Día 2
— ¿Alguna novedad? —Joaquín se incorporó inmediatamente de su silla giratoria de cuero negro y miró con aprehensión a quien acababa de abrir la puerta de su despacho tras unos cortos y rápidos toques a la misma.
Desde que se había enterado de la desaparición de Marina Valentine, el día anterior, no había dormido ni un sólo instante haciendo todo lo posible por tratar de localizarla. Ya habían pasado más de quince horas desde entonces y no tenían ni un solo indicio de dónde podría estar.
El guardaespaldas de la joven se quitó los lentes de sol, tras cerrar la puerta de la oficina tras de sí, y negó levemente. Sus ojos eran completamente inescrutables para el rubio, sin embargo había tensión en su expresión y las leves ojeras bajo sus ojos no lo dejaban mentir: él tampoco había podido dormir tratando de encontrarla.
—Tanto mis hombres como yo no hemos podido dar con nada, sólo algunas personas vieron a una joven con la descripción de Marina, pero eso no nos ha llevado a ninguna parte.
Joaquín suspiró y volvió a recargarse en el respaldo de su asiento, frotándose los ojos con cansancio.
—La policía ya está enterada y están haciendo su parte, como se trata de la hija de uno de los mayores magnates de nuestros tiempos… Mientras tanto, los detectives privados que contraté siguen buscando —Joaquín miró al joven de cabellera negra y ojos grises; frunció el ceño de forma pensativa— Crees que… ¿Crees que se trate de un secuestro?
Niccolo tensó la mandíbula, pero trató de no mostrar ninguna alteración ante la simple idea de que esa fuera la verdad.
—No estamos seguros aún, pero si eso llegó a pasar… me encargaré de que los malditos paguen por lo que han hecho. —Musitó para sí con fiereza antes de aclararse la garganta levemente, retomando el hilo de la conversación— Por el momento, nadie se ha puesto en contacto con nosotros para pedir alguna clase de rescate, de igual manera estaremos al tanto —fijó la mirada en el panorama que mostraba una de las muchas ventanas de la oficina de Joaquín, que se encontraba en el décimo piso del edifico de la empresa de los Lombardi— No podemos descartar ninguna posibilidad…
— ¿Has hablado con Facundo Valentine? —Esa era una de las cuestiones que más le atemorizaban al joven rubio, no quería ni imaginarse el caos que estaría armando en ese momento y si no fuera porque el hombre residía desde hacía mucho tiempo fuera de la isla, seguramente estaría ahora mismo con las autoridades, amenazando y obligando a que actúen de una vez por todas. Para desgracia de Joaquín, aunque era demasiado influyente en aquel lugar, de igual manera no gustaba de abusar de su poder y prefería que todo se hiciera de la manera ya establecida; aunque la mayoría de las veces ese sistema fuera bastante disfuncional. Pero Facundo Valentine no era de esas ideas.
—El Señor Valentine está muy preocupado por su hija.
—Con eso querrás decir que está hecho una furia, ¿cierto? —Niccolo sólo le miró de forma imperturbable y Joaquín suspiró, girando su silla para quedar frente a la enorme ventana que tenía a sus espaldas y mirar la ciudad desde lo alto por la misma, perdiendo su mirada a la distancia— Ya has hecho mucho por el momento, será mejor que tú y los tuyos descansen; mis hombres se encargarán mientras lo hacen.
—Si me permite, prefiero continuar con mi trabajo —Niccolo entrecerró los ojos y fijó su penetrante mirada en la espalda del contrario. Había resentimiento en sus ojos grises— No descansaré hasta no saber que está sana y a salvo.
Joaquín volvió a colocar la silla en su postura original y afincó sus codos en la superficie de madera costosa y pulida de su escritorio, antes de apoyar su barbilla en sus manos entrelazadas y devolverle la mirada con una seria y solemne.
—Quizá tú puedes hacerlo, pero tus compañeros necesitan descansar tras más de quince horas exhaustivas de trabajo ininterrumpido.
—Nadie dijo que ellos no podían descansar —el pelinegro no apartó su mirada y alzó imperceptiblemente la barbilla con orgullo y desafío— Soy yo el que decide qué hacer con su tiempo. Si me permite… —hizo una leve inclinación de cabeza con respeto cargado de desdén antes de dar media vuelta y encaminarse hacia la salida del lugar.
— ¿Por qué estás haciendo todo esto? ¿Te sientes culpable por tu breve descuido a la hora de proteger a Marina, quien era tu obligación, y tratas de remediarlo de alguna forma para sentirte mejor? O es algo más.
Niccolo se detuvo frente a la puerta, con la mano en torno a la perilla de la misma, y le dedicó una mirada de profundo odio y provocación por encima del hombro.
—Eso es algo que no le incumbe.
—Respecto a ti, no. Sin embargo estamos hablando de mi prometida y será mi deber protegerla una vez estemos casados. Cualquier cosa que la involucre, me concierne a mí, por lo que quiero saber cuáles son tus verdaderas intenciones.
