Día 3
Joaquín se retiró los anteojos para leer, haciendo a un lado los documentos que leía y analizaba, y se pellizcó el puente de la nariz, agotado. Tenía una empresa que atender además de encargarse de la búsqueda de Marina y no sabía hasta cuánto tiempo más duraría antes de que su cuerpo terminara por desfallecer. Bostezó al tiempo que se desperezaba y giró la silla hacia la ventana que tenía detrás de sí, para sumergirse en el panorama que tenía frente así y tratar de poner su mente completamente en blanco. Acción que le estaba costando mucho realizar.
La puerta de su oficina se abrió, pero el rubio no hizo nada para voltearse pues sabía perfectamente de quién se trataba. ¿Quién sería lo suficientemente maleducado como para pasar sin avisar antes?
— ¿Admirando el amanecer? —Preguntó Carlos al tiempo que depositaba una carpeta con el informe sobre la búsqueda de su prometida.
—Siempre me ha gustado observar la luz dorada del sol bañar los edificios de la ciudad mientras este asciende a los cielos o cuando decae muy lentamente para ocultarse y sumergir todo en penumbras.
—Ya te me pusiste poético, ¿dormiste algo esta noche?
—Un par de horas —asintió Joaquín, señalando con un movimiento de cabeza el cómodo diván que estaba en una esquina de la amplia habitación.
—Creo que deberías descansar más, la falta de sueño ya te está afectando, amigo —Carlos sonrió de manera burlona y miró a su alrededor con el ceño fruncido.
— ¿Alguna noticia? —El joven empresario apartó por fin la vista del exterior y se giró para enfocar su mirada en los ojos oscuros de su acompañante.
— ¿Respecto a la búsqueda de la señorita Valentine? Ninguna con relevancia —empujó un poco la carpeta por la superficie para acercársela y este la tomó y abrió, colocándose de nueva cuenta los lentes para darle una hojeada a su contenido— Algunos locatarios de la zona lograron ver a una joven con una descripción parecida a la de tu prometida salir corriendo rumbo a la zona este de la ciudad, pero esa información no ha sido comprobada todavía. Por lo tanto, se seguirá buscando en el centro de la ciudad, donde se le vio por última vez, y los lugares adyacentes al mismo.
Joaquín asintió, con la vista fija en un párrafo final en una de las hojas y la dejó a un lado para continuar leyendo en la siguiente.
—Así que eso descartaría el secuestro —alzó la mirada de los papeles y buscó en la expresión de Carlos algún indicio de su opinión. Este se encogió de hombros, imperturbable.
—No estamos seguros, podría ser que trataba de escapar de sus atacantes y estos, al final, lograron dar con ella. Sin embargo…
—No hay asomo alguno de agresión en la escena —le interrumpió.
—Así es, se encontró la puerta abierta de par en par, la del lado posterior izquierdo, justo en el lugar donde ella se encontraba posicionada en el automóvil, según la declaración de su propio guardaespaldas y del chofer. Pero eso no nos revela nada y por lo demás, no hay ninguna otra evidencia de nada.
— ¿Tú qué crees que haya sucedido realmente?
— ¿Mi opinión? No serviría de mucho, ya que no ayudaría a esclarecer el asunto. Sin embargo veo muy poco probable que la joven haya sido raptada o atacada. Es demasiado sospechoso, Niccolo Tescotti y el chofer se encontraban cerca del vehículo; si alguien hubiera intentado un atentado contra ella, hubieran alcanzado a escuchar la violencia y los gritos por parte de ella, y eso no fue así. Ninguno de los dos escuchó nada y, para cuando quisieron darse cuenta, la joven ya no se encontraba en su lugar de origen… ni en sus alrededores.
—Lo mismo creo —Joaquín dejó la carpeta a un lado y de nueva cuenta se quitó los anteojos antes de mirar a Carlos de soslayo— Algo la hizo huir, estoy seguro, y ese algo es nuestro compromiso.
