(Femslash) Hermione se comporta de manera extraña desde que empezó el curso pero Ginny quiere recuperar a su mejor amiga cueste lo que cueste.
Rating: NR-18
Disclaimer: El universo de Harry Potter es propiedad de JK Rowling y todo el que haya metido mano con las películas y los libros. Confío en tienen mejores cosas que hacer que denunciarme a mí.
Avisos: Oh, oh, más acción chica-chica. Siento haberos hecho esperar, pero merece la pena, éste capítulo es un poquito más largo.
Comentarios: Para todos y (en su mayoría) todas las que os pasáis por aquí y me dejáis un comentario, porque las reviews son amor. Dedicado a las CB más glamourosas, dahl y Jycel, que hacen posible el BTE; y a Booh, porque al fin y al cabo, soy su fan #00 (la que está por encima de la #1).
CAPÍTULO 7: EL BESO DE HERMIONE
Cogida por sorpresa, Ginny no supo al principio qué hacer con los brazos, que colgaron inertes un buen rato mientras la pelirroja se hacía al tacto de los labios de Hermione. Suaves, cálidos, húmedos, labios distintos a los que había probado hasta ahora. Eran nuevos y excitantes, y Ginny estaba saboreando cada milímetro. Por fin se decidió a darles algún uso a sus brazos y cubrió los de Hermione con ellos. Esto fue totalmente voluntario, un acto más o menos consciente, al contrario que unos segundos después, cuando tomaron vida propia y se cerraron en torno al cuello de la castaña para acercarla más.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero Hermione intuía que más del debido. A pesar de eso, Ginny no se había apartado, sino que había decidido hacerle un arriesgado jaque con lengua, que arrancó un gemido de los labios de la prefecta. No era momento de quedarse atrás, así que movió ficha y respondió con un mate en el que las dos reinas se enzarzaban en una lucha de caricias.
Las minifaldas se tocaban, los jerseys hacían ruido al frotarse uno contra otro, sus pechos se rozaban, las manos habían pasado de acariciar a agarrar y Hermione se estaba ahogando. De puro ardor, lo del oxígeno le daba igual. Supo que era ahora o nunca y se separó de Ginny antes de hacer alguna estupidez.
Se quedaron mirando, con las mejillas arrebatadas y la respiración acelerada. Ambas, grandes estrategas, observaron los ojos de la que tenían enfrente, tratando de leer lo que había en ellos antes de decir nada. Y Hermione fue la que retiró la mirada para recoger el libro que había tirado al suelo y dejarlo en la mesilla.
Ginny no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, porque era algo tan propio de Hermione…
—No ha estado mal —dijo la pelirroja girándose hacia ella.
Hermione se giró lentamente, con una ceja levantada. Hacía un momento estaba colocando el libro con mimo, rumiando qué iba a hacer o a decir, pero tras oír a Ginny se había olvidado de construirse una fachada para pasar a ser sólo era ella misma.
—¿"No ha estado mal"? —repitió Hermione intrigada.
—Para ser un primer beso yo le doy un "Aceptable" —por su tono de voz, Hermione sabía que Ginny sólo estaba jugando un poco con ella, retándola, pero mencionar notas era abrir la caja de Pandora.
—Por cómo te me has tirado al cuello, y siendo modesta, creo que merece por lo menos un "Supera las Expectativas" —dejó caer Hermione con suficiencia.
—Te estás sobrevalorando un poco, tampoco es que la técnica fuera perfecta, hay muchos detalles que pulir —Ginny gesticuló dramáticamente y puso los ojos en blanco, para luego dirigirle una media sonrisa sexy, que a Hermione le puso el vello de punta.
La castaña se acercó hacia donde estaba Ginny. Despacio, segura de sí misma, pero herida en su orgullo, porque ella era una chica de "Extraordinarios" y no se conformaba con menos. Y sabía que había sido un beso merecedor de esa calificación, quizá algo torpe al principio, quizá demasiado hambriento al final, pero había sido increíble. Y sabía que a Ginny no le había disgustado lo más mínimo.
—Ginevra Weasley, exijo una revisión de la nota —pidió con toda seriedad inclinándose hacia la pelirroja.
En ese momento sonó el toque de queda, hora de que los alumnos se dirigieran a sus respectivas salas comunes. Ginny se mordió el labio y se dio media vuelta.
