Disclaimer. Los caracteres conocidos son de JK Rowling, quien apretujó mi corazoncito al no dejar lugar en su libros para una buena historia de amor; una más creíble y dramática. La trama de este fanfic me pertenece (¡Jeje, y eso que no gano nada con ello!). Y los reviews quedan de ustedes, amables y estimados lectores.

Pronto subiré el capítulo Final.

Así que estén pendientes y dejen reviews, que son lo que más me anima a seguir escribiendo.

¡Disfruten el penúltimo capítulo!


No le tomó mucho tiempo comprenderlo; pero sí aceptarlo.

Tras abandonar el edificio, casi corrió hasta la estación de muelles en Circular Quay. Los turistas a su alrededor la miraba pasar como si estuviera loca, pues llevaba el cabello más alborotado que nunca y algunos botones de su blusa iban mal colocados. Alterada, siguió avanzando a la derecha, hasta alcanzar los escalones del Ópera House. Ahí, se desvió por el lado izquierdo de la hermosa construcción, hasta llegar al frente de la plataforma, donde se sentó en una de las bancas que a esas horas ya se encontraban vacías.

La noche estaba despejada y las minúsculas estrellas destellaban suavemente. La luna tan lejana, brillaba al máximo iluminando el cielo negro sobre la ciudad. Alzó la vista y observó los edificios y las casas del otro lado del río, los cientos de luces entres rojas, azules y blancas, llamaron su atención. A lo largo de la línea de edificios de enfrente, se encontraba el Luna Park, con su rueda de la fortuna iluminada, al igual que sus diversos puestos y juegos.

El Harbour Bridge sostenía el paso de cientos de automovilistas que iban a uno y otro lado del río. El tren de entre las estaciones de Milsons Point y Town Hall, cruzaban el enorme y peculiar puente, que se sostenía entre dos torrecillas. Hermione suspiró. Estar ahí sentada, siempre era algo que la tranquilizaba. Cuando había fallecido su madre y poco después su padre, ella había huido a refugiarse ahí. Había sentido dolor en aquella ocasión.

Y volvía a sentirlo.

Escuchó algunos ruidos. Las risas de una pareja la hicieron voltear, a el punto donde se escuchaban las voces. Los vidriosos ojos que estaban tan cerca de llorar se abrieron enormemente, cuando sus castaños, se cruzaron con los grandes ojos de su amiga Luna, que la miraron con sorpresa. La rubia se acercó rápidamente a su amiga que seguía sentada en su banca preferida.

—Hermione. ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? —se apresuró Luna a preguntar, pero su amiga se veía como ida.

—Potter... —Fue lo único que pudo murmurar, pues la voz de un hombre interrumpió la conversación.

—¿Has dicho Potter? —Luna lo miró pidiendo silencio. Hermione reparó en que el joven era bastante alto, pelirrojo, con pecas en su larga nariz. El chico tardó un poco en entender, pero al fin captó y se alejó un poco con las manos en los bolsillos.

—¿Qué ha pasado, Herm? ¿Ha sido el carpintero?

Mientras las chicas hablaban, Ronald Weasley escuchaba distraído. Dudaba que fuera Harry de quien hablaran, pues Harry no era un carpintero. Sí hacía algunos trabajos de esa índole, pues en la madriguera había ido un par de veces con su herramienta a reparar algunas de las cosas tan antiguas que Molly apreciaba como a sus propios hijos y nietos.

Pero sería demasiada casualidad que el mismo Harry Potter que él conocía, se liara con una mujer que, por lo que Luna le platicaba, era muy inteligente, mandona y no de mente tan abierta como Lunita. El joven pelirrojo sonrió de lado al ver a las dos chicas hablando. Analizando bien a la chica castaña, realmente era atractiva.

Su piel bronceada brillaba aún bajo la oscuridad de la noche, sus rizos castaños parecían demasiado alborotados, incluso se imaginó un enjambre enmarañado. Tenía los ojos grandes, y pestañas tupidas, sin duda tenía un cuerpo increíble, pero aún así... Luna le parecía más bonita. No que la chica castaña de nombre raro (pues cuando Luna le habló de su amiga, él no la escuchaba, se reía a más no poder de las anécdotas de la rareza de Lovegood).

Que afortunado era al haber conocido a la rubia que lo ponía nervioso, pero lo hacía audaz al mismo tiempo. Ron no hubiera podido andar con una mujer que fuera aburrida, pues pícaro como él era, mucha seriedad se hubiera vuelto tediosa a largo tiempo. Y la chica esa, amiga de Luna, parecía ser una mujer reservada. Nada que hubiera conquistado el corazón de su amigo, casi hermano. No, definitivamente no hablaban del mismo Potter. Harry algún día se casaría con alguna actriz o algo parecido, no con una chica de lo más común.

