Bella "Gatta Bianca", 27, Soldado - Bélgica

Antonio Fernández Carriedo, 25, Soldado - España

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PERSONAJES NEUTROS

Tino Väinamöinen, 23 - Finlandia

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Capítulo 6.

ACTO 1. Tentación.

El lugar habitual de esparcimiento de los Vargas estaba situado en un barrio marginal de la ciudad, cercano al muelle. Era un local de un bloque medio en ruinas que había sido abandonado hacía años, después de que los Serpenti d'Argento la hubieran emprendido a tiros en aquel edificio contra el caporegime de una pequeña famiglia de origen norteño, de la que nadie recordaba siquiera el nombre. Nadie quería tener nada que ver con ninguna mafia, y mucho menos si provenía del exterior: bastantes problemas tenían ya con la herrumbre que iba carcomiendo la ciudad como para preocuparse por la muerte de un extranjero, y de hecho, la diseminación de esa rama de la famiglia norteña había paliado los enfrentamientos en esa zona antes conflictiva, cosa que era de agradecer para la intranquila población. Sin embargo, la fatal fama de la zona ya la había dejado casi desierta, y el bloque de pisos se encontraba vacío. Se rumoreaba que nadie se había molestado en retirar los cadáveres tras la matanza, y que el tiempo se había detenido para siempre en los pisos superiores del edificio, donde cada casquillo de bala, cada salpicadura de sangre, permanecían intactos e inviolables en el sitio donde habían caído aquella noche. Había ciudadanos que decían haber oído lamentos en las noches más silenciosas, y otros que aseguraban haber visto figuras fantasmagóricas que aparecían y desaparecían en las ventanas. Pero nadie se atrevía a comprobar la veracidad de aquellos rumores, ya que se rumoreaba que todo el que subía nunca volvía a bajar para contarlo.

Pero había un lugar en el edificio donde el tiempo seguía corriendo como si nada hubiese ocurrido, de donde todas las noches se filtraba el eco fantasmagórico de una música que parecía fuera de lugar en aquel ambiente desolador: el pequeño local de la planta baja, con sus ventanas tapiadas con ladrillos gastados y su puerta desconchada de pintura verde. Atravesando la puerta, el mundo parecía abandonar por un momento el gris de la calle y recuperar el color, y el tiempo se estancaba entre los vapores del alcohol y la luz tenue.

A Lovino le encantaba aquel antro. Era un sitio tranquilo y discreto, al que apenas iban los parroquianos habituales a beber y observar a las camareras, que lejos de ser algo de otro mundo, tras un par de copas se antojaban más apetecibles. La música procedía de una máquina de discos trucada, que dejaba elegir sin necesidad de dejarse el dinero cualquier canción disponible en los discos que reposaban sobre ella, expuestos en pequeñas fundas de cartón. La mayoría de las canciones estaban algo anticuadas o sonaban con un eco cascado, lo que colaboraba a la sensación de estar sumergido en un recuerdo. Todo momento anterior era mejor que el infierno que estaban viviendo.

El grupo de los Vargas siempre se sentaba al lado opuesto a la barra, en una mesa para cuatro junto a la pared ámbar decorada con un zócalo de madera oscura. Los asientos, forrados de terciopelo verde oscuro y visiblemente envejecidos, eran dos sofás para dos comensales dispuestos a ambos lados de la mesa. Normalmente, Gatta se sentaba junto a Romano a un extremo, y en el otro se acomodaban Sly y Asso di cuore; sin embargo, aquel día les acompañaba un nuevo comensal: el joven español que había ingresado en la banda hacía apenas un mes, y que poco a poco iba ganándose su confianza haciendo pequeños trabajos para la banda. Lovino no había puesto muy buena cara al ver que el nuevo les acompañaría, pero Francis ya lo había invitado de todos modos, porque le caía bien, y era bastante triste que el hueco que solía ocupar Arthur se encontrara vacío. Al final, el italiano accedió, pero procuró sentarse en la esquina opuesta de la mesa.

"No conocía este lugar. En otra época debió de ser un garito bastante animado", comentó el español, echando un vistazo al par de hombres maduros que jugaban al póker en una de las mesas, y al borracho silencioso en la barra. Este último llevaba un uniforme de policía algo gastado, y no apartaba la mirada taciturna de su copa.

"Lo fue, pero desde su reapertura ha estado bastante abandonado", comentó Gatta. "Las chicas que trabajan aquí me han contado que el dueño no hace nada por atraer clientes. Pero, en mi opinión, con un sitio tranquilo como este no le faltará clientela siempre que mantenga las estanterías llenas de alcohol".

