Día 5
Sus ojos aún estaban levemente hinchados por pasar toda la noche en vela, llorando. Sin embargo había amanecido con la determinación de no dejarse abatir por eso. Tendría que sacar fuerzas de algún lado, pero debía seguir adelante como si nada hubiera pasado, como si Joaquín Lombardi jamás hubiera existido en su vida. Aunque había sido por un periodo relativamente corto, aun así había logrado saber lo que era amar… y atesoraría ese momento para siempre.
Más importante aún, no comprendía qué hacía allí, frente a la enorme mansión de los Valentine. Un mensaje de un número desconocido había llegado a su celular, pidiéndole que fuera a esa dirección a las nueve de la mañana y que allí se le explicaría todo. Como remitente, sólo había unas siglas: M.V.
Cada vez estaba más convencida de que se trataba de Marina, y precisamente porque tenía aquella corazonada de que sería ella, es que se había decidido a asistir. De otra manera, ni de loca hubiera ido; ya estaba cansada de las citas con desconocidos. Ahora, la cosa era averiguar qué se esperaba de ella. Alzó la mano para tocar el interruptor sofisticado que seguramente suplía al timbre común, pero una limusina a sus espaldas la hizo desistir de su intento.
Se giró para ver de quién se podría tratar, y lo hizo justo en el momento en el que el chofer abría una de las portezuelas traseras y por ella salía nada más y nada menos que el causante de su inestabilidad emocional.
Joaquín miró a Morgan sin poder salir de su asombro, quedando a medio camino y bloqueándole la salida a Carlos, quien trataba de mirar por algún hueco lo que estaba pasando. ¿Qué hacía ella allí? Justo cuando trataba de poner orden a su vida una vez más, aparecía para atormentarle de nuevo, con su presencia llena de luminosidad y con aquella mirada franca que tanto habían cautivado al rubio. Dio un par de pasos hacia ella, de forma inconsciente e impulsiva, y la tomó entre sus brazos sin que ninguno de los dos fuera capaz de poner resistencia alguna.
Carlos se quedó mirando la insólita escena con una expresión de asombro y a la vez horror, que si Joaquín hubiera observado, seguramente le hubiera parecido cómica. Pero en esos momentos estaba más ocupado aspirando el dulce aroma de la castaña mientras la acercaba aún más hacia sí, casi impidiéndole respirar. Necesitaba cerciorarse de que ella realmente estaba allí y que no era una ilusión.
— ¿Por qué? —Preguntó Morgan contra el cuello de Joaquín, con la voz estrangulada y con el corazón desbocado, albergando lo que sabía bien que no debía albergar: la esperanza.
—No puedo seguir con esto… no puedo seguir con esta farsa —Joaquín alzó el rostro de la chica con una de sus manos, sujetándola por el mentón, antes de reclamar sus labios como suyos. Morgan dejó caer inerte los brazos en sus costados, sin poder tener control de su propio cuerpo y con las piernas a punto de fallarle; si no hubiera sido porque la sujetaba, seguramente se hubiera desplomado. Muy lentamente cerró los ojos, permitiéndose sentir la calidez de los labios de él contra los suyos mientras sentía que la felicidad que había creído perdida el día anterior, al fin retornaba a ella. — Te quiero a mi lado, sé que suena estúpido… pero no podré ser feliz con nadie más que no seas tú —la ronca voz del rubio le hizo estremecer el cuerpo y le miró como si de un sueño se tratara.
Carlos, quien había visto el beso entre los dos amantes sin poder articular ni una sola palabra, se aclaró la garganta, tratando desesperadamente de llamar la atención de su amigo, al tiempo que miraba por encima de ellos con un mal presentimiento.
Facundo Valentine había sido testigo de todo.
—Facundo, puedo explicarlo…
—Será mejor que sea una buena explicación —habló con voz de hielo al tiempo que miraba a Morgan con un resentimiento tan profundo, que la chica no pudo evitar que todo su cuerpo se tensara por el temor. Instintivamente, Joaquín se colocó frente a ella de forma protectora. El magnate volvió a fijar su mirada celeste en el que se suponía que sería su futuro yerno— Mi hija podría estar muerta, ¿y tú encontraste consuelo en una cualquiera?
—Será mejor que te retractes… —le amenazó el rubio, tensando las mandíbulas con fuerza para mantener bajo control la ira.