—¿Quién es él, Luna? —Alcanzó a escuchar que decía la suave y (tuvo que admitirlo) agradable voz de la amiga de Moony, así que se acercó hasta ellas.

—Él es Ronald. Ron, ella es mi amiga Hermione. —Presentó la rubia emocionada.

—Mucho gusto. —Dijeron al mismo tiempo, analizándose con simpatía. Si era amiga de Luna, sería amiga suya también. Se ofrecieron a llevar a Hermione a su casa, pero ella lo rechazó amablemente, les animó a que disfrutaran de una noche tan maravillosa. Luna se vio algo indecisa, pero Ron se alegró internamente. Ya conociendo mejor a Hermione, le había parecido más atractiva.

Charlaron un poco mientras acompañaban a la castaña hasta el embarcadero. Mientras veían como Hermione tomaba el ferry adecuado, Ron pensaba en la agradable compañía de las chicas. Pronto sería el cumpleaños de su hermano Charlie. Su madre y su hermana menor estaban planeando una fiesta sorpresa, ya que su hermano iría de visita desde Perth, donde se dedicaba a ser veterinario en un gran zoológico, trabajando entre canguros, koalas y otras especies raras, como los wombat y los demonios de Tasmania.

Ron aprovecharía a pedir a Luna que fuera su novia y la presentaría, en la fiesta, a toda la familia. Pensó en Hermione. Tal vez sería bueno invitarla también, eso le daría puntos extra frente a Luna. Sí, las llevaría a ambas. Normalmente eran Fred y George quienes llevaban bellas chicas a las reuniones familiares, esta ocasión el pequeño Ronnie sería el aclamado por hacerlo, los gemelos al fin dejarían de molestarlo. Sonrió muy satisfecho consigo mismo.

*****

Harry Potter despertó lentamente en la habitación de su hermosa casa frente a la playa. El frescor de tempranas horas le dieron ánimos de ir a tomar un par de olas antes de iniciar las actividades que tenía planeadas. Con energía, se levantó y se colocó unos bermudas ajustados. Caminó hasta la cocina donde ya lo esperaba su correspondencia. Había un sobre amarillo mostaza grande, que le llamó la atención.

Cogió el sobre y lo iba a abrir, cuando la señora que le hacía la limpieza apareció con sus guantes puestos. Harry la saludó cortésmente y mejor se dirigió a la puerta trasera que daba a la playa, dejando el sobre en la mesa. Tomó su tabla de surf azul celeste y se fue al mar. El día se le antojaba perfecto y no podía esperar a ver a Hermione.

Media hora después, regresó a su casa y se dio una ducha de agua bien fría en la regadera. El calor le había hecho sudar y tenía arena pegada al cuerpo. Al terminar su rápido baño, se vistió y se apresuró a beber la taza de café que le aguardaba en la mesa. Sonrió al sentir la cajita que llevaba en el bolsillo... hasta que su atención volvió al gran sobre amarillo.

*****

La luz del sol entraba por la rendija de la ventana. Hermione no se sentía con el humor de levantarse e ir a trabajar. ¡Ni siquiera pensó en cómo enfrentar a su jefe! Toda la noche la pasó en pena pensando en James, mejor dicho, Harry Potter. Pero ahora, mientras se duchaba, tenía que pensar sobre su trabajo. Además no vería a... a él hoy.

Mientras las gotas de agua se llevaban la espuma de su cuerpo, no podía decidir qué hacer con la situación en CEI. ¿Acaso sería buena idea seguir trabajando como la asistente del hombre que prácticamente la acosó al salir del trabajo? Su empleo le encantaba, pero no podía seguir soportando la tensión sexual que Draco Malfoy sentía por ella, pues no pensaba caer en su juego.

Lo mejor sería pedir un cambio de puesto, o algo así. No podía renunciar, pues tenía una casa que pagar. ¿Por qué todo era tan difícil? En otra situación, hubiera metido una demanda por acoso, pero la verdad es que meterse en problemas legales no le apetecía, además que no tenía pruebas y, hasta se podía decir que ella había participado. Sencillamente no quería mayores complicaciones. Draco Malfoy era un hombre de armas tomar y lo mejor era no tener problemas con él.

Como cada mañana, de días laborales, se apresuró a dirigirse a su trabajo. Llegó tan puntual como siempre. Pasó por un gran vaso de café y pronto comenzó sus deberes. Si iba a pedir un cambio, suplicaría que fuera pronto y tendría todo en orden para no pasar tiempo a solas con el rubio jefe. ¡Cuántas cosas habían ocurrido en una semana! Era lógico que quisiera terminar con todo de inmediato, aunque eso involucrara a James... o a Harry Potter.