Una camarera que se había acercado sacó una pequeña libreta y un lápiz. Su pelo moreno estaba recogido en un moño descuidado, del que se escapaban un sinfín de mechones, y habló en un tono cansado pero veloz: "Sí, estaría bien que tuviera más clientela; nos paga una miseria. Aunque bueno, algo es más que nada, y el dueño es un buen chico. Esta noche está en la barra, si quieren hacerle alguna sugerencia". Hizo una pausa y puso los ojos en blanco, recordando acertadamente que a sus interlocutores no les importaba lo más mínimo su verborrea. "En fin, ¿qué tomaréis?"

"¿Qué vinos tenéis?", preguntó Asso.

Se hizo el intercambio típico de preguntas y respuestas, y ella anotó los nombres de los vinos requeridos para luego marcharse a la barra. Cuando volvió lo hizo cargada con una bandeja de latón algo rayada, y depositó la orden en la mesa. "Ya saben, no se olviden de pagar o nos cobraremos la deuda por nuestros propios medios".

"¡El servicio aquí es tan agradable! Es por eso que siempre volvemos", comentó Lovino como quien no quería la cosa.

Ella le dio la espalda y siguió con lo suyo. Ya tenía suficiente con trabajar en ese tugurio para mantener al imbécil de su marido, como para encima aguantar los comentarios sarcásticos de un niñato en traje.

"Me gusta esa mujer", dijo el italiano casualmente, llevándose la copa a los labios.

Antonio se reclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en la palma de su mano y lanzándole una sonrisa infantil. "Oh~ Le gusta porque se parece a usted, ¿verdad?", preguntó en tono inocente.

Lovino apartó la copa de sus labios y le miró, extrañado. Era la primera vez en toda la noche que había parecido advertir la presencia del español, y es que había estado ignorándole todo el camino sólo para fastidiar a su tío. Pero la comparación sin duda había despertado su curiosidad.

"¿Cómo que se parece a mí?"

Su sonrisa se tornó ladina. "Tiene un carácter de mil demonios y se hace la difícil, pero cuando le coges el truco seguro que es mansa como un cachorrito".

Gatta exclamó: "¡Lo has calado!", al tiempo que Lovino le fulminaba con la mirada, intentando hacerlo estallar en llamas, aunque sólo consiguió que combustionara su propia cara.

Francis, que reía un poco por lo bajo, acabó imponiendo orden: "Ey, nuevo, un respeto al Don o me encargaré de que te corten los meñiques".

El español levantó las manos en señal de rendición, e hizo una mueca simpática. "¡Sólo era una broma~! Perdone si le ha ofendido, señor".

Lovino apartó su mirada con un gruñido para proceder a ignorarlo de nuevo, y se desentendió de la conversación animada que comenzaron sus compañeros de mesa.

El ambiente del local le relajaba, y poco a poco se fue abstrayendo, mezclando las voces de sus compañeros con el hilillo musical de fondo. En la mesa de póquer, uno de los jugadores celebraba discretamente una victoria mientras el otro fruncía el ceño y lanzaba la mano perdedora sobre la mesa con disgusto ―"Normal que gane, ¡está contando las cartas!", alcanzó a oír de Gatta―. Casi parecía seguro que al final acabarían llegando a las manos, aunque las camareras parecían más preocupadas que el policía, que jugueteaba con su anillo de casado haciéndolo rodar sobre la barra. Lovino casi sintió lástima por él. Ser policía en aquella ciudad debía ser tan frustrante como inútil; sólo se dedicaban a apuntar los nombres de los fallecidos y a capturar a peces pequeños que a los dos días estaban en la calle gracias a sobornos en las altas esferas. Todo para acabar muriendo en un tiroteo rutinario de las mafias que verdaderamente se repartían el poder.

Sin saber cómo, sus pensamientos acabaron dando vueltas en torno a su hermano. Durante las dos últimas semanas, cada vez que lo visitaba, se había vuelto más y más nervioso, y comenzaba a preocuparle. Miraba constantemente hacia la ventana y se mordía el labio hasta despellejárselo, y no estaba centrado en nada de lo que le decía. La última vez que lo había visto tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando, cosa que él negó insistentemente entre sonrisas. Lovino temía que el encierro de más de dos años lo hubiera acabado agotando mentalmente. Pero no podía dejarlo salir, y ahora aún menos, con la banda de Il Russo más agresiva que nunca e intentando quitar el control de las calles a los Serpenti.

Dios, ¿por qué no nos envías ayuda? Yo no la merezco, pero mi hermano sí.

Pero la ayuda nunca llegaba.

¿Sería cierto que estaba marcado por el Diablo? ¿Que Dios no escucharía sus plegarias? Después de todo, sus manos estaban ya manchadas de sangre, y su cuerpo a duras penas resistía la necesidad carnal que encerraba ya desde hacía años, reprimida y engañada por cuerpos femeninos que no terminaban de saciarlo.

