Nueva viñeta. Es PR0N. Casi un PWP. Que hay sexo, coño.
Disclaimer: Todo lo que reconozcáis pertenece al señor Kripke y sus súbditos DEL MAL.
EXOGÉNESIS
03. I would do anything for love (but I won't do that)
Some days it don't come easy, and some days it don't come hard
Some days it don't come at all, and these are the days that never end
Some nights you're breathing fire, and some nights you're carved in ice
Some nights you're like nothing I've ever seen before or will again
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Llueve muchísimo, aquella noche suave que se acercan a la playa. Sopla una brisa y ni siquiera saben muy bien en qué estación están pero cuando se pone el sol el mundo se vuelve mucho más amenazante y frío de una forma desgarradora. Tras días y días de reclusión, atrincherados en ese búnker, a un par de kilómetros de allí, han vencido –solo una batalla más– a una horda de demonios y los grupos de cazadores se dispersan. Algunos vuelan hacia el sur, hacia Colorado, donde las cosas marchan mejor y podrán formar una resistencia lo suficientemente fuerte como para que los heridos vuelven allí cada vez que las cosas se pongan demasiado feas para sobrevivir fuera. Otros, guerreros con cada fibra de su ser, se dirigen sin pausa al epicentro de las fuerzas del mal, allá en el horizonte, donde brota el humo negro siempre, como una chimenea perpetua directamente conectada con el infierno. Dean y Sam, sin embargo, bajan por la colina que lleva a la playa, a la carrera, dándose empujones entre carcajadas, como si hubieran rejuvenecido veinte años y no tuvieran el peso del hogar que se acaba sobre los hombros.
Están calados hasta los huesos. Son los reyes de la nada y aunque está oscuro como la boca de un lobo, el viento empuja, oliendo a esperanza, cargado de promesas nuevas. Las camisetas, destrozadas a jirones, revolotean alrededor de sus cuerpos, y el frío se cuela, rozando los abdómenes como dedos helados y arrancando castañeteos de dientes. Tienen pensado quedarse ahí hasta que amanezca y continuar adelante entonces. Un pequeño paréntesis no hará daño a nadie y necesitan ese descanso como el respirar. No lo han hablado pero tampoco lo necesitan; siempre se han entendido bien con la mirada más allá de lo que muchos puedan creer. Sam se quita los zapatos con sus propios pies y se adelanta unos pasos.
Es un lugar bonito. La destrucción no ha llegado allí todavía y parece una pequeña burbuja paralela al mundo. El agua lame la orilla apenas haciendo ruido y vuelve hacia atrás con calma. Las olas están ribeteadas de espuma y forman bordados en su azul intenso. Dibujan formas que recuerdas a carreteras discontinuas y al polvo del camino, a llamas del infierno y a normas que fueron rotas.
—Dean –Sam se gira, temblando de frío, y se quita los pantalones y la camiseta con una sonrisa que roza lo infantil–. Ahora vengo.
—Vale –asiente.
El mayor hunde las manos en los bolsillos de la cazadora de cuero –está resistiendo muchas penas, esta vieja amiga, aunque duda que pueda reparar nunca el agujero que más bien parece un boquete, en la hombrera– y lo observa pensativo mientras se aleja mar adentro. Han pasado cosas raras, últimamente. Sam se lo puso muy fácil para volver a confiar en él; tanto que se sentía un poco estúpido recordando las palabras que le dijo. Ha habido más problemas que nunca porque la ausencia de confianza los hirió, desgarró, despedazó como nada nunca había dolido antes, pero Sam aguantó esa época horrible y una vez arreglado aquello lo siguiente vino rodado.
Dean se sienta en la arena, dejando la mochila –sus únicas pertenencias ahora están ahí– a un lado, y saca de ella una manta pequeña. Se acomoda encima, recordando. Ha habido conversaciones donde se han dejado al descubierto, solo ellos y su sentimientos (por favor, joder, confía en mí / no puedo / sí puedes, Dean / pero no quiero / ¿por qué no? / porque duele) y a veces se sentía bien viéndole esa mirada a Sam, esa mirada que gritaba humillación y pena y rabia por todos los poros. Se sentía bien con la certeza de que podía hacerle el mismo daño que había recibido, que podía dañar a ese crío que no reía desde hacia demasiado y que, mira tú por dónde, había desatado el fin del mundo.