*****

—Granger, preséntate a mi oficina de inmediato.

Fue la clara orden del director de Consulting Enterprices International.

Draco Malfoy no era de los hombres que esperan un eternidad para conseguir lo que quieren. Desde que era niño, si algo quería, ese algo recibía. Si algún niño del colegio tenía algo que él no, y él lo quería, Narcissa movía cielo, mar y tierra para conseguírselo aún mejor. Así es como ahora había decidido tener algo que otro tenía y él no. A Hermione Granger.

El rubio sabía que estaba jugando sus cartas agresivamente, ¡pero es que empezaba a sentirse tan frustrado! Lo único que esperaba es que funcionaran sus planes. Con ligeros nervios, se aflojó el nudo de la corbata. Esperaba que el torpe de Crabbe hubiera realizado la entrega de las fotos con éxito. Si así era, para mañana, a más tardar, Hermione estaría más que dispuesta a aceptar consuelo, y así le recibiría ella, con los brazos y algo más, abiertos.

¿Por qué tanta obsesión? Lo aceptaba, estaba terriblemente obsesionado con la castaña que trabajaba del otro lado de su enorme puerta de gruesa madera. No lograba entender al cien, porque se sentía tan atraído a una mujer que era tan inferior a él. Más ahora que Potter había puesto sus ojos en ella, incrementaba el valor de la joven.

Además, otra cosa le preocupaba. ¿Terminaría esta insana obsesión una vez lograra tenerla en su cama? ¿Podría seguir adelante con los planes de boda con Astoria? pues si esa obsesión no se iba, ¿Hermione aceptaría continuar una relación de infidelidad?, y más importante aún, si la castaña satisfacía sus deseos, pero él quisiera más y más; ¿sería factible quedarse con Granger?

El heredero Malfoy, sacudió su cabeza enérgicamente. ¿Qué estupideces estaba pensando? ¿Él, un hombre grandioso con una simple empleada que no incrementaría en nada la fortuna Malfoy? ¡Era algo completamente inverosímil! ¡Estúpido! Eso no podía pasar.

Pero sin poderlo evitar, sentir que la castaña le pertenecería solo a él y que no sería nunca de nadie más, le simpatizaba enormemente. Imaginarla, esperándole en la habitación, después de un agotador día de dar órdenes y hacerse obedecer, con un sugestivo y sexy camisón de seda, semi desnuda, sobre la cama king size de su mansión, le atraía en todos los sentidos. Hermione Granger se estaba volviendo en algo más que una simple obsesión, y eso comenzó a molestarle.

En poco tiempo, Draco observó como la chica cruzaba la sala, hasta llegar frente al escritorio. Con una seña, le indicó a Hermione que se sentase. Ella obedeció de inmediato y sin preguntar.

—Quisiera solicitarle un cambio de puesto. —Soltó Hermione rápidamente. Draco no hizo el menor intento de demostrar interés, así que agregó —Ya sabe, para... olvidar lo que pasó ayer. —Alzó los ojos castaños, hasta toparse con los ojos del rubio.

Ahí estaba nuevamente Hermione Granger en su oficina. Draco Malfoy se burló internamente, ese día, la castaña llevaba la falda más holgada que tenía y la blusa con el menor escote que había visto nunca. Le causaba gracia porque esa ropa no hacía sino hacerla ver más tentadora, más inalcanzable, y eso le excitaba.

No podía perderla, ¡no podía! Esa guapa mujer debía pertenecerle, solo a él. Hermione Granger no podía ser de nadie más. Aunque eso significara atarse a ella de por vida. Hermione Malfoy no sonaba tan mal después de todo. Pasaron varios minutos de silencio, donde no apartó la mirada de ella.

—¿No lo disfrutaste? —Al fin, fue la respuesta de su atractivo jefe. Los ojos grises la miraban penetrantes, haciéndola sentir incomoda, una sensación, para nada agradable. Un brillo en los fríos ojos grises le provocó un escalofrío, pero se mantuvo firme.

—¿Qué cosa? Nada sucedió. —Negación. La forma más fácil de salir de los problemas. A ella se aferraría. Negar que algo había sucedido, después de todo, así fue. ¡Cómo deseaba que Malfoy aceptara su cambio fácilmente y sin reparos! Más algo le decía que con el renombrado rubio, las cosas no eran tan sencillas. —Absolutamente nada pasó ayer.