Y ahora aquel español, aquel bastardo venía como una sombra de un pasado olvidado, de un futuro que no pudo ser, a aprovecharse de su desesperanza. Pero tenía que ser fuerte y no caer en su trampa.

Por el rabillo del ojo podía sentirlo mirándole, esperando un movimiento suyo para conseguir cruzar sus miradas y hacerle perderse de nuevo en sus malditos ojos verdes.

No; tenía que escapar. Apuró su copa de una sentada y se incorporó.

"Voy a la barra un rato".

Francis arqueó las cejas, preocupado. "¿Quieres compañía?"

"Todo lo contrario".

Asso no le discutió; a veces al chico le gustaba reflexionar, y las veladas sociales no eran precisamente algo que le entusiasmara.

Lovino llegó a la barra y se sentó bastante alejado del policía, no por precaución, sino porque no quería arriesgarse a que se pusiera a contarle sus penas. Algo le llamó la atención enseguida: la superficie de la barra, que en sus visitas anteriores había estado astillada por agujeros de balas, ahora lucía nueva y pulida. Una franja que la atravesaba a lo largo estaba tallada finamente, con motivos de hojas de parra y espirales.

"¿Viene a pagar la ronda?"

El italiano levantó la mirada. El dueño del bar era un joven no mucho mayor que él mismo, de ojos violáceos y claros, y pelo rubio, casi platino. Nada más verlo comprendió por qué no podía pasarse por el bar a menudo: cuerpo delgado y débil, palidez enfermiza, ojeras interminables sobre una piel quebrada y seca; y aun así, una alegría y belleza que le hacían parecer una frágil estatua de cristal.

La gripe siciliana.

Podría haberla reconocido en cualquier lugar; eran los mismos síntomas que tenía su madre en sus mejores días. En los peores, las altas fiebres, la tos seca y el ardor de estómago y pulmones se la habían acabado llevando. Puso el dinero de la primera ronda sobre la barra, mas una pequeña cantidad adicional.

"Cóbrate y tráeme un whiskey… um…".

"Tino. ¿Alguna preferencia?".

"Tino, pues". Le gustaba saber el nombre de su barman. Una pequeña manía que había heredado de su padre. "Uno fuerte, no me importa la marca".

El chico se giró a coger una botella de whiskey añejo y un vaso de cubata. Mientras lo servía, Lovino repasaba distraído las espirales de madera con el dedo.

"¿Cambio de decoración?", preguntó.

Tino empujó el vaso hacia él. "Lo hizo el hermano de un buen amigo. Tiene una juguetería cerca del parque del distrito este; un gran artista".

"No lo dudo", respondió el italiano. Tino se fue y lo dejó sólo ―buen barman; a un hombre hay que dejarlo en compañía de su whiskey―, y él se quedó mirando el intrincado diseño. A su hermano le hubiera encantado. Cuando terminara todo el asunto de Il Russo lo llevaría a aquella juguetería… seguro que se le iluminaban los ojos al ver los juguetes, al menos si estaban tallados de un modo tan exquisito como aquella madera.

Su dedo pasó distraído sobre una muesca encima de una de las hojas de parra ―'Ludwig', ¿sería el nombre del artista? No tenía más importancia― y finalmente se detuvo cuando algo volvió a llamar su atención: desde la puerta que daba a la parte trasera del bar, un niño parecía observarlo fijamente. De algún modo, su palidez le dio escalofríos. Por un momento cruzó por su mente la posibilidad de que fuera un fantasma.

La melodía del bar se cortó bruscamente, y alterado, Lovino se giró hacia la máquina de discos. Parecía que el bastardo español estaba eligiendo melodía. Cuando volvió a girarse, el niño ya no estaba, y la puerta estaba cerrada.

Habrían sido imaginaciones suyas… seguramente el vino se le habría subido muy rápido.

Lovino cogió aire, tranquilizándose, al tiempo que una tonadilla melódica comenzaba a inundar el bar. Conocía la canción, y se sorprendió de oírla, ya que era bastante reciente: una versión instrumental del tango Por una cabeza, con su inconfundible melodía que invitaba a cerrar los ojos y disfrutar de la composición.

"¿Sabe bailar tango, Don?"

El italiano se sobresaltó. Por el rabillo del ojo vio a Antonio a su lado, apoyado en la barra. Le dirigió una mirada de desdén. "No".

"No importa. Sólo tiene que dejarse llevar; yo le guiaré".

