Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a JK Rowling. Este humilde fic a mi inventiva. Y los agradecimientos, a ustedes amables lectores que van a dejar sus comentarios, ¡¿verdad?!.

Capítulo dedicado a tí, que has dejado un review.

Disfruten el capítulo.


Era media semana cuando Draco Malfoy iba sentado en la parte trasera de su lujosa limousina negra. Como todo hombre, gustaba de los buenos automóviles. Y como buen descendiente de apellido Malfoy, no conducía, de eso se encargaban los empleados. Si él necesitaba estar en cualquier lugar, a cualquier hora, siempre había alguien dispuesto a llevarlo a donde fuera.

Con una mueca de disgusto, miró como sus pantalones de un gris obscuro, se habían arrugado con el movimiento del vehículo. Su elegante y carísimo traje Brioni era nuevo y parte del guardarropa que su madre se había empeñado en traer al visitarle nuevamente.

Narcissa Malfoy había ido a verlo, después de unas paradas en Milán, Praga, París y Roma para adquirir unas "pocas cosas para su niño". Narcissa, como toda dama de sociedad, gustaba de hacer sus compras en las boutiques más prestigiosas del mundo. Los más exclusivos diseñadores de ropa, contaban con las tallas de todos los integrantes de la familia entre sus archivos.

Y solo Narcissa Malfoy podía decir que Alexander Amosu, le había suplicado en persona para diseñar un traje único para su retoño, y pues no era desconocido que los Malfoy se codeaban con la élite de Europa, incluyendo a los mejores modistas. Y al punto de vista de Narcissa, apesar de que la ropa australiana empezaba a hacerse de renombre en el mercado de la moda, siempre había tenido y seguido su propio ritmo.

Más ella siempre se había inclinado por lo clásico, lo elegante y lo costoso. Por esta razón (suficiente para ella), cada vez que se le antojaba visitar a su primogénito, no dudaba en llevar elegantes trajes para él y ahora, unos cuantos vestidos para su próxima adorable nuera, pues las marcas australianas no terminaban por satisfacerla.

Esto no era que molestara al jóven heredero, pues él siempre que podía, visitaba la ciudad de New York por motivos más de shopping que de negocios. Y siempre agradecería, al estilo Malfoy, estas compras hechas por su madre. Además no podía negar que lo aliviaba, aunque fuera un poco, la tan oportuna visita de Cissy, porque mantendría ocupada a su actual prometida.

Sin embargo, cuando su madre le llamó desde la limousina que la había ido a recoger al aeropuerto, para informarle que acababa de llegar para pasar dos maravillosas semanas con él y su encantadora prometida, él no pudo sino respirar algo intranquilo. Su madre simpatizaba tanto con Astoria Greengrass, que nunca sabía que esperar. Y menos aún cuando Astoria le había resultado más agobiante que su primer prometida, Pansy Parkinson.

La situación con Pansy había sido bastante llevable por muchos años. Desde el nacimiento de ambos, pues eran de la misma edad, sus padres acordaron unirlos en matrimonio. Ahora estaría casado con Pansy, de no ser porque el destino les jugó una mala pasada. Más bien, la bolsa de valores influyó en la situación.

Los Parkinson apostaron sus acciones a mal y prontamente quedaron en números rojos en varios negocios y por si fuera poco, un entrometido periódista, atraído por la mala decisión de la familia, investigó y destapó el hoyo de corrupción que el señor Parkinson mantenía detrás de su respetable rostro, emparentándole con algunas mafias y enormes cantidades de fraude hacendario.

Estas revelaciones llevaron a muchas más investigaciones, que descubrieron que los Parkinson estaban podridos hasta el fondo, con deudas hasta el cuello y prácticamente acabados. Sus esperanzas estaban en el matrimonio de su hija mayor con el heredero Malfoy, ya que les salvaría de su cercana miseria.

Como era de esperarse, Lucius Malfoy actuó prontamente y Draco se vió libre del compromiso con la señorita Parkinson, de la cual no quiso saber nada más. Pues él mismo creyó que aunque no estaban enamorados, eran amigos de años y podían llevarse bien en su matrimonio arreglado, pero no contaba con encontrarse que la prisa de Pansy por casarse, se debía a los mal logrados negocios familiares.