—¡ESTAS FOTOGRAFÍAS DEMUESTRAN LO CONTRARIO! —Antes de que Hermione pudiera añadir más, una tercera voz gritó llena de ira en la oficina, exigiendo por supuesto, sin formular una pregunta, una respuesta.

A Hermione la piel se le puso de gallina. Los labios le temblaron al sentirlo tan cerca. El momento de hacerle frente había llegado. Un sobre amarillo cayó en el escritorio de caoba, entre Draco Malfoy y Hermione Granger.

Por la amplia puerta de madera, y más furioso que nunca antes en toda su vida, Harry Potter había entrado.

*****

El aire acondicionado era tan molesto como el sofocante calor de la ciudad. Astoria no comprendía, como los australianos eran tan dependientes del air conditional. Se encontraba en el aeropuerto de Melbourne. La semana al fin había llegado a su término y no podía esperar más a ver a su Draco. Seguramente, él sentía la misma impaciencia que ella.

Narcissa, por el contrario, se paseaba por las exclusivas boutiques que había en el aeropuerto, en el área de los pasajeros de primera clase. Esta era una de las cosas que odiaba de Australia; no podía tener su avioneta o helicóptero privados. Así que no era partícipe de la impaciencia de su futura nuera. Como buena esposa de Lucius Malfoy, solamente pensaba en regresar a Londres, a hacer las compras de la temporada Otoño-invierno.

Cuando Astoria se levantó, al ser llamados a abordar el jet de lujo, su presencia atrajo las miradas de casi todos los hombres en la sala. Sacudió su lacia y rubia melena como toda una diva. Y tal y como una diosa haría, cruzó la sala, consciente de lo atractiva que era. No había hombre que la viera y no la deseara.

Cuando al fin tomó su lugar, junto a la ventanilla, marcó un número en su celular, pero tras el primer toque colgó. Lo mejor sería no avisar a Draco de su llegada, iría a verlo directamente a su oficina. Le daría una enorme sorpresa. Sonrió soñadora, sin saber que quien se llevaría la sorpresa sería ella.

*****

—¡¿QUIERES EXPLICARME QUE SIGNIFICA ESTO, HERMIONE?! —Continuó gritando por tres minutos un alterado Harry Potter. La aludida tenía los ojos abiertos como platos y la cara de poker de su jefe no le transmitía nada.

—¿Qué quieres decir? —fue lo único que pudo preguntar confundida. Se puso inmediatamente de pie, ignorando el sobre amarillo, que el rubio se apresuró a tomar. —¿Y qué haces aquí? —La segunda pregunta tuvo más reacción que la primera.

—¡Pues de seguro vine a hacer el ridículo! —Harry Potter se sentía furioso, con Hermione por engañarlo, por seducirlo, por coquetearle y al final enviarle semejantes imágenes. Se sentía lleno de ira y celos contra Malfoy, el rubio gilipollas que se había... ESO a su chica. ¡Todos eran aceptables menos el hurón albino! ¡¿Porqué precisamente con él?!

—¡Pues parece que precisamente a eso has venido! —Exclamó Hermione sin querer dejarse amedrentar. No permitiría que el hombre que le había ocultado su identidad, la había engañado, seducido, y coqueteado, se saliera con la suya. Y por lo demás ¡queriendo adjudicarle una culpa que no tenía! ¡Y recordar que había pensado en entregarse a ese bronceado y musculoso cuerpo digno de un dios griego! ¡No podía estar más indignada! ¡Claro que no!

—¡Vine a exigirte que me expliques lo de esas malditas fotos! —Harry Potter no pensaba dar tregua alguna, no quería demostrar la debilidad que sentía por la hermosa castaña. Él nunca perdía un partido de rugby, y esto era más o menos lo mismo. Igual de agresivo, igual de gratificante.

—¡No se de que %/$#&/!$% fotos estás hablando! —Al soltar la palabra más fuerte que había salido nunca de sus labios, ambos hombres en la oficina voltearon a verla sorprendidos. La evidente sorpresa que los había pillado, le sacó colores a la chica.

—No tiene caso que lo niegues, gatita. —Draco Malfoy se hizo notar por primera vez desde que llegara el moreno de cicatriz en la frente.

—¿Gatita? —No pudieron evitar repetir, tanto Hermione como Harry aturdidos.

—La evidencia es más que suficiente. —Explicó sin alterarse Malfoy, mientras miraba las imágenes impresas que venían en el sobre amarillo que Potter había arrojado al escritorio. —Que sexy te veías con solo esas bragas. —Y con una sonrisa malévola agregó —Me caliento de solo recordarlo.

