(Femslash) Hermione se comporta de manera extraña desde que empezó el curso pero Ginny quiere recuperar a su mejor amiga cueste lo que cueste.

Rating: NR-13

Disclaimer: El universo de Harry Potter es propiedad de JK Rowling y todo el que haya metido mano con las películas y los libros. Confío en tienen mejores cosas que hacer que denunciarme a mí.

Avisos: Este capítulo contiene spoilers hasta el sexto libro, Harry Potter y el Misterio del Príncipe (o Príncipe Mestizo). Es Femslash, tápate los ojos y sal de aquí si no quieres acción chica-chica.

Comentarios: Este fanfic nace y crece alimentado por el Bragathon de las Circe's Panties. Se lo dedico a los 2/3 del BTE GC, dahl y Jycel.

CAPÍTULO 2: LA MINIFALDA DE GINNY

Hermione salió al patio y aspiró aire fresco con los ojos cerrados. Lo soltó lentamente y se relajó. Al lado del árbol había un banco desierto en el que sentarse para disfrutar de la soledad. Todo el mundo comía aún dentro de Hogwarts.

Apiló los libros a su lado y se dedicó a estirarse hacia atrás, con las manos apoyadas en el banco para no caerse. "¿Qué coño te pasa, Hermione?" se preguntó mentalmente inclinándose hacia delante y cruzando los brazos sobre su regazo. Mientras se masajeaba el cuello con una mano volvió la cabeza y la vio. Andando hacia el patio, con ese movimiento de caderas, esa falda que debería ser más larga, y esos andares sensuales. A duras penas consiguió dirigir la mirada hacia arriba, pero el esfuerzo que estaba dedicando a tal ardua tarea hacía que no fuera capaz de cerrar la boca.

Y en el preciso momento en el que encontró esa sonrisa de medio lado que la volvía loca, vio como se veía reemplazada por un mechón rojo. Ginny se había dado la vuelta al oír a Dean llamándola. Hermione no había oído absolutamente nada aparte del sonido que hacían en su cabeza las caderas de Ginny al andar.

De pronto cayó en la cuenta de la posición ridícula en la que estaba y de la cara de éxtasis que no había sabido disimular. Se estiró con una perfección y una elegancia absolutas mientras cogía a toda prisa un libro de la pila y lo abría inmediatamente antes de que Ginny volviera a mirar.

Pero con la cabeza detrás del libro no quitaba ojo a la pelirroja y a ese estúpido engreído.

—Oh, sí, te crees tan guay porque vas besándote por los pasillos con Ginny Weasley —farfulló con los ojos entrecerrados de rabia.

En ese instante Ginny miró hacia ella distraídamente. Hermione se sobresaltó y hundió la cabeza más en el libro.

"Mierda" pensó.

Ginny levantó una ceja, contrariada y se volvió de nuevo hacia Dean, que seguía hablándole. Hermione vio que Ginny le decía algo y volvía a dirigirse al patio, pero Dean la agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí. Los labios de la pelirroja esbozaron una sonrisa picarona mientras Dean los atrapa con los suyos.

La guerra en la que se hallaban inmersas las bocas de la pareja hizo que Hermione volviera a usar el libro de escudo, esta vez para no ver en vez de para no ser vista. Miró con rabia al suelo y apretó con fuerza las mandíbulas.

—Mal-di-to-De-an-Tho-mas —dijo entre dientes.

—¿Hermione?

Hermione se quedó helada al escuchar esa voz que conocía tan bien. Levantó la cabeza con toda la dignidad del mundo y sonrió ampliamente.

"Mierda" pensó.

—Ah, hola, Ginny, no te había visto —dijo exagerando despreocupación.

La pelirroja frunció ligeramente el ceño y sonrió.

—¿Qué acaba de pasar ahí? —preguntó con un gesto de cabeza en dirección al edificio.

—No estaba mirando—se apresuró a decir Hermione.

­—No, tonta —repuso Ginny riendo—. En el Gran Comedor.

—Oh, nada, sólo necesitaba aire fresco. Ya sabes, leer un rato aquí afuera, sin nadie alrededor —y remató la frase con una risilla falsa y estúpida.

Se dio cuenta de lo penosa que le había salido la carcajada y se aclaró la garganta para disimular. Ginny se mostró confusa de nuevo y se sentó al lado de su amiga.

—Hermione… —susurró volviéndose hacia ella.

La prefecta se giró en su dirección sin soltar el libro de la posición de combate en la que lo tenía.

—¿Estás bien, Mione? —preguntó Ginny con dulzura.

—Claro, sí, por supuesto. Estoy perfectamente bien, Ginny —contestó la castaña atropelladamente.