La caída de esta prominente familia constructora, abrió el paso a un libre mercado para otras más, incluyendo la compañía de algún familiar lejano de los Malfoy, del cual ni siquiera le importaba recordar el nombre, aunque por lo que sabía, había ascendido como la espuma de un buen champagne Perrier Jouet.

Tras la supuesta decepción que debía sentir por su vieja amiga de juegos, él, que era un Malfoy y no por tan insignificante tropiezo se iba a dejar hundir, se repuso velozmente. Pronto su padre consideró adecuado enviarlo a dirigir algunos importantes negocios en América y un par de años después, se le anunció (muy cortésmente), que acababa de comprometerse con la más jóven heredera de los Greengrass.

Sí. Lucius Malfoy no había perdido tiempo en encontrar a una dama de sociedad digna de convertirse en la esposa de su hijo. La legendaria familia Greengrass emparentaba con la realeza, pues el señor Greengrass, estaba en el treintagésimo puesto a la corona. Y sus múltiples negocios y millones, estaban más que dispuestos a verse multiplicados con la riqueza Malfoy.

Así es como había llegado a esta situación de casi casado. Estaba muy molesto porque para empezar, ni siquiera conocía a la tal Astoria y para terminar, disfrutaba de su vida de soltero en Manhattan y de sus múltiples conquistas. Su arranque de ira, fue apacigüado por su padre cuando, presentándose en su oficina, le informó que pensaba retirarse de los negocios antes de la boda con Astoria, por lo que el imperio Malfoy, pasaría a las manos del último heredero de la familia y como parte de su deber, contraería nupcias y daría un nuevo heredero Malfoy al mundo.

Si había algo que interesara más a Draco Malfoy que su soltería y sus aventuras, era el poder. Y su padre se lo estaba poniéndo en bandeja de oro y al alcance de su mano, mucho antes de lo que había planeado. Así que después de esa entrevista con su padre, fue directo a la más cercana Tiffany & Co. a comprar el anillo de compromiso para aquella mujer que no conocía.

Cuando la miró por primera vez, en una reunión celebrada por su compromiso y donde entregaría el anillo, agradeció que fuera una mujer atractiva. Alta, atlética, senos perfectos y larguísimas piernas. Tez blanca, cabello rubio y ojos azúles, la envidia de todo hombre heterosexual y cualquier top model. Era guapa, no podía negarlo y en la cama era bastante buena, o lo suficiente para satisfacerlo.

Se suponía que dos meses previos a la boda, recibiría las riendas de Malfoy Group y CEI. Mas como los negocios siempre han sido prioridad para ellos, la boda se pospuso, hasta dentro de un par de meses donde quedaría atado de por vida a la bella Astoria. Pero no por eso pensaba en ser el más fiel de los maridos.

Y mucho menos, cuando conoció a aquella mujer que se inmiscuía en sus pensamientos, aún cuando se acostaba con su prometida. Nada digno de un caballero, pero inevitable para Draco Malfoy. Así como se introdujo en su mente sin avisar, la conoció por casualidad, pues su perfecto currículum lo llevaron a darle un puesto como su asistente ejecutiva.

Hermione Granger tenía el atractivo innato por el que muchas matarían. Al principio la catalogó de corriente, de simple, una empleada más que no estaba a su nivel. Y como los Malfoy no juntan el placer con los negocios, no puso reparo alguno a la hora de contratarla. Ella era muy inteligente y sagaz y si servía para sus planes mucho mejor.

Pero no contaba en que empezara a sentir semejante atracción por esa castaña de grandes ojos y bonitas piernas. Podía incluso contar con los dedos de su mano izquierda, donde siempre portaba su rolex, las veces que habían tenido algún tipo de contacto físico, que si bien había sido escasos y sin relevancia, habían logrado encender en él un instinto tan salvaje y primitivo que a duras penas lograba controlar los temblores de su cuerpo.

Trás el recorrido desde su mansión en limousina, ya se encontraba sentado en su oficina. Ahí sentado, en su sillón de piel, con fría mentalidad repasaba todos sus pensamientos. Por más que le daba vueltas al asunto, no lograba dar con una conclusión que lo satisfajera. Lo que sí, es que lo ponía de muy mal humor no entender y mucho menos explicar esa tensión sexual, que lo sofocaba cada vez que se quedaban hasta tarde a repasar algunos informes.