Eso fue suficiente para Harry. Ahora si que lo mataba, juraba que lo mataba. Por supuesto que a Hermione no le haría nada, a pesar del dolor la amaba y Sirius y Remus le habían enseñado a ser un caballero. Pero eso no le impedía asesinar con sus propias manos al rubio-bonito que tenía enfrente. Una vena le palpitaba peligrosamente en la sien.

Percibiendo el peligro, El rubio y joven Malfoy, rodeo el escritorio al mismo tiempo que el moreno. Dejando caer el sobre, Draco se acercó con cautela hasta la puerta, en un instinto de supervivencia. Harry le seguía el paso. Sus verdes ojos destellaban iracundos y sus puños estaban blancos de lo apretados que estaban.

Hermione se acercó a recoger las fotos que Draco había dejado caer. Y su mandíbula se cayó, prácticamente hasta el suelo. —¡El muy...! —Todas y cada una de las doce imágenes, tenían grabadas las escenas de ayer en el elevador. Las hojas y bolso de Hermione regadas por el suelo. A Draco pegado a ella sin espacio alguno entre ellos. La peor y más bochornosa imagen, era la de ella con la ropa interior por las rodillas, con las manos del rubio sobre su cuerpo. No resistió ver el resto de las imágenes.

Decidida y más roja y enojada que nunca, volteó a hacer frente al rubio para exigirle una explicación, pero era demasiado tarde. Alcanzó a ver como Draco abría la puerta, al tiempo que James, o Harry mejor dicho, se abalanzaba sobre el rubio para molerlo a golpes.

El estruendo que armaron fuera de la oficina corporativa, llamó la atención de los empleados del piso inferior. Pronto el lugar se llenó de empleados consternados, lanzando gritos de exclamación. Alguien tuvo la sensata idea de llamar a seguridad. Luna Lovegood tenía los ojos soñadores y miraba con atención, como si fuera una emocionante función cinematográfica.

—¡Maldito infeliz! —Exclamó como pudo el moreno, evitando recibir un golpe en la nariz, mientras rodaban por el piso. (Algo que había planeado hacer, pero con otra persona y en otro lugar)

—¡Si supieras que bien la leona me la chupa! —Gritó a carcajadas y lleno de malicia, Malfoy. Ese grito le costó un puñetazo en el ojo derecho. Todos los empleados presentes voltearon a ver a Hermione, quien tenía el apodo a voces de la leona, pues cuidaba de su trabajo con fiereza. Hermione se sintió morir de vergüenza.

—¿Se las has chup... ? —Empezó a preguntar Luna, que se había acercado hasta su amiga.

—¡Claro que no! —Respondió alterada Hermione, antes de que la rubia finalizara su pregunta.

—¡Serás %/$#&/!$%! —Harry Potter se las ingenió para propinarle un golpe en el estómago al rubio. No iba a permitir que un patán hablara así de Hermione. Lo había engañado, sí. Pero así no se hablaba de una dama.

—¡Pues seré lo que quieras pero de que me la he cogido, me la he cogido y con fuerza! ¡Rogaba porque me la siguiera cogiendo! —Seguía gritando fuera de sí el rubio, tratando de herir con palabras al moreno, pues en golpes el jugador de rugby ganaba. —¡Y por ambos lados!

—¡Eso no es verdad! —gritó muy crispada la castaña. Tras una eternidad, un par de guardias de seguridad lograron abrirse paso hasta los dos hombres.

Los guardias, dispersaron a la multitud amenazando con dar sus nombres al jefe, una vez se repusiera. Temerosos, así como llegaron los espectadores, se esfumaron. Al fin separaron a ambos hombres. El estado de ambos era lamentable.

Draco Malfoy tenía una hematoma en el ojo y su labio y nariz sangraban abundantes. Cojeaba y trataba de recuperar aire.

Harry Potter tenía la ceja abierta y sentía adolorida la mejilla izquierda, donde había un significativo rasguño. Sus manos tenían la sangre del rubio.

El doctor de la empresa fue llamado a la oficina principal y se dispuso a atender a ambos hombres. Primero atendió a Draco, que estaba recostado en su oficina. Una vez terminado, atendió a Harry, que estaba sentado en la silla que normalmente era de Hermione, afuera de la oficina principal.

Un guardia se había quedado con él, para impedirle que se fuera, hasta que hubiera sido atendido y pareciera estar algo mejor. Hermione estaba sentada en el suelo, del otro lado de su propio pasillo-oficina. La vergüenza que los dos le habían hecho pasar, era inmensa. No podría seguir trabajando ahí. Pero lo que más le dolía, era que James se sintiera con el derecho de reclamarle algo que ni siquiera había sucedido, cuando él sí tenía culpa de algo.