Lovino frunció el ceño aún más de lo acostumbrado ante la mano amable del español que se extendía hacia él, invitándolo a bailar. Aunque por un momento le tentó la idea de aceptar el encantador gesto, su mente le recordó pronto la absurdidad de la propuesta: ¿Dos hombres bailando tango en un bar?

"Pero, ¿qué pretendes, bastardo?", bufó el italiano. "No pienso bailar contigo, búscate una mujer. Imbécil".

"Oh… vale".

El español parecía algo decepcionado. Lovino fingió que el whiskey de su copa era lo más apasionante del mundo mientras Antonio se alejaba, y se anotó una victoria.

Al menos hasta que Tino, que estaba secando un par de vasos de vino, comentó complacido: "Oh, un baile. No tenemos muchos de esos por aquí".

Lovino no pudo evitar girarse, con los nervios algo crispados. Hacia la pista de baile se dirigían, cogidos de la mano, Antonio y Gatta.

Al llegar, él hizo una pronunciada reverencia y la agasajó ("Permítame que le diga que está especialmente preciosa esta noche"), a lo que ella respondió con una sonrisa coqueta y una caída de ojos tan perfecta, que parecía ensayada al detalle ―y probablemente lo estaba.

Gatta Bianca, tal y como había comentado el español, lucía fantástica con un vestido rojo y brillante, a juego con el carmín de sus labios. Salvo una ristra de pulseras en su brazo izquierdo, no llevaba ningún tipo de accesorio; pero no era necesario, ya que cualquier adorno solamente habría quitado esplendor a su elegancia natural y su largo cuello. Antonio, por su parte, estaba enfundado en una camisa blanca y unos pantalones de vestir grises que se ceñían a sus muslos. Un elegante chaqué le daba un aire distinguido y altivo que lo hacían más atractivo a ojos del italiano.

Ella dejó dócilmente que Antonio rodeara su cintura y le cogiera de la mano para guiarla. Sin embargo, acto seguido se miraron a los ojos, y algo pareció cambiar entre ambos: se reflejaba en su mirada una especie de complicidad, de determinación, que parecía hincharles el pecho y hacerles arder de repente. Con un movimiento calculado, ambos bailarines experimentados se movieron casi al unísono, deslizándose primero con cautela, coordinando los pasos más simples hasta acostumbrarse a sus ritmos para hacerlos uno. Con porte altanero, no separaban la mirada, pareciendo adivinar sus respectivos movimientos con apenas un roce. Lovino se quedó deleitado cuando el español hizo girar a Gatta, y esta le siguió ágilmente, haciendo subir la falda de vuelo para dejar entrever brevemente sus muslos, acabando en un corte pronunciado en los brazos de su acompañante. Una vez confiada, ella cerró los ojos y unió su sien con la mejilla de su acompañante, que pareció relajarse.

La música subió de intensidad, y con ella el baile de la pareja. Totalmente compenetrados, se deslizaban por la pista sin titubear, como si hubieran practicado los pasos una y otra vez. El savoir-fare de la habilidosa bailarina, que aprovechaba cada barrida y cada boleo para girar las caderas y hacer volar la falda, le permitía detectar cada movimiento del inventivo español y responder en consecuencia. El abrazo era tan estrecho, se les veía tan sincronizados, que Lovino no pudo evitar sentir una punzada de celos cuando encadenaron las piernas en una serie de ganchos, y el español atrajo a Gatta hacia él, dejándola caer suavemente sobre su cuerpo, reposada sobre su pecho.

Tras una ligera pausa, la giró en torno a sí y finalmente ella acabó colgando de su brazo con la espalda arqueada, su melena casi barriendo el suelo, y él inclinado sobre ella elegantemente mientras acababa el estribillo.

Entonces, Antonio desvió su atención del baile y subió la mirada, clavándola directamente en el italiano. Lovino se sobresaltó ante el destello de fiereza que le dirigía, y se sorprendió con el estómago atado en un nudo y aguantando la respiración.

Casi se sintió como si fuera a saltar sobre él una nube de cuervos.

El baile continuó, de nuevo con paso lento.

Lovino bebió su copa de un trago y la dejó sonoramente sobre la mesa, para después levantarse. Cruzó la pista de baile decididamente sin mirar a los bailarines y desapareció tras la puerta que daba a la parte trasera del establecimiento.

Los bailarines siguieron danzando en un abrazo. El español no apartaba una mirada calculadora de la puerta por donde había desaparecido el italiano.

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Lovino salió al pequeño pasillo trasero, buscando algo de aire fresco. Intentó abrir la puerta trasera que daba al patio, pero estaba firmemente cerrada. Algo aturdido aún, miró hacia abajo y vio que estaba bloqueada por un candado herrumbroso. Gruñó, sintiéndose algo claustrofóbico, con el tango aún resonando de fondo, ahogado tras la pesada puerta de madera que le separaba de la pista de baile. Mareado, en parte por el vino, acabó entrando al baño de caballeros de la derecha del pasillo, y se dejó caer en uno de los sucios lavabos.