Por que eso era para él, simple y pura tensión sexual. Que lo frustraba al no saber si ella sentía lo mismo en su presencia, al tiempo que lo irritaba el saberse y sentirse demasiado para tan insignificante mujer. ¿Qué le había hecho?. Más eso no importaba ahora, lo único que le interesaba era saciar sus ganas de dar satisfacción a sus deseos carnales que no tenían nada que ver con amor. Pues para él, el amor no existía y nunca, nunca lo haría.

A su manera de pensar, solamente existían relaciones agradables que permitían la convivencia mutua en un matrimonio. Lo que lo llevaba a meditar de nuevo en Astoria. Con ella sentía esa clase de relación, pues ambos tenían gustos afines, disfrutaban de los lujos de la vida y habían sido educados para representar dignamente sus respectivos apellidos. Y su asistente de clase media, no.

Talvez eso era parte de lo que le atraía de Granger. Las diferencias tan obvias en las escalas sociales, esa emocionante sensación que solo lo prohibido sabe otorgar, adjuntando que ella era lo opuesto a todas las mujeres que él había tenido en algún momento. Rió despóticamente al pensar en sus deslices; aventuras ocasionales con mujeres que daban la impresión, y en algunos casos así era, de ser mujeres de mundo.

Curiosamente, a su asistente le había tocado dehacerse de ellas (cubriéndole con Astoria), pues era la única que veía el interminable desfile de rubias, pelirrojas y morenas con cuerpo de modelos que no debían aparecerse después de una noche de placentero sexo con un hombre como él. No las culpaba. Nadie era como Draco Malfoy en la cama, ¡por supuesto volverían por más!. Y esa era precisamente la reacción que esperaba que Granger tuviera en algún momento.

Mientras meditaba, bebió un trago de licor que tenía en su escritorio.

«Amargo».

Así es como él se sentiría si no saciaba pronto su incandescente deseo, que rayaba en desesperada hambre, por Granger.

Nadie podía negar que Draco Malfoy era un gran estratega. Cuando tomó las riendas de CEI, alrededor de un año atrás, su ya desorbitante fortuna dió un crecimiento del veinte por ciento, algo que ni el propio Lucius podía haber hecho. Probablemente a ello se debía que su padre no le hubiera prohibido el seguir manteniendo sus oficinas en Australia, en lugar de su cuidad de origen; Londres.

Aúnque Lucius debía saber que a su hijo nadie lo manejaba. Las estrategias comerciales de Draco, así como un talento nato para predecir los movimientos de los mercados mundiales financieros, lo hacían el mejor. Y como el mejor siempre obtenía lo que quería, podía apostar sus millones de libras esterlinas a que Hermione Granger sería suya, costara lo que costara. Desde ese momento comenzaría a tejer la red en la que ella caería sola. Además que su experiencia y conocimientos en estrategias, le trazarían el camino fácilmente hasta las tentadoras y bronceadas piernas de Granger, que se abrirían ante él por sí solas. Sonrió lascivamente, pues un buen estratega comienza por mentalizarse. E imaginar hundiéndose tan profundamente en ella, lo enfocaba a alcanzar su meta; que era hacerla suya.

*****

Luna Lovegood trataba de no pensar demasiado en su situación. Desde que Dean le dijera que estaba con esa australiana Jones, se sentía, más que triste, molesta e indignada. Nunca hubiera esperado que por cancelar una cita, el atractivo chico de piel oscura reaccionaría así; tan bajo. Definitivamente los hombres eran una gran escoria en el mundo, necesarios para procrear hijos, pero escoria al fin y al cabo.

—Sí. Son grandes sapos que nunca completaron la transformación a príncipes. —Farfulló muy indignada así misma, mientras esperaba su turno de ser atendida en la oficina postal. Este era trabajo que ella no hacía normalmente, pero necesitaba despejarse un poco, por lo que informó que ella iría a depositar el correo que debía ser enviado.

—¿Porqué los de mi especie son sapos?. —Escuchó que un sapo croaba frente a ella. Levantó sus ojos para verlo y se quedó muda de asombro. —¿Estás bien?. —Croó de nuevo el sapo con cabello pelirrojo, ojos azules, naríz larga, labios delgados, bastante alto... ante los extremadamente abiertos ojos de Luna, el sapo se convirtió en un príncipe de encantadora sonrisa y simpáticas pecas.