—Muy probable —su ayudante se encogió de hombros y le devolvió una mirada seria y solemne e, instintivamente, Joaquín supo que no era todo lo que tenía que decirle— Hay algo más —le confirmó las sospechas sin necesidad de que el otro las expusiera en voz alta— Se tiene registrado que los hombres de la familia Valentine se retiraron ayer, alrededor de las ocho de la noche, para tomar un descanso y reanudaron sus labores de búsqueda a primera hora de hoy, hará una hora más o menos, por ello de las cinco de la mañana —Joaquín asintió, dándole a entender que tenía toda su atención y el pelinegro prosiguió: — pero a Niccolo Tescotti no se le ha vuelto a ver desde el día anterior.
Un pesado silencio se formó entre los dos hombres.
— ¿Qué quieres decir con eso? ¿Cómo que no se le ha vuelto a ver?
—Bueno —Carlos se acomodó mejor sus lentes y le miró a través del cristal de los mismos— dio la orden de que sus hombres se retiraran por esa noche y al día siguiente volvieran al trabajo, es decir hoy. Uno de los empleados de los Valentine lo vio por última vez; fue a él a quien le dio las instrucciones y dice que, después de hacerlo, partió en su automóvil rumbo al norte. Hice algunas averiguaciones: se supone que anoche debió darle un informe del avance de la búsqueda al secretario del Señor Valentine y no le llamó a la hora acordada, tampoco lo hizo directamente con Facundo Valentine. Trataron de ponerse en contacto con él y hasta entonces no han logrado localizarlo. Yo personalmente le llamé al número de celular que me proporcionaron y me mandó directamente a buzón.
—Lo tiene apagado —sospechó Joaquín, fijando la vista en un punto particular de su oficina y meditando la información que acababa de recibir— ¿Crees que algo malo le haya sucedido?
—No podría asegurarlo, ¿quieres que mande a alguien a investigar?
—Sería lo mejor —corroboró el rubio, tras reflexionarlo un poco— manda a alguno de los detectives, que contratamos para el caso de Marina, que se encargue ahora del caso de su guardaespaldas.
Carlos asintió y sin mayor preámbulo, se dio la vuelta para encaminarse a la salida y cumplir con el mandato recibido. Una vez en el umbral de la puerta, se giró para mirar a su mejor amigo con una sonrisa burlona, pero sus ojos dejaban relucir la preocupación que sentía por él.
—Iba en serio cuando te aconsejé que descansaras un poco, tienes las ojeras más horrendas que he visto en mi vida —y tras decirle aquello, cerró la puerta tras de sí.
Elise bostezó despreocupadamente cuando salió de su habitación y sin demorarse en mirar a las dos chicas que estaban en la puerta, a punto de partir, se dirigió al refrigerador y lo abrió antes de sacar un flan y comenzar a degustarlo.
—Vaya, ¿van a algún lado tan temprano? —Fijó su mirada castaña en las dos jóvenes antes de darle una cucharada a su flan y llevársela a la boca, haciendo un murmullo de completa satisfacción al hacerlo.
— ¿Tan temprano? ¡Es casi mediodía! —Le recriminó su compañera de habitación, frunciendo el ceño.
—Sólo vamos a por unos ingredientes que nos hacen falta para la comida, Morgan me enseñará a cocinar —terció Marina con una sonrisa. Se notaba a leguas que hacía un gran esfuerzo de voluntad para no reír.
— ¿A qué hora llegaste?
—Como a eso de las tres de la mañana —volvió a bostezar y tiró el empaque del flan a la basura una vez que terminó de comerlo— Y no puedo creer que hoy de nueva cuenta tenga que regresar a lo mismo… —suspiró desganadamente y se echó sobre el sofá más cercano a ella— Esta vez vendrás conmigo, ¿cierto?
—Sí, no puedo faltar al trabajo tan seguido —confirmó Morgan, entrecerrando sus ojos verdes y mirando por encima del hombro, hacia la salida— Será mejor que nos apuremos.
— ¿Y consideras que es buena idea llevarla? —Elise señaló a Marina con la barbilla y ladeó el rostro— Ayer el centro estaba atestado de miles de monigotes buscándola como perros rabiosos. En el club no fue tan diferente… había un hombre haciendo preguntas.
— ¿Un hombre? —Inquirió Morgan, alertada.