—Oh, venga, para ya —soltó Ginny con una sonrisa—. Cuéntamelo.

—No hay nada que contar.

La pequeña de los Weasley miró con paciencia a Hermione, al libro y otra vez a Hermione.

—Pero Hermione… tienes el libro al revés —dijo Ginny divertida.

Hermione, sin mover un músculo, simplemente miró hacia abajo y comprobó que, exactamente, tenía el libro al revés. Ningún cambió se apreció en su rostro cuando volvió a mirar a Ginny.

"Mierda" pensó. De nuevo.

—Lo sé —respondió con suficiencia.

—Ah, lo sabes —le contestó Ginny con un toque de humor.

—Claro, ¿te crees que iba a ponerme a leer al revés sin darme cuenta? Oh, Ginny —dijo cerrando el libro y mirándola como si la pelirroja tuviera 5 años—. Qué poco me conoces.

—Apenas —bromeó.

—Es un método muggle de perfeccionamiento de la lectura —empezó a explicar una Hermione en todo su esplendor—. Si eres capaz de leer las palabras al revés, coges más soltura y puedes leerlas más rápido al derecho.

—Tendré que probarlo algún día —rió Ginny—. Uhm, ¿sabes qué? —dijo poniéndose seria.

La prefecta miró con atención a Ginny, que subía con sus manos por los brazos de Hermione, y sintió cómo se acercaba. Cerca. Más cerca. Demasiado cerca. Obscenamente cerca. Todas las alarmas del cuerpo de Hermione saltaron al mismo tiempo, sintió un relámpago eléctrico que, pasando por su cabeza, sus labios, su pecho y sin más paradas intermedias, acabó explotando en su vientre. Cerró los ojos y sintió los labios suaves y ligeramente húmedos de Ginny… en su mejilla.

Aún así disfrutó de ese beso cálido. Dejó de preguntarse cómo era posible estar enamorada de Ginny Weasley y pasó a pensar en cómo había podido no estarlo antes. Las manos de Ginny se habían posado en la espalda de la castaña, atrapándola en un abrazo.

—Ya me lo contarás cuando estés preparada para hacerlo —terminó Ginny con una amplia sonrisa.

Esa sonrisa. Hermione miró esa sonrisa y quiso que se parara el tiempo en ese preciso momento. Quizá no para siempre, eso sería egoísta por su parte, además, quería ver las caderas de Ginny andando por cada lugar del mundo. Eso también era egoísta por su parte. Pero pararlo por un par de horas, por ejemplo. 120 minutos mirando esa sonrisa y después podía venir Voldemort en persona y conjurarle infinitos Crucios en el culo, porque Hermione no sentiría nada. Nada que no fuera un cielo de nubes rosas de azúcar, y un harpa tocando, y ositos de peluche con corazones bordados en el pecho, y Ginny Weasley en un conjunto de lencería blanca con liguero mirándola con picardía y en picardías.

Hermione parpadeó tres veces seguidas antes de reparar en la mirada de extrañeza de Ginny, que había estado observando durante 2 minutos y 37 segundos de reloj cómo Hermione se había quedado atontada mirando a través de ella. De pronto la pelirroja lo comprendió todo y esbozó una sonrisa enorme.

—Vale, pillina, ¿en quién estabas…? —empezó a decir pinchando a Hermione.

Hermione se levantó de repente, con la cara casi tan colorada como el pelo de Ginny.

—¡En tu hermano! ¿En quién iba a estar pensando? —respondió con nerviosismo.

Recogió sus cosas a toda prisa y salió corriendo hacia su dormitorio.

—Hermione —la llamó Ginny desde el banco—. ¡Hermione!

Pero la castaña no podría haber vuelto aunque quisiera, se sentía la mujer más estúpida de la Tierra. Ella era Hermione Granger, prefecta de Gryffindor, la bruja más brillante de su promoción, la alumna con la cabeza más fría de todo el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Y ahora era un lío de sentimientos y de contradicciones. Y todo por Ginny Weasley. ¡Ginny Weasley! La hermana pequeña de Ron, la chica de curvas peligrosas con la que soñaba la mitad de Hogwarts (algunas chicas incluidas), su mejor amiga, su confidente. La novia de Dean Thomas, la ex-novia de Michael Corner, la niña que se pasó años suspirando por Harry Potter. Ginny Weasley.

Habían compartido muchas noches de confidencias en La Madriguera. La pelirroja contándole historias de sus novios y ella quejándose porque Ron no le hacía caso. Y ahora el único de los hermanos Weasley que quería que le prestara atención era la que llevaba minifalda.

Y qué bien la llevaba.