—Si. —Respondió ella dándose cuenta de su propio sonrojo, no imaginó que alguien la escuchara hablar sola (como hacía ocasionalmente). La fila avanzó un poco más y ellos también. Muy educadamente, Luna afirmó lo que había dicho, con naturalidad y sin amedrentarse. —Son sapos, pero en tamaño familiar y para llevar. —El jóven pelirrojo se carcajeo abiertamente, por la respuesta de esa chica tan extraña de cabello rubio.

—Pues lamento no coincidir con eso. —Dijo una vez que se hubo calmado y añadió cuando la chica frunció el ceño. —Porque también hay ratas, perros y...

—Canívales. —Terminó Luna por el hombre que sonreía a más no poder por la ocurrencia de la chica. Luna no pudo evitar sonreírle de igual manera.

—Tienes razón —concedió —y canívales. Pero tambien hay buenos tipos. —Alegó en su defensa el pelirrojo cruzándose de brazos.

—Cuando conozcas alguno, avísame, que seré la primera en acudir a una cena con él. —Luna le guiñó un ojo burlona. Avanzaron un poco más, pero sin dejar de mirarse.

—Bien, en ese caso, ya conoces a uno. —Le tendió la mano. —Ronald Weasley, pero llámame Ron.

—Luna Lovegood. —Se presentó devolviendo el apretón de manos. Tardaron unos segundos en romper el saludo. —Mis amigos me dicen Moony, pero tú puedes decirme Luna. —Soltó calmadamente.

—De acuerdo. Y ya que te lo he presentado, Luna. ¿Qué hay de esa cena?. —Preguntó Ronald sintiéndo como sus orejas enrojecían. No acostumbraba a ser tan osado, eso era cosa de su mejor amigo. Pero esa chica le parecía muy simpática y diferente; especial.

—No se... ¿Quién me asegura que no seas un sapo? —inquirió Luna con tanta normalidad, que el chico volvió a reír.

—No puedo hacerlo, pero tampoco estoy seguro de no ser un príncipe. Puede que nunca lo sepa, si no me dan la oportunidad —añadió con doble intención. —¿Qué dices, pues?. —Le animó el chico.

—Veamos. —Luna tomó unos segundos para meditarlo, dos más y era su turno en la fila, para al fin ser atendida. Había algo en ese hombre jóven que le agradaba y mucho.

—Anda, si quieres mientras, puedes catálogarme como tu príncipe sapo. —Pidió el pelirrojo mientras sus ojos azules brillaban pícaros. —Mientras cambias de opinión.

—Me parece bien. —Cedió Luna tras reírse con el comentario de Ron. El guapo chico sonrió triunfante y se apresuró a sacar su móvil para tomar el número de la rubia. En cuanto terminó de anotarlo, se despidió y tomó su turno de enviar los sobres que llevaba cargando. Mientras el chico se alejaba, pensó que era súper necesario programar una salida urgente con Hermione; debían ponerse al tanto.

Luna sonrió. Talvez nunca conocería un príncipe azul y talvez el mundo estaba abarrotado de sapos, ratas, perros, canívales y Deans. Pero sentía que acababa de conocer, después de todo a un arquetipo de príncipe; a su príncipe sapo.

*****

Eran cerca de las siete de la noche del jueves. El clima era cálido y perfecto. No por nada, el calor del verano entibiaba las noches en esta ciudad. Sydney, como muchas otras ciudades importantes del mundo, tiene sus rascacielos iluminados antes de que anochezca. Las brillantes luces de los parques y jardínes, así como de tiendas y automóviles, permiten apreciar las cientos y cientos de calles y avenidas que se distribuyen como ríos y riachuelos por toda la urbanidad.

Pero no solamente en la tierra se pueden percibir los agradables colores. El cielo tambien es iluminado por cientos de minúsculas estrellas, pero que dan una sensación por demás agradable al oscuro espacio abierto en lo alto. Este fimamento despejado estaba siendo observado con interés en diferentes partes de Australia, al mismo tiempo.

—¿Sabes como le va a Harry, Remus?. —Inquirió un elegante y altivo Sirius Black desde su cómodo sofá de color rojo. Estaban en su lujoso pent-house con grandiosas vistas, en uno de los lugares residenciales más fashion de Australia. Green Square era uno de los lugares donde Sirius Co. había colaborado en construir un proyecto del gobierno del estado de New South Wales.

