(Femslash) Hermione se comporta de manera extraña desde que empezó el curso pero Ginny quiere recuperar a su mejor amiga cueste lo que cueste.
Rating: NR-16
Disclaimer: El universo de Harry Potter es propiedad de JK Rowling y todo el que haya metido mano con las películas y los libros. Confío en tienen mejores cosas que hacer que denunciarme a mí.
Avisos: Ya ha habido beso, ¿qué más habrá? Poner por poner, diré que hay spoilers hasta el Príncipe Mestizo.
Comentarios: Siento no poder contestar las reviews anónimas, ya que Fanfiction no me lo pone fácil, pero las agradezco muchísimo y las tengo en cuenta tanto como las firmadas. Esta paranoia por entregas está dedicada a mis CB: dahl y Jycel, que ya tienen elejota; y las otras tres admibragas de Circe's Panties: Booh, Neyade y Rach, porque ellas lo valen y lo saben.
EDIT: He tenido que cambiar algunas cosas de este capítulo, esencialmente el nombre de la clase a la que se dirige Hermione, que pasa a ser Defensa contra las Artes Oscuras, porque ese año, Snape no daba Pociones, sino que lo hacía el bueno y baboso de Slughorn. Lo siento, os permitiré que me azotéis si os hace ilusión.
CAPÍTULO 8: LA RODILLA DE GINNY
Hermione bajó los escalones hacia la primera planta de dos en dos. Había dormido como un tronco y se sentía capaz de comerse el mundo, porque un buen descanso podía hacer milagros. También un buen desayuno y hoy quería llevar las pilas bien cargadas.
—¡Hola chicos! —saludó sonriente cuando vio a Harry y Ron sentados en el banco.
—Buenos días, Hermione —dijo un sorprendido Harry. Hermione estaba radiante, así que lo primero que se le pasó por la cabeza era que hubiera logrado hacerse con algo de Felix Felicis.
Ron se limitó a sonreír con la boca llena para darle los buenos días y cuando Hermione se hubo sentado, se volvió hacia Harry con toda la discreción que era capaz siendo Ron Weasley.
—Harry —le llamó en voz baja el pelirrojo. Harry acercó la oreja—. Hermione está de buen humor, ¿por qué está de buen humor? ¿Es que han dado las notas de los exámenes? —de pronto Ron se quedó blanco y tragó saliva—. ¿Es que hemos hecho exámenes y me los he perdido?
Harry intentó no reírse de su amigo y le golpeó un par de veces en el hombro para calmarle.
—No, Ron, tranquilo. Los exámenes están ahí esperándote aún, no se han ido sin ti —miró de soslayo a Hermione, que canturreaba los nombres de los sucesivos directores de Hogwarts mientras untaba una tostada—. Creo que Hermione se ha relajado un poco por fin.
—Será eso —dijo Ron encogiéndose de hombros—. Estaba inaguantable, creo que este año le afectó más de lo normal la vuelta al colegio con eso de los ÉXTASIS —esbozó una sonrisa bonachona mientras cogía otro bollo de la bandeja—. Me alegro de tenerla de vuelta.
—Yo también —añadió Harry pensativo—. Intentemos no cabrearla mucho y echarlo a perder.
Ron se comió el bollo en dos bocados y negó vehementemente con la cabeza.
—Al contrario, colega. Si vamos a cabrearla deberíamos hacerlo ahora que está de buen humor, así seguro que nos cae menos bronca —puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza en las manos—. La pena es que ahora mismo no hemos hecho nada malo. ¡En fin! —suspiró incorporándose y cogiendo otro bollo— Esperemos que le dure hasta que la caguemos.
Hermione terminó de desayunar. Gracias a la ligereza mental de esa mañana se había dejado el libro de Defensa contra las Artes Oscuras en el cuarto, menos mal que tenía tiempo de sobra de volver a la torre.
Al bajar de la habitación con el libro en la mano, reparó en que Ginny salía de los dormitorios de las chicas y se sentaba en uno de los sillones de la Sala Común. Al acercarse a ella, vio que la pelirroja se estaba bajando una de las medias con gesto de dolor.
—Buenos días, Gin —saludó alegremente.
Ginny levantó la vista y le dedicó una gran sonrisa. La pelirroja se había levantado temiéndose la reacción de Hermione aquella mañana. Se la imaginaba huyendo de ella, apartándole la vista, saludándole con algún movimiento de cabeza tímido y soso. Pero no, ahí estaba la prefecta, resplandeciente y serena, parecía que el Sol hubiera decidido iluminarla sólo a ella y que ella se encargara de iluminar al resto. Por lo menos a Ginny, cuya mañana acababa de mejorar notablemente ahora que tenía a Hermione sonriendo enfrente.