—Así es —la joven agitó su mano sin preocupación— a mí no me habló, pero le estuvo preguntando a una de las meseras si no sabía algo sobre una chica que, curiosamente, describió como la que está a un lado de ti. Sin me permiten decirlo, era extremadamente guapo. Tenía un no sé qué, un aire tan salvaje…
Morgan giró su cabeza para mirar a du lado, provocando que su corta cabellera castaña clara, con dos largos mechones que le llegaban por debajo del hombro, se moviera con el movimiento. Marina abrió ligeramente los ojos con sorpresa y se llevó una mano al cuello, totalmente nerviosa.
—Ese hombre… ¿Qué apariencia tenía?
Elise lo meditó por unos momentos, llevándose el dedo índice a la barbilla y dándose leves golpecitos con este mientras lo hacía.
—Veamos… su cabellera era azabache, sus ojos claros… no sabría definirte un color exacto debido a la escasa luz en el lugar, pero a mí me parecieron como plateados, o azules muy claro. Su tez era pálida y vestía como un matón sexy de una película de acción. Lo que más me llamó su atención, pues alcancé a escuchar su conversación con la mesera que ya les comenté, fue su voz: clara y profunda, empleando un leve tono amenazador que lo hacía muy atrayente.
—Dios mío, Nicco…
— ¿Quién?
—Niccolo Tescotti, mi guardaespaldas —Marina volteó a ver a Morgan, tratando de tragar el nudo que se le había formado en la garganta— debí suponer que me estaría buscando… Dios mío, ¿y si me encuentra? —Se aferró al brazo de su compañera y Morgan pudo notar el terror en sus ojos azules— ¡No puedo permitir que me encuentre!
—Tranquilízate —trató de calmarla— no creo que te encuentre por el momento. El club se encuentra en el centro de la ciudad y este lugar está bastante alejado del mismo.
—Tardarán en dar con él —aseguró Elise, poniéndose en pie— Y para entonces, nosotras te habremos ayudado a escapar de la isla, de ser necesario. Si no deseas que te encuentren, no lo harán. Es una promesa.
—Ustedes no conocen a Nicco… —susurró con voz ahogada la joven, negando levemente— No hay lugar en el cual me pueda esconder sin que él pueda llegar hasta donde estoy. Por el bien de su trabajo, hará lo que haga falta por encontrarme y llevarme arrastrando de ser necesario.
—El tipo pinta cada vez menos agradable —Morgan torció levemente el gesto y después suspiró—Creo que Elise tiene razón, será mejor que no salgas para nada de aquí. No podemos arriesgarnos a que alguien te identifique ante la policía.
— ¿Por qué no te vas a descansar un poco? Te ves algo alterada —intervino Elise, poniéndose en pie.
Marina asintió, sin poder controlar los temblores en su cuerpo, y se encaminó hacia la recamara de Morgan, cerrando tras de sí la puerta con suavidad y dejando a las dos amigas de pie, en medio de la sala.
—No sé tú, Morgan, pero… —Elise volteó a ver a la mencionada con una expresión suspicaz en su rostro de elegantes facciones— ¿No crees que el parecido entre ustedes es sorprendente?
Morgan no respondió y en cambio mantuvo la mirada fija en la puerta cerrada por la que había desaparecido la otra joven. No era necesario que se lo hicieran notar, pues se había percatado de ello en el mismo instante en el que la había conocido, aquella noche bajo la lluvia en medio de la calle. ¿Quién era exactamente Marina Valentine?
¿Quién era exactamente Morgan Florent? Creía saberlo, pero ya no estaba tan segura.
Y no era la única experimentando esa clase de sentimientos, pues Marina tenía las mismas dudas rondando por su mente constantemente, desde que aquel caos se había desatado.
Joaquín entró en el atestado club nocturno y miró a su alrededor con aire crítico. Había hecho caso a los consejos de Carlos y tras haber dormido casi todo el día, ahora se encontraba en aquel lugar, buscando una manera de despejar la mente por un par de horas. Lo que le agradó del local, además de su ambiente, fue el hecho de que, al parecer, nadie le reconocía. O casi nadie. Y eso ya era una ventaja enorme.