—No he tenido la posibilidad de verlo. Temo que se haya enfadado con la tarea que pusimos en sus manos. —El rostro de Remus lucía un poco demacrado, pero sus facciones eran firmes y apesar de que en su castaño cabello asomaban unas canas, se le veía más atractivo y feliz que nunca en su vida. Agitó un poco su vaso con brandy y miró directamente a los ojos de su amigo Sirius, dejándo de asomarse por un enorme ventanal. —Le dejé un mensaje en su móvil, espero que lo conteste viniendo hoy.

Sirius Black resopló con fuerza. —Por su bien que así lo haga. —Sus atrayentes ojos grises y cálidos miraron su vaso y gruñó al ver que de su licor de crema, ya casi no quedaba nada. Se levantó con esfuerzo de su cómodo lugar y caminó al bien surtido bar donde prosiguió a rellenar su vaso. —Además no creo que se enfade más de lo que ya lo estaba. Sabe que hoy es noche de cena familiar y aquí tocaba. Y espero se acuerde de traer el postre.

—Deja de refunfuñar, Sirius. —Las puertas del ascensor que conectaban con el piso de soltero del apuesto Black, abría las puertas dejándo pasar a un jóven alto y atractivo, vestido muy casual y cómodamente. A su lado entró caminando una mujer embarazada. —Aquí está tu pastel de chocolate. —Le dijo alzando el brazo donde cargaba una caja que ponía Michael´s patisserie.

—¡Harry!. —Respondió a manera de saludo su padrino, quien dejó su vaso con licor en la tabla del bar y se acercó a su ahijado dándole un abrazo, eso sí, muy masculino. —Ya empezaba a creer que no vendrías.

—Al contrario de mí, que sí confié en tí. —Saludó Remus sonriendo al muchacho y acercándose a besar a su mujer, quien llevaba cargando unas bolsas con la cena. Remus las tomó y las llevó al comedor, donde se dispuso a poner la mesa. —Por cierto, Ronald ya llegó de viaje. —Le informó al moreno —dice que te envía los balances por e-mail.

—Vale. Lo checo después —le respondió. —¿Y qué toca hoy?. —Harry preguntó mientras caminaba hacia el comedor, donde depositó sobre la mesa la caja con el postre.

—Española. —Respondió Dora tratándo de ayudar a su marido, fallando cuando se le resbaló una de las copa de cristal importadas de Alemania.

—¡Nymphadora, mis copas!. —Exclamó medio en broma, medio alarmado Sirius cuando escuchó el sonido del cristal reventándose en el suelo. —Mejor siéntate, ya ayudo yo a Remus.

—¡Qué buena cara tienes hoy, Sirius!. —Respondió Nymphadora haciendo caso a su consejo, mirando como Harry se disponía a barrer los trozos de cristal.

—Fue día de spa —contestó Sirius encongiéndose de hombros simplemente y depositando unos platos frente a ella.

—¿Y qué tal te ha ido, Harry?. —Preguntó Remus mientras empezaba a servir los platos, ya estando todos sentados. —Ya no pareces tan molesto como cuando te dejamos a cargo del arreglo de la casa de esa mujer. —Hizo una pausa pensativo. —Cómo se llamaba... ¿Helen?.

—¿Te refieres a Hermione? —Preguntó alegre Harry y las tres personas frente a él alzaron las cejas al mismo tiempo.

—¿Ya la llamas Hermione?, ¿Qué no era, solterona? —Preguntó con mofa Sirius, mientras Nymphadora soltaba un chillido emocionada.

—¡Oh, Harry!. ¿Es lo que me imagino que es?. —Preguntó llena de emoción dejando caer su tenedor. —Sabía que ese viaje al Tíbet rendiría sus frutos en toda la familia. —Aseguró sonriente disfrutando de sus tapas españolas. Remus le había pasado un tenedor limpio.

—¿Y bien?.

—¿Y bien que, Sirius?. —Replicó su ahijado haciendose el desentendido bebiendo de su copa.

—¡Venga, Harry!. —Exclamó picaro. Remus sonreía y Dora miraba expectante, olvidándose que debía comer por el pequeño Teddy aún no nacido y por ella.