El ambiente del baño del antro no era mucho mejor que el del motel al que había ido aquel día en que le conoció. Había moho en las esquinas, pintadas en las paredes, y una especie de mugre que parecía recubrirlo todo, como si no se hubiera limpiado en años y formara parte del edificio en ruinas en vez del bar. Pero su reflejo en el espejo era diferente al de aquel día; en vez de pálido y fatigado, había una mezcla de miedo, ira y fogosidad en su rostro, y sentía el calor del vino whiskey su esófago y aturdiendo sus sentidos.

Ese bastardo… Cerró los ojos, abochornado, para no tener que ver su reflejo. Insolente… ¿Cómo se había atrevido a insinuársele de aquel modo, y delante de sus subordinados? Tenía que tener cuidado. No podía caer de nuevo, no podía ―desviado― sucumbir a sus ojos verdes, que le nublaban la mente, a sus movimientos gráciles pero fuertes en la ―cama― pista de baile, a su cuerpo, cubierto elegantemente por el chaleco de chaqué y los pantalones grises, pero que él había tenido el placer de ver al descubierto, de tocarlo y de deslizarse sobre él, como en un baile, como en…

¡No! Cogió una bocanada de aire, acalorado por sus propios pensamientos. No se había dado cuenta de que el tango había acabado hacía un tiempo, y que sólo el deseo de visualizarse allí, bailando con él, mantenía el eco de los violines en su mente. No creía que pudiera volver a la mesa, no sin antes calmar el ansia que le asfixiaba.

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"Conque dabas clases de baile, ¿eh?"

"Puede que sí, o puede que sea otra trola", respondió Gatta pícaramente.

Francis soltó una risita divertida. Gatta nunca hablaba sobre su pasado, dando una versión distinta cada vez que alguien preguntaba, por lo que nadie sabía exactamente de dónde procedía aquella chica. El único que conocía algo sobre ella era aquel que la había convencido para unirse a la banda, dos años atrás: el mismo Francis. La había encontrado trabajando en un club para caballeros en el centro de la ciudad, que solía frecuentar cuando Il Russo aún no tenía demasiada influencia en Porto Speranza ―o más bien, ella lo había encontrado a él. Se le presentó como Bella, una de las camareras del local. En realidad, lo de camarera era un simple eufemismo para prostituta, término que preferían evitar por no estar acorde con la "imagen respetable del negocio", pero que definía exactamente la función de las hermosas chicas del lugar: sentarse con los peces gordos del lugar durante sus reuniones para reír chistes insulsos, "animar el juego", servir las bebidas, poner tiesa alguna que otra arma y, por un generoso extra, montar a algún iluso y hacerles creer que gracias a ellos acababan de tener el orgasmo de su vida.

Francis siempre había tenido ese sexto sentido para diferenciar a las personas valiosas del montón de mediocres con aires de superioridad, y después de ir varias veces al local, ya le había echado el ojo a aquella camarera camaleónica, que siempre se las apañaba para no irse sin un cliente adinerado a la cama. Su capacidad para cambiar su personalidad y modo de actuar en segundos para adecuarse a su objetivo le había dejado asombrado, y durante unos días se dedicó a observarla simplemente ir de reunión en reunión, cambiar el lenguaje corporal según el cliente, inventarse decenas de nombres y edades e incluso fisgar disimuladamente en un par de carteras para echar un vistazo disimulado a su contenido monetario y ver si el trabajo merecía la pena. Tenía una capacidad de observación y una memoria precisas que la ayudaban en su interpretación, y su confianza y su cuerpo bien moldeado indicaban fuerza e independencia.

El nuevo no llevaba aún un minuto sentado a la mesa cuando volvió a levantarse con un leve "disculpadme, enseguida vuelvo".

Gatta esperó a que se hubiera alejado un poco para dejar caer un suspiro. "Espero que este chico no distraiga demasiado a Lovino. Es joven aún, y un jefe con las hormonas revueltas no es bueno para el negocio".

Francis casi se atragantó con el rosado. Bajó el vaso e hizo una mueca divertida. "¿Te has dado cuenta de que Lovino…?"

"Oh, vamos, Francis", atajó ella. "¿Crees que se me escaparía algo así?"

"¿No te importa?"