—Y será mejor que tú comiences a comportarte como lo que eres —el hombre alzó la barbilla con orgullo— Al menos que quieras arrepentirte por lo que estás haciendo, y te aseguro que lo harás…
—No le temo a tus… —no pudo terminar con la frase, porque un automóvil de color plateado, que se trasladaba a toda velocidad, frenó bruscamente detrás de ellos, junto a la limusina de los Lombardi, haciendo rechinar los neumáticos contra el asfalto al hacerlo; quien conducía era muy hábil y sabía lo que hacía, porque logró estacionarlo limpiamente y sin ninguna clase de percance. La puerta del copiloto se abrió bruscamente y por ella bajó Marina, sujetando una carpeta en su mano izquierda y dejando a todos los allí presentes boca abiertos por su repentina aparición, sobre todo al descubrir que estaba completamente sana y a salvo.
—Por favor, deténganse —suplicó mientras corría hacia donde se encontraban ellos y se ponía en medio de ambos contrincantes, encarándose a su padre, quien no podía dar crédito a lo que veía.
—Marina, estás bien… —su impulso fue abalanzarse sobre su hija y estrujarla entre sus brazos, sin embargo algo en su expresión hizo que desistiera en el intento.
La joven se encaminó hacia él con paso firme y abrió la carpeta que retenía con ella como si fuera su vida misma. De ella sacó una vieja fotografía y se la tendió a su padre.
— ¿La reconoces?
El corazón de Facundo estuvo a punto de quebrarse en dos al ver el sonriente rostro de su amada y difunta esposa, la cual se mantenía a prudente distancia del columpio que albergaba a dos niñas de escasos cinco años que jugaban en él. Las dos mostraban una sonrisa inocente e infantil en sus radiantes rostros. ¿Cómo no reconocerla? Él mismo la había tomado.
—Myriam…
—Así es —confirmó Marina, con una sonrisa tranquila— Myriam Valentine, con sus dos hijas mellizas: Marina y Morgan —se hizo a un lado y le pidió con la mirada a Joaquín que hiciera lo mismo, para que su padre pudiera observar a la joven que había estado protegiendo tras de sí— Ahora, ¿no crees que ella se parece a alguien?
Facundo la miró y sintió que los ojos se le humedecían al reconocer en el rostro de la castaña el de su propia hija, la cual había creído perdida hacía muchos años atrás.
—Mi niña… mi Morgan… —susurró con la voz rota.
Morgan no entendía que estaba pasando, miró a Marina sin comprender absolutamente nada mientras observaba la situación como si fuera sólo una simple espectadora. La Valentine le dedicó una sonrisa cómplice y se acercó a ella, tomándole ambas manos con las propias y viendo su expresión inaudita al tiempo que hacía un esfuerzo por no reír por ello, y de felicidad.
—A mí también me tomó un poco de tiempo el asimilar la realidad, pero lo cierto es que tú eres mi hermana melliza, quien se extravió en una feria el día en que ambas cumplíamos los cinco años de edad —le explicó, dejándola aún más confundida. — En cuanto te vi aquella noche en la que me escapé, supe inmediatamente que no era la primera vez que te veía y es por ello que te pregunté que quién eras. Después, cuando te presentaste, estaba casi segura de que eran demasiadas coincidencias. Tus facciones tan parecidas a las mías, tu nombre, que era idéntico al de mi hermanita menor perdida y aquella sensación insistente en que no era sólo por azar el que me encontrara contigo. Tenía que averiguar si eran sólo suposiciones mías.
—Yo… perdí la memoria cuando era niña —musitó con voz lejana la joven, sin poder apartar la mirada de los ojos de Marina, como si estos la hipnotizaran. — Mi abuelita… ella dijo que había sufrido un accidente y que me había golpeado la cabeza. Lo único que podía recordar era mi nombre...
Ella le dedicó una sonrisa aún más radiante, antes de abrazarla con fuerza por un segundo. Tanto Joaquín como Carlos estaban aún más perdidos que Morgan. ¿La heredera Valentine tenía una hermana? ¿Morgan era su melliza? Compartieron miradas, anonadados.
Niccolo bajó del auto, miró a Marina por encima de este, a través del cristal oscuro de sus gafas, y le dedicó una casi imperceptible sonrisa cuando ella se separó de su hermana, demostrándole de esa manera su apoyo y brindándole fuerza para que pudiera continuar. Ella le devolvió el gesto con una sonrisa y asintió, antes de fijar de nueva cuenta su atención en la pálida joven que tenía ante sí y seguir relatando lo sucedido.