El jóven de ojos verdes se detuvo un momento, perdiendose en sus pensamientos. Mirando al vacío, no se dió cuenta que su familia captaba como sus orbes se entornaban. Y es que simplemente no podía dejar de pensar en ella. «Hermione». Su nombre que anteriormente le había parecido extraño, ahora sonaba como cánticos celestiales en sus oídos y salía naturalmente de sus labios.

Después de ese encuentro el lunes, sentía la necesidad de estar con ella. No sabía como, no sabía porqué, pero todo el día martes se le hizo eterno lamentándose haber dicho que se presentaría hasta el miércoles. Y el miércoles, ¡qué rápido se le fue el tiempo en la casa de ella!.

Llegó más tarde como habían acordado y obviamente la castaña ya no se encontraba ahí. Harry se dispuso a trabajar parte del día en la cocina, sin prisa, pues tanto haber esperado el martes, no estaba dispuesto a irse sin haber visto a la chica que ahí vivía sola. Estas sencillas palabras retumbaron en sus oídos.

Le gustaba estar metido en esa casa. Sin saber como explicarlo, sentía una especie de deja vú, algo así como que pertenecía ahí, algo no implícito que le indicaba que ese era su lugar. Nunca le había pasado antes, ni siquiera con, «¿cómo se llamaban?», ni siquiera se acordaba de nada cuando pensaba en esa chica tan especial. Podía incluso percibir el aroma de Hermione en el ambiente, tan... familiar, tan... delicioso.

El verano le castigaba fuertemente ahí encerrado en la cocina. Era un calor muy sofocante, podía palparlo y casi veía los vapores que subían desde la tierra. En los jardínes vecinos, amas de casa y niños que debían aprovechar sus vacaciones, se encontraban en los frescos interiores de sus acojedoras casas, como refugiados por los intensos rayos del sol, que daba inicios de empezar a ocultarse.

Empapado en sudor, la camiseta se le pegó al cuerpo. Desde su frente, gotas de sudor salado escurrían interminables por su rostro hasta perderse en el inicio de su amplio pecho. Con su brazo izquierdo se secó un poco el sudor, mientras con el derecho seguía sosteniendo el martillo, que empleaba para colocar unos clavos en una pieza de madera. No escuchó cuando la puerta de la entrada se abrió y cerró, almenos hasta que sintió que alguien lo miraba profundamente.

Volteó lentamente, sabiendo quien sería, pues el delicioso aroma cítrico de su perfume, se extendió hasta su nariz con más fuerza. Ahí, de pie, en la entrada de la cocina, estaba la castaña mirándolo con la boca ligeramente abierta. Sus rizos parecían más desordenados debidos a la húmedad del ambiente. Harry colocó el martillo en el suelo, para después levantarse con lentitud.

Sin pensarlo dos veces, siguiendo su instinto, volvió a secarse el nuevo sudor aparecido en su frente y sus grandes manos se dirigieron al borde de su camiseta. De pronto el calor se le hizo insoportable y la camiseta innecesaria. Con lentitud comenzó a deslizar la playera para deshacerse de esta. Extrañamente se sentía excitado al saberse admirado por la chica, quien no podía sacarle sus grandes y bonitos ojos castaños de encima.

Él le sonrió disimuladamente, mientras poco a poco revelaba su bien marcado torso, sus pectorales, el negro vello visible que se extendía desde el ajuste de sus jeans hasta esparcirse en sus pectorales. Arrojó la camisa a la silla más cercana. Unas gotitas de sudor resbalaron por su clavícula. Sin romper el mágico momento, se acomodó frente a ella estirándose en toda su altura poderosamente. Rió suavemente cuando el pequeño bolso resbaló de las cuidadas manos de la chica hasta dar con el suelo.

Se permitió admirarla de abajo hacia arriba con lentitud, deteniéndose en los carnosos labios que permanecían ligeramente abiertos, tenadores. Fue incapaz de controlar sus ojos, que inconscientes, le traicionaron; mirándola a ella y después a la mesa de la cocina sugerente. Podía pensar en las miles de posibilidades que podría hacer con el frágil cuerpo desnudo de ella, bajo el suyo propio y sobre la brillante mesa barnizada. Estrenándo la brillante tabla, pareciéndole que era el correcto uso para lo que había sido diseñada.