Lo último que deseaba en esos momentos era que alguien se percatara de su presencia y le asediara con preguntas incómodas. No estaba para esos asuntos.
Ocupó una de las pocas mesas disponibles, cerca del escenario, y pidió un whisky doble antes de fijar la mirada en la chica de voluminosas proporciones que en ese momento se encontraba interpretando una rítmica melodía con buena voz y bien entonada. La canción finalizó poco tiempo después de que le trajeron su bebida y comenzó a secundar a los demás presentes con sus propios aplausos antes de acercarse el vaso a los labios y dar un pequeño trago para degustar el sabor fuerte y algo amargo del vino.
Pasaron los minutos y el rubio se entretuvo mirando a las personas de las mesas de su alrededor. En esa noche no iba a pensar en nada más que no fuera en él mismo. Adiós negocios, adiós preocupaciones. Dejaría todo en manos de Carlos mientras él buscaba una manera de eliminar el estrés acumulado de esos últimos días. De cierta manera sí estaba funcionando, pero al olvidar todo aquello que le aquejaba, volvió otro asunto que había tenido escondido momentáneamente. Aquellos ojos verde mar volvieron a ser los protagonistas de sus pensamientos. Su sonrisa, su mirada, su cabellera corta y castaña clara, sus facciones… ¿Por qué no podía sacársela de la mente? Ni siquiera sabía su nombre, no había compartido con ella más que unas simples palabras y unos cuantos minutos de su tiempo. Y de igual manera, aquel breve encuentro con la chica del accidente había logrado colarse dentro de sí de una manera que jamás creyó posible. Y no es como si la conociera, pero algo tenía la joven que la hacía única, especial… Y a la vez familiar.
Alzó la mirada de nueva cuenta al escenario cuando escuchó que una canción era interpretada nuevamente y, dando un trago más profundo a su whisky, fijó la mirada en la joven que estaba parada en medio del mismo. Por poco se atraganta con el fuerte líquido que le quemó la garganta.
¿Acaso era una broma del destino? Por un momento vago, al mirarla sólo de refilón, creyó que se trataba de Marina Valentine. Pero al apreciar mejor su rostro, pudo darse perfecta cuenta que no era su prometida, sino la causante de tanta divagación anterior.
Estaba allí, era de carne y hueso y no sólo una imaginación. Cantaba con un sentimiento y una perfección que nunca antes había visto a nadie hacerlo, ya fuera hombre o mujer. Se volvía una con la melodía y con el escenario en el que se encontraba, y lograba cautivar a la audiencia de manera impecable. En todo el tiempo que duró su canción, no pudo desviar la mirada ni un sólo instante de su angelical rostro, reflejando el mismo sentimiento que requería la pieza.
Cuando terminó la función, los aplausos no esperaron a dejarse oír en todo el recinto, incluso él mismo se vio aplaudiendo de forma entusiasmada y de manera inconsciente. La joven hizo una leve reverencia ante su público y bajo de la tarima para encaminarse hacia las mesas y permitir que la felicitaran y alabaran, caminando de allí para allá de forma grácil y siendo seguida atentamente por la mirada esmeralda de Joaquín Lombardi.
Cuando Morgan pasó cerca de su mesa, el hombre no pudo evitar que su propia mano actuara por instinto y la tomó de la muñeca, reteniéndola junto a sí e impidiendo su andar. La chica frenó en seco y volteó a ver detrás de sí con disgusto, pero cuando sus ojos se encontraron con los de él, estos se abrieron levemente por el asombro y dejó de poner resistencia. Así que ella también lo recordaba. No habían pasado muchos días desde lo sucedido, sin embargo había una alta probabilidad de que para la otra fuera un acto insignificante como para tener que guardarlo en su memoria. Pero al parecer ese no había sido el caso.
—Veo que tú tampoco me has olvidado —susurró, haciéndose oír contra penas entre tanto bullicio de su alrededor, y mucho antes de que Morgan pudiera decir algo.