Ella dio un pequeño sorbo a su copa. "No es asunto mío a quién lleve a la cama; cosas más extrañas he visto, créeme. Y si lo dices por mí… sólo me acostaba con Lovino de vez en cuando porque le subía la moral, y mantener al jefe feliz es parte de mi trabajo. De ningún modo siento algo por él. Hace mucho que dejé de sentir algo por nadie".

Durante unos instantes se quedaron en silencio. De fondo sonaba una vieja balada italiana, tan cascada que la letra era casi ininteligible. Los ojos de Gatta examinaban con atención felina a los parroquianos. Francis vio que detenía su mirada especialmente en el policía, que en ese momento soltaba la alianza dentro de la jarra vacía de cerveza, con aire melancólico. Su rostro no cambió, pero cuando volvió a centrar su atención en la mesa se acarició inconscientemente el dedo anular de la mano izquierda.

"Dime una cosa, querido". Puso los codos sobre la mesa y apoyó la barbilla entre sus manos entrelazadas. "Eres un hombre capaz, con estudios, con recursos. ¿Cómo has acabado en este vertedero? ¿Por qué alguien como tú que podría tenerlo todo, ha acabado involucrado en una banda mafiosa?"

Un resplandor triste iluminó los ojos del francés, y sus labios se curvaron en una sonrisa apagada.

"Por una mujer".

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Lovino pudo oír el ligero chirrido de la puerta del baño tras él.

Mantuvo los ojos cerrados, esperando. No sabía a ciencia cierta qué esperaba, pero sí a quién, y su corazón latía desbocado mientras su mente intentaba convencerlo de escapar mientras aún podía. Pero el cuerpo no le respondía; no, ya no quería escapar, en el fondo sabía que era ya demasiado tarde para eso. Esa aura de peligro, de incertidumbre, le tenía atrapado. La sensación de claustrofobia aumentó cuando los pasos se detuvieron a su espalda, tan cerca que podía sentir claramente su presencia cosquillear la piel de su nuca.

Los dedos de Antonio tocaron levemente su hombro, y Lovino ahogó un jadeo al notar el dolor punzante de las brasas atravesar la piel hasta golpear el hueso, dejándolo sin aire. Se mordió el labio, dispuesto a aguantar el ardor; deseaba aquel contacto, y su cuerpo temblaba ante la idea de sentirlo contra él.

Se concentró en los dedos del español, que se detenían unos instantes, dejando que se acostumbrara a la sensación, y que luego continuaron avanzando, perfilando con cuidado su hombro y bajando por su brazo, quemando la piel bajo la fina camisa. La voz del español se volvió un murmullo cálido que acarició su cuello, como aquella vez ―los cuervos te sacan los ojos cuando menos te lo esperas―.

"Si preferías bailar en privado, sólo tenías que decírmelo".

No hubo respuesta. Sus dedos llegaron hasta la muñeca, y se extendieron sobre la piel desnuda del dorso de su mano hasta entrelazarse con los dedos del italiano. Lovino le dejó dócilmente que levantara su mano a la altura de su hombro. Su cuerpo se tensó cuando Antonio posó la mano izquierda sobre su cadera y se pegó a él, cubriendo su espalda con su pecho, casi envolviéndolo, como si fueran a bailar.

"¿Por qué no te dejas llevar? Resistirse es inútil".

Abrió los ojos, y a través del espejo, su mirada se encontró con la del español. Despedía de nuevo un brillo peligroso, dominante; y aquello, lejos de asustarlo, lo turbó, bajando sus defensas. Intentó mantenerse frío, pero su respiración agitada y el calor que bullía bajo su piel, enrojeciéndola, derrumbaban su farsa. Antonio acercó la mano de Lovino a su boca, besando su muñeca, y los dedos del italiano estrecharon el enlace en respuesta. El pulgar del español acarició levemente su palma, haciendo que un cosquilleo le recorriera el brazo hasta anidar en su pecho.

Los labios de Antonio viajaron a su hombro, dejando un rastro de besos suaves que subían por su cuello. Lovino apartó la mirada del espejo, inclinando el cuello al hacerlo, facilitando así el contacto de los labios con la fina piel. Un suspiro de placer salió de su pecho cargado para evaporarse en su boca.

"Romano… déjame guiarte", le susurró Antonio al oído. Su voz sonó entrecortada, y Lovino se dio cuenta de que sus cuerpos temblaban, y de que ambos intentaban contener su deseo.

Durante unos segundos, ambos se quedaron inmóviles en la penumbra, conscientes de su situación. Sólo podía oírse el murmullo de la balada que sonaba en la pista de baile, y sus respiraciones pesadas e irregulares.

En el espejo, el reflejo de la cruz de plata era tan brillante como el de los ojos verdes de Antonio.