—¿Qué te ha pasado? —la castaña había conseguido no dejarse embelesar por la sonrisa de Ginny y se había fijado en el ostentoso golpe que esta tenía en la rodilla derecha.
La pequeña de los Weasley se encogió de hombros despreocupadamente. El día en el que esa chica le diera alguna importancia a uno de sus frecuentes accidentes, Hermione sería capaz de presentarse voluntaria para echar un partido de quidditch como cazadora.
—Creo que fue al caerme de la escoba —confesó mientras Hermione se agachaba para echarle un vistazo más de cerca.
—¿Crees? —preguntó palpando con cuidado la rodilla, intentando no hacerle daño. Aunque sabía que si se lo hiciera, Ginny como mucho torcería un poco el gesto.
—Es probable que me quedara inconsciente —confesó mientras miraba hacia otro lado, sabiendo la reprimenda que le podía caer.
Hermione sintió que el estómago se le ponía del revés. Se imaginó a una Ginny en el suelo, ensangrentada, inconsciente y sintió que las fuerzas se le escapaban de repente y que se olvidaba de respirar. Entonces una oleada de adrenalina le subió por los pies y salió por la garganta.
—¡Pero Ginny! Te podría haber pasado algo serio, ¿es que nunca vas a ir con cuidado?
—¡Sólo estuve noqueada un rato! —dijo, a modo de disculpa —Anda, no te preocupes, ya sabes que soy inmortal.
Hermione suspiró y miró a esos ojos brillantes. Era incapaz de enfadarse con esos ojos. Sabía que Ginny vivía para su escoba y que subirse a ella era más una necesidad que una afición. Era parte del paquete, parte de su vida, parte de Ginny, y también estaba enamorada de esa parte aunque le costara más de disgusto cada vez que la pelirroja surcaba los aires.
Por supuesto decirle que tuviera cuidado cuando lo hacía era algo inútil, si Ginny era famosa por algo en el equipo era por dejarse la piel en cada partido, literalmente. Apostaba a que había más sangre de Ginny en el campo de quidditch de Hogwarts y en el de la Madriguera que corriendo por sus venas. Y sin embargo Hermione no podía evitar pedírselo de vez en cuando, era una manera de sacar parte de su ansiedad.
—¿Cómo se te ha ocurrido emprender el vuelo esta mañana con lo sopa que te levantas? —preguntó tras dar por perdido cualquier intento de bronca.
Hermione se había despertado varias veces al lado de Ginny porque en la Madriguera no andaban sobrados de camas, y sabía por experiencia que la pelirroja tardaba un buen rato en actuar como un ser humano civilizado. Durante la primera hora, más o menos, se dedicaba a vagar de un lado a otro como un alma en pena, gruñendo de vez en cuando y tropezándose con cualquier cosa que se pusiera en su camino, hasta que conseguía lavarse la cara y despertarse un poco, sólo entonces era capaz de empezar a dar los buenos días al resto de la familia.
El año anterior, después de que Hermione se mofara de su nula capacidad mental a primera hora de la mañana, intentó espabilarse subiéndose en la escoba y desde aquel entonces, el buzón de la Madriguera no había vuelto a ser el mismo.
—Bueno, no ha sido esta mañana —esperaba no tener que dar explicaciones de por qué sintió la urgencia de despejarse la noche anterior.
—¿Saliste anoche? Gin, los vientos nocturnos en esta época son muy traicioneros, ya lo sabes. ¿Es que no podías esperar a hoy, cuando tuvieras menos posibilidades de empotrarte contra algún tejado? —preguntó retóricamente la castaña. Ya había terminado el examen y dictaminado que sólo se trataba de un moretón. Un enorme, doloroso y molesto moretón, pero no había nada roto.
A Ginny le parecía muy tierna la manera en la que Hermione le dejaba caer de vez en cuando que un día de estos se iba a matar por culpa de la escoba y, sobre todo, agradecía que los rapapolvos de la prefecta fueran tan fugaces. Normalmente se le escapaba alguna frase de advertencia y luego ponía lo que Ginny conocía como la mirada NTR, No Tienes Remedio, y ahí se quedaba todo.
Ginny sonrió a modo de respuesta y a Hermione el embauco le pareció más que suficiente.
—Creo que hoy no te has roto nada, para variar —diagnosticó con la mirada NTR —. Pero deberías acercarte a ver a Madame Pomfrey.