—No sabía que fueras un cliente del club —logró articular al fin, entre leves balbuceos aunque inmediatamente después se arrepintió de lo dicho. Si fuera un cliente habitual, sabría su nombre o la hubiera reconocido; además parecía que era completamente ajeno a ese tipo de ambiente. Su corazón latía de forma acelerada y una sensación agradable invadía su mano, allí donde su piel tocaba con la suya. ¿Había alguna forma de poder controlarse?
Él sonrió, provocando que las piernas de Morgan flaquearan levemente.
—Si debo ser sincero, es la primera vez que visito el lugar. Pero de haber sabido que trabajabas aquí, hubiera venido desde mucho antes, con tal de encontrarte.
¿Por qué tenía que tener una voz tan jodidamente varonil y sensual?
—Bueno… Yo… —no sabía qué decir. ¿Él la había estado buscando? Le parecía de lo más improbable. Siendo rico como era, no se podía explicar cómo un hombre como ese, que podía tener a disposición a cuanta mujer bella que quisiera, se fijaría en alguien tan insignificante como ella— ¿Estás tratando de ligar conmigo? —preguntó al fin, con una sonrisa divertida.
—No lo sé, pero si está funcionando dímelo para no detenerme.
Morgan rió y se soltó suavemente de su agarre.
—Lo siento, pero debo volver al trabajo— antes de que pudiera dar un solo paso, el otro volvió a agarrarla de nueva cuenta y le miró, sin comprenderle.
—Prométeme que nos volveremos a ver —urgió Joaquín, mirándole de forma profunda con sus ojos verde oscuro.
—No entiendo para qué quieres volver a verme, por lo que tuve entendido en nuestro anterior encuentro, tú y yo pertenecemos a círculos diferentes.
No deseaba engañarse a sí misma, daría lo que fuera por poder compartir más tiempo con aquel hombre que era un completo desconocido para ella, sin embargo debía ser sensata y mantenerse apartada. En primera razón, porque efectivamente no le conocía. Y en segunda, porque nada bueno podía salir de eso.
Joaquín sabía que ella tenía razón, estaba actuando impulsivamente y eso rompía con todos los estándares que tenía de hombre de negocio centrado y juicioso. Además, ya estaba comprometido con alguien más y no sólo eso, sino que su prometida se encontraba desaparecida, sin saber qué clase de suerte corría, y él en lo único que podía pensar era en coquetear con aquella joven que se le parecía tanto. Eso no tenía sentido.
Soltó su mano, mas no dejó de mirarla. Ella tenía razón, pero tampoco podía hacer a un lado sus emociones y negar que estas existieran.
—Mañana a las cinco de la tarde te estaré esperando en el parque, junto al viejo olmo. No es necesario que me confirmes o niegues nada —aclaró al ver que la joven abría la boca para comentar algo— Comprenderé si no asistes, pero de igual manera estaré esperando.
Y sin dejar que Morgan pudiera siquiera protestar, sacó dinero de su billetera antes de dejarlo sobre la mesa para pagar su bebida a medio terminar, y salir del establecimiento con paso firme, seguro de sí mismo.
Unos golpes en la puerta hicieron que Marina se tensara, nerviosa, y mirara entre toda aquella oscuridad la superficie de madera levemente carcomida por el tiempo.
Las chicas habían salido a trabajar hacía varias horas, aun así le parecía improbable que ya hubieran regresado a casa y mientras tanto, ella debía mantenerse quieta y sin hacer el menor ruido posible para no llamar la atención de los vecinos. Precisamente por eso era por lo que mantenía todo el departamento en sombras, ella sentada en el sofá en medio de toda esa quietud.
Tragó saliva, sin apartar la mirada de la puerta, que contra apenas si lograba deslumbrar, y se puso lentamente de pie al escuchar la llamada repetirse de nueva cuenta, pero con más insistencia. ¿Quién sería a esas horas? Lo más sensato sería que no abriera la puerta, sin embargo algo dentro de sí le inquietaba y, antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se encontraba encaminándose hacia la entrada del departamento y apoyó una mano sobre la misma, una vez que llegó junto a ella.