Se limpió con la manga de su camisa mas pasada de moda, la lágrima que escapó de sus ojos castaños.

—¿Porqué, Hermione? —Volvió a preguntar Harry Potter, dirigiéndose a ella después de un rato. La pena en sus ojos pasó desapercibida por Hermione, quien tenía la vista fija en el sobre amarillo que había sido el causante de todo.

—Yo no hice nada, Ha... James. —Murmuró Hermione sin querer verlo, pues sentía que en cualquier momento se desmoronaría frente a él.

—Pero entonces esas fotos... Creí que teníamos algo...

—Son de ayer —no tenía que darle una explicación, pero la nota de súplica en la varonil voz del moreno la persuadió de hacerlo. —Me atrasé al terminar mi turno y, y él me alcanzó. Me acorraló en el ascensor. No niego que me costó trabajo sacármelo de encima, pero no pasó nada.

La sinceridad en su voz, convenció de inmediato a Harry Potter. Quien también sabía, que Draco Malfoy era capaz de cualquier cosa. Repentinamente, sintió tanto alivio que empezó a reír abierta y limpiamente. Hermione al fin lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué te hace tanta gracia? —Refutó Hermione. —Y de acuerdo a ese algo, no recuerdo que existiera entre nosotros. —La risa de Harry se esfumó de golpe, así como su nuevo buen humor.

La chica se puso de pie, cuando la puerta de la oficina de Draco se abrió, dando paso al guapo rubio, con la camisa cubierta de sangre.

—¿Comprendes, Potter? ¿O necesitas gafas para verlo? Hermione no quiere tener nada que ver contigo. —El sarcasmo en su voz, contrarió a la chica.

—Ni con usted, señor Malfoy. —Esta respuesta hizo sonreír un poco a Harry, tal vez no todo estaba perdido. —Pero es lo demasiado cabezota como para entenderlo. Ya no quiero mi cambio de puesto... ¡RENUNCIO!

—Pero que diab... —Fue lo último que alcanzó a escuchar de los labios de su, ahora, ex-jefe. Hermione salió a paso veloz de la oficina. Antes de que las puertas del ascensor se cerraran, alcanzó a ver a los dos hombres, que tantos dolores de cabeza le había provocado, tratando de alcanzarla.

Cuando llegó al foyer, casi echó a correr hasta la salida, cuando iba a cruzar la calle, chocó con una persona, cayendo de sentón sobre la acera.

—¡Marlione! —Exclamó la suave voz de una guapa mujer. —¡Fíjate por donde vas! ¡Que tonta eres! —Astoria Greengrass miró con desprecio a la secretaria de su prometido. Le urgía sorprender a Draco y la asistente se le cruzaba en el camino.

—¡Hermione! ¡Me llamo Her-mio-ne! —Replicó furiosa la castaña poniéndose en pie. Se había olvidado del rubio y del moreno por el sentón que acababa de darse. No estaba para soportar a la mujer con la que había chocado. Pronto llegaron Harry Potter y Draco Malfoy.

—¡Hermione! Tenemos que hablar... por favor, linda. —Astoria no pudo evitar impresionarse ante el musculoso y atractivo hombre que le hablaba a la secretaria de Draco. ¿Quién iba a imaginarse que la desaliñada Marlione, andaba con un hombre tan guapo y lleno de sex appel? De hecho, le parecía haberlo visto en otro lado.

—¡No tengo nada que hablar contigo! —Gritó igualmente furiosa. Los aussies de alrededor empezaban a prestarles atención; estas cosas no sucedían a menudo en su ciudad. Algunos otros llevaban tanta prisa que mejor seguían su rumbo sin hacer caso siquiera.

—¡Pues vamos a hablar! —La sujetó del brazo. Hermione trató de safarse, hasta que fue jalada del otro brazo. —¡Te guste o no!

—¡¿Cómo que pides tu renuncia?! —Le gruñó otra voz a su lado. Hermione de repente se sintió aturdida. ¡Draco Malfoy no iba a permitir que por un capricho, sus planes se fueran a la mierda!

Astoria estaba muy confundida. Draco acababa de pasar por su lado ignorándola. Le impresionó verlo con su camisa cubierta de sangre y el ojo algo morado. —¡Draco, amor! —Trató de acercarse pidiendo una explicación, pero el rubio solo la rechazó bruscamente, sin hacerle caso.