Cada instante transcurrido, añadía calor al ambiente, siendole más agobiante, electrizante. La tentación de recorrer con sus manos ese menudo cuerpo bronceado le hicieron reaccionar en su entrepierna. Sintió como sus instintos se adueñaban de él, cegándole la razón, enloqueciéndolo cuando la pequeña mano de la castaña, se colocó sobre su vientre con suavidad. Sus rostros se acercaron lentamente. Pegó su cuerpo atrevidamente al de la chica, que seguía parada ahí con su mano descanzando sobre él.

Con firmeza pasó su brazo por la pequeña cintura de Hermione, cada vez acercándola más. Podía sentir su pecho latiendo desbocadamente como si estuviera en su más importante partido de rugby. Apenas rozó los labios de ella, fue como probar la más dulce miel de abeja. En ese mismo momento lo más lógico era hacerla suya, poseérla hasta que perdieran la conciencia en ese mar de indescriptibles pasiones; fusionarse en uno con sus cuerpos, hasta acariciarse el alma.

—Harry... Harry...

—¡Harry!. —Escuchó una voz lejana que lo llamaba persistente, volviendo a la realidad volteó a ver a su padrino. —¿Cómo es ella?.

—¿Quién?. —Respondió algo perdido, sonrojado y respirando con dificultad. Con vergüenza, sacudió su cabeza y se disculpó para retirarse al lavabo, donde con urgencia se refrescaría. Si así se ponía con el mero recuerdo, ¿qué diantre haría cuando el viernes la tuviera frente a él de nueva cuenta?. ¿Sentiría ella lo mismo?. Si no fuera por... no, mejor no pensarlo. Si le daba demasiadas vueltas al asunto, no regresaría a la casa de Hermione... y no era eso lo que quería.

Ni Sirius, ni Remus pudieron evitar recordar a otra persona que se llegó a encontrar en el mismo estado del muchacho: James Potter hablando desinteresadamente de Lily Evans. Remus sonrió mirando a su esposa y a su amigo que reían disimuladamente. Los tres estuvieron de acuerdo que alguien había tocado al corazón de Harry y había sido para quedarse, pero evidentemente, él aún no lo sabía y ellos no se lo dirían; pues el amor debía descubrirlo por sí mismo.

O almenos, es lo que ellos esperaban que sucediera.


¡Ay que barbaridad!

Creo que casi muero cuando escribí esto. Alegrense que no sucedió así, ya que el fic se hubiera quedado incompleto. ¡Fiu!

Soy extremadamente nueva escribiendo este tipo de escenas, de hecho, aún estoy debatiendo mi novatada al hacer esto. Por cierto, alguien experimentado en esto, ¿Saben si para esta escena que acaban de leer, debo cambiar el nivel de audiencia?. Digo, ahora estamos en T, pero no se si ahora debo pasar a M o esto es tan suave que no hay necesidad. Bueno, por favor alguien me responde a esto, ¿sí?. Gracias.

Pasando a otro tema, muchísimas gracias a las siguientes personas que me dejaron un review (relenna, HermyLuna, Suri Evans, alastor82, M0rme, Luna-maga, ryomahellsing, Shura Dragon Fanel, angel de acuario, percy, zofiamoon, prozack y sakatomo-kirumi), pues no he tenido tiempo de contestarlos personalmente, espero no les importe, pero estuve debatiendo el tiempo entre escribir lo más que pueda (pues espero pronto comenzar mis clases -serían en inglés, imagínense que estrés siento!- y me reduciría el tiempo muchísimo) o contestar y pues supongo que todos son más felices si escribo. (Al igual que yo soy más feliz con Reviews, por lo que escribo más rápido, jeje).

Gracias a sus comentarios, es que este fic se continúa actualizando.

Bueno, no los entretengo más, les dejo los spoilers del próximo capítulo.

...Harry estaba que se lo llevaba de coraje...

...había estado tan cerca ...

...deseo golpearlo con todas su fuerzas y obligarle a no acercarse nunca más a Hermione, por que ella era suya...

...no se detendría hasta tenerla desnuda entre sábanas de seda. Juraba que ella gritaría su nombre hasta quedar inconsciente...

...Sabía algo que Potter había ocultado y tomaría gran partido de ello...

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