Esperó por unos momentos, aguardando la respiración, pero nada sucedió y cuando apenas se estaba permitiendo respirar nuevamente, los toques se escucharon por tercera vez, apremiantes; provocaron que la joven diera un leve respingo y apartara su mano de la puerta para abrirla de forma inconsciente. Dio un par de pasos hacia atrás para poder mirar por el resquicio de la puerta y sus pulmones fueron incapaces de inhalar aire puro al ver a la persona que estaba de pie en el umbral.
—Nicco… —musitó con voz temerosa y estrangulada, con su cuerpo temblando violentamente. Rápidamente aferró la perilla de la puerta y, apoyando un hombro sobre la madera, empujó con todas sus fuerzas contra esta para cerrarla, sin embargo el pelinegro fue más astuto y metió un pie en medio de esta y el marco y toda posibilidad de escape para la chica se vio reducida a ceros— ¿Qué haces aquí? ¡Por favor, vete a casa!
Niccolo no respondió y bastó con que aplicara un poco de fuerza para que los esfuerzos de Marina fueran inútiles y la puerta se abriera completamente, provocando que la castaña trastabillara. Una vez recuperado el equilibrio, retrocedió lo más que pudo, alejándose de su guardaespaldas, quien ya había podido introducirse al departamento, pero el sofá le cortó la huida y alzó la mirada horrorizada hacia el intruso.
—Por favor… vete…
A pesar del miedo que traslucía su voz temblorosa, no le hizo caso y le tomó su muñeca con inusitada fuerza, lastimándola. Marina no pudo contener un leve gemido de asombro y dolor ante esa acción que le provocaba daño y busco desesperadamente algún medio o instrumento con el cual ayudarse para librarse del doloroso amarre. Pero antes de que su cerebro pudiera reaccionar de forma adecuada, Niccolo la atrajo hacia sí y envolvió su menudo cuerpo con sus protectores brazos, aferrándola con una fuerza que casi hería, pero que Marina ni siquiera podía percibir debido a que no podía salir del asombro.
—Nunca más… —masculló con voz profunda y contenida por el sentimiento de verle perdida; hundió su rostro entre el sedoso cabello de ella y aspiró su embriagador aroma— nunca más vuelvas a hacerme esto, jamás.
—Nicco… —Marina entrecerró los ojos, permitiendo que las lágrimas rodaran con libertad por sus mejillas pálidas y ocultó su rostro contra el torso de él, rodeando su esbelta pero bien formada espalda, con sus manos para percibir su fuerza y calor; acercarle hacia sí para poder sentir su cuerpo lo más cerca posible del suyo y hacerse a la idea de que todo era real, no un invento de su desesperado corazón.
Pero antes de que Marina pudiera llegar a comprenderlo, Niccolo cortó aquel anhelado abrazo y puso unos cuantos centímetros de distancia entre ellos, sin embargo no impidió del todo el contacto con ella y apoyó ambas manos sobre sus hombros, mirándola a los ojos con serenidad. Como siempre, la mirada de él no dejaba traslucir nada que le indicara a Marina lo que realmente estaba pensando, sin embargo había un brillo en sus ojos grises que no había visto antes en ellos. ¿Resignación? ¿Dolor?
—Ahora que te he encontrado, debo llevarte de regreso. Has causado todo un caos con tu huida, incluso llegamos a pensar que algo malo te había pasado.
— ¿Qué? —No podía dar crédito a lo que escuchaba. Y su corazón volvió a resquebrajarse ante aquellas palabras. Por un segundo, sólo por un segundo, había creído que Niccolo realmente se había preocupado por ella y que, ahora que la había localizado, no iba a permitir que se marchara de su lado. Pero al final, lo único que le importaba era su trabajo. Y ella era ese trabajo.
¿Por qué las cosas tenían que ser así? ¿Por qué debía ser tan doloroso?
—Tu padre está hecho una furia, pero seguramente se le pase el coraje cuando vea que estás bien. También Joaquín Lombardi ha estado tratando de localizarte.
— ¿Joaquín? —Farfulló, aún anonadada, antes de apartarse bruscamente y perder todo contacto corporal con él. Retrocedió un par de pasos para asegurarse de que no tratara de nueva cuenta tocarla y le miró con desprecio, con lágrimas atrapadas entre sus pestañas por la rabia— Lo siento, pero no planeo regresar. Ya puedes irte.