El guardaespaldas hizo un ruido despectivo con los dientes y le dedicó una sonrisa irónica antes de abrir la puerta.
—Di lo que quieras.
Cruzó el umbral de la puerta y cerró tras de sí de forma brusca, dejando a Joaquín solo y sumergido en sus propias cavilaciones, con la vista fija en la puerta por la cual había desaparecido el pelinegro. Después sonrió.
—No eres honesto contigo mismo, Niccolo Tescotti.
Morgan miró a la joven que se encontraba sentada en el otro sofá, en la sala de su departamento, e inmediatamente después volvió a fijar la mirada en la pantalla del televisor antes de que la otra se percatara de que era observada.
Aún no comprendía del todo porqué le había ayudado, sin saber siquiera exactamente de qué huía. Después de encontrarla en medio de la lluvia, por un acto impulsivo que aún no tenía del todo claro, la invitó a entrar a su hogar y se ofreció para ayudarla, si es que lo necesitaba. Después de eso la chica se presentó como Marina Valentine, heredera de su prestigiosa familia, y explicó que se había fugado de su casa pues deseaba iniciar una vida por su propia cuenta y sin ataduras, aunque su historia era demasiado ambigua y había varias dudas que Morgan tenía y que la otra se mostraba reacia en aclarar.
Por supuesto que estaba enterada de que la familia Valentine eran dueños de una de las corporaciones más importantes de todo el continente y poseían una fortuna inmensa. En pocas palabras, tenían poder y nadaban en dinero. Sabía que la cabeza de la familia Valentine tenía una hija, esta pocas veces salió en los medios como para que alguien pudiera reconocerla a simple vista, debido a un atentado que la chica sufrió en su infancia. Pero Morgan, a pesar de no tener la certeza de que la mujer que tenía ante sí fuera realmente Marina Valentine pues no llevaba consigo nada que la identificara, le creyó crédulamente y se ofreció a hospedarla mientras esta pudiera encontrar una manera de resolver sus problemas. Lo cual iba a ser un poco difícil, tomando en cuenta que había olvidado traer consigo alguna de las muchas tarjetas de crédito que poseía, o dinero en efectivo, con lo cual poder iniciar una vida independiente; todo lo había dejado en su automóvil junto con su teléfono celular, para que el GPS integrado en el mismo no delatara su ubicación.
Sólo le quedaba iniciar su vida desde ceros, literalmente, como tanto deseaba. Su única alternativa era encontrar un trabajo y hacerse de un pequeño capital propio; mientras tanto, la joven tendría que quedarse allí y pasar desapercibida el mayor tiempo que fuera posible.
Morgan apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y cerró los ojos al tiempo que suspiraba con cansancio. ¿En qué lío se había metido?
La puerta que daba al exterior se abrió y por ella entró Elise, cargada de bolsas que contenían el mandado. La recién llegada cerró tras de sí tan rápido como le fue posible y observó a las otras dos con una mirada suspicaz antes de dirigirse a la mesa del comedor y colocar todas sus compras sobre la misma.
—Deberían ver el desorden que hay allá afuera, en el centro de la ciudad. Todo está hecho un caos —jaló una de las sillas y tomó asiento. Se le notaba en su expresión que había tenido una mañana bastante ajetreada— Patrullas por todos lados haciendo sonar su sirena, autos negros yendo de aquí para allá y tipos con cara de matones y policías por igual interrogando a todo el mundo. Todos te están buscando —miró a Marina con sus ojos castaños y le dedicó una sonrisa divertida— Sí que te has armado una buena.
—Ni que lo digas —Morgan cambió un canal en el televisor con el control remoto y suspiró— en todos los noticieros ya comenzaron a pregonar su desaparición.
—Lo siento tanto… no me gustaría tener que causarles tantos problemas, pero en cuanto tenga una manera de librarme de todo esto….
—Ni siquiera lo digas —le interrumpió Elise mientras se despeinaba su propia cabellera, teñida de rosa pálido, por mera aburrición— Siempre es divertido tener un poco de acción.
Elise era la mejor amiga de Morgan desde que ambas iban al instituto, fue allí donde se conocieron. Ella se había emancipado desde los catorce años y vivía por cuenta propia en aquel cómodo departamento al tiempo que estudiaba y trabajaba en un club nocturno por las noches como cantante. Dos años después de eso, la abuela de Morgan falleció y ella la invitó a vivir allí y le ayudó a conseguir un trabajo, como cantante, en el mismo lugar donde trabajaba. Desde entonces se habían hecho inseparables. Siempre había sido dinámica y despreocupada, vivía a su propio ritmo y poco le importaba lo que los demás le dijeran o pensaran de ella. Detestaba la monotonía, por lo que buscaba actividades diferentes en las cuales entretenerse y constantemente cambiaba algo en su cuerpo para verse distinta, como teñirse el cabello, de colores ciertamente extraños para una cabellera, y volvérselo a teñir de nuevo cuando se aburría del anterior.