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El día que separó las cortinas de la zona reservada para acercarse a él, ella jugaba a ser Bella, hija de un jugador de póker que había sido asesinado delante de ella tras ganar una partida con un capodecime de la zona. Claro que su padre había muerto ya de incontables maneras, según las historias que contaba. A su lado entró su gata blanca, que compartía con ella su mirada clara de astucia felina.

"Me has estado observando mucho estos últimos días", comentó, sentándose sobre la mesa y dejando ver sus torneadas piernas. La gata saltó sobre ella y se quedó sentada en sus muslos, enroscando y desenroscando la cola mientras observaba atentamente al elegante francés que les acompañaba.

"Me gustan tus juegos de seducción", había contestado Francis. Su aparición no le había supuesto una sorpresa; hacía tiempo que la esperaba, y al oír el repiqueteo de sus tacones sobre la melodía de jazz que sonaba en los altavoces, supo que al fin había decidido acercarse. "Y tú querías que te observara".

"Me gusta alardear ante los entendidos", confesó ella, complacida. Aquel día lucía un vestido de lentejuelas negras, y un maquillaje ligero que, por su ausencia, resaltaba la frescura de su rostro. "Puedo seducir a cualquier hombre de esta sala, eso se lo aseguro", añadió suavemente.

Francis sonrió educadamente ante su descaro. "¿Incluso a mí?".

Ella le sostuvo la mirada unos instantes, ladeando la cabeza para dejar que su melena cayera libremente sobre su hombro. Con un gesto parsimonioso, le quitó la fedora y se la puso ella misma. Su voz se redujo a un murmullo coqueto.

"Señor Francis Bonnefoy… Sé quién es usted, y sé que si estuviera interesado solamente en el sexo, ya habría pagado por mis servicios. Este es un trabajo muy denigrante, además de arriesgado. No sé qué quiere de mí, pero en estos tiempos, y en esta ciudad, una mujer sola tiene que ingeniárselas como sea para salir adelante". Hizo una pequeña pausa, y levantó unos centímetros la falda, dejando entrever su liguero y el cañón de una pequeña pistola de mano.

"Le aseguro que no será necesario usar esa pistola, señorita", dijo Francis con voz tranquila. "Sólo soy un cliente más de este establecimiento; es usted la que se ha acercado. Deduzco por ello que tiene algo que ofrecerme".

Ella pareció divertida. "Me sorprende su capacidad de deducción; sí, sí que tengo una propuesta para usted. Hay algo que he aprendido en este trabajo: una se entera de muchas cosas cuando los hombres menosprecian la inteligencia y el poder de una dama de compañía, hablando en su presencia de asuntos que les podrían perjudicar. Y esa información tan valiosa puede ser de mucha utilidad a alguien como usted", añadió en tono sugerente. "Estoy dispuesta a ejercer de espía si me saca de este tugurio".

Francis le dedicó una sonrisa amable. "Todo eso que has dicho es cierto. Tus habilidades me resultarían útiles, y tu oferta me atrae. Pero mi profesión es peligrosa; muchos de los que empiezan no pueden soportar la idea de poder perderlo todo, y no dudarían en traicionar a sus compañeros por volver a sus vidas anteriores". Se inclinó un poco hacia ella. "Y ahora dime: ¿por qué debería confiar en ti?".

Ella soltó una risilla cantarina. Agarró el borde de uno de sus guantes largos, el izquierdo, y con cuidado, lo deslizó hacia abajo para dejar al descubierto una única cicatriz, desde el hueco del codo hasta su muñeca, con marcas de haber sellado el corte con varios puntos. Pero eso no era lo único que quería mostrar al impresionado Francis, sino que levantó la mano, mostrándole el dorso. En su dedo anular se hallaba la marca inconfundible de un anillo de boda que había quedado pequeño con el tiempo, hundiéndole la piel. Sólo que no había rastro del anillo.

"Porque estoy harta de esta vida, y no me queda nada que perder".

Las pupilas de la gata se estrecharon hasta quedar convertidas en meras rendijas.

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Aferrándose con fuerza uno al otro, se comían la boca, incapaces de separar sus labios por más tiempo. El ansia se había convertido en un torbellino de jadeos y manos nerviosas, que se posaban unos segundos para después seguir acariciando, indecisas, recorriendo pelo, cuello, espalda, buscando algún centímetro de piel bajo la camisa. Las de Antonio tantearon bajo el cinturón del italiano, siguiendo el contorno de sus glúteos hasta aprisionar la parte inferior de los muslos, y lo presionó contra sí, arrancando un jadeo sorprendido de Lovino.