Quema el recuerdo del primer beso. Fue Sam quién empezó, en aquella tarde calurosa no mucho tiempo después de que el Apocalipsis comenzara. Justo después del reencuentro: Dean le había visto liderando demonios en un futuro y no podía dejar de pensar fue por mí, yo le dije que era mejor que no cazáramos juntos, yo, y quería disculparse en cuanto le saliera la voz pero cuando se encuentran Sam le abraza y habla antes de que pueda empezar.
—Dean, perdóname, perdóname, perdóname…
Tantas horas y Sam sigue disculpándose por algo de lo que en realidad comparten la culpa. Se separa para decírselo. 'Está bien, Sammy', con el corazón en la mano y los ojos humedecidos y no hay máscaras ni sensación vagando en el mundo capaz de ser comparada con lo que siente cuando le besa, furioso y llorando y casi haciéndole daño en los labios. Se sorprende a sí mismo devolviéndoselo, con la misma rabia ciega, me has hecho daño este tiempo y sé que yo a ti también, y es uno de esos momentos en que se detienen los latidos de la tierra bajo sus pies, épico y desgarrador como una puñalada hundiéndose en la carne blanda de un corazón, y dura para siempre y no dura nada y es simple vida insuflándose en un cuerpo muerto.
Parpadea y la realidad se dibuja de nuevo. Sam vuelve del agua, solo con el bóxer. Le tiemblan hasta los labios y tiene las mejillas enrojecidas del frío. Se sienta a su lado, tiritando con violencia, y se frota el hombro. Dean sigue el gesto con la mirada y se fija en la cicatriz del hombro, reciente. Duda antes de apoyar una mano ahí, siguiéndola con las yemas de los dedos. Las gotas le resbalan por la piel. Está helado. Dean alza la vista a su rostro, inseguro, y Sam sonríe un poco como toda respuesta. Hace solo tres semanas que se desembocó el caos en aquella extraña y asimétrica felicidad que tenían al alcance desde siempre y Dean todavía no se lo puede creer del todo. Si no fuera porque puede acabarse el mundo de un día para otro, sería feliz de verdad.
Siempre ha sido Sam quién le ha buscado. No han sido muchas veces. Besos largos y hondos hasta hacer que el calor apretara en la piel, besos cortos cargados de cariño, roces distraídos y arrancarse los gemidos tocándose por encima de la ropa como si tuvieran quince años y acabaran de descubrir el sexo. En realidad si no han llegado a más ha sido por falta de tiempo. En esas tres semanas apenas han tenido minutos libres para dormitar en cualquier rincón, huir al bosque, comer algo, esconderse. Limitándose a sobrevivir.
Sube la mano hasta su cuello, dubitativo, y desliza los dedos al vello de la nuca. Lo atrae con suavidad hacia sí y Sam ladea el cuerpo, receptivo, y dice '¿Dean?', con voz ronca. Tiene un último destello de culpa y la voz en la cabeza le grita que está mal, que es su hermano, que no tendría que hacerlo. Todo desaparece cuando se hunde en la boca de Sam, lamiendo más que besando, y recibe como respuesta su respiración entre los labios, cálida, y sus manos enormes en la espalda… si esto no es el puto cielo en la tierra es que no existe.
—Sammy –susurra, antes de volver a besarle más profundo y perdiendo un poco el control–. No debería. No debería tocarte así, S…
De verdad intenta pedírselo. Que lo pare porque él no puede pero se le corta la voz y el aliento en un profundo jadeo cuando Sam baja la mano a sus vaqueros, despacio, y le mira, brillante, sonrisa de dos mil vatios y besos desperdigados por la mandíbula, dedos que lo tocan por encima del pantalón, pelo revuelto, mucho calor de repente y joder, Sam dice 'tócame', contra su oído, rodeándole el cuello con un brazo en un gesto absolutamente posesivo, dice 'tócame', y las neuronas se le fríen en el cerebro por sobrecarga; se empalma con violencia porque por el amor de dios, quiere hacerlo ya.