—¡Ginny Weasley ha desafiado y vencido a la parálisis permanente de nuevo! —dijo la pelirroja con gesto victorioso.
Hermione levantó una ceja y apoyó la punta de la varita en el centro del cardenal. Ginny sintió una punzada de dolor que le obligó a clavar los dedos en los brazos del sillón para ahogar un quejido.
—Sí, pero, ¿a qué precio? —preguntó con sorna— A ver cómo le explicas esto a Harry en el entrenamiento de hoy.
—Sádica, debería obligarte a besarme la rodilla en compensación por tu ataque —dijo Ginny cruzando la pierna sobre la que tenía sana.
Hermione se acordó de su codo y de los besos de Ginny en verano y se ruborizó un poco, pero no iba a dejarla ganar esta vez.
—Lo haría, si no fuera porque mis besos no te parecen suficiente —la media sonrisa en la cara de la pelirroja le dijo que no tendría respuesta esta vez—. Hasta luego, Gin.
Y se marchó hacia el aula de Defensa contra las Artes Oscuras.
Ginny se quedó mirando el hueco del retrato por el que había desaparecido Hermione y murmuró: "touché". Durante la conversación se había ahorrado el decirle a la prefecta que se había caído por ir a toda velocidad en la escoba y, por culpa del recuerdo de sus labios, haberse encontrado de frente con una de las ramas del Sauce Boxeador. Se subió la media, no quería que nadie más lo viera.
Entonces, en el mismo vacío que había ocupado unos segundos antes la melena leonina de Hermione, apareció el metro ochenta de su novio.
—Ginny, genial, por fin te encuentro —dijo Dean a modo de saludo—. Te he estado esperando un buen rato en el Gran Comedor.
La pelirroja se tomó unos segundos para pensar mientras el chico se acercaba a ella. No recordaba haber quedado con él, ¿habría sido culpa del golpe…
…o del beso?
Sacudió la cabeza. Dean estaba enfrente de ella, esperando a que se levantara para estrecharla entre sus brazos, pero Ginny alzó la cara, dejándole claro que se iba a quedar donde estaba, así que Dean se agachó para recoger su beso de buenos días. Sabía que había quedado muy de mujer fatal, pero ahora mismo le dolía tanto la rodilla que no le apetecía levantarse.
—Perdona, me he liado con Hermione —estuvo a punto de morderse la lengua nada más decirlo.
—Ah, pensé que las cosas no iban bien entre vosotras —señaló Dean sentándose en uno de los brazos del sillón.
—Creo que hemos conseguido arreglarlo.
Se volvió para mirar a Dean. La observaba con una de sus increíble sonrisas, que eran lo que más le gustaba a Ginny de él. En los ojos de Dean, ¿qué había? ¿Era eso adoración? ¿Amor? Desde luego tenía claro lo que había en los suyos: culpabilidad. ¿Hasta qué punto el beso con Hermione no era serle infiel a Dean?
¿Besar a otra persona se considera poner los cuernos? ¿Pensar en otra persona? ¿Desear acostarse con otra persona? ¿Hacerlo? ¿Cuál era la línea que separaba la fidelidad de la infidelidad?
Le besó para parar la diarrea de pensamientos que estaba sufriendo. Dean besaba muy bien. Sí, muy bien. Pero ahora Ginny se estaba dando cuenta de que Dean no le daba hambre. No se moría de ganas de pegarse a él y sentirle de la cabeza a los pies, de fundirse con su cuerpo de ébano.
Quizá sólo tenía que poner un poco más de empeño. Los labios de Hermione habían sido algo nuevo, algo desconocido, Dean llevaba besándola desde antes de verano, ya estaba más acostumbrada.
Se levantó del sillón, intentando no hacerse mucho daño y empujó con suavidad al chico a sentarse donde ella había estado hace un momento. Dean la miraba extasiado y Ginny no sabía si esto le gustaba o no. Se dejó caer encima de él, cuidando muy mucho la rodilla, y le rodeó con los brazos para seguir besándole. Se sentía bien, a gusto. ¿Por qué eso no era bastante? Justo debajo de su trasero, la dura entrepierna de Dean le gritaba que para él era más que suficiente.
Y entonces alguien entró en la sala y Ginny se sintió la persona más estúpida de la Tierra.
Hermione se había quedado en la entrada, con una sonrisa congelada en la cara. Tardó unos segundos más de la cuenta en reaccionar, pero lo hizo y señaló el libro que se había dejado sobre la mesa. ¡Maldito libro de Defensa contra las Artes Oscuras! ¿Es que no iba a llegar al aula nunca?