—No estaba segura, pues no tenía una imagen de mi hermana guardada en mi memoria. Era demasiado pequeña cuando fue la última vez que te vi y mi padre mandó a hacer desaparecer toda evidencia de tu existencia, dolido ante el veredicto de las autoridades, quienes te habían dado por muerta, tras meses sin poder localizarte. Mamá también había quedado destrozada y, sin poder evitarlo, tu rostro terminó por desaparecer de mis recuerdos, aunque siempre supe que había tenido una hermana a la que había amado con todo mi corazón. A la que todos habíamos amado —miró por encima del hombro a su padre, pues sabía que ese sería un golpe muy duro para el hombre— Poco tiempo después de haber cumplido los once años, mi madre falleció de leucemia y a partir de ese día tanto el nombre de ella como el tuyo fueron completamente eliminados de las memorias de nuestro hogar. Gracias a Nicco, pude encontrar una vieja fotografía que había sido tomada días antes de que desaparecieras. Tras verla, no me ha quedado ninguna duda. Quien desconfíe, puede hacerte una prueba de ADN, sin embargo yo estoy completamente segura: eres mi hermana, Morgan.
No podía ser cierto, todo aquello debía ser un sueño, un sueño del que tarde o temprano tendría que despertar. Pero si había una posibilidad de que todo fuera real…
—Entonces… yo… ¿Soy una Valentine?
Marina asintió, antes de voltear a ver a su padre y desafiarle con la mirada.
—A partir de hoy renuncio a mis derechos como heredera de la familia —después sonrió dulcemente— Jamás dejaré de ser tu hija, pero ya va siendo hora de que sea yo quien decida qué hacer con mi vida —volteó a ver a Niccolo, quien se había acercado discretamente desde su BMW hasta ella, y le pasó una mano por la espalda para acercarle hacia ella, dispuesta a nunca más dejarle ir. —Joaquín, lo siento mucho... por no poder seguir con nuestro compromiso, sin embargo te estaría engañando si continuaba con toda esta farsa; pero sobre todo, me estaría mintiendo a mí misma y a mis sentimientos. Yo ya tengo a quien amar.
Facundo, aún atormentado por los recuerdos del pasado, se acercó lentamente hacia Morgan, quien aún se encontraba en shock por todo lo que estaba sucediendo, y le tendió la fotografía. Ella pudo reconocerse en una de las dos niñas como a sí misma, y las lágrimas comenzaron a derramarse de sus ojos antes de mirar al hombre que tenía enfrente, acabado porque la vida se había cizañado con él, y le abrazó con fuerza, siendo correspondida unos segundos después.
Niccolo y Marina, tras ver aquel reencuentro entre padre e hija, compartieron miradas mientras el pelinegro entrelazaba sus dedos con los suyos y le besaba dulcemente los labios, entregándole todo el amor que sentía por ella con ese sencillo gesto y recibiendo, a su vez, el amor que la castaña le profesaba.
—Mi hija… nunca más te dejaré marchar de nuevo —le susurró Facundo a Morgan al oído, con voz cargada de sentimiento. Ya no le importaban las apariencias, lo único que deseaba era que sus hijas pudieran ser felices como más les convenía, por decisión propia de ellas.
Ella sollozó contra el hombro de su padre antes de que ambos por fin se separaran y se miraran a los ojos una vez más. Después de eso, volteó a ver a Joaquín, quien estaba parado atrás y con una expresión que dejaba a claras que estaba igual de liado. Rió con alegría, a pesar de las lágrimas que aún brotaban de sus ojos, y corrió hacia él para poder echarle los brazos alrededor del cuello y abrazarle.
—No quiero volver a sentir el dolor que padecí al creer que nunca más te volvería a ver… ¿Crees que una Valentine sea lo suficiente buena para un Lombardi?
Él le miró con sus ojos verdes irradiando por el amor que le tenía y le sonrió.
—Sólo Morgan es mucho más de lo que yo pudiera merecer o desear.
—Creo que no me queda de otra más que amarte, Joaquín Lombardi —él le colocó un mechón de su cabello detrás de la oreja y le besó la mejilla de forma reverencial.
—Estaré ansioso por ello —se separó sólo lo suficiente para poder verle al rostro, tomándoselo con gentileza entre sus manos, y dedicarle una sonrisa cargada de pasión y anhelo— Te amaré por el resto de mi vida, Morgan Valentine, no tengas duda alguna de ello. —Después de decir aquello, le besó una vez más en los labios, olvidándose de todo lo que les rodeaba y siendo consientes únicamente de la existencia del otro.
Esperar lo que el futuro les deparaba junto a la persona amada, sería la mejor aventura que las hermanas Valentine podrían disfrutar jamás.