—¡No te permito que renuncies! —Draco trataba de obtener alguna respuesta de Hermione, pero ella solo quería irse. —Hermione, escúchame... —Se tranquilizó Draco cuando comprendió que no lograría nada y que sus esfuerzos estaban a punto de irse al caño. ¡Estaba haciendo un enorme esfuerzo y la terca mujer no ayudaba en nada!

—¡Hermione tenemos que hablar! —Seguía insistiendo Harry Potter. No lograba comprender nada, si ya había creído que no pasó nada entre la castaña y el hurón, no veía el porque ella lo rechazaba y huía de él. —Cariño, debemos hablar.

—¡No me llames cariño! —Cuando logró safarse del moreno, Draco Malfoy aprovechó a apretarla a su cuerpo y susurrar a su oído.

—No voy a permitir que te alejes de mí, Granger, te seguiré a donde quiera que huyas, por que... yo...—tragó saliva y se perdió en los ojos de color castaño, que le miraban con angustia y dolor. Repentinamente, la soltó y se quedó estático, mientras Hermione aprovechaba a huir hacia los ferries.

Astoria Greengrass, tenía la boca abierta. Con una seguridad que no sentía, se acercó hasta su prometido. —¡¿Qué está pasando, Draco?! ¡Te exijo una explicación!

Harry Potter no perdió tiempo y salió acarrerado detrás de Hermione. La chica avanzaba con una velocidad increíble. Harry agradeció al cielo que sus piernas fueran largas. Cuando cruzaban el frente de la Biblioteca de Sydney, el moreno pudo darle alcance a Hermione.

—Hermione... ¿qué te pasa? —Interrogó. La verdad esperaba una buena respuesta, algo así como No se, lo siento, estoy en mis días, pero mañana pasa a verme. Hermione le parecía una mujer muy temperamental, y eso le encantaba de ella. Pero comenzaba a exasperarse, ella no se dignaba ni a verlo. —¡Por favor...!

—¡No quiero hablar contigo!.

—Pero, Hermione... ¿Qué diablos te pasa? —Refunfuñó el alto moreno. Harry tuvo que inclinarse para poder obligarla a verlo a los ojos. —Vamos, Hermione; dime que tienes, ¿Por qué estás enojada conmigo?

—¿En verdad no lo sabes? ¿Acaso no tienes la más mínima idea? —Preguntó enojadísima, ¿cómo se atrevía a hablarle como si nada? ¡No era posible ser más descarado! Hermione Granger trataba de retener las lágrimas que querían salir liberadas. —¿Hablas enserio, James? o debo decir... Harry Potter.

El hombre de ojos verdes no supo que contestar a eso, no lo esperaba. Estaba completamente en shock. Su mente y cuerpo, trabajaban a marchas forzadas, sin éxito alguno. No encontraba una respuesta que no echara a perder todo lo que quería tener con la castaña.

Tras varios segundos de silencio, Hermione movió negativamente su cabeza, con pesar. Esperaba una respuesta sincera de él, su mente trató de justificarlo de mil formas distintas... pero callado, dijo mucho más que cualquier palabra. Sacó de su bolsa un recorte de revista arrugado, lo puso en las manos del moreno. —No vuelvas a buscarme, Harry. —Fue lo último que dijo antes de tomar su ferry a Manly beach.

Mientras era mecida por el suave movimiento del barco, Hermione miraba con nostalgia como se alejaba el Opera House y el Harbour Bridge. Poco a poco, sentía como las tibias lágrimas agolpaban su rostro, hasta sentir su corazón destrozado. Ahora lo entendía.

Lo amaba, por eso dolía tanto.

*****

Astoria lloraba a lágrima viva, sentada en el cómodo sofá de la oficina del que hasta unos segundos atrás, había sido su prometido. No lograba entender que había hecho mal. Siempre lo primero y único de su vida, había sido Draco Malfoy. No era posible, que de un segundo a otro, la desechara como si nada especial hubiera entre ellos.

Ahí estaba él, tendiéndole una caja de pañuelos y sin perder la compostura. Seguía con la camisa puesta, y aunque manchada de sangre, le sentaba bien. Después, se dirigió a servirse un trago. Aunque parecía frío, como de costumbre, algo no encajaba en su figura de autoridad. Los ojos tenían una sombra de desesperación que no había visto anteriormente.

—Pero, Draco, amor... —Suplicaba Astoria. Nunca antes, en toda su vida, había suplicado por algo. Al contrario, le suplicaban por una cita. Pero amaba tanto a Draco, que haría lo que fuera por retenerlo a su lado. —Reconsidera lo que me estás pidiendo.