—Disculpad —nada más salir la palabra de sus labios, Hermione cayó en su imbecilidad, ¿por qué tendría ella que pedir perdón a nadie por entrar en la Sala Común? Como si no fuera un sitio público; pero en vez de decir nada, se mordió el labio y agachó la cabeza. Tan pronto hubo cogido el libro y sin mirar a Ginny a la cara, salió apurada hacia la clase.
Salió con paso apresurado, casi sin dar tiempo a la Dama Gorda a abrir el retrato y ganándose la correspondiente reprimenda de la pintura, que se lamentaba de la prisa que llevaban siempre los estudiantes de hoy en día. Ya se disculparía después, cuando fuera capaz de abrir la boca sin ponerse a gritar. Bajaba los escalones a zancadas y a más velocidad cuanto más agitada se sentía.
Empezó por enfadarse con Ginny, por estar magreándose con su novio en la Sala Común tan sólo cinco minutos después de haber estado hablando con ella.
Luego continuó con Dean, que se merecía ser el objeto de su ira por poner esa cara de alelado cuando miraba a Ginny, como si la pelirroja fuera la octava maravilla. Por parecer tan estúpido como feliz a los ojos de cualquiera que pasara por allí.
Y terminó consigo misma, por ser tan idiota, tan imbécil, tan inocente de creer que lo de la noche anterior había significado algo para Ginny, que había una remota posibilidad de que la pelirroja hubiera puesto en ese beso algo más que curiosidad y complicidad. Y, sobre todo, se merecía azotarse con esmero por dejar que lo que la pelirroja hiciera con su novio le afectara. Hacía menos de doce horas que se había prometido a sí misma que estaría por encima de eso, ni medio día había aguantado.
¡Como si quería hacerle el amor salvajemente en la mesa de los profesores del Gran Comedor enfrente de todo Hogwarts! ¿Quién era ella para sentirse herida por eso? La mejor amiga. Y anoche le había quedado claro que la mejor amiga no tenía derecho a llorar por eso, así que la lágrima rebelde que resbalaba por su mejilla le hería en el orgullo más que en cualquier otro sitio, aunque una fuerza invisible se empeñara en intentar hundirle el pecho.
Apretó el libro entre sus brazos para convencerse a sí misma que lo que le oprimía el esternón eran las miles de fórmulas de pociones y no el desengaño de ver que sus labios no habían sido capaces de cambiar ni un ápice la vida de Ginny cuando la suya llevaba boca arriba desde que los de la pelirroja decidieron posarse en su codo.
Cuando Harry vio a Hermione atravesar la puerta del Aula de Defensa contra las Artes Oscuras y dejar el libro con un sonido sordo encima de la mesa que los tres compartían, supo que algo iba mal. Sólo habían pasado 20 minutos desde que una Hermione radiante se había despedido de ellos en el Gran Comedor y había sido tiempo más que suficiente para que mutara de nuevo en el mal humor personificado que llevaba siendo desde que salieron de la estación de King's Cross. Qué poco había durado… ¿habría pasado algo en ese intermedio?
Ron pareció leerle el pensamiento y le dirigió una mirada llena de confusión, a la que Potter sólo pudo responder con un nuevo encogimiento de hombros.
La prefecta se frotó la frente y se dio cuenta de que estaba siendo observada. Al volverse hacia sus dos amigos, no pudo evitar conmoverse ante la mirada que éstos le dirigían. Estaban mirándola con preocupación, pero con miedo de ganarse algún insulto si preguntaban. Y eso fue lo que hizo que Hermione apartara todo de su mente y les dedicara una sonrisa pequeña pero sincera.
—Espero que no hagáis lo de siempre y prestéis atención hoy, porque estoy convencida que la materia de esta lección entra en el examen —dijo Hermione con su habitual tono de advertencia fraternal.
Los chicos no pudieron evitar responderle con una gran sonrisa, ahí estaba la Hermione que querían y cuyos consejos bienintencionados solían ignorar.
La prefecta, consciente como era que después de seis años ni Ron ni Harry iban a cambiar, sacó la pluma con diligencia, dispuesta a no perderse ni una palabra del director de la Casa Slytherin, excepto aquellos sinónimos de "sabelotodo insufrible" que amablemente le dirigiera Severus.
Si tal y como estaba esa mañana sobrevivía a las borderías de Snape, no habría nada que pudiera sacarla de sus casillas aquel día.