Preso entre el cuerpo caliente del español y el frío lavabo que se clavaba en sus nalgas, Lovino posaba las manos en su cuello y le acariciaba la línea de la mandíbula con los pulgares, recibiendo pequeñas descargas cuando sus lenguas se tocaban, notando cómo la temperatura de su cuerpo había subido hasta niveles asfixiantes. La tela de sus pantalones se ceñía a su miembro hinchado, y abrió las piernas para sentir el roce contra la erección de su compañero, meciendo sus caderas suavemente al ritmo de su respiración. En un gesto travieso, Antonio deslizó sus manos hacia el cinturón y lo desabrochó, para luego hacer lo mismo con el pantalón. Lovino se separó de sus labios para soltar una exclamación, entre confusa y deseosa. Sin darle tiempo a respirar, la mano de Antonio acabó cubriendo la tela húmeda, acariciándolo con el pulgar con un movimiento amplio que sacó un par de gemidos a su amante.

Animado por la victoria, el español continuó el roce, acariciándole en toda su longitud y sintiéndolo palpitar al contacto. Lovino clavó los dedos en la ropa de Antonio, y levantó la mirada, estremeciéndose por el placer.

"Oh Dios, ¡Dios!"

Notó que Antonio se detenía, y miró hacia debajo de nuevo a ver qué ocurría. Se encontró con una mueca divertida, con las cejas arqueadas insolentemente. Entonces le sobrevino un momento de lucidez y se dio cuenta de la blasfemia que acababa de soltar.

El estómago se le hizo un nudo. ¿Qué estaba haciendo? Se había saltado todos sus principios por un capricho del cuerpo, y ahora estaba allí, jadeando para coger aire, mientras ese descarado español le provocaba, volviendo a acariciar su… su…

Se estremeció de nuevo, abrazándose a su cuello.

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El Diablo te ha tentado, y tú has sucumbido a la tentación.

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"¿Ve, Don? Resistirse es inútil", comentó Antonio descaradamente.

Lovino le lanzó una mirada furiosa, molesto por el atrevimiento de su subordinado. Él era el culpable de todo, él era el culpable de que no pudiera contenerse y sucumbiera al placer.

"Sei il Diavolo. Eres el puto Diablo".

Antonio pareció entusiasmado por la ocurrencia, y soltó una risotada que lo irritó aún más si podía.

En ese momento hubo un fuerte estruendo, y el sonido de una metralleta cubrió la música. Una voz altiva se elevó entre los gritos de las camareras.

"¡ROMANO VARGAS!"

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Cochinoooootes, ahí en un baño público, que os van a pillar, ains.

En fin, lo prometido es deuda~ Ojalá os haya gustado leerlo tanto como a mí escribirlo.

No sabéis la de vueltas que le he dado a este acto hasta que me ha contentado. Espero que haya merecido la pena y os haya gustado :3 Y para el próximo, adelanto acción y pueeeede que un encuentro inesperado. Ya veremos.

Como siempre, gracias por seguir aquí conmigo.

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RESPUESTAS A REVIEWS:

(Nevra Vargas: Ay, pobre Arthur, lo sé, me gusta el personaje… ¡pero lo que me estoy riendo con las reacciones de la gente no se puede pagar con dinero! Y sí, Bielorrusia me ha durado bien poco la pobre, pero también es un personaje que me gusta. Tengo esta manía por hacer sufrir a los personajes que me gustan, mira tú por dónde…

Adelanto que Adriano no hace las cosas porque sí, aunque sea impulsivo. Aún me queda muuuucho por desvelar sobre los motivos de sus acciones aquella noche. A fin de cuentas, sólo os he enseñado lo que ocurrió a ojos de Lovino. Faltan puntos de vista~

Y sí, la necesidad ha unido a los hermanos, qué le vamos a hacer. Tómame bien la palabra con lo del Spamano, que te aseguro que es cierto ; ) Y siempre que me dejes un review te lo responderé con mucho gusto. Grazie mille per leggere il mio scritto!)

(BeautifulSora: ¡Qué bien que te guste tanto el fic! :D Actualizo tan rápido como puedo, te lo aseguro… pero prefiero calidad a rapidez, así que cuando no me gusta mucho lo que he escrito, lo reescribo una y otra vez hasta que esté a la altura de unos lectores como vosotros.

Sí, sí, soy cruel, pero es que cuando me gustan los personajes, las ganas de hacerlos sufrir me pueden, ay… Y bueno, es una historia sobre mafias; si no hubiera muertes, sería poco realista =v= Intento estructurar la historia lo mejor posible, porque ¡no te puedes hacer la idea de la de datos que tengo que desvelar aún! ¡Si no lo estructurara todo, me perdería!

¿Quién no es un poco perv por aquí? Jeje~ Gracias por leer, y por tu entusiasmo. Ciao bella!)

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Hale, hasta la próxima~