—Ya te dije que no, Astoria. Quiero terminar con esto, nuestra relación no está llendo a ninguna parte. —Draco Malfoy daba un trago a su licor más fuerte. Su whisky escocés no le parecía suficiente, para apagar esa horrible sensación de pérdida en su estómago. Granger se había ido, mandando a volar al cara-rajada. Hasta ahí el plan había sido exitoso, pero no contaba con que lo botara también a él. Además, tenía que estar lidiando con la insoportable malcriada de Astoria. Y él no era niñero para andar con ridiculeces. —Haz el favor de calmarte, una dama de sociedad debe mantener la imagen intachable.

—Pero a una dama de sociedad, su prometido debe respetarla. —Respondió con resentimiento la rubia, mientras las lágrimas seguían fluyendo por su hermoso rostro.

—No sé a que te refieres —intentó negar el magnate rubio. ¡Cómo deseaba que Astoria se largara de una vez, para poder ir a buscar a Hermione!

—¡Hablo de la empleada esa! ¡No intentes ocultarlo, Draco! ¡He visto las imágenes del elevador, que estaban sobre su escritorio! ¡Haz mantenido una aventura con la Marlione esa, estando prometido conmigo! —Lo acusó Astoria llena de dolor, sus manos agarraban con desespero sus cabellos.

—Se llama Hermione. Y si tanto quieres saberlo así es. Es mejor amante de lo que tú nunca podrás ser. —El tono gélido de su voz fue como un cuchillo atravesando el corazón de la bella rubia. Disfrutando el poder dañar a alguien tanto como él había sido lastimado, y sintiendo alivio descargando su frustración, le susurró al oído. —Y sí me viera obligado a casarme contigo, me la follaría en nuestra cama durante tus ausencias.

Por acto reflejo, Astoria le soltó una bofetada en la mejilla. De inmediato, se llevó las manos a la boca, asustada. —Draco, yo... no...

—Cuando vuelva no quiero verte aquí. —Fue la última respuesta del rubio antes de salir azotando la puerta.

—¡No, Draco, no! —Gritó angustiada la menor de los Greengrass. —¡Perdóname, perdóname! Podemos... podemos olvidar todo esto, seguir adelante con... con nuestra boda... Por favor...

Pero sus súplicas no fueron escuchadas. Cayó sobre sus rodillas, en el umbral del recinto.

Hermione Granger era la culpable de todo, había obtenido el corazón de su Draco y Astoria no iba a permitirlo. No cuando ella podía hacer algo para impedir que Draco se fuera de su lado. Se encargaría de la secretaria y Draco ya no podría rechazarla.

Nunca más.

Draco Malfoy aprendería a amarla como ella lo amaba a él.

*****

Harry Potter no podía creer la imagen que estaba viendo. Sencillamente no podía ser. ¡Todo era parte de una enorme confusión! Trató de ver a Hermione, pero ella ya se había desaparecido. Ahora solo quedaba confesarle porque había ocultado su nombre y aclararle los detalles de la fotografía. Si él había podido perdonar fácilmente lo del ascensor, ella podría hacer lo mismo. Esperaba que ella no pusiera resistencia y lo escuchara. Ahora de Hermione dependía la felicidad de los dos.

Regresó al parking donde había dejado estacionado su auto. Dejaría que Hermione se tranquilizara y pasaría por la mañana a su casa, con el pretexto de colocar las puertas restantes del cuarto de baño. Ahí hablaría con ella. Al día siguiente era sábado, de seguro Hermione estaría en su casa o en la playa mas cercana.

Algo bueno había salido del día de hoy. Draco Malfoy al fin estaba fuera de sus vidas, Hermione lo había dejado bien claro. Mañana estarían las cosas arregladas y todo este lío quedaría en el olvido.

Ahora solo quedaba recuperarse de las heridas que el albino había logrado dejarle, lo haría descansando en la amplia bañera de su casa. Cruzó los dedos para que a Hermione le gustaran los hombres con cicatrices.


¡¡HELLO EVERYBODY!!

¡Ahora les toca dejar reviews, para que esta autora se apure a subir el siguiente capítulo!

Para el próximo y último chapter de esta comedia que terminó siendo drama:

¿Harry logrará hablar con Hermione?

¿Qué dirá Narcissa cuando se entere que su hijo a dejado a Greengrass?

¿Sirius tendrá romances conmigo (¡jo, jo! Digo, como un plus)?

¿Recibiré más de setenta reviews? (¡¡Espero que sí o me veré obligada a alargar el fic tres capítulos más. Miren que tengo de donde cortar... Je, je!!)

PD. Ya tengo escrito el epílogo. (¡De regalo para todos!)

PD2. ¡El próximo capítulo responderé los reviews!

¡¡¡DEJAR VUESTROS COMENTARIOS!!!