—No voy a irme sin ti —frunció el ceño con molestia— mi obligación es devolverte a tu padre a salvo.
—Pues bien, puedes decirle a mi padre que no regresaré —le espetó con ira, tratando de aparentar de esta manera la agonía que sentía en esos momentos. Hasta que el otro no se marchara, no lloraría, no se podía permitirse flaquear de esa manera— Ahora vete antes de que llame a la policía.
—Me encantaría ver que lo intentaras siquiera —se burló el pelinegro con desdén, pues la policía también la estaba buscando y ella lo sabía. Instantes después, toda expresión desapareció de su rostro y le miró de forma penetrante y con seriedad— ¿Por qué eres tan terca? ¿Estás nerviosa por la boda? Deja de ser tan infantil y corre a los brazos de tu prometido, que te está esperando ansioso.
Marina se acercó, sin decir absolutamente nada, y una vez frente a él le plantó una bofetada a su mejilla izquierda con todas las fuerzas de las que fue capaz.
— ¡Deja de burlarte de mí! —Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos azules sin que ella fuera capaz de detenerlas ya. Niccolo sintió un nudo en su garganta, no por el golpe que acababa de recibir, sino por verla llorar de aquella manera tan angustiante— ¿Terca yo? ¡Todo el mundo quiere que me case con Lombardi, incluido tú, sin importarles siquiera lo que yo opine al respecto! Es lo más conveniente… —rió de forma casi histérica— ¿Qué me importa a mí lo que sea conveniente? ¡Tú no comprendes nada! —comenzó a golpearle el torso con los puños fuertemente cerrados, desahogando una milésima parte del dolor que le embargaba. Él no hizo nada por impedírselo— ¡No lo comprendes! Me rompes el corazón una y otra vez… y todavía tienes el cinismo… —sollozó y alzó los ojos anegados en lágrimas hacia él— ¿Por qué? ¿Por qué no te das cuenta que a quién amo es a ti?
Antes de que alguno de los dos pudiera reaccionar de forma coherente, Marina se puso de puntitas y, tomando su rostro con ambas manos, acercó sus labios levemente húmedos por las lágrimas a los de él, hasta que estos se rozaron tímidamente. Al principio Niccolo no reaccionó, se mantuvo completamente quieto, tieso por la sorpresa, sufriendo de una lucha interna en la que su razón y sentimientos se disputaban por ver quién regiría. Con un brazo le rodeó la cintura y con el otro tomó su nuca y la acercó más hacia él, profundizando el beso con urgencia, invadiendo toda privacidad de la joven e imponiendo su presencia con una ferocidad que dejaba a Marina sin aliento. Ella rodeó su cuello con sus brazos y permitió que fuera él el que guiara el beso, tratando de seguir su ritmo sin mucho éxito. Cuando Niccolo se percató que a la castaña le costaba trabajo respirar, bajó la intensidad y le beso con ternura y delicadeza, como si fuera la cosa más valiosa que jamás pudiera poseer.
Cuando ambos al fin se separaron, a los dos les hacía falta el aliento. Niccolo tomó un mechón de su largo cabello castaño y se lo llevó a los labios con reverencia, cerrando los ojos al hacerlo. El color en las mejillas de Marina se intensificó ante este acto y le miró al rostro con timidez y asombro, con la respiración agitada por aquel arrebatado beso del cual aún no podía recuperarse. Dudaba que algún día pudiera hacerlo.
Cuando su guardaespaldas al fin abrió los ojos y le miró directamente con ellos, Marina tragó saliva, nerviosa de nuevo, pero a la vez con una determinación que no creía que fuera capaz de poseer.
—Dímelo —Niccolo la observó, sin comprender— Dime que no me dejarás ir… que no me entregarás a nadie más. Por favor, dímelo…
Él sonrió antes de abrazarla con dulzura y hacer que ella apoyara su cabeza en su hombro. Le besó el cabello antes de dirigir su boca a su oído y musitar:
—Jamás te dejaré ir ni te entregaré a nadie más, te lo prometo… Eres mía.