—Lo pensaré —canturreó mientras recogía sus cosas y las metía en la bolsa—. Pero, a cambio —se echó la bolsa al hombro y se acercó de nuevo a Hermione— Tú tienes que dejar de portarte como si yo tuviera la peste.
La pelirroja se paró enfrente de la salida y esperó a que la puerta se hiciera visible para dirigirle una última frase a Hermione.
—Porque aunque tú tuvieras la peste, yo seguiría a tu lado. Es lo que hacen las mejores amigas.
Y sacándole la lengua, se marchó de la Sala, dejando a Hermione con la palabra en la boca. Lo cual no era del todo malo, porque cualquier cosa que pudiera haber dicho Hermione habría desembocado en burla por parte de la pelirroja. Seguramente la prefecta le hubiera dicho que no sabía de qué hablaba y Ginny le habría respondido que no insultase su inteligencia, y con eso habría vuelto a quedar por encima, como el aceite, porque siempre tenía alguna respuesta afilada preparada, que cortase a Hermione como mantequilla. Y siguiendo con la mantequilla, eso la derretía, no tenía problemas en reconocerlo.
Todo el mundo pensaba en Hermione como la cerebrito del grupo y lo era, era muy inteligente, era una enciclopedia con patas, pero Ginny era aguda como nadie. Ginny era capaz de jugar con el intelecto de quien se propusiera, de hacerte caer en una trampa verbal sin que te dieras cuenta, de dejarte con un palmo de narices con sólo una frase. Y eso ponía a Hermione a cien.
Con cada intercambio verbal con Ginny, te arriesgabas a una batalla, y, sin embargo, para Hermione conversar con ella era algo natural. Lejos de dejarse amedrentar por su perspicacia, como otros, disfrutaba charlando con Ginny, porque se sentía tan cómoda como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Lo que, pensándolo bien, no estaba muy lejos de la realidad, que a lo tonto hacía ya 5 años que conocía a la pequeña de los Weasley. Estaba segura de que llevaba más horas de conversación con Ginny que Harry de vuelo.
Y echaba de menos esos ratos, esas tardes mirando al lago y hablando de todo o de nada, con Ginny agitando el puño mientras maldecía a los Slytherins, con Hermione intentando descifrar la mecánica del quidditch, con ambas gritando al cielo que a los chicos no hay quien los entienda.
Había alejado a su mejor amiga porque se había dejado consumir por el deseo que sentía hacia ella. No conversaba con ella por temor a un desliz que descubriera sus sentimientos, no la tocaba por si Ginny se daba cuenta de que le encantaba hacerlo, no se dejaba tocar por ella para que no la viera ruborizarse. No recordaba la última vez que había abrazado a Gin, y se golpeó en la frente por idiota. Tantos buenos abrazos esquivados, evitados, negados, perdidos, que ya no podría recuperar.
Era hora de tomar control de la situación y no dejarse avasallar por la Hermione cobarde y quejica que llevaba dentro. El esfuerzo merecía la pena. Ginny merecía la pena.
Que le iba a doler lo tenía claro, que no iba a ser fácil, también. Y sobre todo que tendría que mantener las manos alejadas de la varita para no soltar algún conjuro en silencio y convertir a Dean Thomas en jalea real, pero ella era Hermione Granger, sabía que podría con ello.
De camino a la Sala Común el desarrollo de su monólogo interior había llegado al beso. Ese beso había sido el desencadenante de su claridad mental, como si en el momento en que sus labios tocaron los de Ginny una bruma molesta y confusa se disipara en su cabeza. Lo había dejado salir todo en ese beso; la rabia, la frustración, pero también la pasión y el amor, y se había quedado en paz consigo misma. Había supuesto una especie de dulce reafirmación, algo que Hermione necesitaba para reconciliar a su cerebro con su corazón. Ambos llevaban tres meses en perpetua lucha, ahora se entendían mutuamente, y se respetaban. Por fin.
Estaba completa e irremediablemente enamorada de Ginny Weasley, bueno y qué, no era el fin del mundo. Había cosas peores. Como suspender los ÉXTASIS, así que aprovechó la tranquilidad de su dormitorio de prefecta para ponerse con el temario y, por primera vez desde que se dio cuenta de que quería a aquella pelirroja inquieta y cabezota, su gesto tenso se transformó en una enorme sonrisa.
Lo que Hermione no sabía es que el desconcierto que se le había escapado por la boca había entrado en la de Ginny.