—Bueno —Morgan apagó el televisor y miró por el rabillo del ojo a Marina, quien veía por la pequeña ventana que tenía a su mano izquierda con aire ausente. Compartió una mirada con Elise y esta se encogió de hombros— será mejor que no pensemos en ello por el momento.
—Muchas gracias, chicas —la chica de larga cabellera castaña rojiza y de ojos azul mar las miró con una sonrisa— por ayudarme sin hacer muchas preguntas al respecto.
Morgan la miró sin decir nada, con aquella sensación extraña que le rondaba desde que la había conocido la noche anterior, y Elise se puso de pie de un brinco, provocando que su exuberante busto rebotara levemente con el movimiento.
—Debo prepararme para ir a trabajar, hoy te supliré —le guiñó el ojo a su mejor amiga antes de encaminarse hacia su habitación y hablar mientras lo hacía: — Les encargo que guarden las cosas por mí... ¡Y les recuerdo que el flan es mío!
Morgan y Marina se miraron a los ojos, con asombro, antes de echarse a reír y comenzar a hacer lo que la pelirosada les había encargado.
Niccolo miró la hora en su celular y masculló entre dientes. Un cuarto para las ocho de la noche. Ya habían pasado veinticuatro horas desde que Marina había desaparecido y si la situación seguía así, seguramente se volvería loco. Tenía más de un día entero sin dormir absolutamente nada y contra penas si había comido en todo ese lapso. ¿Hasta cuándo se prolongaría aquella agonía?
— ¿Dónde te has metido, niña? —Preguntó apenas en un susurro, golpeando el volante de su BMW Z4 con desesperación antes de aferrarlo con fuerza.
Se sentía completamente atrapado en aquel vehículo y lo peor era que no podía hacer absolutamente nada para remediarlo. Estaba estacionado cerca de donde había ocurrido la desaparición de la chica y esperaba algo, algún indicio que le indicara el camino que debía seguir para poder encontrarla.
Escuchó unos leves toquecitos sobre el vidrio polarizado de su ventanilla y giró parcialmente el rostro hacia su izquierda para poder ver la silueta de uno de sus ayudantes antes de bajar la ventana y bajarse parcialmente las gafas oscuras que usaba para ocultar el cansancio en sus ojos y así poder vislumbrarlo mejor.
— ¿Alguna novedad?
El otro negó de un lado a otro. Su rostro denotaba de igual manera el cansancio de todo un día de trabajo extenuante. Pero no llegaba ni a un tercio del agotamiento que el pelinegro padecía.
—Lo siento, hemos estado buscando y preguntando a los alrededores, pero nadie vio nada.
—Comprendo —Niccolo volvió a acomodarse los lentes y fijó la mirada hacia el frente, sin soltar el volante— Gracias por el esfuerzo, pueden tomar la noche libre y mañana reanudan su labor de búsqueda.
—Jefe… —el hombre se aclaró la garganta y le miró un tanto preocupado— los chicos y yo creemos que debería tomarse un descanso; terminará colapsando si no lo hace.
—No se preocupen por tonterías, sólo preocúpense por hacer un buen trabajo mañana a primera hora. La señorita Valentine es su prioridad, no lo olviden.
El miembro de los guardias de la familia Valentine se irguió, levemente tenso ante el seco tono de su superior, y asintió.
—Se hará como usted diga. Entonces paso a retirarme.
Niccolo asintió, mas no dijo nada y subió la ventanilla del auto de nueva cuenta antes de poner en marcha el motor y comenzar a perderse calle abajo, mirando un segundo por el retrovisor al guardia, quien se reunía con sus otros compañeros para dar el aviso.
Miró por el rabillo del ojo a su celular, que se encontraba sobre el asiento del copiloto, y masculló entre dientes antes de volver a fijar la mirada al frente y centrarse únicamente en conducir. Tenía que darle un informe detallado al padre de Marina sobre el progreso de la búsqueda. Sin embargo no estaba de humor en esos momentos para aguantar a su déspota jefe. Ya había soportado suficiente en aquel último día como para echarle la cereza al helado. Por lo que estiró la mano y tomo el celular con rabia antes de apagarlo y arrojarlo de nueva cuenta hacia el asiento sin siquiera mirarlo.
Viró hacia la izquierda, tomando un atajo, aunque ni siquiera sabía a dónde iba con exactitud. Sólo dejaría que su instinto le guiara, aunque terminara dando círculos por la ciudad sin cansancio. ¿Tenía algo que perder? Lo que más le importaba se había extraviado y era capaz de entregar todo lo demás con tal de recuperarlo. No importaba qué tenía que sacrificar, pero lo haría por encontrarla. Estaba seguro que la encontraría, sí que lo haría.
Era hora de hacer su movimiento.