Lleva las manos a sus mejillas, besándole, y empuja con su propio cuerpo, haciendo que Sam caiga sobre la manta, y se siente a horcajadas encima de él. Sam se medio incorpora para continuar perdiéndose en su boca. Se hunde levemente, embiste hacia abajo y vuelve a subir, raspándole el cuello con los dientes mientras le quita la camiseta, errático. Dean gruñe de puro placer, la sangre volando al sur a mil kilómetros por hora. Clava los dedos en la cadera de Sam y los baja al mismo tiempo en que baja él, dejando besos en la barbilla, en el hueco de la clavícula, en el tórax. Succiona bajo su ombligo con los labios y su hermano se funde contra él. Dice su nombre entre dientes y exhala la respiración desbocada y confusa. Dean se detiene.
—Dean –jadea–, dios –gime (debe ser blasfemia mencionar al señor mientras se retuerce contra su propia sangre) cuando desliza la boca hasta su erección–, ah.
Ah, dice solamente, casi sorprendido, y enrojece a marchas forzadas y a Dean se acelera el corazón solo con verle. Sammy se vuelve loco, rojo y ansioso, se vuelve frágil, débil, la voz se le derrama en gemidos anhelantes.
—¿Te gusta, Sammy? –pregunta, la voz arañando en la garganta, y se lo hace otra vez. Sube y baja despacio. Cuando nota que va a correrse se aparta y gatea con los codos hasta subir a su rostro, la espalda completamente arqueada hacia delante y le roza la frente con el pelo. Sam le besa, jadeante, capturándole casi feroz en cuanto está a su alcance, y alza la cadera. La fricción hace que interrumpa el beso y joder, la mente se le queda en blanco y solo puede pensar más.
—Dean –gruñe, deslizándose hasta su mejilla.
Sam cuela una mano entre los dos y lo masturba, rozándose contra él, piernas por todas partes y no saben en qué punto acaba uno y empieza el otro, almas escapándose y hundiéndose en la de su hermano como nubecillas de vapor. Se detiene, el último humano con sangre de oscuridad, pecador en esta vida, santo de todos sus demonios, solo Sam, y se entienden como siempre, con una mirada.
Podría correrse de pura anticipación, de saber lo que se avecina, pero aguanta sin tocarse –ni tocarle– mientras se acomoda contra él. Se humedece los labios, casi esperando que en cualquier instante se parta el cielo en dos y salga el puño cerrado de dios para golpearle por estar haciendo esto. Pero no pasa nada y Dean se hunde en Sam. Se entierra en Sam y si no eyacula en ese justo momento es únicamente porque se muerde el labio inferior hasta hacerse daño. Debe doler de cojones, piensa Dean a bandazos, moviéndose suave, luego ya no piensa porque Sam suelta un entrecortado 'a-ah' que suena a queja y a placer y…
Es lo único que necesita para embestir con violencia, empujar fuerte y rápido hasta perder el control y la cabeza. Le mira con los ojos entrecerrados porque en la vida ha tenido tanta necesidad de mirarle como ahora, desenfocado, vidrioso, Sam se rompe en mil pedazos y echa la cabeza hacia atrás. Ambos jadean, insanos, y Dean se corre cuando Sam se inclina hacia delante y lo besa perfecto, sucio, decadente, en un ángulo imposible. El orgasmo lo sacude, le aprieta las entrañas, le brota del bajo del estómago y sube como una exhalación hasta los pulmones, el corazón, los dientes, el cerebro. Sam eyacula justo después, manchando el estómago de los dos.
Dean permanece encima de él un par de minutos. Después rueda a un lado y se acomodan, rozándose los brazos y las rodillas. Es tan fácil que asusta y se le hincha un poco el pecho. Queda una tranquilidad laxa.
—Hey, Dean –murmura Sam. Él dice 'mmh'. No sabe muy bien qué pensar de lo que acaban de hacer. No se arrepiente. De hecho está seguro de que va a repetirlo cada puto día que le quede de vida–. Buenas noches.
Alza una ceja, incrédulo, y sonríe ampliamente.
—Buenas noches, Sammy.
