Y aquí acaba esta historia... Me gusta. No creo que sea lo mejor que haya escrito jamás pero de verdad ha habido párrafos, frases, escenas de las que me he sentido muy orgullosa. Acabar historias o fanfics siempre es algo especial. Muchas gracias a todos los que me habéis acompañado en este viaje.
Disclaimer: A estas alturas no hace falta que lo siga repitiendo...
EXOGÉNESIS
08. Here today, gone tomorrow
And I think of times we were together
As time went on it seemed forever
But time have changed
Now things are better
& & &
Sam despierta y la cama está vacía y deshecha y fría. Se frota los ojos un par de veces y pone los pies sobre un suelo todavía más frío; corre las cortinas y la luz del sol le acaricia la piel. Sale de la habitación y baja los escalones de madera a toda prisa hasta el salón, donde enciende la chimenea con movimientos ralentizados por el sueño todavía palpable. El crepitar del fuego se desliza con calma, llenando los rincones de la casa con su sonido agradable. Luego Sam camina despacio hasta el porche y descubre a Dean, como cada mañana en la que se despierta antes, con las palmas de las manos apoyadas sobre la barandilla y el perfil recortado contra el sol.
No lo reconocería en su vida pero está completamente seguro de que Dean adora ver ese lugar cuando se levanta. Al oeste, hacia donde está mirando, hay verde hasta donde llega la vista y si tuviera que relacionar una imagen con una palabra, Sam diría que eso es la definición de paz. Si subes al piso superior y te asomas por la ventana del dormitorio puedes ver, no muy lejos para un Impala Chevrolet del 67, el mar cristalino y sus olas lamiendo la arena blanca. No saben por qué se quedaron ese sitio. Es bonito. Suena a utopía, como utopía tener un hogar hasta que lo tienes y descubres que es verdad, que existe, que es tuyo.
Sam se acerca con lentitud, sin hacer ruido, y lo rodea suave con los brazos. Dean ni siquiera se sobresalta, como si hubiera estado esperándolo –un breve instante de rutina que no llega a serlo de tan dulce y sorpresiva y es bálsamo en el corazón sentir a Sam estrechándolo– y se deja abrazar así, tranquilo, incluso se echa levemente hacia atrás para apoyarse en él. Sam desliza una mano hasta la línea de su mandíbula y le hace girar el rostro sin hacer fuerza al tiempo que se echa hacia delante para poder besarle.
—Buenos días a ti también –murmura contra su boca, párpados lánguidos y la mirada verdísima y brillante. Sam sonríe y tiene que hacer uso de todo su autocontrol (tampoco es mucho, a decir verdad, al menos en este tema) para no hacérselo allí mismo.
—Dean –pronuncia a media voz como saludo, y lo aprieta un poco más contra sí–. ¿Qué haces despierto? ¿Qué es lo siguiente, que veamos un amanecer?, oh, espera –bromea, mirando como amanece, encantado, diciendo el comentario solo para picarle. Dean se ríe desde dentro.
—Ha llamado Bobby –dice–. Dice que movamos nuestros culos hasta Minnesota para acabar con un nido de wendigos.
—Vale –murmura contra su cuello, sin darse cuenta, desperezándose de golpe y deshaciendo el abrazo a regañadientes–, voy a vestirme y nos vamos.
Se pasan la vida así, yendo y viniendo en un viaje por carretera sin final, acabando con lo malo y construyéndose un futuro. Cuando Sam está abriendo la puerta para entrar Dean lo detiene. Se gira, interrogante, y su hermano exhala pecas y dependencia insana (o no) como la suya por todos los poros. Sammy, dice, podemos quedarnos aquí el tiempo que quieras. Se entienden sin más palabras y también saben que no van a dejarlo nunca, eso de cazar, así que responde no hace falta, cargado de inocencia, lo hacemos en cinco minutos en el coche, y Dean le sigue la broma (que lo es solo a medias porque acabarán haciéndolo) y ladea la cabeza y gruñe diez con la voz ronca de anticipación.
Y todo es como ha sido siempre.
No hay más secretos bajo la piel que crecen como monstruos pero ambos siguen escondiendo más que polvo en la buhardilla y su familia nunca será normal. Tampoco quieren que lo sea: es lo que es. Probablemente el diario de John Winchester, arrugado y embutido en un cajón de la alacena, esconde cosas que jamás serán contadas. A veces piensan en él, en su padre, y lo recuerdan con cariño y ya nunca dolor (siempre un poco, un dolor sordo que no llega a merecerse ese nombre a no ser que pienses mucho). John; ¿se estará revolviendo en su tumba al ver lo que hacen sus hijos; un John de huesos descompuestos y cuencas allí donde deberían haber ojos de soldado, preguntándose qué ha hecho mal? ¿O estará su alma a salvo en el cielo aceptando sin juzgar porque él, creyente de sus pecados, tampoco fue trigo limpio ni vivo ni muerto? Debe estar con el rifle entre las manos manchadas de pólvora, asomando entre nubes blancas, cazador perfecto y padre pésimo que quiso demasiado pero no supo hacerlo bien.
Todo es como ha sido siempre: no es sano, no es normal. Y qué. El negocio familiar sigue y por horas se convierten en lo más duro que ha tenido esta tierra. Tú, demonio, ángel o humano que destroza las leyes de la naturaleza, la ley que dice en tu cabeza no rompas el mundo, lame las suelas de los zapatos de su orgullo y reza si quieres pero el polvo que levanten sus pisadas va a ahogarte y si eso no es suficiente tienen balas de sobra para hacerte sangrar y llorar hasta morir. Funcionan mejor juntos de lo que jamás lo han hecho separados y qué voy a contarte, si ya lo sabes. El negocio familiar sigue y a tiempo completo se quieren como siempre se han querido y son héroes grises en un mundo que es suyo ahora, mañana, eternamente.