La pelirroja subió los escalones de dos en dos y entró en el dormitorio como una exhalación, sus compañeras de habitación se encontraban en la Sala Común, así que estaba sola. Tiró la bolsa con los cachivaches de estudio encima de una silla y empezó a dar vueltas por la habitación, como solía hacer cuando pensaba. Tenía mucho calor, y lo primero que hizo fue librarse del jersey y la corbata, y abrirse la camisa para no ahogarse.
Abrió la ventana de par en par para sentir la brisa de noviembre colándose entre los pliegues de su camisa. Mucho mejor. Se sentó en el alféizar para no tener que renunciar al fresquito.
—"Extraordinario" —musitó con la mirada fija en los terrenos de Hogwarts.
No se refería a la vista que tenía desde allí, se refería al beso de Hermione. Sabía que la prefecta no era como se imaginaba la gente porque las que tienen pinta de no haber roto un plato en su vida son las peores, pero de ahí a sentir en carne propia lo que Hermione llevaba dentro, iba un mundo. Y Hermione era todo fuego debajo de la coraza. Se llevó los dedos a los labios, sí, todavía le ardían. Estiró el brazo para coger la jaula de Arnold, su soplido enano, y sacarlo de la jaula. La bola violeta se arrebujó en su mano y Gin dedicó un rato a acariciarlo sin pensar en nada más.
Pese la desconexión neuronal, Hermione logró volver a colarse de nuevo en su cabeza. Juraría que hoy había conseguido recuperar a su mejor amiga, al menos la Hermione que había dejado en la Sala de los Menesteres ya empezaba a comportarse como siempre, como antes. Había hecho bien en tocarle el orgullo, porque Hermione era presa fácil de su propia suficiencia. Si se ponían en duda sus aptitudes, el león de Gryffindor que Hermione llevaba dentro se despertaba con un rugido. Y a Ginny le encantaba esa Hermione guerrera, autosuficiente y consciente de su poder.
Por cosas como esas, la prefecta se había hecho un hueco irremediable en la vida de Ginny. Estos meses sin ella habían sido un asco, sin tener con quien hablar, con quien reírse, con quien compartir el silencio sin sentirse incómoda. Ya no recordaba la última vez que había abrazado a Hermione, porque desde que volvieron al colegio siempre estaba esquiva y reacia a acercarse a ella, y echaba de menos un montón esos abrazos. Quizá por eso hoy no quería separarse de ella mientras la besaba, por el mono de sus abrazos. Pero el mono conlleva necesidad y hasta ahora no se había planteado que necesitara a Hermione, en parte porque la castaña siempre había estado ahí. Y porque Ginny no quería necesitar a nadie.
Ella era independiente hasta la saciedad, es más, estaba segura de que podría pasarse un mes entero sin ver a Dean y durante ese tiempo no sentiría la necesidad de verle. A los únicos a los que necesitaba eran a los miembros de su familia, sus hermanos y sus padres. Debía de ser eso, Hermione se había convertido con el paso del tiempo en parte de su familia, por eso la necesitaba. Así que estaba bien, era una necesidad buena. Hermione era como una hermana. Sólo que las hermanas no se funden en besos con lengua, pero ése sólo era un pequeño matiz.
Arnold se retorció en sus manos, emitiendo un pequeño quejido. Ginny estaba tan concentrada en sus pensamientos que le estaba apretando sin querer.
—Perdona, Arnie —se disculpó la pelirroja acariciándolo y dándole un beso. La pelusilla del bicho le hizo cosquillas y se le escapó un pequeño estornudo, que a Arnold le pareció suficiente castigo por lo que le había hecho.
Esto de darle vueltas a las cosas no se le daba bien. Hermione era la experta, ella se limitaba a hacer cosas y ya está, recapacitar inútilmente le parecía una pérdida de tiempo. Ella se ponía a pensar y si le llevaba a una conclusión más o menos inmediata, bien, si no, pasaba de pensar en ello y se ponía a otras cosas más productivas.
Y pensar en ese beso no le llevaba a ninguna parte, así que dejó al soplido enano en su jaula otra vez y cogió la escoba para saltarse las normas echando un vuelo nocturno. Necesitaba evadirse un poco y qué mejor que ser vapuleada por las corrientes aéreas un rato para dejar de pensar en Hermione Granger y concentrarse en no caerse y partirse el cuello.
